Archivo de la etiqueta: Sumo Pontífice

A propósito de la encíclica Laudato Si’ del Papa Francisco

A continuación tengo el gusto de presentar la traducción de artículo breve de mi colega el Dr. Luis Martínez Andrade, sociólogo y militante ecosocialista, publicado originalmente en francés en la página de internet de la Liga Comunista Revolucionaria-La Izquierda de Bélgica. Agradezco al autor que me permita reproducirlo en esta página, cuyo interés es dar cuenta de la recepción de dicho documento pontificio por parte de los intelectuales militantes de izquierda.

Laudato Si'Bien recibida tanto por los iconos de la altermundializacion (como Naomi Klein) como por los teólogos de la liberación (Frei Betto, Leonardo Boff, Juan José Tamayo, entre otros), la encíclica Laudato Si’ (“Alabado seas”, encíclica del papa Francisco sobre el cuidado de la casa común, publicada el 24 de mayo de 2015) se ha convertido, para ciertos sectores de la sociedad, en una referencia insoslayable de la defensa de la naturaleza.

Según el filósofo y sociólogo marxista Michael Löwy, Laudato Si’ es una encíclica antisistémica, pues trae consigo, por una parte, una nueva interpretación de la tradición judeocristiana, y por otra, una reflexión radical sobre las causas de la crisis ecológica. Es cierto, la palabra capitalismo no aparece en la encíclica, pero la crítica del “modelo actual de desarrollo y la cultura del descarte” (n. 43), es clara. Más aún, el papa destaca el vínculo entre pobreza y destrucción ambiental. Por ello, escribe: “Pero hoy no podemos dejar de reconocer que un verdadero planteo ecológico se convierte siempre en un planteo social, que debe integrar la justicia en las discusiones sobre el ambiente, para escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres” (n. 49). Notemos pues que la crítica del sistema que realiza el papa Francisco a través de su última encíclica retoma ciertos elementos que sugieren un eco del discurso de los movimientos sociales del Sur global, tales como la opción preferencial por los más pobres, la defensa del bien común, o incluso la crítica del paradigma tecnocrático.

Para el teólogo brasileño Leonardo Boff, Laudato Si’ se inscribe en la línea de la Carta de la Tierra[1], en la medida en que, al promover la articulación entre justicia social y justicia ecológica, la encíclica retoma el paradigma holístico y relacional de la Carta. “Es por tanto necesario una preocupación por el medio ambiente unida a un amor sincero hacia los seres humanos, y a un compromiso constante por los problemas de la sociedad” (n. 91). Así, esta encíclica es más la expresión de una ecología integral que un documento ambientalista.

En cambio, el politólogo colombiano José F. Puello-Socarras sostiene la tesis de que la posición del papa no es anticapitalista, sino más bien cercana a la economía social del mercado – una variante del ordoliberalismo, es decir, la expresión de un pensamiento liberal que busca desarrollar un marco normativo donde el Estado intervenga de nuevo en la economía. En ese sentido, tanto la posición del actual pontífice de Roma, como la doctrina social de la Iglesia, procuran salvaguardar las bases del sistema capitalista.

Si bien Puello-Socarras no yerra del todo en su lectura de Laudato Si’, nos parece que deja de lado ciertos elementos importantes de esta encíclica. Me explicó. Primeramente debemos tener presente que el papa es el representante de un Estado (¡una monarquía absoluta!) y por tanto nunca va a redactar El libro rojo. En segundo lugar, aunque la encíclica se dirige “a todos los hombres de buena voluntad”, es evidente que sus principales interlocutores son los creyentes. Y en efecto, hay posturas muy reaccionarias en esta encíclica, tales como la estigmatización del aborto (n. 120 y 136) y de la teoría del género (n. 155). A estas posturas debemos oponernos sin la menor duda.

Desde nuestro punto de vista, el alcance de esta encíclica reside en el hecho de que pone en cuestión la lógica productivista del actual modelo de desarrollo (la agricultura industrial), la mercantilización de la naturaleza, la alianza entre la economía y la tecnología, el mito del crecimiento infinito, la estrategia de compra y venta de “créditos de carbono”, etc. Por ello mismo consideramos importante la publicación de este documento, pues puede promover una alianza estratégica entre los grupos confesionales, cristianos en particular, que luchan por la defensa de la naturaleza, y nosotros, los militantes de una sociedad ecosocialista.

[1] Aprobada por la UNESCO en París en marzo de 2000, la Carta de la Tierra es una declaración internacional dirigida a construir un mundo justo, durable y pacífico. Compuesta por 16 principios, esta carta promueve la defensa de la “comunidad de vida” y la consideración de las “generaciones futuras”.

Un personaje medieval del siglo XIX

Gregorio VIILa prensa del siglo XIX es interesante, entre otros motivos, porque en medio de sus debates más acalorados, era capaz de ofrecer verdaderas lecciones de historia. En efecto, de manera particular cuando se trataba de los debates de temas religiosos, era muy común que los publicistas de la época se extendieran en dar cuenta de personajes y épocas a veces remotas, que estimaban en los orígenes de los temas que denunciaban. Tratándose del “fanatismo” y de la “superstición” en que los publicistas liberales solían inscribir el problema de la posición política del clero, no podían, por ejemplo, sino remitir a la Edad Media. Los tintes oscuros con que ya los ilustrados habían cubierto ese milenio eran bien aprovechados en sus combates contra obispos y clérigos, que trataban de afirmar la soberanía eclesiástica a la misma altura que la del Estado, a veces con argumentos modernos, pero que los periódicos no dejaban de descalificar con esas referencias medievales.

Ciertos personajes históricos superaron así la antigüedad para pasar a la actualidad. Evoquemos sólo a uno particularmente controvertido: el papa Gregorio VII, monje benedictino del siglo XI, cluniascense para ser preciso, su nombre original era Hildebrando. Al llegar al trono de San Pedro en 1073, se distinguió por su defensa de la autonomía de los Papas frente a los Emperadores germánicos, publicando documentos como el Dictatus Papae, y protagonizando el primer gran episodio de la Querella de las Investiduras a propósito del nombramiento de obispos. En ese enfrentamiento, el emperador Enrique IV, excomulgado por el Papa, se vio obligado a “humillarse” ante el pontífice, un episodio que vemos inmortalizado por el pintor Federico Zuccari en el cuadro del siglo XVI que vemos en la imagen de arriba. Canonizado en el siglo XVIII por el Papa Benedicto XIII, su fiesta se acaba de celebrar el 25 de mayo. Su memoria fue particularmente controvertida en el siglo siguiente, justo en el momento de los debates que en todo el mundo católico se plantearon entonces sobre el lugar de la religión en el orden liberal.

En realidad no es de extrañar que el Papa que había logrado humillar a un emperador, aunque hubiese terminado muriendo en el exilio, fuera evocado constantemente en el siglo de los grandes debates religiosos del catolicismo. También se le dedicaron entonces varias biografías: circularon al menos por los países de tradición católicas, la del canónigo Alfonso Muzarrelli, la de Philipon de la Madelaine, la de Pierre Antoine de Vidalain, y claro está, la del prusiano Johannes Voigt, de cuya edición francesa de 1838 tomamos esta otra imagen. Los periódicos liberales mexicanos del siglo XIX, casi sobra decirlo, retomaron su memoria en términos negativos, y lo citaron sobre todo en los momentos más álgidos de los conflictos entre la Iglesia y el Estado.

Citemos sólo algunos ejemplos, en aras de no cansar al amable lector con repeticiones. Ya en tiempos del primer federalismo, El Nivel de Guadalajara, lo presentaba como el origen de un despotismo clerical: desde su época, la corte romana “tenía proyectado sujetar a todos los soberanos a su dominación” (12 de julio de 1825, p. 1, en “Del fanatismo”). En tiempos de la primera reforma, la de Gómez Farías, la prensa lo recordó como “pernicioso corruptor de la religión y de la disciplina, a quien Roma debe todo su orgullo” (El Fénix de la libertad, México, 30 de agosto de 1833, p. 3 en “Reflexiones sobre la conducta y principios político-religiosos del reverendo obispo de Michoacán”) y hubo incluso editoriales publicados en varios periódicos del país que lo recordaban como aquél que  “sacudió el yugo que hasta entonces habían llevado los papas y se adjudicó el gobierno temporal de los más hermoso de Italia” (El Demócrata, México, 1o de agosto de 1833, p. 2 y El Mensajero federal, Veracruz, 23 de julio de 1833, pp. 3-4). En tiempos de la Reforma, incluso un artículo de El republicano equiparaba los proyectos episcopales con los de Gregorio VII, advirtiendo al obispo de Puebla, Pelagio Antonio de Labastida, que “no resucitan los muertos” (19 de mayo de 1856, p. 4). Al referirse a su época, La Orquesta, en 1865, no dejaba de introducirlo adviertiendo: “De allá datan seguramente nuestras desgracias” (16 de agosto de 1865, p. 1). En fin, en 1870, El Libre Pensador lo reconocía como “tipo desconocido y profundo del poder temporal de los obispos de Roma y pontífice perfecto en opinión de los ultramontanos de todos los tiempos” (5 de mayo de 1870, p. 10) e incluso “genio que realizó en el pontificado los principios contrapuestos del bien y del mal”.

