Un clero ejemplar: el de Orizaba del siglo XVIII

En el siglo XVIII la villa de Orizaba contó con un clero secular relativamente abundante. Eran 45 en 1757 y 50 en 1762, y aunque fueron disminuyendo en las décadas siguientes, 23 en 1777 y 20 en 1791, esa falta fue compensada por el aumento en el número de frailes que residían en la villa en los úlimos años de ese siglo. Ahora bien, sin duda el más importante de este contingente de sacerdotes era el cura y juez eclesiástico de la parroquia de San Miguel Orizaba, quien además ostentaba el cargo de vicario foráneo del obispo de Puebla. El párroco se hacía notar por su calidad de juez, que podía ostentar visiblemente en el bastón que le correspondía como tal. Asimismo, se hacía notar por sus ingresos: el curato de Orizaba se estimaba por una parroquia pingüe en el siglo XVIII, que rendía más de cinco mil pesos, tres mil todavía después de la separación de algunos de los pueblos más alejados en 1770. Además, al menos nueve párrocos ostentaron títulos universitarios en teología o cánones, cuatro de licenciado y cinco de doctorado. En fin, la parroquia contó con personalidades notables en la carrera eclesiástica a lo largo del siglo: el promotor de la construcción del templo parroquial, Melchor Álvarez Carvallo, terminó su carrera como canónigo de la Catedral de Puebla, mientras que uno de sus sucesores, Francisco Antonio Illueca recibió una parroquia principal en la misma ciudad a finales del siglo.

Al lado de un párroco de distinción entre sus congéneres, se hallaba un clero secular organizado en dos corporaciones: la Venerable Congregación de San Pedro y el Oratorio de San Felipe Neri. La primera se fundó en 1746, aunque sus constituciones datan de 1754, mientras que el Oratorio lo fundaron los capellanes del Santuario de Nuestra de Guadalupe de la villa en 1767. La Congregación de San Pedro reunía a la mayor parte de los sacerdotes y diáconos de la villa, por lo que en su momento llegó incluso a ser tratada como “cabildo eclesiástico” de la misma. Una y otra corporación constituyen la prueba más fehaciente de que el clero de la época no era un estamento aislado, sino estrechamente vinculado con los notables locales, o incluso él mismo, en particular en el caso de los oratorenses, estabado formado por propietarios importantes. En efecto, los padres del Oratorio, comenzando por su primer prepósito el padre Manuel José Ansermo, así como uno de sus principales colaboradores, el padre Francisco Ávalos, eran propietarios de haciendas, y ellos y sus compañeros disfrutaban de una o varias rentas de capellanías con capitales importantes. Mas sobre todo, se distinguían por la confianza que los notables locales (cosecheros de tabaco, comerciantes, miembros del ayuntamiento español, oficiales milicianos, funcionarios de la Renta de Tabaco) depositaban en ellos como albaceas testamentarios, fiadores, apoderados, etcétera.

Aunque los otros clérigos de Orizaba eran algo más modestos en sus propiedades, los hubo también que fueron cosecheros de tabaco y comerciantes, como el padre Antonio Joaquín Iznardo, que además fue en su día apoderado de la república de indios de Orizaba. En la segunda mitad del siglo, dieciocho familias de notables contaban con familiares entre los clérigos orizabeños, incluyendo a seis familias de los regidores del ayuntamiento: los Cora, De la Llave, Rocha, Couto, Gutiérrez de Cubas y Bringas de Manzaneda, consagraron a Dios, literalmente, al primogénito de sus hijos y en algunos casos a más de uno de ellos. Al igual que los oratorenses, los congregantes de San Pedro se vinculaban a los notables como apoderados, albaceas, garantes, tutores de sus hijos e incluso como herederos suyos a falta de otros descendientes.

