Tiempos de conventos

Desde mi muy particular punto de vista, la historiografía española sobre la Iglesia católica, siendo muy abundante, suele ser muy desigual y muy dispersa. Desigual, por la amplia presencia de una historiografía eclesiástica muy tradicional, y de una historiografía universitaria a veces extremadamente local. Dispersa, por el infinito laberinto de revistas y casas de edición, desde las particulares de las instituciones religiosas hasta las de las universidades, pasando por autonomías, diputaciones provinciales e incluso ayuntamientos y fundaciones privadas que pueden generar obras, de interés sin duda, pero a veces extremadamente difíciles de encontrar. Pues bien, en ese marco, en estos últimos años pareciera que ha llegado el momento de generar síntesis amplias, lo cual es de agradecerse, no sólo por parte de los lectores españoles, sino también para quienes la Iglesia española es sin duda un referente fundamental, como lo fue para el caso de América Latina. Uno de esos esfuerzos es el de Ángela Atienza, quien publicó el año pasado (2008) la monumental obra Tiempos de conventos: Una historia social de las fundaciones en la España moderna, coeditada por Marcial Pons y la Universidad de La Rioja. En unas 590 amenas páginas, la profesora Atienza nos ofrece una valiosa síntesis del proceso de fundación de los más de 3 mil conventos que existieron en lo que hoy es el territorio español, fundados entre los siglos XV al XVIII.

En primer término es sin duda de agradecer una primera evaluación de las dimensiones de la fundación conventual. Es prácticamente un lugar común el tema de la España llena de conventos, la autora nos presenta aquí una bien informada y detallada descripción de su magnitud, distribución geográfica y entre las órdenes religiosas de la época. Asimismo, da cuenta de las contradicciones de su expansión, reflejadas en toda una literatura sobre el “exceso” de conventos, proveniente de las propias élites que los patrocinaban.

Enseguida, la autora profundiza en los principales actores de los procesos de fundación (capítulos 2 al 10): desde las “clases populares” hasta el rey, pasando por la nobleza titulada y no titulada, las mujeres, los clérigos y los concejos. La autora insiste en varias ocasiones, la fundación del convento no se debe sólo a intereses estrictamente religiosos, sino ampliamente seculares. En ese sentido, sigue una tendencia ampliamente generalizada entre la historiografía universitaria española, más bien interesada en la historia social que en la historia religiosa. Así, nos muestra de manera convincente que una fundación podía tener objetivos de propaganda o ser parte de las políticas de evangelización de los monarcas; podía también ser un elemento más en la carrera para obtener un título nobiliario, o una vía por la que el señor ya titulado o la élite de un concejo contribuía al renombre del señorío o de la villa, a la vez que una fuente de beneficios a distribuir entre los allegados (el entierro en las capillas conventuales y las dotes de las religiosas). Es particularmente interesante el caso de las mujeres, quienes en ocasiones fundan conventos donde ellas puedan retirarse, pero sin perder sus jerarquías seculares.

Estrategias familiares, nobiliarias, políticas regias y episcopales, y desde luego, políticas de expansión de las propias órdenes religiosas (capítulo 10, dedicado a la expansión de los capuchinos) se mezclaban en estas fundaciones. Por ello, no es tampoco de extrañar que los nuevos conventos generaran muchas veces conflictos en los cuales se llegaba hasta la violencia física, inclusive por parte de los propios religiosos. La autora recorre todo el catálogo de posibilidades, desde las disputas con un clero secular que veía peligrar sus rentas, hasta enfrentamientos locales que se reflejan en los procesos de fundación.

Ahora bien, aunque la profesora Atienza ha hecho un gran esfuerzo por mantenerse en los límites de la historia social, no pudo evitar el tema religioso en varias ocasiones. Los conventos, finalmente, estaban ahí en virtud de una expansión que tenía una clara imbricación con una religiosidad que hacía énfasis en la intercesión, en el buen ejemplo, en el culto de reliquias y de imágenes, en el tema del Purgatorio, todos ellos relacionados en mayor o menor medida con las órdenes. Sin duda, el entierro en una capilla conventual era un honor para una familia de la élite, pero sólo tenía sentido en la medida en que ese honor garantizaba también el acceso a las indulgencias de los religiosos, así como la entrada de una mujer de la familia en el claustro era una manera de ponerla a resguardo, pero no menos la obtención de una intercesora por su bienestar. Los conventos pues, eran un buen ejemplo de una complicada articulación entre lo sagrado y lo profano, bien vigente durante toda la época moderna hasta mediados del siglo XVIII.

En fin, no puedo evitar decir que sería deseable contar con una obra semejante para la Nueva España, donde la fundación de conventos, me consta, continuó hasta bien entrado el siglo XIX.

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