Un mercedario de Lagos

mercedEn agosto de 1802 el obispo de Guadalajara, don Juan Cruz Ruiz Cabañas, firmó en su capital episcopal la respuesta a una real cédula dada desde 1799 sobre la posibilidad de fundar un Oratorio de San Felipe Neri en la villa de Santa María de los Lagos (AGI, Guadalajara, leg. 576). Prelado preocupado por la disciplina de los clérigos y por asegurar de manera clara, sin dejarla sólo a la Providencia, la subsistencia de una nueva corporación, se mostró favorable al nuevo establecimiento, pero propuso para financiarlo la supresión de otro cuerpo: el “convento, hospicio o casa de religiosos mercedarios”, que vemos en su estado actual, en una imagen tomada de la página del Ayuntamiento de Lagos de Moreno.

El obispo fue muy claro: el problema con este último establecimiento era que no cumplía con uno de los principios más importantes de toda corporación del Antiguo Régimen, la utilidad. No es que el prelado estimara como inútil a la vida religiosa, sino justo cuestionaba un convento que en realidad no reunía las características necesarias para considerarse tal en virtud del escaso número de sus residentes. Incapaces de formalizar una comunidad que siguiera puntualmente la regla mercedaria, de cumplir con las obligaciones previstas por la monarquía, y peor aún, siendo esos religiosos casi sueltos capaces “de causar algunos escándalos y desórdenes”, lejos de ser útiles eran “perjudiciales al público”.

Imposible confirmarlo del todo sin una investigación a detalle, pero tal vez, y sin compartir desde luego el juicio de valor, no andaba tan errado el obispo. Un par de décadas más tarde hubo al menos un fraile del hospicio de Lagos que se dio a notar: fray Rafael Santos Rubio. En el archivo de la mitra tapatía, lo encontramos citado en un procedimiento de excomunión contra don Ignacio Aldana que data de 1823. El párroco de Pinos había lanzado dicha censura justo por la agresión de Aldana contra el padre Santos. Los gobernadores del obispado — el obispo Cabañas se encontraba ausente– fueron notificado por el cura de Ojuelos, a quien encomendaron una averiguación (AHAG, Provisorato general, caja 73, exp. 73). La agresión estaba plenamente confirmada en ella, pero salta a la vista del lector actual que había tenido lugar “en fandango que tenía dicho padre por ser día de su santo”, cuando servía como ministro de la hacienda de Ojuelos.

Así, el procedimiento nos confirma de alguna forma que dos de las impresiones del obispo Cabañas tenían fundamento. Fray Rafael, al momento de su agresión, era un fraile fuera de comunidad, es decir, que no vivía en su convento (aunque dado su cargo de ministro, es bien posible que algún conocimiento tuvieran sus prelados de ello y que lo hubieran autorizado), y que por tanto no podía cumplir con la regla de su orden. Asimismo, aunque ni el promotor fiscal, ni los gobernadores del obispado hicieron observación alguna al respecto, casi sobra decir que el fandango era una diversión profana particularmente poco apreciada de las élites clericales de la época y por tanto poco adecuada para un religioso.

Unos pocos años después, en 1826, el gobernador de Jalisco, Prisciliano Sánchez, apuntaría también contra el religioso, pero ya no sólo por motivos religiosos (bien que no dejó de señalar su “conducta moral relajada”, y que abría el convento incluso a mujeres) sino sobre todo políticos. Habían llegado a oídos del gobierno estatal noticias de que el mercedario era “desafecto a nuestro sistema actual de gobierno”, y que había incluso proferido voces públicas favorables a una invasión de la Santa Alianza (AGN, Justicia Eclesiástica, vol. 56, fs. 105-113). El gobernador temía que “desmoralizara” al pueblo perjudicando a la “causa común”, la causa pública, es decir, la de la independencia y el republicanismo, por lo que pidió a la autoridad federal su intervención para removerlo de Lagos. Así lo prometió el provincial de la Merced de México, aunque no sin dejar de justificar los actos de su súbdito.

Hasta ahora no sabemos qué fue de fray Rafael en lo sucesivo; en cambio, los dos incidentes son interesantes porque nos confirman algunas de las circunstancias en que vivían los mercedarios de Lagos. El provincial mercedario justificó en su momento la presencia de mujeres en el convento laguense por ser necesaria en muchos casos una “cocinera del convento”. Casi sobra decir que el gobernador Prisciliano Sánchez difícilmente hubiera aceptado esa explicación; sin embargo, en cualquier caso, es claro que un convento con escasos religiosos se veía obligado a mantener relaciones particularmente intensas con los seglares para subsistir. Más todavía, es bien posible que fray Rafael terminara ocupando un cargo de cura de almas porque estos conventos dispersos terminaron siendo un auxiliar en un momento en que el clero secular enfrentó una dificultad mayor para mantenerse en los pueblos: la guerra de independencia.

Lo ha destacado sobre todo Eric Van Young (La otra rebelión, FCE, 2006), la guerra no sólo contó con la participación de los clérigos sino también de los frailes, al menos para tratar de suplir la ausencia de los primeros como vemos aquí. En fin, justo las posiciones adquiridas en la guerra, la dispersión y autoridad de los religiosos comenzó a hacerlos “sospechosos” tras la independencia. Muchos de ellos no habían militado en el bando “correcto” (es decir, el que ganó), por lo que había que vigilarlos de manera particular. Fray Rafael se convirtió en uno de esos “sospechosos comunes”, de los que en realidad no es fácil saber si efectivamente se posicionaban en contra de la independencia o si las acusaciones traducían otro género de conflictos.

Así pues, estos leves indicios sobre ese religioso del convento de Lagos, nos indican que éste se insertaba bien en los grandes procesos que afectaban a las órdenes religiosas novohispanas de las primeras décadas del siglo XIX: objeto de las críticas del episcopado y más tarde también de los primeros gobiernos liberales, dependiendo de la movilización de los vínculos con los seglares para subsistir.

Comentarios: