Visita de Benedicto XVI a México

No podía ser de otra forma, esta semana es casi obligado hablar de la visita apostólica del Papa Benedicto XVI a México, en camino de Cuba para celebrar el jubileo del 400 aniversario del hallazgo de la imagen de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre. Visita controvertida, como la mayor parte de los viajes del Papa fuera de Italia: lo fueron en particular el de Inglaterra en 2010 y el de España en 2011. Y controvertida por más de un motivo: el problema de la violencia (cabría destacar que es tal vez la primera ocasión que el Papa visita un país prácticamente en estado de guerra, Tierra Santa aparte), el ambiente electoral, la reforma del artículo 24 constitucional, y claro está, las primeras voces que se quejan del apoyo económico oficial para la seguridad del Sumo Pontífice.

La opinión pública discutió mucho al respecto en los medios masivos, en la prensa y en el internet, por lo cual yo creo que lo primero a destacar es que ello no ha evitado que la recepción sea multitudinaria. Benedicto XVI no tiene el mismo carisma, pero prácticamente desde antes de tocar tierra mexicana, ha sido ovacionado de manera casi tan espectacular como lo fuera el Beato Juan Pablo II, cuya memoria, lo confirmamos con el recorrido de sus reliquias el año pasado, está particularmente viva entre los mexicanos. Aplausos, porras (muchas heredadas del pontificado anterior), gritos de júbilo, banderas del Estado Vaticano ondeando, en fin, el mismo repertorio festivo que se le dedicó a su predecesor, mañanitas incluidas por más recomendaciones en contra de los organizadores. Su llegada a Guanajuato capital fue especialmente apoteósica, con la parada para recibir las llaves de la ciudad de manos del Presidente municipal y para el saludo del Gobernador, pero sobre todo por la recepción multitudinaria en la Plaza la Paz, a vuelo de campanas de la Basílica de Nuestra Señora de Guanajuato, con orquesta, coros, mariachi y muchos gritos, es decir, con todo el ensordecedor repertorio sonoro de que nuestro país es capaz. Para corresponder sin duda a la memoria de su predecesor, Benedicto XVI se ha mostrado particularmente abierto a corresponder con algunos gestos a las aclamaciones de la multitud, incluyendo portar el sombrero de charro que se le vio a su arribo al Parque Bicentenario en la misa de hoy.

Ha sido pues, sin duda, una recepción excepcional para el Papa, aunque tampoco habría que exagerar, la de su visita a Benín en 2011 podría compararse hasta cierto punto, y en París en 2008 no había una multitud tan grande pero los jóvenes de las escuelas católicas francesas lo recibieron con ovaciones semejantes. Como sea, tengo la impresión de que hay en ella, claro está mucha movilización bien organizada por parte del Episcopado, pero mucho también de catarsis, de necesidad de una celebración colectiva en tiempos efectivamente complicados en la mayor parte de las regiones de nuestro país. Cabe decir en fin, que si Benedicto XVI no es un hombre que cautive multitudes, tal vez ha jugado a su favor la brevedad de la mayor parte de sus intervenciones y el buen uso en ellas de frases emotivas iniciales, como las que arrancaron aplausos a su llegada a León y en su mensaje en Guanajuato. Este último, por cierto, pensado exclusivamente para los niños y no para la multitud en su conjunto, tuvo particular éxito, tal vez justo por eso mismo, por estar pensado con sencillez infantil. En cambio, es significativo que su homilía en la misa de hoy, no llegara a ser interrumpida por aclamación alguna. Cierto, el sonido local había pedido que los asistentes guardaran la compostura, pero tengo la impresión de que  ello no hubiera sido obstáculo si efectivamente la emoción hubiera cautivado a los presentes.

