Un canónigo sin familia

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Cabecera de la Sala Capitular de la Catedral de Sevilla, estado actual.

Hacer historia de la imagen del clero del siglo XVIII permite constatar las dificultades que entonces seguía teniendo implantar, incluso entre los propios sacerdotes, la idea de la dignidad clerical. Ya van varios artículos de este blog dedicados al tema, en los que he tratado de resaltar el aspecto más visible de esa dignidad: la vestimenta y la tonsura. Lo mismo en obras de disciplina eclesiástica como la del cardenal Lambertini (quien llegara a Papa con el nombre de Benedicto XIV), que en medidas concretas tomadas a través de edictos, tanto episcopales como de cabildos sedevacante, es un tema que se repite en varias ocasiones a lo largo del siglo. Desde luego, nunca deja de estar asociado a otros aspectos de su conducta: quienes  abandonaban el color negro, el traje modesto y de preferencia talar y el cuello romano, se les acusaba de preferir las capas y los sombreros ostentosos, y en consecuencia, las diversiones profanas, como el baile y el juego. Es por ello que también han aparecido en este blog ejemplos de clérigos profanos, como Ramón Cardeña y Gallardo, capellán de honor honorario del rey Carlos IV y canónigo de gracia de Guadalajara, ya de principios del siglo XIX.

Ahora bien, podría pensarse que se trata de un problema americano, por lo que conviene citar también ejemplos peninsulares. En concreto me interesa referir aquí muy brevemente un caso que, si bien todavía no he podido conocer en todos sus detalles, corresponde muy bien con esta problemática, el de don Juan Neve, canónigo de la Catedral de Sevilla en la década de 1760. Aunque el apellido que llevaba ya deja la impresión de que se tratara de un hombre de rancio abolengo, en realidad la descripción que de él nos han dejado las actas del cabildo pleno sevillano (que por ahora son mi única fuente), contrasta bien con el elitista –o arribista, según se vea– Cardeña, a quien se relaciona más bien con los notables de México y Madrid. Para decirlo directamente, el retrato que tenemos es el de un personaje no sólo pobre en lo económico sino también culturalmente. Había llegado a una prebenda de ese cuerpo de clérigos tan preocupados siempre por las buenas maneras, las ceremonias y en general la “civilidad”, como eran los canónigos entonces, sin compartir por completo esa cultura casi cortesana.

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La Giralda, torre de la Catedral de Sevilla, estado actual.

Es bien cierto que al recorrer los autos capitulares si algo se nota es que los propios canónigos todavía eran muy dispares en su conducta. Con cierta frecuencia, sobre todo en los llamados “cabildos espirituales”, era necesario llamar la atención a los propios “señores” en el sentido de que guardaran silencio en el coro, se mantuvieran en su lugar correspondiente en las procesiones, y guardaran el orden al tomar la palabra en los cabildos. El 20 de junio de 1766, Neve justo se hizo notar por su conducta en la sala capitular, pues intervenía “atropellando y atravesando los votos de otros”, e incluso llegaba a la violencia verbal profiriendo “amenazas en todas ocasiones y sin reserva de personas” (Archivo de la Catedral de Sevilla, Secretaría, leg. 7180, fs. 108v-109). A tal punto llegó en esa reunión, que se le pidió retirarse para tratar directamente sobre su comportamiento. Mas para los canónigos, así como el traje implicaba de inmediato el resto de la conducta de los clérigos, los excesos verbales de Neve los llevaron pronto a su vestimenta y luego a su régimen de vida en general.

