Un aspecto del paisaje sonoro laguense: la fiesta parroquial

DSCF3180Hace algunos días un joven egresado de la Universidad publicaba en una conocida red social, una frase que, en tanto historiador dedicado al temas de las campanas, no pudo sino sonarme (verbo nunca más oportuno) familiar:

Tantos pinches cuetes en Lagos… ¿Están sitiando la ciudad?

Tal hubiera podido ser también un título adecuado para este breve artículo. La discusión que siguió, mayormente entre jóvenes egresados y estudiantes, amerita ser citada en este blog pues los temas en ella tratados resultaban estrechamente cercanos a las reacciones que generaban antaño las campanas, planteando incluso las mismas disyuntivas entre tradición y modernidad, religión y secularización. Esto es tanto más llamativo cuanto que la ciudad de Lagos de Moreno de estos principios del siglo XXI, sobra decirlo, de ninguna forma resulta comparable de manera directa a las urbes del mundo católico de finales del XVIII y principios del siglo XIX donde llegaron a plantearse debates campaneros. Esto, salvo justo por un punto: la subsistencia de una vida festiva parroquial, que impacta de manera notable el paisaje sonoro local. Acotemos de inmediato que no se trata de un aspecto hegemónico: el lector se llevaría una absoluta decepción si pensara que, viniendo a Lagos se podría encontrar con un paisaje sonoro idéntico o semejante siquiera al de finales del Antiguo Régimen. De hecho, acaso es justo por ello que la subsistencia de la vida parroquial impresiona, pues se encuentra inserta en un contexto que no siempre le es favorable, y está sometida a críticas de actores muy diversos, incluyendo a veces al propio clero parroquial. Tema extenso, que valdría la pena analizar a detalle, aquí me limitaré a un breve inventario comparativo de sus aristas, aprovechando sobre todo la conversación de dichos jóvenes, y mi propia experiencia estudiando el tema de las campanas. Es decir, veremos qué tienen de común y de diferente en cuanto temas (otra cosa es la articulación de los argumentos, pero esa aquí no es directamente comparable) entre aquellos finales del Antiguo Régimen y estos tiempos contemporáneos.

Debo pues comenzar aclarando que cuando digo “vida festiva parroquial”, me refiero a un hecho que me parece evidente. El espacio público de ciudad de Lagos de Moreno, está muy marcado “aún” por la presencia de la catolicidad: hay numerosas iglesias que, lo sean titularmente o no, funcionan hasta cierto punto como verdaderas parroquias de antaño. Es decir, son organizadoras del espacio y de la vida social de una comunidad pequeña: tal era la parroquia tradicional del catolicismo, al menos del siglo XVI al XIX. En efecto, se trataba de un espacio lo más homogéneo posible, en que una comunidad vivía (al menos idealmente) en la estabilidad de un tiempo cíclico, el de la liturgia, se identificaba con ciertos símbolos y se gobernaba a través de un fuerte control social. Si la vida parroquial es cosa del pasado en muchos de sus aspectos, al menos la organización festiva sigue siendo aquí importante: las “fiestas de templo”, como le recordaron sus amigos al estudiante que cito, son comunes y constantes a lo largo y ancho de la ciudad durante todo el año, conforme al Temporal y al Santoral.

Y esas fiestas, bajo modalidades muy modernas, mantienen un aspecto “tradicional”, en más de un sentido. El más evidente, porque los propios habitantes y residentes las reconocen así, incluso estos jóvenes que cito, detractores como partidarios, se referían a ellas con ese término. Y algo hay de cierto: la fiesta “tradicional” del catolicismo moderno se trataba justo de desbordar el espacio público con todas las modalidades posibles del fasto sensible para celebrar triunfal y monárquicamente, ya fuera a la presencia divina misma, o bien, a algún integrante de la corte celestial. La fiesta católica “tradicional”, desde nuestra perspectiva era sinónimo, por tanto, ante todo derroche: de luminosidad, de sonidos, de adornos y de un largo etcétera. Ahora bien, a falta de estudios detallados sobre su implantación en esta región, no es fácil datar con precisión sus inicios en Lagos. Pero sean de un pasado distante o de una fecha relativamente reciente, lo importante es justo que se les estima como tradicionales.

Juan Cruz Ruiz Cabañas y CrespoAhora bien, no es menos tradicional la generación de críticas. Sin saberlo, los jóvenes de la conversación a la que sigo refiriéndome, casi parecían herederos de diversas generaciones del clero de la época que yo estudio, el siglo XVIII. En efecto, hubo entonces un clero que promovió una piedad algo más “interiorista” en esa época y que trató de limitar los fastos. El obispo de Guadalajara de fines de esa centuria, Juan Cruz Ruiz Cabañas y Crespo (cuyo retrato vemos en la imagen), quien recorrió su diócesis prohibiendo derroches en “gastos superfluos”, incluyendo, justamente, los cohetes. Los prohibió explícitamente en las parroquias de Teocaltiche, San José de Gracia, La Barca y Ocotlán, más al norte en Fresnillo, en la región de Colotlán y en Nayarit, entre 1797 y 1802. Hoy se recuerda poco –aunque también en el Lagos contemporáneo existen clérigos que critican en sus homilías el uso de cohetes– hubo verdaderas campañas contra estos fastos sonoros que eran tan comunes que incluso tenían lugar al interior mismo de las iglesias.

