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Tres fragmentos sobre la Seña

Arrastre de caudas en Quito, 2010, foto del sitio “La Hora Noticias de Ecuador”

Tal vez una de las ceremonias más olvidadas del catolicismo contemporáneo sea la de la Seña (o Reseña, en algunos lugares), en la cual los canónigos de las catedrales veneraban el estandarte de la cruz. Tenía lugar sobre todo el Miércoles Santo, pero no era la única ocasión, sí era, en todo caso, una de esas “misteriosas ceremonias” de la Semana Santa. Hoy en día, hasta donde sé, se sigue realizando en la Catedral de Quito, Ecuador, como nos muestran estas imágenes y el video de más abajo. Ese acto de veneración, básicamente consistía en que los canónigos, revestidos de sus capas magnas negras, arrastraban la cola y se prosternaban mientras el “signífero”, es decir, el portador de la bandera de la cruz (signus), la ondeaba sobre sus cabezas. Por ello, es también conocida como la ceremonia de “arrastre de caudas”. Para recordar como debía hacerse en el siglo XVIII, me permito copiar aquí el pasaje correspondiente del Diario manual de lo que en la Catedral de México se practica y observa en su altar, coro y demás en todos los días del año, (1751), que el lector puede consultar íntegramente en la Biblioteca Digital Hispánica.

Arrastre de caudas 2017, foto del periódico Metro.

En Quito, cabe destacarlo, la ceremonia subsiste, pero no ha quedado al margen de la secularización: hoy en día es incluso atractivo turístico promovido por la oficina nacional que atiende esos asuntos, como vemos en el video de más abajo, que es nuestro segundo fragmento. Además, para cerrar con menos solemnidad, el tercero es un testimonio del siglo XIX, de un clérigo y escritor de Lagos, el Dr. Agustín Rivera, quien en 1892 recordaba su ya remota participación en esas ceremonias, pero a principios de siglo, cuando era un joven estudiante del Seminario de Guadalajara, en sus Reminiscencias de colegio. Sutil, Rivera, liberal poco afecto a las pompas católicas de antaño, contaba una anécdota que hacía dudar de la seriedad de los seminaristas, pero también del propio acto solemne. Es decir, también es un testimonio de la secularización del siglo XIX. Paradojas de la historia: solemnidades de antaño, pudieron ser luego motivos de crítica y hoy se convierten a veces, en patrimonio que hay que saber comercializar.

 

Diario manual de lo que en la Catedral de México se practica y observa en su altar, coro y demás en todos los días del año. Biblioteca Nacional de España, mss. 12066, Sala Cervantes, fs. 26v-30.

Esta ceremonia se hace cinco veces: Sábado por la mañana y Domingo de Pasión por la tarde, Sábado de Ramos por la mañana y Domingo de esta festividad por la tarde, y Miércoles Santo por la mañana, todas son al tiempo de vísperas, en el que se canta en ellas el himno Vexilla Regis. Esto es, si las vísperas son de las dominicas, porque sin son de santo doble, todas son las señas después que se terminan, sólo las del Miércoles Santo son siempre de feria, y así la seña es también siempre dentro de ellas.

El día que la hay se lleva desde por la mañana temprano de la sacristía de esta Santa Iglesia a la capila del Sagrario el estandarte o bandera de ella, y se pone en medio del altar, parado y arrimado al retablo, y estando el coro ya en el quinto salmo de las vísperas, que canta la capilla alternando con el coro todo, entra el maestro de ceremonias dentro de él con sobrepelliz y bonete en la mano, hasta un lado del fascistol mayor, y allí hace venia primero a los padres capellanes del coro del señor deán, y luego pasa al coro del señor arcediano, donde hace lo mismo, y luego al punto salen tres padres capellanes de cada coro, y van sin formalidad a acompañar con dicho maestro al sagrario. Asimismo van todos los acólitos, pertiguero y perrero, y de dicha capilla salen el perrero por delante, luego el pertiguero con su garnacha morada, gorra y pértiga, siguen los padres capellanes, seis que salieron del coro, y en medio de los dos últimos el maestro de ceremonias con el bonete puesto en la cabeza y el estandarte en las manos, y van así a entrar por la puerta de la crujía que está junto al coro y corresponde a la nave donde está la capilla de que se saca. Esta puerta la abre el perrero y cierra luego que entren por la crujía, la que está alfombrada y se quedan en ella haciendo coros los acólitos y pertiguero y los 6 padres capellanes y maestro con el estandarte. Entran así en el coro y puestos tres a cada lado y el maestro detrás al facistol mayor y de cara al altar mayor se arrodillan y con pausa inclina la punta del estandarte hasta llegar con él al suelo, del que inmediatamente lo levanta sin descubrir la cabeza.