Como los párrocos, los clérigos orizabeños contaron con estudios universitarios, aunque la mayoría de ellos sólo alcanzó el más elemental de la época, el de bachiller en Artes. Así era cuando menos desde mediados del siglo, pues en el registro de los clérigos de la parroquia de 1757 todos eran bachilleres, salvo un licenciado, y en 1794 un documento notarial de la Congregación de San Pedro firmado por todos los congregantes presenta a todos los presbíteros con el título de bachilleres. En los registros correspondientes a ese grado de la Universidad de México aparece un contingente de orizabeños relativamente constante en cada década del siglo desde 1740, aumentando de manera significativa a partir de 1780, si bien es cierto que no todos siguieron la carrera sacerdotal. Raros eran en cambio los que obtenían un bachillerato en las facultades mayores (Teología y Derecho), sumando apenas quince entre 1740 y 1790. Mas en el último tramo del siglo XVIII los orizabeños pasaron finalmente a las facultades de teología y cánones donde 28 obtuvieron el grado de bachiller entre 1790 y 1810, y cinco el grado de doctor, cuatro de ellos miembros de la misma familia: José Manuel, José María, José Ignacio y Antonio Manuel Couto.

Habría que decir también que el clero orizabeño contaba con espacios ad hoc para reflejar su jerarquía. La iglesia principal de la villa, la parroquial de San Miguel, construida en las primeras décadas del siglo XVIII, era tal vez el edificio mejor acondicionado para ello. En efecto, la parroquial tenía bien marcado su presbiterio, espacio reservado a los sacerdotes para el culto; su sacristía, donde los celebrantes se revestían de sus ornamentos, o cuando menos de la sobrepelliz; el púlpito, al cual subían los clérigos para predicar; su tribuna, la de la Venerable Congregación de San Pedro, para las ocasiones de asistencia en tanto corporación, y por supuesto, la bóveda para el entierro de los sacerdotes. Aunque más discretos, sabemos que la parroquial contaba con otro objeto íntimamente asociado a la labor sacerdotal: el confesionario. Sede del “tribunal de la penitencia”, entre el sacerdote como juez y los fieles como acusados, el confesionario sin embargo no tenía la misma visibilidad que los otros espacios citados. Por último, aunque no eran en forma alguna exclusivas del clero, las campanas de la iglesia parroquial (como las de las otras iglesias) también podían hacer oír la dignidad de los sacerdotes, especialmente la campana mayor, que era uno de los principales motivos de interés de la Congregación de San Pedro, cuyas constituciones normaban con detalle los repiques y dobles que les correspondían. algunos de estos marcadores del espacio tuvieron renovaciones a lo largo del siglo, muestra de la preocupación por mantenerlos en la dignidad propia del estado sacerdotal: en 1764 fue el párroco Illueca quien sugirió al mayordomo de la cofradía de San Miguel la necesidad de hacer “un nuevo y lucido presbiterio” y en 1797, fueron los cosecheros de tabaco de la villa quienes organizaron la colocación de una baranda de plata como separación.

En fin, el de Orizaba del siglo XVIII era también un clero preocupado por el buen orden de la parroquia obligó a veces a los clérigos a intervenir en los conflictos de las corporaciones civiles. En Orizaba, donde la rivalidad de indios contra españoles caracterizó la segunda mitad del siglo XVIII, ciertos párrocos tomaron partido: Melchor Álvarez Carvallo sostuvo a los indios, mientras su sucesor, Francisco Antonio de Illueca hizo lo propio con los españoles. Más tarde, en 1784, “solícitos de la honra de Dios y del bienestar del prójimo”, el párroco José Demetrio Moreno, el padre Antonio Joaquín Iznardo y el oratorense Manuel José Ansermo, intervinieron para poner fin a las querellas del ayuntamiento español con la república de indios. Con intervención del juez real, los tres eclesiásticos lograron negociar un acuerdo de “buena armonía” entre las dos repúblicas. Así pues, fuera por su riqueza personal, por sus orígenes familiares, por la confianza de los notables, por sus estudios, por la dignidad de sus espacios y por el respeto que imponían a españoles e indios, el clero secular orizabeño cumplía bien con los criterios de distinción que la Reforma católica había impuesto a propósito de los sacerdotes.

Comentarios: