Unos frailes profanos: los juaninos de Orizaba

El 18 de enero de 1771, el párroco de Orizaba D. Francisco Antonio de Illueca mandó revisar el archivo de su curia eclesiástica para buscar los documentos fundacionales de una de las corporaciones religiosas más antiguas de la villa: el convento hospital de la Inmaculada Concepción de los frailes de San Juan de Dios, los juaninos. Su notario presentó una escritura que databa de 1618 en la cual se establecía la fundación del hospital y las obligaciones de los frailes. Examinado todo, el párroco mandó se abriera un proceso sumario para recabar la información sobre las faltas de los religiosos a dicho compromiso. Y en efecto, entre el 18 y el 28 de enero declararon ante el párroco cinco testigos, todos confirmando la mala conducta de los juaninos. De hecho, leyendo atentamente las declaraciones, uno diría que prácticamente se perfila un auténtico “contramodelo” de la vida religiosa del siglo XVIII.

Cabe sin duda recordarlo, en esta época se exigía de los clérigos y religiosos ciertos criterios de seperación. Tal había sido, ya en el siglo XVI, uno de los puntos principales de la reforma de la Iglesia emprendida en particular por el Concilio de Trento. El clero debía tener cierta distinción por su estado, que tenía múltiples aspectos, que se irían consolidando en el curso de los siglos siguientes. Ambos cleros eran distintos al resto de la sociedad, a los seglares, por las actividades que podían ejercer, la más notoria, la administración de los sacramentos, en particular la Eucaristía, y la predicación en el caso de los religiosos. Desde luego, lo eran también por las virtudes que debía caracterizar a su estado, la castidad sin duda la más conocida de ellas, propia del celibato eclesiástico. Pero la lista es mucho más extensa e incluye oficios que, en principio les estaban vedados (el comercio, la minería), espacios que les estaban reservados (los templos, en particular el presbiterio, los claustros conventuales, las sacristías), diversiones que les estaban prohibidas (el juego), vestimentas que debían portar (la sotana o al menos el traje talar, los hábitos de los religiosos), entre muchos otros.

Ilustrativas a contrario de esos criterios de separación, las declaraciones denunciaban constantemente en los juaninos las peligrosas mezclas a las que se prestaban voluntaria y culpablemente. Los frailes mezclaban los símbolos sagrados con ambientes profanos: se acusaba por ejemplo a uno de los enfermeros de haber llevado la imagen procesional de San Juan de Dios a las peleas de gallos “con grande indecencia”, pidiendo limosnas con ella al final de las peleas dando la vuelta al palenque. Mezclaban también los objetos destinados al culto: así era con las propias limosnas recolectadas, destinadas en principio al culto del santo patrono y al mantenimiento del hospital, y que habían sido apostadas por los religiosos en las propias peleas de gallos. Asimismo, mezclaban los destinos de lo recaudado para la que era su vocación principal, es decir, lo que recibían para atender a los enfermos, “defraudando a los bienhechores”. Según los declarantes, la comida enviada al hospital “se la comen los frailes”, o las enviaban a otras personas, al igual que otros donativos en especie, desde sábanas hasta las tejas de la enfermería, e incluso habrían revendido los medicamentos donados por los boticarios de la villa. Más grave aún que todo lo anterior, “hasta la plata de la iglesia” del convento hospital, incluyendo una custodia, había sido empeñada en las tiendas, lo que escandalizó al párroco lo suficiente como para que éste acudiera en rescate de tan preciosos objetos. Mezcla en fin, que no respetaba la dignidad de su propio convento hospital, donde se habrían celebrado no sólo juegos de azar sino también fandangos, “con concurrencia de mujeres”.

Sobre todo, estaba la mezcla de las personas de los propios frailes con diversas formas de ambientes profanos. En principio, estaba la falta de atención a su regla, la hospitalidad, mezclándose en asuntos no propios de ella. Habrían dejado incluso completamente abandonado su convento, para salir a recolectar limosnas, un acto que si bien los propios religiosos en su momento defenderán como propio también de su instituto, estaba bastante lejos de ser apreciado así por los declarantes. Algo semejante era su ejercicio como médicos particulares, careciendo de título para ello, que los llevaba a las casas de enfermos que no eran de su responsabilidad, dejando solo el hospital hasta en las noches, por éste y otros motivos. Los declarantes insistieron en pintar con los más negros colores el cuadro de la desatención de los juaninos, capaces incluso de rechazar los enfermos que se les enviaban y de dejar cerrada la enfermería.

