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Apropiándose de la visita episcopal

La apropiación por parte de los pueblos de las ceremonias encabezas por el clero no es ninguna novedad en la historia del catolicismo. Puede ser, cierto, un gesto anticlerical, en la época contemporánea, pero con mayor frecuencia ha sido una forma de apropiarse del culto. En tierras americanas es algo que sucede por doquier desde el siglo XVI al menos. Para el Perú, los trabajos de Juan Carlos Estenssoro dan cuenta de ello entre los indios de finales del XVI que irónicamente serían acusados de continuadores de prácticas idólatras; en Guatemala Douglas Sullivan-González aporta ejemplos del siglo XIX, cuando ciertas regiones de ese país padecieron una fuerte baja en la presencia clerical. Aquí presento un ejemplo del siglo XVIII, de tierras de Nuevo México, concretamente del pueblo de Pecos. Sus habitantes se atrevieron a “parodiar” ni más ni menos que las ceremonias de la visita episcopal, la de monseñor Pedro Tamarón de 1760. A decir verdad desconozco si este documento ya será conocido de la historiografía de la región y si habrá estudios al respecto, ya que es interesante por varios motivos. Se trata no sólo de un extenso relato que cuenta de forma detallada cómo los fieles quisieron apropiarse del fasto y de la fiesta en honor de la más alta autoridad eclesiástica de toda la región de la Nueva Vizcaya, sino además concluye con un acto de “justicia divina”, en que la naturaleza venga el ultraje hecho a las ceremonias eclesiásticas. Lo presentamos aquí como un buen testimonio de la importancia que podía llegar a tener la liturgia para los pueblos, hasta el punto de querer reproducirla a detalle, no menos que de los esfuerzos de los pastores para proteger lo que para ellos eran unas “ceremonias sagradas”, propias exclusivamente de personas con ese mismo carácter, es decir, el clero.

AGI, Guadalajara, 556.
Visita del obispo de Durango, remitida en carta al rey de 13 de marzo de 1765.

“Suceso raro en Pecos

El día veinte y nueve de mayo de mil setecientos y sesenta pasé al pueblo de indios Pecos, me recibieron con demostraciones de regocijo, salen a caballo, hacen muchos torneos en que dan a conocer lo diestro y ejercitados que están en andar a caballo, visité aquella iglesia y los confirmé, me acompañaba escolta de soldados y el padre custodio. En mi familia llevaba un negro ladino y de razón que me servía a la mano, es corpulento y bien apersonado, el que debió hacer novedad a los indios, concluí la visita de aquel reino y salí para fuera por julio, el mes de septiembre dispusieron aquellos indios de Pecos una función que fuera semejante a la de mi recibimiento y otras que allí celebré, el promotor de esta fechoría fue un indio de los principales de aquel pueblo llamado Agustín Guichi, oficial de carpintero, éste se hizo obispo y para presentarse a los suyos como tal trazó y cortó las vestiduras pontificales formando la mitra de pergamino, la tiño con tierra blanca, la capa a modo de la pluvial con que se confirma fabricó de una tilma y con otra dispuso el roquete y de una caña sacó su báculo a modo del pastoral, todo esto se lo vistió el dicho Agustín, montó en un jumento y para que le acompañaran a modo de asistentes se prepararon dos, uno que hiciera el papel del padre custodio, a este le pusieron una vestidura a modo de su hábito franciscano y al otro embijaron de negro, que figuraría al mío. Estos dos también montaron en semejantes caballerías y junta toda la indiada y también otros que no eran indios, y tocando una caja o tambor con grande algarata, todo el acompañamiento a que cerraban los tres montados y [en] el medio Agustín, fingido obispo, y vestido a su modo. Como tal partieron para el pueblo, en donde entraron a la una del día catorce de septiembre de mil setecientos y sesenta, enderezaron para la plaza en la que estaban las indias en dos filas de rodillas, y el Agustín ficto obispo les iba repartiendo bendiciones. Así fue entrando hasta el puesto donde tenían prevenida una gran ramada, y en ella dos asientos, que ocupó el principal Agustín, que iba en calidad de obispo, y el otro Mateo Cru, que se hacía custodio, y éste luego se levantó en voz alta intimó al concurso que mandaba el obispo llegaran a confirmarse.

Obedecieron y prontamente y el Agustín vestido de obispo a cada uno que llegaba el modo que usaba para confirmarlos era con agua, les hacía una cruz en la frente y dándole bofetada se iba aquel y venía otro. En esto gasto el tiempo que necesitó para despachar su gente, y acabadas las confirmaciones se ministró la comida que estaba preparada, a que se siguió el baile con que cerraron la tarde. Al día siguiente se prosiguió la diversión y festejo, que se principió con misa que el obispo Agustín fingió decir en la misma enrramada en la que a la manera de comunión distribuyó pedazos de tortilla de harina de trigo y lo demás del día fue la diversión en bailar y lo propio se continuó el tercero día con que se cerraron aquellas bullas y festines.

Al cuarto día, quedándose ya el memorable Agustín sin los quehaceres de sus burlescos entretenimientos de obispo por irrisión, trató de mirar por sus haberes, fue a visitar su milpa o maizal, que distaba media legua cercana al río, después se sentó al pie de un árbol sabino a la frente del máiz, allí estaba bien caída la tarde acercándose la noche, y por la espalda se le arrojó un oso con tal fiereza que haciendo presa en su cabeza le arrancó el cutis de ella, la parte que le ocuparía el asiento y encaje de la mitra, pasó a la mano derecha y se la destrozó, en el pecho le dio otras mordeduras y se fue para la sierra. El hermano del herido, Joseph Churume declara que después que fue herido su hermano llegó a ver qué le había sucedido y que Agustín le recibió diciendo: Hermano, ya Dios me castigó. Agustín Turijundi, hijo de Agustín Guichi refiere en su declaración que su padre, después de herido, estando ya en su casa le llamó y mandó cerrar la puerta y ya solos le hizo la monición siguiente: Hijo, yo he hecho pecado grande y por él me castigó Dios y así te mando que no lo hagas tú ni tus hermanos, aconséjaselo todos los días y a todas horas. Que esta fue la exhortación que le hizo antes de morir. El fiscal del pueblo Juan Domingo Jarizari testifica que él fue a registrar el rastro del oso y que reconoció sus huellas y vio que cuando el oso bajó de la sierra no llegó a las milpas sino por todo el camino hasta que hirió a Agustín Guichi y que luego se volvió a la sierra sin comer maíz, esto dice el fiscal y también que los osos no embisten a los hombres si no es cuando los persiguen y en esto contestan los otros testigos.

