Una capuchina de Lagos

El México de las primeras décadas del siglo XIX, si bien contaba ya con una prensa moderna, no dejó de ver la impresión y circulación de documentos más tradicionales, que hacían parte de la publicidad de la religión, tan estimada en los siglos anteriores. Presentamos aquí en esta ocasión una vida ejemplar, la memoria biográfica de una religiosa capuchina de la villa de Lagos, cuya transcripción debo agradecer a la joven Guadalupe Serrano Flores, estudiante de la Licenciatura en Humanidades con especialidad en Historia Cultural del Centro Universitario de los Lagos de la Universidad de Guadalajara.

El documento se destaca justo por su tradicionalismo, la biografiada es presentada ante todo con las virtudes más clásicas que se esperaban una religiosa de su instituto desde tiempos de la Reforma católica al menos. La paciencia, la penitencia, la obediencia y los milagros brillan conjuntamente en este documento, al igual que la inspiración del Espíritu Santo que la lleva al convento desde los 3 años. Y sin embargo, la publicación es contemporánea ya de importantes cuestionamientos de la vida claustral, que resultarían  (entre otras medidas) en la supresión de la coacción civil para el cumplimiento de los votos monásticos en 1833. Esto es, sin duda la memoria se inscribía en ese contexto polémico (aunque no lo mencione), desde luego, constituyéndose en una defensa de la tradición monástica femenina.

Anónimo, Memoria de la Reverenda Madre Sor Mariana Josefa, Religiosa Capuchina en el Convento de la villa de Lagos, Obispado de Guadalajara, México, Imprenta de Alejandro Valdés, 1832, 12 pp.

Nació esta admirable niña en el año de mil setecientos cuarenta y siete en la villa de Lagos, y se le puso en el Bautismo el nombre de Juliana. Sus padres fueron los señores don Felipe de Torres y doña Ana María Sermeño, ambos vecinos acaudalados en aquella villa, y mucho más ricos de virtudes, y recomendables por su insigne caridad. Su casa que estaba situada frente del Beaterio de recoletas que había allí, era el socorro y consuelo de aquella Comunidad, en la que tenían otra hija, que después fue religiosa, nombrada Sor María Felipa. Con este motivo la Señora su madre frecuentaba diariamente la Iglesia y portería, y llevaba consigo a la chiquilla Julianita. La cual desde que empezó a alumbrarle la luz del conocimiento de las gentes, manifestó un extremado amor e inclinación a aquella casa y a estar con las beatas, a pesar de los cariños y obsequios que tenía en la suya; pues era la más amada de su madre entre todos sus hermanos.

Creciendo más y más cada día el engreimiento de Juliana con aquellas recoletas, y siendo de edad de tres años un día, que fue la víspera de San Lorenzo 9 de agosto de setecientos cincuenta, después de haber oído, misa en aquella Iglesia la Señora su madre, y llevado en su compañía, como lo hacía todos los días, a la chiquilla, retirándose para su casa, que era como se ha expresado al frente del Beaterio, comenzó la niña a hacerle tantas suplicas y ruegos, para que la llevase a la portería, que hubo de conceder, y se la entregó a la Portera; pero amenazándola con que no se había de armar a quedarse dentro, como lo había ya intentado otras ocasiones; porque la había de castigar. La chiquilla, luego que se vio separada de la madre dentro de la portería, con un semblante muy risueño y llena de alegría al oír las amenazas de que si se quería quedar la castigaría, le decía con mucha gracia: si me coges, si me coges.

Luego que se vio allí acompañada de las beatas, comenzó a instarles a que le quitasen los vestidos y las alhajitas que llevaba, y le pusiesen un hábito como el que usaban. Al principio creyeron ser esto una ilusión o antojo de su corta edad; pero insistiendo Juliana en ello, y tratando ella misma de desnudarse con violencia, de modo que por no poder quitarse ella sola los rizos y aretes que llevaba en las orejas, se dio tantos estirones que se rompió ambos pulpejos, de lo que padeció después, aunque ligeramente toda su vida, ya se vieron precisadas a dar aviso y consultar con su Padre Capellán, que lo era el venerable presbítero bachiller don Diego Cervantes, fundador que después fue de aquel convento, cuya memoria y virtudes serán eternas en aquella villa. Este eclesiástico, viendo los ruegos y firme resolución de aquella criatura, consultó con sus padres; y con la anuencia y consentimiento de ellos, permitió el que se quedara de pie en el Beaterio.

