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Sala Capitular de la Catedral de Sevilla

En algún otro momento, siendo estudiante de doctorado, dediqué este espacio a recorrer, con la ayuda de fotos, algunos puntos muy concretos de la ciudad de París. Hoy aprovecho esa invención tan particular es el Google Street View para un ejercicio semejante, pero esta vez en otra ciudad europea. Abajo de estas líneas encontrará el lector una imagen dela Sala Capital de la Catedral de Sevilla. Construida en el siglo XVI, caracterizada por su forma elíptica, decorada con cuadros de Murillo que representan a dos santos de la monarquía hispánica, San Fernando y San Hermenegildo, dos santos obispos sevillanos, San Leandro y San Isidoro, y a las dos santas patronas de la ciudad, Santa Justa y Santa Rufina.

Durante siglos fue sin duda uno de los lugares más importantes de la ciudad. Es el espacio en que el cuerpo de clérigos que gobernaba esta iglesia, los canónigos de la Catedral, se reunían para deliberar. A decir verdad, conozco poco de ella como espacio, pero me resulta interesante a título personal porque los documentos que conozco de la Catedral son mayormente “Autos de cabildo pleno”. Esto es, las actas en que se asentaban sus discusiones y decisiones producto de las reuniones de los 11 dignidades, 40 canónigos (existía también el “cabildo de canónigos” por separado), 19 racioneros y 18 medios racioneros. Digo todo género de temas, porque lo mismo era el momento de atender las cuestiones relacionadas con los ingresos de la Catedral, que las reparaciones o las obras nuevas para mayor ornato del edificio; pero también, para regular el culto, siempre necesitado de alguna reforma, o para establecer medidas que reforzaran el carácter de espacio sagrado propio de la Catedral.

En esas reuniones, además, los canónigos recibían las noticias de la coyuntura política sevillana y de la monarquía hispánica, y participaban en ella con actos litúrgicos. Era en esta sala donde se decidían las numerosas rogativas, o que se agregaran las oraciones pertinentes en las misas para atender a una ciudad en que no faltaban las sequías o el exceso de lluvias, o cuyos campos se llegaban a ver amenazados por alguna plaga. Los canónigos cumplían así su deber para con el público, pero también con la monarquía, era ahí donde se decidía, asimismo, la forma en que la Catedral y, por tanto, la ciudad, participaba en los numerosos ceremoniales de la familia real, con motivo de fallecimientos, bautismos, embarazos o matrimonios que tenían lugar en su seno. Por supuesto, esta sala se vio frecuentada también por representantes de la corporación municipal sevillana, al menos en el siglo XVIII, que es el que menos desconozco. La sala era también el teatro de las cortesías entre esas solemnes corporaciones que cogobernaban a la capital hispalense del Antiguo Régimen.

Y no podía faltar, era la sala donde llegaban a plantearse discusiones, aun entre esos graves eclesiásticos del Antiguo Régimen, bien que de ello no nos han llegado testimonios abundantes. En cambio, sabemos que alguno de los capitulares llegó a tratar de evitar estas reuniones: el auto de 18 de julio de 1764 cita una denuncia en el sentido de que “uno de los señores” había estado en el callejón que daba a la sala durante el Cabildo y no en él. Esto es, a pesar de lo fastuoso de su decorado, propicio para hacer entender al espectador su carácter de asiento de un poder de origen divino y bien asentado sobre la tierra, no dejaba de ser a veces un espacio más de la complicada administración catedralicia.

El lector, cabe finalmente, aprovechará la visita para explorar por esta misma vía otros espacios de la Catedral de Sevilla, a alguno tal vez llegaremos a dedicarle atención en este mismo espacio.

La reforma de cofradías en Sevilla: tres censuras fiscales

DSCF2648El mes pasado publicábamos en este espacio el dictamen del fiscal del Consejo de Castilla, el Conde de Campomanes, pidiendo la reforma de las cofradías de los reinos peninsulares en 1769. Así se inició el expediente general de Madrid, que culminó en 1783 con una real resolución en que efectivamente se dispuso:

a) La supresión de aquellas que no contaran con licencia ni del rey ni de los obispos, y de las cofradías gremiales.

b) La subsistencia de las cofradías sacramentales y de las que contaran con licencias del rey y de los obispos, y la revisión de aquellas que sólo contaran con licencia episcopal, para reformarlas o reunirlas con cofradías sacramentales.

c) La reforma de las constituciones de todas las que podían subsistir, para lo cual, las reglas, ordenanzas o constituciones debían ser recogidas por los tribunales reales.

Tal fue la reforma a nivel peninsular, pero en cada uno de los reinos y provincias peninsulares hubo también intentos de reforma general. Por ejemplo, en el reino de Sevilla. En la imagen vemos el estado actual del edificio que fue sede de la Real Audiencia de Sevilla, tribunal que se ocupó de esa reforma, y cuyos fiscales José García León Pizarro (en 1776) y Juan Francisco Cáceres (en 1787) dictaron las censuras que aparecen a continuación. El primero trató de realizar una verdadera reforma sevillana, prácticamente contemporánea del expediente general de Madrid. Al segundo, en cambio, le tocó aplicar la resolución que resultó del expediente general de Madrid. Los tres breves documentos nos ayudan a entender la especificidad de las reformas de cofradías en el mundo hispánico. Como se advierte, aquí ya se trata de medidas que realmente afectaban a las cofradías, en concreto la confiscación de sus documentos fundamentales para obligarlas a reformarse, ya no sólo es una petición de información como fue sobre todo en el caso de Nueva España.