Se confesó Agustín Guichi con intérprete, que lo es de Pecos un indio que se nombra Lorenzo, éste refiere en su declaración que el padre fray Joaquín Xerez, misionero de aquel pueblo le llamó para que asistiera como intérprete a la confesión, y que después le dio el santo óleo de la extremaunción. El mismo padre misionero certifica enterró en aquella iglesia el cuerpo de Agustín Guichi oficial de carpintero, el día veinte y uno de septiembre de mil setecientos y sesenta, se hizo información y sumaria jurídica de todo lo expresado en virtud de auto que yo proveí dando comisión a D. Santiago Roybal, vicario y juez eclesiástico de la villa de Santa Fe y su distrito, [quien] examinó nueve, tres de ellos soldados españoles de aquel real presidio que se hallaban de escolta en Pecos y estuvieron en el festejo y función burlesca, y como testigos de vista lo declaran, y otro que no era soldado ni indio que se dice Juan Gallegos, que se halló presente. Este ejemplarísimo suceso quiso el Altísimo Señor del Cielo y Tierra quedase para escarmiento de aquellas remotas naciones, y que hagan el debido aprecio de las funciones de su Santa Iglesia y ministros de ella, y todos pongamos más cuidado en venerar las cosas santas y sagradas, pues el castigo acaecido no da lugar a que se atribuyan sus notables circunstancias a casualidades del tiempo.”

“Él cubre el cielo de nubes…”

A lo largo del año 2011 una histórica sequía ha afectado a nuestro país, y según los últimos reportes que he visto en la prensa, se espera que empeore en este año que comienza. Por ello me pareció oportuno dedicar ésta, que será de las últimas entradas del año, a evocar las preces para pedir lluvias. En realidad, no es una causa ritual que nos parezca tan distante, toda vez que hoy en día se siguen haciendo celebraciones litúrgicas para pedir lluvias al cielo cuando la necesidad lo impone. Incluso ahora, de manera bastante natural, el director de la Comisión Nacional del Agua, José Luis Luegue, ha recomendado pedir lluvias al Señor de Chalma. Ello era tanto más razonable en los siglos pasados, cuando realmente era esa la única esperanza para que llegara a caer alguna gota de agua. Dada la importancia del líquido, no es extraño que el propio Ritual Romano, que fue más bien parco en conservar este tipo de rituales protectores, haya incluido bien la procesión ad petendan pluviam, que presentamos aquí en una edición de Amberes de 1688.

Se trataba, en efecto, de una procesión de letanías, normalmente portando a alguna de las sagradas imágenes o reliquias de los santos patrones de cada localidad. La Ciudad de México, por ejemplo, movilizaba para esta causa, por el mes de junio, a la imagen de Nuestra Señora de los Remedios, que era llevada en procesión desde su santuario cada año hasta la Catedral, en un acto ocasionalmente interrumpido por algún aguacero que probaba la eficacia de su intercesión. Asimismo, el 10 de junio era la fiesta de San Primitivo mártir, cuyas reliquias custodiaba la Catedral Metropolitana, y eran asimismo expuestas o incluso llevadas en procesión alrededor de la iglesia para pedir “el remedio de la lluvia”.

No muy distinta pues, de cualquier otra procesión para pedir algún remedio al cielo, se cantaba o rezaba la letanía de los santos o las letanías de la Virgen, la larga serie de invocaciones seguidas del tradicional “ora/orate pro nobis”, las primeras movilizando por su orden a toda la corte celestial, las segundas recordando todos los atributos de la Madre de Dios. Al final de ellas, se distinguía claramente por incluir la petición de las lluvias, seguida del salmo 146 (actual 147), tanto más oportuno por sus versículos 8 y 9, que en español, según la traducción oficial contemporánea, dicen:

“Él cubre el cielo de nubes
y provee de lluvia a la tierra;
hace brotar la hierba en las montañas
y las plantas para provecho del hombre;
dispensa su alimento al ganado
y a los pichones de cuervo que claman a Él.”

Sirva así esta entrada para recordar, como en otras ocasiones, hasta qué punto la liturgia ha sido tradicionalmente también un ritual protector de la vida terrena del hombre, que el clero debía celebrar en más de una ocasión por exigencia de sus propios fieles.

Del entierro de párvulos

Cuando en 1642 don Juan de Palafox y Mendoza, como gobernador del arzobispado de México, mandó observar para la celebración de los rituales de toda la arquidiócesis el Manual de los Santos Sacramentos conforme al ritual de Paulo V del padre Andrés Sáenz de la Peña, pretendía con ello unificar las ceremonias y ritos de la Nueva España con las de la Iglesia universal, las de Roma, siguiendo así una voluntad ya expresada a nivel general por el Concilio de Trento. Sin embargo, el Manual de Sáenz de la Peña se diferenciaba del Ritual Romano en algunos puntos, bajo el argumento de que se trataba de la “costumbre universal y antigua del reino”, el de la Nueva España. Tal vez la distinción más patente era en el caso de los entierros de párvulos.

Cierto, en la Nueva España, como en todo el mundo católico, se mantenía la costumbre de tratar de manera particular a los niños bautizados fallecidos. El Ritual Romano, y con él la mayor parte de los manuales y rituales de exequias, recordaban que por “juxta vestustam et laudabilem Ecclesiam consuetudinem” (costumbre justa y antigua de la Iglesia), sus cuerpos debían ser enterrados de manera separada y adornados con flores y aromas “in signum integritatis carnis et virginitatis” (“en señal de la integridad y virginidad de sus cuerpos”). A ese trato correspondía el propio ritual, sustituyendo los símbolos más notorios de duelo por los de solemnidad. De ahí que en lugar de doblar las campanas como con los otros difuntos, había que hacerlas repicar, el sacerdote no debía revestirse con ornamentos negros sino blancos, y no debía llevarse la cruz alta al entierro, sino una pequeña. Y es que, como debía recordarlo el oficiante a los presentes al momento del entierro, su alma “por el bautismo goza de la Gloria”, por lo que las exequias debían guardar el aire festivo de la celebración de su entrada al Cielo.

Tal era justamente la diferencia principal entre la costumbre novohispana del siglo XVII y la normativa del Ritual Romano. Algunas oraciones eran las mismas, recordando en efecto la entrada de los párvulos al Cielo, y había también algunas antífonas en común, pero difería el orden, entre la casa del difunto y la iglesia, y sobre todo el Romano era mucho más consistente en el carácter solemne pero no luctuoso de las exequias. Así, en la Nueva España el rito en casa del difunto era más corto: sólo una antífona  y una oración, mientras que el Romano disponía rezar completo el salmo 112, que por el contrario quedaba en la Nueva España reservado al momento de llegar a la iglesia. La diferencia más notoria era sin duda en la procesión con el cuerpo, que era directamente fúnebre en la Nueva España, cantando la antífona Ad te levavi acompañada por el salmo De profundis, donde el Ritual Romano disponía interpretar el salmo Laudate Dominum de coelis, propio también del ritual de exequias pero que consiste en una alabanza de toda la Creación a Dios, así como el 118 Beati immaculata in via. Una vez en el templo, en la Nueva España se escuchaba de nuevo lo que el Ritual Romano trataba de evitar: un responso fúnebre, Credo quod redemptor, usado también en la procesión general de difuntos, dejando por completo de lado la antífona más repetida en el Ritual, Juvenes et virgenes, senes cum junioribus, laudent nomen Domini (Jóvenes y vírgenes, viejos y jóvenes, alaben el nombre del Señor).

Pareciera que la Nueva España tuvo finalmente que irse adaptando a la normativa romana con el tiempo, dejando atrás esas fúnebres ceremonias para el entierro de los párvulos, pues la costumbre novohispana no aparece ya en los manuales publicados en el siglo XVIII. Empero, todavía fray Diego Osorio, en su Manual para administrar los Santos Sacramento de 1748 notaba que había dos cosas del Ritual “que no he visto practicadas”: ni había sepulturas separadas ni cruces pequeñas para este tipo de entierros. En fin, sólo una investigación más profunda sobre los detalles de esos rituales, podrá decirnos más sobre las prácticas funerarias de los novohispanos.

Bendiciones para todo y contra todo

En otra oportunidad he tratado por aquí el tema de los conjuros contra los elementos, ahora quisiera evocar otra tradición asimismo muy cara al catolicismo del Antiguo Régimen, exigida incluso por los pueblos al clero: las bendiciones. Ya Jean Delumeau, en su obra Rassurer et protéger, ha dado cuenta de esta práctica, utilizada por lo común para proteger los diversos objetos y seres vivos ante cualquier peligro natural y sobrenatural. Las más frecuentes contaban con su propio ritual, que seguía más o menos un mismo esquema: una invocación, una oración, y desde luego, la aspersión con agua bendita con hisopo, por parte de un sacerdote revestido al menos de sobrepelliz y estola. Algunos de los objetos bendecidos, se convertían a su vez en protectores e incluso en remedio para las causas más diversas. En tiempos de la Reforma católica, en aras de combatir prácticas que comenzaban ya a considerarse “supersticiosas”, los prelados comenzaron a tratar de ordenarlas y de suprimir su número, e incluso fueron muy pocas las que llegaron a incluirse en el Ritual Romano, que en principio debía normar las prácticas en la materia en todo el orbe católico. Empero, hubo un buen número de rituales posteriores que las siguieron incluyendo, es cierto que de manera más bien limitada.

Citemos en primer término las que sin duda hoy llaman en particular la atención: los objetos protectores. Algunos estaban asociados a ciertos santos patronos, como las palmas de San Pedro Mártir, “contra rayos, granizo y tempestad”; los cordones, velas y panes de San Blas para el mal de garganta, o el agua de San Ignacio de Loyola para los enfermos. Otros eran más generales, como los panes de San Nicolás Tolentino y los de San Diego,  las rosas de Santa Rita, o el cíngulo de Santo Tomás de Aquino, asociado a la castidad. Por supuesto no todo era para proteger esta vida, sino también para el más allá, como el más conocido hoy en día, el escapulario de Nuestra Señora del Carmen. Muy popular en el mundo hispánico para servir como mortaja era el hábito y cuerda de San Francisco de Asís, aunque existía también la correa de San Agustín, y en cuanto a mortajas podían ser utilizados otros hábitos religiosos. Y es que justamente la mayor parte de estos objetos estaban asociados a las órdenes religiosas: los bendecían franciscanos, dominicos y agustinos, por lo común mas no exclusivamente, en las respectivas festividades de los santos, y los distribuían a cambio de limosnas de los fieles.

Por supuesto, los manuales y rituales, comenzando por el Ritual Romano, comprendían también bendiciones de objetos más cotidianos. Este último incluía la de las casas, especialmente el Sabado Santo, de los alimentos, en particular primicias del campo, panes y huevos; y asimismo personas, como los peregrinos. Un poco más amplia solía ser la lista de los otros manuales en circulación: el de los franciscanos de Michoacán de fray Ángel Serra (1697) contaba también la de las camas, camas de enfermos y aposentos. El del padre jesuita Venegas, completado por el padre Juan Francisco López, retomaba del Manual Toledano y de las obras del cardenal Lambertini (Benedicto XIV) la bendición de la tierra sembrada, la de aguas infectadas, de los caballos y de los animales enfermos. El de fray Agustín de Vetancourt (1729) contaba también la bendición de las semillas, de las redes de pescar y de las primeras yerbas en la fiesta de San Juan Bautista. En buena prueba de que estas bendiciones no se oponían sino que complementaban el saber médico de la época, el Manual de fray Diego de Osorio (1748) contaba también la bendición de las medicinas, distinguiendo entre las que se aplicaban para enfermedades naturales y las que se administraban a enfermos bajo “algún maleficio o hechizo”.

Tema aparte es el de las bendiciones de los ornamentos sacerdotales, iglesias con todos sus elementos (desde la primera piedra hasta la campana), o bien de otros símbolos, incluidos por su importancia no en el Ritual sino en el Ceremonial de los obispos, como las espadas, las banderas militares y los estandartes. En la Monarquía hispánica se contaba entre estos últimos al Pendón Real, el estandarte que se utilizaba para las proclamaciones de los nuevos monarcas.

