Una patrona antigua para una nueva corporación orizabeña

Durante buena parte del siglo XVIII, la fiesta del 8 de diciembre, dedicada la Inmaculada Concepción, se celebraba por una cofradía, cuyos hermanos acompañaban a la imagen en procesión con cirios el día de su fiesta, asistían a la misa y sermón. La Virgen contaba además con un retablo propio, del que si no tenemos descripción, sabemos que estaba valuado en 7,000 pesos en 1762. Adornaban por entonces a la imagen joyas de plata de un valor de más 5 mil pesos, y vestidos con valor de más de 470, contando para el pago de sus ceremonias con capitales de más de 6 mil. Cantidades todas muy importante en la época, con lo que era sin duda uno de los cultos más ricos de la villa al mediar el siglo.

Mas el 8 de marzo de 1764, el recién fundado Ilustre Ayuntamiento de Orizaba se ocupó de establecer las fiestas religiosas a las que asistiría cada año, con toda solemnidad, en forma de cuerpo y bajo de mazas, a las iglesia parroquial. Ello era algo completamente normal en la época, toda vez que las corporaciones civiles del Imperio hispánico no eran menos miembros de ese cuerpo político que del gremio de la Iglesia, por lo que estaban especialmente obligadas a cumplir con sus preceptos y a velar por su cumplimiento. Debían así hacerse presentes en las grandes ceremonias religiosas ordinarias de cada año, las que eran propias de toda la Iglesia, como la fiesta de la Purificación de la Virgen, el Miércoles de Ceniza, los oficios de Jueves y Viernes Santos y la fiesta de Corpus Christi, pero también con motivo de la celebración de los abogados celestiales de toda la comunidad, los santos patronos y advocaciones de la Virgen, como era en este caso San Miguel Arcángel. Había también que asistir a las celebraciones mandadas por devoción del rey católico, como era el caso de los Desagravios de diciembre, y a las de otras corporaciones locales, como la de la Venerable Congregación de San Pedro, que reunía a la mayor parte de los clérigos de la villa. Mas entre todas asistencias, tenía especial interés la que establecieron para el 8 de diciembre, fiesta de la Inmaculada Concepción, a la que declararon por su particular patrona. No era una elección fortuita, lo tenían presente los propios regidores, y lo puso por escrito el síndico procurador del Ayuntamiento, Diego Pérez Castropol, en una solicitud redactada unos meses más tarde, en agosto, para justificar la elección en una imagen que ya contaba con una fiesta en la villa organizada por la cofradía que la tenía por titular, y a la cual el Ayuntamiento pretendía desplazar.

Para esta religiosa elección, los munícipes tenían razones más bien políticas. Conviene tenerlo presente, durante la segunda mitad del siglo XVIII, la villa de Orizaba fue testigo de constantes disputas entre las dos corporaciones civiles más importantes: el Ilustre Ayuntamiento de españoles y la República de indios. En una población que a lo largo de ese siglo se había ido construyendo en torno a sus templos, en la que abundaban las corporaciones religiosas y donde se había implantado con cierto éxito una cultura religiosa propia de la Reforma católica, no es sin duda extraño que esas disputas movilizaran muchas veces prácticas y objetos netamente religiosos. Así, en una cultura en la que la antigüedad era un argumento fundamental, ambas corporaciones se dedicaban a probar que sus respectivos vecindarios databan al menos del siglo XVI, o incluso de antes, presentando como testimonios a las propias corporaciones religiosas, sus templos, sus símbolos y sus imágenes. Ambas construyeron así una historia de la villa, en un Orizaba era un pueblo de indios con caciques cuyas familias enlazaban con la realeza del Imperio azteca, cuyos ascendientes habían incluso colaborado con los tlaxcaltecas en la conquista del reino. En la otra versión, era un pueblo fundado por los españoles que llevaban sus mercancías por el camino real, que se habían asentado en ese punto por las ventajas que ofrecía al descanso de las recuas, y cuyos dependientes indios y de otros orígenes eran los antecesores de sus rivales.