En efecto, en primer lugar se destacaba su “porte irregular” o “porte indecente”, que era un atentado “al honor de la sobrepelliz que viste”, aquí ya no por excesos de vanidad sino por falta de limpieza y dignidad. En el cabildo de 27 de junio (Archivo de la Catedral de Sevilla, Secretaría, leg. 7180, fs. 113v-114) se trató el caso por extenso, luego de vencer la resistencia del propio Neve a salir de la sala para seguir discutiendo su caso. El porte, decíamos, llevó a su régimen de vida: “no teniendo casa en que viva ni familia que le asista”; si lo primero era más bien exageración retórica, en todo caso era un vecino cuya casa “no la tiene poblada”, contrario a lo que era propio de un hombre de honor en la época, el típico “vecino de casa poblada”. Vivía solo pues, y por tanto se le veía en las calles de la capital hispalense “andando siempre solo y sin aquel acompañamiento que autoriza y distingue a las personas de su honor y carácter”. Destaquemos esto, los canónigos implicaban aquí que sus familias, es decir, los consaguíneos o no que vivían bajo su mismo techo, estaban ahí ante todo para brindarles “asistencia” y “acompañamiento”. Eran de alguna forma un elemento que reforzaba su carácter de élite, lo que hoy en día puede parecernos al menos extraño, más en estos días en que justo se discute en México la definición de la familia. No sabemos con precisión cómo se formaba la de los canónigos sevillanos, aunque de nuevo los reproches a Neve insisten en la importancia del servicio y atenciones domésticas. Tan no había familia que le asistiera en su casa que terminaba “quedándose a comer en la Iglesia”, así como “metiéndose para el fin de afeitarse en las barberías”, y lo que era  peor, “limpiando por su persona” su caballo.

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Puerta del patio de los Naranjos de la Catedral de Sevilla, estado actual.

El desbocado y solitario canónigo además faltaba a la dignidad también por su traje, ya decíamos, aunque la descripción de éste terminó ocupando un lugar casi secundario respecto a lo demás. No sólo se presentaba con “aquel fetor que acompaña a los lacayos” (por aquello de bañar a su caballo), sino que además usaba “una casaquilla de montar casi de color bajo de la sotana pero visible”. Por todas estas faltas, pero sobre todo por las acusaciones que lanzaba en los cabildos, terminó siendo arrestado el propio 27 de junio de 1766, primero en la sala capitular y, luego de que el Cabildo recibiera el respaldo arzobispal, fue trasladado a la sala de pruebas de música (Archivo de la Catedral de Sevilla, Secretaría, leg. 7180, fs. 119-120). Fuertes deben haber sido sus expresiones como para que el día 11 de julio los canónigos siguieran confirmando su arresto por 24 votos contra 4 que promovían su libertad. Sin duda, profundizar en su expediente nos permitirá conocer más a detalle tanto su vida sin familia como las faltas que cometió, por ahora debemos terminar citando algunos incidentes finales. La noche del 14 de julio de 1766 se fugó de la Catedral “en chupa” (es decir, de nuevo sin preocuparse por su porte clerical) aprovechando que encontró abierta la puerta del patio de los Naranjos, adonde había convencido a su custodio de que lo acompañara “con el pretexto de tomar el fresco” ya desde hacía varias noches (Archivo de la Catedral de Sevilla, Secretaría, leg. 7180, fs. 128v-129). Imploró el perdón de los canónigos el 26 de septiembre y se le levantó el arresto por fin el 1o de octubre (Archivo de la Catedral de Sevilla, Secretaría, leg. 7180, fs. 176v-177, 179v y 182v), aunque no sabemos si con ello terminó este caso o si recurrió a algún magistrado de la Corona.

Sea de una forma o de otra, el caso de Neve, ayuda a considerar algunos otros puntos dentro del honor clerical del siglo XVIII, especialmente oportunos en nuestros días. Acaso no sobra constatar que los canónigos de entonces no pensaban exactamente en términos de un modelo de familia natural.

2 pensamientos en “Un canónigo sin familia

  1. Asuncion Lavrin

    Ese tipo de conducta tambien se encuentra entre frailes. Me parece un angulo muy humano y muy necesariopara desmitificar a los miembros de la iglesia y verlos tales y como eran: hombres –con buenas y malas disposiciones de caracter, con rebeldias, con individualidad. Adelante con el proyecto.
    A. Lavrin

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Comentarios: