Tradición y reforma de la Iglesia hispanoamericana

Mi colega el Mtro. Sergio Rosas Salas me ha enviado esta reseña para publicarla aquí. Desde luego le agradezco mucho el interés de contribuir con este blog.

Francisco Javier Cervantes, Lucrecia Enríquez y Rodolfo Aguirre (coords.), Tradición y reforma en la Iglesia hispanoamericana, 1750-1840, Puebla y Santiago, Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades-Benemérita Universidad Autónoma de Puebla/ Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación-Universidad Nacional Autónoma de México/ Centro de Estudios Bicentenario, 2011, 402 pp.

Sergio Francisco Rosas Salas 

Tradición y reforma… ofrece una visión comparativa de la historia de la Iglesia católica en las naciones hispanoamericanas, subrayando las problemáticas comunes. Desde esta perspectiva, el libro tiene como objetivo analizar la forma en que diversos actores y corporaciones eclesiásticas enfrentaron las reformas borbónicas, las independencias y las primeras décadas republicanas. Así, busca comprender hasta qué punto se modificaron las relaciones entre Iglesia, poder civil y sociedad con la consolidación de los Estados americanos, y la adecuación del clero a la nueva realidad.

Los primeros 4 artículos se concentran en el papel tradicional y las iniciativas de reforma que vivieron los regulares. David Carbajal demuestra que a pesar del embate reformista en su contra, los conventos de Orizaba vivieron un crecimiento notable entre 1780 y 1830, posible porque los frailes establecieron una estrecha relación con las corporaciones y los vecinos locales. Frente al proyecto centralizador de los obispos poblanos, quienes además de reformar la vida común buscaban fortalecer su autoridad, los conventos de la villa consiguieron ligarse a las elites locales gracias a su utilidad pública –fomentaban la educación y administraban el pasto espiritual a los parroquianos– y a la implantación de nuevas formas de piedad. Gracias a ello, los frailes pudieron asegurarse una posición privilegiada trastocada sólo por las disposiciones radicales del Congreso de Veracruz, que en 1834 declaró la supresión de conventos.

Lucrecia Enríquez analiza la reforma de regulares decretada por Bernardo O’Higgins en diciembre de 1818, que a partir de una atribución unilateral del Patronato buscaba devolver a los frailes a la clausura, limitar el número de novicios, formarlos bajo un concepto de utilidad pública y fortalecer la autoridad episcopal ante la lejanía con Roma. En agosto de 1824, O’Higgins puso a los regulares bajo autoridad del diocesano, siendo reformados al mes siguiente de forma unilateral. Así, muestra que la iniciativa reformista conllevó al fortalecimiento episcopal en la Iglesia chilena y la atribución del patronato a la república, utilizando como argumento la lejanía con Roma. En un caso similar, Elizabeth Hernández analiza la reforma de regulares de 1826 en Perú, a partir de su aplicación en Paita. Al estudiar la supresión del convento de La Merced encuentra que la reforma ensayada en Perú fue resultado de una atribución unilateral del patronato por parte del poder civil. Asimismo, un objetivo central era la desamortización de los bienes eclesiásticos en beneficio del erario público. La entrega del convento al párroco de Paita en 1830 demuestra un fortalecimiento del obispo y un triunfo del poder civil, en clara continuidad con las políticas borbónicas. Por último, Alicia Fraschina analiza las reformas en los conventos femeninos bonaerenses: Santa Catarina y El Pilar. Dado que en ambos se practicaba la vida común, su reforma buscó exclaustrar a las monjas, utilizar sus bienes en beneficio del Estado y centralizar la Iglesia diocesana bajo la autoridad del ordinario.

