Transformaciones de la fe católica en el siglo XIX

148Philippe Boutry, Prêtres et paroisses au pays du curé d’Ars, Paris, Éditions du Cerf, 1986, 706 pp.

A pesar de las más de dos décadas que han pasado desde su publicación, esta obra magistral del Dr. Philippe Boutry, profesor de la Universidad Paris I Panteón-Sorbona y director de estudios de la Escuela de Altos Estudios de Ciencias Sociales de París, parece haber encontrado un eco más bien limitado en el mundo hispánico. A título personal me ha parecido, desde la primera vez que tuve la oportunidad de leerla, una obra particularmente rica y que hace reflexionar sobre muchos temas. Por ello, ahora que es casi el segundo aniversario de este blog, creo conveniente dedicarle este modesto espacio a la difusión de su contenido, que me parece se revelará al lector como harto interesante, no sólo para conocer un poco de la vida parroquial francesa decimonónica, sino incluso para pensar la historia del catolicismo del mundo hispánico.

La obra está estructurada en tres partes, que van guiando al lector por los cambios en la cultura religiosa francesa, la del país de Ain en particular, donde desarrollara su labor pastoral San Juan María Vianney, el cura de Ars. Ahí donde al principio la fe católica era un “hecho de mentalidad” firmemente asentado en unas tradiciones centenarias y en la unanimidad de la parroquia, a la que se pertenecía de manera casi natural, la modernidad se va introduciendo por las vías a veces más inesperadas, para fracturar esa unidad y hacer de la fe un asunto de opinión, es decir, de creencia individual y de progresiva polarización política.

Así, en la primera parte de la obra el autor nos muestra en principio cómo la fe estaba firmemente asociada a “l’esprit de clocher” (“espíritu de campanario”, literalmente, al orgullo localista digamos) y a la ruralidad. Ésta se va modificando por la introducción de la modernidad en los más diversos ámbitos. Modernidad política que abre la puerta a nuevas ideas liberales; modernidad urbana que desgasta el modo de vida rural; modernidad demográfica que, con el éxodo a las ciudades, relativiza la importancia de la pertenencia a la comunidad; modernidad agrícola que trae consigo la formación de nuevas formas de sociabilidad en el campo; modernidad industrial que va formando una nueva clase, la obrera, que se revela pronto difícil de encuadrar en la parroquia, y modernidad en las comunicaciones, en fin, que intensifica la circulación. Mas la modernidad entra también por el paisaje parroquial, en principio, con el gran auge de la construcción y reconstrucción de iglesias propio del siglo XIX. Toda una generación de verdaderos “clérigos albañiles” (y de feligreses orgullos de ver levantarse sus nuevas iglesias parroquiales) se lanzan a la renovación de sus templos, eliminando a veces muchos de sus elementos más tradicionales, en beneficio de un nuevo gusto estético: el del neoclásico primero, pero sobre todo el del neogótico en la segunda mitad del siglo. En segundo lugar, la modernización del paisaje parroquial tiene lugar a través de la apertura de cementerios fuera de las ciudades. “Necesidades demográficas” y “preocupaciones higiénicas” llevan a la reorganización del ordenamiento de los vivos y los muertos, marcada por la preocupación por la “decencia”. Una decencia que va asociada a la separación de los vivos, y a la monumentalización del espacio funerario, y que progresivamente rechaza las antiguas divisiones, de fundamento religioso. Y sin embargo, es una reorganización muchas veces impulsada, aquí también, por los propios clérigos.

En la segunda parte, es el clero mismo, o mejor dicho la “sociabilidad clerical”, la que se renueva. El profesor Boutry nos presenta así una verdadera historia de la construcción clericalismo, del sacerdote como “separado del mundo” y superior a éste. Renovación que tiene los aspectos más diversos: nuevos orígenes, pues los clérigos, antaño nobles, pueden ahora ser hijos de campesinos; nueva formación, a veces más bien de combate, en medio del surgimiento de una nueva apologética y del ultramontanismo; una nueva imagen (sotana, alzacuellos, sombrero triangular). Necesariamente, además, una nueva “carrera clerical”, condicionada por el Concordato de 1801 entre Francia y la Santa Sede, que vio desaparecer definitivamente el sistema beneficial, ya destruido en parte con la Revolución, para sustituirlo con el financiamiento por el Estado. Se trata ahora de una carrera marcada por una jerarquización entre párrocos y vicarios (“desservants”), todos bajo una autoridad episcopal reforzada, acusada incluso de ser “tiránica”, y que llegará incluso a generar tensiones en el seno del clero. Renovación de la relación pastoral, disminuida por la desaparición de buena parte de su componente económico (sustituido por el presupuesto de Cultos), y marcada en cambio por los ideales de la santidad personal del clero y por su capacidad para desarrollar estrategias para afrontar y servirse de los “humanos respetos” que tanto importan en la vida rural. El éxito, estará marcado entonces por la conversión siempre unánime de la parroquia, cautivada por su párroco, mientras los criterios del fracaso se modifican de manera importante a lo largo del siglo: pasan de las exigencias religiosas por un buen cura, a las políticas de un cura que acepte su limitación al ámbito religioso.

Finalmente, en la tercera parte, se examinan los cambios de la propia mentalidad religiosa, con sus creencias, sus prácticas, sus sacramentos. El autor dedica un amplio y muy bello capítulo al tema de la confesión, su ritual, su lugar en la parroquia, sus espacios, sus debates morales y sobre todo y cada vez más, políticos. Asimismo, nos encontramos conflictos entre viejos comportamientos que el renovado clero se muestra reticente a aceptar, así fuera por “humanos respetos”. Mas la vida religiosa decimonónica abunda en temas interesantes que el autor nos muestra con detalle para el caso francés: la modificación en la geografía de los santos, la introducción de nuevas devociones y de nuevas apariciones marianas (Lourdes la más importante), la nueva circulación de reliquias de santos procedentes de las catacumbas romanas y la renovación de la liturgia en torno al rito romano, por sólo citar los más notorios. En fin, “la herejía”: el protestantismo y el ateísmo, llegan incluso a convertirse en arma de presión de los feligreses contra sus párrocos.

Todos estos cambios, nos muestra el autor, hacen “estallar” las parroquias rurales en la segunda mitad del siglo, convirtiéndola en “el cuadro colectivo de devociones individuales”, además de campo de batalla de una polarización constante entre opiniones religiosas opuestas.

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