Todas estas referencias proceden, desde luego, de la siempre útil Hemeroteca Nacional Digital de México. Ellas nos muestra bien hasta qué punto un monje medieval podía ser fundamental para la opinión pública moderna del siglo XIX, así fuera en términos negativos. Gregorio VII, santo a principios del siglo XVIII, fue convertido en la prensa, poco más o menos, en uno de los causantes de los problemas políticos que vivía la república. En el discurso, siempre algo maniqueo de los publicistas, a ocho siglos de distancia y en un país que ni siquiera pudo imaginar que llegara a existir, se convirtió en uno de los “malos” para la opinión liberal.

 

 

A tres semanas de una declaración pontificia en un discreto consistorio

article-2276884-1782F60A000005DC-229_634x580Hace tres semanas, el 11 de febrero pasado tuvo lugar un hecho inesperado y prácticamente inédito en la historia moderna y contemporánea del catolicismo: en medio de un consistorio convocado para la aprobación de una serie de decretos de causas de canonización, el Sumo Pontífice Benedicto XVI declaró que abdicaba de su cargo a partir del 28 del mismo mes al final de la jornada. Los cardenales presentes recibieron la noticia con sorpresa. El decano del Sacro Colegio, Angelo Sodano, a quien vemos en esta imagen con el Papa, lo dijo de inmediato en su mensaje de respuesta: estaban “casi incrédulos”. De hecho, en una bella ironía, el Papa que ha sido considerado tanto positiva como negativamente como un hombre de la tradición, conservador incluso, nos ha dado uno de los eventos más sorpresivos de la historia institucional de la Iglesia católica, después (creo que apenas) de la convocatoria del Concilio Vaticano II por Juan XXIII.

En efecto, ha sido un evento casi revolucionario, lamentan algunos, incluso entre aquellos que habían sido especialmente admiradores del Pontífice. La reacción tal vez más ilustrativa al respecto fue la del Cardenal Pell, arzobispo de Sidney, quien no dudó en manifestar sus críticas públicamente, expresando su temor de que la renuncia debilite la posición del Sucesor del Príncipe de los Apóstoles, algo que también han expresado medios tradicionalistas. Si bien los lefebvristas, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, expresaron su solidaridad con el Papa (otra ironía considerando las dificultades que le pusieron todo su pontificado), hubo medios que expresaron directamente el escándalo. El filósofo Enrico Radaelli llegó incluso a reclamar que el Papa se retractara de su decisión, mientras el historiador Roberto de Mattei, algo más moderado, dejó claro el meollo del problema para los tradicionalistas: “La imagen de la institución pontificia, a los ojos de la opinión pública mundial, estaría en efecto despojada de su sacralidad para ser entregada a los criterios de juicio de la modernidad”.

Empero, la casi unanimidad de los cardenales y obispos del mundo recibió la noticia con sorpresa, pero con obediencia. Es un hecho inédito, porque no había ocurrido desde la Edad Media, y entonces tuvo lugar para solucionar una crisis en que reinaban tres papas simultáneamente, pero está por completo contemplado en el Código de Derecho Canónico (CIC por sus siglas en latín). Además es un evento inesperado, sin duda, pero bien pronto los medios recordaron que el propio Benedicto XVI había hablado de esa posibilidad en otras oportunidades, sólo que sus palabras no habían sido retenidas en la opinión internacional, y ni siquiera en los propios medios católicos, acaso porque parecía improbable o incluso impensable que lo cumpliera. Es verdad que si no hay motivos para dudar que lo había reflexionado desde tiempo atrás, es claro que no fue hace tanto, como que tiene lugar a la mitad del Año de la Fe, celebración que uno hubiera podido imaginar como el equivalente del Jubileo que celebró Juan Pablo II, y cuando estaba anunciada la publicación de una nueva encíclica en abril que cerraría el ciclo de las virtudes. Sin embargo, el Papa, que ha gobernado la Iglesia con su original estilo durante ocho años, cierra su pontificado justo mantiéndose perfectamente en su línea propia. Lo han visto, yo creo que certeramente, analistas como Pietro di Marco, profesor de la Universidad de Florencia, el pontificado de Juan Pablo II estuvo basado en el carisma, ya fuera el del hombre jovial y animado del principio de su gobierno, o el anciano enfermo de su final, era un Papa de lo sentimental. El de Benedicto XVI ha sido en cambio un pontificado de la razón, de lo intelectual. Hasta el último momento ha sido en cambio un Papa en extremo moderado en el ámbito emocional, hasta el punto que en su salida del Palacio Apostólico parecía que quien renunciaba era su secretario, monseñor Gänswein, quien estaba fundido en lágrimas. Así, si de Juan Pablo II se recordarán (sin demeritar lo demás), sobre todo sus gestos con los que se ganaba a las multitudes, de Benedicto XVI son sus textos su gran legado. Esos discursos de profesor universitario, templados, explicativos, llenos de referencias a los Padres de la Iglesia, tan difíciles de transmitir a los medios de comunicación audiovisuales con los que no por nada tuvo siempre mala relación, reforzada por las dificultades que tuvieron las oficinas de comunicación de la Santa Sede buena parte del pontificado y sobre todo en momentos cruciales.

La renuncia del Papa pues, es ante todo, expresión de una racionalidad moderna que se introduce en el corazón mismo de lo que queda de la vieja Monarquía Pontifical, pero tampoco es algo nuevo, finalmente de eso, en parte, se trata la obra y el legado del Concilio Vaticano II. La profesora Danièle Hervieu-Léger ha tratado el tema en un artículo harto interesante publicado en Le Monde el 1o. de marzo, desde una perspectiva algo pesimista respecto de la centralidad del Papa en la vida eclesiática, pero que recuerda bien que la eclesiología del “Pueblo de Dios” que se proclamó en el Concilio, recuperaba la colegialidad y la sinodalidad, frente al absolutismo pontificio. En ese sentido, me parece que la renuncia de Benedicto XVI, el gran enemigo de la interpretación rupturista del Concilio, resulta más bien una prueba de que éste sigue siendo de gran actualidad, y de que en efecto es posible seguir repensando las altas instituciones de la Iglesia católica. No lo niego, es por ello que su renuncia me parece, no sólo un acto de virtud (que es lo en lo que han insistido obispos y sacerdotes), sino directamente un avance que ojalá pudiera tener consecuencias en la plena implementación de la colegialidad de la Iglesia.

Ahora bien, en otra bella ironía el Papa que tuvo tantas dificultades con los medios, el 11 de febrero pasado logró imponerles una agenda. A todo lo largo de la Cuaresma el público, católico o no, va a tener constantemente en sus pantallas la imagen de San Pedro del Vaticano y de los cardenales, y va a seguir minuto a minuto todo lo que gira en torno al cónclave. La decisión tomó por completo a los medios por sorpresa, como testimoniaba Frédéric Mounier, el corresponsal del diario La Croix, había apenas 4 periodistas en la sala de prensa siguiendo el consistorio, quienes tuvieron que salir de inmediato a buscar la grabación de lo declarado en latín por el Papa para verificar si sus oídos no los habían engañado. Pero como siempre cuando la religión entra en la opinión, no falta el escándalo, que vino con el tema del documento final que unos días más tarde entregaría al Papa la comisión de tres cardenales encargada de estudiar el asunto conocido en los medios como el “Vatileaks”. Hay buenas razones para que éste sea el último gran tema de controversia del Pontificado, pues finalmente se trata de la única verdadera gran crisis de estos años, el único caso que conmovió en realidad a la Curia romana.

Independiente de la falsedad o no de las filtraciones llegadas a la prensa, lo que es claro (no necesitábamos de este escándalo para confirmarlo en realidad), es que durante estos ocho años el gobierno central de la Iglesia ha tenido fuertes querellas internas, lo hemos visto en repetidas ocasiones, los dicasterios no siempre se comunicaban entre sí, o dejaban desprotegida la figura del Papa. Por ello han cobrado nuevo vigor (no es que les faltara mucho) los viejos fantasmas anticurialistas, que son también una vieja tradición católica: esas oficinas de los dicasterios convertidas en teatro de las más sórdidas intrigas, lugar de corrupción y no de santidad. Y claro, de inmediato es fácil es asociar el fracaso en el manejo de la Curia con la renuncia del Papa. Hay algo de verdad: si no acometió una reforma general de las instituciones centrales de la Santa Sede, el Papa trató de introducir cambios en varios puntos, tan variados como el tema del tratamiento dado a los casos de abuso sexual, el diálogo con la Fraternidad San Pío X, o la gestión financiera del Instituto de Obras de la Religión. En todo ello tuvo oposiciones importantes y no siempre el acompañamiento de todos sus colaboradores. En realidad, si es difícil que todos esos eventos no hayan tenido algún peso en su decisión, la cronología elegida (en el inicio de la Cuaresma, justo en un momento en que ninguno de esos escándalos estaba a la orden del día, en día festivo por el aniversario de los Pactos Lateranenses) creo que prueba bien que el Papa no estaba, como es su costumbre, pensando sólo en los eventos coyunturales, sino pensando en dar un mensaje de renovación eclesiológica.

Como sea, el jueves pasado, Benedicto XVI pasó a ser Pontífice emérito, retirándose a la residencia de Castelgandolfo, dejando paso a la Sede Vacante, el gobierno de los Cardenales, encabezados por el Camarlengo de la Iglesia Romana y el decano del Colegio, los cardenales Tarcisio Bertone y Angelo Sodano. Parece que hay prisa en elegir al nuevo Papa, pues hubo presiones fuertes para que reformara la constitución Universi Dominici Gregis, y ya para el último día de su pontificado pudo saludar a más de un centenar de cardenales presentes en Roma. Empero, todavía no hay nada escrito, se llevan a cabo apenas las primeras congregaciones, y los cardenales saben dar más de una sorpresa antes y durante el cónclave. En buen historiador, no he de aventurar nombres, pero en un colegio donde Benedicto XVI dejó nombrados a 20 italianos, que se suman a 8 que recibieron el birrete bajo Juan Pablo II y son también electores, hay buenas razones para pensar, que los italianos tienen posibilidades…

Más allá de la elección misma, que justo ha despertado las incontables listas de “papables”, es interesante ver las presiones de la opinión sobre la asistencia de algunos cardenales electores, otras sobre la reforma de la Iglesia, y la tremenda apertura de temas de discusión que se han suscitado. Sin duda algunos ven todo ello como constantes ataques a la Iglesia, y aunque tal es a veces la intención, hay muchas voces que se expresan con tanta irreverencia como fervor de fondo, y en ese sentido es siempre interesante ver que permanece fuerte como tema de actualidad. Es materia de discusión muchas veces apasionada, tan presente en los medios, que se diría que no importa la disminución de la práctica religiosa, la opinión pública no puede vivir sin ella.

La reforma de los días festivos

Uno de los grandes temas de la reforma religiosa del mundo hispánico desde el siglo XVIII y a lo largo del siglo XIX fue el tema de los numerosos (desde la perspectiva de los ilustrados primero y de los liberales más tarde) días festivos del catolicismo. Había en ello una crítica religiosa: lejos de ser “verdaderos” días de guardar, eran ocasión de ocio, o peor todavía, de desenfreno a las pasiones. En el siglo XIX, se impondrá además la crítica económica, con ellos se perdían numerosos días de trabajo y disminuía la producción, aumentaba la pobreza, en perjuicio de los propios fieles. No faltaba la crítica anticlerical: eran simplemente pretextos para el clero para aumentar sus ingresos, de nuevo a costa de su propio rebaño.

Conviene decir que el propio clero compartió, durante largo tiempo, una perspectiva semejante, y que hubo grandes obispos reformadores que intentaron emprender reformas, con resultados más bien dispares. Desde luego, en su día, la monarquía católica hizo lo propio. Hay una historiografía importante al respecto, pero creo que la hay menos sobre el primer siglo XIX, cuando el establecimiento en México y en otros países hispanoamericanos de repúblicas en las que el catolicismo era religión nacional, permitió la continuación de la reforma por nuevas vías. Una que tal vez parezca inesperada fue la vía romana. En 1839, el Papa Gregorio XVI, a petición del enviado extraordinario plenipotenciario de la República Mexicana, Manuel Díez de Bonilla, concedió la reducción de las fiestas por el breve Cum Dominici. No conozco, y seguramente es por incuria mía, trabajos que lo hayan analizado a fondo, las circunstancias de su obtención y sus consecuencias. Dedicaré una entrada futura al tema, pero por ahora me parece basta con presentarles aquí el texto del breve, que fue circulado impreso por el gobierno federal, y que tomo aquí de un ejemplar que llegó a la Mitra de Guadalajara, conservado en el

Archivo Histórico del Arzobispado de Guadalajara, sección Gobierno, serie Santa Sede, caja 1, “Expediente seguido sobre la publicación del Breve Pontificio sobre disminución de días festivos, año de 1839”.

Breve 1839Gregorio Papa XVI.

Para perpetua memoria. Exigiendo urgentemente la salud del rebaño del Señor, que nos ha sido confiada por el Príncipe de los Pastores y Obispo de las almas, que en cuanto nos sea posible, nada dejemos de intentar y ensayar para promover constantemente a todas horas y por todos los medios posibles el bien espiritual de los fieles cristianos, conviene por otra parte, que interpongamos nuestra suprema autoridad en aquellas cosas que sin embargo de estar prescritas para el mayor aumento del culto divino, conocemos que, o se convierten en motivo de ocio y prostitución por el resfrío de la caridad en algunos corazones, o se desprecian no sin remordimiento de conciencia por la escasez de medios para subsistir. De aquí es, que siguiendo las huellas, e imitando el ejemplo de otros Pontífices nuestros predecesores, al prescribir los días festivos, al paso que atendamos a la utilidad espiritual de los pueblos, ocurramos también oportuna y saludablemente a sus necesidades temporales, según las circunstancias de los diversos tiempos y lugares. Sabemos que la frecuencia de los días festivos en el territorio de la América Septentrional que lleva el nombre de México, no sólo no contribuye a que los fieles cumplan con más escrupulosidad el precepto relativo a las cosas divinas, sino que obligándoles a menudo a abstenerse de las obras serviles, se ocasionan muchos y graves inconvenientes, por cuya causa peligra algunas veces su bien espiritual y temporal. Porque, según se nos ha informado, por falta del competente número de Ministros, son pocas, en aquellas vacías y apartadas provincias, las Iglesias en que se celebra el Santo Sacrificio de la misa, y se ejercen las demás funciones religiosas para culto de Dios e instrucción de los fieles en lo concerniente a su eterna salud; de manera que los que están dedicados a la agricultura y cría de ganados, a las minas, oficinas y talleres de artes, no pueden concurrir a ellas sino con gran dificultad y por caminos tal vez intransitables. Por otra parte, es tal la pobreza de los operarios y artesanos, que cuando se les precisa a dejar con alguna frecuencia el trabajo, no pueden sufragar cómodamente a su sustento y el de sus familias, no cooperar bastantemente a la pública utilidad. A esto se agrega también, que resfriado en no pocos de ellos el celo de la Religión y piedad, quieren más bien consumirse en la ociosidad, mancharse con toda especie de vicios, contaminarse con los crímenes y delitos, y dedicarse a proyectar innovaciones igualmente dañosas a la Religión y al Estado. Por tales motivos, el Supremo Gobierno de aquel país, ha cuidado de manifestarnos tan graves males, y nos ha suplicado rendidamente que reduzcamos los días festivos, con la esperanza sin duda de que siendo los fieles más solícitos de guardar las fiestas que quedaren, y removiendo todo pretexto u ocasión de ociosidad que dé entrada a los vicios, se hagan más industriosos para proporcionarse con el trabajo su subsistencia y la de sus familias, con provecho de la Religión y de la República. Nosotros, pues, habiendo considerado todo esto con maduro examen; siguiendo el ejemplo de los Romanos Pontífices nuestros predecesores, que en algún tiempo y caso no rehusaron templar en esta parte la disciplina eclesiástica, hemos accedido benignamente y del mismo modo a dichas súplicas. Por tanto: deseando consultar el bien y tranquilidad de todos los fieles cristianos de la República Mexicana en la América Septentrional, y queriendo dispensarles especiales favores y gracias, y absolviéndolos de cualquiera excomuniones, entredichos y otras eclesiásticas censuras, sentencias o penas impuestas de cualquiera modo y por cualquiera causa que sea, en que acaso hayan incurrido, y declarándolos por la presente absueltos para sólo este efecto; de acuerdo con nuestros venerables hermanos los Cardenales de la Santa Iglesia Romana que entienden en los negocios consistoriales, y con plenitud de nuestra autoridad Apostólica, encomendamos y mandamos por las presentes letras a nuestros venerables hermanos los Arzobispos, Obispos y demás Ordinarios de la misma República Mexicana, en la América Septentrional, que en virtud de nuestra autoridad Apostólica disminuyan para lo sucesivo el número de días festivos que allí se celebran, y con ellos el precepto de oír misa y de no trabajar en obras serviles, exceptuando todos los Domingos y las fiestas anuales de la Circuncisión, Epifanía, Ascensión, Corpus Christi, Natividad de Nuestro Señor Jesucristo y también los de la Purificación, Anunciación, Asunción, Natividad, Concepción de Nuestra Señora y Aparición de la de Guadalupe; así como el de la Natividad de San Juan Bautista y los de las fiestas de los Santos Apóstoles San Pedro y San Pablo y de Todos Santos; guardándose sin embargo el precepto de oir misa en la fiesta del Señor San José, aunque con licencia de trabajar. Igualmente conferimos nuestra autoridad Apostólica a los referidos nuestros venerables hermanos y Ordinarios, para que transfieran los días dedicados a los Patronos de las Provincias, Ciudades y Pueblos al Domingo inmediato siguiente, con tal que en él no caiga alguna de las fiestas referidas; mas en los días de las festividades que se suprimen por virtud de este indulto, declaren a los fieles del todo libres del precepto de oir misa y habilitados para trabajar en obras servirles, bajo la condición de guardar los ayunos establecidos por precepto eclesiástico en sus vigilias, en los días viernes y sábados de cada semana del Adviento, con facultad de comer huevos y lacticinios. Por último, mandamos que por este indulto nada se innove de lo que se acostumbra observar en los referidos días en cuanto a Rito y Liturgia.

Esto es lo que hemos juzgado establecer para el mayor bien de los fieles de la citada República Mexicana, creídos ciertamente de que nada omitirán los mismos fieles para emplear los demás días festivos, que les quedan designados, en la recepción de los Santos Sacramentos, en la meditación de las cosas celestiales, y en sentimientos de piedad y religión. Estas cosas establecemos, concedemos y mandamos, no obstante las constituciones y sanciones Apostólicas, y cualesquiera estatutos y costumbres de las Diócesis de la misma República Mexicana, aunque estén confirmadas con juramento o con la autoridad apostólica, o asegurados con cualquier otra especie de firmeza, y no obstante las costumbres, privilegios, indulgos y letras Apostólicas contrarias, en cualquiera manera concedidas, confirmadas e innovadas, cuyos tenores de todas y cada una, teniéndolos por las presentes como plenamente expresos e insertos literalmente, y dejándolos para lo demás en su fuerza y vigor, por esta vez y para los efectos expresados, los derogamos especial y expresamente, y cualesquiera otras disposiciones que puedan ser contrarias. Dada en San Pedro de Roma, bajo el anillo del Pescador, el día diez y siete de mayo de mil ochocientos treinta y nueve.- Nono de nuestro Pontificado.- E. Card. de Gregorio.

Visita de Benedicto XVI a México

No podía ser de otra forma, esta semana es casi obligado hablar de la visita apostólica del Papa Benedicto XVI a México, en camino de Cuba para celebrar el jubileo del 400 aniversario del hallazgo de la imagen de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre. Visita controvertida, como la mayor parte de los viajes del Papa fuera de Italia: lo fueron en particular el de Inglaterra en 2010 y el de España en 2011. Y controvertida por más de un motivo: el problema de la violencia (cabría destacar que es tal vez la primera ocasión que el Papa visita un país prácticamente en estado de guerra, Tierra Santa aparte), el ambiente electoral, la reforma del artículo 24 constitucional, y claro está, las primeras voces que se quejan del apoyo económico oficial para la seguridad del Sumo Pontífice.

La opinión pública discutió mucho al respecto en los medios masivos, en la prensa y en el internet, por lo cual yo creo que lo primero a destacar es que ello no ha evitado que la recepción sea multitudinaria. Benedicto XVI no tiene el mismo carisma, pero prácticamente desde antes de tocar tierra mexicana, ha sido ovacionado de manera casi tan espectacular como lo fuera el Beato Juan Pablo II, cuya memoria, lo confirmamos con el recorrido de sus reliquias el año pasado, está particularmente viva entre los mexicanos. Aplausos, porras (muchas heredadas del pontificado anterior), gritos de júbilo, banderas del Estado Vaticano ondeando, en fin, el mismo repertorio festivo que se le dedicó a su predecesor, mañanitas incluidas por más recomendaciones en contra de los organizadores. Su llegada a Guanajuato capital fue especialmente apoteósica, con la parada para recibir las llaves de la ciudad de manos del Presidente municipal y para el saludo del Gobernador, pero sobre todo por la recepción multitudinaria en la Plaza la Paz, a vuelo de campanas de la Basílica de Nuestra Señora de Guanajuato, con orquesta, coros, mariachi y muchos gritos, es decir, con todo el ensordecedor repertorio sonoro de que nuestro país es capaz. Para corresponder sin duda a la memoria de su predecesor, Benedicto XVI se ha mostrado particularmente abierto a corresponder con algunos gestos a las aclamaciones de la multitud, incluyendo portar el sombrero de charro que se le vio a su arribo al Parque Bicentenario en la misa de hoy.

Ha sido pues, sin duda, una recepción excepcional para el Papa, aunque tampoco habría que exagerar, la de su visita a Benín en 2011 podría compararse hasta cierto punto, y en París en 2008 no había una multitud tan grande pero los jóvenes de las escuelas católicas francesas lo recibieron con ovaciones semejantes. Como sea, tengo la impresión de que hay en ella, claro está mucha movilización bien organizada por parte del Episcopado, pero mucho también de catarsis, de necesidad de una celebración colectiva en tiempos efectivamente complicados en la mayor parte de las regiones de nuestro país. Cabe decir en fin, que si Benedicto XVI no es un hombre que cautive multitudes, tal vez ha jugado a su favor la brevedad de la mayor parte de sus intervenciones y el buen uso en ellas de frases emotivas iniciales, como las que arrancaron aplausos a su llegada a León y en su mensaje en Guanajuato. Este último, por cierto, pensado exclusivamente para los niños y no para la multitud en su conjunto, tuvo particular éxito, tal vez justo por eso mismo, por estar pensado con sencillez infantil. En cambio, es significativo que su homilía en la misa de hoy, no llegara a ser interrumpida por aclamación alguna. Cierto, el sonido local había pedido que los asistentes guardaran la compostura, pero tengo la impresión de que  ello no hubiera sido obstáculo si efectivamente la emoción hubiera cautivado a los presentes.

Ahora bien, dejando de lado ese punto, el propio viaje despertaba una incógnita fundamental: sus motivos. Lo sabemos, es el resultado de una invitación expresa del Episcopado Mexicano y de la Presidencia de la República, pero es original entre los viajes del Sumo Pontífice actual, porque éste ha salido de Italia con destinos bien concretos: para encabezar jornadas, como las de la Juventud de Colonia en 2005, de Sydney en 2008 y de Madrid en 2011; o los encuentros de familias de Valencia en 2006 y de Croacia en 2011; por supuesto, con motivo de conferencias y sínodos episcopales, que motivaron las visitas a Brasil y Benín, y con motivo de los aniversarios de grandes santuarios marianos como los de Mariazell, Lourdes y ahora la Caridad del Cobre. Ninguno de estos grandes eventos se contaba en la agenda de la parte mexicana de este viaje, y siendo además particularmente buena la relación de México con la Santa Sede, la prensa internacional destacaba sobre todo la agenda de Cuba. Pero ya en la tradicional conferencia de prensa en el avión de Alitalia hacia México se hicieron presentes los temas principales de la visita: el que más llamará la atención de la opinión será sin duda el de la violencia, sobre el cual el Papa dijo, en respuesta a la pregunta de Javier Alatorre, “voy para alentar y aprender”; en cambio, el tema que él mismo desearía destacar muy posiblemente sea representado en la frase que siguió a la que acabo de citar: “para confirmar en la fe, en la esperanza y en la caridad”. Sobre ello versó ya su mensaje en la ceremonia de bienvenida, en la que cual se definió como peregrino de la fe, de la esperanza y de la caridad, pero sobre todo de la segunda, dictando cátedra a partir de lo que ya expuso en su encíclica Spe salvi. La Iglesia, se entiende así, tiene una responsabilidad en concreto educativa, como lo expresó directamente al responderle a Valentina Alazraki en el avión: “no es un poder político, no es un partido”, y en cambio “el primer pensamiento de la Iglesia es educar la conciencia”.

De manera coherente con esta idea, no ha habido en toda la visita llamados explícitos como no sea a la conversión de los corazones. Cierto, en la ceremonia de bienvenida afirmó que ora por las víctimas de la violencia y en su mensaje en Guanajuato hubo mención de los sufrimientos de los niños, pero nada más. Las palabras más enérgicas en el tema de la violencia fueron pronunciadas por el arzobispo de León, monseñor José Guadalupe Martín Rábago, en el saludo de la misa del Parque Bicentenario, denunciando por igual la pobreza, la impunidad y el cambio en la moral. Unos minutos más tarde, en la homilía, el mensaje más largo del Papa en esta visita, el Sumo Pontífice se limitaba a hacer un bello comentario del Salmo y el Evangelio de hoy, cierto que aludiendo a la situación de la nación mexicana, pero sobre todo llamando de manera general a que Cristo reine en los corazones. El Papa pues, no ha intervenido de manera directa en las discusiones internas mexicanas, ni se ha pronunciado claramente a favor o en contra de las estrategias (si así se les puede llamar) del gobierno en materia de combate al narcotráfico.

