Una mujer buscando la libertad en la Sevilla del XVIII

DSCN1434Era el miércoles 3 de septiembre de 1777, cuando, según el libro de acuerdos correspondiente (Archivo de la Catedral de Sevilla, Secretaría, leg. 71888, f. 24v), el Cabildo Catedral de Sevilla, reunido de manera ordinaria en su sala capitular (de donde procede la imagen) y presidido por su deán, don Miguel Antonio Carrillo, recibió una petición que salta a la vista, no sé si para los ya habituados a esa fuente, pero sí en mi caso como neófito. Esto, porque provenía de una mujer esclava africana. Antes de transcribirla y de comentarla brevemente, debo aclararlo: se trata de un documento que sin duda cobraría mayor sentido si se inscribe en un conjunto más amplio de documentos sobre la vida de la protagonista (que por lo que se dice en esas breves líneas debió haber dejado tras de sí algún expediente interesante), o más todavía, de otros personajes que correspondan a su misma condición de esclavos africanos en el reino de Sevilla de la época, o al menos a la revisión exhaustiva de su presencia en el mismo fondo documental. Empero, en realidad esta publicación es producto de un encuentro casual con ese documento mientras revisaba dichas actas para otros fines. Me temo que no son los temas que pueda ahora mismo abordar de manera adecuada, me conformo pues con comentar algunos de sus elementos más evidentes, a partir de lo que menos desconozco, la historia religiosa y política de la Monarquía hispánica del Siglo de las Luces.

Pasemos pues al documento, dicen las actas:

Se leyó una petición de María del Carmen, natural de Angola, cristiana nueva y esclava de D. Antonio Escobar, escribano de la villa de Chucena, solicitando limosna para ayuda de rescatar su libertad, que en justicia había pedido, y la Real Audiencia de esta ciudad decretado a su favor, por el mal trato que le daba su amo, para cuyo fin tenía la correspondiente licencia del señor provisor y vicario general de este arzobispado, y cuyos documentos presentó. Y el Cabildo, en vista de ellos y en atención a lo piadoso de esta causa, vino en conceder a dicha suplicante la cantidad de trescientos y noventa y siete reales de vellón de limosna, que según las apuntaciones que presentó de limosnas ofrecidas, era la que le faltaba para completar los cien pesos en que estaba ajustado el rescate de su libertad, la que se le entregase luego que éste se llegase a verificar.

Mujer, “negra”, esclava y cristiana nueva, estas breves líneas que nos permiten asomarnos a la vida de María del Carmen nos la representan como alguien que, situada en las posiciones más bajas de las jerarquías sociales de la época, parecía haber aprendido bien el funcionamiento de las instituciones y jurisdicciones civiles y religiosas del Antiguo Régimen. En principio, había acudido a la Real Audiencia de Sevilla, es decir, a un tribunal que representaba a la justicia del rey, actuando siempre en su nombre, por el maltrato que le daba su dueño. Cabe recordarlo en efecto, en el Antiguo Régimen los propietarios, en términos legales (que no se cumpliera semper et ubique, es otra historia), tenían unas obligaciones mínimas con sus esclavos. En una monarquía católica como la hispánica, eran desde luego, obligaciones fundadas en términos mayormente (aunque no sólo) religiosos, que la legislación establecía de manera explícita desde tiempos medievales, al menos desde las Siete Partidas de Alfonso el Sabio, y que el rey, en su carácter de justiciero, debía hacer respetar. Entre esas obligaciones estaban la alimentación, el vestido, la limitación del castigo físico y claro, el adoctrinamiento cristiano, que implicaba su acceso libre a los sacramentos. Hoy todo ello puede parecernos de extraño a escandaloso, visto que nuestra sociedad se basa en la idea de derechos humanos y de igualdad, pero el funcionamiento del Antiguo Régimen estaba fundado al contrario, en la desigualdad y en el privilegio. María del Carmen, se entiende, pudo aprovechar esa legislación a su favor, no sabemos cómo, pero su declaración implica que pudo ser escuchada en un tribunal en que los procedimientos eran sobre todo por escrito y a través de abogados, e incluso obtuvo una sentencia favorable en la época, aun si para nuestra lógica resultaría injusta: se le permitió comprar su libertad.

Y obtenida esa victoria legal, para aprovecharla cabalmente, se entiende que conocía bien otro principio religioso fundamental para la sociedad de la época: la caridad. Tema particularmente querido y controvertido en el siglo XVIII, cuando los “ilustrados” empezaron a sistematizar la crítica de la holgazanería y a elogiar el trabajo, pero también a identificar religiosidad con el ejercicio práctico del amor al prójimo, en particular al desvalido. Desde siglos atrás, el mundo hispánico había incluso montado algunas de sus más grandes empresas a partir de contribuciones caritativas como las limosnas. Voluntarias en principio, pero más obligatorias moralmente, había instituciones completas que dependían de ellas (como ciertas órdenes religiosas que justo se llamaban por ello mendicantes, como franciscanos y dominicos) como también grandes construcciones de edificios de culto, de atención hospitalaria, de educación y un interminable etcétera. Nos lo ha recordado para el caso novohispano la obra de la profesora Annick Lempérière Entre Dios y el rey, la república, lo mismo el rey que el más humilde de sus vasallos daban limosna constantemente para todo género de causas públicas.

Pues bien, María del Carmen hizo de la suya una causa caritativa, pero de nuevo lo hizo además legalmente. Recurrió al juez eclesiástico que ejercía jurisdicción a nombre del arzobispo de Sevilla, el provisor y vicario general de la arquidiócesis, se entiende que para pedirle licencia para colectar limosna para el pago de su libertad. En el mundo hispánico no era raro, empero, ver demandantes de limosna que lo hacían sin documento alguno, pero justo se trata de una época en que la vigilancia sobre las demandas de limosna se intensificó, por lo que era prácticamente necesario si quería continuar aprovechando las vías legales. No sabemos a quiénes pidió limosna, pero ya es indicativo que se dirigiera al Cabildo Catedral, el senado del arzobispo de Sevilla, corporación eclesiástica que además acaso pudo conocer referida en el propio pueblo de Chucena, pues su iglesia era “capilla de la Santa Iglesia”, es decir, estaba bajo la jurisdicción de la Catedral y no del arzobispo. El presidente del Cabildo, el deán Carrillo, aunque no hemos encontrado estudios exhaustivos sobre su vida y obra, por algunas otras referencias pareciera haber sido justo un hombre del “catolicismo ilustrado”, crítico de la mezcla de lo profano y lo sagrado en el culto, favorable a la caridad, acaso en esa lógica es que vio la petición como una “piadosa causa” según se asentó en el acta.

El recurso al Cabildo Catedral terminó siendo particularmente provechoso: dando buen ejemplo de eclesiásticos caritativos, los canónigos, como vemos, le completaron a María del Carmen el pago de su libertad. Desde luego, no es que aprovecharan para cuestionar la esclavitud, pues de nuevo eso sería esperar de ellos que se hubieran comportado con la lógica de nuestros días. Este breve fragmento, repetimos ya finalmente, es más bien provechoso para explicar el funcionamiento del Antiguo Régimen, y la forma en que sus instituciones podía servir a la causa precisa de una mujer esclava africana, sin duda inteligente como para haber dejado este testimonio de su paso ante aquellos graves oidores y canónigos.

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