En esta forma entra para dentro del coro hasta ponerse en medio de la canturia y a este tiempo se arrodilla todo el coro a adorar la Santa Cruz que está en el estandarte y se está el maestro solo con él en las manos y el bonete puesto en la cabeza hasta que es tiempo de darlo al señor signífero.

A este tiempo el sochantre, con dos padres capellanes que señala a sus lados desde el principio de las bancas dichas de canturía, hacen venia con las cabezas e inclinación de cuerpo a un señor canónigo, el que quieren señalar y del coro que les parezca, para que convide a la asistencia de la seña. Corresponde dicho señor bajandola cabeza en demostración de admitir este encargo, y va de su silla, y puesto el bonete y almucia sobre de él con la capa corta todavía, pasa donde está el fascistol menor, en que se oficia, y hace cortesía a uno y otro coro, con la cabeza e inclinación de cuerpo que le corresponden.

Hecha esta ceremonia, bajan los señores capitulares de sus sillas altas a las bajas y toman allí las capas magnas, comienza la capilla a tocar los bajones, cornetas y bajoncillos, y suben por la crujía el pertiguero por delante, con garnacha morada, pértiga y gorra; luego los acólitos, niños y padres capellanes, formando coros,

y en medio de los dos padres capellanes más antiguos va el señor medio racionero menos antiguo, con la cauda suelta, tendida y arrastrando por el suelo y la cabeza cubierta con el bonete y la almucia sobre de él y van así hasta el altar mayor,

donde los padres capellanes y sochantre se ponen al lado de la Epístola en el presbiterio, no el principal sino el colateral de la mesa credencial para dentro, y lo mismo los niños, que no deben quedarse en la crujía sino son dos en las gradas para recojer las caudas así que hacen cada señor capitular, conforme llega la genuflexión y reverencia al altar, y la venia con la cabeza al señor más antiguo que está en él, y dicho señor medio racionero va al mismo lado que tiene en el coro […]

Después del señor medio racionero menos antiguo siguen de uno en uno sin acompañamiento, sino solos, por su orden y antigüedad, los otros señores medios racioneros, señores racioneros, señores canónigos y señores dignidades, y a lo último con el estandarte en las manos, levantado en alto, el señor signífero, que siempre es un señor dignidad o señor canónigo, en medio de los dos señores más antiguos dignidades o canónigos, no uno de los más antiguos de cada coro, sino los más antiguos en orden de posesión y tiempo, y es el que en este acto se observa. Y como van a él uno por uno solos, es preciso queden los dos más antiguos para que acompañen, los que llevan cojidas con las manos los dos cabos o puntas del estandarte. Y delante unos pasos van los dos maestros de ceremonias, uno por el lado de la crujía y el otro por el otro, y luego que llegan a ponerse en la última grada del presbiterio, vienen a ellatodoslos señores capitulares que están ya allí a unirse y ponerse en esta forma.

El señor signífero, con el estandarte elevado en el principal lugar y medio de la grada, a sus lados los dos señores que vinieron acompañando, y después a un lado y otro todos los señores conforme el lado en que están, y unidos, se ponen de rodillas de cara para el altar. Los niños a este tiempo están en las demás gradas conforme las sueltan allí, y para estar prontos para cogerlas al fin. Los padres sochantres y capellanes están en el lugar arriba dicho, en el que se ponen de rodillas, y asimismo, todos en el coroy fuera de él, el pueblo que asiste, y comienzan a cantar el primero verso, Vexilla, etc., en cuyo timpo baja el señor signífero la bandera, hasta llegara ponerle la punta sobre el ara del altar, en donde la mantiene hasta que acaban el primer verso dicho.