Aquí pues, el intento de dos letrados del último cuarto del siglo XVIII en el sentido de “poner orden” en el denso mundo cofrade de la capital andaluza, que desde luego, hoy en día es testimonio de los límites de aquel esfuerzo ilustrado.

Censuras del fiscal José García León Pizarro, intento de reforma general en Sevilla, 1776*

El fiscal de Su Majestad dice: Que de resulta de varios pleitos, se han formado expedientes sobre el examen de las constituciones y licencias de la erección de varias hermandades y cofradías para cumplir las leyes del reino y novísimas reales resoluciones, y siendo algunas de ellas establecidas en el convento del patriarca San Francisco, Casa grande de esta ciudad, se le informa que hay otras en el mismo, por lo cual si fuere del agrado del Real Acuerdo, se servirá mandar se haga saber al padre guardián de dicho convento pase a este tribunal relación y noticia puntual de todas las hermandades y congregaciones situadas en él con la debida claridad y distinción, para que el fiscal de Su Majestad reconozca las que hubiere más de las examinadas, o que se están examinando con el mismo fin y de resulta decir lo que se le ofrezca. Sevilla, 13 de junio de 1776.

García Pizarro

 

El fiscal de Su Majestad, en progreso en promover el más exacto cumplimiento y observancia de la ley del reino y novísimas resoluciones reales y del Supremo Consejo de Castilla, en punto de cofradías y hermandades de legos, dice: Se ha instruido las hay fuera de otras muchas en las ermitas o capillas del recinto de esta ciudad y sus arrabales, a saber: San Hermenegildo junto a la puerta de Córdoba, San Blas, San José, Nuestra Señora del Mayor Dolor en la Laguna, Nuestra Señora de los Dolores junto a San Marcos, San Onofre, Santo Cristo de Zalamea, San Sebastián, Nuestra Señora de la Piedad, Nuestra Señora del Patrocinio, los Mártires, Nuestra Señora de la Concepción en la Macarena, Nuestra Señora del Rosario en la Resolana, Nuestra Señora de la Estrella, San Andrés, la Santa Cruz del Rodeo, Santo Cristo de las Necesidades, Nuestra Señora de los Ángeles, Nuestra Señora del Rosario, Nuestra Señora de la Encarnación y Nuestra Señora de la Soledad, que por ahora tiene noticia, sin las muchas que hay en retablos y casas puertas de las calles, de que se procurará hacer instruir e informar, y para que con estas por ahora se cumpla lo ya proveído con otras, se servirá el Acuerdo mandar se haga saber a sus hermanos mayores o cofrades que hagan de cabeza que en el término preciso que se les señale presenten sus ordenanzas, estatutos o documentos de su erección, que pasen al oficio fiscal para su examen y demás conveniente, y que fuere del agrado de vuestra señoría, acordando también que así por la mayor brevedad y comodidad de la ejecución, como porque el conocimiento de estos expedientes quede en la distribución igual posible, por lo que hace a los oficios de cámara, se repartan todos los que en el día hay de esta naturaleza y se fueren instruyendo bajo las reglas prescriptas, o que se sirviere determinar este Real Acuerdo con la justificación, sabiduría y prudencia que acostumbra. Sevilla, 16 de julio de 1776

García Pizarro

* Archivo General del Arzobispado de Sevilla, Justicia, Hermandades y cofradías, leg. 9813, exp. 4, fs. 1 y 5-5v.

Censura del fiscal Juan Francisco Cáceres en aplicación de la Real resolución de 1783 en Sevilla, 1787*

El fiscal de Su Majestad: En vista de este expediente y real orden con que principia sobre reforma, extinción y respectivo arreglo de las hermandades y cofradías del reino, dice: Que pues a las muchas que hay en esta ciudad y pueblos del territorio de esta Real Audiencia, unas deben extinguirse absolutamente y otras necesitan la correspondiente aprobación para su subsistencia, todo bajo las reglas establecidas en las leyes del reino, y con arreglo a lo que ahora recomienda la citada resolución de Su Majestad a consulta del Consejo, es el fiscal de dictamen, que uniéndose dicho expediente al general de hermandades y cofradías de esta ciudad, se sirva mandar el Acuerdo, que respecto a ser muy pocas las que han obtenido la competente real aprobación y necesaria la supresión y reforma de muchas, se traigan y presenten para su inspección y demás que entonces convenga, las reglas, constituciones o documentos de la erección y gobierno de todas, en el preciso término que se las prescriba, a cuyo fin y para la mayor brevedad y comodidad de la ejecución, puede el Acuerdo encomendar a los tenientes de esta ciudad que inquiriendo cada uno e instruyéndose de las cofradías establecidas en sus respectivos cuarteles, procedan con la mayor actividad a recoger las ordenanzas de todas, haciéndole a los hermanos mayores, priostes o cofrades que hagan de cabeza de dichos cuerpos se las presenten y entreguen inmediatamente, ya tengan aprobación real, en cuyo caso se les habrán de devolver para que se arreglen a su tenor, siempre que revisadas por el fiscal y este Real acuerdo se encontraren estar conformes y deber subsistir con arreglo a lo nuevamente prevenido en la citada real determinación, o ya carezcan de dicha aprobación para los efectos convenientes ya indicados, pasándolas a este fin dichos tenientes a la presente escribanía del Acuerdo con las diligencias que hayan practicado en cumplimiento de lo referido, a costa de las insinuadas hermandades respectivamente, informando del mismo modo si no hubieren podido conseguir de alguna o algunas de ellas la citada presentación de sus ordenanzas, sobre la causa de no haberse verificado, diligencias para ello practicadas y noticias adquiridas en orden a cuál sea la parroquia, convento, iglesia, ermita o retablo en donde se hallen situadas y erigidas aquellas, el modo de su gobierno y personas que corran con él, haciéndolo igualmente con toda expresión y posible justificación acerca de los caudales que tengan todas, a excepción de las que manifiesten de pronto gozar de la real aprobación del Consejo, y por lo respectivo a los pueblos de la jurisdicción del tribunal, se servirá el Acuerdo mandar librar provisión o carta orden por vereda a sus justicias, para que en igual término evacúen las mismas diligencias de presentación y remisión de ordenanzas de hermandades que en ellos haya establecidas, a costa de éstas, e informe expresivo y circunstanciado que extenderán a manifestar si efectivamente se dirigen por las que tengan y la utilidad o ventajas que ocasionen al común de vecinos los expresados cuerpos, o si no les produzcan alguno, antes sí sirvan o sean fomento de dispendios de sus respectivos caudales y de otros desórdenes, con apercibimiento los enunciados tenientes y justicias que pasado dicho testimonio sin haber cumplido por su parte lo decretado, se procederá contra ellos como más haya lugar, y serán responsables de las resultas y a las costas que motiven su morosidad e inacción, hasta que se llegue a lograr lo que los hubiere mandado el Acuerdo. A cuyo efecto y que no se retarde como hasta aquí asunto de tanta entidad y recomendación, intentado y pedido mucho tiempo ha por el fiscal, habiendo entonces diferido a su solicitud el Acuerdo, determinará ahora este que el oficio cumplido que sea el plazo que se prescribiere, vuelva a pasar sin más dilación el expediente al fiscal, y lo demás que sobre todo contemplare su superior inteligencia más justo y acertado. Sevilla, 13 de febrero de 1787

Cáceres.

* Archivo General del Arzobispado de Sevilla, Justicia, Hermandades y cofradías, leg. 9813, exp. 4, fs. 14-17.

De América a Sevilla

DSCN1434Entre 1795 y 1807, el Cabildo Metropolitano de la Catedral de Sevilla recibió al menos unas 25 cartas del Consejo o de la Cámara de Indias. Tales son, en principio, las que aparecen citadas en los libros de autos capitulares que hemos recorrido a partir de 1769 en su depósito actual, la Institución Colombina en el Palacio Arzobispal de Sevilla. Si bien hay algunas de las que desconocemos el contenido, en la mayoría de los casos el Consejo trataba de resolver problemas acaecidos en las catedrales americanas a partir de las prácticas de la metropolitana hispalense. La lógica, posiblemente, era que al tratarse de la iglesia de la que se habían “desprendido” las metropolitanas de América a mediados del siglo XVI, podían seguir sirviendo de modelo en esos finales del siglo XVIII.

No conocemos todavía el contenido de todas esas cartas, porque en más de una ocasión el acta sólo consagra su comisión a alguna de las diputaciones del Cabildo para su respuesta, que por lo común fue la Diputación de Ceremonias, y más tarde, la aprobación del informe resultante. De ahí que, ya identificadas sus fechas, corresponderá a un segundo momento examinar esos libros de actas de diputaciones para ver con detalle las preguntas del Consejo y los argumentos de los canónigos hispalenses. Cabe acotarlo, sus respuestas no dejaban de tener presente sus propias inquietudes, que aparecen incluso en medio de la sobriedad de las actas. No faltó una respuesta en que la Diputación de Negocios advirtió que era mejor “evacuarse sin incluirse en el punto de derecho”, acaso por no comprometer la legalidad de sus propias prácticas.

Hemos dicho que la mayoría de las cartas pasaron a la Diputación de Ceremonias, y es que se entiende que por lo común fueron cuestiones de liturgia, de cortesías y, justamente, de ceremonias y cargos y cargas ceremoniales, las que inquietaban a las catedrales americanas. Es cierto, hubo cuatro excepciones: la primera de las cartas trataba sobre las jubilaciones de los prebendados, la última versó sobre la impresión de añalejos, dos concernían la custodia y visita del archivo de los canónigos. Una sola correspondió a la relación con las autoridades civiles, las demás tocaban sobre todo a los propios eclesiásticos. Hubo dos cartas sobre nombramientos de cargos ceremoniales; tres sobre asientos en el coro; cuatro sobre el tratamiento del obispo de pontifical por los canónigos (dignidades en particular); cuatro también sobre las competencias de racioneros y medios racioneros, y una sola sobre el uso de un ornamento, las mangas de la sobrepelliz.

En términos geográficos, de nuevo las actas no mencionan con precisión a las catedrales de origen, salvo en nueve ocasiones: La Habana, Caracas y Buenos Aires aparecen citadas en dos ocasiones cada una, Arequipa, Charcas y Cartagena de Indias una sola. Cabe recordarlo, el Consejo de Indias en esta época se dividía en dos secciones, una de Nueva España y otra de Perú, cada una con su respectivo fiscal, para atender a los reinos separadamente los asuntos de los reinos al norte o al sur del Caribe, poco más o menos. Dada la diversidad de orígenes, claramente no se trata de una práctica propia de un solo fiscal. Habrá que volver también al Archivo General de Indias para revisar el origen de las cartas y la lógica de la consulta a Sevilla y no, por ejemplo a México o a Lima. Claro está, también es una consulta necesaria para averiguar si tuvo lugar el camino en sentido inverso, de Sevilla hacia América, de las prácticas en materia de ceremonias.

