Un milagro tabaquero

En otras oportunidades he mencionado el carácter protector de la religión católica y de sus ministros sobre los bienes y, claro está, sobre los propios fieles de tiempos novohispanos. Aquí un ejemplo muy concreto, de Orizaba, la villa que, junto a Córdoba, tenían el privilegio de ser las únicas jurisdicciones donde podía producirse el tabaco en la segunda mitad del siglo XVIII, pues éste había sido “estancado”, es decir, declarado monopolio del rey en 1765. En consecuencia, la mayor parte de la economía de ambas villas giraba en torno al tabaco. Existe en el Archivo General de Indias (MP-Mexico, 750), un mapa que ilustra bien el cultivo del tabaco, que no puedo publicar aquí por razones legales, pero que está disponible a todo público gracias al PARES, el sitio de los archivos españoles.

Ahora bien, la Corona contrataba la siembra a partir de un número fijo de matas, determinando de antemano el precio, que variaba según cada una de las tres calidades de tabaco determinadas por los funcionarios del monopolio. La siembra se repartía entre los cosecheros de tabaco de ambas villas, quienes al inicio enviaban periódicamente a sus diputados para negociar los términos del contrato, pero después la Corona prefirió negociar individualmente. Los cosecheros, cuyo nombre les venía muy bien pues normalmente no producían directamente el tabaco, financiaban a su vez un cierto número de “aviados”, rancheros que podían sembrar gracias a la licencia de los cosecheros, a quienes entregaban la producción en su estado bruto (“en berza”), desde luego por un precio muchísimo menor al que pagaba la renta, para que luego ellos se ocuparan del beneficio: había que secar las hojas para luego empacarlas formando tercios, una operación que tenía lugar en casas de beneficio, construcciones más bien endebles, únicamente destinadas a proteger la valiosa hoja de la intemperie.

Pues bien, en este delicado momento de la producción, del cual dependía toda la organización del tabaco, una granizada amenazó la villa y con ella el tabaco, en la primavera de 1793. Pero felizmente las oraciones de un frailes acudieron a la protección de los fieles orizabeños, como vemos en esta nota de

Gazeta de México, tomo V, núm. 36, del 24 de mayo de 1793

“Orizava, 4 de mayo.

Sin embargo de haberse anticipado las aguas en esta villa y sus inmediaciones desde mediados el anterior abril, se han sentido en medio de ellas unos calores excesivos, vientos bastante fuertes, y principalmente el que llaman del sur, bien conocido por los estragos que en otras ocasiones ha causado a las sementeras de tabaco. Entre una y dos de la tarde del 30 del mismo se obscureció de tal forma la población que fue necesario encender las luces; causola una terrible nube, que asomándose por el norte de la serranía de la Escamela, que dista menos de medio cuarto de legua, y conjurada por un religioso, mirando el riesgo que amenazaba, resultó abrirse hacia la falda de dicha serranía en el rancho de labor y ganado vacuno nombrado El Espinal, despidiendo tan extraordinario granizo que maltrató dicho ganado, a quien le corría la sangre, rompió la cabeza a uno de los mozos, sacó a otro de sentido, casi desnudó los árboles, y cegó todas las zanjas, siendo el más común peso de los granos el de 4 hasta 6 onzas; cosa jamás vista por los más ancianos del vecindario. De suerte que si esto se hubiera verificado en la población, la pérdida habría sido irreparable en la de los tabacos contratados, respecto a que los techos de las casas no habrían podido resistir el enorme peso que causaría, y una vez maltratados, quedarían expuestos sus interiores a los fuertes aguaceros que continuaron en el resto de la tarde”.

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