En conjunto, estos artículos subrayan los fuertes vínculos entre los conventos y los fieles en las poblaciones en que radicaban, el consenso local –no siempre compartido por las élites nacionales– en torno a su utilidad gracias al pasto espiritual y la educación, y las duras críticas que los religiosos enfrentaron por parte de ilustrados y liberales. Asimismo, subrayan que la reforma de regulares resultó en un fortalecimiento del poder civil, y que las políticas que las jóvenes repúblicas americanas aplicaron al clero regular eran una continuidad del reformismo borbón, que insistió tanto en la utilidad de los regulares tanto como en el fortalecimiento episcopal. Particularmente en la década de 1820, el ejercicio unilateral del patronato rompió los fuertes vínculos que unían a las elites locales y a los conventos, aunque el caso de Orizaba desafía esta conclusión general. En ese sentido, Tradición y reforma… demuestra las continuidades en torno a la política eclesiástica de parte del episcopado y el poder civil entre 1750 y 1850.

La segunda parte, conformada por 5 artículos, analiza el papel del clero secular en los cambios sociales y políticos del periodo. Se trata de la sección del libro más dedicada en México, mostrando el auge que ha cobrado el estudio del clero secular en la historiografía del país. A partir de los casos del arzobispado de México, los obispados de Puebla y Michoacán y la jerarquía eclesiástica vasca, la sección subraya el papel de los obispos y los párrocos como modernizadores del clero a través del impulso de medidas utilitaristas como la educación y la castellanización, el mayor control sobre cofradías, el fortalecimiento del clero secular frente a otras corporaciones eclesiásticas, su politización a partir de la insurgencia, las dificultades (y bondades) de la carrera eclesiástica y la dura presión fiscal que enfrentó por parte del poder civil. En suma, los trabajos muestran que el clero secular enfrentó las reformas borbónicas a la defensiva contra la presión fiscal y el acotamiento de sus ingresos y privilegios, y al mismo tiempo impulsó una mayor presencia social e incluso política en aspectos como la educación y la atención pastoral.

María Teresa Álvarez Icaza analiza la secularización de doctrinas en el arzobispado de México durante la gestión episcopal de Manuel Rubio y Salinas, a quien considera el impulsor de la modernización eclesiástica por la secularización, la vigilancia de las cofradías y la fundación de escuelas para castellanizar a los indios. A partir de ello, la autora encuentra una temprana aplicación de la política borbónica, impulsada por los mismos prelados, quienes vieron así fortalecida su posición central en la Iglesia diocesana. Por su parte, Rodolfo Aguirre sigue a los párrocos del arzobispado durante la insurgencia, mostrando que ésta produjo el reconocimiento del papel fundamental de los curas como líderes locales –algo que habían combatido las reformas borbónicas–, al tiempo que politizaban al clero al insistir en que predicara contra la insurgencia e informara acerca de sus posiciones. Como subraya Aguirre, este caso demuestra que los curas rechazaron la violencia siguiendo su formación teológica: más que filiación ideológica se asumieron pastores de sus comunidades.

Francisco Javier Cervantes analiza las rentas decimales del obispado de Puebla durante la primera mitad del siglo XIX. Retrata el proceso de desterritorialización de la diócesis como producto de la caída de la recaudación decimal y la formación de nuevos territorios, que desplazaban la centralidad de la ciudad episcopal. Mostrando la paulatina caída en los ingresos episcopales, el autor sostiene que la desintegración territorial diocesana se debió a la suspensión de flujos monetarios decimales. Al caer el diezmo los ingresos de la jerarquía eclesiástica se derrumbaron, por lo que el clero poblano perdió, asimismo, su posición social privilegiada. Por su parte, Moisés Ornelas analiza las dificultades para la provisión de curatos en la diócesis de Michoacán durante los 1820, debido a la sede vacante y a la falta de lineamientos claros para proceder ante el fin del patronato. Para el autor, la falta de titulares en las parroquias fue el mayor problema de la diócesis, pues así como los feligreses no recibían pasto espiritual, los sacerdotes no tenían estímulos en su carrera eclesiástica. Si bien el problema fue paliado con la ley de provisión de interinatos en mayo de 1829, ello no significó el fin de la discusión en torno al patronato y no pudo ofrecer beneficios titulares. Así, Ornelas llama la atención acerca de una temática poco explorada por la historiografía.