Y podríamos seguir con la enumeración según el manual, ritual o ceremonial a la mano, según fuera de las órdenes religiosas o del clero secular, adaptado al Romano o al Toledano, editado en el siglo XVI, en el XVII o en el XVIIII (e incluso en el XIX), etcétera. Sin embargo, aunque sin duda se insertaban porque seguían siendo útiles, nos resta el tema amplio y difícil de saber qué tanto se utilizaban y bajo qué circunstancias. En todo caso, estos rituales son buena muestra de hasta qué punto la Iglesia protegía desde lo más íntimo e individual, hasta los cuerpos políticos, pasando por las preocupaciones cotidianas de las comunidades locales, campesinas fundamentalmente. Y para no terminar la entrada sin citar al menos una de esas bendiciones, aquí uno particularmente útil, la dedicada a San Antonio de Padua (o de Lisboa) contra las lombrices, tomada del Manual de administrar los Santos Sacramentos de fray Agustín de Vetancourt (México, 1729) y del Manual para administrar los Santos Sacramentos arreglado al Ritual Romano de fray Diego Osorio (México, 1748) ambos, claro está, franciscanos.

Oración de San Antonio de Padua para matar lombrices
y se diga tres veces a honra de la Santísima Trinidad
Potestas Dei + Patris, Sapientia Filii, + et Virtus Spiritus + Sancti 
liberet te et sanet te ab infirmitate lumbricorum et exeant de corpore tuo, 
et convertantur in aquam in honorem Sancti Antonii de Padua Confessoris. 
Dum appropiant super te nocentes, ut edant carnes tuas, ipsi infirmati sunt et ceciderunt
fiat +, fiat +, fiat +,
Jesus Maria.

De libros litúrgicos, misas, obispos y tabletas táctiles

Aquí una breve entcard. norberto rivera con ipad, ceniza 2011rada extra para hablar, de manera un tanto informal lo confieso, de varios temas al tiempo, comenzando por uno de actualidad: la misa del Miércoles de Ceniza de este año, celebrada en la Catedral Metropolitana de México y encabezada por el arzobispo, el Cardenal Rivera Carrera. Como vemos en la imagen, que ya se ha hecho célebre en los medios, el Primado de México utilizó, no me queda claro si para leer su homilía, el pasaje del Evangelio o alguna de las oraciones, una tableta táctil en lugar de un tradicional libro litúrgico. El incidente ha sido difundido por los medios, me temo que con toda la inexactitud que les caracteriza, por lo que no puedo ahondar en los detalles como quisiera*, en cambio pues es creo un buen pretexto para hablar un poco de la importancia de la liturgia en la imagen e incluso en la legitimación de los prelados católicos y de los libros litúrgicos.

Hogaño como antaño, las grandes celebraciones litúrgicas constituyen un espacio particularmente sensible para la construcción de la imagen pública de los sacerdotes. Largo sería aquí evocar cómo se ha ido construyendo la misa a lo largo de los siglos, pero lo importante para nosotros es que, al menos desde la Reforma católica, uno de los temas más importantes ha sido el de la visibilidad: del siglo XVI a la fecha, asistir a misa es sobre todo alcanzar a ver lo que sucede en el altar mayor de las iglesias, se trate de la más sencilla capilla de pueblo o de las grandes catedrales. Conviene decirlo, no era forzosamente así en la Edad Media, cuando la mayor parte de los coros y altares principales de las catedrales estaban completamente cerrados, por lo que las grandes ceremonias litúrgicas se celebraban fuera de la vista de los fieles*.

Aunque todavía hoy subsisten algunos enrrejados cerrando las capillas mayores de algunas catedrales, como la de Sevilla , en aquella época los propios clérigos impulsaron el que los fieles centraran su atención en lo que sucedía en los altares mayores, y si bien no se suponía que lo comprendieran intelectualmente, se esperaba al menos que les inspirara sentimientos religiosos, orientados a veces gracias a los libritos de misa que se comenzaron a distribuir por entonces. Por ello mismo, los grandes prelados comenzaron a ser vistos con mayor facilidad por los fieles, al igual que las ceremonias que los rodeaban.

El tiempo andando, algunos pastores se dieron cuenta que los pueblos podían comprender tal vez “demasiado bien” las ceremonias, y que podían incluso reproducirlas por su cuenta (sobre lo que ya hablaremos en otro momento), o también asociarlas estrechamente a su autoridad. Lo lamentó con especial pesar don Antonio Bergosa y Jordán, arzobispo electo de México en tiempos de la guerra de independencia, quien como tal, como meramente electo, es decir, que todavía no recibía la consagración, no podía usar de todos los símbolos de sus predecesores. En una carta a la Regencia de la monarquía española del 15 de enero de 1814, monseñor Bergosa decía:

Hay personas que apenas penetran más que hasta donde alcanzan sus sentidos corporales, y como ven y oyen en lo que a mi toca que no se ora por mí en la colecta ni en el canon de la misa, que no uso cruz ni palio, como otros arzobispos, y observan algunas otras diferencias de mis antecesores, piensan, dudan o recelan temerariamente de mi legitimidad y autoridad; y de aquí se han originado escrúpulos y turbación de conciencias entre sujetos timoratos y hablillas entre los que no lo son, nada decorosas a mi dignidad ni a mi persona. (AGI, México, 1900).

Otrora esas hablillas tenían en lugar en los espacios públicos urbanos, hoy en día se han trasladado incluso hasta las “redes sociales” virtuales como el Twitter, donde según he visto por las propias notas periodísticas, se habló mucho de la tableta táctil utilizada por el Cardenal Rivera Carrera. Ésta, por cierto, no es completamente original: no lo puedo afirmar con toda seguridad, pero algunos comentarios en internet decían que ya se había usado en alguna otra celebración, pero significativamente sólo se convirtió en materia de discusión pública gracias a la visibilidad permanente que los medios dan al Arzobispo primado de México. Y dicho sea de paso, no es tampoco original porque ya había iniciativas sobre su uso en la liturgia venidas de otras latitudes: el iBreviary promovido por la Custodia franciscana de Tierra Santa y obra de don Paolo Padrini, célebre por su blog Passi nel deserto, y creador también del portal Pope2You.

