Un pequeño problema de estatura clerical

DSCF4156Entre la muerte del arzobispo Juan Antonio de Vizarrón en enero de 1747, y la llegada a México de su sucesor, Manuel Rubio y Salinas, en septiembre de 1749, gobernó la arquidiócesis de México el Cabildo Catedral sedevacante. Tal vez el mejor, pero si no acaso el más grueso, testimonio de ese periodo de gobierno de poco más de dos años y medio es el libro 39 de actas de cabildo que se conserva en el Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México, de poco más de 500 fojas. Aunque separando bien los asuntos a lo largo de sus sesiones, en la sala capitular se comenzaron a tratar tanto las cuestiones ordiarias propias de la Catedral como las del gobierno arzobispal, es decir, salvo algunas excepciones, no había sesiones exclusivas para uno y otro de los papeles que desempeñaron los canónigos en este período. Y hay que ver que el gobierno arzobispal podía ser particularmente pesado: los canónigos se ocuparon de la provisión de curatos, sacristías y capellanías, así como beneficios de todo género; los atarearon también las numerosas licencias para los clérigos de todo el arzobispado; los nombramientos de confesores y visitadores de los conventos de religiosas; las solicitudes de dispensas para la celebración de matrimonios; la atención de los establecimientos bajo patronato arzobispal, como el Hospital del Amor de Dios, y un largo etcétera.

Como es propio de toda sede vacante, el Cabildo no podía innovar, pero sí confirmar o reiterar ciertas medidas de los arzobispos anteriores. Los canónigos, por ejemplo, se mostraron preocupados en particular por la vida y conducta de los clérigos, y de manera más específica, por su traje. Al menos en dos ocasiones, abril de 1747 (f. 60 del libro citado), y marzo de 1748 (f. 207), mandaron publicar edictos que incluían este punto concreto. Ya lo hemos señalado en este espacio en algunas oportunidad, el clero del siglo XVIII se distinguía (o al menos de manera ideal), no exclusivamente pero también, por su imagen. Debía lucir, y eran términos que venían reiterados en esas actas de cabildo, las virtudes de su “sobriedad” y su “modestia” en su vestimenta negra, traje talar, preferentemente sotana, en sus cabellos tonsurados, evitando todo adorno que pudiera considerarse “profano”, y por supuesto, evitando el uso de otras prendas. Hay que insistir en ello, no era una mera obsesión de los canónigos, bien que ellos en particular eran expertos en materia de distinción vestimentaria, como habrían de confirmar sus gestiones para el uso de “bolillos”; es decir, mangas, ya a finales del siglo XVIII, en una iniciativa que secundaron los cabildos catedrales de toda la Nueva España. Ya lo decía el obispo de Guadalajara don Juan Cruz Ruiz Cabañas en sus célebres mandatos de visita, “aunque el hábito no hace al monje”, pero el estado clerical debía “distinguirse aun a primera vista del respeto de los demás hombres”.

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José de Alcíbar, El nacimiento de San José, 1771, detalle. Museo Nacional de Historia Castillo de Chapultepec

Ahora bien, el tema de la distinción clerical no nos parece tan ajeno, salvo cuando lo vemos aplicar por encima de lo que hoy consideramos deben ser los valores del clero católico. Pues bien, el Cabildo Catedral sedevacante nos dejó un testimonio particularmente crudo al menos para nosotros, de lo que importaba la imagen del sacerdote. En el cabildo del 9 de marzo de 1748 (f. 201) se presentó una solicitud para tomar las órdenes sagradas, es decir, para volverse sacerdote, por parte de alguien que ya era clérigo de órdenes menores, el bachiller D. Fernando de Llorente y Mojica, quien declaraba poseer 7 mil pesos de capellanías, es decir, unas rentas de 350 pesos anuales. Ya esa presentación nos habla bien de la calidad del clero de la época: hombres de familias de respeto, como se advierte ya en que lo trataban con el apelativo de “don”; con estudios universitarios al menos del grado más elemental, el de bachiller; con la solvencia económica indispensable para no deshonrar el hábito clerical con la mezcla en actividades profanas, gracias a esas obras pías que eran las capellanías; y en fin, seguir la jerarquía de las órdenes sagradas, las menores (ostiario, lector, exorcista, acólito, subdiácono) y las mayores (diácono y presbítero).

¿Qué le faltaba al bachiller Llorente? Estatura, literalmente, y no como podríamos pensar hoy que le bastaría estatura moral, sino estatura física. No sabemos cuánto medía con precisión, pero él mismo estaba ya más que consciente de que tenía “el defecto de la pequeñez”, hasta el punto de que era necesario hacer ornamentos específicos para su tamaño, lo cual aseguraba podía costearse él solo. Esa conciencia y los largos años de gestiones para llegar a ser sacerdote resultan lo más impactante de su solicitud. Presentaba además breves pontificios dispensándole por este motivo, dados en 1717 y 1721. Y a pesar de esos breves de la máxima autoridad de la Iglesia católica, tal era su condición que, según siempre su propio relato, ningún obispo de Valladolid de Michoacán, Puebla o Oaxaca había aceptado concederle el presbiterado. Ante los canónigos incluso presentó una propuesta que permitía salvar el que, de nuevo él mismo lo sabía bien, podía estimarse el problema principal: que el público lo viera. Solicitaba que se le asignara a la capilla privada del Hospital de San Pedro, para decir misa por los sacerdotes enfermos, “sin que pueda decirla en otra parte alguna”. Era tanto como decir que se proponía ser un sacerdote casi “en secreto”, sin que el público lo viera celebrar.

Graves como siempre, los canónigos atendieron el asunto, citando no sólo “lo notable de su pequeñez excesiva”, sino además “lo notable [de] su fealdad”, y encima su vejez, por tener ya “más de cincuenta años de edad”. Prudentemente le respondieron que se presentara al futuro arzobispo de México, pero es claro que era una negativa basada en que le faltaba corresponder a esa imagen que se esperaba de un sacerdote, no sólo virtuoso, sino digno de respeto a la vista, respecto de la cual el bachiller Llorente no estaba, lamentablemente, a la altura.

 

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