Testimonios de un pueblo cofradiero

Altar mayor de la iglesia parroquial de San Andrés Zautla, imagen tomada del blog  Colonialmexico

Altar mayor de la iglesia parroquial de San Andrés Zautla, imagen tomada del blog Colonialmexico de Richard D. Perry.

En la vasta masa de documentos que constituyen el Archivo General de la Nación (AGN), y a reserva de lo que en los últimos años se ha ido abriendo al público como grupo documental Indiferente Virreinal, existen apenas dos testimonios muy precisos de la vida cofradiera del pueblo de San Andrés Zautla, ubicado en el actual Oaxaca. Se trata de dos breves licencias que se encuentran en los libros del antiguo Juzgado de Indios, y que hoy forman el grupo documental de ese mismo nombre en el AGN, una data de 1694 (AGN, Indios, vol. 32, f. 217r) y la otra de 1718 (AGN, Indios, vol. 42, exp. 67, fs. 91r-91v).

Aunque hoy en día dicho pueblo es célebre por la fiesta del Dulce Nombre en enero, lo que sabemos es que a fines del siglo XVII y principios del siglo XVIII existían al menos tres cofradías: Nuestra Señora del Rosario, San Andrés y Santísimo Sacramento. En ese sentido, por esas devociones, era un pueblo “normal”, por así decir, del obispado de Oaxaca. Siendo una región donde la orden dominica llevó a cabo buena parte de la labor de evangelización, no es de extrañar que encontremos una cofradía dedicada a la principal advocación mariana promovida por esos frailes, y tal era el caso de la Virgen del Rosario. Tampoco es raro ver una cofradía dedicada al santo patrón del pueblo, un apóstol además, que hasta hoy se ve en el nicho central del altar principal de la iglesia parroquial. En fin, la del Santísimo es buen testimonio de que era una parroquia que seguía los grandes lineamientos del catolicismo a nivel global. Como se sabe bien, desde el siglo XVI esta cofradía se difundió por el mundo católico como un medio para sostener el culto a la Eucaristía, cuyo carácter de “presencia real de Cristo” había que realzar de manera sensible. Eran estas cofradías las que se ocupaban de pagar la lámpara de aceite que debía arder en permanencia ante los sagrarios, así como de organizar las festividades correspondientes, incluyendo la procesión por excelencia del catolicismo de los siglos XVI al XVIII, la del jueves de Corpus Christi. Así pues, lo que ya nos indican estas licencias, es que San Andrés Zautla era un pueblo con una vida festiva importante a lo largo del año: es bien posible que ya entonces se celebraran Corpus, entre mayo y junio porque es fiesta móvil, a la Virgen del Rosario en octubre y a San Andrés apóstol el 30 de noviembre.

En segundo lugar, las dos licencias nos hablan de cómo se organizaban esas cofradías. Es significativo que mientras las de Rosario y San Andrés actuaron a través de sus mayordomos, José de Arellano y Andrés Luis respectivamente, la del Santísimo fue presentada por el “común y naturales”, es decir, el pueblo de indios en conjunto. Es harto probable, por tanto, que mientras las primeras funcionaran como una responsabilidad individual, la del mayordomo, más o menos acompañada por algunos habitantes del pueblo (o incluso por todos), mientras que en realidad la del Santísimo bien podía haber sido el pueblo mismo. Hoy solemos imaginar cofradía como si fuera sólo un conjunto limitado de personas voluntariamente reunidas, como si fuesen las asociaciones de nuestros días. Entre los siglos XVII y XVIII no era raro ver algunas que prácticamente eran el resultado de un esfuerzo muy individual, y otras que al contrario se confundían con una comunidad completa. No es un asunto menor, toda vez que esa confusión fue justo la que denunciaron algunos magistrados y fiscales de la Corona a mediados del siglo XVIII y fue uno de los puntos de inicio de la reforma de cofradías.

AGN, Indios, vol. 42, f. 91v.

AGN, Indios, vol. 42, f. 91v.

En fin, de lo que más nos hablan las dos licencias es de los bienes de las cofradías. Solemos pensarlos como “bienes eclesiásticos”, a veces implicando que eran del clero. Y si bien es cierto que los párrocos intervenían en ellos, no dejaban de estar en buena medida bajo el control de los propios feligreses. Esto se nota de manera particular en estas licencias en que no aparece por ninguna parte una intervención clerical. Ahora bien, ¿qué tipo de bienes se trata? Tierras y ganado. En 1694 los mayordomos de las dos cofradías habían acudido a la autoridad del virrey para arrendar dos sitios de ganado que una cacica, doña María de San Pedro, les había dejado en su testamento. En 1718 el común y naturales obtuvo del virrey la licencia para usar una marca de hierro propia para el ganado que donaban a la cofradía del Santísimo y que vemos en la imagen. Esto es, al igual que en muchas otras regiones de Nueva España y del mundo hispánico, las cofradías poseían bienes semovientes, e incluso podían llegar a confundirse con ellos. Es importante advertir la diferencia entre arrendar o administrar el ganado. Las cofradías fueron acusadas constantemente de consumir su ganado en sus grandes banquetes festivos, sobre todo cuando los administraban por sí mismas. Uno de los grandes esfuerzos de los obispos de mediados y finales del siglo XVIII iría en el sentido de obligarlos a llevar una administración “ordenada” de esos bienes, es decir, llevando libros, registros, cuentas, etcétera. Algunso prelados convertían así la gestión cofrade en un asunto más de papeles, “burocrático” diríamos hoy. El arrendamiento, en cambio, ofrecía la ventaja de generar ingresos más consistentes y permanentes, desde luego, sería muy atrevido hacer más suposiciones a partir de estos dos breves documentos.

En cualquier caso, esas dos licencias nos ofrecen la oportunidad de pensar que las devociones y la organización cofradiera del pueblo de San Andrés Zautla tiene una historia; es decir, ha pasado por cambios como muestra la ausencia del Dulce Nombre en los documentos de esa época. Y asimismo, nos permite al menos imaginar que, como las de cualquier otro pueblo de la Nueva España y luego de México, vivían mezclando lo sagrado y lo profano.

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