Siguen cantando el segundo verso, Quae vulnerata lanceae, los músicos de la capilla que están dentro la puerta del coro y fascistol mayor, donde tienen puesto el suyo con su libro, y en este tiempo levanta el señor signífero la bandera del altar, y la lleva inclinada a cubir con ella a los señores capitulares que están a su lado siniestro, y estando así un rato, la vuelve en medio del altar como estaba, y al comenzarel tercero verso, Impleta sunt, hace lo mismo que en el antecedente, levantando otra vez la bandera, con la que cubre en la misma forma con ella a los señores capitulares que están a su lado diestro, y vuelve otra veza ponerla sobre el altar.

Acabados estos versos por los músicos, siguen el cuarto: Arbor decora, etc., los padres sochantres y capellanes en el canto llano espacioso como el primero, y a este tiempo levanta en alto el señor signífero el estandarte y lo eleva enteramente, y así lo mantiene hasta llegar a las últimas palabras de él: Tam sancta, la va inclinando hasta tocarla y ponerla sobre el ara como en las otras acciones dichas.

El quinto verso: Beata cujus brachiis, lo canta como los otros la capilla en el coro en canto figurado, y en su tiempo levanta el señor signífero la bandera y la eleva echándosela a la espalda sobre su hombro izquierdo, y de él a poco rato la vuelve a poner sobre el ara y a la mediación del verso la levanta y echa en el mismo modo sobre el derecho, y luego de él sobre la misma ara y altar.

El sexto verso O Crux! etc., lo cantan como los antecedentes en el presbiterio, y al comenzarlo, baja el señor signífero la bandera del altar y la pone en el suelo, y a este tiempo se postran en él todos los señores capitulares y están así todo el que tardan en decirlo y cantarlo hasta que lo finalizan, que vuelven a quedar de rodillas, y el señor signífero levanta en alto enteramente la bandera sin volverla a poner sobre el altar, sino tenerla solamente elevada en sus manos. Estando así cantan los músicos en el coro el último verso Te, fons salutis y se levantan los dos maestros de ceremonias que están todo este tiempo desde que llegaron al altar uno en cada lado de él, y llegan a coger las dos puntas de la bandera. Y poniéndose en pie el señor signífero, sale con ella elevadaen las manos y con los dos maestros dichos con las dos puntas cojidas en ellas, y arrimados hacia los señores capitulares del lado de la Epístula, va con él dando vuelta y arrastrando la cauda por todo el presbiterio del altar principal, a coger el lado del Evangelio, y asimismo pasar por junto y delante de los señores capitulares, que están a este lado, a volverse a poner en el medio y decara con la bandera al coro.

Luego que está así, el señor signífero baja la bandera a poner su punta en el suelo, como lo hizo sobre el altar, y en el tiempo que los músicos cantan el último verso del himno,  Te, fons salutis, etc., levantael señor signífero la bandera y la lleva a su lado siniestro, cubriendo con ella por la espalda a los señores capitulares del lado de la epístola, como lo hizo y está dicho en el segundo y tercero verso; y habiéndoles cubierto un rato vuelve a bajar la bandera y ponerla de punta en el lugar mismo de donde la levanta, y de aquí hace la misma acción y ceremonia con los señores capitulares que están al lado del Evangelio, y vuelta a bajar la bandera de dicho lugar, la levanta luego en alto, y como hizo la vuelta entera por el presbiterio, para venir a ponerse de cara al coro, vuelve a hacer media vuelta desde este lugar por el lado de la Epístola con el estandarte en lasmanos y maestros, hasta llegar al altar, y allí los padres sacristanes toman el estandarte o bandera y la ponen en medio del altar, tras la santa cruz que está en él, y allí está todo el tiempo y días que pasan de una seña a otra, y el día que la hay lo quitan para llevarlo como está dicho a la capilla del Sagrario, y ejecutar desde allí la ceremonia que al principio se dijo hacerse, para traerlo al coro.

Concluido todo esto, se pone el señor signífero en medio delante de la mesa del altar, y de cara al coro, y asimismo siguen todos los señores capitulares en la misma forma, aunque ya no desde los cuernos del altar, sino siguiendo por delante, y todos ya por sus antigüedades, terminándose este medio círculo por los dos señores menos antiguos.

Estando en esta forma, cantan el verso de después del himno dos niños en la puerta del coro, como es costumbre, que responde el coro, y apuntada la antífona por el señor menos antiguo, que está en él, de los dos que quedaron, entona el sochantre la Magnificat, que canta en canto llano con el mayor espacio, y vuelven del altar para el coro, en este tiempo, sin diferencia alguna decomo fueron, mas que la de no volver el estandarte.