El mensaje más fuerte del Papa, por así decir, fue el que dirigió a los obispos latinoamericanos en las Vísperas celebradas en la Catedral de Nuestra Señora de la Luz de León. Ahí fue recibido con un discurso de expresión de fidelidad del presidente de la CEM, a que respondió con un recordatorio de las responsabilidades episcopales. Sutil, demasiado dirán algunos, les instó a corregir a los sacerdotes “sobre actitudes improcedentes” y a evitar “divisiones estériles”. Tal vez sea paradójico del más importante crítico de la teología de la liberación latinoamericana, les indicó: “Estén del lado de quienes son marginados”. Ahí, en la conferencia de prensa del avión y en la homilía de la misa, resaltó la agenda propiamente eclesiástica: la “Misión continental” producto de la Conferencia de Aparecida, la organización del Año de la fe, la conmemoración de los bicentenarios de las independencias. Actividades todas en las que el Papa ha indicado, según se entiende, la necesidad de darle al catolicismo latinoamericano un carácter más racional, que complemente su aspecto profundamente emocional, por ejemplo con la “meditación de la Sagrada Escritura”, según dijo en las Vísperas.

Alentar, educar y dirigir una admonición a los obispos pues, han constituido los principales temas del viaje, pero hay un tercero que ha sido bastante visible: la infancia. Benedicto XVI ha pasado buena parte de su viaje a México bendiciendo niños, lo mismo en el aeropuerto del Bajío que en Guanajuato, donde el saludo del Papa estaba dirigido a ellos e iba incluido un llamado para proteger a la infancia. No he tenido oportunidad de ver notas al respecto, pero ya puedo imaginar que a muchos comentaristas les habrá parecido provocador o irónico, teniendo en mente sin duda los escándalos de pederastia internacionales pero sobre todo nacionales (el del fundador de los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel para ser preciso). Justamente me queda la impresión de que es una imagen que responde a la crítica en esta materia, ya lo dijo el Padre Lombardi en la conferencia de prensa del sábado a pregunta de una reportera de Milenio, pero que viene sobre todo por parte del Episcopado Mexicano, con la intención de evocar otra vez los gestos de Juan Pablo II con la infancia, de manera muy directa, como lo vimos con las palomas que salieron volando del balcón de la mansión del Conde Rul.


Ahora bien, una cosa son los mensajes que el Papa y el Episcopado han querido transmitir y otra el sentido que los actores políticos locales han querido darle a la visita. Y me parece que los ha habido y han sido particularmente exitosos. El Episcopado había advertido que el Papa no se reuniría con los candidatos a la Presidencia, lo que no ha podido (o querido) evitar es la presencia constante del Presidente de la República. En una primera parte, la ceremonia de bienvenida, fue una presencia oficial bien enmarcada en un protocolo rígido, presencia obligada por las relaciones diplomáticas de México con la Santa Sede. Ahí, en el aeropuerto del Bajío, ni un solo funcionario besó el anillo del Pescador, el Presidente indicó en su discurso que México es un Estado laico (aunque sólo luego de una referencia implícita a la reforma del artículo 24) y no hubo, como en el sexenio anterior, presentación de toda la familia presidencial ante el Sumo Pontífice.

En realidad, la presencia del titular Ejecutivo hubiera podido terminar ahí, podría haberse realizado un encuentro privado breve en el propio aeropuerto y dejar la ceremonia de despedida a cargo de la Secretaría de Relaciones Exteriores. En cambio, el programa dejaba ver que si antaño Juan Pablo II había sido un tanto acaparado por el cardenal Rivera Carrera, Benedicto XVI lo sería por el Presidente Calderón. La visita de cortesía al mandatario el sábado en Guanajuato, en el antiguo palacio del Conde de Casa Rul, fue oficialmente oportunidad para hablar de la agenda internacional común y, según el comunicado de la Presidencia, también se aprovechó para presentar al Papa a algunas víctimas de la violencia, todo ello en el sorprendente lapso de menos de media hora. Así, no es extraño que el padre Lombardi en la conferencia de prensa de esa noche no estuviera siquiera informado de ese último punto a pesar de haber asistido a la reunión. Se diría que la Presidencia quería aprovechar para reivindicar su propia imagen del tratamiento de las víctimas, presentándolas al Papa, pero sin explicar mucho quiénes eran.

Extraoficialmente, el encuentro del sábado fue también espacio para la expresión religiosa del Presidente, su familia y su entorno, incluida la bendición de las familias de sus colaboradores fallecidos en accidentes aéreos. Además, el Presidente casi se diría que se aseguró de su propia visibilidad, desplazando un poco al Episcopado mexicano, acompañando al Papa en todo momento, incluso cuando dirigía su mensaje desde el balcón de la mansión. Y hoy, por primera vez en todo el sexenio, la agenda presidencial incluyó la asistencia a la misa, como invitado decía la página de internet de la Presidencia. Estuvo ahí para saludar al Papa a su llegada al Parque Bicentenario, para despedirlo a su salida bajo los acordes de la Marcha Pontifical, y claro está, Felipe Calderón y su familia subieron a comulgar de manos del Sumo Pontífice, aunque cabe hacer notar que él no aceptó arrodillarse en el reclinatorio que se colocó para el caso. Todo ello mostrando hasta qué punto la Presidencia sí que deseaba el respaldo pontificio, aunque a estas alturas me es imposible imaginar si tiene un sentido político, es decir, si podría capitalizarlo de alguna forma.

Mas sin duda la autoridad civil más entusiasta ha sido la del Gobierno de Guanajuato. El gobernador Juan Manuel Oliva, en entrevista que concedió a Radio Vaticano el viernes, calificaba la llegada del Papa de “día histórico para Guanajuato” y presumía de los logros de la organización. Sólo él ha superado al Presidente Calderón en encuentros con el Papa, pues lo ha visto todos los días de su viaje y más de una vez: en la ceremonia de bienvenida, a la entrada de la ciudad de Guanajuato con motivo de la entrega de las llaves de la ciudad, antes de la misa para la entrega de las llaves de la ciudad de Silao, en la misa misma, donde él sí se arrodilló para recibir la comunión (si la vista no me falla), y en fin, ahora en las Vísperas de la Catedral de León, ni más ni menos que para el encendido de fuegos artificiales en el Cerro del Cubilete.

En fin, mañana el Papa parte rumbo a La Habana, donde le espera ya la verdadera gran visita de este viaje, mucho más tensa, por sus declaraciones en el avión a propósito de la ideología marxista y por las del arzobispo de La Habana a propósito de que no hay ya presos políticos en Cuba. La escala en México, me parece, ha sido una interesante muestra de las tensiones permanentes entre la emoción popular, las prioridades clericales, la opinión pública y los intereses coyunturales de nuestros políticos, entre las cuales nunca queda claro quién se aprovecha de quién.

Una liturgia para América Latina

El pasado 12 de diciembre tuvo lugar en la Basílica Vaticana, es decir, en San Pedro de Roma, una misa encabezada por el Papa Benedicto XVI en persona, dedicada a conmemorar el bicentenario de las independencias de los países latinoamericanos. De ella, la prensa mexicana retuvo sobre todo la confirmación, en voz del propio Papa durante su homilía, de su viaje a México y Cuba; sin embargo, la liturgia de la ocasión no deja de ser interesante. Desconozco si la televisión de señal abierta o cerrada transmitió la ceremonia, por lo que creo que conviene una descripción paso a paso de la misma. Quien sí la haya visto, perdonará pues si entro mucho en los detalles. Aquí en primer término la nota difundida sobre el evento en el canal en español de la Santa Sede en Youtube.

Ya desde los ritos iniciales, los organizadores de la misa quisieron transmitir mensajes bastante claros. Teniendo de fondo el canto Pueblo de reyes, versión en español del Peuple de Dieu de Lucien Deiss, hicieron en primer lugar su entrada las banderas de todos los países latinoamericanos, incluso de aquellos que no conmemoran bicentenarios independentistas en estos años, como Haití, Brasil y Panamá. Portadas por jóvenes de los respectivos países, uno diría que la nave central de la Basílica se convertía en una simbólica procesión de nuestras naciones hacia la Cátedra de San Pedro que luce en el fondo de ella. Representados pues, ya que no necesariamente por diplomáticos al menos por nuestros símbolos nacionales, tomó la palabra el Dr. Guzmán Carriquirry, actual secretario de la Comisión Pontificia para América Latina, y uno de los laicos de más importante trayectoria en los dicasterios de la Santa Sede. Su discurso, fue ya una lectura de la historia latinoamericana en renovada clave católica. Esto es, sin caer necesariamente en los viejos dichos de la historiografía conservadora latinoamericana, se insistía con fuerza en el papel decisivo del catolicismo en el desarrollo de nuestros pueblos. Notemos en particular las citas: salieron a relucir el Nican Mopohua (el célebre texto fundador de las apariciones guadalupanas), al lado de frases célebres de los próceres de la independencia Bolívar y Morelos (“Morales”, dijo por equivocación el profesor Carriquirry), y claro está, referencias de los documentos de la última conferencia general del episcopado latinoamericano, la de Aparecida (Brasil), y del propio Benedicto XVI. Cerró esta primera parte, previa a la misa propiamente dicha, la oración guadalupana pronunciada por el arzobispo de Santo Domingo (República Dominicana), cardenal López Rodríguez.

