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Tres fragmentos sobre la Seña

Arrastre de caudas en Quito, 2010, foto del sitio “La Hora Noticias de Ecuador”

Tal vez una de las ceremonias más olvidadas del catolicismo contemporáneo sea la de la Seña (o Reseña, en algunos lugares), en la cual los canónigos de las catedrales veneraban el estandarte de la cruz. Tenía lugar sobre todo el Miércoles Santo, pero no era la única ocasión, sí era, en todo caso, una de esas “misteriosas ceremonias” de la Semana Santa. Hoy en día, hasta donde sé, se sigue realizando en la Catedral de Quito, Ecuador, como nos muestran estas imágenes y el video de más abajo. Ese acto de veneración, básicamente consistía en que los canónigos, revestidos de sus capas magnas negras, arrastraban la cola y se prosternaban mientras el “signífero”, es decir, el portador de la bandera de la cruz (signus), la ondeaba sobre sus cabezas. Por ello, es también conocida como la ceremonia de “arrastre de caudas”. Para recordar como debía hacerse en el siglo XVIII, me permito copiar aquí el pasaje correspondiente del Diario manual de lo que en la Catedral de México se practica y observa en su altar, coro y demás en todos los días del año, (1751), que el lector puede consultar íntegramente en la Biblioteca Digital Hispánica.

Arrastre de caudas 2017, foto del periódico Metro.

En Quito, cabe destacarlo, la ceremonia subsiste, pero no ha quedado al margen de la secularización: hoy en día es incluso atractivo turístico promovido por la oficina nacional que atiende esos asuntos, como vemos en el video de más abajo, que es nuestro segundo fragmento. Además, para cerrar con menos solemnidad, el tercero es un testimonio del siglo XIX, de un clérigo y escritor de Lagos, el Dr. Agustín Rivera, quien en 1892 recordaba su ya remota participación en esas ceremonias, pero a principios de siglo, cuando era un joven estudiante del Seminario de Guadalajara, en sus Reminiscencias de colegio. Sutil, Rivera, liberal poco afecto a las pompas católicas de antaño, contaba una anécdota que hacía dudar de la seriedad de los seminaristas, pero también del propio acto solemne. Es decir, también es un testimonio de la secularización del siglo XIX. Paradojas de la historia: solemnidades de antaño, pudieron ser luego motivos de crítica y hoy se convierten a veces, en patrimonio que hay que saber comercializar.

 

Diario manual de lo que en la Catedral de México se practica y observa en su altar, coro y demás en todos los días del año. Biblioteca Nacional de España, mss. 12066, Sala Cervantes, fs. 26v-30.

Esta ceremonia se hace cinco veces: Sábado por la mañana y Domingo de Pasión por la tarde, Sábado de Ramos por la mañana y Domingo de esta festividad por la tarde, y Miércoles Santo por la mañana, todas son al tiempo de vísperas, en el que se canta en ellas el himno Vexilla Regis. Esto es, si las vísperas son de las dominicas, porque sin son de santo doble, todas son las señas después que se terminan, sólo las del Miércoles Santo son siempre de feria, y así la seña es también siempre dentro de ellas.

El día que la hay se lleva desde por la mañana temprano de la sacristía de esta Santa Iglesia a la capila del Sagrario el estandarte o bandera de ella, y se pone en medio del altar, parado y arrimado al retablo, y estando el coro ya en el quinto salmo de las vísperas, que canta la capilla alternando con el coro todo, entra el maestro de ceremonias dentro de él con sobrepelliz y bonete en la mano, hasta un lado del fascistol mayor, y allí hace venia primero a los padres capellanes del coro del señor deán, y luego pasa al coro del señor arcediano, donde hace lo mismo, y luego al punto salen tres padres capellanes de cada coro, y van sin formalidad a acompañar con dicho maestro al sagrario. Asimismo van todos los acólitos, pertiguero y perrero, y de dicha capilla salen el perrero por delante, luego el pertiguero con su garnacha morada, gorra y pértiga, siguen los padres capellanes, seis que salieron del coro, y en medio de los dos últimos el maestro de ceremonias con el bonete puesto en la cabeza y el estandarte en las manos, y van así a entrar por la puerta de la crujía que está junto al coro y corresponde a la nave donde está la capilla de que se saca. Esta puerta la abre el perrero y cierra luego que entren por la crujía, la que está alfombrada y se quedan en ella haciendo coros los acólitos y pertiguero y los 6 padres capellanes y maestro con el estandarte. Entran así en el coro y puestos tres a cada lado y el maestro detrás al facistol mayor y de cara al altar mayor se arrodillan y con pausa inclina la punta del estandarte hasta llegar con él al suelo, del que inmediatamente lo levanta sin descubrir la cabeza.

En esta forma entra para dentro del coro hasta ponerse en medio de la canturia y a este tiempo se arrodilla todo el coro a adorar la Santa Cruz que está en el estandarte y se está el maestro solo con él en las manos y el bonete puesto en la cabeza hasta que es tiempo de darlo al señor signífero.

A este tiempo el sochantre, con dos padres capellanes que señala a sus lados desde el principio de las bancas dichas de canturía, hacen venia con las cabezas e inclinación de cuerpo a un señor canónigo, el que quieren señalar y del coro que les parezca, para que convide a la asistencia de la seña. Corresponde dicho señor bajandola cabeza en demostración de admitir este encargo, y va de su silla, y puesto el bonete y almucia sobre de él con la capa corta todavía, pasa donde está el fascistol menor, en que se oficia, y hace cortesía a uno y otro coro, con la cabeza e inclinación de cuerpo que le corresponden.

Hecha esta ceremonia, bajan los señores capitulares de sus sillas altas a las bajas y toman allí las capas magnas, comienza la capilla a tocar los bajones, cornetas y bajoncillos, y suben por la crujía el pertiguero por delante, con garnacha morada, pértiga y gorra; luego los acólitos, niños y padres capellanes, formando coros,

y en medio de los dos padres capellanes más antiguos va el señor medio racionero menos antiguo, con la cauda suelta, tendida y arrastrando por el suelo y la cabeza cubierta con el bonete y la almucia sobre de él y van así hasta el altar mayor,

donde los padres capellanes y sochantre se ponen al lado de la Epístola en el presbiterio, no el principal sino el colateral de la mesa credencial para dentro, y lo mismo los niños, que no deben quedarse en la crujía sino son dos en las gradas para recojer las caudas así que hacen cada señor capitular, conforme llega la genuflexión y reverencia al altar, y la venia con la cabeza al señor más antiguo que está en él, y dicho señor medio racionero va al mismo lado que tiene en el coro […]

Después del señor medio racionero menos antiguo siguen de uno en uno sin acompañamiento, sino solos, por su orden y antigüedad, los otros señores medios racioneros, señores racioneros, señores canónigos y señores dignidades, y a lo último con el estandarte en las manos, levantado en alto, el señor signífero, que siempre es un señor dignidad o señor canónigo, en medio de los dos señores más antiguos dignidades o canónigos, no uno de los más antiguos de cada coro, sino los más antiguos en orden de posesión y tiempo, y es el que en este acto se observa. Y como van a él uno por uno solos, es preciso queden los dos más antiguos para que acompañen, los que llevan cojidas con las manos los dos cabos o puntas del estandarte. Y delante unos pasos van los dos maestros de ceremonias, uno por el lado de la crujía y el otro por el otro, y luego que llegan a ponerse en la última grada del presbiterio, vienen a ellatodoslos señores capitulares que están ya allí a unirse y ponerse en esta forma.

El señor signífero, con el estandarte elevado en el principal lugar y medio de la grada, a sus lados los dos señores que vinieron acompañando, y después a un lado y otro todos los señores conforme el lado en que están, y unidos, se ponen de rodillas de cara para el altar. Los niños a este tiempo están en las demás gradas conforme las sueltan allí, y para estar prontos para cogerlas al fin. Los padres sochantres y capellanes están en el lugar arriba dicho, en el que se ponen de rodillas, y asimismo, todos en el coroy fuera de él, el pueblo que asiste, y comienzan a cantar el primero verso, Vexilla, etc., en cuyo timpo baja el señor signífero la bandera, hasta llegara ponerle la punta sobre el ara del altar, en donde la mantiene hasta que acaban el primer verso dicho.

Siguen cantando el segundo verso, Quae vulnerata lanceae, los músicos de la capilla que están dentro la puerta del coro y fascistol mayor, donde tienen puesto el suyo con su libro, y en este tiempo levanta el señor signífero la bandera del altar, y la lleva inclinada a cubir con ella a los señores capitulares que están a su lado siniestro, y estando así un rato, la vuelve en medio del altar como estaba, y al comenzarel tercero verso, Impleta sunt, hace lo mismo que en el antecedente, levantando otra vez la bandera, con la que cubre en la misma forma con ella a los señores capitulares que están a su lado diestro, y vuelve otra veza ponerla sobre el altar.

Acabados estos versos por los músicos, siguen el cuarto: Arbor decora, etc., los padres sochantres y capellanes en el canto llano espacioso como el primero, y a este tiempo levanta en alto el señor signífero el estandarte y lo eleva enteramente, y así lo mantiene hasta llegar a las últimas palabras de él: Tam sancta, la va inclinando hasta tocarla y ponerla sobre el ara como en las otras acciones dichas.