Señalemos finalmente que es significativo que “todavía” en esos últimos años del Antiguo Régimen, las cuestiones ceremoniales seguían siendo materia fundamental en las Catedrales americanas. Los temas mismos, relacionados sobre todo con el obispo y con el provisor, e incluso con las jerarquías internas de los cabildos catedrales, dan cuenta, bien posiblemente, de los cambios y continuidades de tiempos de las Reformas Borbónicas. Constituyen pues un material de investigación que puede ser particularmente interesante para la historiografía hispanoamericanista.

Una mujer buscando la libertad en la Sevilla del XVIII

DSCN1434Era el miércoles 3 de septiembre de 1777, cuando, según el libro de acuerdos correspondiente (Archivo de la Catedral de Sevilla, Secretaría, leg. 71888, f. 24v), el Cabildo Catedral de Sevilla, reunido de manera ordinaria en su sala capitular (de donde procede la imagen) y presidido por su deán, don Miguel Antonio Carrillo, recibió una petición que salta a la vista, no sé si para los ya habituados a esa fuente, pero sí en mi caso como neófito. Esto, porque provenía de una mujer esclava africana. Antes de transcribirla y de comentarla brevemente, debo aclararlo: se trata de un documento que sin duda cobraría mayor sentido si se inscribe en un conjunto más amplio de documentos sobre la vida de la protagonista (que por lo que se dice en esas breves líneas debió haber dejado tras de sí algún expediente interesante), o más todavía, de otros personajes que correspondan a su misma condición de esclavos africanos en el reino de Sevilla de la época, o al menos a la revisión exhaustiva de su presencia en el mismo fondo documental. Empero, en realidad esta publicación es producto de un encuentro casual con ese documento mientras revisaba dichas actas para otros fines. Me temo que no son los temas que pueda ahora mismo abordar de manera adecuada, me conformo pues con comentar algunos de sus elementos más evidentes, a partir de lo que menos desconozco, la historia religiosa y política de la Monarquía hispánica del Siglo de las Luces.

Pasemos pues al documento, dicen las actas:

Se leyó una petición de María del Carmen, natural de Angola, cristiana nueva y esclava de D. Antonio Escobar, escribano de la villa de Chucena, solicitando limosna para ayuda de rescatar su libertad, que en justicia había pedido, y la Real Audiencia de esta ciudad decretado a su favor, por el mal trato que le daba su amo, para cuyo fin tenía la correspondiente licencia del señor provisor y vicario general de este arzobispado, y cuyos documentos presentó. Y el Cabildo, en vista de ellos y en atención a lo piadoso de esta causa, vino en conceder a dicha suplicante la cantidad de trescientos y noventa y siete reales de vellón de limosna, que según las apuntaciones que presentó de limosnas ofrecidas, era la que le faltaba para completar los cien pesos en que estaba ajustado el rescate de su libertad, la que se le entregase luego que éste se llegase a verificar.

Mujer, “negra”, esclava y cristiana nueva, estas breves líneas que nos permiten asomarnos a la vida de María del Carmen nos la representan como alguien que, situada en las posiciones más bajas de las jerarquías sociales de la época, parecía haber aprendido bien el funcionamiento de las instituciones y jurisdicciones civiles y religiosas del Antiguo Régimen. En principio, había acudido a la Real Audiencia de Sevilla, es decir, a un tribunal que representaba a la justicia del rey, actuando siempre en su nombre, por el maltrato que le daba su dueño. Cabe recordarlo en efecto, en el Antiguo Régimen los propietarios, en términos legales (que no se cumpliera semper et ubique, es otra historia), tenían unas obligaciones mínimas con sus esclavos. En una monarquía católica como la hispánica, eran desde luego, obligaciones fundadas en términos mayormente (aunque no sólo) religiosos, que la legislación establecía de manera explícita desde tiempos medievales, al menos desde las Siete Partidas de Alfonso el Sabio, y que el rey, en su carácter de justiciero, debía hacer respetar. Entre esas obligaciones estaban la alimentación, el vestido, la limitación del castigo físico y claro, el adoctrinamiento cristiano, que implicaba su acceso libre a los sacramentos. Hoy todo ello puede parecernos de extraño a escandaloso, visto que nuestra sociedad se basa en la idea de derechos humanos y de igualdad, pero el funcionamiento del Antiguo Régimen estaba fundado al contrario, en la desigualdad y en el privilegio. María del Carmen, se entiende, pudo aprovechar esa legislación a su favor, no sabemos cómo, pero su declaración implica que pudo ser escuchada en un tribunal en que los procedimientos eran sobre todo por escrito y a través de abogados, e incluso obtuvo una sentencia favorable en la época, aun si para nuestra lógica resultaría injusta: se le permitió comprar su libertad.

Y obtenida esa victoria legal, para aprovecharla cabalmente, se entiende que conocía bien otro principio religioso fundamental para la sociedad de la época: la caridad. Tema particularmente querido y controvertido en el siglo XVIII, cuando los “ilustrados” empezaron a sistematizar la crítica de la holgazanería y a elogiar el trabajo, pero también a identificar religiosidad con el ejercicio práctico del amor al prójimo, en particular al desvalido. Desde siglos atrás, el mundo hispánico había incluso montado algunas de sus más grandes empresas a partir de contribuciones caritativas como las limosnas. Voluntarias en principio, pero más obligatorias moralmente, había instituciones completas que dependían de ellas (como ciertas órdenes religiosas que justo se llamaban por ello mendicantes, como franciscanos y dominicos) como también grandes construcciones de edificios de culto, de atención hospitalaria, de educación y un interminable etcétera. Nos lo ha recordado para el caso novohispano la obra de la profesora Annick Lempérière Entre Dios y el rey, la república, lo mismo el rey que el más humilde de sus vasallos daban limosna constantemente para todo género de causas públicas.

Pues bien, María del Carmen hizo de la suya una causa caritativa, pero de nuevo lo hizo además legalmente. Recurrió al juez eclesiástico que ejercía jurisdicción a nombre del arzobispo de Sevilla, el provisor y vicario general de la arquidiócesis, se entiende que para pedirle licencia para colectar limosna para el pago de su libertad. En el mundo hispánico no era raro, empero, ver demandantes de limosna que lo hacían sin documento alguno, pero justo se trata de una época en que la vigilancia sobre las demandas de limosna se intensificó, por lo que era prácticamente necesario si quería continuar aprovechando las vías legales. No sabemos a quiénes pidió limosna, pero ya es indicativo que se dirigiera al Cabildo Catedral, el senado del arzobispo de Sevilla, corporación eclesiástica que además acaso pudo conocer referida en el propio pueblo de Chucena, pues su iglesia era “capilla de la Santa Iglesia”, es decir, estaba bajo la jurisdicción de la Catedral y no del arzobispo. El presidente del Cabildo, el deán Carrillo, aunque no hemos encontrado estudios exhaustivos sobre su vida y obra, por algunas otras referencias pareciera haber sido justo un hombre del “catolicismo ilustrado”, crítico de la mezcla de lo profano y lo sagrado en el culto, favorable a la caridad, acaso en esa lógica es que vio la petición como una “piadosa causa” según se asentó en el acta.

El recurso al Cabildo Catedral terminó siendo particularmente provechoso: dando buen ejemplo de eclesiásticos caritativos, los canónigos, como vemos, le completaron a María del Carmen el pago de su libertad. Desde luego, no es que aprovecharan para cuestionar la esclavitud, pues de nuevo eso sería esperar de ellos que se hubieran comportado con la lógica de nuestros días. Este breve fragmento, repetimos ya finalmente, es más bien provechoso para explicar el funcionamiento del Antiguo Régimen, y la forma en que sus instituciones podía servir a la causa precisa de una mujer esclava africana, sin duda inteligente como para haber dejado este testimonio de su paso ante aquellos graves oidores y canónigos.

Escenas procesionales de antaño

Tal vez sea extraño evocar la Semana Santa en junio, como hacemos aquí con esta descripción de una procesión del Santo Entierro del Viernes Santo, pero siempre es oportuno recordar los testimonios de las que eran las grandes movilizaciones al mismo tiempo sociales, políticas, económicas y ante todo religiosas de antaño: las procesiones. En esta ocasión, además, el lector encontrará aquí una lectura de un escenario que hasta hoy sigue siendo el teatro de algunas de las más célebres procesiones del mundo católico, la ciudad de Sevilla. Es cierto, no es que falten testimonios de cómo eran esas ostentosas salidas organizadas por las hermandades de la ciudad a la Catedral, pero el que presentamos aquí tiene la originalidad de ser la representación de la procesión por sus mismos organizadores.

Documento al mismo tiempo normativo, pues es un “orden y método” incluido al final de unas ordenanzas, pero también de alguna forma publicitario, eran unas ordenanzas que, en el marco de la reforma de cofradías, habían de ser presentadas ante la más altas autoridades de la monarquía, el Real y Supremo Consejo de Castilla, en este caso, para obtener la aprobación real. Y esa es, tal vez, otra originalidad, es un testimonio de tiempos de las Reformas Borbónicas, que nos lleva a las tensiones entre la tradicional necesidad de procesionar, reforzada con el fasto del culto que había impulsado la Reforma católica desde el siglo XVI, y los empeños de moderación y separación de lo sagrado y lo profano que impulsaban los “ilustrados” del mundo hispánico. Nuestra procesión es buen ejemplo de ello: el lector encontrará que los hermanos incluían con orgullo la descripción de sus pasos y de sus emblemas, las indicaciones de sus personajes caracterizados, la variedad musical de su acompañamiento. Y justo todo ello resultó chocante a los fiscales de los tribunales que revisaron el expediente, resultando en que se libraran órdenes para que la hermandad se suprimiera, o mejor dicho, se integrara a la sacramental de la parroquia más próxima.

Mas dejemos ya el escenario para esta representación de aquel gran evento sevillano del Siglo de las Luces, que a su vez representaba un pasaje de la historia fundadora del Cristianismo.

AHN, Consejos, leg. 27391, exp. 7, fs. 23v-26. La Hermandad del Santo Entierro de Jesucristo y María Santísima titulada de Villaviciosa, establecida en la iglesia del Monte Calvario, sitio del Colegio de San Laureano, de religiosos mercedarios calzados, extramuros de la ciudad de Sevilla, sobre aprobación de ordenanzas, 1795.

“Orden y método con que ha hecho su estación los Viernes Santos de Cuaresma [sic] a la Santa Metropolitana y Patriarcal Iglesia de esta Ciudad, la cofradía y hermandad del Santo Entierro de Nuestro Señor Jesucristo y Nuestra Señora de Villaviciosa desde su propia iglesia del Monte Calvario y entierro de Jesucristo, extramuros de esta ciudad, a la Puerta Real, en los solares de Colón, a donde está fundado el Colegio de San Laureano, del Orden Militar de Nuestra Señora de la Merced.

Dan principio a tan respetable y lastimoso acto, una partida de 4 u 8 soldados de caballería comandados de cabo o sargento destinados a facilitar paso en el grande concursos que siempre se experimenta a admirar lo sucedido de esta función.