Luego que en el altar se ponen en pie y se coloca en él el estandarte, sale de allí para la sacristía el señor canónigo hebdomadario, donde desnudándose la capa y almucia, viste estola y capa pluvial, y así que todos los señores capitulares están en el coro, sale con el acompañamiento de cuatro padres capellanes, maestro de ceremonias, acólitos con ciriales, incensarios y naveta, y el pertiguero por delante, y va al altar mayor, donde bendice el incienso, turifica el altar, va al coro, y cantada la oración como es costumbre, dicho el Benedicamus Domino, vuelven a la sacristía como salieron de ella.”

 


Agustín Rivera y Sanromán, Reminiscencias de colegio, Lagos, Ausencio López Arce impresor, 1892, pp. 5-6

En el solemne acto de la Seña, los colegiales, fiados en que no se sabe el origen de esa ceremonia, pugnábamos por agarrarles la cola, como deciamos, a aquellos canónigos que daban un escudo de oro por aquel servicio; i una vez fué tal la pugna entre un Solchaga í otro que le decian el violón, que echaron al suelo á un canónigo mui anciano que se llamaba D. Pablo Portillo.

Pascuas, vendimias y estrenos

OrizabaA finales del siglo XIX, el cronista orizabeño José María Naredo, publicaba su Estudio geográfico, histórico y estadístico del cantón y de la ciudad de Orizaba, del que vemos aquí la portadilla. Obra extensa, en dos tomos, publicada por la Imprenta del Hospicio, que entre otros muchos temas, dedicó largas páginas a describir las “funciones y procesiones que en ella [en la parroquia de San Miguel] se hacían en tiempos anteriores a la promulgación de las leyes de Reforma”. En efecto, el Estudio de Naredo presentaba una auténtica memoria de los fastos religiosos de Orizaba, desde luego el autor no ocultaba para nada su animosidad en contra de la secularización del espacio público que habían significado dichas leyes. Nostálgico conservador, presentó con detalle esas celebraciones, pero al hacerlo también presentaba los argumentos que debían escucharse, desde su punto de vista, para restablecerlas o conservarlas. Ahora bien, lo interesante es que el propio Naredo no podía escapar al proceso de secularización y debió incluir argumentos que no eran exclusivamente religiosos.

Bando RevillagigedoEn efecto, al terminar su descripción de la Semana Santa con el Domingo de Resurrección,  alegó que esas “semanas santas” eran superiores “para el orden moral y para el orden social”, y al decir esto último se refería incluso al ámbito económico. “Traían al comercio y a los ramos industriales pingües ganancias”, afirmó, refiriéndose concretamente a dos ramos: la costura y la venta de alimentos. En ello había una bella paradoja, pues si algo se había criticado, al menos desde el siglo XVIII, en las funciones de Semana, justo había sido la vendimia que se formaba alrededor de las procesiones. Más todavía, el gobierno del virrey Segundo Conde de Revillagigedo incluso había terminado por tomar medidas muy concretas al respecto en la Ciudad de México como vemos en el bando de marzo de 1793 (AGN, Indiferente virreinal, caja 1797), que tomamos prestada de las publicaciones de mi colega José Gabino Castillo en cierta red social. En él se prohibía colocar “puestos de chía, almuerzos, frutas, dulces y cosas semejantes en las calles”, además de “vendedores de matracas, pasteles, ojarascas y demás especies”. Preocupación ante todo religiosa, como se advierte en el señalamiento de que con ellos se “turba la devoción” y se “quebranta el ayuno”. Es cierto, esto no evitó que una década más tarde, en 1804, se denunciaran aún los “puestos de contristajos y vendimias de almuerzos y brebajes” que existían al paso de las procesiones de Semana Santa, como hemos visto en este mismo espacio hace un par de semanas. También en la villa de Orizaba de principios del XIX, según Naredo, se consumía con abundancia “dulces, bizcochos y aguas frescas”, aguas que eran de “loja, horchata, chía y tamarindo”, cuya venta dejaba “muy buenas utilidades”, todo lo cual escandalizaba a los católicos ilustrados, pero era recuperado positivamente por el cronista decimonónico.

