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El final de la reforma de cofradías de Sevilla

DSCF2648En otra oportunidad hemos hablado del final que tuvo la reforma de cofradías de Nueva España. Pues bien, en el reino de Sevilla las cosas fueron en parte distintas y en parte semejantes. Distintas, pues en la Península el expediente general del Consejo de Castilla generó una resolución, el real decreto de 1783, que implicó una “recogida de constituciones”. Esto es, los jueces reales debían incautar los documentos fundamentales de cada hermandad o cofradía para que acudieran al Consejo de Castilla para su reforma. Esto ocasionó la formación de numerosos expedientes particulares. Y justo en ello se asemejan ambos reinos, pues la reforma general novohispana dejó paso a una reforma asimismo por expedientes particulares. Además, sin embargo, la Real Audiencia de Sevilla no renunció de inmediato a establecer un “arreglo general” de las hermandades de la ciudad y del “reynado”, aunque el proceso fue bastante lento.

Más de una década después de la conclusión del expediente general de Madrid, y a una década exacta de que se tratara de reabrir el expediente general de Sevilla, uno de los numerosos expedientes judiciales que las hermandades sevillanas sostenían entre sí dio motivo a un último intento de reforma general. Como se ve en los documentos de abajo, las hermandades conocidas como de la Carretería y del Gran Poder se disputaban el horario de salida de sus estaciones de penitencia (procesiones) de la madrugada del Viernes Santo. El caso llegó al Consejo de Castilla, que pidió informe a la Real Audiencia de Sevilla, ésta aprovecho para buscar una nueva medida a aplicar sobre las hermandades de la ciudad, pues lo hecho desde 1787 e incluso desde antes, parecía ahora insuficiente. Abajo vemos la respuesta del Consejo, la forma en que la orden se aplicó, tratando de retomar lo que no se había cumplido en diez años, y la resolución final del caso de esas dos hermandades.

Así pues, también de aquel lado del Atlántico la reforma tuvo unos límites particulares, y procuró más bien evitar la reacción airada de la sociedad hispalense, tan solidaria en sus cofradías y hermandades.

 

Informe de la Real Audiencia de Sevilla sobre el pleito entre las hermandades de Carretería y Gran Poder, 17941

Muy Poderoso Señor

Con fecha 7 de abril del corriente año manda Vuestra Alteza le informemos lo que se nos ofrezca y parezca acerca de la pretensión hecha en 17 del anterior mes de marzo por la hermandad de Nuestra Señora de la Luz y Tres Necesidades, cita en su capilla propia en el barrio de la Carretería, extramuros de esta ciudad, sobre que la de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder, con quien sigue pleito, que se halla retenido en la sala primera de este tribunal, se abstuviere de salir a hacer su estación el Viernes Santo por la mañana ínterin dicho pleito se determina definitivamente.

Y en su cumplimiento decimos que en la Sala Primera de este vuestro Tribunal se halla retenido y en estado de vista en definitiva pleito que principió en 16 de abril de 1791 ante el provisor y vicario general de este arzobispado la hermandad de Nuestra Señora de la Luz y Tres Necesidades, sobre que se le señalase día para hacer su estación la madrugada del Viernes Santo de dicho año, anterior a la que hubiese de señalársele a la de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder, de suerte que en dicha estación o procesión le precediese aquella a ésta.

En seguida de esta pretensión se promovieron por una y otra artículos de manutención y otros en que recayeron diferentes autos de fuerza en recursos que para este tribunal instruyó la primera, y por el último en que se declararon por de legos dichos autos, se retuvieron en la sala primera con otros que al mismo tiempo se habían principado y seguía la Hermandad de la Luz ante vuestro teniente tercero de asistente contra la misma hermandad del Gran Poder sobre los mismos puntos y artículos.

Retenidos los autos, arregló sus pretensiones la de las Tres Necesidades al artículo de manutención en la posesión en que decía hallarse de que la del Gran Poder no le precediese en la estación de Semana Santa, estimando punto de preferencia el ir delante.

Ejecutoriado este artículo a favor de la hermandad del Gran Poder, se puso demanda de propiedad por la de la Luz y Tres Necesidades a la que está conclusa para vista, que es el estado del pleito.

Referir a Vuestra Alteza por menor con los pasajes del proceso, la obstinación y empeño con que se ha seguido, sería dilatarnos demasiado, baste decir que ha sido tal la tercedad y porfía de uno y otro cuerpo, que no han perdonado ardid ni medios de cuantos puede sugerir la cavilación más acalorada, que no hayan emprendido y seguido con el mayor tesón, al paso que el tribunal, conociéndolo así, ha dado las providencias más oportunas para cortarlos, y que ciertamente hubieran producido el efecto deseado, a no haberse empleado en gentes tan indóciles.

Toda la disputa, como a Vuestra Alteza llevamos manifestado, está ceñida a cuál de los dos cuerpos debe ir delante en la procesión de Semana Santa. Más claro: cuál de los dos ha de tomar más parte de la noche para conciliarse mayor lucimiento y cuál se ha de presidir a cual, de que podrá inferir Vuestra Alteza el espíritu de devoción que las anima y la edificación que causará al público un culto de esta idea.

Podemos asegurar a Vuestra Alteza que un asunto tan fútil en sí y de tan poco interés ha causado al pueblo gran escándalo en descrédito de dichas hermandades, y ocupado al tribunal mucho tiempo precioso con perjuicio y atraso de otros negocios de bastante gravedad.

Por lo cual, y respecto a estar cumplida la orden de Vuestra Alteza en todas sus partes, como se acredita de los testimonios que acompañan, somos de dictamen de que Vuestra Alteza mande recoger las reglas a dichas hermandades e igualmente a todas aquellas que las tengan aprobadas en esta ciudad, que no sean de Santísimo o Ánimas, mediante su inutilidad y lo mucho que ocupan al tribunal con sus diarios recursos, usurpándole el tiempo que debe emplear con ventajas del público en negocios de importancia.

Es cuanto podemos informar a Vuestra Alteza en cumplimiento de su superior precepto, cuya vida guarde Dios muchos años. Sevilla, 16 de julio de 1794.

Bernardo Ruega.- D. Isidro de la Hoz.- D. Josef María Valiente y Brost.- D. Bernardo Falcón.- D. Pedro Gómez Labrador.

 

Orden del Consejo de Castilla sobre el pleito entre las hermandades de Carretería y Gran Poder, 17982

Ha visto el Consejo el expediente formado en él a instancia de la Hermandad de Nuestra Señora de la Luz y Tres Necesidades, sita en su propia capilla en el barrio de la Carretería, extramuros de esa ciudad, sobre que la titulada de Jesús del Gran Poder establecida en la parroquia de San Lorenzo se abstenga de salir primero a hacer su estación en la Catedral el Viernes Santo por la mañana, ínterin y hasta tanto que se ve y determina por ese tribunal el pleito que siguen sobre el asunto en la sala primera de él. Y enterado el Consejo de cuanto resulta de dicho expediente, como también de lo que le informó esa Real Audiencia con fecha de 16 de julio de 1794 proponiendo entre otras cosas se recojan las ordenanzas a las expresadas hermandades, e igualmente a todas aquellas que las tengan aprobadas en esa ciudad que no sean del Santísimo o ánimas, mediante su inutilidad, y lo mucho que ocupan a ese tribunal con sus diarios recursos, usurpándole el tiempo que debe emplear con ventajas del público en negocios de importancia, ha resuelto, con presencia asimismo de lo expuesto por el señor fiscal, que esa Real Audiencia recoja las ordenanzas originales de las referidas dos cofradías de Nuestra Señora de la Luz y Tres Necesidades y Jesús del Gran Poder, con las alhajas que les correspondan, y que depositando éstas exponga al Consejo por mi mano si convendrá su reunión a otras sacramentales o de Ánimas, y el destino que deberá darse a sus bienes y efectos.

Al propio tiempo ha resuelto el Consejo se encargue a esa Real Audiencia que por lo respectivo a las demás hermandades, cumplir con lo mandado en el real decreto expedido en el año de 1783, sobre arreglo de cofradías en todo el reino, procediendo en su ejecución con prudencia y sin causar de una vez novedad notable, informando al Consejo lo que de todo resulte y demás que se le ofreciere y pareciere. Todo lo cual participo a V.S. de acuerdo del Consejo y para su inteligencia y que haciéndolo presente en el de ese Tribunal disponga su cumplimiento dándome V.S. en el ínterin aviso del recibo de esta a efecto de hacerlo presente en él.

Dios guarde a V.S. muchos años. Madrid, 10 de septiembre de 1798.- Bartolomé Muñoz.- Señor Regente de la Real Audiencia de Sevilla.

Censura final del fiscal Joaquín José Márquez Villalobos en el expediente de reforma general de Sevilla, 17983

El fiscal de Su Majestad, visto este ramo separado que se ha formado con copia de la real orden de 10 de septiembre anterior relativa al arreglo de hermandades y que se le ha mandado pasar para que pida lo que corresponda sobre el segundo particular que incluye dicha orden, y teniendo asimismo presente el expediente general antiguo formado en el asunto.- Dice:

Que el Consejo encarga a esta Real Audiencia que por lo respectivo a todas las hermandades del territorio, exceptuadas las que han dado ocasión a que se expida dicha orden, cumpla con lo mandado en el real decreto del año de 1783 sobre arreglo de cofradías en todo el reino, procediendo en su ejecución con prudencia y sin causar de una vez novedad notable, informando al Consejo lo que de todo resulte, y demás que se le ofreciere y pareciere.

En cumplimiento de dicho real decreto se han dado por el Acuerdo desde su expedición, diferentes providencias, así generales como particulares, en los muchos expedientes que se promueven de esta naturaleza. En el año de 87 a impulso fiscal se dieron órdenes a los tenientes de esta ciudad para que recogiesen las ordenanzas de las hermandades establecidas en ella y practicasen otras diligencias conducentes a su respectivo arreglo, y también con el mismo fin se libró carta orden impresa por vereda a los justicias del territorio antiguo para la presentación y remisión de ordenanzas y evacuación de las mismas diligencias e informes circunstanciados sobre los puntos que se expresaron entonces en la censura fiscal de 13 de febrero de dicho año.

Según ha comprendido el fiscal, no correspondieron las resultas a los insinuados connatos, y aunque los tenientes remitieron sus expedientes y diligencias, acompañadas de una porción considerable de reglas, no las recogieron todas, quedando incompleto e imperfecto el desempeño de la comisión. Menos esmero hubo de haber de parte de las justicias de dichos pueblos, de las cuales muy pocas dieron cumplido el encargo hecho.

En este estado se recomienda por la citada orden el cumplimiento de dicho real decreto, y las nuevas circunstancias obligan a que en parte se adopten las mismas medidas tomadas en el año de 87, y en parte se arbitren otras más vigorosas y adecuadas a verificar el citado arreglo. El territorio de esta Real Audiencia se halla ampliado y comprende ahora otros muchos pueblos, a cuyas justicias no llegó ni pudo llegar la orden comunicada entonces por vereda. El exacto cumplimiento de la expedida últimamente por el Real y Supremo Consejo puede proporcionar otras ventajas y utilidades sobre las que antes se atendían, conforme a la nueva situación de las cosas.

Fundado pues el fiscal en dichas consideraciones, pide al acuerdo se sirva repetir su comisión a los tenientes de Asistente de esta ciudad para que a presencia de los expedientes formados en el año de 87 que al efecto deberán devolvérseles, recojan y remitan las reglas que falten, y asimismo procedan a que por todas las hermandades y sus respectivos hermanos mayores, mayordomos y oficiales les entreguen relaciones certificadas y exactas de los bienes y alhajas que les pertenezcan, conminados con la multa de 200 ducados en el caso de ocultación o fraude, cuyas diligencias den evacuadas dichos tenientes en el preciso término de 15 días con apercibimiento de ser responsables por la omisión, y de procederse a lo demás que haya lugar y para facilitárseles su práctica, podrá el presente escribano de Acuerdo poner en dichos expedientes lista certificada de las hermandades sitas en las iglesias o capillas de cada cuartel, puesto que según está entendido el fiscal, tiene a la mano dicho escribano de Acuerdo exacta noticia de todas las referidas hermandades, adquirida con el motivo de la invitación general que se les ha hecho al donativo y empréstito a Su Majestad en virtud de sus reales órdenes, cometidas al señor regente para su cumplimiento.

Asimismo, pide el fiscal se libre provisión o carta orden por vereda a los justicias de todos los pueblos del antiguo y nuevo territorio, para que en el tiempo de un mes recojan y remitan las reglas u ordenanzas de las hermandades y cofradías no aprobadas, e igualmente procedan a la entrega por sus respectivos mayordomos, hermanos mayores y oficiales de idénticas relaciones circunstanciadas y exactas, certificadas por los secretarios de dichas hermandades y firmadas por los mismos oficiales, de todos sus bienes y alhajas sin omitir ni ocultar cosa alguna bajo la multa de 200 ducados, y bajo la misma pena a los justicias si lo disimulan, y con apercibimiento de procederse a lo demás que convenga, y luego que sean remitidas las expresadas diligencias de cada pueblo pro sus justicias, convendrá que por el escribano de Acuerdo se ponga en cada expediente que se forme lista de las hermandades existentes en el respectivo pueblo, según lo resolutivo de las noticias y nóminas formadas con el expresado mérito de invitarse a dicho donativo y empréstito.

El Acuerdo podrá disponer sobre todo lo que fuere más acertado y justo. Sevilla, 17 de octubre de 1798.

Márquez.

Resolución final de la Sala de Gobierno del Consejo de Castilla en el pleito entre las hermandades de Carretería y Gran Poder, 17984

Señores de Gobierno 2ª

Bendicho

Isla

Isunza

Sin embargo de lo mandado en el auto de 23 de mayo de 1796, líbrese provisión para que la Real Audiencia de Sevilla no impida continuar en sus ejercicios a las cofradías de Nuestra Señora de la Luz y Jesús del Gran Poder, bajo las ordenanzas que tienen aprobadas, y la escritura de transacción que presentan.

Madrid, 9 de noviembre de 1798.

 

1 Archivo Histórico Nacional (AHN), Consejos, leg. 1368, exp. 5, fs. s/n.

2 Archivo General del Arzobispado de Sevilla (AGAS), Justicia, Hermandades y cofradías, leg. 9813, exp. 4, fs. s/n.

3 AGAS, Justicia, Hermandades y cofradías, leg. 9813, exp. 4, fs. s/n.

4 AHN, Consejos, leg. 1368, exp. 5, fs. s/n.

Procesiones, violencias y cofradías

Consolación_fachadaEra la noche del 7 de septiembre de 1770, si bien no lo sabemos con precisión, acaso los habitantes de la villa de Utrera, en el reino de Sevilla, habrán notado que algo importante sucedía pues por encargo del síndico del público, los porteros del Ayuntamiento recorrían las casas del Teniente de Asistente, alcaldes y regidores para llamarlos a cabildo extraordinario. El síndico se había enterado de que el superior de los religiosos de San Francisco de Paula (mínimos) del convento de la villa había anunciado que se suspendía la procesión de la venerada y “milagrosa” imagen de la Virgen de la Consolación, que se veneraba en el Santuario adjunto al convento, cuya fachada actual vemos en la imagen. Alarmado, había reunido a la corporación municipal para tomar medidas al respecto y obligar a los religiosos a permitir la procesión, en aras sobre todo de evitar “disturbios y alborotos” de las doce hermandades y multitud de “forasteros” que, como cada año, llegaba justo para participar en la procesión. A eso de la 1 de la mañana, ya del día mismo de la procesión, el superior de los mínimos fue informado judicialmente de la decisión de los munícipes, que acató solemnemente.

Ahora bien, si no necesariamente percibieron esas diligencias, lo que los habitantes de la villa tal vez sí hayan notado era el ambiente de “voces muy lamentables”, e incluso de preparación de una “asonada” contra el convento de que dio cuenta, unas semanas más tarde, el Teniente de Asistente, es decir, el magistrado incorporado en el Ayuntamiento que representaba al rey. Éste, describió a la procesión descalificándola de antemano como el producto “del celo de la devoción” de unos, pero sobre todo como un mero “pretexto de ella”, pues lo que abundaba en dicha práctica era más bien la violencia que habían temido los munícipes. “Embriagados y armados con escopetas, espadas y garrotes, disparando continuos tiros dentro de la iglesia”, era como se formaba el cortejo de la Virgen. Más todavía, el magistrado asociaba procesión con orden, y por tanto, en esta época, con jerarquías, por lo que no le parecía tal una que iba “sin observar orden ni método alguno”, sin autoridades ni civiles ni eclesiásticas. En cambio, decía “va la santa imagen entregada a esta porción de gentes bárbaras”, quienes “con precipitada carrera la conducen por los sitios que se les antoja”, en un trayecto que “supersticiosamente”, se interpretaba por los fieles como “efecto de la voluntad divina”.

Hoy enRetablo_santuario_Consolación día, en que somos más herederos de aquel magistrado, Miguel Rul, que de los fieles andaluces de entonces, puede en efecto parecernos extraña una procesión así. El Teniente de Asistente estimó necesario publicar por bando la prohibición de blasfemias, de venta de embriagantes por parte de mujeres, de entrar con armas a la iglesia, y sobre todo, de que ningún cofrade “fuese osado tomar las andas” de la imagen sino “hasta llegar cada uno al sitio que tienen señalado”. Esto es, según los testimonios recogidos en el expediente (Archivo Histórico Nacional, Consejos, leg. 948, exp. 1, n. 1), la procesión consistía en que una multitud de seglares entraba en la iglesia a las 8 de la mañana, apenas los mínimos abrían sus puertas, y entre todos, sacaban a la imagen de su altar (cuyo retablo actual vemos en la imagen), pero no había propiamente un cortejo jerárquicamente ordenado. La propia multitud establecía el trayecto, que en aquellos años del siglo XVIII, tendía más bien a prolongarse. Si bien las hermandades parece ser que tenían alguna forma de acuerdo sobre el punto donde se intercambiarían a la imagen, ello no evitaba que se la disputaran o al menos trataran de anticiparse a tomarla.

Tal pues, otro aspecto del mundo cofrade del siglo XVIII: en aras de reducir la violencia de sus prácticas, las hermandades de Utrera merecieron ser integradas a la reforma que por entonces se realizaba en varios reinos de la monarquía hispánica, se les recogieron sus constituciones y debieron al Consejo de Castilla para obtener la licencia real. Si hoy subsiste la devoción a la Virgen de la Consolación, su salida es mucho más “clásica” para nosotros. Mas viéndolas históricamente, desde luego, no sólo hay motivo para compartir los prejuicios de los magistrados y del superior de los mínimos, sino que además nos ayuda a comprender la variedad de mezclas entre lo sagrado y lo profano del catolicismo de antaño. La procesión no era sólo devoción, en el sentido interiorista del término, como hubieran querido las autoridades: la fiesta, la violencia y el desorden eran parte de ella, parte legítima desde la perspectiva de los fieles que asistían peregrinando al santuario.

Confieso que desconozco si hubo casos parecidos en el reino de Nueva España, pero el caso de Utrera no deja de recordar otro peregrinaje del antiguo reino de Sevilla, que subsiste hasta hoy con esas peculiaridades, y que justo tiene lugar en estos días: la salida de la Virgen del Rocío con el llamado “salto de la reja”. Aunque mucho más pacífico que el de Consolación en los 1770, se trata justo de una verdadera carrera de los hombres de las hermandades que peregrinan a ese santuario para tomar las andas de la Virgen y sacarla, entre todos, en un auténtico “santo desorden”, para procesionar por los alrededores de su iglesia, como vemos en este video del año pasado.

 

Letanías, cuerpos y cortesías

Diario Manual 1751 PortadaLa catolicidad de antaño procesionaba prácticamente por cualquier motivo, pero lo hacía de manera ordinaria con mayor énfasis entre la Cuaresma y la Semana Santa, como sigue sucediendo hasta hoy en muchas partes. En cambio, ha quedado casi en el olvido un segundo momento fuerte de procesiones: casi al final de la primavera, desde el triduo de la Ascensión hasta la octava de Corpus. Fiestas apenas recordadas, aunque en algunos lugares se han integrado al calendario civil, como ocurre con la Ascensión en la empero muy laica República Francesa.

Mas volvamos a nuestro tema: Los días previos al Jueves de Ascensión eran un momento particularmente importante de procesiones. Recordémoslo con ayuda del Diario manual del Cabildo Catedral de la Metropolitana de México de 1751, cuya portada vemos al margen, disponible en la Biblioteca Digital Hispánica. Era la ocasión para la reunión del cuerpo de la Iglesia a través de sus numerosos cuerpos, con sus símbolos y sus imágenes: “cofradías con sus guiones, estandartes y santos” abrían el cortejo, seguidas por las cruces altas de las parroquias tradicionales de la capital, las de San Miguel, Santa Catalina y Santa Veracruz, la del Sagrario Metropolitano se entiende que iba unida a la propia Catedral. Tras ellas, como correspondía en una ceremonia eclesiástica, en que la jerarquía asciende del frente hacia atrás, venía ya la Catedral Metropolitana en pleno: pertiguero, cruz y ciriales con un medio racionero, acólitos, clero (curas, capellanes, etcétera) y en fin, los canónigos (medios racioneros, racioneros, canónigos propiamente dichos y dignidades) portando sus capas procesionales. Desde luego, podía cerrar el arzobispo en persona: durante siglos el prelado de mayor jerarquía de todo el reino. Al contrario, tras la procesión, vendría la jerarquía que hoy diríamos “civil”, en orden inverso: primero las autoridades, en principio la “Nobilísima Ciudad”, es decir, el Excelentísimo Ayuntamiento de México, precedido por sus maceros, “bajo de mazas” como solía decirse, las que se abrían muchas veces también para la nobleza y particulares “de distinción” que quisieran unírsele.

ChurchSantoDomingoDFMas para representar cabalmente a la Iglesia como cuerpo, hubieran faltado algunos miembros no desdeñables: las órdenes religiosas. No se unían al cortejo de las letanías, pues la procesión se dirigía hacia las iglesias al menos de las más antiguas: en las letanías mayores del día de San Marcos se iba a la iglesia de los dominicos, cuyo estado actual vemos en la imagen. En las rogativas de la Ascensión, el lunes el destino era la iglesia de los franciscanos y el martes la de los agustinos, mientras que la última sólo le daba la vuelta al atrio de la propia Catedral. Las tres primeras eran pues oportunidad para que las comunidades de religiosos salieran en pleno a recibir solemnemente al cuerpo de la Iglesia que venía encabezando el Cabildo Catedral o el arzobispo. Era entonces que los frailes se sumaban, o literalmente “se incorporaban” a la procesión: sus cruces se unían a las de las parroquias, sus prelados a los canónigos, los religiosos escoltaban por los lados. Lo propio ocurría a la vuelta: las comunidades debían “salir a dejar” la procesión, “hasta pasar de una cuadra de calle”.

El triduo de la Ascensión reunía así al cuerpo de la Iglesia local para rezar la letanía de los santos, e invocar a la Iglesia Triunfante para las necesidades corporales y espirituales de la Iglesia Terrenal. El Diario manual lo tenía previsto pero no era particularmente específico, se movilizaba de manera particular a ciertos abogados celestiales en sus imágenes o en sus reliquias. Acaso alguna vez salieron por las calles de la capital alguno de los relicarios que vemos en la imagen, actualmente ubicados en la sacristía de la Catedral.  Las iglesias a dónde estas procesiones se dirigíanDSCF8118 eran además particularmente significativas en la memoria o en las jerarquías locales culminando casi siempre en la más importante: si en México la última sólo rodeaba a la Catedral Metropolitana, en Roma las rogativas iban a las basílicas mayores papales (Santa María la Mayor, San Juan de Letrán, San Pedro del Vaticano).