Los indios, fundaban sus argumentos en el testimonio ofrecían su iglesia parroquial, la capilla del Calvario, y la cofradía y la imagen misma del Señor San Miguel Arcángel. Otro tanto hacían ahora los españoles al elegir ahora a la Inmaculada Concepción como su patrona. Tal era el primerísimo argumento del síndico Pérez Castropol: “las tan sabidas como notorias antiguas tradiciones de haber sido la Purísima Concepción primera titular de esta parroquial iglesia, a devoción de aquellos europeos fundadores del lugar”. La Inmaculada era así una prueba más de su versión de la historia de Orizaba, y lo era también su cofradía, pues si se examinaban sus libros de gobierno, argumentaba el síndico, quedaba comprobado “ser inmemorial su establecimiento”, y por tanto su primera antigüedad por delante de todas los otros cultos de la población.

La Inmaculada era antigua, pero era también prestigiosa y rica: su mayordomía quedaba siempre “en las primeras casas”, su culto (ya lo hemos mencionado) estaba bien dotado, pues contaba con “suntuoso altar”, “plata labrada y joyas”. Aún más en su abono estaba su posición en el espacio sagrado, en una época en que la jerarquía entre los cultos se daba también por su proximidad o lejanía del altar mayor, el altar de la Inmaculada estaba bien ubicado en el crucero de la iglesia parroquial. Hablaba también a su favor su culto mismo: “su anual función, la más distinguida entre todas”, y la más constante, así como los símbolos que poseía, uno en particular, el paso del estandarte del Viernes Santo. Éste era la mejor prueba de que su festividad correspondía ahora al ayuntamiento, pues “por derecho y costumbre inveterada” eran los cabildos seculares quienes debían sacarlo en procesión, y en Orizaba lo tenía la cofradía sólo por falta de éste. La cofradía en suma, había sido fundada “supliendo con ella los vecinos principales la falta de Ayuntamiento”.

Por si todo ello no bastara, la elección de la Inmaculada permitía a los regidores asociarse a una devoción del rey. En efecto, es justamente bajo el reinado de Carlos III que se promueve por la Corona el patronato de la Inmaculada para toda la monarquía hispánica, e incluso se llega a promover su elevación a dogma de fe en Roma por sus embajadores. Lo tiene presente el cabildo, esta justamente ordenado por el rey “a todos los vecindarios, villas y ciudades que la tengan por tal patrona”. Con lo cual, lejos de que el monarca fuese obstáculo para las pretensiones de esta nueva corporación, era justamente uno de sus mejores respaldos.

Apropiarse de esta devoción tan prestigiosa tenía un costo económico que el Ayuntamiento, aunque casi desprovisto de fondos, parecía bien dispuesto a asumir. Había que celebrar la fiesta con toda la solemnidad posible. Pérez Castropol se comprometía al pago de las vísperas y función solemne, con música, ministros abundantes, y sobre todo el pago del sermón, que sería predicado por encargo del propio cabildo, con la casi obvia condición de “que el asunto del sermón indispensablemente sea la Purísima Concepción”. Y para terminar bien su extenso pedimento, el síndico procurador pidió literalmente la última elevación para la nueva Patrona del Ayuntamiento de españoles: su traslado de su altar en el crucero, al altar mayor en el “trono en donde se manifestaba el Divinísimo ordinariamente”. Desde luego, Pérez Castropol no mencionó que en esos días quien presidía el altar mayor de la iglesia parroquial era la imagen de San Miguel Arcángel, patrono tradicional de Orizaba y sobre todo de la República de indios. Hasta donde sabemos el traslado no se llevó a cabo y el santo patrono de los indios siguió presidiendo la iglesia parroquial, pero sí se le concedió al Ayuntamiento la organización de la fiesta, que según sabemos por las actas de cabildo posteriores, los munícipes la financiaban pero era el mayordomo de la cofradía quien seguía ocupándose de los detalles de su organización. Paradójicamente, si por entonces las cofradías se veían prohibir tanto por las autoridades civiles y eclesiásticas los “gastos superfluos” como banquetes, convites y otros, el ayuntamiento pagó justamente una celebración con uno de esos elementos que solían tenerse por “profanos” para una fiesta religiosa: los fuegos artificiales.

Así pues, en las décadas finales del siglo XVIII, los vecinos de la villa de Orizaba comenzaron a ver brillar en el cielo decembrino fuegos en honor de la que era a la vez la fiesta de una inmemorial devoción y el prestigio consolidado de los regidores españoles.

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