Ahora bien, por otra parte, no estoy seguro de en qué momento de la misa se utilizó la tableta táctil en cuestión, por lo que no sé exactamente qué libro(s) litúrgico(s) sustituyó, pero sea como fuere es buen momento para recordar, como decía al principio, que la celebración de la misa implica el uso de uno o más libros litúrgicos. Por antonomasia, el Misal, tradicionalmente el Misal Romano, Missale Romanum, 
que como su nombre indica contiene las lecturas y oraciones de la misa, y era sin duda el más importante de estos libros.
Aunque el Misal contenía tradicionalmente los pasajes de los Evangelios, hay que citar sin duda el Evangeliario o Libro de los Evangelios, particularmente importante por su uso ceremonial, pues se utilizaba en particular en la consagración de los obispos.  Menos presente en la misa, pero posesión obligada de todo párroco e incluso de todo sacerdote era el Breviario, libro que contiene el Oficio de las Horas canónicas, incluyendo sus himnos. En cambio el que era indispensable en las principales celebraciones a lo largo del año era el Ritual Romano, normalmente adaptado bajo la forma de un Manual de cada diócesis. En él encontramos las oraciones y ritos necesarios para la administración de los Sacramentos y para todo género de bendiciones, por lo que se hacía infaltable  lo mismo en las misas en celebración de matrimonios que de exequias. Algo más raros porque concernían celebraciones más solemnes: el Martirologio Romano, el Ceremonial de los obispos y el Pontifical Romano. El primero contiene las vidas de los santos, sobre todo, pero también la Kalenda que se canta en Navidad; el segundo como su nombre indica contiene las ceremonias asociadas a los obispos, y desde luego había de utilizarse para la recepción de ellos en visita pastoral, mientras que el último contiene celebraciones más excepcionales, por ejemplo el ritual para la coronación y consagración de un rey o reina.

Todos estos libros tienen el adjetivo de Romano, y en general son posteriores al Concilio de Trento. Previamente lo común era que cada región, o cada diócesis inclusive, tuviera una serie de libros litúrgicos propios, mas desde finales del siglo XVI y sobre todo a lo largo de los siglos XVII y XVIII, los libros romanos fueron construyendo la unidad litúrgica de la Iglesia católica. A más de constituirse, por tanto, en objetos de más de una querella entre identidad diocesana, regional, “nacional” incluso, e identidad universal del catolicismo, eran ellos mismos parte fundamental del ritual que normaban. El Martirologio por ejemplo era presentado con gran solemnidad en el oficio de Prima de Navidad, y más aún el Evangeliario con motivo de una consagración episcopal. Ya no digamos el Misal, utilizado muchas veces en los juramentos solemnes a falta de Libro de los Evangelios. Eran pues, ellos mismos, objetos simbólicos, e incluso prácticamente libros sagrados, venerados en las grandes ocasiones. El Misal,  “Simboliza las buenas nuevas de la venida de Cristo Señor Nuestro… Simboliza las palabras que Cristo Señor Nuestro dijo en la cruz. Este es el libro donde están todos los misterios…” decía don Antonio Lobera en su El Porqué de todas las ceremonias de la Iglesia y sus misterios, allá por el siglo XVIII.

Podría pensarse que en nuestros días ya nadie hubiera echado en falta los libros litúrgicos, mas el que su sustitución por un aparato electrónico (muy práctico por cierto, según me dicen) haya generado un debate público, es buena muestra de que no pasan de ninguna manera inadvertidos por propios y extraños. Sin duda, sería interesante estudiar que tan sensibles eran nuestros pueblos de antaño a su presencia y a sus usos en las grandes celebraciones, y si han despertado antes otros debates.

La voz de los sacerdotes de Orizaba

En el siglo XIX una frase constantemente repetida por los publicistas católicos era que “no hay culto sin sacerdotes”. En efecto, desde al menos el siglo XVI, el culto católico, además de adquirir unos fastos cada vez más espectaculares, se centra cada vez más en la figura del sacerdote, quien se convierte así en su verdadero protagonista. De manera cotidiana, pero también en las grandes ocasiones, el clero se distinguía por portar ciertos ornamentos, por realizar ciertos gestos litúrgicos, y sobre todo, por elevar su voz sacerdotal para celebrar, bendecir y para exorcizar incluso; pero también su voz profética para predicar e incluso su voz de gobernante para corregir. La villa de Orizaba en el siglo XVIII y principios del siglo XIX no era ninguna excepción en ese sentido dentro del mundo católico, y pudo escuchar constantemente la voz de sus pastores en las más diversas ocasiones, dejando de ellos testimonios interesantes.

Lo sabemos en principio por las cartas que los obispos hacían circular por la diócesis, la voz gobernante de los párrocos se hacía oír desde el púlpito para “exhortar” a sus feligreses para los más variados fines. Así fue incluso como se transmitieron muchas medidas de la Corona, pues los párrocos exhortaban lo mismo para combatir la producción de bebidas prohibidas que para convencer de que “el execrable vicio del contrabando” era también un pecado. Fuera de sermones y pláticas doctrinales, nos han llegado ciertos ecos de la década de 1770 de la voz de la autoridad de los párrocos Francisco Antonio Illueca y Francisco Olmedo y Araciel. Al primero debieron oírlo con cierta frecuencia los frailes juaninos del hospital de Orizaba, contra los cuales emprendió incluso un juicio por sus faltas en 1771. En este proceso es muy clara la verbalización de la autoridad de Illueca, quien “manda”, “intima” y sobre todo “reprende” la conducta de los religiosos. Su sucesor, el bachiller Olmedo y Araciel, hará otro tanto con las cofradías de indios, para limitar lo que consideraba excesos en el culto de las imágenes de sus santo patrono, San Miguel Arcángel. Lo lamentarán los propios indios en sus documentos, el cura “ordena”, “responde”, “da a entender” con edictos episcopales los límites de la decencia en el ornato, alterando la costumbre.

Desde luego, los sacerdotes subían también al púlpito a predicar. En la villa de Orizaba se escuchaba también la voz profética de los religiosos. A este respecto, los misioneros apostólicos franciscanos eran tenidos por capaces de verdaderos milagros con sus voces. Lo decía con gran asombro el párroco a propósito de la misión predicada en 1778: “sobre haberse sofocado los vicios, refrenádose generalmente las costumbres y exterminádose el lujo y la ociosidad… comenzaron luego a percibirse los suaves aromas de las virtudes, y a admirarse como objeto de edificación cristiana aquellos que lo eran antes de murmuración y escándalo”. Desde luego podía ser también una voz “elocuente” o “elegante”, como en los sermones predicados con motivo de las consagración de las iglesias de la villa y en otras festividades.

Pero tal vez la voz del clero no era más apreciada que cuando actuaba propiamente como sacerdote, como intercesor con lo Divino. He citado aquí en otra ocasión el pasaje, en 1793 un religioso elevó su voz para “conjurar” la amenaza de una nube de granizo contra los campos de tabaco. Ante otros desastres naturales, como contra los temblores de 1819, los orizabeños buscarán también la intercesión de la voz de sus pastores, en ese caso para que cantaran el Miserere al Santísimo Sacramento, implorando su piedad.