El quinto verso: Beata cujus brachiis, lo canta como los otros la capilla en el coro en canto figurado, y en su tiempo levanta el señor signífero la bandera y la eleva echándosela a la espalda sobre su hombro izquierdo, y de él a poco rato la vuelve a poner sobre el ara y a la mediación del verso la levanta y echa en el mismo modo sobre el derecho, y luego de él sobre la misma ara y altar.

El sexto verso O Crux! etc., lo cantan como los antecedentes en el presbiterio, y al comenzarlo, baja el señor signífero la bandera del altar y la pone en el suelo, y a este tiempo se postran en él todos los señores capitulares y están así todo el que tardan en decirlo y cantarlo hasta que lo finalizan, que vuelven a quedar de rodillas, y el señor signífero levanta en alto enteramente la bandera sin volverla a poner sobre el altar, sino tenerla solamente elevada en sus manos. Estando así cantan los músicos en el coro el último verso Te, fons salutis y se levantan los dos maestros de ceremonias que están todo este tiempo desde que llegaron al altar uno en cada lado de él, y llegan a coger las dos puntas de la bandera. Y poniéndose en pie el señor signífero, sale con ella elevadaen las manos y con los dos maestros dichos con las dos puntas cojidas en ellas, y arrimados hacia los señores capitulares del lado de la Epístula, va con él dando vuelta y arrastrando la cauda por todo el presbiterio del altar principal, a coger el lado del Evangelio, y asimismo pasar por junto y delante de los señores capitulares, que están a este lado, a volverse a poner en el medio y decara con la bandera al coro.

Luego que está así, el señor signífero baja la bandera a poner su punta en el suelo, como lo hizo sobre el altar, y en el tiempo que los músicos cantan el último verso del himno,  Te, fons salutis, etc., levantael señor signífero la bandera y la lleva a su lado siniestro, cubriendo con ella por la espalda a los señores capitulares del lado de la epístola, como lo hizo y está dicho en el segundo y tercero verso; y habiéndoles cubierto un rato vuelve a bajar la bandera y ponerla de punta en el lugar mismo de donde la levanta, y de aquí hace la misma acción y ceremonia con los señores capitulares que están al lado del Evangelio, y vuelta a bajar la bandera de dicho lugar, la levanta luego en alto, y como hizo la vuelta entera por el presbiterio, para venir a ponerse de cara al coro, vuelve a hacer media vuelta desde este lugar por el lado de la Epístola con el estandarte en lasmanos y maestros, hasta llegar al altar, y allí los padres sacristanes toman el estandarte o bandera y la ponen en medio del altar, tras la santa cruz que está en él, y allí está todo el tiempo y días que pasan de una seña a otra, y el día que la hay lo quitan para llevarlo como está dicho a la capilla del Sagrario, y ejecutar desde allí la ceremonia que al principio se dijo hacerse, para traerlo al coro.

Concluido todo esto, se pone el señor signífero en medio delante de la mesa del altar, y de cara al coro, y asimismo siguen todos los señores capitulares en la misma forma, aunque ya no desde los cuernos del altar, sino siguiendo por delante, y todos ya por sus antigüedades, terminándose este medio círculo por los dos señores menos antiguos.

Estando en esta forma, cantan el verso de después del himno dos niños en la puerta del coro, como es costumbre, que responde el coro, y apuntada la antífona por el señor menos antiguo, que está en él, de los dos que quedaron, entona el sochantre la Magnificat, que canta en canto llano con el mayor espacio, y vuelven del altar para el coro, en este tiempo, sin diferencia alguna decomo fueron, mas que la de no volver el estandarte.

Luego que en el altar se ponen en pie y se coloca en él el estandarte, sale de allí para la sacristía el señor canónigo hebdomadario, donde desnudándose la capa y almucia, viste estola y capa pluvial, y así que todos los señores capitulares están en el coro, sale con el acompañamiento de cuatro padres capellanes, maestro de ceremonias, acólitos con ciriales, incensarios y naveta, y el pertiguero por delante, y va al altar mayor, donde bendice el incienso, turifica el altar, va al coro, y cantada la oración como es costumbre, dicho el Benedicamus Domino, vuelven a la sacristía como salieron de ella.”

 


Agustín Rivera y Sanromán, Reminiscencias de colegio, Lagos, Ausencio López Arce impresor, 1892, pp. 5-6

En el solemne acto de la Seña, los colegiales, fiados en que no se sabe el origen de esa ceremonia, pugnábamos por agarrarles la cola, como deciamos, a aquellos canónigos que daban un escudo de oro por aquel servicio; i una vez fué tal la pugna entre un Solchaga í otro que le decian el violón, que echaron al suelo á un canónigo mui anciano que se llamaba D. Pablo Portillo.

El peligro de la libre interpretación bíblica en el siglo XIX

Retrato de Diego de Aranda, obispo de Guadalajara, sacristía de la Catedral-Basílica de San Juan de los Lagos, foto de Simona Villalobos Esparza

En esta ocasión presento aquí un documento que ya había mencionado en otro momento, el edicto del Dr. Diego Aranda y Carpinteiro, gobernador de la mitra de Guadalajara, contra las traducciones protestantes de la Biblia y la circulación de objetos profanadores en agosto de 1828. Aranda luego sería obispo de la propia diócesis, uno de los prelados destacados del segundo tercio del siglo XIX mexicano, que como sus demás homólogos de la época vivió con particular atención el proceso de secularización que planteaba la modernidad. Poblano, formado en el Seminario de Puebla en los últimos años del siglo XIX, le tocó ser hombre de la transición entre la cultura del Antiguo Régimen, la monarquía católica, y la república liberal.

Aranda fue, como muchos otros eclesiásticos de la época, diputado en los primeros órganos representativos (las Cortes de 1820, el Constituyente de Jalisco), pero sin dejar su carácter clerical. Era testimonio de un momento histórico en que se hizo un enorme esfuerzo por conciliar el catolicismo y el liberalismo. De hecho, el lector lo notará en el texto. El entonces ilustre canónigo se detiene a recordar a su clero y fieles la larga tradición de la Iglesia en materia de la lectura de la Biblia, básicamente fundada en la desconfianza de la capacidad individual para su correcta interpretación, que por ello era necesario dejar en manos del magisterio eclesiástico. De ahí que se oponga a la difusión que las sociedades bíblicas protestantes realizaban entonces incluso en México, de textos en español y sin comentarios. El protestantismo, en cambio, se fundaba en la libre interpretación bíblica, aunque matizada según la época y lugar. Ahora bien, ¿era posible seguir manteniendo límites en la difusión de los libros en un régimen fundado, precisamente, en la libertad indivudal? El documento evidencia que al menos esa era la idea en una nación mexicana que era al mismo tiempo moderna y católica, fundada también con el deber de la protección de la religión, sus principios y autoridades. El lector lo verá, el prelado menciona entre sus argumentos el tema de la “tranquilidad” que la unidad religiosa proporcionaba y que no debía ponerse en peligro, acaso insinuando que la pluralidad religiosa podía debilitar a la nación.

Es además un edicto que incluye, aunque marginalmente, el tema de la difusión de estampas obscenas y de objetos profanos además profanadores, que hemos comentado en otro momento, por ello no prolongo más esta breve introducción, aquí pues, el texto de ese decreto del gobierno mitrado tapatío de 1828.

Encabezado del edicto del gobierno de la mitra de Guadalajara contra las biblias protestantes de 1828.

Archivo Histórico de la Arquidiócesis de Guadalajara, edictos y circulares, caja 8, expediente 2.

Nos el Dr. D. DIEGO ARANDA, prebendado de la Santa Iglesia Catedral, provisor y gobernador de la Mitra de guadalajara en sedevancante, por el Ilustrísimo y Venerable Cabildo de la misma.

Al venerable clero secular y regular, y a todos los fieles de esta diócesis, salud y paz, bendición y gracia celestial.

Tu pues vela, trabaja en todas las obras, desempeña el cargo de evangelista, cumple tu misterio (1). Estas palabras con que el apóstol S. Pablo excitaba en los principios de la Iglesia el celo de su discípulo Timoteo y que en persona de éste fueron dichas a cuantos en el transcurso de los siglos habían de obtener sobre el rebaño de Jesucristo el cargo pastoral; nos estimulan hoy sobre la preciosa y muy amada grey que el Señor se ha dignado encomendarnos, a no perdonar trabajo alguno por mantenerla y conservala en la profesión de la santa doctrina del Evangelio, desempeñando así en cuanto nuestras débiles fuerzas alcanzan el treemendo y formidable ministerio que se nos ha confiado.

Entre los muchos y graves motivos de dolor que al presente aquejan nuestro espíritu, por la abundante y mortífera cizaña que el hombre enemigo ha sembrado en el campo del Señor, y por la ruina y perdición de tantos como son los que a mala dicha suya se dejan arrastrar de los atractivos de la novedad y la impostura; entre tantas amarguras no es la menor la que nos ha ocasionado el libre y franco comercio que, contraviniendo a las disposiciones no sólo eclesiásticas, sino también civiles, se ve practicado por muchos entre nostros con los libros de la escritura santa impresos en legua vulgar sin notas ni comentario alguno; y el que practican otros olvidados tanto de las leyes como de las reglas naturales de la decencia y del decoro, exponiendo a la venta pública o secretamente, ofreciendo pinturas, estampas y esculturas obscenas, cuya vista ofende a toda persona honesta y escandaliza a los pequeñuelos, y cuyo curso no puede fundamentarse sino sacrificando la moral o a un sórdido interes o a una infame prostitución.