Desde esta edad tan corta, comenzar [cortado] las mortificaciones y vida austera y penitente de Juliana. Desde entonces, y constando con solo tres años, le dijo un a Dios [sic] rotundo al mundo; y antes de conocerlo lo despreció valerosamente. Luego, desde aquel día vestida con un sayal humilde dio principio a la observancia religiosa en cuanto le permitían sus débiles fuerzas. Ella rezaba y oraba: ella seguía las distribuciones de aquella comunidad; y lo que es más, se alimentaba con los mimos manjares, y guardaba la abstinencia que todas, sin volver la cara, ni acordarse de la mesa y comidas exquisitas de la casa de sus padres: su desayuno era un poco de atole de maíz, el que habiendo un día observado la prelada que por tener una nata no lo había bebido, mandaba muchas veces el que solo le pusieran una tasa llena de natas para mortificarla, y así se la hacían tomar; aun resistiéndolo con nausea su misma naturaleza; pero ella lo tomaba como si fuera el mayor regalo. La comida eran simples yerbas; y la cama una dura tarima. Así paso esta criatura, y con el mayor contento, los seis primeros años, hasta que convertido aquel Beaterio en convento recoleto de Capuchinas, y contando ella de edad nueve, vinieron las Madres Fundadoras, y continuó con ellas, como lo hicieron otras varias jóvenes, a las que admitieron en el noviciado; pero Juliana, a pesar de sus deseos, no podía por la edad entrar en aquel número, y solo se contentó por entonces con ser Capuchina de afecto; lo que referiría ella siendo ya grande con mucha gracia, contando a sus hermanas las religiosas modernas que cuando vinieron a la fundación sus primeras Madres, había aprendido a comer, y hasta entonces no había sabido lo que eran los manjares del siglo, por los regalitos que de todas las casas principales de aquel lugar les habían mandado los primeros días en clase de obsequio.

Suspiraba Juliana por ser admitida al santo noviciado, y por consagrarse a Dios en la profesión religiosa; y así es, que continuamente ocurría al Padre Fundador, pidiéndole esta gracia, a la que se había hecho muy acreedora; observando con la mayor exactitud todas las austeras reglas de aquel rigurosísimo instituto, lo mismo que si fuera ya profesa; y de aquí es que, contribuyendo los votos de toda la comunidad y también las suplicas, meses antes de cumplir los quince años, el día de San Francisco Borja, en el año de mil setecientos setenta y tres, día que siempre celebró muchísimo, recibió de manos del mismo Padre Fundador el santo hábito; poniéndosele por nombre, como es costumbre variarlo en estas comunidades, el de Mariana Josefa; y desde este día principió fervorosamente su noviciado, en el que dio a sus hermanas los más grandes ejemplos, como después veremos, de todas las virtudes.

Llegada a la edad de diez y seis años, que es la prevenida por el Santo Concilio de Trento, para poder admitir a las jóvenes a la profesión religiosa, el señor quiso probar todavía más su espíritu, y mortificar sus deseos. No se sabe por qué motivo el ilustrísimo señor Obispo de Guadalajara mandó, que a ninguna novicia se le diera la profesión, ni se admitiera al hábito. Sor Mariana era la única que se hallaba en el primer caso, y he aquí una de sus mayores congojas. El Padre Fundador se había enfermado gravemente, y todos los caminos se le cerraron porque el Prelado no quería, ni por sola esta vez, revocar su decreto. Ocurrió en tan grave tribulación a Dios, que es el que consuela a los humildes. Se interesó, y le rogó con todo el corazón y lágrimas al Padre Fundador, quien movido a compasión, y deseoso de dejar en aquella comunidad una joya tan preciosa como era la joven Sor Mariana, para que después fuese la Madre y el ejemplo de todas las demás, rogó al Señor facilitase aquel negocio, poniendo por intercesor al Santo Patriarca San Ignacio de Loyola, por cuyas manos le aplicó y celebró tres misas en reverencia del Misterio Augusto de la Santísima Trinidad, y luego dirigió una carta muy suplicatoria al Prelado, cuya contestación fue la de mandar la correspondiente licencia para que profesara la novicia; lo que se verificó inmediatamente el día en que la Santa Iglesia celebra la festividad del Dulcísimo Nombre de Jesús; y en reconocimiento a esta tan especial gracia, interin vivió Sor Mariana, fue una devota esclava, y celebró especialmente, así el aniversario de su profesión, como la fiesta de la Santísima Trinidad y del Patriarca San Ignacio.

Conseguidos ya sus deseos, desarrolló luego toda la grandeza de su alma, poniendo en ejercicio todas las virtudes. Desde entonces, asegura la Reverenda Madre Abadesa actual de aquel convento, que en su larga vida, que fue de ochenta y cinco años, siguió su hermosa carrera, siendo la más humilde, fervorosa, obediente y caritativa. Su genio tan amable, que jamás se le vio alterada. Su prudencia y trato sencillo, y sin hipocresía: todas la trataban como a Madre, con la mayor confianza: en sus palabras muy moderada, aun en las horas de recreación: nada enfadosa, y siempre edificativa-. En el andar en la risa y en sus acciones, muy modesta: nunca se le oyó una palabra ociosa y mucho menos que podría herir al prójimo: su carácter, en fin, fue el del silencio, y la más escrupulosa observancia de su instituto. Pero, hablaremos algo en particular de aquellas virtudes que más se dio a conocer, según por lo exterior la observaron las religiosas, pues que en lo interior de su alma nunca se descubrió sino solo con el confesor que la dirigía, y así nada supieron de lo que entre ella y Dios pasaba, ni si la probo le Señor, como suele hacer con sus escogidos, por el camino de los consuelos o de las tribulaciones.

En la penitencia y maceración de su cuerpo, fue un modelo más bien de admiración, que para ser imitado. Todos los días, por el espacio de muchos años, uso del ejercicio de disciplina por siete veces, y algunas de sangre con cadenillas. En todo el tiempo Cuadragesimal, en el Advenimiento, y en varios novenarios del año para prevenir las Festividades de la Santísima Trinidad, Dulce Nombre de Jesús, Aparición de Nuestra Señora de Guadalupe, Señor San José y otros Santos, a quienes tenía especial devoción, ayunaba a pan y agua; y según asegura una de las religiosas que era Refectolera, la vio pasar muchos días sin otro alimento que una sola tortilla dura. La cama era la que usan comúnmente las Capuchinas; pero para que le mortificara más, subía una tabla sobre la otra, poniendo los dos filos de modo que le dividiesen ambos la medianía del cuerpo, y por cabecera u a calavera, o la tarimilla de palo que después de una de paja usan comúnmente. Los silicios eran continuos, no quitándoselos, ni aun el de la cintura, para dormir: el sueño brevísimo, y la parte de la noche que después de acabados los Maitines a las dos de la mañana se les concede a las religiosas para descanso, ella se retiraba a un pequeño cuarto que está cercano al Coro, a seguir orando hasta las cuatro y media de la mañana, en cuya hora se volvía a unir a la Comunidad para continuar las distribuciones. Las otras penitencias extraordinarias, de andar de rodillas, hacer cruces con la lengua en la tierra, comer y beber postrada, y otras a este tenor, eran regalos diarios de la Madre Mariana; y para que no quedase sentido ninguno en su cuerpo que no tuviese su mortificación, frecuentemente traía en la boca ajenjos, hieles y otras cosas amarguísimas, de suerte que dos ocasiones se vio en peligro de perder la vida por el uso de estas mortificaciones. La una fue cuando yendo a la cocina a buscar alguna hiel o amargo para ponerse en la boca, quiso la casualidad de que viese unas yerbas con que había venido cubierto el carbón, y probándolas, y sintiendo ser una de ellas amarguísima, la comió sin reflexionar que podía ser nociva o venenosa, como efectivamente lo era, y así a poco rato comenzó a arrojar sangre, y a sentir un dolor agudísimo en el estómago, de suerte que si no le han acudido tan prontamente con medicinas oportunas, hubiera terminado su vida. La otra fue porque acostumbrando hacer cruces con la lengua alrededor del brocal de un grande aljibe para conservar el agua que tiene aquel convento en el patio, fue tanto el fervor con que ejecuto esta penitencia, que con los filos de las losas se debió de herir la lengua, y le sobrevino una fuerte hemorragia de sangre, que también se le contuvo, a beneficio de los medicamentos que al instante se le aplicaron.