Ahora bien, dejando de lado ese punto, el propio viaje despertaba una incógnita fundamental: sus motivos. Lo sabemos, es el resultado de una invitación expresa del Episcopado Mexicano y de la Presidencia de la República, pero es original entre los viajes del Sumo Pontífice actual, porque éste ha salido de Italia con destinos bien concretos: para encabezar jornadas, como las de la Juventud de Colonia en 2005, de Sydney en 2008 y de Madrid en 2011; o los encuentros de familias de Valencia en 2006 y de Croacia en 2011; por supuesto, con motivo de conferencias y sínodos episcopales, que motivaron las visitas a Brasil y Benín, y con motivo de los aniversarios de grandes santuarios marianos como los de Mariazell, Lourdes y ahora la Caridad del Cobre. Ninguno de estos grandes eventos se contaba en la agenda de la parte mexicana de este viaje, y siendo además particularmente buena la relación de México con la Santa Sede, la prensa internacional destacaba sobre todo la agenda de Cuba. Pero ya en la tradicional conferencia de prensa en el avión de Alitalia hacia México se hicieron presentes los temas principales de la visita: el que más llamará la atención de la opinión será sin duda el de la violencia, sobre el cual el Papa dijo, en respuesta a la pregunta de Javier Alatorre, “voy para alentar y aprender”; en cambio, el tema que él mismo desearía destacar muy posiblemente sea representado en la frase que siguió a la que acabo de citar: “para confirmar en la fe, en la esperanza y en la caridad”. Sobre ello versó ya su mensaje en la ceremonia de bienvenida, en la que cual se definió como peregrino de la fe, de la esperanza y de la caridad, pero sobre todo de la segunda, dictando cátedra a partir de lo que ya expuso en su encíclica Spe salvi. La Iglesia, se entiende así, tiene una responsabilidad en concreto educativa, como lo expresó directamente al responderle a Valentina Alazraki en el avión: “no es un poder político, no es un partido”, y en cambio “el primer pensamiento de la Iglesia es educar la conciencia”.

De manera coherente con esta idea, no ha habido en toda la visita llamados explícitos como no sea a la conversión de los corazones. Cierto, en la ceremonia de bienvenida afirmó que ora por las víctimas de la violencia y en su mensaje en Guanajuato hubo mención de los sufrimientos de los niños, pero nada más. Las palabras más enérgicas en el tema de la violencia fueron pronunciadas por el arzobispo de León, monseñor José Guadalupe Martín Rábago, en el saludo de la misa del Parque Bicentenario, denunciando por igual la pobreza, la impunidad y el cambio en la moral. Unos minutos más tarde, en la homilía, el mensaje más largo del Papa en esta visita, el Sumo Pontífice se limitaba a hacer un bello comentario del Salmo y el Evangelio de hoy, cierto que aludiendo a la situación de la nación mexicana, pero sobre todo llamando de manera general a que Cristo reine en los corazones. El Papa pues, no ha intervenido de manera directa en las discusiones internas mexicanas, ni se ha pronunciado claramente a favor o en contra de las estrategias (si así se les puede llamar) del gobierno en materia de combate al narcotráfico.

El mensaje más fuerte del Papa, por así decir, fue el que dirigió a los obispos latinoamericanos en las Vísperas celebradas en la Catedral de Nuestra Señora de la Luz de León. Ahí fue recibido con un discurso de expresión de fidelidad del presidente de la CEM, a que respondió con un recordatorio de las responsabilidades episcopales. Sutil, demasiado dirán algunos, les instó a corregir a los sacerdotes “sobre actitudes improcedentes” y a evitar “divisiones estériles”. Tal vez sea paradójico del más importante crítico de la teología de la liberación latinoamericana, les indicó: “Estén del lado de quienes son marginados”. Ahí, en la conferencia de prensa del avión y en la homilía de la misa, resaltó la agenda propiamente eclesiástica: la “Misión continental” producto de la Conferencia de Aparecida, la organización del Año de la fe, la conmemoración de los bicentenarios de las independencias. Actividades todas en las que el Papa ha indicado, según se entiende, la necesidad de darle al catolicismo latinoamericano un carácter más racional, que complemente su aspecto profundamente emocional, por ejemplo con la “meditación de la Sagrada Escritura”, según dijo en las Vísperas.

Alentar, educar y dirigir una admonición a los obispos pues, han constituido los principales temas del viaje, pero hay un tercero que ha sido bastante visible: la infancia. Benedicto XVI ha pasado buena parte de su viaje a México bendiciendo niños, lo mismo en el aeropuerto del Bajío que en Guanajuato, donde el saludo del Papa estaba dirigido a ellos e iba incluido un llamado para proteger a la infancia. No he tenido oportunidad de ver notas al respecto, pero ya puedo imaginar que a muchos comentaristas les habrá parecido provocador o irónico, teniendo en mente sin duda los escándalos de pederastia internacionales pero sobre todo nacionales (el del fundador de los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel para ser preciso). Justamente me queda la impresión de que es una imagen que responde a la crítica en esta materia, ya lo dijo el Padre Lombardi en la conferencia de prensa del sábado a pregunta de una reportera de Milenio, pero que viene sobre todo por parte del Episcopado Mexicano, con la intención de evocar otra vez los gestos de Juan Pablo II con la infancia, de manera muy directa, como lo vimos con las palomas que salieron volando del balcón de la mansión del Conde Rul.