Cuanto a lo primero, la Iglesia nuestra madre, animada siempre y dirigida por las luces del espíritu divino, cuya asistencia le está prometida hasta la cosumación de los siglos, ha sido en todos tiempos la primera en desear que todos sus hijos se dediquen con santo empeño a la lectura y estudio de los libros sagrados. Nadie más que ella ha trabajado desde sus primeros días así en leerles o explicarles la letra y el sentido de aquellos venerables escritos, como en recomendarles su frecuente lectura y la detenida consideración de la palabra de Dios, que en ellos se contiene. ¿Quién ignora que desde los tiempos primitivos en las asambleas religiosas de los fieles, era la lección de la escritura santa uno de los ejercicios principales a que se dedicaban, y que llegó por eso a ser una parte cosiderable de la sagrada liturgia, como lo recuerdan todavía nuestras epístolas y evangelios? ¿A qué nos hemos de detener aquí en acopiar las vivas enérgicas exhortaciones con que los santos padres y en especial los Crisóstomos, los Agustinos y los Gregorios no cesaban de amonestar a sus pueblos que no se contentasen con las lecturas y explicación que de los libros santos oían en el templo, sino la repitiesen también en sus casas, acordando allí lo que se les había explicado, platicando con sus familias, y estimulándose mutuamente a adelantar y aprovechar cada día más en la inteligencia de las escrituras?

La Iglesia hizo siempre profesión de enseñar sobre este punto lo que en los mismos santos libros aprendia, es a saber que toda escritura divinamente inspirada es útil para enseñar, para reprender, para corregir, y para instruir en la justicia, para que sea perfecto el hombre de Dios y esté prevenido para toda obra buena.(2) En las cuales palabras están compendiadas las muchas e importantísimas utilidades que un espíritu religioso y verdaderamente cristiano halla en la devota lectura de la escritura sagrada y que están claramente indicadas en otros muchos lugares que por la brevedad omitimos .

Mas al mismo tiempo, aquella sabia y prudente madre no podía ignorar ni debía desentenderse de lo que el príncipe de los apóstoles dice en su segunda carta canónica a todos los cristianos por estas expresiones. Hacéis bien de atender a las palabras de los profetas como a una antorcha que luce en lugar tenebroso… entendiendo ante todas cosas que ninguna profecía de la escritura se hace por propia interpretación (3); y poco después por estas palabras: hay en las cartas de Pablo algunas cosas difíciles de entenderse, las que adulteran los indoctos e inconstantes, como también las otras escrituras para su propia ruina. Vosotros pues, hermanos, con este aviso estad alerta para que no caigáis de vuestra firmeza engañados de los insensatos(4).

Con el fin pues de preservar a los fieles de semejantes engaños y evitarles su propia ruina, la Iglesia cuidó siempre y miró como un deber suyo no sólo el explicarles el verdadero sentido y darles la inteligencia de los lugares difíciles de entender, siguiendo la interpretación de ellos que por tradición recibió de sus mayores, sino también el estar alerta contra la seducción de aquellos maestros ignorantes, volubles e insensatos que de tiempo en tiempo nunca han dejado de aparecer, muy pagados de sus ciencias y atenidos a su propia interpretación, adulterando las escrituras con sentidos que no tienen, y engañando a los incautos con venderles por doctrina del Espíritu Santo sus propios sueños y delirios.

Sabido es que apenas ha habido error o herejía que no haya nacido o no haya tratado de buscar apoyo en la mala inteligencia de algún lugar de la sagrada escritura, como ya en su tiempo lo notó el P. S. Agustín; y sabido es también que en las traducciones del sagrado texto a las lenguas vulgares es en donde los herejes hallaron la mejor oportunidad para infundir su veneno y corromper así la misma fuente de la doctrina recibida, principalmente desde la época en que con la caída total del imperio romano cayó también en olvido su lengua, y reducida ésta a los recintos de los templos, cada pueblo de Europa se fue formando su particular dialecto e idioma.

Coicidió esta mudanza de lenguaje con la aparición de las grandes herejías de Occidente, y los jefes de estas sectas se aprovecharon de tan favorables coyuntura para dar a leer a los pueblos, ignorantes ya del idioma latino, más traducciones de la Biblia en el dialecto vulgar hechas en consonancia con sus erores y sumamente infieles. Por esta causa hallamos que ya desde el siglo trece, la mala fe de los herejes albigenses obligó al Concilio de Tolosa en Francia, celebrado en 1229, a prohibir a los legos o seculares el uso de la sagrada escritura en lengua vulgar (5) y cuatro años después se hizo la misma prohibición en España en el Concilio de Tarragona. En los siglos subsiguientes no abandonaron los sectarios su empeño de corromper la escritura en su traducción, y la Iglesia, por lo mismo, hubo de mantener su prohibición, sobre todo, cuando el grande heresiarca Lutero empezó a proclamar altamente la supuesta necesidad de que todos leean la Biblia en su propio idioma; y se hizo él mismo traductor falaz del Nuevo Testamento, creyó entonces el Sagrado Concilio general de Trento absolutamente indispensable para la conservación de la fe y extinción de los errores, no sólo el declarar (6) que sólo la versión vulgata latina se tuviese por auténtica, y que aún ésta no se pudiese imprimir sin previa aprobación y revisión del ordinario; sino también (7) que una junta de diez a ocho hombres doctos y píos escogidos de entre todas las naciones que se hallaban allí congregados, formasen con el mayor detenimiento, examen y maduro consejo las reglas que pareciesen convenientes para la acertada dirección de los superiores eclesiásticos en este punto y otros semejantes. Por disposición del concilio (8) se remitieron los trabajos ya casi concluidos de esta junta a la revisión y última determinación del papa, quien después de nuevas y muy prolijas conferencias, publicó en fin, en 24 de marzo de 1564, las reglas que llamaron del índice romano, que entre nosostros fueron aceptadas y mandadas guardar por decreto del rey Felipe 2º., comunicado a todos los consejos con fecha 15 de febrero de 1569. Entre ellas, la cuarta decía así (9): Siendo manifiesto por la experiencia que de permitir a todos sin discreción la Sagrada Biblia en lengua vulgar se origina, por la temeridad de los hombres, más daño que provecho, quedará al juicio del obispo, &c. Después, el Sumo Pontífice Clemente 8º. en la revision y nueva publicación que de dichas reglas hizo en 1595, reservó a sí y a las congregaciones romanas aun esa facultad de conceder tales licencias.

Pero como todas estas prohibiciones eran puramente unas medidas de precaución y de prudencia, tomadas por razón del riesgo de los lectores y no por razón de los libros que en su pureza y fiel contenido son santisimos y provechosísimos; posteriormente, mudadas algún tanto las circunstancias, la misma Iglesa tuvo por oportuno moderar aquel antiguo rigor; y por eso en última revisión y publicación de las mencionadas reglas que hizo el inmortal Benedicto 14, agrégase a dicha regla cuarta la siguiente cláusula: se permiten semejantes versiones de la Biblia en lengua vulgar si fueren aprobadas por la silla apostólica o se publicasen con anotaciones sacadas de los santos padres de la Iglesia o de intérpretes doctos y católicos. En consecuencia de la actual, el sumo pontifice Pío 6º. por su breve de 17 de marzo de 1778, celebró y aplaudió la versión al italiano que el sabio Antonio Martini había publicado con notas de santos padres, oportunas para precaver cualquier abuso; y enseguida hizo lo mismo la Iglesia de España con la que en castellano publicó el Padre Felipe Scio, acompañada de iguales notas.

De cuando llevemos expuesto resulta que, según las leyes actuales de la Iglesia católica, en cuyo seno se gloría de estar la república mejicana, no es lícita la impresión ni permitida a todos la lectura de la Biblia en lengua vulgar, sino con las tres condiciones siguientes: 1° que la versión de dicha Biblia esté publicada con licencia y aprobación de los superiores eclesiásticos; 2° que esté hecha por autor docto y católico y ajustada en cuanto ser pueda al texto de la vulgata; 3° que esté aprobada por la silla apostólica (cosa que de ninguna versión vulgar es de esperar siendo por otra parte negocio muy arduo y nada necesario) o esté acompañada de notas o comentarios sacados de los santos padres o intérpretes católicos para declaración y sana inteligencia de los lugares oscuros, difíciles o ambiguos.

Mas de estas condiciones, y principalmente de la tercera, que no es la menos importante para precaver la ilusión y los engaños en los lectores, al menos en los poco instruidos en la doctrina sagrada, se desentienden totalmente las sociedades bíblicas que, establecidas primero por los protestantes de Londres, se han ramificado después por varias partes del globo y aun entre nosotros pretender hallar fomento. Frutos suyos son las innumerables biblias castellanas en un solo volumen que se venden públicamente en las calles y portales de esta capital, algunas completas, otras muchas truncas, faltas de aquellos libros que no admiten los protestantes, y lo son también los muchísimos ejemplares del Nuevo Testamento que en igual forma están impresos y del mismo modo se expenden. Tendríamos mucho que decir si hubiésemos de exponer las torcidas intenciones y perversos designios que dichas sociedades bíblicas llevan en los inmensos gastos y trabajos que impenden en multiplicar sin cuenta las ediciones de la biblia en todas las lenguas vulgares conocidas y en diseminarlas por todas las naciones a bajos precios o casi devalde, pero en todas partes sin notas ni comentario alguno. Sin temeridad alguna pudiéramos afirmar que su principal objetivo en esto es, el de propagar por este medio o infundir en todos los ánimos el funesto y fatal principio de las sectas protestantes, a saber que, la única regla de la fe es la escritura entendida por cada uno según su propio juicio; principio que es diamentralmente opuesto al que la religión católica profesa, teniendo por regla fundamental de su fe la enseñansa o viva voz de la Santa Iglesia, a quien únicamente toca el juzgar del verdadero sentido o interpretación de las escrituras (10).