Representación del orden de la catolicidad tan querido desde la llamada Contrarreforma o Reforma católica, la procesión de letanías menores no era menos un auténtico teatro político. En efecto, era una función en la cual, como las de Semana Santa y otras, una preocupación no menor eran las cortesías, verdaderos actos políticos en los que se hacía visible el poder y jerarquía de las autoridades. No era casualidad que el Diario manual recordara además que cuatro capellanes de coro debían salir a recibir a la “Nobilísima Ciudad”, es decir, al Ayuntamiento capitalino. Recepción que además estaba también particularmente regulada porque a veces podía implicar el uso del agua bendita por aspersión o tomado de la aspersorio por los miembros de los tribunales. Otro tanto podía ocurrir entre los propios cuerpos eclesiásticos, que no por estar formados de graves canónigos, austeros frailes o devotos cofrades estaban menos preocupados por mantener la “representación” de sus corporaciones. Cualquier cambio inesperado o “desaire” era inmediatemente motivo de querella, de largas disputas, de verdaderos conflictos de poder.

Sin embargo, ya lo veremos más adelante este año, era sin duda la procesión de Corpus la que mayor atención concentraba como espectáculo religioso y político por excelencia del Antiguo Régimen.

Pascuas, vendimias y estrenos

OrizabaA finales del siglo XIX, el cronista orizabeño José María Naredo, publicaba su Estudio geográfico, histórico y estadístico del cantón y de la ciudad de Orizaba, del que vemos aquí la portadilla. Obra extensa, en dos tomos, publicada por la Imprenta del Hospicio, que entre otros muchos temas, dedicó largas páginas a describir las “funciones y procesiones que en ella [en la parroquia de San Miguel] se hacían en tiempos anteriores a la promulgación de las leyes de Reforma”. En efecto, el Estudio de Naredo presentaba una auténtica memoria de los fastos religiosos de Orizaba, desde luego el autor no ocultaba para nada su animosidad en contra de la secularización del espacio público que habían significado dichas leyes. Nostálgico conservador, presentó con detalle esas celebraciones, pero al hacerlo también presentaba los argumentos que debían escucharse, desde su punto de vista, para restablecerlas o conservarlas. Ahora bien, lo interesante es que el propio Naredo no podía escapar al proceso de secularización y debió incluir argumentos que no eran exclusivamente religiosos.

Bando RevillagigedoEn efecto, al terminar su descripción de la Semana Santa con el Domingo de Resurrección,  alegó que esas “semanas santas” eran superiores “para el orden moral y para el orden social”, y al decir esto último se refería incluso al ámbito económico. “Traían al comercio y a los ramos industriales pingües ganancias”, afirmó, refiriéndose concretamente a dos ramos: la costura y la venta de alimentos. En ello había una bella paradoja, pues si algo se había criticado, al menos desde el siglo XVIII, en las funciones de Semana, justo había sido la vendimia que se formaba alrededor de las procesiones. Más todavía, el gobierno del virrey Segundo Conde de Revillagigedo incluso había terminado por tomar medidas muy concretas al respecto en la Ciudad de México como vemos en el bando de marzo de 1793 (AGN, Indiferente virreinal, caja 1797), que tomamos prestada de las publicaciones de mi colega José Gabino Castillo en cierta red social. En él se prohibía colocar “puestos de chía, almuerzos, frutas, dulces y cosas semejantes en las calles”, además de “vendedores de matracas, pasteles, ojarascas y demás especies”. Preocupación ante todo religiosa, como se advierte en el señalamiento de que con ellos se “turba la devoción” y se “quebranta el ayuno”. Es cierto, esto no evitó que una década más tarde, en 1804, se denunciaran aún los “puestos de contristajos y vendimias de almuerzos y brebajes” que existían al paso de las procesiones de Semana Santa, como hemos visto en este mismo espacio hace un par de semanas. También en la villa de Orizaba de principios del XIX, según Naredo, se consumía con abundancia “dulces, bizcochos y aguas frescas”, aguas que eran de “loja, horchata, chía y tamarindo”, cuya venta dejaba “muy buenas utilidades”, todo lo cual escandalizaba a los católicos ilustrados, pero era recuperado positivamente por el cronista decimonónico.

DSCF9428 (2)El otro “ramo industrial” destacado por Naredo, no era menos profano, y afectaba no sólo a la Semana Santa orizabeña sino incluso a toda la Cuaresma. En todo ese tiempo, “las costureras no eran suficientes”, al igual que sastres y zapateros, por “el prurito que los individuos de uno y otro sexo de todas clases tenían por estrenar algo en la Semana Santa” afirmó. Ahora bien, el tema del estreno no puede dejar de hablarnos del problema de la galantería: ya en el siglo XVIII, uno de los puntos que el clero denunciaba con más fuerza en las prácticas religiosas era la “mezcla de ambos sexos”, motivo incluso para prohibir las procesiones nocturnas. Entre los liberales decimonónicos había todavía una sensibilidad que denunciaba esas actitudes profanas en el pueblo. Testimonio de ello es el cuadro de Primitivo Miranda Semana Santa en Cuautitlán (1858), un detalle del cual vemos a la izquierda. Lo ha destacado la Dra. Angélica Velázquez (Primitivo Miranda y la construcción visual del liberalismo, 2012), el Cuautitlán del cuadro no es tan sólo el poblado real sino el pueblo imaginado por las élites liberales. De ese pueblo es una magnífica representante la China que mira hacia el espectador, en traje y actitudes no exactamente devotas (al igual que su pareja por lo que toca a lo primero) mostrando incluso el tobillo. El cronista orizabeño, en cambio, deja atrás el tono de escándalo para destacar simplemente el “extraordinario movimiento en las tiendas de ropa”. Por supuesto, él mismo tuvo que detenerse para volver sobre las funciones estrictamente religiosas antes, lamentablemente para nosotros, de seguir detallando “el alboroto de nuestro pueblo” para tiempos de Corpus.

En suma pues, aunque un poco sin quererlo, el cronista conservador y devoto no podía dejar del todo de lado esos aspectos de la Semana Santa que terminaban siendo, y en ello coincidía con el católico ilustrado Antonio Gómez de principio del siglo, “motivos de diversión y hasta quizá de burla”. Se sirvió de ellos para defender esas antiguas prácticas en un tema que los liberales estimaban particularmente, el económico, corriendo el riesgo en cambio de que se acusara a esas celebraciones de no ser, efectivamente, sino negocios con ganancias. En todo caso, no podemos dejar de preguntarnos, desde luego, hasta qué punto no era esa, finalmente, la verdadera gran tradición de la Semana Santa, su lado espectacular y profano, y no tanto (o no tan sólo) el interiorista o devoto que hoy en día, al igual que aquellos devotos, asociamos con lo religioso.

 

Antonio Gómez vs. procesiones de Semana Santa

Inicia la Semana Santa, oportunidad excelente para seguir recuperando la extensa carta de Antonio Gómez criticando (y por tanto describiendo), allá en 1804, una buena parte de las prácticas religiosas católicas de la época. Gómez, como se dice coloquialmente, “no dejó títere con cabeza”: incluso las prácticas de la Semana Santa fueron alcanzadas por su ojo crítico. En concreto cita las procesiones que salían de cuatro iglesias de la capital, tres de las cuales vemos en su estado actual en las imágenes de abajo: en principio, la de la Santísima Trinidad, una iglesia que antaño albergaba numerosas cofradías, como bien apuntaba nuestro autor, quien las acusa de introducir un desorden en las representaciones de la Semana Santa. Enseguida, la parroquial de Santa María la Redonda, mencionada más bien de paso, por un problema semejante. En fin, la conventual de religiosas de la Concepción, cuyo Santo Entierro era origen de un dicho popular que escandalizaba a un autor siempre preocupado por evitar las mezclas de lo sagrado y lo profano.

La pintura que nos ofrece Gómez es harto elocuente: la Semana Santa de esos principios del siglo XIX estaba para él (y tal vez hoy más de uno hubiera compartido alguna de sus opiniones), llena de profanidades. Apenas una procesión se salvaba por devota, lo demás eran incongruencias y desórdenes, intereses económicos y, aunque no se dice de manera explícita, se entiende que vanidades de los organizadores. La Semana Santa era una alegre fiesta con abundante comida y bebida, con orgullosos cofrades luciendo las imágenes de sus santos patronos, y con una multitud que se entretenía en encontrar explicaciones poco edificantes para algunos de los ires y venires de ellas. Mas dejemos que nos lo cuente con detalle la carta dirigida al rey en el Consejo de Indias, por el anónimo personaje que se ocultaba bajo ese seudónimo.

AGI, Audiencia de México, leg. 2688. Representación de Antonio Gómez, México, 27 de enero de 1804

Cuarto punto. Síguenos tratar de las procesiones, rosarios y calvarios, y comenzando por las de Semana Santa debo decir que todas se deben quitar a excepción de la que sale el Viernes Santo de Santo Domingo, por ser una procesión bastantemente devota, pero la de Jueves Santo que sale de la Santísima Trinidad, debe quitarse por los fundamentos que voy a exponer, y son:

DSCF6339Que muchos de los pasos que salen en dicha procesión no son congruentes con los misterios que la Iglesia celebra en semejante día, como verbigracia el sacar en esta procesión a las santas imágenes de San Cosme y San Damián, San Homobono, etc. Estas sagradas imágenes, o por mejor decir, estos santos, no consta en ningún pasaje de la Escritura asistiesen a ningún paso de la Sagrada Pasión de Jesucristo, porque ni a la oración del huerto ni a los tribunales donde fue presentado el Salvador, y últimamente ni al Santo Monte Calvario. Por consiguiente, el sacarlas sólo por la razón de dar [dinero] los cofrades, que es por ser de la cofradía, no es razón, porque las procesiones, como todas las ceremonias de la Iglesia, se rigen y gobiernan por sus particulares ritos, de tal suerte que en las misas tenemos el ejemplo en las que son de Pasión se celebran con paramentos morados, las que se celebran el día de Difuntos, con ornamentos negros, etc. Pues lo mismo observa la Iglesia con las procesiones, que si son de acción de gracias o alegría, se celebran con paramentos blancos, y si son de rogación con ornamentos morados.Por iguales razones debe prohibirse la procesión de Nuestra Señora de la Asunción que sale el Lunes Santo de la parroquia de Santa María la Redonda.

Santa_María_la_RedondaPor iguales motivos y también por el mucho desorden que hay en puestos de comistrajos y vendimias de almuerzos y brebajes, la procesión que el Sábado Santo sale del nominado convento de padres dominicos para la Concepción, monasterio de monjas de dicho título, en la que vuelven a salir las sagradas imágenes de los mismos santos que salieron en la procesión del Viernes en el Entierro de Jesucristo, ya para que se quite el error común de que el vulgo está en creencia de que la Sagrada Imagen de Cristo difunto se vuelve a llevar al monasterio de religiosas de la Concepción, porque la tienen empeñada los padres dominicos por cierta suma de dinero que éstos deben a las monjas, cosa indecorosa, pues como sabe muy bien V.M. las cosas santas y sagradas no pueden darse en prenda. Por lo que deberá el señor arzobispo quitar esta procesión y liquidar de quien es la sagrada imagen, si es de los padres dominicos que la tengan en su convento todo el año, y si no que hagan otra semejante los dominicos para que no tengan que pedir prestado el Santo Entierro a las monjas de la Concepción.