En efecto, en la documentación de la época no faltan las menciones a los “truenos en la misa” en alguna fiesta patronal, que los canónigos en las grandes catedrales comenzaron a perseguir y prohibir, preocupados por la conservación de sus edificios. En Sevilla fueron comunes los truenos al interior de la Catedral en Semana Santa, el Miércoles y el Jueves Santos, y en Pentecostés. En la Metropolitana de México hubo prohibiciones desde 1776, aunque el gobierno virreinal exhortó a los canónigos a no impedir los fuegos artificiales en 1780 por una razón económica: la pólvora era monopolio del rey y sus ganancias podían verse afectadas. De manera semejante a lo que haría Ruiz Cabañas más tarde, en sus visitas pastorales, el obispo de Oaxaca, José Gregorio Alonso de Ortigosa los prohibió en once parroquias dispersas por los cuatro puntos cardinales de su extensa diócesis entre 1778 y 1783. Sin embargo, acaso el más célebre crítico de los cohetes en esos años fue un personaje anónimo, residente en la Ciudad de México a principios del siglo XIX, quien enviaba cartas a las autoridades de la monarquía en Madrid con los seudónimos de Francisco Sosa y Antonio Gómez. Lo que para los obispos era un gasto superfluo, que podía aprovecharse mejor en el pago de misas o de otros elementos del culto, para Sosa-Gómez, era una cuestión más bien ya de seguridad física. Criticaba los cohetes:

ya por las desgracias que causan, ya porque descomponen los cimientos de las casas, los empedrados de las calles y bóvedas de las iglesias, como también por espantarse las mulas de coches que están a las puertas de los atrios o cementerios, por lo que suplico […] también que no haya fuegos artificiales de noche.

Empero, más que preocuparse por la seguridad física de sus conciudadanos, los jóvenes que cito recordaban más bien las críticas que ya desde finales del siglo XVIII se dirigían a otro importante sonido urbano, el de las campanas. En efecto, entre esas fechas y los principios del siglo XIX se desarrolló una sensibilidad que las estimaba, ya no signo legítimo de la alegría festiva, sino ruidosas y molestas, sobre todo por las noches. Hasta el alto clero trató de ponerles límites en horarios diurnos: en ese sentido iban los reglamentos de la década de 1790 del arzobispo de México, Haro y Peralta (1791); del obispo de Puebla, Biempica (1792); del obispo de Guadalajara, Ruiz Cabañas (1803), etcétera. Temas como el descanso nocturno, el reposo de los enfermos, e incluso con críticos como Sosa-Gómez y más tarde Carlos María de Bustamante, el trabajo intelectual, comenzaron a limitar el fasto campanero. Ya en el siglo XIX, la opinión pública fue más lejos, estimándolos como sonidos particulares que no tenían por qué hacer presencia en el espacio público. Ante las sonerías por el fallecimiento de un religioso, un publicista de 1826 podía escribir ya: “Nada nos importa ciertamente saber su muerte, ni estamos en el caso de llorarla; ¿a qué fin incomodar a todo un vecindario…?”

Y justo en ese tenor han ido las críticas de los jóvenes actuales contra los cohetes. Ha habido críticas religiosas, pero más bien puntuales (“Ojalá el fervor religioso pudiera demostrarse de formas más prácticas“). Ha estado bien presente el tema del descanso y del trabajo: “Piden respeto pero no respetan el sueño ajeno”, alegaban algunos recordando bien sus obligaciones laborales del día siguiente. Sobre todo, han abundado cuestionamientos que apuntan al carácter ya no público sino “particular” de las fiestas parroquiales: “creo que es muy grosero, por decir lo menos, restregarle a toda la población vía el espacio aéreo [sic por espacio sonoro] que estás de fiesta cuando muchos pueden [¿podemos?] no compartir el mismo ánimo festivo“.  Esto es, lo que insistían los jóvenes es que en realidad la fiesta parroquial no es ya unánimemente aceptada, y que el espacio público laguense no puede regirse por los principios de la catolicidad de antaño sino por principios modernos, como la tolerancia y el respeto: “no todos compartimos las mismas tradiciones”, afirmaban algunos. Esto es, los comentarios de estos nuevos “Bustamantes” y “amigos del silencio” laguenses, constituyen un buen testimonio del proceso de secularización y de sus continuidades, pero también, claro está de sus novedades. Lo que más resaltaba en este último sentido era la preocupación, muy actual, por animales y niños pequeños: los cohetes molestan a las mascotas e interrumpen el sueño de los bebés, temas que jamás hubieran parecido importantes a los críticos de principios del XIX.

coheteNo puedo terminar sin una imagen procedente de esa misma conversación en red social, “subida” en un comentario por un joven todavía estudiante de la carrera de Humanidades, y particularmente ad hoc para el tema. Esta breve comparación no puede sino terminar señalando una última diferencia. Contrario a aquellos textos críticos de finales del XVIII y principios del XIX, estos jóvenes, si bien actualizan la problemática de la secularización del espacio sonoro, llaman la atención por no referirse nunca al Estado u otra forma de autoridad. Los testimonios de crítica de las campanas de antaño son sobre todo reclamos dirigidos a una autoridad (civil o eclesiástica) o actos de la autoridad misma, o en última instancia, cuestionamientos que difundían la crítica en la población con fines claramente didácticos, esto es, para desarraigar esas prácticas. La red social servía a los jóvenes para compartir su inquietud y discutirla, pero de ninguna manera, ni para reclamar medidas prohibitivas de la autoridad civil, ni para pensar una forma para difundir sus cuestionamientos entre sus conciudadanos laguenses. Y dado el carácter efímero de lo que se escribe en redes sociales, quién sabe si no, éste termine siendo uno de los pocos testimonios de esa inquietud. Sobra decir que está más allá de mis posibilidades evaluar si la cultura festiva parroquial tiene futuro o si estos comentarios son acaso reflejo de un desgaste más amplio. Sólo con el tiempo, o con investigación sociohistórica, sabremos si el paisaje sonoro moderno de Lagos seguirá conservando entre sus aspectos diversos a la fiesta parroquial.

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