Un pintor cofrade y un pecado olvidado

Bosco Jardín (2)

Detalle de “El jardín de las delicias”, Museo Nacional del Prado.

En 2016 se cumplen 500 años de la muerte del pintor Jheronimus van Aken, conocido en el mundo hispánico como “El Bosco”, y para conmemorarlo el Museo Nacional del Prado ha organizado una magnífica exposición temporal, compuesta de 53 obras de las cuales 30 de directamente de su autoría y 5 de su taller o discípulos. Para organizarla, el Museo ha distinguido las obras en seis grandes categorías: primero, casi a manera de contexto, la relación con su ciudad natal. Enseguida, tres temáticas: los Evangelios, los santos y las postrimerías; viene luego una obra en concreto que forma toda una sección, “El jardín de las delicias”, y finalmente una última categoría corresponde a las “obras profanas” (que no siempre lo son tanto, cabe decir). En ese sentido, el Museo ha elegido una organización contextual, que hace énfasis en el Bosco como hombre de su tiempo, pintor de temas religiosos, y que en consecuencia dedica amplios espacios a la explicación de las características específicas del Cristianismo del siglo XV. Contribuye a esta presentación historicista la inclusión de obras que insisten en el contexto: por el lado de la recepción, la muestra incluye seis obras hechas por “seguidores del Bosco”; además, desde la primera sección, la forma en que fue visto en el siglo XVI se hace presente a cargo del “Comentario de la pintura y pintores antiguos” de Felipe de Guevara, texto citado en más de una ocasión en las explicaciones posteriores. De manera más limitada, están presentes también las fuentes de inspiración del Bosco, en particular para el caso de “El jardín de las delicias”, pues se han incluido en la exposición los manuscritos en pergamino de  “Las visiones del caballero Tondal” y del Libro de horas de Engelbrecht II de Nassau.

Bosco Tríptico carro (2)

Detalle del Tríptico del carro de heno. Museo del Prado.

Con todo lo anterior, la exposición pareciera presentarnos a un pintor, si bien original, además profundamente propio de su tiempo. Esto es, aunque ya en el catálogo (que todavía no termino de revisar a detalle, lo confieso), Pilar Silva, comisaria de la exposición, recuerda desde la introducción que el Bosco es admirado por su “fantasía desbordante”, esos elementos nos hacen ver que no era una fantasía desbordada, sino enmarcada perfectamente dentro de los cánones de las representaciones de su tiempo. Más todavía, de manera constante en todas estas pinturas hay un mensaje mayormente pesimista sobre la naturaleza humana pecadora –el mensaje central de los trípticos del Carro de Heno y del Jardín de las Delicias es que la humanidad está entregada al pecado–, constantes recordatorios de las consecuencias del pecado en un universo organizado en función del Más Allá (de ahí la importancia de las postrimerías) e intentos de transmitir los distintos medios y modeloss para alcanzar la salvación, administrados por la Iglesia, desde luego. De ahí la posición central de la vida de Cristo en estas obras, su nacimiento supone “la llegada de la salvación al mundo y la universalidad de la redención” dice la guía impresa respecto del Tríptico de la Adoración de los Magos. Se hace presente entre las tentaciones de San Antonio “como apoyo del santo en sus tribulaciones y su victoria sobre el Mal”, ejemplarizando así al espectador, y sobre todo, constituye el eje de la cosmología representada en los cuadros, que desembocan en el Juicio final, donde es “Juez Supremo entronizado sobre el arcoíris”. Las formas fantásticas que tanto fascinan al espectador no son sino demonios, como ya recordaba el propio Felipe de Guevara.

Un segundo elemento importante en la exposición es el trabajo tecnológico: radiografías y reflectografías, al poner en evidencia los cambios hechos a los cuadros durante su composición le dan a las obras un carácter más dinámico. Las pinturas del Bosco se revelan así con una historia a ese nivel, casi “individual”, son también el resultado de un proceso, producto de ciertas circunstancias, que a veces se escapan hasta a los especialistas, según se ve en algunas explicaciones de la exposición. Empero, casi sobra decirlo, los numerosos visitantes se detienen poco en esas imágenes resultado de los estudios técnicos, así como en esas otras obras que le dan profundidad contextual al Bosco. Aunque audioguías y guías impresas insistan en el elemento religioso, citando incluso a la “Devotio moderna” como posible corriente espiritual de la época con la cual sería posible asociar al artista, la mirada de los visitantes más bien tiende a centrarse en las obras del Bosco, concretamente en sus seres fantásticos, y contemplándolos no como demonios, sino como si fueran elementos del arte contemporáneo.

Detalle del Tríptico de la Adoración de los Magos, Museo del Prado.

Detalle del Tríptico de la Adoración de los Magos, Museo del Prado.

