Una imagen devota

Muerte San AgustínEl recién remodelado Museo de Arte Religioso del ex convento de Santa Mónica del INAH en Puebla guarda una colección de pinturas devotas especialmente interesante para la historia religiosa novohispana. Aquí un ejemplo: La muerte de San Agustín, cuadro de la segunda mitad del siglo XVIII.

La imagen nos presenta el tránsito del ilustre obispo de Hipona. Imposible confudirse, es la muerte de un prelado, como nos indica la mitra y la cruz pectoral que descansan al lado de su cabecera, en un sillón de terciopelo, acaso evocación también de la cátedra episcopal. Vemos cómo el santo expira literalmente su alma en su último aliento y cómo el Cielo se abre para recibirla, saliendo a su encuentro directamente la Santísima Trinidad, uno de los misterios de la fe que ocupara las reflexiones del santo, rodeada de querubines. Mientras tanto, dos ángeles se ocupan de extraer su corazón, inflamado del amor de Dios, uno de sus símbolos característicos en tanto santo, pero también símbolo de los obispos. En efecto, desde el siglo XIII, más o menos, una antigua costumbre funeraria del Cristianismo fue el entierro por separado de ciertos órganos simbólicos de los cuerpos de los obispos, de los reyes y de los nobles, cosa que practicaron hasta el siglo XIX los obispos de la Nueva España y del México independiente, por lo que no pocas iglesias, conventuales en particular, se precian o preciaban antaño de tener entre sus reliquias el corazón de algún venerable prelado. San Agustín expira portando el crucifijo, rodeado de espíritus celestiales y de oraciones, como se ve en el monje, agustino sin duda, que se encuentra leyendo a sus pies.

Tan edificante escena podía sin duda ser motivo de meditación para quienes la contemplaran, y para mejor contribuir a ello, otro obispo se hace presente en el cuadro. Salvo error, y me corregirán mis colegas especialistas en la Iglesia poblana, se trata de don Victoriano López Gonzalo, quien portando el cuello clerical, mira al expectador desde el interior de la escena, ayudándole así a integrarse a ella con sus oraciones. Recurso clásico de la pintura devota que ha estudiado con detalle Frédéric Cousinié en Images et méditation au XVIIe siècle, publicada en 2007, por lo común se integraba al autor de la pintura misma en una posición a la vez marginal y central. Marginal, pues se les representa en un extremo del cuadro y con la mirada desviada de su tema principal, pero central por el lugar estratégico que ocupaban, como aquí el obispo, testigo físico de ella, segundo apenas entre los asistentes.

La pintura devota, finalmente, tenía por fin “introducir” espiritualmente al espectador en la contemplación de una escena religiosa, y ello quería decir sobre todo “tomar un lugar” entre los asistentes a ella (Cousinié, 2007, pp. 16-17). La introducción física del obispo en el cuadro no hace sino contribuir con su ejemplo a esa operación. No es, por tanto, un acto de vanidad el que monseñor López Gonzalo se situara entre los más estrechos colaboradores de San Agustín, sino por el contrario, era una forma de renuncia a su propia identidad, siguiendo un camino querido por los Evangelios y recordado ya por San Pablo mismo. Tan es así, que la representación física del obispo omite por completo sus atributos, salvo el carácter clerical, en buena muestra de su noble fin, ayudar al camino de las mediaciones sucesivas tan querido del catolicismo: de Dios a San Agustín, de San Agustín a los testigos de su muerte, de ellos, por vía del obispo poblano, a quienes contemplasen el cuadro, siendo además así, nos atrevemos meramente a suponerlo, un devoto refuerzo del magisterio episcopal entre las religiosas del convento de Santa Mónica de Puebla.

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