Viernes de Dolores

El último viernes de la Cuaresma es la festividad de la Virgen de los Dolores,  Celebración que data de finales de la Edad Media, en el marco de la lucha contra las herejías, afirmaba el padre Antonio Lobera en su El porqué de todas las ceremonias de la Iglesia, era sin duda, al menos ya para el siglo XVIII, una de las conmemoraciones más sensibles del catolicismo. En efecto, se trata de una de las fiestas marianas más llenas de representaciones visuales. Asociada a la profecía de Simeón, la Virgen de los Dolores es pintada por lo común con al menos un puñal en el corazón, como la vemos en las obras de Juan Correa (Catedral de Cuernavaca), Cristóbal de Villalpando (Museo Sumaya) y Miguel Cabrera (Colección Andrés Blaisten) que presentamos en este artículo, y que datan, las primeras del siglo XVII y la última del propio siglo XVIII. Muchas veces llorosa y consolada por ángeles y arcángeles, contempla con frecuencia los instrumentos de la pasión de Cristo — el motivo de su aflicción –, cuando no aparece directamente con San Juan Evangelista al pie de una Crucifixión. Es pues una festividad emotiva por excelencia. Si las imágenes no alcanzaban a transmitir la piedad, la música podía tomar el relavo, con el himno clásico del festejo, atribuido al Papa Inocencio III, el Stabat mater. Podemos presentar aquí una versión novohispana, del siglo XVII, obra de Juan Gutiérrez Padilla, maestro de Capilla de la Catedral de Puebla.
Dolorosa Villalpando
Más todavía, de nuevo para el siglo XVIII, sabemos que era la ocasión de celebrar la liturgia de las Tres Horas, las de la agonía de Cristo, cada una con un motivo particular. La Congregación de Dolores del Hospital Real de México, según sus constituciones de 1710, debía celebrar una primera hora con olores, es decir, con incienso, la segunda con música y la tercera con un rosario completo (Archivo General de Indias AGI, México, leg. 716).  Cabe destacarlo, la Dolorosa contaba su propio rosario: la Corona de siete misterios, que debía rezarle, por ejemplo, la cofradía de Acatzingo (AGI, México, leg. 2650). Era común completar la jornada con un sermón, como el que se pagaba por cofradías de este título u otro, lo mismo en pueblos como Tenancingo o ciudades como Querétaro. En Tlapacoyan (AGI, México, leg. 2692), las ordenanzas de la cofradía sacramental y de la Soledad marcaban el inicio al mediodía con una hora de oraciones, la segunda reuniendo olores y música, integrando al sermón en la tercera. En el ya citado Acatzingo, las constituciones de 1719 eran especialmente detalladas para el tema de los aromas: tres eclesiásticos debían incensar constantemente la imagen de la Dolorosa por una hora, pero por si eso no bastara, además debían quemarse “otros olores y perfumes”.

Por si fuera poco, podía considerarse necdolorosacabreraesario completar la celebración con el adorno de los altares, normalmente con abundantes luces. En Guadalajara, la Santa Escuela de la Merced podía presumir en 1766 (AGI, Guadalajara, leg. 369) que presentaba el suyo de forma tan “vistosa”, “que concurre tanta gente que aun siendo la iglesia una de las más capaces de esta ciudad, apenas cabe en ella el numeroso concurso que asiste”. Era ésta la época de los conocidos “incendios de Dolores”, que ya para finales del siglo llegaron a causar escándalo en la misma Guadalajara. Sólo podemos imaginar su espectacularidad luminosa a partir de la reacción negativa que, ya a principios del siglo XIX, expresó la autoridad episcopal. En 1803, el obispo Juan Cruz Ruiz Cabañas los estimo más bien como “altares erigidos más bien a la profanidad y entretenimiento”, debiendo prohibirlos en dos edictos de ese año.

Puede parecer paradójico, pero esta festividad, de temas dramáticos, que todos esos fastos debían transmitir, para tiempos del obispo Cabañas más bien habían terminado abriendo espacio a lo profano. El prelado consideraba sus luminosos altares como pretexto para “las embriagueces, la vanidad, la murmuración, la gula, la lascivia, los bailes” y en general “concurrencias malditas de ambos sexos”, según el propio tenor de sus edictos. Profano y sagrado pues, no dejaban de mezclarse en los siglos XVII y XVIII.

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