El autor de estas líneas no es competente para decir si esta presentación, o si esta intrepretación de ella, es la más correcta. En cambio, casi sobra decir la alegría del que esto escribe, al escuchar a algunos visitantes preguntarse “¿qué es una cofradía?” cuando leían el final de la explicación de la primera obra de gran formato de la exposición, el Tríptico del Ecce Homo, y en que justo se menciona que el pintor al igual que los comitentes del cuadro eran “miembros de la cofradía de Nuestra Señora”. Y la pregunta no deja de tener interés: en este caso se trataba claramente de una reunión de individuos con fines religiosos, que poseía una capilla en la iglesia de San Juan de la ciudad natal del pintor, y cuyos miembros patrocinaron retablos para sus altares en los que ellos mismos aparecen “presentados” o patrocinados a su vez por los santos de su devoción. En este detalle del Tríptico de la Adoración de los Magos vemos a qué me refiero, aunque en este caso específico los comitentes no eran de la cofradía en cuestión. Esta devota práctica de promover el culto de los santos, no debe hacernos olvidar que la cofradía de Nuestra Señora, nos lo recuerda con extensión la comisaria de la exposición en el catálogo, también se distinguía por su organización de banquetes: “estaban programadas siete comidas al año, pero podían ser más” (El Bosco. La exposición del V Centenario, 2016, p. 22). El propio pintor llegó a organizar tres de esos banquetes a lo largo de su vida. Esto es, si bien tenía sus rasgos de devoción y también retribución (es decir, se organizaban los funerales de sus integrantes, como ocurrió el propio pintor), con tantos festejos que hoy nos parecerían “profanos”, no necesariamente llegaríamos a identificarla como una corporación religiosa, menos aún considerado que se le apodaba la “cofradía del Cisne” por el ave que se consumía en uno de sus banquetes.

Detalle de la Mesa de los pecados capitales. Museo del Prado.

Detalle de la Mesa de los pecados capitales. Museo del Prado.

Desde luego, las obras del Bosco no representan esos aspectos de su cofradía, pero en cambio sí nos recuerdan otras diferencias entre el Cristianismo del siglo XV y el de nuestros días. Baste citar una muy concreta: la acedía. En la Mesa de los pecados capitales éstos aparecen distribuidos en un disco, representados con escenas en que un personaje comete cada uno de ellos. El observador de hoy no tiene muchas dificultades para reconocer la ira ahí donde aparecen dos hombres peleándose, o la gula donde otros dos comen y beben sin saciarse, pero curiosamente ahí donde aparece un hombre dormido y una mujer acercándole un rosario muchos espectadores se quedan con la duda a pesar de la cartela de abajo. Ésta, empero, lo dice claramente, se trata de la acedía o acedia. Hoy el Diccionario de la Real Academia lo define usando cinco sinónimos: “Pereza, flojedad. Tristeza, angustia, amargura”. Allá por el siglo XIV, en la Divina Comedia, Dante situó a esos pecadores en las profundidades de la laguna Estigia, diciendo

“¡Tristes fuimos, bajo del sol que el aire dulce alegra!
¡De humo acidoso nuestro ser henchimos!
¡Ora lloramos en la charca negra!”
(El Infierno, canto VII)

“Tristeza del bien espiritual” según la definiera Santo Tomás de Aquino, se le estimaba doblemente mala, en sí misma, porque procedía de un bien que en principio sólo debía generar alegría, y por sus efectos, pues “retrae totalmente al hombre de la obra buena”. De ahí en la Suma Teológica aparece entre los pecados contra la caridad. Este tipo particular de tristeza, nos parece al menos extraña. De hecho, ya lo parecía a un autor moderno como Oscar Wilde, por citar sólo un ejemplo, quien afirmaba que cuando supo de ella la imaginó como “el tipo de pecado que inventa un sacerdote que no sabe nada de la vida real”. En todo caso, nada de la vida moderna podríamos decir, bien que posiblemente hoy, aunque sigue existiendo en el Catecismo de la Iglesia Católica, asociaríamos la acedía más bien con alguna forma de depresión, por tanto con una patología y no ya con un pecado mortal.

En fin pues, sirvan estos breves ejemplos para insistir en ese mensaje historicista de esta exposición, que en ese sentido sirve bien para ilustrarnos en el dinamismo de la historia del Cristianismo. A 500 años de su muerte, el Bosco y su pintura religiosa, sin duda debería más bien causarnos extrañeza, como él mismo seguramente se extrañaría de cómo lo recordamos hoy, mirando sus cuadros en recintos por completo ya fuera de sus contextos originales, convertidos en obras artísticas a las que pretendemos a veces imprimirles nuestras inquietudes contemporáneas.

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