“Un continuo fandango y gasto”: la visita pastoral

La actualidad de nuestros días hablaHaro y Peralta (2) de visitas oficiales, visitas regias y de gastos ostentosos. No pudo sino venirme a la memoria esta carta, que es testimonio, parcial como cualquiera pero no por ello menos interesante, de otras visitas, que existen aún — ya no son como entonces, cabe aclarar–, y que recorrían el mundo católico de manera constante al menos desde el siglo XVI. Me refiero, desde luego, a las visitas pastorales. De su mala fama ya hemos publicado en este mismo espacio un testimonio episcopal, el mandato del obispo de Guadalajara, Diego Rodríguez de Rivas de 1765. En él, el prelado mandaba evitar los excesos en materia de viandas que confirma este otro documento: una carta anónima remitida al rey en el Consejo de Indias unas décadas más tarde, en 1786. Es pues, de tiempos del pontificado del arzobispo Haro y Peralta, a quien vemos en la imagen, según un retrato que se encuentra en la Catedral Metropolitana de México.

Como verá el lector, la denuncia anónima apunta a un problema fundamental: la visita, debiendo ser acto religioso, terminaba convertida en un viaje profano, por más de un motivo. Ante todo, lo más visible, por el dispendio, por el lujo del prelado y de su séquito, que se comparan, incluso con una visita regia. En segundo lugar, hoy diríamos explotación, entonces era más bien la falta de caridad, el abuso del trabajo del prójimo, sobre todo los feligreses “indios”, sobre cuyas espaldas recaían el abastecimiento. En fin, se diría que los visitadores pecaban, aunque no lo dice exactamente nuestro autor, de soberbia: delicados hasta en lo más mínimo, tomaban duras represalias incluso tardías contra los párrocos.

Desde luego, no es una descripción desinteresada, sino muy al contrario, indica bien que su objetivo es la reforma, sino es que la supresión de la visita. Sin embargo, podemos leerla bien como testimonio de lo que un sector de las élites de la época estimaba ya como excesivo en alimentos, bebidas, acompañamientos y exigencias en el trato con el pueblo. Leamos pues esta carta anónima, de un supuesto párroco de finales del siglo XVIII en el arzobispado de México.

Archivo General de Indias, sección Audiencia de México, legajo 2633.

Señor

El Concilio Mexicano aprobado por Su Santidad previene que los prelados procuren la visita de los curatos sin gravar a nadie en lo más mínimo, procurando que sea este preciso acto todo de doctrina y edificación. No es así en la actualidad, sino que la visita es acto de la forma que diré.

Se previene carta cordillera por donde sale el muy reverendo arzobispo, y luego comienza la moción de cada curato donde se publica la visita, y se suelta una derrama para que concurran los pobres indios con gallinas y dinero, y con todas sus personalidades. Los indios componen de balde los caminos, la fábrica de la iglesia y casa cural, y salen a trozos donde son enviados a cargar los necesarios.

¡No se puede explicar la volatería de esta función! Una cuadrilla a tal hacienda a conducir terneras y carneros. Otra a tal pueblo para las liebres y conejos, y otra al río de la pesca, otras a la laguna, otras a la capital por camas, colchones, colgaduras, utensilios, otros a los curatos por alhajas preciosas de iglesia y todo género de paramentos; esto es tanto que se procura entapizar toda la casa y buscar las más exquisitas alhajas para adorno el más exquisito.

Si Vuestra Majestad viniera no se podría disponer más en todos los curatos, se llega adonde se puede sin perdonar trabajo y gasto. Se previene ante todas cosas el cocinero propio del prelado, para que inteligente de su gusto lo sazone, y éste se paga de su mano porque trae miles de pesos cuando vuelve; a éste se le arrienda la plata de servicio, se le da gala o propina aparte, y es dueño del sobrante de la opulenta dispensa que se prepara, tomándose las gallinas, pavos, pescados, terneras, carneros, sin perdonar carbón y leña. Después al secretario se le pregunta cuanto importa el reconocimiento de libros parroquiales y se le da en oro sin rebaja ni reclamo alguno, y se añade su gala correspondiente a las circunstancias: cual, da fuera de lo pedido quinientos pesos en oro, y cual, cien marcos de plata, como sucedió en Cuernavaca, que esto queda a la voluntad del cura.

Después, se reparten las propinas a todo género de criados, empezando por secretaría, escribientes, pajes, capellanes, notarios, asistentes, lacayos, cocheros y agregados con los arrieros y transportadores y se cobran las que corresponden a los familiares y criados que no fueron.

Las pérdidas que resultan o son regulares, como en Tláhuac, que se perdió una cama con el colchón y varios cubiertos de plata, y un plato de plata, con que a río revuelto ganancia conocida.