Presentes ya las naciones festejadas y debidamente enmarcada su historia en la del catolicismo, bajo unos clásicos acordes del Tu es Petrus, hizo su entrada el Sumo Pontífice acompañado de los concelebrantes. Cabe destacar la repartición “equitativa”, por decirlo de alguna forma, de los asistentes del Sumo Pontífice: dos cardenales de la curia, el Secretario de Estado, cardenal Bertone y (era casi obligado) el presidente de la comisión para América Latina, cardenal Ouellet, con dos cardenales arzobispos latinoamericanos, el de México (cardenal Rivera Carrera) y el de Aparecida (Brasil, cardenal Assis). En contraste con el muy clásico y solemne rito de entrada, luego de unas palabras de  agradecimiento al Papa por haberse sumado a la conmemoración del Bicentenario, la música elegida para la ocasión fue mayormente la Misa criolla (1965) del argentino Ariel Ramírez, joya de la música religiosa latinoamericana del siglo XX. Inspirada en la música tradicional argentina y andina, jugó en su día un destacado papel como fuente de inspiración para la música de la Teología de la Liberación, aunque nunca estuvo relacionada con ella directamente. Desconozco, lo confieso, si ya antes se había usado en la Basílica de San Pedro y con el Papa presente, pero convenía en este caso tanto más cuanto que Ramírez la dedicó a unas religiosas compatriotas del Papa que habían asistido a las víctimas de un campo de concentración del nazismo. Para quien no lo conozca, aquí incluyo el Gloria de ella, en una de las versiones más conocidas, la interpretada por Mercedes Sosa.

Al ritmo de estilo sudamericano, siguió la liturgia de la palabra mayormente en español, sólo la segunda lectura fue proclamada en portugués. En cuanto a las lecturas, si bien el Salmo (66) y el Evangelio (San Lucas, 1) fueron efectivamente tomados de la liturgia que se acostumbra en México para la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, en la primera lectura el profeta Isaías dejó paso a Zacarías, y en la segunda, la carta de San Pablo a los Gálatas fue sustuida por un pasaje del Apocalipsis. Aunque sin duda los especialistas en estos temas podrán corregirme, no creo que hayan sido cambios al azar. El pasaje del profeta Zacarías, capítulo 9, con su evocación de la extensión del reino prometido al pueblo de Israel “hasta los confines de la Tierra”, convenía perfectamente a una liturgia para los pueblos latinoamericanos, e incluso abría bien el responso del salmo “Que te alaben Señor, todos los pueblos”. Por su parte, la lectura del Apocalipsis vendría a ser hasta históricamente más apropiada, toda vez que desde siglos atrás los oradores novohispanos y mexicanos quisieron ver en la de Guadalupe la “gran señal” de la visión de San Juan en Patmos, y ella también abría bien el camino al Evangelio, el de la visita de la Virgen a Isabel. En general, pues, se diría que los organizadores trataban de darle mayor realce a la imagen misma que ya nos habían dado en los ritos iniciales, la de unos pueblos lejanos y múltiples, reunidos en torno de la imagen maternal mariana, no menos que de la maternal Iglesia.

Vino así la homilía, asimismo en español (salvo un breve pasaje en portugués) que no reseño por estar publicada íntegramente en varios idiomas en el sitio de la Santa Sede. No puedo omitir, sin embargo, que valdría la pena hacer alguna vez el recorrido de las palabras de los Papas sobre la independencia latinoamericana, desde aquellas encíclicas de Pío VII (Etsi longissimo, 1816) y León XII (Etsi iam diu, 1824), hasta esta manifestación de la “alegría de la Iglesia” por el aniversario de nuestras naciones. Más solemne, en latín sobre todo, aunque sin dejar de lado en la música a la Misa criolla, la liturgia eucarística fue por ello (siempre según mi particular opinión), algo menos rica en referencias específicas a la América Latina. Por ello, más que seguir describiendo el ritual, quisiera cerrar simplemente con esta imagen, propia del Servicio Fotográfico de L’Osservatore Romano, periódico oficial del Papa (la galería completa está disponible en su página de internet). En ella vemos el paso del Sumo Pontífice ante las banderas latinoamericanas, al fondo la Cátedra de San Pedro, los abanderados de pie en saludo a la máxima autoridad de la Iglesia católica. Lamentablemente no encontré una imagen clara de cómo las banderas se inclinaron al momento de la consagración, pero en uno y otro caso, creo que ilustra bien una parte no menor de este ceremonial, que también iba dirigido a mostrar a las naciones latinoamericanas tributando honores a la Sede Apostólica.Papa y Banderas

Orizaba y Roma en el siglo XVIII

A lo largo del siglo XVIII, los fieles de la parroquia de San Miguel Orizaba, como la mayor parte sin duda de los católicos del mundo hispánico, tuvieron poco contacto con la Capital de la Cristiandad, con Roma. Conviene sin duda tenerlo presente, de manera general, la Santa Sede se relacionaba con los reinos americanos por intermediación del rey católico, en su calidad de Patrono de la Iglesia y otros títulos. Según las leyes, los documentos pontificios debían previamente obtener el permiso del Consejo de Indias para solicitarse a la Santa Sede, y una vez expedidos, obtener el pase del propio Consejo. Asimismo, contrario al rey, tan presente en las celebraciones litúrgicas hasta de las más pequeñas parroquias americanas, era más bien excepcional o propio de las grandes catedrales la celebración de los eventos de la Casa Pontificia. Así, en principio, Roma estaba ausente del ceremonial y muy mediatizada en sus documentos. Sin embargo, éstos existen: a lo largo del siglo XVIII al menos cuatro corporaciones religiosas orizabeñas obtuvieron diversos documentos romanos, tanto más significativos pues nos permiten ver qué se esperaba de la Ciudad Eterna en una villa novohispana de la época.

DSCF3456La primera ocasión de la que tenemos noticia de la llegada a Orizaba de un documento romano data de 1732, y es ya de hacerse notar que no se trata de un documento papal sino de una patente del ministro general de la Orden de Predicadores, es decir, de los dominicos, fechada en Roma desde el 26 de noviembre de 1727. En ella, fray Tomás Ripoll, concedía a los fieles orizabeños la licencia para fundar la cofradía de Nuestra Señora del Rosario de Orizaba, con la participación de todas las indulgencias concedidas a dichas cofradías fundadas por los padres dominicos en todo el orbe católico. Cabe decir, la del rezo del Rosario es una devoción tradicionalmente atribuida a Santo Domingo de Guzmán, el fundador de la orden (a quien vemos aquí a la izquierda en la imagen de la capilla que le está dedicada en la Basílica de Santa María sopra Minerva de Roma), de ahí que se recurriera a la más alta autoridad de los religiosos para legitimar la fundación de esta nueva corporación. Devoción de especial relevancia en la Reforma católica, se destaca por varias razones: es una práctica de meditación, ahí donde ese movimiento religioso había impulsado precisamente prácticas espirituales e interiores; es también la difusión de una serie de imágenes y de una ornamentación de los espacios sagrados, pues en la capilla de la cofradía debían tenerse presentes las de los 15 misterios y la de Santo Domingo; es en fin, y lo recordaba bien el general dominicano, la integración en una celebración del mundo católico en su conjunto, la del 30 de octubre, en conmemoración de la victoria de Lepanto contra los turcos, obtenida según la tradición por intermediación de los rezos del Rosario.  Por supuesto, es también la integración en las indulgencias de los cofrades, esto es, en los diversos perdones generales y parciales de los pecados de los devotos. La patente así, es de alguna forma una evidencia clara de la legitimación en Roma de la construcción del espacio sagrado orizabeño que tiene lugar a lo largo de la primera mitad del siglo XVIII y de la consolidación de sus corporaciones de seglares.

DSCF3719Mas no sólo los seglares obtuvieron su validación en Roma: las dos corporaciones de clérigos de la villa de Orizaba, la Congregación de San Pedro y el Oratorio de San Felipe Neri, recurrieron al Papa para obtener su confirmación. De hecho, en el primer caso, los sacerdotes congregantes obtuvieron el breve pontificio del 24 de septiembre de 1751 del Papa Benedicto XIV, pero nunca (hasta donde sabemos al menos) una real cédula que validara la fundación por parte de la Corona. El breve pontificio era en realidad su único documento fundacional, y no era sin duda un asunto menor: el clero local, el “cabildo eclesiástico de la villa” como se le denominó en alguna ocasión, entendía así que su legitimación le venía en principio de la Tiara y no tanto de la Corona.