Por último, Andoni Artola analiza el cambio de perfiles políticos y sociales de los eclesiásticos seculares vascos. A través de un estudio prosopográfico, sigue la carrera eclesiástica de un sector del clero español entre las décadas de 1750 y 1840. Sus resultados emparentan su trabajo con el ya clásico El Púlpito y la plaza: durante este periodo, la jerarquía eclesiástica se fortaleció como ilustrado, interesado en la instrucción y la mejora urbana, para insistir a partir de 1808 en sus servicios a la Corona como argumento para solicitar nuevas prebendas. Así, poco a poco surge un nuevo clero secular, más pobre, local y eficiente, pues la carrera eclesiástica deja de ser atractiva para las grandes familias. En conjunto, esta sección del libro retrata las transformaciones y continuidades de un clero secular asediado por las reformas, la insurgencia y la república, que al mismo tiempo cambia su papel social al convertirse en proveedor del pasto espiritual en la república, y en impulsor de iniciativas ilustradas.

En la tercera parte del libro, 4 artículos exploran la relación de la Iglesia con la Corona y la república. Irma Leticia Magallanes analiza la situación del obispado de Nueva Vizcaya a fines del XVIII, así como la aplicación de las reformas borbónicas en la diócesis. Caracteriza una mitra marcada por la dispersión poblacional y su carácter de frontera, que debido a la expulsión de los jesuitas en 1767 perdió su cobertura misionera y educativa. Además de subrayar la importancia de la Compañía –y del colegio de Propaganda Fide de Guadalupe– en la atención de las misiones norteñas, la autora considera que los obispos duranguenses fungieron como ejecutores de las reformas carolinas. Por ello, sostiene, colaboraron en la reorganización parroquial, la desmembración de la diócesis y la recaudación tributaria a favor de la Corona.

Juan Bosco Amores y Consolación Fernández ofrecen un novedoso artículo acerca de la Iglesia cubana entre 1760 y 1830. Sostienen que fue durante la segunda mitad del siglo XVIII cuando se consolidaron las estructuras diocesanas. Prestan atención a la labor educativa, a la distribución territorial de la que hasta 1789 fue una sola diócesis con sede en Santiago y a la labor de los obispos. Revisan las gestiones episcopales de la isla, destacando el afán reformista de los mitrados –siempre en la clave de la utilidad pública–, destacando la labor reformadora del clero y el seminario de los obispos Joaquín de Osés y José Díaz de Espada, mitrados de Santiago y La Habana en el primer tercio del siglo XIX. Así, a la par de una Iglesia afincándose en la sociedad cubana, los autores muestran la praxis diocesana de un modelo episcopal ilustrado y reformista.

Elisa Luque ofrece una síntesis acerca de los concilios provinciales en América Latina, preguntándose el grado de control que el Estado tuvo sobre estas asambleas eclesiales. Tras reseñar los tres ciclos conciliares: el tridentino, en el siglo XVI; el ilustrado, en los años de las reformas borbónicas, y el del Vaticano I, en la segunda mitad del XIX, La autora sostiene que los ordinarios actuaron como hombres de Iglesia, promoviendo la formación del clero, una mejor vida cristiana, y medios para defender la posición de la fe y la religión ante el poder civil, sorteando su presión. Por último, Natalia Arce ofrece una revisión de la reciente historiografía religiosa argentina.

Esta sección demuestra que no podemos hablar más de una Iglesia, un Estado o una sociedad monolítica. También revela las dificultades del poder civil y el religioso para adecuarse a las nuevas circunstancias políticas, la importancia de la reforma del clero para crear una nueva Iglesia diocesana, y subraya la búsqueda de la Corona y/o el Estado por controlar a las corporaciones eclesiásticas. Así, Tradición y Reforma representa un logrado esfuerzo historiográfico para conocer el papel de los actores y las corporaciones eclesiásticas en Hispanoamérica durante el tránsito de la Monarquía Católica a las repúblicas católicas. Revisa los afanes del clero por mantener su posición central en el entramado social y por encontrar un nuevo lugar frente el Estado y en la sociedad. Demuestra, asimismo, la historia compartida de los países de la región desde la temática religiosa, y resulta una valiosa invitación para pensar la historia del trinomio Iglesia-Estado-sociedad en una perspectiva que supere fronteras nacionales y se centre en las problemáticas comunes.

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