Templo_y_Antiguo_Convento_de_la_ConcepciónVuelvo a decir que es muy conforme se quite la procesión que sale por la tarde del Jueves Santo de la iglesia de la Santísima Trinidad pues ya el Concilio Segundo Mexicano en el capítulo 13 nos dice haberse prohibido la procesión de los disciplinantes en este día y da la causa, porque por irse a ver la procesión dejan al Santísimo Sacramento solo en las iglesias. Y aunque podrá replicarse que esto era para ir a ver la procesión de los disciplinantes, mas que dejar a Dios por Dios no es dejarlo, pues aunque dejan al adorable Sacramento del altar, van a ver los santos y pasos de la Pasión. A esto respondo que aunque a Dios también se da culto en sus santos, pero no se puede negar que mayor culto, honor, gloria y reverencia debemos dar al adorable Sacramento de la Eucaristía, donde según nuestro Catecismo del padre Ripalda dice: “¿Quién está en el Santísimo Sacramento del Altar?” Y responde: “Jesucristo, nuestro Señor en cuerpo y alma gloriosa, así como está en el cielo, tanto está en la hostia como en el cáliz y en cualquiera particular”. Por tanto debe ser preferente el que en tan sagrado día como es el Jueves Santo vayan a adorar los fieles la Sagrada Eucaristía, que al día siguiente verán la procesión y adorarán y reverenciarán todas y cada una de las sagradas imágenes e insignias de la Sacratísima Pasión del Salvador.

Procesiones y currutacos

Perfecto_currutacoEstamos en visperas de la Candelaria, pero también a unos días del 5 de febrero, la fiesta de San Felipe de Jesús. Es más que oportuno, por tanto, evocar la procesión que se le organizaba al “protomártir mexicano” en la capital novohispana a principios del siglo XIX, y que fue iniciativa del canónigo Joaquín Ladrón de Guevara. Ya la hemos mencionado en otra oportunidad: era el cortejo que llevaba la imagen del entonces en realidad beato, de vuelta desde la Catedral Metropolitana hasta el convento de San Francisco. En 1802 y 1804, un personaje muy particular de la época, cuyo nombre desconocemos, pero que firmaba extensas cartas dirigidas a diversas autoridades en Madrid con los seudónimos de Francisco Sosa y Antonio Gómez, denunció diversos puntos de esa procesión. “Más papista que el Papa” diríamos hoy, nuestro autor anónimo se mostraba preocupado porque, según decía su primera carta, el canónigo había convertido “un acto tan serio en cosa de comedia”, al introducir diversas escenas de la vida del santo, con imágenes “de bulto” que portaban los gremios, pero que se prestaban a “diversión”. Una en particular, aquella en que el diablo tentaba a Felipe de Jesús para evitar que se convirtiera en religioso, pero el maligno, lejos de aparecer en figura aterradora, se presentaba como un “perfecto currutaco”.

En la imagen vemos una estampa que circulaba por el mundo hispánico en la segunda mitad del siglo XVIII, titulada justamente “El perfecto currutaco”, y que se encuentra en diversos acervos, entre ellos la Biblioteca Nacional de España. Como fácil puede advertirse gracias a la ilustración, el término se utilizaba, y en algunos lugares sigue en uso, para designar a un varón que se estimaba excesivamente preocupado por la moda y el arreglo personal, hasta el punto de convertirse en figura cómica. Tal era el escándalo de Sosa, el diablo iba en “traje ridículo”, con “sus bucles, su espada, su casaca”, “a la manera del vestido que traen los que dicen ser de última moda”, de forma suficientemente exagerada que provocaba risa. Si bien seguía siendo reconocible porque conservaba “astas y cola”, es decir, los clásicos cuernos, el autor en realidad tenía razón, no era sino una figura destinada a generar burlas. Paradójicamente, el único que estuvo de acuerdo con Sosa fue el arzobispo de México, Francisco Xavier Lizana, quien trató de prohibir la salida de las “imágenes ridículas”, pero que no pudo con la heterogénea alianza formada para proteger la procesión. Ésta, iba encabezaba, claro está, por la familia Ladrón de Guevara, con influencia en la Real Audiencia gracias a que en ella había sido regente el padre del canónigo. Pero era una coalición que reunía también a sectores medios, los gremios, e incluso, lamentaba el arzobispo, “la plebe”, “los indios”, pasando por frailes y párrocos, quienes habrían señalado al prelado que esas imágenes “agradaban por lo mismo” mucho más que “las serias y devotas”.

Y en efecto, el expediente que hoy se conserva en el Archivo General de Indias, sección Audiencia de México, legajo 2693, es interesante porque una parte significativa de él estuvo dedicado a que las autoridades religiosas de la Ciudad de México expusieran graves argumentos para exhibir en una procesión una figura irrisoria del diablo. No faltaron, sin embargo, empezando porque en el “currutaco” se ridiculizaba a quien se negaba a guardar la compostura propia de la devoción, y se aludía incluso, aunque nadie se atrevió a decirlo explícitamente a una cuestión de prácticas sexuales. El guardián del convento de San Francisco aclaraba: “El vestir así al diablo es detestación de la profanidad de los trajes diabólicos que en esta época infeliz trajo del infierno ese enemigo”. El guardián de los franciscanos descalzos de San Diego agregó que era “para desterrar el abuso indecentísimo con que se cubren los hombres, afrenta de nuestro sexo y del Cristianismo”. El traje de currutaco y la risa que debía provocar terminaban así sirviendo de arma en una guerra cultural en que indirectamente se asociaba el alejamiento de la normativa religiosa con el pecado nefando.

Del lado civil, en cambio, más que una defensa, hubo una auténtica negación. El Ayuntamiento de la Ciudad de México se extendió en la defensa de la pompa procesional en honor de un hijo de la misma patria, pero rechazó siquiera considerar el tema de las imágenes “ridículas”. Antes bien, “sólo podrán estimarlo por tal [como imágenes que se prestaban a risa] los libertinos y los heresiarcas” decían los regidores con mayor severidad que los frailes. Hasta el fiscal Ambrosio de Sagarzurrieta, en otros momentos crítico de los Ladrón de Guevara y de las prácticas religiosas locales, terminó dictaminando — casi se diría que con ironía– que las imágenes de la procesión eran todas “conformes al espíritu de la Iglesia y mueven a devoción, piedad e imitación de sus virtudes”.

El canónigo también llegó a remitir su defensa ante el Consejo de Indias en Madrid, aunque no evitar una contradicción. Citó a su favor la obra de fray Juan de Ayala, El pintor cristiano y erudito, quien insistía en que se representara al diablo con sus caracteres distintivos (los cuernos), ya en forma monstruosa o humana, pero nunca contempló el tema de la risa. El clérigo, sin embargo, terminó uniéndose al combate citado por los frailes, aunque de manera más bien original: eligió el traje de currutaco, porque “me pareció ayudaría para desterrarlo”.

