Tras los huesos del obispo

DSCF9587En septiembre de 1679, el padre Sebastián Morillo se convirtió en sacristán mayor de la Catedral de Guadalajara. Esto es, él se ocupaba del cuidado de todos los ornamentos, imágenes y todo lo necesario para el culto de la principal iglesia de ese extenso obispado que era entonces el del “Nuevo Reino de Galicia, León, provincias de Nayarit, Californias y Coahuila”. Como él mismo afirmó, “entre las alhajas” que ahora custodiaba una no menor era ni más ni menos que un cuerpo incorrupto, es decir, sin duda (aunque no para esas fechas no podía decirse cabalmente sin declaración pontificia previa) el cuerpo de un santo: el del tercer obispo de la diócesis, Francisco Gómez Mendiola y Solórzano, quien había gobernado la diócesis un siglo atrás, entre 1571 y 1576.<br />Hombre responsable, todo parece indicar que examinó con detalle todo lo que ahora estaba a su cargo, encontrándose que al cuerpo episcopal le faltaban la mano derecha y el brazo izquierdo, lo que denunció ante su prelado, quien de inmediato mandó hacer una revisión detallada a su provisor, la cual confirmó que le faltaban “ambas manos, menos un dedo que apareció envuelto en un papel y asimismo los dedos pequeños de los pies, que pareció estar arrancados”, salvo uno que había sido directamente cortado con cuchillo, y del brazo izquierdo le faltaba un hueso, el que hoy llamamos radio. Se inició entonces, entre el 26 de septiembre y el 22 de octubre de 1679, una averiguación para encontrar las manos, brazo y dedos perdidos por monseñor Gómez Mendiola.

El provisor, licenciado Baltazar de la Peña y Medina, interrogó infructuosamente a 13 testigos, tratando en primer término de averiguar en qué momento habían sido arrancadas esas partes del cuerpo del obispo. Si el intento falló, en cambio las declaraciones nos dan varias noticias interesantes de la forma en que los habitantes de la Guadalajara se relacionaban con lo sobrenatural, de manera muy cotidiana cabe decir. En efecto, lo primero que salta a la vista es que ese “venerable cuerpo”, revestido completamente de Pontifical desde la mitra hasta las medias y los guantes (al que los sacristanes y sus ayudantes aseguraron nunca haberle visto los pies), cubierto por un velo de manera permante, reservado en un cajón en la peana del altar de Nuestra Señora del Rosario, cabecera de la nave de la Epístola de la Catedral, oficialmente pues, separado del mundo, estaba en contacto cotidiano con los fieles. Así es, las reliquias del que los tapatíos consideraban ya un santo, aun sin el reconocimiento de la Santa Sede, estaban ahí obrando milagros entre ellos.<br />El cajón en realidad se abría con harta frecuencia, a solicitud de casi cualquier particular, pero sobre todo de clérigos, monjas y personas “de distinción” como se decía en la época. Buena prueba de que no se trataba de un práctica “popular”, las élites eran las primeras que trataban de acercarse a ese cuerpo sagrado: en los últimos años dos presidentes de la Real Audiencia, uno solo y otro con todo su séquito de pajes; una novicia a punto de profesar, hija de un notable local, acompañada de otras damas; y “otras personas forasteras” que los sacristanes no pudieron siquiera recordar por sus nombres, habían estado en contacto con la reliquia. El sacristán interino Lic. Francisco Rada Capetillo, quien había ocupado el cargo sólo cuatro meses, recordó haber abierto el sepulcro en tres ocasiones, ante un mercedario, un jesuita y “otros hombres del Real de Sombrerete”. Podríamos pensar con que les bastaba contemplarla, pero no es tan seguro: un anciano exmonaguillo de la Catedral aseguraba que en su juventud el cuerpo sin duda que tenía manos, pues “le besó muchas veces”.

FcoGomezdeMendiolaLos sacristanes además, no sólo abrían el cajón, sino que ellos mismos sacaban alguna reliquia para auxiliar a otros seglares. Así es, aunque únicamente reconocieron que había sucedido cuando eran sacristanes los ya entonces fallecidos Lic. Felipe López del Carpio y padre Benito Pérez de Estrada. Este último habría llevado los guantes del obispo, mientras el primero uno de sus dedos, en ambos casos para auxiliar a mujeres con dificultades de parto. En torno al dedo arrancado por López del Carpio corrían varios rumores: que de hecho había sido hurtado y que él había logrado recuperarlo, o que él mismo se lo había llevado a su casa y en su lecho de muerte había encargado su entrega al sacristán menor. Como sea, los sacristanes eran así los primeros promotores de la causa del prelado contribuyendo a la generación y difusión de sus reliquias, que por supuesto ellos mismos consumían. Mientras López del Carpio mantuvo en su casa un dedo, Rada Capetilo había aprovechado su cargo para donarle una nueva casulla al cadáver –pues si éste se mantenía incorrupto, no así sus ornamentos, ya algo apolillados–, donación que hizo a cambio de la casulla vieja “para enterrarse con ella”.

Los interrogatorios nos indican que en el altar de la Virgen del Rosario de la Catedral no sólo el cuerpo de monseñor Gómez Mendiola obraba milagros: una imagen del Niño Jesús había sudado unos años antes de que todo esto sucediera y, acaso para ver si no había por ahí alguna causa física para ello, el provisor mandó abrir solemnemente la peana, lo que a su vez generó el milagro más clásico de los obispos de Guadalajara: el giro de sus sombreros. El de Gómez Mendiola se hallaba colgado en la cornisa por encima del altar, y no cesó en sus “grandes movimientos” hasta que se hubo depositado de nuevo el cuerpo de su dueño en su lugar de reposo.

Los habitantes de Guadalajara contemplaban y se apropiaban de las reliquias de un venerable, pero no por ello escucharon las advertencias de su sucesor en turno, el Dr. Juan de Santiago de León y Garavito, quien para respaldar a su provisor debió lanzar un anatema (como el que vimos en este blog la semana pasada) para tratar de obtener la devolución de las manos, brazo y dedos de los pies de Gómez Mendiola. La excomunión y todas las maldiciones del salmo 108 de la Vulgata, no fueron suficientes para que los tapatíos se desprendieran de esos fragmentos de lo sagrado.<br />Toda esta información la hemos tomado del testimonio de la causa formada para pedir la beatificación del obispo, remitida al Consejo de Indias en 1715, y que se encuentra hoy en el Archivo General de Indias, sección Guadalajara, legajo 222. El retrato del obispo está tomado de la página web del Semanario de la Arquidiócesis de Guadalajara.

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