Una cofradía trasatlántica: la Real Congregación de Nuestra Señora de Guadalupe de México en Madrid

guadalupe-madridEntre 1740 y hasta al menos 1823, existió en Madrid una cofradía de nacionales que, hasta donde sé al menos, no ha llamado mucho la atención de los historiadores mexicanos: la Real Congregación de Nuestra Señora de Guadalupe de México. Su sede tradicional fue la iglesia de San Felipe el Real, aunque sus últimos cultos de que tenemos noticia se realizaron en la de San Gil el Real. No hemos podido encontrar estudios amplios sobre ella, a pesar de la importancia aún contemporánea de la devoción, y de que hoy los historiadores presumimos de atender no sólo a la circulación cultural de Europa a América, sino también en sentido de América a Europa. Como sea, sirva este artículo para algunas noticias que recopiladas de la Biblioteca y Hemeroteca Digitales Hispánicas y de la Bibliotea Virtual del Patrimonio Bibliográfico español.

En primer lugar, cabe destacar que contamos con una impresión de las constituciones, fechadas en 1743 y con aprobación del rey Felipe V por cédula real del 22 de octubre de ese mismo año, en la que además se citaba otra del 2 de abril anterior en que se había declarado por hermano mayor de ella. La organización que el documento presenta es muy clásica dentro de las cofradías y hermandades peninsulares. Claramente su objetivo prácticamente único era el culto del 12 de diciembre “con la más posible decencia”, bien que en realidad sólo aparecen como elementos obligatorios la exposición del Santísimo Sacramento, el sermón y un triduo de misas en los días previos. La debía encabezar una junta de trece oficiales, encabezados por un prefecto. El rey les impuso su jurisdicción exclusiva como requisito para ser hermano mayor, pero habían pasado ya por la aprobación de la autoridad ordinaria eclesiástica, y los oficiales estaban vigilados por un maestro de ceremonias que debía ser clérigo, así que en realidad era una cofradía aún marcada por la presencia clerical. Un detalle interesante es que estaba abierta tanto a hombres como a mujeres, y de hecho era más fácil el ingreso en este último caso, aunque no tenían a acceso a los cargos, salvo, como era clásico también en la época, como camareras de la Virgen. Los oficiales debían renovarse anualmente por votos secretos, aunque siempre bajo la propuesta de los oficiales vigentes. Desde luego, los congregantes debía colaborar para el financiamiento del culto con 4 pesos al ingreso y 2 anualmente, la congregación retribuía con asistencia a sus funerales y siete misas, así como con oraciones por sus almas.

La parte original de las constituciones era la número XVII, que da cuenta de su carácter trasatlántico, pues permitía a los ausentes en Indias seguir siendo miembros. Los redactores fueron flexibles: era posible anticipar las contribuciones, enviarlas, e incluso se preveía mantener un cobrador en el reino de Nueva España. El ejemplar impreso que reseñamos data de 1780, e incluye al final un recuento de reformas de las constituciones, hechas sobre todo en la década anterior. Es difícil saberlo con precisión, pero no hubiera sido raro que la congregación hubiera tenido un buen momento inicial y algún período de menor actividad en la segunda mitad de la década de 1750 y en la de 1760. En cambio, a más de sus constituciones, la Congregación sacó a la imprenta un sermón de su fiesta principal de 1773 en 1784, a cargo del doctor Joseph Vela. Este texto hizo el viaje trasatlántico y fue reimpreso por Felipe Zúñiga y Ontiveros en México en 1786. Asimismo, en 1785 se imprimió una Colección de obras y opúsculos que nos ayuda a completar algunos datos. A más de incluir varios documentos guadalupanos (el breve y el oficio de Benedicto XIV, una novena, un triduo, dos relaciones históricas, la Felicidad de México de Becerra Tanco y la Maravilla Americana de Cabrera), cerraba con una Relación y estado del culto, lustre, progresos y utilidad de la propia Real Congregación.

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El Convento de San Felipe el Real de Madrid en el siglo XIX.

Verdadero recuento del cursus honorum de la corporación, para nosotros es lamentable que no incluya fechas precisas de algunas de sus acciones. Básicamente nos presenta a la congregación como difusora del culto, a través de la distribución de imágenes e impresos en los años 1740, además de la propia fiesta, que se completaba con una práctica religiosa muy en boga en ese siglo, un “rosario cantado por las calles”. Sin duda, lo más interesante era la sección de “utilidades”, al mismo tiempo religiosas que políticas. La congregación se atribuía haber sido el medio para que la devoción llegara a los reyes y a la corte de Madrid e incluso en Roma, favoreciendo así que se obrara el casi “milagro” de la erección de la Colegiata, la obtención de la manda forzosa testamentaria, y el oficio y misa concedido por Benedicto XIV. Más todavía, la Rel Congregación se hacía útil al “beneficio público de las Indias”, ni más ni menos que sirviendo de depósito de caudales; en fin, lo era también de manera específica para los indianos en Madrid, que les servía de apoyo considerando que la villa y corte era casi “un pais extranjero”, para quienes se proponía además el establecimiento de un hospicio.

Toda esa argumentación nos hace pensar en una corporación adaptada a las circunstancias de la época, las del catolicismo ilustrado, mas sin duda no es posible hacer una caracterización contundente sin datos más precisos. Alguna confirmación de su papel de difusor del culto guadalupano se encuentra en las facultades que otorgó al Conde de Castillejo, Fermín de Carvajal, en 1758, cuando iba de vuelta al reino del Perú, así como en una carta que el Cabildo Catedral Metropolitano de México recibió en 1746 pidiendo su contribución para la causa (Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México, Actas de Cabildo, libro 38, f. 29v). Del hospicio, en cambio, no tenemos más noticias. De hecho, en realidad lo que más conocemos de la congregación es el cumplimiento de su culto anual. El Diario de Madrid lo informaba de vez en vez en los años finales del Antiguo Régimen. Hay notas al respecto en los diarios de  diciembre de 1796, diciembre de 1807, diciembre de 1819 y diciembre de 1823, con algunos detalles de la “decencia” efectivamente alcanzada en la pompa del culto. Acaso la confirmación de la independencia dio fin a esta celebración anual, como sea, resultaría interesante explorar su historia con más detalle, así sea sólo para reiterar hasta qué punto el modelo de la cofradía de nacionales servía no sólo para los vascos, montañeses, asturianos y riojanos en América, sino también para los “novohispanos” en Madrid.

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