Ahora bien, una cosa son los mensajes que el Papa y el Episcopado han querido transmitir y otra el sentido que los actores políticos locales han querido darle a la visita. Y me parece que los ha habido y han sido particularmente exitosos. El Episcopado había advertido que el Papa no se reuniría con los candidatos a la Presidencia, lo que no ha podido (o querido) evitar es la presencia constante del Presidente de la República. En una primera parte, la ceremonia de bienvenida, fue una presencia oficial bien enmarcada en un protocolo rígido, presencia obligada por las relaciones diplomáticas de México con la Santa Sede. Ahí, en el aeropuerto del Bajío, ni un solo funcionario besó el anillo del Pescador, el Presidente indicó en su discurso que México es un Estado laico (aunque sólo luego de una referencia implícita a la reforma del artículo 24) y no hubo, como en el sexenio anterior, presentación de toda la familia presidencial ante el Sumo Pontífice.

En realidad, la presencia del titular Ejecutivo hubiera podido terminar ahí, podría haberse realizado un encuentro privado breve en el propio aeropuerto y dejar la ceremonia de despedida a cargo de la Secretaría de Relaciones Exteriores. En cambio, el programa dejaba ver que si antaño Juan Pablo II había sido un tanto acaparado por el cardenal Rivera Carrera, Benedicto XVI lo sería por el Presidente Calderón. La visita de cortesía al mandatario el sábado en Guanajuato, en el antiguo palacio del Conde de Casa Rul, fue oficialmente oportunidad para hablar de la agenda internacional común y, según el comunicado de la Presidencia, también se aprovechó para presentar al Papa a algunas víctimas de la violencia, todo ello en el sorprendente lapso de menos de media hora. Así, no es extraño que el padre Lombardi en la conferencia de prensa de esa noche no estuviera siquiera informado de ese último punto a pesar de haber asistido a la reunión. Se diría que la Presidencia quería aprovechar para reivindicar su propia imagen del tratamiento de las víctimas, presentándolas al Papa, pero sin explicar mucho quiénes eran.

Extraoficialmente, el encuentro del sábado fue también espacio para la expresión religiosa del Presidente, su familia y su entorno, incluida la bendición de las familias de sus colaboradores fallecidos en accidentes aéreos. Además, el Presidente casi se diría que se aseguró de su propia visibilidad, desplazando un poco al Episcopado mexicano, acompañando al Papa en todo momento, incluso cuando dirigía su mensaje desde el balcón de la mansión. Y hoy, por primera vez en todo el sexenio, la agenda presidencial incluyó la asistencia a la misa, como invitado decía la página de internet de la Presidencia. Estuvo ahí para saludar al Papa a su llegada al Parque Bicentenario, para despedirlo a su salida bajo los acordes de la Marcha Pontifical, y claro está, Felipe Calderón y su familia subieron a comulgar de manos del Sumo Pontífice, aunque cabe hacer notar que él no aceptó arrodillarse en el reclinatorio que se colocó para el caso. Todo ello mostrando hasta qué punto la Presidencia sí que deseaba el respaldo pontificio, aunque a estas alturas me es imposible imaginar si tiene un sentido político, es decir, si podría capitalizarlo de alguna forma.

Mas sin duda la autoridad civil más entusiasta ha sido la del Gobierno de Guanajuato. El gobernador Juan Manuel Oliva, en entrevista que concedió a Radio Vaticano el viernes, calificaba la llegada del Papa de “día histórico para Guanajuato” y presumía de los logros de la organización. Sólo él ha superado al Presidente Calderón en encuentros con el Papa, pues lo ha visto todos los días de su viaje y más de una vez: en la ceremonia de bienvenida, a la entrada de la ciudad de Guanajuato con motivo de la entrega de las llaves de la ciudad, antes de la misa para la entrega de las llaves de la ciudad de Silao, en la misa misma, donde él sí se arrodilló para recibir la comunión (si la vista no me falla), y en fin, ahora en las Vísperas de la Catedral de León, ni más ni menos que para el encendido de fuegos artificiales en el Cerro del Cubilete.

En fin, mañana el Papa parte rumbo a La Habana, donde le espera ya la verdadera gran visita de este viaje, mucho más tensa, por sus declaraciones en el avión a propósito de la ideología marxista y por las del arzobispo de La Habana a propósito de que no hay ya presos políticos en Cuba. La escala en México, me parece, ha sido una interesante muestra de las tensiones permanentes entre la emoción popular, las prioridades clericales, la opinión pública y los intereses coyunturales de nuestros políticos, entre las cuales nunca queda claro quién se aprovecha de quién.

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