Mas para que no se crea que, impulsados de la oposición de partidos la atribuimos gratuitamente [a] ese depravado intento, oid el juicio que de ellas han hecho algunos protestantes más juiciosos: el ministro anglicano Mr. Wix, en una obra publicada en Londres hace nueve años se explica así: la sociedad bíblica tanto la nacional como la extranjera, obrando de mancomún con sujetos de todas sectas, se encaminan ciertamente a propagar un vasto sistema de indiferencia, fatal a los verdaderos intereses del evangelio; y despues de pintar los tristes efectos del celo inconsiderado de los repartidores de las biblias, añade: tales han sido los progresos del sistema bajo la influencia de esta sociedad funesta, planteada sobre un plan incompatible con la pureza del cristianismo y peligrosa para la unión de la fe tan empeñosamente recomendada por Jesucristo. (11) Otro ministro de la misma Iglesia, Mr. O’Callaghan, hablando del mismo asunto y en igual sentido dice: La expresión hoy muy usada de que la Biblia es proporcionada a todas las personas y a todas las edades y condiciones, y a todos los talentos, o no es verdadera absolutamente, o sólo lo es en un sentido restricto. La Biblia es tal vez el mas dificil de todos los libros. La experiencia y la observación del linaje humano nos conducen a inferirque la escritura santa es por sí demasiado oscura para la generalidad de las gentes… Esta debe contentarse con recibir de otros su instrucción, porque jamás ella sabrá acercarse a las fuentes de la ciencia; es preciso que en medicina, en la jurisprudencia, en la física y en las matemáticas aprenda las verdades más importantes de boca de aquellos que las van a beber en la primera y las más pura fuente; y el mismo método es el que se ha observado constantemente y por lo general en cuanto al cristianismo; siempre que se han separado de esta regla hasta cierto punto, han sobrevenido tales sacudimientos en la sociedad que la han hecho estremecer hasta su centro. (12)

Después de estas confesiones de nuestros propios adversarios, parécenos excusado el difundirnos más sobre los justos recelos que a todo amante de la única y verdadera fe deben infundir las versiones o ediciones emanadas de dichas sociedades bíblicas, ni sobre los riesgo y peligros que podrían sobrevenir a nuestra creencia y tranquilidad religiosa, si no tratamos de impedir el que circule y ande en manos de todos la Biblia sin notas ni comentario alguno; mucho más cuando estamos todos bien persuadidos de la verdad que nos dejó escrita P. San Agustin en estas palabras: el hombre que está bien fundado en la fe, en la esperanza y en la caridad y que todas tres virtudes conserva con firmeza, no necesita de las escrituras sino para instruir a otros (13).

Y en cuanto al otro punto de las estampas, pinturas y esculturas obscenas, de las cuales se expenden algunas meramentes deshonestas; y otras que añaden a esto la impía y blasfema indecencia de representar tan infame vicio en personajes que la religión venera y adora; como también algunos lienzos, trajes y otros utensilios, aun para los usos más viles, en que se ven pintadas cruces o imágenes de algunos santos, lo que no puede ser seguramente sino con el fin de hacer despreciables estos objetos tan dignos del respeto y veneración de los fieles; nosotros creemos que haríamos un agravio a la ilustrada piedad y honestos sentimientos de nuestros diocesanos, si quisiésemos detenernos en manifestarles la repugnancia y oposición que tales cosas tienen con las reglas todas de la moral pública y privada, y de todas las leyes así divinas como humanas. No alegaremos por eso ni las intimaciones de muchos padres de la Iglesia sobre el asunto, ni lo ordenado posteriormente en el concilio de Trento (14) y en otras resoluciones consiguientes, contentándonos con recordar las novísimas órdenes expedidas ente nosotros por la autoridad civil en 17 de septiembre de 1823 y por la eclesiastica en 13 de noviembre del mismo año; de las que aparece el feliz concierto que desde entonces reynó entre ambas potestades para el total extermino de este vergonzoso comercio, injurioso a nuestra santa religión, corruptor de las costumbres y desmoralisador de los pueblos.

Nos, pues, deseando oponer un dique a un mal que con desprecio de las autoridades aún continua, como también al anterior de que hicimos mención; después de haber invocado el nombre del Señor, y haciendo uso del poder que de Dios hemos recibido, interpelando también para ello, como en efecto interpelamos a la autoridad civil, a quien de derecho incumbe la protección y defensa de la Iglesia, hemos venido en mandar y mandarnos.

1° Que ninguna persona dentro del territorio de esta Diócesis imprima, compre, venda, ni retenga sin las debidas licencias la Biblia ni libro algunos de ella en idioma vulgar sin notas de los santos padres o de interpretes doctos y catolicos.

2° Prohibimos igualmente toda biblia, aun en latin, que esté impresa sin las debidas licencias, pero especialmente aquellas en están suprimidos los libros de Baruch, Tobías, Judit, Sabiduría, Eclesiástico, y los dos de los Macabeos en el Antiguo Testamento; y en el Nuevo la Epístola de San Pablo a los Hebreos, la de Santiago, la segunda de San Pedro, la segunda y tercera de San Juan, la de San Judas y el Apocalipsis; cuya autenticidad está reconocida en toda la Iglesia catolica, declarada por el santo Concilio de Trento, y sólo disputada por los protestantes.

3° Se prohiben asimismo los misales, brevarios, diurnos, oficios parvos y semanas santas, como compuestos en la mayor parte de salmos, evangelios, epístolas y otros libros de la escritura santa, sino es que conste en ellos la licencia del ordinario para su impresión (o del comisario general de cruzada en España, que por bulas pontificias es juez privativo de ello) conforme a la prohibición bajo la pena de excomunión latae sententiae que hizo de los brevarios el señor Clemente 8º. en la bula que empieza Cum in Ecclesia de 10 de mayo de 1602, y de los misales en la Cum Santissimum de 7 de julio de 1604; prohibición renovada por el señor Urbano 8º y extendida a los diurnos, semanas santas y oficios parvos, como consta en la bula Divinam psalmodiam de 25 de enero de 1631 y la Si quid est de 2 de septiembre de 1634.

4° Mandamos también que nadie compre ,venda ni rentenga esculturas, pinturas, ni estampas obscenas, pañuelos, medias, relojes o cualquiera otra clase de artefacto que contengan objetos de nuestro sagrado culto, siendo ellos destinados a usos profanos; recordando como recordamos que ya tenía ordenado esto mismo bajo la pena de excomunión mayor latae sententiae el excelentísimo e ilustrísimo señor Dr. D. Juan Cruz Ruiz de Cabañas (que de Dios goce) en su edicto de 8 de mayo de 1822.

5° Recordamos asimismo la prohibición que en el citado edicto se hace y bajo la misma censura, de los libros titulados: Ruinas de Palmira, El Citador, La tolerancia en armonía con el evangelio y la razón, El arte de amar de Ovidio pues con dolor hemos sabido que algunos se olvidan de ella, franquean, y aún se empeñan en instruir a otros en estas obras.

Por tanto mandamos que en el primer dia festivo inter missarum solemnia se lea este nuestro Edicto en todas las eglesias de la Diocesis. Dado en Guadalajara a 22 de agosto de 1828

Diego de Aranda

Por mandado de su señoría

José Francisco Meza

 

(1). Epist. 2 ad Timoth, c. 4. v. 5.

(2). 2ª. ad. Tim. c. 3.

(3). Cap. I.

(4). Cap. 3.

(5). Can. 14

(6). Ses. 4.

(7). Ses. 18.

(8). Ses ultima.

(9). Wan Espen, part. I, tit. 22.

(10). Concil. Trid. ses. 4.

(11). Reflectiom consernio the exped. of a conescil of the church of england au the church of Rome, pag. 86. Londres 1819 [sic]

(12). Tongs. ou the tendemes of Biblie societ.

(13). Lib. I. de doctrina christ. c. 39.

(14). Sesión 25, decreto de sacr. imag.

El poder de la Iglesia novohispana sobre el tiempo: el domingo

En la historiografía religiosa de las últimas décadas es bien sabido que, siguiendo hasta cierto punto la tradición medieval, pero de manera más intensa frente a la Reforma protestantes, la Iglesia católica emprendió un amplio esfuerzo en el sentido de sacralizar de la manera más extensa e intensa posible el espacio, y también el tiempo. Las campanas fueron un instrumento importante al respecto, para marcar el ritmo de la jornada al paso que se imponía al menos una oración sencilla al amanecer, al mediodía y al anochecer. Las cofradías de devoción hicieron lo propio, difundiendo las prácticas que debían ritmar los días de la semana (el lunes de las Ánimas, el jueves de la renovación eucarística, el sábado como día de la Virgen, etcétera), o los meses (el primer viernes o tercer domingo mensual, por ejemplo). Desde luego, hubo preocupaciones constantes para establecer o limitar las prácticas nocturnas, pero en esta ocasión me interesa recordar algunas medidas y controversias dedicadas a una jornada que debía completamente dedicarse a lo sagrado: el domingo. El clero del siglo XVIII dedicó buena parte de sus empeños a hacerlo respetar junto con los demás días festivos como días sagrados, en que los fieles debían, no sólo asistir a la misa en sus parroquias, sino abandonar los trabajos manuales.

