Tras los pasos de Ramón Cardeña y Gallardo

En estos días he estado en Madrid consultando el Archivo Histórico Nacional a propósito de mi proyecto sobre la reforma de cofradías del siglo XVIII, pero también el Archivo General de Palacio Real, cuya puerta vemos en la imagen, siguiendo los pasos de un particular personaje de finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX: Ramón de Cardeña y Gallardo.

Archivo General de PalacioApodado el “cura bonito”, Cardeña era en efecto un clérigo. Nacido en la villa de Xalapa de la Feria allá por agosto de 1769, era hijo de la familia de los únicos escribanos (notarios diríamos hoy) de ese lugar. Criollo pues de una familia de regular condición, como muchos otros acudió a la capital del obispado, Puebla de los Ángeles, para estudiar en el seminario diocesano. Inició pues una carrera clerical clásica, que debía llevarlo a hacer estudios universitarios, obtener algún grado y luego ir concursando por beneficios eclesiásticos, curatos o canonjías sobre todo. Pero no, Ramón Cardeña no quiso seguir todo ese largo proceso, y hacia 1796, cuando tenía unos 27 años máximo, era sólo un bachiller y cura interino de Acatzingo, dejó todo y se embarcó rumbo a la Península Ibérica.

Fue en Madrid, cómodamente instalado en la Corte de Carlos IV, donde realmente hizo su carrera. Residió aquí entre 1796 y 1802, seis años más o menos. Aquí logró sus dos cargos más importantes (únicos de hecho) que ostentaría el resto de sus días, hasta su muerte en 1820: capellán de honor honorario de Su Majestad y canónigo de gracia de la Catedral de Guadalajara de Indias, obtenidos ambos en 1798, después de sólo 2 años de residencia en la capital de la monarquía hispánica. Cardeña, por cierto, es un personaje ya conocido de la historiografía mexicanista. Ha sido citado sobre todo porque a principios de 1812 encabezó en su natal Xalapa una junta secreta (que no lo fue por mucho tiempo, pues en una villa de esa época no es que fuera fácil guardar algo en secreto), que ha sido considerada una de las primeras sociedades masónicas de la Nueva España, con contactos con los insurgentes de la región.

El canónigo fue juzgado por ello de manera conjunta por la vía civil y eclesiástica, y luego por la Inquisición, entre 1812 y 1815 al menos. Es igualmente conocido por haber sido amante de la célebre María Ignacia Rodríguez de Velasco, la “güera Rodríguez”, denunciado por su esposo en 1802, cuando se había detenido en la Ciudad de México de camino a tomar posesión de su canonjía tapatía. Si tales fueron los “méritos” por los que ganaría fama, y que ameritan y han ameritado bien la atención de los historiadores, su “carrera profana”, por así decir, es bastante más extensa. Lo más claro en él, por supuesto, es la movilidad. El Concilio de Trento desde el siglo XVI había impuesto a los eclesiásticos la residencia, la vida sedentaria, como una de sus principales características.

En principio debía acabar con los clérigos vagabundos, con los que hacían vida cortesana, en lugar de atender a los fieles. Pero justo Cardeña era un clérigo cortesano, que hacía todo lo posible para excusarse del coro de la Catedral que debía servir, y que terminó por fugarse de vuelta a la Corte entre 1808 y 1812. Sin duda pues, esos seis años que pasó en Madrid, “atendiendo en el cuarto de Sus Majestades”, según dijo en alguna ocasión, fueron decisivos. ¿Qué mejor pues, para entender bien a este personaje que acudir al Palacio Real donde inició sus andares? Fue aquí, en Madrid, donde se ganó el apodo de “cura bonito”, donde sus enemigos (los inquisidores en particular) señalaban que había tenido la protección del mayordomo mayor Manuel Mallo y Quintana, donde el padre Servando Teresa de Mier lo había conocido (“mientras se afeitaba y peinaba”, por supuesto) cómodamente instalado.

Empero, el inquieto Cardeña dejó poca huella en el archivo palaciego. Su expediente personal, incompleto, se forma apenas de los documentos indispensables para su presentación como capellán de honor. Uno no puede evitar sonreír con el oficio firmado por el Cardenal de Sentmanat, Patriarca de Indias y vicecapellán mayor del rey, quien lo presentó en enero de 1798 alegando “sus particulares servicios, instrucción y literatura”. Fue pues, capellán real desde mayo de ese año, sin embargo, no aparece en el registro de tomas de juramento de los capellanes, ni en el de pagos por sus servicios, ni tampoco, en fin, en el del bolsillo secreto de la Casa Real, de donde hubiera podido llegarle alguna limosna. La ausencia es significativa: era capellán de honor del rey, pero en realidad no parece que hubiera conocido con frecuencia la Real Capilla.

La duda persiste sobre cómo, y en particular, de qué vivía Ramón de Cardeña y Gallardo durante su estancia en la Corte, misma que me llevará seguramente a los archivos notariales de Madrid en la siguiente estancia por estos rumbos. A cambio, ha sido muy instructivo conocer a otros de sus compañeros capellanes de honor de Carlos IV. Hubo otros americanos, como don Mateo Gelder y Bolívar, caraqueño, o don Ignacio O’Farril, habanero, de familias de la más alta élite de sus respectivas regiones, y con una fama mucho más honorable que el libertino hijo de un escribano xalapeño, por así decir.

Entre los peninsulares, por supuesto destaca don Joaquín Lorenzo de Villanueva, quien luego sería uno de los grandes hombres del primer liberalismo español. Es asimismo interesante que poco antes de que Cardeña, eterno ausente de sus cargos, ingresara a la Capilla Real, en 1796 el Cardenal de Sentmanat se ocupaba de eliminar a los sumilleres de cortina con residencia en Madrid, justo para evitar que abandonaran las sedes de sus beneficios. En fin, paradójicamente, persiguiendo a Cardeña se me atravesaron documentos de reinados posteriores, y entre ellos de otro eclesiástico que hizo (él sí) carrera en Nueva España: Pedro José de Fonte, arzobispo emigrado de México, quien cerró su trayectoria de lealtad a la Corona como Patriarca de Indias y vicecapellán mayor de Isabel II de 1837 a 1839. Activo hasta el final, preparó incluso una reforma de la planta de la Capilla Real, que veremos en algún otro artículo de este blog.

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