Siguen dos hermanos con sordinas a los lados del muñidor, que van vestidos con ropa talar de damasco negro, guarnecida de oro, en el pecho un escudo grande labrado realzadas en él tres cruces sobre un sepulcro, armas de que usa esta cofradía y la campanilla de plata propia de la hermandad, que tocándola de cuando en cuando avisa su venida.

Siguen dos diputados con bastones negros y casquillos de plata e insignias de lo mismo y veinte y cuatro niños de la doctrina con su maestro, que ayuda de la compostura y quietud que deben llevar, y cada uno conduce un cirio amarillo grande encendido.

Siguen la insignia de la manguilla de terciopelo negro, guarnecida de escudos de plata de chapa, con insignia de la Pasión de nuestro Redentor y columnas del mismo metal, y su cruz, a quien acompaña un lucido cuerpo de hermanos con velas encedidas y dos diputados de gobierno de estación y dos hermanos con bocinas.

Desde dicho sitio siguen las señoras hermanas y demás a quienes mueve la devoción de acompañar el Sagrado Entierro de nuestro Redentor, cerrando este cuerpo otros dos diputados de estación, a los que sigue otro cuerpo de hermanos con velas encendidas, hasta la insignia del Estandarte, que es de damasco negro, con cruz roja y cordones, cuya conducción pertenece al secretario de la hermandad y dos hermanos con bocinas.

Subsiguiente copia de músicos ministriles delante del paso del Triunfo, en que va la Santísima Cruz, que va en este lugar conducido de veinte y cuatro mozos de carga, por componerse siermpe las parihuelas de un elevado monte, fijadas en él la Santísima Cruz, con dos escaleras que desde dicho monte estriban en sus branzos, y delante un globo azul en que está enroscada una serpiente con – en la boca, y en él sentada la figura de la muerte, representada en un esqueleto a lo natural, simbolizando estas tres hechuras los tres enemigos del alma, mundo demonio y carne, cuyo esqueleto en movimiento de rendido, con la mano derecha en la mejilla, recibe en ella una faja negra, que viene desde la cruz con una inscripción de letras que plata que dice: Mors mortem superavit, abatida con la guadaña que tiene en la mano siniestra, asistiendo delante de dicho paso para su gobierno los dos señores hermanos fiscal primero y segundo de la hermandad, con varas e insignias de plata.

Continúa un cuerpo de hermanos con velas encendidas y dos con bocinas, a los que siguen una escuadra de cuarenta y tres hombres vestidos de hoja acerada, peto, espaldar, faldillas, brazaletes y viseras caladas, dorados los perfiles, toneletes y bandas de quinete, con puntas de plata al aire, llevando cada uno en la mano arrastrando una pica con su bandera negra, de cuatro varas de tafetán, todos uniformes con su capitán, teniente, alférez y paje gineta y música a la funeral, formando un lucidísimo cuerpo, y en seguida otra escuadra de niños, con sus picas arrastrando, vestidos de chupa y calzón de ante, con sus morriones, banda y ceñidor negro, todos uniformes, también con su música a la funeral, cuya escuadra es destinada a custodiar los siete coros de ángeles que van en medio, ricamente adherezados, a los que siguen las nueve síbilas, representadas en igual número de niñas, bien peinadas, vestidas con sus trajes, túnicas y mantos al aire, llevando en sus manos unas ramos, otras libros, diferenciándose cada una en el color del vestido, de encarnado, pajizo, verde, morado, et.c, según su patria y estado, en el hombro la tarjeta de lo que cada una profetizó; detrás los cuatro doctores, significados en otros tantos niños con sus mitras y vestidos según la regla que profesaron, y cerrando este lucidísimo cuerpo otros dos diputados de estación para su gobierno.

Continúa con las 3 comunidades del orden militar de Nuestra Señora de la Merced, Calzada, Descalza y la del Colegio de San Laureano.

Siguen las cruces de la parroquia, presidiendo la del señor San Vicente mártir, y doce sacerdotes con casullas negras, y detrás todos los ciriales con hachetas encendidas y doce hermanos con cirios alumbrando al cuerpo de nuestro Redentor, que en su paso viene en este lugar, rodeado de cuatro sacerdotes, llevando delante la correspondiente capilla de música y en las cuatro esquinas del paso un rey de armas, en cada una, vestidos con ropón y gorra de quinete, maza dorada al hombro, todos uniformes, componiéndose el paso del Señor de un sepulcro de carey, con cuatro columnas a lo salomónico, con sarmientos y hojas, capiteles y bazas doradas, cerrado con cristales aviserados de Venecia, guarnecidos todos de chapa de plata con sus pirámides, estriando dicho sepulcro sobre una baza jaspeada, adornada alrededor de seis tarjetas doradas con figuras e insignias de escultura, atributos de la Pasión de nuestro Redentor, y en cada una de sus cuatro esquinas, un florón donde va un ángel, también con insignia de la Pasión, en los extremos de dicho paso ocho jarras con hachetas, alumbrando a nuestro Salvador, que va en su lecho, en un colchón de Damasco, guarnecido de encajes de Milán sobrepuestos, bordados de oro, y lo mismo las almohadas y sábanas, que son de olán, todo el lecho fabricado de miñatura, dorado por dentro, con muchos ángeles estampados, presidiendo dicho paso los señores alcaldes y mayordomo de la hermandad.