Por su parte, los padres oratorenses, que sí que contaron con la licencia del rey para su fundación, obtuvieron asimismo un breve de confirmación del Papa Pío VI del 2 de junio de 1775. Es posible que actuaran entonces en comunicación con otros Oratorios novohispanos, pues los de México y Guanajuato obtienen también breves pontificios en 1776 y 1777. Acaso contarían allá también con la colaboración de la casa original de este tipo de congregaciones, la de la Iglesia Nueva de Roma (cuyo interior actual vemos en la imagen). Sea como fuere, los oratorenses obtienen también dos breves de indulgencias perpetuas para ellos, uno para su santuario, el de Nuestra Señora de Guadalupe, para los fieles que acudieran ante sus altares en sus fiestas.

DSCF3535Mas en ese sentido, la corporación que mayor número de breves pontificios obtuvo, ya casi al final del siglo, es nuevamente una corporación de seglares, la cofradía de las Benditas Ánimas del Purgatorio y Santos Ángeles. Ésta, acude a Roma a solicitar del Papa Pío VI un amplio y diverso número de indulgencias. Muestra de que ese proceso de consolidación de corporaciones de seglares devotos continuaba, los cofrades obtienen al menos siete breves entre 1795 y 1796, de los que conocemos los cinco fechados en la Basílica de Santa María la Mayor (que vemos en la imagen) el 1o de septiembre de 1795. Ellos nos informan de las prácticas religiosas de los cofrades y fieles orizabeños en general: exposición del Santísimo Sacramento el día de San Camilo Lelis, patrono de los agonizantes; octava de los Fieles Difuntos; fiesta de los Ángeles Custodios, en todas las cuales los breves conceden indulgencias perpetuas para todos los fieles. Desde luego, hay beneficios pedidos exclusivamente para los hermanos: indulgencia plenaria para el día de la comunión general mensual, e indulgencia extendida para todos los hermanos ausentes y difuntos.

Cierto, la naturaleza misma de los documentos nos impide conocer a detalle si quienes los tramitaron buscaron acaso hacer un peregrinaje, para besar el pie del Papa, por ejemplo, cual era la costumbre en la época de los peregrinos en Roma, para adquirir reliquias suyas o de los mártires de las catacumbas (aunque si así fue, no llegaron a Orizaba que sepamos). En ese sentido, si nos atenemos a estos indicios, uno diría que, mas que una devoción al Papa, la idea de los fieles orizabeños tenían de Roma es ante todo la de una fuente de indulgencias y privilegios, legitimación al más alto nivel de las corporaciones locales que dominaban por entonces el espacio público de la villa.

Moctezuma como argumento ante el Papa

Aquí una entrada breve, para un documento al mismo tiempo singular y ejemplar: el memorial del Conde de Moctezuma al Papa Clemente XIV en 1772 para pedir algunos privilegios para su oratorio particular y para su mesa, que efectivamente obtuvo por breve del 10 de marzo.
Cabe decir, no es un documento fuera de lo común, los memoriales y breves pontificios abundan en privilegios pedidos por la nobleza de todo el mundo católico, lo mismo para indultos matrimoniales, que para indulgencias u oratorios. Hijo de varios linajes de los más distinguidos de la época, el conde de Moctezuma no puede sino seguir acumulando privilegios para sus descendientes, presentando como argumentos la memoria de los méritos de sus antepasados. Los nobles lo hacen así ante la Corona, lo hacen también ante la Corte pontificia. Desde luego, los argumentos de los otros nobles de la época no son muy distintos: descendientes de cruzados, combatientes de los turcos, etcétera, los nobles se presentan ante el Solio Pontificio luciendo sus timbres de gloria como defensores de la fe, paradójicamente para obtener exenciones ante algunos mandamientos eclesiásticos.

Si por ese lado es sin duda un documento ejemplar, es tal vez singular en tanto nos permite conocer una memoria de Moctezuma que, me parece, está poco estudiada hasta ahora, la de sus descendientes, más allá del siglo XVI desde luego, y en general, la memoria religiosa de la nobleza del mundo hispánico. Aquí pues, una solicitud en que la conquista militar y religiosa de un vasto imperio sirve de argumento para exonerar de seis días de vigilia la mesa del noble.

ASV, Sec. Brev., Reg. vol. 3741, no. 301, fs. 30-30v

Beatísimo Padre,

D. Gerónimo María de Oca y Moctezuma, conde de Moctezuma y de Tultengo, Grande de España de primera clase, señor de la provincia de Tula en la Nueva España, del castillo y fortaleza de Celme, con sus cotos y jurisdicciones en el reino de Galicia, poseedor de los ilustres mayorazgos que fundaron los eminentísimos señores cardenales D. Fray Francisco Ximénez de Cisneros y D. Juan de Mella, con el patronato del Colegio Mayor Universidad de Alcalá de Henares, caballero profeso de Santiago, P.A.L.B.P. de Vuestra Santidad dice: Que su ascendencia paterna proviene más antigua que el glorioso San Hermenegildo, hijo del rey Leovigildo, y de Santo Toribio de Mogrovejo, arzobispo de Lima, mantendiendo el lustre de su linaje con muchos ricos hombres de esta Monarquía de España con iguales enlaces hasta el presente; que se halla poseedor por la línea materna de la Casa del Emperador Moctezuma, rey y señor que fue del Imperio Mexicano, en grado de sexto nieto, que puso bajo de la obediencia de esta Corona de España su persona y vastos dominios que habían poseído sus antecesores en tantos siglos por abrazar la religión católica; que estuvo casado con Da. María Josefa de Mendoza, hija de los marqueses de Villagarcía, de Monrroy y de Cusano, una de las casas muy ilustres de España y de Nápoles, Grande de España de primera clase; que su hijo primogénito el marqués de Tenebrón está casado con Da. María Josefa de Córdoba y Moncada, hija de los duques de Medinaceli. En esta atención, que reconoce a la Divina Misericordia:

Suplica con toda humildad a Vuestra Santidad que teniendo presente la pronta voluntad con que abrazó la religión católica el Emperador Moctezuma, sexto abuelo del conde suplicante, que ha dado tan crecido número de fieles a nuestra Santa Madre la Iglesia, aquel Nuevo Mundo, y la antigüedad que en tantos siglos ha mantenido su Casa por las dos líneas, se sirva Su Beatitud de conceder a los condes de Moctezuma presentes y a los sucesores en su casa que puedan hacer celebrar el Santo Sacrificio de la Misa en el oratorio de su casa todos los Sábados Santos después de los Divinos Oficios, y que puedan comer carne y no guardar ayuno seis días de vigilia cada año los que escogieren, así los que se sienten a su mesa como sus domiciliarios y personas que eligieren, gracia, honor y privilegio distintivo que humildemente impetra del alto paternal poder de Vuestra Santidad.

El conde de Moctezuma.

Celebrad al Papa

Hoy, según he podido ver por los medios, los católicos mexicanos celebran la beatificación del Papa Juan Pablo II. Vigilias de oración, transmisiones en vivo de la misa celebrada en la plaza de San Pedro, flores en los monumentos que ya se le han construido en varias ciudades, imágenes en abundancia, incluyendo el concurso de fotografía que organiza la Arquidiócesis Primada de México, son algunas de dichos festejos. Es cierto, el pontificado del ahora bienaventurado tuvo sin duda una relevancia particular para México: lo mismo en temas políticos, como el restablecimiento de relaciones diplomáticas con la Santa Sede; que en asuntos más estrictamente religiosos, como la canonización veintiocho nuevos santos; y desde luego pastorales, con sus cinco visitas que literalmente conmovieron a su paso a las ciudades y pueblos mexicanos. En el plano internacional, Juan Pablo II ha pasado ya a la historia como el Papa de la caída de los regímenes comunistas europeos, de un despliegue de actividad diplomática impresionante, y  viajes y presencia en los medios. Pontificado controvertido: si el tradicionalismo le reprocha hoy los encuentros ecuménicos de Asís, y las peticiones de perdón del jubileo del año 2000, del lado opuesto no se olvida el tema de la condena de la teología de la liberación, y últimamente su buena relación con el padre Marcial Maciel. Sobre todo ello, es sin duda recomendable el artículo publicado hoy por Sandro Magister  “Karol Wojtila beato. Contemplarán al que traspasaron“.