Retrato de fray Francisco de San Buenaventura Martínez de Tejada Díez de Velasco, obispo de Guadalajara, pinacoteca de la parroquia de la Asunción de Lagos de Moreno, foto de Gil Ernesto Rieke Aguirre

No es de extrañar por ello que fuera tema recurrente entre los obispos de Guadalajara, hubo tres a lo largo del siglo que le dedicaron sendos edictos. Particularmente detallado fue el de 1734 del obispo Nicolás Gómez de Cervantes (Archivo Histórico del Arzobispado de Guadalajara, Edictos y circulares, caja 2, exp. 18), dirigido sobre todo contra el comercio, prohibiendo los mercados y tianguis y la apertura de tiendas, salvo de comestibles indispensables, hasta el punto de censurar también la actividad de los molinos de trigo y de las panaderías, salvo en las ciudades principales. En 1759, el obispo fray Francisco Martínez de Tejada dejó en su edicto sobre el tema hasta una descripción breve del paisaje de su ciudad episcopal en esos días domingos y festivos: “se ven en las calles y plazas las mesillas de jabón, herreros y zapateros trabajando y lo más sensible, las calles y plazas llenas de carretas de paja, madera, leña, cal y otras cargas todas serviles”. El prelado insistía en que era una cuestión de jerarquías: los días festivos no debían de igualarse a los días laborables, por lo que impuso multas a los trasgresores y ordenó a los clérigos de la curia y a los párrocos organizar una verdadera policía de días festivos. (AHAG, Edictos y circulares, caja 2, exp. 52) En fin, en 1772, el obispo fray Antonio Alcalde decidió incluso levantar todas las dispensas que se hubieran expedido anteriormente, para que los fieles acudieran de nuevo con los párrocos a solicitarlas y se examinara con detalle cada caso (AHAG, Edictos y circulares, caja 3, exp. 13).

Y es que el trabajo dominical era, en efecto, uno de los problemas casi cotidianos que se suscitaban entre los párrocos y sus feligreses del siglo XVIII, de forma que en los archivos han quedado abundantes testimonios de los conflictos al respecto. Por sólo citar un par de ejemplos, mencionemos en principio el de Santiago Ilamatlán, un remoto pueblo serrano de la diócesis de Puebla (Archivo General de la Nación, Criminal, vol. 79). Ahí, en 1778, el párroco dirigió sus quejas al obispo y a la justicia real contra el gobernador de los “indios”, quien se atrevía recaudar impuestos y a organizar faenas en domingo para la construcción de las casas reales del pueblo. En buena prueba de que era en extremo complicado para el clero explicar que el día completo era sagrado, los propios “hijos del pueblo” declararon que en efecto habían estado trabajando ese día en esa obra pública, pero “sin faltar al precepto de oír misa”. En ese caso, sin embargo, la dificultad tal vez estaba en que el propio párroco los había citado en días festivos para que construyeran la casa curatal, por lo que no creían que su reproche fuera efectivamente “por el mayor celo de Dios”.

Campanario de Ilamatlán, actual municipio del Estado de Veracruz. Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=eVarDQugYew

En Zontecomatlán (AGN, Clero regular y secular, vol. 217), otro pueblo de la misma región serrana del norte del obispado de Puebla, ya a principios del siglo XIX, un duro conflicto opuso al párroco con sus feligreses, quienes expulsaron del pueblo al clérigo y redactaron una serie de condiciones para aceptar su regreso, incluyendo justo que los dejara trabajar en sus campos en domingos y festivos siempre que no faltaran a misa. El párroco reaccionó airado a esa condición en particular, “enteramente opuesta a la religión y al Estado”, porque trataba de evadir una de las principales obligaciones religiosas y que tomó como prueba de que los “indios del pueblo” en realidad se negaban a vivir “a son de campana” como debían.

Paradójicamente, esos pueblos remotos que no veían por qué habrían de abandonar por completo sus labores colectivas en los días de fiesta, de alguna forma coincidían con los llamados “ilustrados”, quienes justo por entonces comenzaban a hacer extenso elogio del trabajo y criticaban la abundancia de fiestas del catolicismo, pugnando en cambio por reducirlas y aumentar así la generación de la riqueza. Cabe reconocer que fue un tema en que el clero y los reformadores de los primeros años del siglo siguiente, el XIX, llegaron a puntos de acuerdo, que resultaron en un breve del Papa Gregorio XVI de 1839 en que efectivamente se permitió una disminución importante de los días festivos, pero es tema a tratar en otro momento. En nuestros días, en que es lo económico y lo cultural (en el sentido amplio del término) lo que marca mayormente el ritmo de nuestras jornadas, puede resultar extraño que la Iglesia tuviera ese poder para imponer el descanso, pero es siempre buen recordatorio de que también el tiempo, o mejor dicho, su uso, su significado, sus ritmos, son construcciones culturales.

El currutaco por alambique

En estos días he tenido el gusto de presentar en Lagos y en León conferencias a propósito de un tema, que si bien no forma parte precisamente de mis intereses fundamentales de investigación, no es ajeno tampoco. He hablado sobre el currutaco, es decir, el estereotipo de género masculino que el clero (aunque no sólo) de principios del siglo XIX utilizaba para ridiculizar a los hombres que empezaron a aficionarse por la moda y las nacientes prácticas culturales modernas (el café, el teatro, el baile). Ridiculización que pasaba por su feminización, como cabía esperar. Aunque es un estereotipo surgido en los periódicos españoles, en el Diario de Madrid, en 1795 para ser preciso, no dejó de tener difusión en Nueva España. En este mismo espacio me he referido al currutaco que salía en una procesión, la del 5 de febrero, ni más ni menos que un diablo en un pasaje de la vida de San Felipe de Jesús, tentando al protomártir mexicano, mas estuvo de lejos de ser el único caso.

Ahora más bien me limitaré a presentar unos versos impresos en México en 1799, titulados El currutaco por alambique, obra de Manuel Gómez, doctor en teología y profesor del Seminario Conciliar y de la Real y Pontificia Universidad. Su tono jocoso puede hacernos pensar que se trata de versos irreverentes. Por el contrario, fue un texto que contó con las aprobaciones oficiales, del gobierno virreintal y del gobierno arzobispal, así como las censuras eclesiásticas que correspondían en la época. Esto es, fue parte de la lucha del clero contra la modernidad que comenzaba a difundirse en el reino de Nueva España. Por ello pudo contar con la aprobación del padre felipense Ramón Fernándezl del Rincón, que vemos a la derecha, y la del padre dominico fray Ramón Casáus, futuro arzobispo de Guatemala. Este último no dejó de reprobar en esas modas modernas un “exceso indecente, que afemina a los hombres”.

No nos detengamos más, pasemos directamente a los versos de Gómez, recordando siempre que a veces cosas de apariencia profana, podían servir a fines eminentemente sagrados, como mantener a los hombres en el camino de la devoción, y evitarles el de la diversión.

 

Una asistencia política: los canónigos en los toros

“La Plaza Mayor de Madrid durante una corrida de toros regia”, ca. 1664. Memoria de Madrid

En nuestros días las corridas de toros son materia de controversia entre defensores de los animales y de lo que se estima como una añeja tradición, particularmente popular del mundo hispánico. En el siglo XVIII, cabe destacarlo, la corrida era uno de los elementos importantes de las festividades políticas (de ahí la imagen de la izquierda). Eran infaltables en las recepciones de los virreyes, los eventos de la familia real, como los matrimonios de los príncipes. Ahora bien, aunque en el siglo XX hemos visto hasta eclesiásticos (algún obispo mexicano incluso) aficionados a la “fiesta brava”, cabe decir que en la segunda mitad de esa centuria no era algo que se diera por sentado y automático. Más todavía, se estimaba que el clero en general debía abstenerse de ese tipo de eventos, no por una temprana sensibilidad hacia los animales, sino porque se trataba de una fiesta estimada como “profana”, susceptible hasta de desórdenes. Y sin embargo, entre 1767 y 1823, los muy graves canónigos de la Catedral Metropolitana de México debieron haber asistido a al menos dieciséis corridas de toros, celebradas en la plaza del Volador o en alguna ocasión en la principal de la ciudad, es decir, frente a la propia iglesia principal.

