Veladas de Sevilla

La historia del catolicismo es particularmente rica en el tema de la fiesta. El catálogo de posibilidades es muy vasto, las ha habido públicas o particulares; llenas de júbilo o solemnes; sobrias e interiores o rebosantes de exterioridades; en honor de Dios mismo, de la Virgen o de los santos; populares o elitistas; promovidas por el clero o fuera de su control. Aquí un testimonio de una fiesta religiosa pública que pudo ser antaño favorecida por las autoridades, mas para la segunda mitad del siglo XVIII se había vuelto tan “popular” que era apenas tolerable para algunas élites: las veladas. Celebración nocturna en torno de alguno de tantos objetos que se recargaron de sacralidad ante la desacralización protestante: imágenes, reliquias o, este caso, cruces.

Claramente no es un documento de nuestro presente. Hoy pensaríamos que sin duda una fiesta debe ser controlada, bajo preceptos como los derechos individuales, las leyes, el respeto de los espacios públicos. Pensaríamos en temas relacionados con la convivencia entre los ciudadanos, en la política en su sentido lato. Mas no es ése el marco para comprender este documento. Empero, es cierto que tiene algo de político. Se trata de la denuncia hecha por el representante de una de las potestades que ordenaba la sociedad de la época, y que mira con tanta más desconfianza la fiesta cuanto autorizada por los magistrados de la otra jurisdicción, en un mundo en que idealmente esas “dos majestades” debían colaborar en el mantenimiento del orden, y realmente se disputaban de manera cotidiana su control.

Mas hasta aquí seguimos viendo el documento con ojos profanos, en más de un sentido. La denuncia no debe sólo interpretarse como una disputa de poder en que la fiesta popular resultaría una víctima inocente. La crítica que aquí vemos apunta sobre todo a la peligrosa mezcla entre lo sagrado y lo profano, esfuerzo de separación interminable y cuyos términos se renegocian de manera casi cotidiana, y por tanto ha hecho correr ríos de tinta (y lamentablemente no sólo de ese líquido) a lo largo de los siglos. Es, pues, un tema propio de la historia religiosa, y en que vale la pena tomarse en serio esa dimensión para comprenderlo.

Este breve documento ilustra bien que esa frontera de lo religioso no era la nuestra, aunque no dejamos de tener cosas en común. Subsisten en muchas partes las tensiones entre una definición de lo religioso como algo sobre todo espiritual, frente a una definición más amplia, abarcante, y más antigua (aunque no necesariamente milenaria) que incluía en su seno prácticas que hoy nos parecerían en extremo alejadas de ese ámbito. El documento nos describe algunas, aun si en términos un tanto negativos.

Por otra parte, y a diferencia de nuestros tiempos, en que pensaríamos que esa frontera le toca cuidarla a la autoridad civil, entonces el auténtico (aunque no único) “profesional” que debía velar por su respeto era el “hombre de lo sagrado”, el sacerdote. Hoy nos parecería paradójico, extraño o al menos original que un clérigo denunciara una fiesta religiosa. Nos esperaríamos más bien que fuera un funcionario laico el que reprochara excesos que, de una forma u otra, podrían o deberían ser atribuibles al clero. Más aún, podría sorprender un poco que, como en este caso, una mezcla más entre lo profano y lo sagrado se encuentre en los propios actores de esta misiva, el remitente un importante juez eclesiástico y el receptor también clérigo, pero que ocupaba un alto cargo, no tanto en la Iglesia, sino en la monarquía.

Aquí un documento que además es europeo, sevillano para ser preciso. Acostumbrados como solemos estar a pensar la historia religiosa nacional bajo la óptica del sincretismo, conviene recordar que el mundo católico podía conocer no sólo de tensiones sino también de prácticas compartidas a ambos lados del Atlántico.

En fin pues, ya sin más preámbulo, aquí la denuncia del provisor del arzobispado de Sevilla, dirigida al presidente del Consejo de Castilla, sobre lo que pasaba en un rincón de esa ciudad algunas noches, en que se mezclaban los símbolos sagrados con las diversiones profanas.

Archivo Histórico Nacional, Consejos suprimidos, leg. 704, exp. 17, fs. 24-26
 
Ilustrísimo Señor

Señor:

No me resolvería a molestar la atención de vuestra señoría ilustrísima si los estímulos de mi conciencia y la estrecha obligación en que me ha constituido el empleo de provisor y gobernador sede vacante no me estrecharan a representar lo que juzgo conducente al bien de la patria, a la recta administración de justicia y a promover la pública felicidad y tranquilidad.

Mucho antes de ejercer dichos empleos veía con sumo dolor los públicos escándalos y las perniciosas costumbres que acarrea al bien de las almas el uso de las veladas y otras juntas y concurrencias de personas de ambos sexos, que con el pretexto de procesión se frecuentan en esta ciudad.

De estas se originan quimeras y homicidios, escándalos y ofensas a ambas Majestades, a que contribuye no poco la variedad de comestibles y licores, y la proporción de la noche, pues aunque la justicia procure celar estos desórdenes, no es posible remediarlos si no se cortan desde raíz.

Estas prácticas y repetidas experiencias las he tenido muy presentes para, por mi parte, no condescender a ninguna de estas fiestas o procesiones, pero nada de esto ha bastado, pues con visible desaire de la jurisdicción han atropellado aquellas providencias que me han parecido justas para no dar lugar a tan graves daños.

Es buena prueba de esta verdad las diligencias que acompañan a esta reverente representación. De ellas resulta haber denegado la licencia que se me pidió para sacar procesionalmente la Santa Cruz que está al sitio de la Alfalfa de esta ciudad, de que resultó haber tomado recurso al teniente segundo de esta dicha ciudad, y sin que hubiesen bastado los oficios políticos que le pasé manifestándole los justos motivos que me habían inclinado a esta resolución, tan lejos estuvo de adoptarlos que antes bien los auxilió y contribuyó en parte para que la celebrasen, manifestando con algún desdoro que la jurisdicción eclesiástica no alcanzaba a estas materias.

Sufrí con paciencia este sonrrojo público y sólo me quedó el sentimiento de las ruinas espirituales que ocasionaría estas prácticas, que con título de devoción ha inventado el enemigo común para arrastrar así a muchas almas.

No necesita de ponderación los sucesos funestos de estas concurrencias, porque éstas las arroja de sí las diligencias que acompañan e informes de los curas que están igualmente declamando contra ellas, y quienes por sus ministerios tocan más de cerca estos desórdenes.

No es menos el que se verifica en la santificación de las fiestas, pues si hasta aquí han estado algo contenidos por el celo de los jueces eclesiásticos, ahora se burlan de éstos, y ni aún permiten los jueces reales dar el auxilio por sus ministros para que se corrijan.

Ya no me queda otro recurso que el de representar a vuestra señoría ilustrísima con la sinceridad y verdad que exige una materia tan grave y espero que su alta justificación sabrá poner el remedio a tanto daño, y a mí me quedará la satisfacción de haber apurado cuantos medios me ha dictado mi limitación para evitarlos, y tendré la mayor en que vuestra señoría ilustrísima me mande en cosas de su obsequio y Su Majestad le prospere su importante vida muchos años.

Sevilla, y enero 2 de 1776.

Ilustrísimo señor

Beso su mano de vuestra ilustrísima, su más atento servidor y capellán

Miguel Antonio Carrillo.

Ilustrísimo señor D. Manuel Ventura Figueroa.

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