La voluntariedad de los criados, el pedir a su arbitrio el aguardiente y vino, las mesas francas para todos porque donde está el prelado allí comen alcaldes mayores, oficiales de tropa, los curas comarcanos, hacenderos y personas distinguidas, con mesa espléndida y libre para desayuno, almuerzo, punches, sangrías, mesa opípara de lo más exquisito: refresco de la tarde, cena correspondiente a la comida y complacer a todos a su arbitrio, ya indica la voluntariedad y desarreglo de semejante función donde no se emborracha el que no quiere, y todos los comarcanos ocurren con esta licencia general de comer y beber según su deseo.

La justificación de Vuestra Majestad declarará si esto corresponde a un acto tan religioso; lo cierto es, que de los asistentes se tiene en poco el que no se carga de víveres preciosos, y esto a costa por fin de los pobres, porque el cura no puede por sí solo soportar tan indecibles gastos. Por lo regular no baja de mil pesos cada día de la visita, que se reduce a una crápula continuada con gravamen de los miserables indios, que después que han trabajado lo referido, tienen que deshacer los préstamos con volver las alhajas sin que les paguen cosa alguna, ni de los continuos correos que se despachan, originándose de aquí graves sentimientos si en algo se falta a esta ceremonia tan gravosa.

Se omite a Vuestra Majestad que si el cura tiene un caballo o mula buena, a cualquier insinuación de los familiares debe darla, porque de no, se expone a un desaire. Los cocheros piden en los curatos vino y aguardiante para lavar las mulas del prelado y para lavarse los pies, y el cura pobre está obligado a dar camas decentes a todo género de criado. Quedando a la alta consideración de Vuestra Majestad cuanto es menester para aglomerar estos utensilios, y que viene a ser la visita que llaman santa un hospedaje general y un continuo fandango y gasto, que por último resulta en los miserables indios, habiendo sucedido en Mazatepec que el propio prelado le dio de moquetes a un indio porque le pareció que le había faltado a no sé que ceremonia, y allí fueron tantos los gatos, que gastó el cura a más de mil pesos por día y le costó el verse a la muerte el tráfago de esta función.

Dejo aparte los días que se gastan en prevenciones, el que todo se santifica con el alto nombre del prelado y de la santa visita,, y con esto no se escrupuliza en gravar a los infelices indios a que vayan, vengan, trabajen y revienten y gasten lo que no tienen.

Confieso a Vuestra Majestad que sólo el hallarme mortal como estoy me obliga a poner esta razón en descargo de mi conciencia, porque si supieran que lo hacía me costaba la vida la pesadumbre que me dieran, pero veo que no puedo en conciencia dejar de reclamar por el remedio, porque en el estado en que están las visitas de los curatos, es tanto el afán, el gasto y sobresalto, que creo y juro a V.M. por esta santa + que más es escándado que utilidad, y que mejor sería, según entiendo, que si no se reforman no las hubiera, porque es contrario a todos los cánones de la Iglesia el método con que se observa.

A la parte despreciable o curato pobre no llega el prelado, sino su secretario, u otro familiar que firma los libros, cobra sus derechos y se muda; pero siempre los curas comarcanos sin desamparar al convoy alborotándose los contornos con el fausto y concurrencia.

En cierta ocasión en una hacienda del marqués del Villar hizo noche el prelado, no se franqueó a los cocheros la cebada como acostumbran, y se llamó al mayordomo, quien dijo que no era dueño ni la había, y se le conminó con prisión y que se remitiría al virrey a que lo castigara, y que franqueare trigo, el que se pidiera, que se pagaría; estaba allí a seguir la tertulia el cura que era de Jilotepec, inmediato a dicha hacienda, y fue reconvenido sobre esta falta y la de camas, quien satisfizo que no le avisaron ni era de su pertenencia, pero por esto se le trató con seriedad y aspereza, acostumbrados a la mayor profusión. Después se persiguió a este cura gravemente hasta quitarle el curato, y estando muribundo en una hora tan terrible no le concedieron la quietud de la muerte, y le nombraron interino a D. Josef Gallardo, con el motivo de que pidió la profesión de Nuestra Señora de la Merced para ganar la indulgencia. Es cierto, no tuvo efecto el interinato hasta la muerte del cura, que fue el Lic. D. Josef Buenaventura Estrada, pero fue reconocer el atentado para que se patente a Vuestra Majestad lo que trasciende el despotismo de visita.

Es fecha a 7 de diciembre de 1784 por uno de los curas visitados y experimentado en este arzobispado de México, que de miedo no se nombra y advierte que el caso de Estrada sucedió ya promovido a otro curato donde se hizo famosa su causa muriéndose brevemente.

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