Justo esto es lo interesante, los canónigos se veían en el aprieto de estimarse “personas sagradas”, cuya dignidad no debía de participar de estos festejos, pero también una corporación urbana, un tribunal, que debía cumplir con un asistencia que era “política” en el sentido de cortesía pero también incluso en el sentido del juego del poder. Haber dejado vacío el espacio que les era reservado podía considerarse un desaire para la autoridad monárquica, e incluso se podía perder un espacio frente a otros “cuerpos” siempre un poco rivales, como el ayuntamiento de la ciudad. En suma, era una ocasión como pocas en que los canónigos afrontaban el problema de separar lo sagrado y lo profano. Lo ilustra bien ya el problema que se expuso al Cabildo en abril de 1766, cuando se realizaban los festejos por el matrimonio del Príncipe de Asturias, cuyas corridas iban a terminar coincidiendo con el lunes en que se iniciaba la semana de letanías menores, las de la Ascensión. “Era incongruo y desedificante la simultaneidad de las sagradas preces públicas de la Iglesia con las profanas diversiones del público”, se lamenta en el acta (Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México, ACCMM, Actas de cabildo, libro 47, fs. 243-243v), pero era ya tarde para iniciar cualquier gestión, por lo que los canónigos debieron reprimir su celo religioso.

Firma de un acta de cabildo. Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México, Actas de Cabildo, libro 47.

Por si fuera poco, la asistencia a los toros también implicaba gastos. Era impensable que asistieran solos los canónigos, por lo que debían acompañarles ministros y capellanes de coro, a veces los niños colegiales, y por supuesto, los lacayos y mozos de cada prebendado. Había además que adornar como correspondía el tablado y, sobre todo, servir un refresco de bebidas y dulces correspondiente a su honor. Por ello, sólo en ese año de 1766, la asistencia a las corridas sumó un gasto de 886 pesos, suma no menor para la época, por lo que había un motivo más de reflexión en la materia. No es casualidad que fuera al revisar las cuentas al año siguiente que se despertara en algunos canónigos la preocupación por el cuidado de la dignidad eclesiástica. En noviembre de 1767 (ACCM, Actas de cabildo, libro 48, fs. 249v-250v) se propuso cancelar las asistencias a los toros. La idea despertó “una dilatada conferencia”, en que de paso se denunciaron esos gastos excesivos, el desorden de los ministros seculares, y hasta la conducta de los canónigos de la Colegiata de Guadalupe, que también asistían. También hubo llamados al “buen ejemplo” que debían dar los propios canónigos, pero al final terminó imponiéndose la política. En noviembre de 1768, resolvieron definitivamente mantener su asistencia sólo tratándose de fiestas reales, aun a pesar de que entonces se rumoraba que el virrey, el marqués de Croix, si bien festejaba oficialmente su llegada a México en 1766, trataba de recaudar fondos para otros motivos. (ACCM, Actas de cabildo, libro 49, fs. 163v-164, 171-171v y 175-176).

Fue bajo ese principio que pudieron al menos excusarse de unas corridas, las que se concedieron a los tablajeros tras las fiestas en honor del virrey en diciembre de 1785 (ACCMM, Actas de cabildo, libro 55, fs. 280v-281v). También pudieron alegar para su ausencia la coincidencia con otras celebraciones, como el jubileo circular de 1789, aunque esto implicaba medidas particulares de cortesía para informarlo (ACCMM, Actas de cabildo, libro 57, f. 21). Paradójicamente su complacencia con los toros, incluso en la plaza mayor, fue cuestionada, pero no por una autoridad del rey, sino clerical: los párrocos del Sagrario. En septiembre de 1794 tuvieron noticia de que éstos habían dirigido una exposición al recién llegado virrey, el marqués de Branciforte, en que alegaban los “muchos desacatos por falta de respeto al templo”, las faltas al “debido acatamiento” al viático, e incluso la situación de guerra, como motivos para suspender las corridas (ACCM, Actas de cabildo, libro 58, fs. 139-140). Los canónigos, por supuesto, recibieron con “gran impresión” la noticia y reprocharon a los párrocos, a través del arzobispo Haro y Peralta, que hubieran tenido el atrevimiento de entrometerse en el gobierno de la Catedral. Sólo a ellos tocaba “vigilar sobre el decoro y decencia debida a la Casa de Dios”, bien que ni siquiera se molestaron en considerar los argumentos religiosos de los curas.

Ahora bien, a lo largo del período subsistieron otros puntos a considerar, en principio, los de orden económico. Reducir los gastos no era tarea fácil, si algo distinguió a los canónigos a mediados de siglo fue la afición por las fuentes de dulces, por ejemplo en su tomas de posesión, pero también en este contexto. Como debían asistir todos, pero no era siempre el caso, era común que sobraran (ACCMM, Actas de cabildo, libro 47, f. 241v), o que los sacristanes y ministros se quedaran con ellas (ACCMM, Actas de cabildo, libro 51, fs. 125v-126). El gasto del refresco sólo se solucionó cuando el ayuntamiento ofreció uno para toda la asistencia de manera general en 1785, con motivo además de una nueva distribución del orden de la plaza (ACCMM, Actas de cabildo, libro 57, fs. 37-37v). No sabemos si pasarle la responsabilidad a los regidores fue la solución definitiva, pero ya para 1796 los canónigos podían ordenar que no se pagara refresco alguno. (ACCM, Actas de cabildo, libro 59, f. 60).

Desjarrete de la canalla con lanzas, medias-lunas, banderillas y otras armas, Francisco de Goya, Museo Nacional del Prado.

Por otra parte, no dejaba de ser una fiesta profana, propia de seculares, que efectivamente se entusiasmaban con ella, lo que lamentaban los canónigos respecto de los que estaban a su cargo. Ante la expresión del “ansia” de los niños del colegio de infantes de asistir a corridas en 1770, hasta el punto de pasar por encima del deán y recurrir al Cabildo en pleno, se les negó conforme al ejemplo de otros colegios, pero también para “la debida educación y sujeción de dichos niños” (ACCM, Actas de cabildo, libro 50, f. 269). Los músicos seculares, tradicionalmente de los empleados que más frecuencia recibían observaciones de los canónigos, fueron directamente excluidos de la asistencia al tablado en las corridas de 1784 por el recibimiento del virrey Gálvez. Esto, en castigo a “su falta de atención y respeto para con los padres capellanes, queriendo tomarse los primeros asientos en el tablado y su desvergüenza en el tomar de refresco” (ACCMM, Actas de cabildo, libro 55, f. 127v).

Las últimas asistencias a los toros de los canónigos tuvieron además un carácter político en un sentido nuevo, pues fueron la manifestación de la lealtad a monarcas sujetos a debate. En 1815, no sólo asistieron, sino además invitaron a reunirse en su tablado a los canónigos de otras catedrales presentes en la ciudad, para sumarse así al lado popular de la fiesta por el restablecimiento en el trono de Fernando VII. Hubo también toros en 1817 con motivo del matrimonio del rey y del infante Carlos. En fin, en 1823, la última jura que tuvo lugar en la Ciudad de México, la del emperador Agustín I, también incluyó toros en el programa de festejos (ACCM, Actas de cabildo, libro 67, fs. 272 y 274; libro 68, f. 282v y libro 70, fs. 203v-204). Hasta donde sabemos la naciente opinión pública no les reprochó esa participación, que ya podía leerse como una toma de partido y no podía justificarse por la unanimidad monárquica de antaño. El régimen republicano traería consigo nuevas formas de ceremonial político, del que se irían marginando progresivamente las corridas de toros.

“El gran regreso del purgatorio”

couvcuchetEn esta oportunidad presento una nueva traducción, de una comunicación breve, pero que espero que el lector encontrará interesante. Se trata de una de las colaboraciones que se presentaron en un coloquio que organizó la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París en 2007, y que se publicó en 2012 con el mismo título: Le Purgatoire. Fortune historique et historiographique d’un dogme. En concreto es la participación del coordinador del coloquio y de la obra, el profesor Guillaume Cuchet, titulada “El gran regreso del purgatorio”.

Sin duda, lo ideal sería acercar al público de habla hispana a la obra más amplia de dicho autor, Le crépuscule du purgatoire, (París, Armand Colin, 2005); empero, una parte significativa del planteamiento está resumida en estas páginas. El lector encontrará aquí un tema que, me parece, poco ha trabajado la historiografía del mundo hispánico: la cuestión del purgatorio en el siglo XIX. De alguna manera continuamos en la misma problemática de la traducción anterior, la del capítulo de la obra de Emmanuel Fureix sobre los cementerios. En el siglo XIX la religión de los muertos conoció un ascenso significativo, Cuchet explora su cronología, sus razones, sus modalidades, poniendo atención, no sólo al impulso institucional, sino también a la dimensión más profunda, la de las sensibilidades colectivas.

En algún otro momento incluiremos aquí alguna otra de las colaboraciones, se trata de una obra muy interesante, que en efecto hace tanto un amplio balance como presenta novedades en la historia del purgatorio, ese dogma que ha sido tan fundamental para la cultura occidental, pero también en la historiografía desde la obra de Jacques Le Goff. Como es costumbre, aclaro que se trata de una traducción libre, con fines estrictamente de divulgación, queda disponible en la página correspondiente de este sitio.

Un proyecto de libertad religiosa

Procurador encabezadoLa ley, en el siglo XIX (y tal vez incluso hasta hoy) era una manera de realizar sueños políticos. En otras oportunidades he tenido el gusto de trabajar los proyectos de unos “soñadores” muy cocretos, los miembros la IV legislatura constitucional de Veracruz de 1833 a 1834. La segunda IV legislatura, aunque no vale la pena entrar ahora en los detalles de esa repetición, elegida el 25 de enero de 1833. Desde mi tesis de licenciatura (presentada en 2003 y publicada en 2006 con el título La política eclesiástica del Estado de Veracruz, 1824-1834) hasta mi tesis doctoral (presentada en 2010), dediqué alguna atención a una serie de decretos con los que ese grupo de legisladores, entre los que dominaba la facción de los “patriotas”, trataron de reformar la vida religiosa veracruzana. Alguna razón tuvo el obispo de Puebla, Francisco Pablo Vázquez al comparar uno de sus decretos con la Constitución civil del clero de 1790, obra de la Asamblea Constituyente francesa. Si algo parece claro en sus decretos es el intento de reorganizar a la Iglesia católica de forma que quedara bajo la tutela del Estado de Veracruz, aunque para ello esos legisladores trataron a veces que pasar por encima de los límites que imponía la Constitución federal de octubre de 1824.

