Todos Santos y Fieles Difuntos

Después de la Semana Santa y el Corpus Christi, las solemnidades de Todos Santos (1o. de noviembre) y Fieles Difuntos (2 de noviembre) eran sin duda de las más espectaculares del catolicismo del Antiguo Régimen. Como en aquellas grandes ocasiones, los habitantes lo mismo de las parroquias modestas, como de las ciudades sede de las grandes catedrales eran testigos de un similar despliegue de todos los recursos característicos de las pompas barrocas. Recursos dedicados a celebrar dos de los principales dogmas del catolicismo de la época, relacionados con la geografía del más allá dibujada definitivamente por el Concilio de Trento frente a los cuestionamientos protestantes. Me refiero desde luego a la intercesión de los santos en el Cielo, y de los vivos por las almas de los difuntos residentes en el Purgatorio.

Allá por 1563, Cielo y Purgatorio, santos y ánimas habían sido los temas de la sesión XXV del Concilio de Trento, de la que salieron dos sendos decretos. Uno afirmaba sin lugar a duda que los santos “reinan juntamente con Cristo, ruegan a Dios por los hombres, que es bueno y útil invocarlos humildemente y recurrir a sus oraciones, intercesión y auxilio”, especialmente venerando sus reliquias y honrando sus imágenes. El otro afirmaba también “que hay un Purgatorio y que las almas retenidas en él reciben alivio con los sufragios de los fieles”. Se dibujaba así la comunión de oraciones y de mutuas intercesiones entre la Iglesia triunfante, la Iglesia terrenal y la Iglesia purgante sobre las que se asentaba algo tan fundamental entonces como la economía de la salvación, no sólo de cada individuo en particular, sino de la comunidad en su conjunto, desde los pueblos hasta los reinos e imperios, aunque sin duda con un énfasis particular en la comunidad local.

En efecto, ambas fiestas destacaban entonces y hasta hoy conservan sobre todo su aspecto de identidad entre los miembros de una misma parroquia, de una misma familia o corporación, fueran celestiales o purgantes. Una misma comunidad, una Iglesia en el mejor de los sentidos, que se reunía en una iglesia, es decir, en un templo, fuese capilla, parroquia o catedral. Ahí estaban reunidos juntos para la ocasión, los fieles terrenales y la manifestación sensible de los habitantes del más allá. Digo manifestación sensible, porque es bueno recordar, como he insistido en más de una de estas entradas, que las fiestas del catolicismo del Antiguo Régimen se distinguían precisamente por eso, por impresionar a los sentidos para mover a la devoción.

Así, la del 1o. de noviembre, era una fiesta ante todo para la vista. Los fieles asistían a contemplar y venerar las reliquias de sus santos, tesoro fundamental de los templos de antaño. Reliquias formadas normalmente por huesos o cráneos, enteros o en fragmentos, colocados en suntuosos relicarios, y acompañadas para la ocasión por cirios y velas en testimonio de adoración. Las de la Catedral de la Ciudad de México, se concentraban en la capilla del Santo Cristo, donde para esta fecha y durante toda la jornada “se descubren y exponen” y a donde acudía en solemne procesión el cabildo de canónigos de la Catedral. Cabe decir que no sólo los santos habitaban el cielo, sino también, por ejemplo, las almas de los párvulos, es decir, los niños muertos después de bautizados, cuya memoria se sigue recordando incluso en nuestros días en esta fecha. El 2 de noviembre, empezaba en cambio como un espectáculo sonoro: orando por las almas de los difuntos las campanas de todas las iglesias comenzaban a doblar apenas terminado el oficio de la tarde (el de vísperas) y hasta el toque de queda (9 ó 10 de la noche) para reanudar al alba del día siguiente durante todo el día. Pero a pesar de su indudable resonancia, los dobles no eran lo esencial de la jornada, sino la procesión por los difuntos, amplio despliegue de recursos visuales y sonoros que recorría y santificaba el espacio común de vivos y muertos, recordando su organización jerárquica.

Procesión fúnebre, los colores negro y morado de los ornamentos contrastaban con los cirios y velas que acompañaban a los procesionantes. La ceremonia debía comenzar ante el lugar que concentraba la mayor sacralidad: el altar mayor, frente al cual debía colocarse una tumba rodeada de cirios. En las catedrales, se posaba sobre ella la mitra episcopal. Se entonaba entonces un primer responso, por las almas de los sacerdotes, para luego comenzar la procesión propiamente, deteniéndose en otros cuatro puntos principales del edificio: los franciscanos por ejemplo, debían hacer estación en las cuatro esquinas de sus claustros, los canónigos de la Catedral de México las hacían en las dos naves laterales, en el cementerio y en la capilla de las Ánimas. En cada punto se asperjaba con agua bendita, particularmente las capillas donde había tumbas y los cementerios, ubicados entonces en los atrios, y se cantaban otros tantos responsos, cuyo orden variaba según el caso, pero que incluían oraciones por los difuntos miembros de la corporación (nostrae congretationis frates), por los antepasados (parentum nostrorum) y por todos los fieles difuntos.

Ejercicio piadoso que debía mover a la conversión, como lo recordaba el responso principal del día (“Libérame Señor de la muerte eterna…”), los clérigos y otras autoridades de la época no pudieron evitar, o lo hicieron no sin dificultades, que esa convivencia entre vivos y muertos tomara un aspecto festivo. Así era en buena parte del mundo hispánico y en general en el mundo católico del Antiguo Régime. Sólo por citar un caso entre los más conocidos, el que cita el profesor Juan Pedro Viqueira en su obra Relajados y reprimidos (FCE, 1987, pp. 156-158) en la ciudad de México: el cementerio del hospital de Naturales a donde la Real Audiencia tuvo que prohibir la introducción de bebidas embriagantes y cuyos administradores terminaron por cerrar las puertas cada 2 de noviembre. Así, las fiestas del 1 y 2 de noviembre realizadas en tierras novohispanas, se inscribían sin duda en el marco que les dio origen, la Reforma católica europea, con su intento de construir fieles devotos, pero sin poder imponer la separación radical entre sagrado y profano.

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