No fue menos admirable en la santa virtud y voto de obediencia, en la que manifestó el total desprendimiento que había hecho de su voluntad. Tanto que Prelada, en los tres trienios que lo fue, como de Súbdita, y de Mayor en todas las oficinas en que sirvió a aquella Comunidad, jamás se le noto la menor falta, ni que se incomodara con ninguna de las religiosas; no obstante de que muchas veces permitió el Señor, desde luego para probarla, el que algunas la mortificasen con palabras, que ella siempre oyó con un semblante sereno y alhagüeño. Su querer fue el de sus Preladas y Superioras; procurando adivinarles hasta los pensamientos, y cualesquiera cosa que le insinuaban, al momento la ejecutaba. Pero de esto dio el mayor testimonio una ocasión, en que habiéndole mandado la Prelada hiciese no se que cosilla de friolera, y habiéndola ejecutado, la Prelada, por una equivocación creyó no había sido así, y delante de otras religiosas la reprendió con aspereza. Esta represión debía haberle sido más sensible, en atención a que acababa de ser en el trienio pasado Abadesa; pero la recibió con tanta humildad y alegría, que su semblante se llenó de gozo, y le dio a la Prelada las gracias, satisfaciéndola completamente de su equivocación. Las varias ocasiones en que fue Maestra de Novicias, más bien parecía ella la Novicia; pues que todo lo hacía con más empeño y con más rigor que las mismas jóvenes, diciéndoles: que ella lo ejecutaba para que con su ejemplo aprendieran el modo de hacer aquellas cosas con más facilidad y menos molestia. De la misma manera se condujo en todas los demás destinos en que la ocupó su Comunidad; y aun siendo la Mayor en las oficinas, siempre pedía el consejo y parecer de las compañeras, y cuando fue Prelada, el de las Conciliarías; no atreviéndose a mandar nada por su propio dictamen, para ejercitar mejor su obediencia.

En los ejercicios de devoción fue también muy singular. Se preparaba para celebrar las festividades de sus santos Patrones con nueve días de ayuno a pan y agua; les ofrecía cuantos actos de penitencia y mortificación podía; y solemnizaba sus días solicitando limosnas para hacer más majestuoso su culto aún en el público. Pero en lo que se esmeró más fue en la devoción del Sagrado Corazón de Jesús, con quien tenía reconcentrado todo su amor a sus delicias. A fuerza de súplicas a las personas caritativas consiguió recoger limosnas, y fabricar una pequeña ermita dentro del convento, y la dedico a aquel santo nombre, adorándola, con buenas imágenes, y un hermoso y devoto retablo en el medio del alatar principal, para que allí fuesen las religiosas a tomar ejercicios, y al retiro diario que por turnos practican. Para esto recogió todos los libritos necesarios que sirven para la meditación, y no dejó cosa que desear para el servicio doméstico de aquel oratorio, que también adornó con curiosas flores y ramilletes de mano, que parte hizo ella misma, y parte las demás religiosas.

Su caridad, tanto en el servicio interior de sus hermanas, como con las gentes de fuera que iban a pedir oraciones para alguna necesidad en que se hallaban, fue de lo más extensa. Siendo enfermera, no perdonaba diligencia para el alivio de las enfermas, consolándolas con las palabras más dulces en lo agudo de sus dolores. Cuando Prelada, a todas acompañaba y procuraba aliviarlas en sus trabajos y aflicciones. Si reprendía era con la mayor prudencia y mansedumbre. Si percibía en alguna, conturbación en el espíritu, inmediatamente la procuraba los auxilios que le parecían convenientes. Lloraba con todas, y se afligía con las menesterosas. Se interesaba tanto, cuando fue tornera, en las necesidades de las personas que llegaban a pedir socorros, que parecía que todos eran deudos suyos por la sangre o por la amistad, y hacía en su beneficio todo cuanto estaba en su alcance, o a lo menos las consolaba con sus consejos, cuando no tenía otro arbitrio.

El señor, que desde el cielo observaba los merecimientos de Sor Mariana, la auxiliaba con su gracia, y la libertó de varios peligros, concediéndole la vida, para que aumentase su mérito. Así fue, que siendo joven, una noche muy oscura, teniendo que transitar por un patio, a llevar la cena a las enfermas, como estaban en la obra del convento, había en él un profundo pozo al pelo de la tierra sin brocal ni defensa alguna, y como de tomar otra dirección, tomo el camino del pozo, en el que se le hundió todo el cuerpo, y al momento sintió que una fuerza extraña la tomó de los hombros, y la puso fuera al extremo contrario: siguió su camino sin asustarse, y preguntándose si había visto quien la había salvado, contestaba: que desde luego sería el Santo Ángel de su guarda, porque ¿quién había de andar por allí con aquella noche tan oscura? Otra ocasión en que el caudaloso río de aquella villa salió fuera de su cauce, e inundo todo el convento, en la parte baja en que están los lavaderos había quedado un poco de ropa, y Sor Mariana tranquilamente con gravísimo peligro de ser arrebatada por las aguas, fue a buscar la ropa, la sacó, y puso en salvo, sin tener el menor daño, ni manifestar susto ni temor alguno.

