Velas que encienden discordias

cirios_en_el_altar-17144El martes pasado se celebró en el mundo católico la fiesta que hoy oficialmente se denomina de la Presentación del Señor y Purificación de la Virgen, pero que un poco por doquier se sigue llamando la Candelaria, la Chandeleur en francés, la Candelora en italiano, etcétera. Y como su nombre indica, es una fiesta que ha estado tradicionalmente asociada a las luces, en concreto a la bendición de las velas. Mas antaño, antes de que se construyera la separación entre las Iglesias y los Estados, era un festejo en que incluso esas velas, con sus particulares simbolismos religiosos, podían cobrar significado político, al menos uno muy concreto: el honor de las autoridades.

En efecto, ya es significativo que un punto fundamental de ese día era el orden de la distribución de las velas: los eclesiásticos debían repartirlas conforme a las jerarquías civiles vigentes, contribuyendo desde luego a su legitimación, toda vez que se trataba de autoridades, en principio, católicas. Así lo establecían, cierto que los libros litúrgicos, pero sobre todo las leyes civiles, a veces más antiguas que aquellos. En el caso que nos interesa, el de la monarquía hispánica del siglo XVIII, las Leyes de Indias citaban una real cédula de tiempos de Felipe II, es decir, del siglo XVI, que ordenaba que el rey recogiera la vela en la primera grada del altar de la iglesia justo después del clero. Los virreyes debían pues hacer esto mismo, y tras de ellos, magistrados reales y del público. Conviene recordarlo, ya en el siglo XVII, los libros litúrgicos romanos, tanto el Misal Romano como el Ceremonial de los Obispos, no hicieron sino confirmar ese carácter de honor que tenía la distribución de velas del 2 de febrero, y que compartía con casi todos los gestos y ritos del catolicismo de la época.

Sin embargo, para el siglo XVIII, al menos en la Ciudad de México, ni siquiera era la distribución de las velas en la iglesia la que más importaba, sino una que se realizaba antes. Así es, el Cabildo Catedral Metropolitano, los canónigos pues, enviaban velas a diversos magistrados reales, e incluso a veces a sus esposas y viudas, en vísperas de la fiesta. Una queja del Real Tribunal de Cuentas de 1769 y una memoria del Tesorero de la Catedral de 1770 dan cuenta detallada al respecto. Se entiende de esos documentos, transcritos en los libros 49 (fs. 233-237) y 50 (fs. 136-138 y 145v-146) de Actas de Cabildo que se conservan en el Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano, que la práctica comenzó para compensar a quienes por alguna razón no podían asistir a la iglesia. Mas al final terminó implicando que ciertos magistrados gozaban en realidad de dos velas, una que les llevaban a sus casas y otra que les daban en Catedral.

DSCF4156Según su memoria de 1770, el Tesorero tenía la complicada tarea de surtir las largas listas que llegaban del Palacio del Virrey y del Palacio Arzobispal y que incluían a cortesanos y familiares, desde secretarios hasta criados de librea pasando por jefes de cocina, de repostería y de caballerizas. En ese año, incluso los alabarderos de la guardia del virrey habían reclamado la suya. Por supuesto, mientras al virrey y al arzobispo se les daban velas de libra, las medidas iban disminuyendo proporcionalmente a su jerarquía. Asimismo, la Catedral debía también enviar velas a los oidores, sus esposas y sus viudas, incluyendo oidores honorarios, así como al resto del personal de ese tribunal: fiscales, escribanos de cámara, relatores, secretarios y capellán. En fin, que sin duda, el día 1o de febrero de cada año, la tesorería de la Catedral debía ser un auténtico ir y venir del personal llevando velas, y a veces de lacayos, porteros y criados pasando a pedir las de sus respectivos patrones.

Una bella paradoja, es que en realidad la que se valoraba era justo esa vela que se distribuía antes, y no las velas de mano que se entregaban para la procesión antes de la misa del día 2. Tan era así, que en realidad estas últimas era común que no terminaran en las manos de sus primeros destinatarios. Cuando el Tribunal de Cuentas extrañó que no se les enviaran velas a sus casas, el Tesorero señaló que se les habían dado en la iglesia, y obtuvo por respuesta que las habían entregado a “unos ministros con sobrepelliz, y que no la[s] había[n] vuelto a ver jamás”. En efecto, el Cabildo Catedral habría de confirmar que estaba “en práctica el que los monacillos de la Archicofradía [del Santísimo Sacramento] eran los que recogían las expresadas velas después de la procesión”, las devolvían durante la misa, nuevamente encendidas, y al final las pasaban a los porteros de la Audiencia. Pero éstos, “se quedaban con ellas diciendo ser sus gajes”. Asimismo, en 1770, los canónigos recomendaron que la distribución no incluyera a sus propios cocheros y lacayos, porque “luego las venden, sin atención a la bendición que tienen”. Si a las autoridades les interesaban las velas por el honor que el confería el orden de recibirlas, se diría que los sectores populares se interesaban tal vez más en el valor material de la cera.

En fin, la queja del Tribunal de Cuentas propició una larga discusión entre los canónigos. Cabe destacarlo, estaban muy conscientes de que la cuestión era religiosa pero también política: los magistrados la habían mirado “como punto de honor” porque “siempre ha[n] querido ser igual con la Real Audiencia”. Terminaron decantándose por la negativa por varias razones, en principio porque para entonces ya era 27 de febrero, y ni siquiera había ya velas benditas del día 2, pero en estos casos los canónigos solían sobre todo prevenir que estos honores sirvieran de precedente para que alguna otra corporación reclamara algo equivalente. De paso, no dejaron de salir a relucir cuestiones internas, como la atribución o no a la dignidad del deán de facultad exclusiva en la materia, así como el cuidado de los intereses materiales de la Catedral: se habló también de la necesidad de establecer reglas fijas para esta distribución y para reducirla por el costo que implicaba.

LorenzanaAl final, empero, se impuso una realidad política coyuntural. Eran los tiempos del virrey marqués de Croix, la época por excelencia de lo que hoy llamamos las reformas borbónicas. Ocupaba la mitra arzobispal  Francisco Antonio de Lorenzana, a quien vemos en la imagen según su retrato de cuando fue, más tarde, arzobispo de Toledo. El prelado intervino en el caso, preocupado por que el caso no tomara mayores dimensiones. Los conflictos con las autoridades civiles, “en todo tiempo debían excusarse, pero mucho más en las circunstancias del presente”. Para satisfacer al honor de los miembros del Tribunal de Cuentas, simplemente se les entregarían velas de a libra bendecidas por algún sacristán de la Catedral, e incluso ofreció enviarlas de su Palacio si los canónigos no llegaban a un acuerdo. Casi sobra decir que el Cabildo Catedral se sometió de inmediato a esa decisión: las prioridades profanas se imponían al menos esos años centrales de las reformas.

En efecto, con esa actitud, el arzobispo confirmaba que esas velas eran un punto de honor para los tribunales reales, y no tan sólo, un objeto de carácter religioso. En compensación, su actitud complaciente servía para reforzar el papel de las autoridades eclesiásticas en la administración de esos honores que tanto interesaban a los magistrados civiles. Era pues difícil saber quién perdía y quien ganaba en esas querellas tan discretas como la propia luz de las velas del día de la Candelaria.

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