¿A qué proyectos me refiero? En primer lugar a la creación de un obispado con los límites del territorio estatal, cuyo obispo y curia serían financiados del erario estatal y no del diezmo, que en cambio debía ser suprimido. En este mismo espacio publiqué, en 2010, el texto completo de ese decreto, el número 18, en realidad poco conocido en la historiografía. Hubo medidas que pueden considerarse menores: como la prohibición a los ayuntamientos de celebrar otras fiestas fuera del 16 de septiembre, así como la supresión de los dobles de campana, ambas ya en 1834. Desde noviembre de 1833, examinaron además la posibilidad de permitir al clero renunciar al fuero personal, a propuesta sacerdote y senador (era una legislatura bicameral) Leonardo Romay.

Mas sin duda, el más célebre de sus proyectos fue el planteado en su sesión del 30 de noviembre de 1833, en el que trataron de construir un sistema educativo estatal utilizando para ello los bienes de diversas corporaciones eclesiásticas, en particular los conventos, que por ello debían suprimirse. “Todos los institutos religiosos deben considerarse inútiles civilmente”, sentenciaba el proyecto de la comisión que dictaminó el proyecto de decreto, que fue emitido con el número 54. Éste fue la gran medida de esa legislatura, la que ocasionó controversias con el clero, en particular con el obispo de Puebla, aunque también con la federación. Más todavía, a la larga, la insistencia de la legislatura sobre el cierre de los conventos fue lo que desató, en abril de 1834, los pronunciamientos que llevaron a la caída de los poderes estatales, concretada en junio de ese mismo año.

Empero, hubo otro proyecto tal vez más ambicioso aún: una nueva constitución del Estado de Veracruz, presentado por el diputado orizabeño Joaquín Pesado en la sesión del 23 de enero de 1834. Proyecto de 50 artículos, reconocía en su artículo 6o. una serie de “derechos civiles”, para “toda clase personas, sin distinción de condición ni sexo”, que incluía por primera vez la libertad religiosa.  DerechosNo era un asunto menor, dado que la Constitución federal y el Acta constitutiva de la federación de 1824 habían establecido que la religión católica era la única que debía practicarse. El asunto justificó una verdadera campaña en el periódico de los “patriotas”, El procurador del pueblo, para probar que la tolerancia era compatible con el catolicismo, e incluso que la defensa de la religión no era propia de las autoridades civiles.

En efecto, aquel mes de enero de 1834 fue, podríamos decir, el “mes de la tolerancia religiosa” en las páginas de ese periódico. Entre los textos más sobresalientes que vieron la luz entonces estuvo un “cuento moral” publicado el día 17, que citaba a favor de la tolerancia religiosa un pasaje del Evangelio de San Mateo (“No todo el que me dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos…”). Un diálogo incluido en ese mismo número hacía de la tolerancia un derecho natural, pues decía, ningún pasaje de las Sagradas Escrituras, decían, privilegiaba un culto particular pues todos eran de “invención humana”. Los Padres de la Iglesia lo afirmaban, las Escrituras lo confirmaban. Otro texto fundamental fue publicado al día siguiente, el 18: la  “Carta sobre la tolerancia” de John Locke, de la que los editores prefieron no indicar su autor, y donde ésta era calificada como “el rasgo distintivo de la verdadera Iglesia”. Siempre en el marco de un discurso religioso, el editorial de El procurador del pueblo del 21 de enero mostraba un Jesucristo tolerante, “que no quiso forzar la inclinación de nadie”, así como una Iglesia primitiva que “practicó la tolerancia sin interrupción”. La sociedad y los gobiernos de entonces no debían sino seguir el mismo ejemplo.

Casi sobra decirlo, esta reforma no llegó a concretarse, al menos hasta donde sabemos, quedando en el olvido con la caída de los “patriotas”. Hoy, gracias a la Hemeroteca Nacional Digital de México, de la que proceden las dos imágenes de este breve artículo, podemos tener acceso más fácil a esos proyectos. Conviene insistir, ya para cerrar, que a 183 años de distancia puede parecernos un esfuerzo distante y ajeno, lo es en parte, pero es buen recordatorio de una de las implicaciones de la modernidad política: la posibilidad de cambiar a la sociedad, de reformarla y reorganizarla conforme a nuevas utopías, que aunque a veces “laicas” no dejaban de tener un aspecto religioso. Quien lea la sesión del 30 de noviembre de 1833 de los legisladores de Veracruz no dejará de advertir, su lado romántico, su idea de la futura prosperidad del estado gracias a la circulación de los bienes concentrados por los antiguos conventos, por ejemplo. Eran batallas que emprendían sin importar que pareciera una lucha de David contra Goliath (para seguir en las imágenes religiosas) por el peso de varios siglos de tradición que había que confrontar. Al final, la reforma en la materia era una vía también para hacer realidad una sociedad más igualitaria, valor particularmente querido de los “patriotas”, como se ve en la divisa que se lee en el encabezado de El procurador del pueblo.

Haciendo historia religiosa en este blog

dscf3416El inicio de un año es momento oportuno para hacer balances. Desde luego, un historiador no puede más que estar consciente de que el año en realidad es un ciclo que, si bien tiene un referente natural en el movimiento de traslación de la Tierra, no es sino un arbitrario cultural. Empero, para el tema de este blog, tal vez es tanto más oportuno hacer balance en Año Nuevo, pues sirve para recordar que nuestra civilización occidental se mueve conforme a ciclos anuales al menos desde la Antigüedad clásica, y en particular conforme a un ciclo de orden religioso, litúrgico concretamente, desde la Edad Media. Y, si bien nuestra percepción del tiempo ha cambiado, seguimos usando el calendario cristiano, cuyos tiempos fuertes no han perdido del todo vigor, aun si han adquirido nuevos significados secularizados. De forma que, ya el hecho de que esta sea una temporada festiva, tiempo de reuniones familiares, de formular buenos propósitos y demás, es un recordatorio de la plena vigencia del tema de este blog y de los temas de investigación de su autor: la historia religiosa, en particular la del catolicismo.

Tal vez puede sonar atrevido o provocador, para algunos, o verdad de Pere Grullo para otros, mas la convicción fundamental que inspira este blog y los proyectos de su autor, es que resulta imposible entender a la cultura occidental sin la historia, sin la religión y sin el catolicismo. En parte, por una cuestión de orden genético: lo que hoy conocemos como asuntos de arte, de cultura, de política, e incluso de ciencia y tecnología, lo fueron antaño de orden religioso, porque era EL orden existente que pretendía abarcar y organizar a la vida humana en su conjunto, literalmente en cuerpo y alma. En segundo lugar, porque la cotidianidad y la actualidad siguen marcadas por cuestiones religiosas. México lo ha vivido de manera intensa este año, pero no menos (de otras formas, eso sí, sin duda) Europa occidental, y ya no digamos el Medio Oriente. Pero de manera más fundamental, la historia no sólo se dedica a explicar orígenes, ni a explicar nuestro presente, sino también a abrir nuestros horizontes hacia el futuro. La labor del historiador de lo religioso (aun del creyente) no puede ser de proselitismo, en la medida en que su propio trabajo muestra ya la diversidad de formas específicas en que ha declinado lo religioso, los límites o la amplitud que ha alcanzado, las modificaciones a veces radicales en las prácticas y las creencias (hasta el punto que las brujas de ayer pueden terminar santas, como mostrara la doncella de Orléans), la imposibilidad pues de universalizarlo o de considerarlo como algo inherente a una supuesta “naturaleza humana”. Antes bien, toda esa diversidad justo es invitación para pensar de manera nueva hacia el porvenir, para abrir la puerta a lo inesperado en este aspecto tan fundamental de la civilización occidental.

Imagen13En ese sentido, la historia religiosa también tiene su lado de vector de la secularización y de desacralizador de mensajes religiosos. Pero más todavía, no puede dejar de lado la importancia del modelo de las prácticas y creencias católicas en los demás campos fuera del propiamente religioso. Existen claramente sacralidades (y por tanto sacrilegios) políticas, económicas, culturales, artísticas e incluso deportivas, modeladas a partir de las que tan eficazmente construyó el catolicismo, y que asimismo pueden ser deconstruidas por la historia religiosa. Cabe decir, la cultura popular contemporánea, la de los medios audiovisuales (cine, televisión, comic, animación) incluso ha explotado originalmente los relatos cosmogónicos y hasta a las representaciones institucionales del catolicismo, tanto como otrora éste lo había hecho con las mitologías clásicas antiguas y de otras civilizaciones. En fin, el catolicismo también contiene un mensaje escatológico, profético, esperanzador, que no ha dejado de ser fuente de utopías, tanto más en tiempos en que las utopías de la modernidad decaen. Todo ello forma un vasto horizonte que debe afrontarse. El modesto y limitado esfuerzo desde este blog, que ha de tener esos adjetivos para mantenerse dentro de los usos del campo de la historia como ciencia, ha sido analizar algunos temas muy concretos: cofradías, reliquias, campanas, fiestas y rituales públicos. Últimamente, además, gracias a que la historia sigue teniendo su lado de participación en esa religión laica que es el patriotismo local, y a que el autor se estableció en Lagos de Moreno, pues ha habido espacio para la obra de Agustín Rivera y Sanromán. Y sí, en este año además, me atreví a publicar aquí una ponencia presentada en 2014 sobre las representaciones del cristianismo en la animación japonesa.