A más de estos beneficios, le concedió el Señor una salud robusta, no obstante lo rigoroso de sus ayunos y penitencias; pero al fin, a fuerza de ellas, llegó a perder su estómago el resorte necesario para digerir todo alimento fuerte, de modo que los dos últimos años de su vida fue cuando ya no pudo servir a su Comunidad, postrándose paulatinamente sus fuerzas, por una suma debilidad, sin tener ninguna otra enfermedad; la que la fue consumiendo hasta imposibilitarla aun para los movimientos necesarios. Postrada en la cama, su ocupación era rezar sus devociones, y hacer que le leyeran algunos libros espirituales. Para no estar ociosa, en los primeros meses, le daban un poco de algodón para que lo escarmenase; y esto le sirviera de distracción: pero habiéndosele entorpecido el tacto, ya no podía ni en esto entretenerse. Se mortificaba de que sus hermanas tuvieran que servirla en todo; les daba las mayores gracias, con expresiones que se conocía le salían del corazón; y era tal su prudencia, que por las noches casi las pasaba sin moverse, o hacía los mayores esfuerzos cuando se le caía de la cama la almohadita o la frazada para levantarlas por sí; para que no se desvelasen sus enfermeras; preguntándoles después, que en qué consistiría que por las noches le diese Dios fuerzas para hacer lo que no podía de día. Pero, sobre todo, lo que más le afligía en su larga enfermedad era, el no poder ir al Coro, y principalmente a oír misa. En los principios intentó la llevasen cargada; pero habiéndose desmayado dos o tres veces por el movimiento, ya se lo prohibió el médico, y tuvo que permanecer en la cama. Desde esta hacia intención de oír todas las que se celebraban en aquella villa, y recogía su espíritu lo mismo que si estuviera presente en los templos, de modo, que una vez, al llevarle una de las religiosas que la asistían el alimento, al entrar le dijo con mucha instancia: hínquese, que van a alzar; y al decir esto tocaron la campana mayor en la parroquia, con la que regularmente hacen señal para la adoración. Lo mismo sucedió otras varias ocasiones, en que preguntándole algo las religiosas, respondía: que estaba oyendo misa; y aun asignaba la parte en que se hallaba la parte en que se hallaba el sacrificio; prueba de la presencia tan viva con que se ejercitaba en esta devoción.

En tal estado, para ella de tanta mortificación, permaneció año y medio, en cuyo tiempo fue perdiendo las fuerzas del cuerpo, y aumentándose por grados de debilidad, concluyó su preciosa vida el día quince de mayo del presente año de mil ochocientos treinta y dos, a los ochenta y cinco de su edad; de los que ochenta y dos pasó encerrada en aquel claustro; ejercitando todas las virtudes, y dando ejemplo de santidad a todas aquellas religiosas que la amaban como a su Madre, y la respetaban como Maestra. Recibió antes de morir con la mayor edificación los santos Sacramentos de la Iglesia; vio venir con semblante sereno a la muerte; y aunque algunos días antes de agravarse sufrió su espíritu algunos temores y perturbación, todas ellas calmaban a merced de una vista que dijo a las otras religiosas había tenido; pero si a manifestarles de quien había sido, pues en esto fue siempre muy cauta, y jamás abrió sus labios para referir ni los consuelos espirituales, ni las tribulaciones con que el Señor expresivo la visitaba. Murió, en fin, con la muerte tranquila de los justos, a las tres de la tarde del expresado día quince de mayo; queriendo la causalidad el que al mismo acto de espirar, comenzándose en todas las iglesias de aquella villa un replique general, con motivo de llamar a las vísperas solemnes de San Juan Nepomuceno, cuya festividad se celebra el siguiente día, y de quien había sido especialmente devota Sor Mariana.

Sea Dios eternamente glorificado en sus justos; y este retrato de la vida y virtudes de esta religiosa, sea un modelo que anime a las que igualmente han tenido la dicha de ser llamadas por el Señor a sus claustros, perfeccionando su vocación, hasta conseguir ser unas dignas Esposas de Jesucristo, y sus verdaderas adoradoras en la patria de las delicias.

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