DSCF9428 (2)El otro “ramo industrial” destacado por Naredo, no era menos profano, y afectaba no sólo a la Semana Santa orizabeña sino incluso a toda la Cuaresma. En todo ese tiempo, “las costureras no eran suficientes”, al igual que sastres y zapateros, por “el prurito que los individuos de uno y otro sexo de todas clases tenían por estrenar algo en la Semana Santa” afirmó. Ahora bien, el tema del estreno no puede dejar de hablarnos del problema de la galantería: ya en el siglo XVIII, uno de los puntos que el clero denunciaba con más fuerza en las prácticas religiosas era la “mezcla de ambos sexos”, motivo incluso para prohibir las procesiones nocturnas. Entre los liberales decimonónicos había todavía una sensibilidad que denunciaba esas actitudes profanas en el pueblo. Testimonio de ello es el cuadro de Primitivo Miranda Semana Santa en Cuautitlán (1858), un detalle del cual vemos a la izquierda. Lo ha destacado la Dra. Angélica Velázquez (Primitivo Miranda y la construcción visual del liberalismo, 2012), el Cuautitlán del cuadro no es tan sólo el poblado real sino el pueblo imaginado por las élites liberales. De ese pueblo es una magnífica representante la China que mira hacia el espectador, en traje y actitudes no exactamente devotas (al igual que su pareja por lo que toca a lo primero) mostrando incluso el tobillo. El cronista orizabeño, en cambio, deja atrás el tono de escándalo para destacar simplemente el “extraordinario movimiento en las tiendas de ropa”. Por supuesto, él mismo tuvo que detenerse para volver sobre las funciones estrictamente religiosas antes, lamentablemente para nosotros, de seguir detallando “el alboroto de nuestro pueblo” para tiempos de Corpus.

En suma pues, aunque un poco sin quererlo, el cronista conservador y devoto no podía dejar del todo de lado esos aspectos de la Semana Santa que terminaban siendo, y en ello coincidía con el católico ilustrado Antonio Gómez de principio del siglo, “motivos de diversión y hasta quizá de burla”. Se sirvió de ellos para defender esas antiguas prácticas en un tema que los liberales estimaban particularmente, el económico, corriendo el riesgo en cambio de que se acusara a esas celebraciones de no ser, efectivamente, sino negocios con ganancias. En todo caso, no podemos dejar de preguntarnos, desde luego, hasta qué punto no era esa, finalmente, la verdadera gran tradición de la Semana Santa, su lado espectacular y profano, y no tanto (o no tan sólo) el interiorista o devoto que hoy en día, al igual que aquellos devotos, asociamos con lo religioso.

 

Antonio Gómez vs. procesiones de Semana Santa

Inicia la Semana Santa, oportunidad excelente para seguir recuperando la extensa carta de Antonio Gómez criticando (y por tanto describiendo), allá en 1804, una buena parte de las prácticas religiosas católicas de la época. Gómez, como se dice coloquialmente, “no dejó títere con cabeza”: incluso las prácticas de la Semana Santa fueron alcanzadas por su ojo crítico. En concreto cita las procesiones que salían de cuatro iglesias de la capital, tres de las cuales vemos en su estado actual en las imágenes de abajo: en principio, la de la Santísima Trinidad, una iglesia que antaño albergaba numerosas cofradías, como bien apuntaba nuestro autor, quien las acusa de introducir un desorden en las representaciones de la Semana Santa. Enseguida, la parroquial de Santa María la Redonda, mencionada más bien de paso, por un problema semejante. En fin, la conventual de religiosas de la Concepción, cuyo Santo Entierro era origen de un dicho popular que escandalizaba a un autor siempre preocupado por evitar las mezclas de lo sagrado y lo profano.

La pintura que nos ofrece Gómez es harto elocuente: la Semana Santa de esos principios del siglo XIX estaba para él (y tal vez hoy más de uno hubiera compartido alguna de sus opiniones), llena de profanidades. Apenas una procesión se salvaba por devota, lo demás eran incongruencias y desórdenes, intereses económicos y, aunque no se dice de manera explícita, se entiende que vanidades de los organizadores. La Semana Santa era una alegre fiesta con abundante comida y bebida, con orgullosos cofrades luciendo las imágenes de sus santos patronos, y con una multitud que se entretenía en encontrar explicaciones poco edificantes para algunos de los ires y venires de ellas. Mas dejemos que nos lo cuente con detalle la carta dirigida al rey en el Consejo de Indias, por el anónimo personaje que se ocultaba bajo ese seudónimo.

