Una cofradía útil: la de la Piedad de Acajete II

Lépero¿Para qué podía servir una cofradía en la época de las Reformas Borbónicas? Esta segunda parte de la exposición del Dr. José Miguel Guridi y Alcocer, cura de Acajete, a propósito de la fundación de una cofradía de la Piedad en su parroquia, nos ilustra al respecto. Vemos aquí que se trataba de un proyecto ambicioso, en que se reunían principios de religión y moral, con principios de economía política. La cofradía debía servir lo mismo para combatir un pecado como la usura, que para poner a circular la riqueza, conforme a las doctrinas económicas clásicas de la época. Nos queda todavía un último apartado, el que el padre Guridi dedicó a las medidas más concretas para esta fundación. Sigamos pues leyendo este proyecto de combate a la pobreza tan propio del catolicismo ilustrado.

Archivo General de Indias, Audiencia de México, leg. 1312, “Testimonio del expediente formado a pedimento del cura y justicia del pueblo de Acajete sobre fundar una cofradía con el título de Piedad”, fs. 1v y ss.

“Pero aquí está la utilidad de la cofradía. Como ella ha de sustentar enteramente al pobre de que se haga cargo, es muy justo emprenda esta seria inquisición, que por otra parte le será muy fácil pues se compondrá de muchos hermanos dispersos por toda la feligresía, entre los que es moralmente imposible no haya alguno que tenga perfecto conocimiento del que pretende vivir a expensas de la hermandad.

Dando pues a ella el particular acomodado las limosnas que había de distribuir por sí, las haría con acierto, evitando los perjuicios insinuados. Y entonces el holgazán, desechado como tal por la cofradía, no encontrando quien le dé se verá precisado a trabajar o ausentarse, con lo cual ya que no lo utilice la república se descartará de un pernicioso.

De esta clase son no sólo los mendigos simulados, sino también otros que, sin profesar este ejercicio, no trabajan. Para remediar este mal es el segundo instituto de prestar dinero aun más útil que el primero. A nadie grava una paga insensible y aprovecha para innumerables fines recibir dinero en junto.

Son muchos los que ahora no trabajan por falta de una corta habilitación con la que lo harían sin duda. Un burro para conducir leña, carbón o madera a Puebla y Tepeaca, ejercicio tan común en este partido, se compra con ocho o diez pesos, y con cosa de treinta una yunta, que es un caudal para un indio, con que afianza la subsistencia de su familia. Con la misma cantidad levanta un tejedor un telar y habilita uno o dos cortes de manta, que le dan de comer. El arriero se hace de una mula para sustentarse de sus fletes. El zapatero aun con menos se provee de hormas, formón, suela y cordován. El comerciante y cualquiera otro compra sus menesteres más baratos a dinero que al fiado. El pegujalero siega su trigo, por ejemplo, sin malbaratarlo porque le adelanten. Y hasta el labrador rico, en aquellos breves instantes que suele tener de pobre, con igual cantidad sale de una raya u otra urgencia. En los principios no podremos extendernos a más de esta clase de habilitaciones. Pero de tres o cuatro años como de uno en otro han de ir creciendo los fondos de la cofradía, ya se habilitará para la siembra de un pegujal y con el tiempo tal vez haremos feliz a un hombre honrado para poner una tienda o colocarlo en un rancho o finca entera.

Con la seguridad de estos ocursos se desvanecerá el demasiado miedo que por su falta se tiene a la pobreza y el dinero que se mantiene inutilizado en los fondos de las arcas de algunos particulares saldrá a circular con provecho de todos. En una palabra, un fondo que se franquee a cualquiera pondrá en acción las manos que ahora no trabajan y fomentará la industria de los laboriosos: dos fuentes verdaderas de los auges del diezmo de la Iglesia, de los derechos del Real Erario y de la felicidad pública.

Mas no es esto lo más [que] se desterrará: con sólo conseguir la utilidad que voy a expresar se hará el mayor servicio a Dios y al bien común. Se desterrará la usura tan generalmente extendida, no sólo la paliada de los repartimientos, en que unas pocas varas de manta liadas a las ancas de un caballo flaco se convierten en breve en un grueso caudal, sino también la clara, pagándose diez reales por cada peso que se recibe prestado. Mounstruo contra quien no han valido mis declamaciones, aunque me he revestido de todo el terror de mi ministerio, ni son bastantes para exterminarlo sin la cofradía todo el poder y rigor de la justicia. Como el jornalero que vive de su trabajo y la infeliz que pasa de su torno jamás se juntan ni aún con la corta cantidad necesaria para comprar una fresada o unas naguas, los obliga su miseria a pasar de cuantos lo impiden a ocurrir al usurero, a quien enriquecen con su sudor, por sólo la conveniencia de no hacer la paga de un golpe. Este movido cesa con la cofradía.

Sobre todo, su primer instituto encierra todas las conveniencias de los hospicios, sin el gravamen de privar al pobre de su libertad, dejándolo gozar de su rincón y de sus hijos. El segundo comprende las del Monte Pío de México, con la ventaja de la paga paulatina y sin necesidad de alhaja. Con uno y otro se remedian las tres clases de pobres que se distinguen comúnmente. Los inválidos, socorriéndolos enteramente. Los laboriosos, a quienes no alcanzan sus tareas para sustentar sus familias, proporcionándoles en los préstamos el medio de que les rinda más su trabajo. Los holgazanes, descubriendo su flojera y ociosidad, para que nadie les dé y el magistrado obre con ellos lo que previenen nuestras leyes. Y en ambos se interesan los más importantes objetos: la religión, la Iglesia, el erario, la república, los particulares…

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