Y es que en efecto, los sacerdotes no sólo exhortaban, reprendían, predicaban o conjuraban, sino también y constantemente, cantaban, y lo hacían también con fines devotos. El cronista de Orizaba a finales del siglo XIX, José María Naredo, recordaba así con particular cariño el canto de las Lamentaciones de Jeremías el Miércoles Santo por los padres del Oratorio de San Felipe Neri. “Las melodiosas y concertadas voces de aquellos venerables sacerdotes encantaban el corazón y arrebatando el alma la elevaban a las regiones celestiales”, decía el nostálgico cronista.
Estas voces sacerdotales entonces, en el siglo XVIII, eran “todavía” unánimemente apreciadas por los orizabeños. Mas en el siglo XIX más de uno de los aspectos citados aquí causará debates, lo mismo políticos que de sensibilidades estéticas.

Hoy que es imposible, por cierto, reconstruir idénticamente esas voces, podemos escuchar interpretaciones contemporáneas de algunas obras de la época. Aquí por ejemplo, y ya para terminar, una interpretación que se ha vuelto clásica de las versiones contemporáneas de la música sacra novohispana: las Lamentaciones de Jeremías, aunque no las del oficio Miércoles sino las del Sábado Santo, compuestas por Manuel de Sumaya, maestro de capilla de las catedral de México, primero, y de Oaxaca más tarde. Esta versión procede del disco Mexican Baroque de la orquesta vocal Chantecleer.


Lamentaciones de Jeremías por davidclopez

Preces de tiempos de guerra

La Semana Santa es sin duda una ocasión en que se hacen escuchar las voces de los obispos católicos. Los medios masivos suelen dedicarle atención importante a las homilías del Papa y de toda la jerarquía en la Misa Crismal, en la Misa de la Cena del Jueves Santo, en el oficio del Viernes Santo, y otras celebraciones litúrgicas de estos días. En México en particular, este año 2011 esas intervenciones han estado marcadas por el tema de la violencia, y sin duda no es para menos dados los recientes macabros descubrimientos de casi dos centenares de cadáveres de víctimas de la delicuencia enterrados en fosas clandestinas, de Tamaulipas sobre todo. El tema ha sido tocado en la homilía del Domingo de Ramos del arzobispo de Monterrey, el cardenal Robles Ortega; en la homilía de la Misa Crismal celebrada por el arzobispo de México, el cardenal Rivera Carrera; en el Via Crucis del Viernes Santo encabezado por el arzobispo de Guadalajara, el cardenal Sandoval Íñiguez, por no citar sino a los tres cardenales mexicanos. La diócesis de Matamoros, a la que pertenece el trágicamente célebre municipio de San Fernando, como cabía esperar, había emitido ya un comunicado expresando sus condolencias a los deudos y elevando sus oraciones por las víctimas, y unos días más tarde el obispo Faustino Armendáriz visitó a los familiares de los desaparecidos en el Servicio Médico Forense. Lógicamente es una de las diócesis que mayor atención ha prestado al problema, dedicándole diversos comunicados, e incluso organizando procesiones por la paz con motivo de la fiesta de la Virgen de Guadalupe el año pasado. De manera colectiva, ya la exhortación pastoral del episcopado de febrero del año pasado, había tratado ampliamente el tema de la construcción de la paz, estableciendo incluso diversos compromisos concretos a partir de diversos ejes.

Estos comunicados, homilías y exhortaciones, han estado dirigidas lo mismo a hacer oración por la paz, a reprochar la indeferencia ante estos sucesos, o a llamar a los criminales mismos a la conversión. Otrora, en una situación de guerra como la presente, se hubiera esperado del clero del Antiguo Régimen, además sí de exhortaciones, celebraciones litúrgicas específicas, sobre todo, la celebración de la rogativa de tiempo de guerra, que dejo aquí tomada de un Ritual Romano impreso en Madrid en 1795

Y para que al menos la primera parte sea clara, dejo aquí la traducción contemporánea del salmo 45 (o 46 hoy en día):

Dios es nuestro refugio y fortaleza,
una ayuda siempre pronta en los peligros.
Por eso no tememos, aunque la tierra se conmueva
y las montañas se desplomen hasta el fondo del mar;
aunque bramen y se agiten sus olas,
y con su ímpetu sacudan las montañas.
El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro baluarte es el Dios de Jacob.
Los canales del Río alegran la Ciudad de Dios,
la más santa Morada del Altísimo.
Dios está en medio de ella: nunca vacilará;
él la socorrerá al despuntar la aurora.
Tiemblan las naciones, se tambalean los reinos:
él hace oír su voz y se deshace la tierra.
El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro baluarte es el Dios de Jacob.
Vengan a contemplar las obras del Señor,
él hace cosas admirables en la tierra:
elimina la guerra hasta los extremos del mundo;
rompe el arco, quiebra la lanza
y prende fuego a los escudos.
Ríndanse y reconozcan que yo soy Dios:
yo estoy por encima de las naciones,
por encima de toda la tierra.
El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro baluarte es el Dios de Jacob.

Contra los alacranes neogallegos y nayaritas

El año pasado dediqué algunas entradas de este blog para tratar sobre algunos de los medios protectores más tradicionales del catolicismo, como los conjuros y patronatos contra tempestades y plagas, y a citar también algunos de los ejemplos de su uso. Aquí nuevamente algunos de ellos, tomados de uno de los clásicos de la historiografía novohispana del siglo XVIII, o por mejor decir, neogallega: la Historia de la Conquista de la provincia de la Nueva-Galicia del licenciado Matías de la Mota Padilla, publicada originalmente en 1742, y de la que tomó varios pasajes de una edición de 1870, disponible en Google Libros. No nos adentraremos aquí en los detalles de este clásico de las historias “patrióticas” de la época, bástenos decir que su autor fue un ilustre abogado de la Real Audiencia de Guadalajara del siglo XVIII, y que a más de dar cuenta de la conquista se preocupó por exponer todos los “progresos, pacificación y gobierno del reino” hasta prácticamente sus propios días. Como buen promotor de la historia de su patria en una cultura profundamente religiosa, citó diversos incidentes como los que nos interesan aquí. Ello era perfectamente válido, toda vez que las intervenciones sobrenaturales en la vida cotidiana de los pueblos podían llegar incluso a ser otros tantos ejemplos de la especial protección del Cielo sobre sus habitantes, o de la fe de sus ilustres religiosos, clérigos y devotos.

