Una liturgia para América Latina

El pasado 12 de diciembre tuvo lugar en la Basílica Vaticana, es decir, en San Pedro de Roma, una misa encabezada por el Papa Benedicto XVI en persona, dedicada a conmemorar el bicentenario de las independencias de los países latinoamericanos. De ella, la prensa mexicana retuvo sobre todo la confirmación, en voz del propio Papa durante su homilía, de su viaje a México y Cuba; sin embargo, la liturgia de la ocasión no deja de ser interesante. Desconozco si la televisión de señal abierta o cerrada transmitió la ceremonia, por lo que creo que conviene una descripción paso a paso de la misma. Quien sí la haya visto, perdonará pues si entro mucho en los detalles. Aquí en primer término la nota difundida sobre el evento en el canal en español de la Santa Sede en Youtube.

Ya desde los ritos iniciales, los organizadores de la misa quisieron transmitir mensajes bastante claros. Teniendo de fondo el canto Pueblo de reyes, versión en español del Peuple de Dieu de Lucien Deiss, hicieron en primer lugar su entrada las banderas de todos los países latinoamericanos, incluso de aquellos que no conmemoran bicentenarios independentistas en estos años, como Haití, Brasil y Panamá. Portadas por jóvenes de los respectivos países, uno diría que la nave central de la Basílica se convertía en una simbólica procesión de nuestras naciones hacia la Cátedra de San Pedro que luce en el fondo de ella. Representados pues, ya que no necesariamente por diplomáticos al menos por nuestros símbolos nacionales, tomó la palabra el Dr. Guzmán Carriquirry, actual secretario de la Comisión Pontificia para América Latina, y uno de los laicos de más importante trayectoria en los dicasterios de la Santa Sede. Su discurso, fue ya una lectura de la historia latinoamericana en renovada clave católica. Esto es, sin caer necesariamente en los viejos dichos de la historiografía conservadora latinoamericana, se insistía con fuerza en el papel decisivo del catolicismo en el desarrollo de nuestros pueblos. Notemos en particular las citas: salieron a relucir el Nican Mopohua (el célebre texto fundador de las apariciones guadalupanas), al lado de frases célebres de los próceres de la independencia Bolívar y Morelos (“Morales”, dijo por equivocación el profesor Carriquirry), y claro está, referencias de los documentos de la última conferencia general del episcopado latinoamericano, la de Aparecida (Brasil), y del propio Benedicto XVI. Cerró esta primera parte, previa a la misa propiamente dicha, la oración guadalupana pronunciada por el arzobispo de Santo Domingo (República Dominicana), cardenal López Rodríguez.

Presentes ya las naciones festejadas y debidamente enmarcada su historia en la del catolicismo, bajo unos clásicos acordes del Tu es Petrus, hizo su entrada el Sumo Pontífice acompañado de los concelebrantes. Cabe destacar la repartición “equitativa”, por decirlo de alguna forma, de los asistentes del Sumo Pontífice: dos cardenales de la curia, el Secretario de Estado, cardenal Bertone y (era casi obligado) el presidente de la comisión para América Latina, cardenal Ouellet, con dos cardenales arzobispos latinoamericanos, el de México (cardenal Rivera Carrera) y el de Aparecida (Brasil, cardenal Assis). En contraste con el muy clásico y solemne rito de entrada, luego de unas palabras de  agradecimiento al Papa por haberse sumado a la conmemoración del Bicentenario, la música elegida para la ocasión fue mayormente la Misa criolla (1965) del argentino Ariel Ramírez, joya de la música religiosa latinoamericana del siglo XX. Inspirada en la música tradicional argentina y andina, jugó en su día un destacado papel como fuente de inspiración para la música de la Teología de la Liberación, aunque nunca estuvo relacionada con ella directamente. Desconozco, lo confieso, si ya antes se había usado en la Basílica de San Pedro y con el Papa presente, pero convenía en este caso tanto más cuanto que Ramírez la dedicó a unas religiosas compatriotas del Papa que habían asistido a las víctimas de un campo de concentración del nazismo. Para quien no lo conozca, aquí incluyo el Gloria de ella, en una de las versiones más conocidas, la interpretada por Mercedes Sosa.

Al ritmo de estilo sudamericano, siguió la liturgia de la palabra mayormente en español, sólo la segunda lectura fue proclamada en portugués. En cuanto a las lecturas, si bien el Salmo (66) y el Evangelio (San Lucas, 1) fueron efectivamente tomados de la liturgia que se acostumbra en México para la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, en la primera lectura el profeta Isaías dejó paso a Zacarías, y en la segunda, la carta de San Pablo a los Gálatas fue sustuida por un pasaje del Apocalipsis. Aunque sin duda los especialistas en estos temas podrán corregirme, no creo que hayan sido cambios al azar. El pasaje del profeta Zacarías, capítulo 9, con su evocación de la extensión del reino prometido al pueblo de Israel “hasta los confines de la Tierra”, convenía perfectamente a una liturgia para los pueblos latinoamericanos, e incluso abría bien el responso del salmo “Que te alaben Señor, todos los pueblos”. Por su parte, la lectura del Apocalipsis vendría a ser hasta históricamente más apropiada, toda vez que desde siglos atrás los oradores novohispanos y mexicanos quisieron ver en la de Guadalupe la “gran señal” de la visión de San Juan en Patmos, y ella también abría bien el camino al Evangelio, el de la visita de la Virgen a Isabel. En general, pues, se diría que los organizadores trataban de darle mayor realce a la imagen misma que ya nos habían dado en los ritos iniciales, la de unos pueblos lejanos y múltiples, reunidos en torno de la imagen maternal mariana, no menos que de la maternal Iglesia.

Vino así la homilía, asimismo en español (salvo un breve pasaje en portugués) que no reseño por estar publicada íntegramente en varios idiomas en el sitio de la Santa Sede. No puedo omitir, sin embargo, que valdría la pena hacer alguna vez el recorrido de las palabras de los Papas sobre la independencia latinoamericana, desde aquellas encíclicas de Pío VII (Etsi longissimo, 1816) y León XII (Etsi iam diu, 1824), hasta esta manifestación de la “alegría de la Iglesia” por el aniversario de nuestras naciones. Más solemne, en latín sobre todo, aunque sin dejar de lado en la música a la Misa criolla, la liturgia eucarística fue por ello (siempre según mi particular opinión), algo menos rica en referencias específicas a la América Latina. Por ello, más que seguir describiendo el ritual, quisiera cerrar simplemente con esta imagen, propia del Servicio Fotográfico de L’Osservatore Romano, periódico oficial del Papa (la galería completa está disponible en su página de internet). En ella vemos el paso del Sumo Pontífice ante las banderas latinoamericanas, al fondo la Cátedra de San Pedro, los abanderados de pie en saludo a la máxima autoridad de la Iglesia católica. Lamentablemente no encontré una imagen clara de cómo las banderas se inclinaron al momento de la consagración, pero en uno y otro caso, creo que ilustra bien una parte no menor de este ceremonial, que también iba dirigido a mostrar a las naciones latinoamericanas tributando honores a la Sede Apostólica.Papa y Banderas

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