Ahora bien, más que hablar con detalle de ese pontificado, me limito aquí a hacer notar que los festejos de la beatificación del Papa son especialmente originales para México y los países latinoamericanos, si lo vemos en una perspectiva de larga duración. Y es que en el Antiguo Régimen, era más bien raro ver festejos o conmemoraciones del Papa en tierras americanas. Para prueba, la siguiente real cédula, que trascribo del tomo III del Cedulario americano del siglo XVIII editado por don Antonio Muro Orejón en 1977 y publicado por la Escuela de Estudios Hispano Americanos de Sevilla, esta real cédula de 1724, en la que el rey se vio obligado a intervenir para que en los reinos americanos se celebrase también al Papa:

“El Rey

Por cuanto me hallo enterado de que en mis dominios de la América no se celebran las exequias y honras funerales que se deben cuando mueren los sumos pontífices, ni las demostraciones de hacimiento de gracias cuando se elijen sucesores en la silla apostólica, como se practica y ha practicado siempre en mis reinos y dominios de España: Y siendo justo el reparo de que hallándome absoluto monarca de aquellos y singular patrono de todo el estado eclesiástico de ellos, se dejen de ejecutar las mismas demostraciones en uno y otro caso, con motivo de haber fallecido la Santidad de Inocencio Décimo Tercio, el día 7 de marzo de este año, y sido exaltado a la sagrada tiara pontificia el cardenal Pasino, el día 29 de mayo próximo pasado, con el nombre de Benedicto Décimo Tercio. He resuelto, sobre consulta de mi Consejo de las Indias de 16 del presente mes, se practiquen generalmente en los reinos de las Indias las expresadas funciones. Por tanto ruego y encargo a los arzobispos y obispos de las iglesias metropolitanas y catedrales del Perú y Nueva España, a los cabildos de ellas en sede vacante y a los provinciales de las religiones de ambos reinos, que luego que reciban este despacho, celebren y hagan celebrar en las iglesias de sus diócesis y provincias con la solemnidad que se requiere y corresponde, las exequias funerales y sufragios por el ánima del expresado pontífice Inocencio Décimo Tercio, y consiguientemente las demostraciones y hacimiento de gracias que son debidas a la Majestad Divina por la nueva exaltación al Pontificado de la Santidad del referido Benedicto Décimo Tercio, y que se ejecute lo mismo en los demás casos de muerte y elección de Pontífices que se ofrecieren en adelante por ser así mi voluntad, y que me den cuenta del recibo y cumplimiento de esta mi resolución en la primera ocasión que se ofreciere. Fecha en Buen Retiro a 26 de junio de 1724. Yo el Rey.”

Entradas de prelados: Roma y Guadalajara en el siglo XVIII

DSCF3414En todas las monarquías del Antiguo Régimen era relativamente común la celebración de grandes entradas triunfales. Existe ahora una bibliografía importante sobre el tema de la “liturgia del poder” que ha dado cuenta de la importancia y los diversos aspectos de esos grandes ceremoniales al mismo tiempo políticos y religiosos, destinados a reforzar la legitimidad de las autoridades, y a representar las jerarquías a la vez sociales y políticas, así como los símbolos del poder en su conjunto. En el caso mexicano es ya un tema clásico el del trayecto de los virreyes de la Nueva España, desde Veracruz hasta la villa de Guadalupe pasando por Otumba (escenario de una importante batalla en tiempos de la Conquista) y su entrada triunfal a la Ciudad de México. Es un poco menos conocido, pero ya ha sido tratado, el tema que aquí me interesa, el de las entradas triunfales de los obispos del Antiguo Régimen.

Ellas tenían, sin duda, un modelo para todo el mundo católico en la más importante de esas entradas la que tenía lugar en la Ciudad Eterna, en Roma, al inicio de un nuevo pontificado: il posseso.

DSCF3557Desde la Edad Media, aunque adquiriendo su configuración clásica en los siglos del Antiguo Régimen, el nuevo Soberano Pontífice acudía procesionalmente desde el Vaticano hacia el otro extremo de la ciudad a tomar posesión de su catedral: la Basílica de San Giovanni in Laterano, cuya fachada vemos en la imagen. A caballo o en litera, el Papa atravesaba la ciudad para recibir los homenajes de sus súbditos más directos, en tanto obispo y en tanto soberano. Su cortejo avanzaba por la via papale atravesando un amplio despliegue simbólico: la nobleza romana decoraba las fachadas de sus palacios incluso con cuadros vivientes o con arcos triunfales.

DSCF3480Otro tanto hacían las grandes corporaciones religiosas romanas. La Compañía de Jesús, orden tal vez la más experta en materia de fastos barrocos, levantaba también un arco triunfal o una fachada efímera delante de su iglesia principal, la del Gésu (que vemos a la izquierda en su estado actual). Llegado al corazón de la Ciudad Eterna, el Conservatorio de la Ciudad salía también a recibirlo, presentándole a partir de San Pío V, la entrega de las llaves de la ciudad a su paso por el edificio de la corporación municipal, el Campidoglio. Con ello, el ceremonial de toma de posesión de la catedral devenía también ceremonial de toma de posesión de la ciudad misma.

Arco de TitoSiguiendo por la via sacra, el Soberano Pontífice atravesaba los testimonios de la antigüedad clásica, la memoria misma de la gloria imperial de la Ciudad, que tenían también su particular sentido en la toma de posesión del representante de Cristo en la Tierra. Así, por ejemplo, al llegar al Arco de Tito, el que conmemoraba la campaña victoriosa de las legiones romanas contra la rebelión de los judíos en el siglo I, (y que vemos en la imagen), la comunidad judía de Roma salía también a presentar al Papa uno de sus símbolos, la Torá, en reconocimiento de su soberanía En fin, en la última parte del recorrido, el Cabildo Lateranense le entregaba también al Soberano Pontífice unas llaves, no las de San Pedro como querría la voz popular, pero sí las del Palacio Lateranense, donde en la Edad Media tenía lugar el asiento del Papa en la sedia stercoraria, oscuro objeto simbólico que causó numerosos rumores en la Corte pontificia como puede leerse en la primera parte del clásico de Alain Boureau La papesse Jeanne.

Otra la era la escala, otros los escenarios, otra sin duda la amplitud de la potestad, pero los principios organizadores del ceremonial, e incluso las pompas mismas no variaban mucho en una capital episcopal novohispana del siglo XVIII, como lo era la ciudad de Guadalajara.

Las entradas episcopales tapatías tenían también sus símbolos y sus espacios, sus actores y sus jerarquías. Los tapatíos acudían a recibir a sus obispos a las fueras de la ciudad, en la villa de San Pedro Tlaquepaque. Hasta ahí llegaban representantes de la Real Audiencia, el Ayuntamiento, el Cabildo Catedral, los vecinos nobles y de “distinción” para presentar sus parabientes y dar la bienvenida al prelado. Ahí desde luego no había guardias suizos, pero sí en cambio numerosa tropa de caballería “espada en mano” en honor del Príncipe de la Iglesia, escoltando esta primera etapa hasta la capilla de San Antonio. Era en ese punto donde propiamente hablando se formaba el cortejo de entrada triunfal. Bajando del carruaje, el nuevo obispo hacia su entrada, no a caballo como el Papa, sino en mula, con gualdrapa de terciopelo rojo o carmesí, no sin antes recibir los honores militares de la infantería estacionada en ese punto para la ocasión. Si el Soberano Pontífice se rodeaba de dignatarios y nobles romanos, el obispo de Guadalajara avanzaba “rodeado de las autoridades y gente noble, jinetes con otras monturas ricamente enjaezadas” como solían decir las descripciones de la época, que seguimos aquí a partir de la obra de José Ignacio Dávila Garibi, Apuntes para la historia de la Iglesia en Guadalajara, harto instructiva en materia del ceremonial episcopal neogallego.

La cabalgata iba por en medio de calles tal vez sencillas si las comparamos con las vías romanas, pero no por ello menos adornadas “con colgaduras de seda de China y gallardetes de variados colores”. El prelado llegaba hasta alguna de las iglesias del centro de la ciudad, San Agustín, según sabemos, donde iniciaba la tercera parte de su recorrido, la procesión episcopal propiamente dicha. Previo saludo del Cabildo Catedral y demás corporaciones religiosas de la ciudad, revestido ya de pontifical, el obispo avanzaba hacia la Iglesia Catedral, asimismo adornada para la ocasión. En la plaza principal, entre arcos triunfales, tablados para la interpretación de loas, y nuevamente saludos de las tropas, el obispo entraba finalmente a su sede para celebración del Te Deum en acción de gracias, al que seguía por último, la toma de posesión del equivalente aquí del palacio lateranense, el palacio episcopal.

Es tal vez significativo, el último posseso tuvo lugar en 1775 para el inicio del pontificado de Pío VI. Hubo nuevas entradas triunfales de los Papas en Roma, pero dejaron de estar asociadas a la toma de posesión de San Giovanni in Laterano, que a partir del pontificado Pío VII se haría más bien en ceremonia privada. Los obispos de Guadalajara en cambio, siguieron entrando con pompas barrocas en su capital para tomar posesión de su catedral y palacio al menos hasta los últimos años del siglo XVIII, con monseñor Juan Cruz Ruiz de Cabañas. Empero, no es menos cierto que en las primeras décadas del siglo XIX había ya voces que criticaban en la Nueva España este tipo de cabalgatas, aunque ello motivo de otra entrada próximamente.