En segundo lugar, estaban sus faltas al “honor del hábito”, por las que se mezclaban con los seglares. Tema especialmente grave, sobre todo por ser motivo de “escándalos públicos” entre los habitantes de la villa, siendo que ellos como frailes tenían que haber sido buen ejemplo de virtudes. Ellos que debían mantenerse alejados de diversiones mundanas, asistían, ya lo hemos dicho, a las peleas de gallos, pero también a las “comedias de noche” y a los fandangos. Se esperaba que fueran ejemplos de paz, mas habían caído en graves “embriagueces” y se “habían ido a los golpes”, o bien al perder en las apuestas las habían pagado “con pedradas y con palos”.

Lo peor, debiendo ser ejemplos de castidad, habían caído en sucesivos “amancebamientos”. Éstos se agravaban por todo lo que traían consigo. En principio, los declarantes denunciaban constantemente su mezcla con mujeres de “baja calidad” a las que citaban más que por sus nombres, por sus apodos: “la Carrizala”, “la Ventera”, “la Juilitos”, “la Sesanta”, “la Maromera”, “la Platilla”, no omitiendo en ciertos casos indicar que se trataba de “mulatillas”. Citado normalmente al lado de la embriaguez, se diría que el “amancebamiento” entraba también en la categoría de los vicios, pues algunos de los frailes fueron denunciados por tener sucesivas “madamas”, e incluso un antiguo prior era recordado porque “estuvo en incontinencia con hija y madre”. Todo ello no traía sino nuevos escándalos: nuevas violencias, como la de fray José Salvatierra desenfundando la espada “en defensa de su dama”, y nuevas mezclas en oficios mundanos: un fraile habría abierto una tocinería con una “mulatilla”, y “él se estaba metido en ella con el hábito arremangado vendiendo”. Asimismo, nuevas faltas a la imagen de los frailes, por la galantería en hombres que debían ser ejemplos de humildad, como la de fray Juan Guzmán, a quien se le recordaba usando “capas de vueltas de terciopelo”; o en un caso absolutamente opuesto, el de fray Nicolás Carrera, quien fue sorprendido por la ronda nocturna del alcalde escapando de una casa “con solo la capilla puesta”.

Por todo ello, los frailes afrontaron un juicio particularmente severo en el tribunal de la mitra de Puebla, que entonces era gobernada por uno de los obispos reformadores del siglo XVIII: Francisco Fabián y Fuero. Por un auto del 25 de abril de 1771, el juez del obispado (el provisor) mandó que el párroco de Orizaba tomara el control del convento hospital y nombrara un administrador, ejerciendo en adelante la tutela de los frailes juaninos para disciplinarlos. Y en efecto, en los meses siguientes el párroco Francisco Antonio de Illueca y el nuevo administrador, el padre Antonio Joaquín Iznardo, emprendieron una profunda reforma del hospital, reorganizándolo, reparando sus enfermerías, aprovisionando medicinas y utensilios, cubriendo el déficit en las cuentas y sobre todo tratando de hacer de unos juaninos siempre dispuestos a “sacudir el yugo del curato”, unos verdaderos religiosos. En ese esfuerzo, que es comparable a otros proyectos de los obispos de la época para reforzar la dimensión religiosa y la separación de lo profano de los frailes y monjas, tuvo paradójicamente un gran obstáculo: la Corona. En los años siguientes los juaninos se valieron de la jurisdicción del rey, alegando que el obispo había actuado sin tomar en cuenta que el hospital era de patronato real. Y aunque el proceso tardó más de una década, concluyó con éxito para ellos, pues el hospital les fue devuelto hacia 1783.

Por documentos posteriores sabemos que los frailes volvieron a recolectar limosnas en la villa y sus alrededores, y a ser ocasional mas infructíferamente denunciados por algún ligero escándalo, o por las faltas a la atención de los enfermos. Así, a pesar de las reformas de la época, la devota villa de Orizaba siguió contando en su seno con un pequeño contingente de frailes profanos.

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