Aunque esos temas están muy delimitados, implican asuntos de más amplio alcance: hablar de las cofradías invita a pensar las formas de organización social de la civilización occidental, el tema de las reliquias de nuestra relación con la memoria de los muertos y sus motivaciones, las campanas de nuestra sensibilidad sonora, etcétera. Si bien es cierto que serán temas que en este blog se seguirán explorando en su especificidad, tal vez es tiempo de abrir más el espacio a hacer evidente sus consecuencias más generales, aquí esbozadas, desde luego sin renunciar a las características propias del discurso histórico, ciencia por definición de lo particular. Este blog se inició con el utópico sueño de difundir, con vocación misionera digamos, pero evidentemente ha tenido sobre todo lectores entre los ya convertidos. Al final, no podía ser de otra forma, dado que el autor tiene “todos los vicios propios de su estado” (como alguna vez escribió un publicista liberal decimonónico sobre un fraile), en este caso, de académico. Empero, con sus 47 entradas y poco más de 15 mil visitas a lo largo del año, tal vez vale la pena intentar además nuevas vías de hacerle publicidad, siempre con la idea de mostrar la importancia contemporánea de hacer historia religiosa del catolicismo.

Laicidades

7784257219_bruno-le-maire-nicolas-sarkozy-valery-giscard-d-estaing-claude-bartolone-manuel-valls-et-francois-hollande-a-notre-dame-de-paris-le-27-juilletA fines de julio de este año se celebró en la Catedral de Notre-Dame de París una misa en memoria del sacerdote católico Jacques Hamel, asesinado el 26 de ese mes por seguidores del Estado Islámico. A ella asistieron, como vemos en la foto, el presidente François Hollande, el primer ministro Manuel Valls, los presidentes de la Asamblea Nacional y del Senado, así como los expresidentes Valéry Giscard d’Estaing y Nicolas Sarkozy. Esto es, las más altas autoridades de la República Francesa, república laica, y donde los medios hablan con cierta frecuencia de la laicidad como un elemento practicamente identitario, parte fundamental de la “excepcionalidad francesa”.

Empero, en realidad no es cosa tan rara ver a las autoridades del Estado francés asistir a ceremonias religiosas. De hecho, la alcaldesa de París, Anne Hidalgo, asistió a la misa vespertina del 15 de noviembre de 2015 en esa misma catedral, en homenaje a las víctimas del atentado que tuvo lugar en esa ciudad unos días antes, durante la cual, por cierto, el gran órgano de la Catedral hizo sonar La Marsellesa en el ofertorio. En las exequias de otro clérigo querido de la sociedad francesa, el padre Pierre, en 2007, estuvieron presentes también los altos funcionarios, encabezados por el presidente Jacques Chirac. La Catedral de Notre-Dame no tiene el monopolio exclusivo, pues la Catedral de Saint-Louis-des-Invalides sirve asimismo de iglesia para los funerales de los senadores franceses, en el video de abajo podemos ver, por ejemplo, las de Philippe Séguin en 2010.


Evenement – Les Obsèques de Philippe Séguin aux… por publicsenat

En México, república laica conforme al artículo 40 de la constitución federal, tampoco ha sido del todo raro ver la presencia de autoridades civiles en ceremonias religiosas en nuestros días, pero se convierte en general en tema de controversias. Cabe aclarar un punto importante. Las asistencias que he tomado del caso francés, son todas de carácter oficial; es decir, son eventos que se marcan en la agenda de los funcionarios públicos, tanto socialistas como gaullistas, quienes en realidad no están ahí haciendo gala de su confesión religiosa particular, sino en su carácter de autoridad de la república. Se trata normalmente de ceremonias fúnebres, esto es, su presencia es para participar de los homenajes a personajes de cierta relevancia para la vida pública. Esta semana hemos tenido en México, en la ciudad de Xalapa en concreto, un caso semejante con el deceso del presbítero y doctor José Benigno Zilli. Filósofo ampliamente conocido y reconocido de la sociedad y del ámbito académico  xalapeños, fue tanto formador en el Seminario arquidiocesano como profesor en la Universidad Veracruzana, donde dirigió incluso la Facultad de Filosofía, según la información del propio sitio de internet de esa Casa de Estudios. A la misa de exequias que en la Catedral de Xalapa encabezó el arzobispo emérito Sergio Obeso Rivera (quien pronunció una emotiva homilía), asistieron tanto el gobernador electo, como la rectora de la Universidad, la Dra. Sara Ladrón de Guevara, como podemos ver en esta nota.

Aunque no es que haya una definición absolutamente consensuada de la laicidad, digamos de manera breve que se trata básicamente del principio de separación de lo religioso y lo político. Mas la laicidad declina de muchas formas, y por definición tiene límites. En este caso bien concreto, mientras existan asociaciones religiosas, habrá sin duda personalidades públicas que pertenezcan o que incluso sean ministros de culto en ellas, pero que al mismo tiempo se desempeñen en ámbitos públicos, en la academia como fue con el padre Zilli, o en la labor social, como fue en Francia el padre Pierre, a quien he mencionado más arriba, o en México incluso en actividades políticas, como sucede actualmente con el padre Solalinde. La civilización occidental ha tendido a organizarse a partir de elementos binarios entre los que tratamos de trazar fronteras más o menos estables y definidas, mas hay que reconocer que, aun con voluntad de respetarlas, cualquier esfuerzo de separación tiene algo de artificial en la medida en que son las mismas personas las que viven entre lo público y lo privado, lo político y lo religioso, etcétera. Más allá de que las instituciones públicas puedan entregar reconocimientos o hacer homenajes en vida y en un marco secular a esas personalidades que se sitúan en dos ámbitos distintos, en algún momento llega el caso de tratar de sus exequias. Por ello es que a lo largo de nuestra historia se ha ido desarrollando un cierto catálogo de homenajes laicos paralelos: desde ceremonias con asistencia de las autoridades públicas (como las que en México se realizan en escenarios como el Palacio de las Bellas Artes para los artistas, o los honores militares en el caso de miembros de las fuerzas armadas), hasta simples comunicados oficiales.

En fin, paradójicamente, si la autoridad pública renunciara por entero a participar en esas exequias, sería tanto como dejar el postrero homenaje a una personalidad pública, en manos únicamente de autoridades religiosas. A falta pues de enriquecer la liturgia laica fúnebre, acaso valdría la pena recuperar al menos una tradición también francesa –napoleónica en específico– en el sentido de enmarcar esa asistencia oficial a ceremonias religiosas en un protocolo que evite los gestos explícitos de sumisión, como el arrodillarse o tomar los sacramentos en el caso de una misa de exequias, incluso si se trata de personas de confesión católica.

El nuevo culto de los muertos

51we3pn4evlEl texto que aparece en el vínculo de más abajo corresponde a la traducción, libre y no profesional, hecha con fines únicamente de difusión, del segundo capítulo de la obra de Emmanuel Fureix, La France des larmes. Deuils politiques à l’âge romantique (1814-1840), publicada en 2009 por la editorial Champ Vallon. El lector encontrará aquí una exposición amplia de lo que significó la modernidad en materias fúnebres para el caso concreto de la capital francesa. Nunca está de más recordarlo: la muerte es un dato antropológico, todos morimos, pero la forma en que nos relacionamos con ella varía según las circunstancias históricas, y en ese sentido, la muerte no tiene un significado único ni universal.
La modernidad reorganizó a la vieja sociedad occidental en torno al concepto del individuo, y de nuevas dicotomías, como lo público y lo privado, o lo político y lo religioso, afectando todos los aspectos de la vida social, la muerte incluida. No sólo nos referimos a las ceremonias propiamente dichas, sino también al tratamiento de los cuerpos y a los nuevos lugares de entierro, las que el autor llama “utopías funerarias”, los cementerios, en concreto, el célebre Père-Lachaise. De manera fundamental, el autor aborda la politización de los muertos, no sólo de su memoria y de su celebración ritual y monumental, sino de los propios cadáveres, enteros o en fragmentos.
A los mexicanos se nos ha enseñado a pensar que nuestra relación con lo macabro es, al menos, particular. Sin embargo, el lector encontrará aquí ejemplos interesantes para matizar esa originalidad. Para los jóvenes estudiantes de Humanidades, y en particular de Historia, es una lectura además recomendable para darles pistas para construir sus propios objetos de estudio. Las tumbas, las inscripciones en lápidas, los monumentos, la organización misma de los cementerios, son también objeto interesante de la Historia como ciencia, la Historiografía, que siguen requiriendo nuevos acercamientos.
Sin más pues, aquí esta nueva traducción, que muestra cómo la secularización alcanzó también a los cadáveres en la primera mitad del siglo XIX.