Detrás del paso del Señor, va el palio de damasco negro con seis varas, que las llevan otros tantos eclesiásticos vestidos de sobrepelliz, y enseguida va una compañía de tropa reglada de la que se haya en esta ciudad, con su capitán, oficiales y sargentos enlutados los tambores y música a la funeral, a cuya compañía sigue otra de sujetos distinguidos vestidos a lo militar, de negro, con sus furnituras, armas y oficiales correspondientes, y su copia de música, como la antecedente, la cual forma un vistoso y lucido cuerpo.

Continúa el Sinpecado de terciopelo negro, guarnecido todo de insignias de la Pasión de plata de martillo, propio de la hermandad, con borlones de seda y plata, y es llevado por un sujeto distinguido de esta ciudad, a quien acompaña el lucídisimo convite que hace con velas encendidas y dos diputados que cierran este cuerpo, al que siguen el numeroso convite que hace el señor Asistente a los señores jefes principales, señor comandante de las armas, oficialidad que se haya en esta ciudad y caballeros particulares de ella, que con velas encendidas alumbran el paso de la Santísima Virgen que va en este lugar, presidiéndolo el Señor Asistente, o por su ocupación o ausencia, el señor teniente primero, y el señor diputado mayor de la hermandad con varas e insignias de plata, propias de la dicha, y correspondiente capilla de música que van cantando: Stabat Mater Dolorosa y de hermanos con cirios alumbrando a la Santísima Virgen, cuyo paso es de peregrina hechura de talla, todo dorado, con su sitial donde va Nuestra Señora delante dos ángeles de estatura de a vara de alto, con luces encendidas; a los lados de Nuestra Señora, San Juan y la Magdalena, a quien siguen las dos Marías, José y Nicodemus, cada uno con la vestidura correspondiente a dicho acto; faroles grandes en las esquinas, con hachetas encendidas, sus faldones que ocultan treinta mozos que conducen dicho paso, detrás del cual va el clero de la iglesia parroquial del señor San Vicente mártir, y se sigue el señor teniente primero con su escribano y ministros, con velas gruesas encendidas, y finaliza, cerrándolo todo, tropa de caballería con espada en mano, con cuyo método hace esta cofradía su estación, y se regresa al Colegio de su domicilio.”

 

Orando en Sevilla por personajes trasatlánticos

DSCF3991Los visitantes de la Catedral de Sevilla son testigos hasta nuestros días en ciertas fechas de una de las que fuera otrora una ocupación fundamental de su Cabildo Catedral, beneficiados, capellanes y clérigos: la oración por los difuntos. Quien recorre sus vastas naves lo comprenderá de inmediato poniendo un poco de atención: la Catedral es espacio de convivencia entre la Iglesia purgante y la Iglesia terrena (también con la Iglesia triunfante, claro está), como se nota en las numerosas tumbas que se hayan en varios puntos del pavimento de las naves, cerca de los altares de las capillas laterales y claro está, en la Capilla Real. Cada año se celebraban numerosas misas de aniversario, solemnes y comunes, algunos con vísperas y responsos. De hecho, según la Regla del coro y cabildo de 1760, los primeros aniversarios del año correspondían a los reyes medievales Alfonso X, Alfonso XI y Sancho el bravo y las reinas Berenguela y Beatriz, desde luego, en la Capilla Real. En diciembre, se recordaba ni más ni menos que a los Papas León X y Julio II en la capilla de las Escalas, y en julio se celebraba el aniversario por el Papa Urbano VIII “en agradecimiento a los beneficios” que de él había recibido el Cabildo Catedral.

DSCF3993A más de la memoria de reyes y sumos pontífices, la Catedral oraba de manera casi cotidiana por varios arzobispos de Sevilla, por obispos que habían salido de su coro, y claro está por dignidades, canónigos y racioneros de ella. Entre ese amplio contingente cada 27 de enero le tocaba, siempre según la misma regla, a don Juan Antonio de Vizarrón y Eguiarreta, quien había sido arcediano de Sevilla, dignidad de la Catedral, antes de ser promovido a arzobispo de México entre 1731 y 1747, habiendo sido también virrey y capitán general del reino de la Nueva España. Decía claramente la regla, no era, como en otros casos, una dotación particular del finado o su familia, sino una iniciativa de la propia corporación, “en atención a las generosas dádivas que remitió en vida a esta Santa Iglesia para el culto divino”.

Y en efecto, el visitante que llegue a la Catedral podrá ver todavía algunas de ellas. En el altar de plata, ya lo he mencionado en alguna ocasión en este blog, se encuentran los portacirios que donó, justamente de ese material y que se conocen también como los “vizarrones”, y exhibidas en el tesoro de la Catedral se cuentan un cáliz con patena, unas vinajeras con campanilla y platillo que vemos aquí en las imágenes, remitidas también por el metropolitano de México. Puede verse más sobre la relación de Vizarrón con el Cabildo Catedral de Sevilla en un artículo que publicara don Pedro Rubio Merino en las Actas de las I Jornadas Andalucía y América, disponible en la página web de la Biblioteca de la Universidad Internacional de Andalucía, Fondo Digital de La Rábida.

Volviendo a las oraciones, cabe decir que Vizarrón no era el único prelado de tierras americanas por quien se oraba en la Catedral hispalense. Se recordaba también, pero aquí sí por haber sido fundador y dotador de dos celebraciones, a don Gonzalo López de Ocampo, quinto arzobispo de Lima entre 1623 y 1627, antiguo arcediano de Niebla y canónigo sevillano, quien había ordenado la celebración de los maitines de la Inmaculada Concepción y la sexta solemne de la Ascensión.