Entre esas diversas intervenciones, quiero llamar las que tuvieron lugar para proteger a los neogallegos contra los alacranes, “nueva plaga de Egipto”, como lo dice el propio Mota Padilla en alguna ocasión, recordándonos el trasfondo bíblico de la enemistad contra estos ponzoñosos animales. Si éstos abundaban efectivamente en la región, en realidad los habitantes disponían de diversos recursos contra ellos. Por ejemplo, podían apelar a los santos varones locales, religiosos como los mercedarios, llegados en las primeras décadas del siglo XVII, y en el cual:

Desde luego, prácticamente desde sus orígenes la ciudad de Guadalajara contaba con un abogado celestial con particular vocación para protegerlos de este tipo de calamidades, incluyendo también las plagas de hormigas. Así lo cuenta nuestro cronista, dando cuenta además de las variaciones de esta devoción:

Contaban también los neogallegos con el amparo de las soberanas imágenes religiosas, en particular las de la Virgen, como la de Sentispac, llevada por los misioneros de la región, y que era especialmente efectiva en estas materias:

En fin, estaban también los conjuros de los sacerdotes, en este caso el de uno de los primeros obispos tapatíos del siglo XVIII, el Dr. D. Diego Camacho y Ávila, en visita pastoral por el Nayarit. Lamentablemente Mota Padilla no da mayores detalles, aunque podemos imaginar que el obispo recurrió a alguno de los manuales o rituales que circulaban por su obispado.

Fiesta de los Santos 1577

La fiesta de Todos Santos es sin duda relevante en cualquier punto del mundo católico, pero para la Nueva España tal vez nunca lo fue tanto como en 1577, cuando su capital, la Ciudad de México acababa de recibir sus primeras reliquias de santos, llevadas por los jesuitas de parte del Papa Gregorio XIII. Gil González Dávila en su Teatro eclesiástico de 1648, da cuenta detallada de las reliquias y menciona algunos de los festejos que se hicieron con motivo de su llegada. Entre ellos, debemos destacar sin duda la presentación de la Tragedia del triunfo de los santos, obra teatral en la que se explicaba de manera muy didáctica el origen de buena parte de estas reliquias: la persecución de tiempos del emperador Diocleciano, evento leído desde luego en perspectiva de la historia sagrada, como anuncio del triunfo de la Iglesia, una historia en la cual México entraba a participar, como lo dicen directamente los personajes de la obra. Aquí pues los fragmentos de la crónica de González Dávila, y la última escena de la tragedia en cuestión, una y otra consultables en línea gracias a Googlebooks y la Biblioteca Cervantes Virtual.



Tragedia del triunfo de los santos, acto quinto, escena segunda
http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/01482296323473772980035/index.htm

IGLESIA ¡Oh magno emperador, a quien fue dado 650
por la diestra de Dios omnipotente
restituir aquel antiguo estado
con tal aumento de su Iglesia y gente!
Gratificarlo el mundo es excusado,
que pago un bien tan alto no consiente;
sola la piedad y gloria inmensa
de Dios te puede dar la recompensa.
Y tú, pastor dichoso, que escogido
fuiste por medianero e instrumento
para que el pueblo santo perseguido 660
hallase ya reposo y dulce asiento,
alégrate, pues Dios te ha concedido
tan alto don y celestial contento
para que sea mayor nuestro consuelo
cuando nos apacientes en el cielo.
Amado pueblo mío mexicano,
en mis postrimerías concebido,
conoce el don tan rico y soberano
que en nombre de mi Dios te ha concedido.
Y pues tan liberal la excelsa mano 670
en darte tal favor contigo ha sido,
no seas encogido ni avariento
en darle el corazón por aposento.
FE Entiende y mira que el tesoro santo
de las reliquias santas que hoy te han dado,
el día que pondrá terrible espanto
al sol y luna y todo lo criado;
desde tu gremio, que es dichoso tanto,
ha de resucitar glorificado;
adorarle con ánimo cristiano 680
a pesar del engaño luterano.
ESPERANZA Las ciudades do han sido desechadas
estas reliquias santas y otras tales,
con justa causa han sido despojadas
de bienes y cercadas de los males;
mas donde han sido siempre veneradas,
alcanzan los favores celestiales.
No temas si las honras, pueblo pío,
de los dones del cielo estar vacío.
CARIDAD Amor hizo que tanto padeciesen 690
por su fe, por su Dios y por su gloria;
amor les dio valor con que venciesen;
amor les dio en las manos la victoria;
amor también les hizo que viniesen
y en México pusiesen su memoria;
amor piden por paga, y yo lo pido
y perdón por las faltas que haya habido.
VILLANCICO
CORO El saber divino
dio su paz y amor,
dando a Constantino, 700
magno emperador.
Hízolo instrumento
de su gran piedad,
quitando el tormento
de fiera Crueldad;
y a Gentilidad
dejó sin vigor,
dando a Constantino,
magno emperador.
Queda Idolatría 710
del todo asolada,
y por esta vía
la cruz ensalzada.
Tal traza fue dada
del sabio Señor,
que dio a Constantino,
magno emperador.
Los huesos sagrados
que eran abatidos,
ya son venerados 720
con honra y servidos.
Fueron recogidos,
dando su favor
el gran Constantino,
magno emperador.
FINIS

Conjuro contra la tempestad y el granizo

En una entrada anterior me tomé la libertad de transcribir un conjuro contra la langosta del Manual de los Santos Sacramentos de Sáenz de la Peña, publicado por orden del obispo Palafox y Mendoza en el siglo XVII. Pues bien, los campos novohispanos no sólo fueron protegidos con exorcismos contra las plagas, sino también contra otros desastres. Ello era común en todo el mundo católico: el Ritual Romano conservó las preces en caso de tempestad, que debían celebrarse normalmente bajo la forma de una procesión de rogativa en torno a la iglesia parroquial de cada lugar. Sin embargo, además de esas oraciones, los rituales novohispanos pueden presentar algunas variantes, sobre todo los más antiguos. En esta ocasión trascribo aquí el conjuro contra la tempestad y el granizo incluido por el bachiller Francisco de Lorra Baquío en su Manual mexicano para la administración de los santos sacramentos conforme al Manual Toledano, (México, imprenta de Diego Gutiérrez, 1634, fs. 118-122v).