AGI, Audiencia de México, leg. 2688. Representación de Antonio Gómez, México, 27 de enero de 1804

Cuarto punto. Síguenos tratar de las procesiones, rosarios y calvarios, y comenzando por las de Semana Santa debo decir que todas se deben quitar a excepción de la que sale el Viernes Santo de Santo Domingo, por ser una procesión bastantemente devota, pero la de Jueves Santo que sale de la Santísima Trinidad, debe quitarse por los fundamentos que voy a exponer, y son:

DSCF6339Que muchos de los pasos que salen en dicha procesión no son congruentes con los misterios que la Iglesia celebra en semejante día, como verbigracia el sacar en esta procesión a las santas imágenes de San Cosme y San Damián, San Homobono, etc. Estas sagradas imágenes, o por mejor decir, estos santos, no consta en ningún pasaje de la Escritura asistiesen a ningún paso de la Sagrada Pasión de Jesucristo, porque ni a la oración del huerto ni a los tribunales donde fue presentado el Salvador, y últimamente ni al Santo Monte Calvario. Por consiguiente, el sacarlas sólo por la razón de dar [dinero] los cofrades, que es por ser de la cofradía, no es razón, porque las procesiones, como todas las ceremonias de la Iglesia, se rigen y gobiernan por sus particulares ritos, de tal suerte que en las misas tenemos el ejemplo en las que son de Pasión se celebran con paramentos morados, las que se celebran el día de Difuntos, con ornamentos negros, etc. Pues lo mismo observa la Iglesia con las procesiones, que si son de acción de gracias o alegría, se celebran con paramentos blancos, y si son de rogación con ornamentos morados.Por iguales razones debe prohibirse la procesión de Nuestra Señora de la Asunción que sale el Lunes Santo de la parroquia de Santa María la Redonda.

Santa_María_la_RedondaPor iguales motivos y también por el mucho desorden que hay en puestos de comistrajos y vendimias de almuerzos y brebajes, la procesión que el Sábado Santo sale del nominado convento de padres dominicos para la Concepción, monasterio de monjas de dicho título, en la que vuelven a salir las sagradas imágenes de los mismos santos que salieron en la procesión del Viernes en el Entierro de Jesucristo, ya para que se quite el error común de que el vulgo está en creencia de que la Sagrada Imagen de Cristo difunto se vuelve a llevar al monasterio de religiosas de la Concepción, porque la tienen empeñada los padres dominicos por cierta suma de dinero que éstos deben a las monjas, cosa indecorosa, pues como sabe muy bien V.M. las cosas santas y sagradas no pueden darse en prenda. Por lo que deberá el señor arzobispo quitar esta procesión y liquidar de quien es la sagrada imagen, si es de los padres dominicos que la tengan en su convento todo el año, y si no que hagan otra semejante los dominicos para que no tengan que pedir prestado el Santo Entierro a las monjas de la Concepción.

Templo_y_Antiguo_Convento_de_la_ConcepciónVuelvo a decir que es muy conforme se quite la procesión que sale por la tarde del Jueves Santo de la iglesia de la Santísima Trinidad pues ya el Concilio Segundo Mexicano en el capítulo 13 nos dice haberse prohibido la procesión de los disciplinantes en este día y da la causa, porque por irse a ver la procesión dejan al Santísimo Sacramento solo en las iglesias. Y aunque podrá replicarse que esto era para ir a ver la procesión de los disciplinantes, mas que dejar a Dios por Dios no es dejarlo, pues aunque dejan al adorable Sacramento del altar, van a ver los santos y pasos de la Pasión. A esto respondo que aunque a Dios también se da culto en sus santos, pero no se puede negar que mayor culto, honor, gloria y reverencia debemos dar al adorable Sacramento de la Eucaristía, donde según nuestro Catecismo del padre Ripalda dice: “¿Quién está en el Santísimo Sacramento del Altar?” Y responde: “Jesucristo, nuestro Señor en cuerpo y alma gloriosa, así como está en el cielo, tanto está en la hostia como en el cáliz y en cualquiera particular”. Por tanto debe ser preferente el que en tan sagrado día como es el Jueves Santo vayan a adorar los fieles la Sagrada Eucaristía, que al día siguiente verán la procesión y adorarán y reverenciarán todas y cada una de las sagradas imágenes e insignias de la Sacratísima Pasión del Salvador.