Tumba de Colón con ofrendasEn fin, no está de más recordar también el responso de cada 12 de julio “que se canta sobre la sepultura de D. Hernando Colón que está en el trascoro”, hijo de Cristóbal Colón, cuya tumba se encuentra también en la Catedral, trasladado su cuerpo desde La Habana cuando España perdió la isla de Cuba. Y sí, es ante dicha tumba que en nuestros días, cada 12 de octubre, el Cabildo Catedral con las autoridades civiles y militares, acude a recuperar es antigua función suya de rezar por los difuntos, dedicando un responso al Almirante, seguido de un Te Deum en la Capilla de Nuestra Señora de la Antigua, que se encuentra justo al lado.

Mañanitas y serenatas a la Inmaculada

Acaba de pasar la fiesta de la Inmaculada Concepción, advocación particularmente querida en todo el mundo hispánico, aunque no siempre celebrada bajo el mismo nombre. Sin duda, cada región donde existe una imagen de ella la celebra con prácticas particulares, pero si hay una que es frecuente en nuestros días es la de llevarle serenata a la medianoche del 8 de diciembre. Aquí dos ejemplos, uno español y otro mexicano. De allende el Atlántico, la Tuna de la Facultad de Medicina de la Universidad de Sevilla ante la Virgen del Postigo en 2012, imagen que se encuentra en una pequeña capilla del Postigo del Aceite de la antigua muralla de esa ciudad. Y de aquende, las mañanitas a Nuestra Señora de San Juan de los Lagos en su Catedral Basílica. Tuna universitaria en un caso, mariachi y otros conjuntos en el otro; música en las calles en Sevilla y música literalmente en la capilla mayor de la iglesia en San Juan, según las sensibilidades de cada región sobre el escenario pertinente para la celebración. Pero sin duda música y canto, a veces compuestos ex profeso en uno y otro punto. Las variaciones y las semejanzas llegana a la imagen: de tamaño natural la del Postigo como es la Inmaculada en la mayor parte de la Península, y pequeña en cambio en los Altos de Jalisco como en la mayor parte de México. Pero en uno y otro caso, imágenes vestidas con la mejores galas, coronadas y adornadas con preciosas joyas. Sería sin duda interesante llevar más lejos la comparación entre ambos continentes, hacia la historia de las sociabilidades en torno a los cultos, de las sensibilidades, de las apropiaciones clericales y populares, y un amplio etcétera, que ayudan a dar cuenta de hasta qué punto el catolicismo americano y europeo tienen mucho más en común de lo que a primera vista podría pensarse.

Inmaculada Concepción en Sevilla

El dogma de la Inmaculada Concepción, proclamado por el Papa Pío IX el 8 de diciembre de 1854 constituye sin duda uno de los temas más importantes de la historia del catolicismo moderno y contemporáneo. Importante, me parece, porque es muestra de los múltiples niveles que caracterizan al catolicismo, siendo al mismo tiempo símbolo de identidad y devoción local, extremadamente local, de muchas regiones, pero también símbolo imperial y finalmente universal y pontificio.

En su día fue sobre todo motivo de querella entre los teólogos, maculistas como los dominicos, contra inmaculistas como los franciscanos, querellas que tuvieron en Sevilla uno de sus teatros más destacados. Mas fue sobre todo símbolo de identidad de muchísimas localidades y corporaciones, entre las cuales no puedo evitar dejar de mencionar al Ilustre Ayuntamiento de Orizaba, representante del vecindario de españoles, uno de cuyos argumentos de antigüedad era la constante presencia de una imagen y cofradía de la Inmaculada en dicha población. Hasta hoy sin duda, su celebración en México tiene un carácter muy local, tan es así que sus imágenes son más conocidas por los pueblos donde se encuentran que por la advocación misma, baste citar a la Virgen de Juquila y la Virgen de San Juan de los Lagos.

De especial importancia en el mundo hispánico, la Corona misma desde el siglo XVII con Felipe IV y en el siglo XVIII con Carlos III, hizo votos por defender la Pura y Limpia, y promovió constantemente su culto y su fiesta, de forma que quedaron íntimamente ligados a la lealtad monárquica. En tiempos de las guerras independentistas, la Inmaculada fue una de las muchas advocaciones movilizadas para obtener la liberación de Fernando VII, el monarca cautivo, y a su liberación, no faltaron iniciativas para fundarle nuevos conventos y promover su proclamación definitiva. No dejó de ser, al mismo tiempo abogada protectora local de muchas ciudades y provincias de Europa y América, por ejemplo de Lyon, en Francia, que hasta hoy celebra con luminarias su fiesta, originalmente motivada por su invocación contra la epidemia de cólera de principios de la década de 1830.

Mas en el siglo XIX, la Inmaculada se convirtió sobre todo en una de las advocaciones más caras al catolicismo ultramontano. Su definición por la autoridad pontificia vino a dar argumentos precisamente a la devoción al Papa como norte que debía guiar a un catolicismo cada vez más opuesto a los Estados nacionales en consolidación. Las celebraciones de su proclamación dogmática, que tuvieron lugar con toda la pompa posible por todo el orbe católico, fueron acaso uno de los grandes momentos de la historia de consolidación de esa autoridad, que hasta entonces se había mantenido casi ausente de las celebraciones públicas locales.

Habrá sin duda oportunidad para tratar con algún detalle algunos de estos temas, pero por el momento quisiera simplemente dejar paso a algunas imágenes, no todas de buena calidad lo reconozco, de la celebración de este año de la Inmaculada Concepción en Sevilla, ciudad de tradición inmaculista como pocas en el mundo hispánico.


Inmaculada en Sevilla, 2010 por davidclopez