Cabe advertir la diferencia con Sáenz de la Peña, cuyo manual era conforme al Romano. Así, no se trata aquí tanto de oraciones, sino efectivamente de un conjuro, que va acompañado de cuatro pasajes de cada uno de los evangelios, un poco a la manera del ritual que el Romano conservará pero de manera casi exclusiva para el exorcismo de personas poseídas por el demonio. Presento el texto tal cual, por lo que seguramente habrá diferencias en la escritura del latín que se estila hoy. Las cruces que aparecen en medio del texto son, casi es obvio decirlo, para indicar al sacerdote que en ese momento debía hacer la señal de la cruz. Sin más preámbulo, aquí este pequeño testimonio de la historia religiosa novohispana.

Conjuros para tempestad y granizo

O Nubes grando, conjurote praecipio tibi, per Domini Patrem + per Dominum Filium + per Dominum Spiritum Sanctum + Qui sunt in substantia unus Deus, per potentiam Patris, per sapientiam Filii per amorem Spiritus Sancti, procedentis ab utroque, per sacram obedientiam IESV Christi, per sacram humilitate Virginis MARIAE Dominae nostrae, per passiones terribiles martyrum Christi, per novem choros spirituum caelestium, per fidelem sacram vitam confessorum, per omnes sanctas mulieres famulas Dei, martyres Christi per omnes animas beatas coeli, per sacra obubratione quam fecit virtus altissimi, Beatissimae Virgini MARIAE Dominae nostrae. Per imperiale Verbum, quod fecit Christus Dominus ventis, ut cessarent, per divissionem mirabilem Maris Rubri, quam fecit potentia Divina Populo Iudaeorum per omnia ista supradicta. Conjurote & praecipio tibi, o nubes noçiva, seu grando tempestatis, quod insigno huius, Sanctae Crucis +, quam contra te facio +, indivisa repente reçedas a nobis, ab hoc loco, sine laesione alicuius hominis, sive loci sive navis, sive terrae, delearis per aerem.

Amen.

Levante la Cruz contra la tempestad y eche agua bendita hacia aquella parte y diga estos cuatro Evangelios.

Initium S. Evangelii secundu Ioanne.

In principio erat Verbum Verbum erat apud Deum, Deus erat Verbum hoc erat in principio apud Deum, Omnia per ipsum facta sunt, sine ipso factu est nihil. Quod factum est in ipso vita erat, vita erat lux, hominum lux intenebris lucet, tenebrae eam non compraehenderunt. Fuit homo missus a Deo, cui nomen erat Ioannes. Hic venit in testimonium, ut testimonium per hiberet de lumine, ut omnes crederent per illum: Non erat ille lux, sed ut testimoniu perhiberet de lumine erat lux vera, quae illuminat omnem hominem venientem in hunc mundum. In mundo erat mundos per ipsum factus est, mundos eum non cognouit, in proria venit sui eum no receperunt. Quot autem receperunt eum, dedit eis potestatem filios Dei fieri, iis, qui credunt in nomine eius; qui non ex sanguinibus, neque ex voluntate carnis, neque ex voluntate viri, sed ex Deo nati sunt, Verbum Caro factum est, habitavit in nobis vidimus gloria et quasi unigeniti a Patre plenum gratiae veritatis.

Laus tibi Christe

Sequentia S. Evangelii secundum Lucam

In illo tempore. Missus est Angelus Gabriel a Deo in civitatem Galileae, cui nomen Naçareth, ad Virgem desponsatam viro, cui nomen erat IOSEPH de Domo David, nomen Virginis MARIA, ingressus Angel ad eam, dixit. Ave gratia plena, Dominus tecum, benedicta tu in mulieribus. Que cum audisset turbata est in sermone eius cogitabat, qualis esset ista salutatio? Et ait Angelus et, ne timeas MARIA, invenisti enim gratiam apud Deum; ecce concipies in utero, paries filium, vocabis nomen eius IESVM. Hic erit magnus, filius Altisimi vocabitur, dabit illi Dominus sedem David Patris eius, Regnavit in domo IACOB in aeternum, Regni eius, non erit finis. Dixit autem MARIA ad Angelum Quomodo fiet istud, quoniam virum non cognosco?

Et respondens Angel’ dixit ei. Spiritus Sact’ superveniet inte, virtus altissimi obubravit tibi. Ideoque, quod nascetur exte sanctu, vocabitur filius Dei, ecce ELISABETH cognata tua, ipsa cocepit filium, in senectute sua, hic mesis sextus est ille quae vocatur sterilis; quia no’ erit impossibile apud Deum omne Verbum; dixit aute MARIA, Ecce ancilla Domini, fiat mihi secundum Verbum tuum.

Laus tibi Christe.

Sequentia S. Evangelii secundum Marcum

In illo tempore, Recumbentibus undecim Discipulis, aparuit illis IESVS, exprobauit incrudelitatem eorum, duritiam cordis, quia, iis, qui utderant eu resurrexisse, non crediderunt, dixit eis euntes in mundum universum, praedicate Evangelium omni creaturae. Qui crediderit, Baptizatus fuerit, saluus erit qui vero non crediderit condemnabitur. Signa autem eos, qui crediderint haec sequentur, in nomine meo, daemonia eiicient linguis loquetur nouis. Serpetes tollent si mortiferum quid biberint non eis nocebit. Super aegros manus imponent, bene habebunt, Dominus quidem IESVS post qua locutus est eis, assumptus est in coelum sedet a dextris Dei.

Illi autem profecti praedicauerint ubique, domino cooperante, sermone confirmante, sequentib’signis.

Laus tibi Christe.

Sequentia S. Evangeliis secundum Mattheu

In illo tempore.

Dixit IESVS discipulis suis, vos estis sal terrae. Quod si sal euanuerit in quo saliertur? Ad nihilum valet ultra, nisi ut mittatur foras, conculcetur ab hominibus. Vos estis lux mundi, non potest civitas abscondi, supra montem posita, neq; accendunt lucernam, ponut cam sub modio, sed super candelabrum, ut luceat omnibus, qui in domo sunt. Sic luceat lux vestra coram hominibus; ut videat opera vestra bona, glorificent Patrem vestrum, qui incelis est. Nolite putare quoniam veni solvere legem aut Profetas, non veni solvere, sed ad implere. Amen, quippe dico vobis, donec transeat coelum terra Iota unum, aut unus apex non praet praeteribit, alege, donec omnia fiant. Qui ergo solverit unum demadatis istis minimis, docuerit sic homines minim’ vocabitur in Regno coelorum, qui autem, fecerit, docuerit hic magnus vocabitur in Regno coelorum.

Laus tibi Christe.