Al final, la argumentación de Sosa fue compartida por el fiscal del Consejo de Indias en 1807, y por los miembros del Consejo de Regencia en 1811, quienes trataron de imponer, no sabemos si con éxito, que la procesión “se haga con edificación, excusando en ella la multitud de imágenes”. La batalla por la “edificación” y la “devoción” era finalmente la que había emprendido Sosa, quien en sus cartas insistía, “los santos sólo se deben sacar o en el martirio que sufrieron o en el género de penitencia que florecieron”. Paradoja de principios del siglo XIX: la procesión que había introducido el canónigo Ladrón de Guevara y respaldaba el clero, élites y pueblo de la Ciudad de México, enlazaba con mejor con las tradiciones del catolicismo barroco e incluso del cristianismo medieval, mientras el punto de vista de Sosa, de los fiscales y magistrados en la corte, aunque también del arzobispo Lizana, con los esfuerzos de la propia Reforma católica y del catolicismo ilustrado –normalmente asumidos por el clero– en el sentido de separar lo sagrado y lo profano. La risa, aun para ridiculizar a los enemigos, imaginarios o reales de la religión, pertenecía a este último ámbito, y debía por tanto desalojarse de una procesión que debía sólo conmover religiosamente a sus espectadores.

Escenas procesionales de antaño

Tal vez sea extraño evocar la Semana Santa en junio, como hacemos aquí con esta descripción de una procesión del Santo Entierro del Viernes Santo, pero siempre es oportuno recordar los testimonios de las que eran las grandes movilizaciones al mismo tiempo sociales, políticas, económicas y ante todo religiosas de antaño: las procesiones. En esta ocasión, además, el lector encontrará aquí una lectura de un escenario que hasta hoy sigue siendo el teatro de algunas de las más célebres procesiones del mundo católico, la ciudad de Sevilla. Es cierto, no es que falten testimonios de cómo eran esas ostentosas salidas organizadas por las hermandades de la ciudad a la Catedral, pero el que presentamos aquí tiene la originalidad de ser la representación de la procesión por sus mismos organizadores.

Documento al mismo tiempo normativo, pues es un “orden y método” incluido al final de unas ordenanzas, pero también de alguna forma publicitario, eran unas ordenanzas que, en el marco de la reforma de cofradías, habían de ser presentadas ante la más altas autoridades de la monarquía, el Real y Supremo Consejo de Castilla, en este caso, para obtener la aprobación real. Y esa es, tal vez, otra originalidad, es un testimonio de tiempos de las Reformas Borbónicas, que nos lleva a las tensiones entre la tradicional necesidad de procesionar, reforzada con el fasto del culto que había impulsado la Reforma católica desde el siglo XVI, y los empeños de moderación y separación de lo sagrado y lo profano que impulsaban los “ilustrados” del mundo hispánico. Nuestra procesión es buen ejemplo de ello: el lector encontrará que los hermanos incluían con orgullo la descripción de sus pasos y de sus emblemas, las indicaciones de sus personajes caracterizados, la variedad musical de su acompañamiento. Y justo todo ello resultó chocante a los fiscales de los tribunales que revisaron el expediente, resultando en que se libraran órdenes para que la hermandad se suprimiera, o mejor dicho, se integrara a la sacramental de la parroquia más próxima.

Mas dejemos ya el escenario para esta representación de aquel gran evento sevillano del Siglo de las Luces, que a su vez representaba un pasaje de la historia fundadora del Cristianismo.

AHN, Consejos, leg. 27391, exp. 7, fs. 23v-26. La Hermandad del Santo Entierro de Jesucristo y María Santísima titulada de Villaviciosa, establecida en la iglesia del Monte Calvario, sitio del Colegio de San Laureano, de religiosos mercedarios calzados, extramuros de la ciudad de Sevilla, sobre aprobación de ordenanzas, 1795.

“Orden y método con que ha hecho su estación los Viernes Santos de Cuaresma [sic] a la Santa Metropolitana y Patriarcal Iglesia de esta Ciudad, la cofradía y hermandad del Santo Entierro de Nuestro Señor Jesucristo y Nuestra Señora de Villaviciosa desde su propia iglesia del Monte Calvario y entierro de Jesucristo, extramuros de esta ciudad, a la Puerta Real, en los solares de Colón, a donde está fundado el Colegio de San Laureano, del Orden Militar de Nuestra Señora de la Merced.

Dan principio a tan respetable y lastimoso acto, una partida de 4 u 8 soldados de caballería comandados de cabo o sargento destinados a facilitar paso en el grande concursos que siempre se experimenta a admirar lo sucedido de esta función.

Siguen dos hermanos con sordinas a los lados del muñidor, que van vestidos con ropa talar de damasco negro, guarnecida de oro, en el pecho un escudo grande labrado realzadas en él tres cruces sobre un sepulcro, armas de que usa esta cofradía y la campanilla de plata propia de la hermandad, que tocándola de cuando en cuando avisa su venida.

Siguen dos diputados con bastones negros y casquillos de plata e insignias de lo mismo y veinte y cuatro niños de la doctrina con su maestro, que ayuda de la compostura y quietud que deben llevar, y cada uno conduce un cirio amarillo grande encendido.

Siguen la insignia de la manguilla de terciopelo negro, guarnecida de escudos de plata de chapa, con insignia de la Pasión de nuestro Redentor y columnas del mismo metal, y su cruz, a quien acompaña un lucido cuerpo de hermanos con velas encedidas y dos diputados de gobierno de estación y dos hermanos con bocinas.

Desde dicho sitio siguen las señoras hermanas y demás a quienes mueve la devoción de acompañar el Sagrado Entierro de nuestro Redentor, cerrando este cuerpo otros dos diputados de estación, a los que sigue otro cuerpo de hermanos con velas encendidas, hasta la insignia del Estandarte, que es de damasco negro, con cruz roja y cordones, cuya conducción pertenece al secretario de la hermandad y dos hermanos con bocinas.

Subsiguiente copia de músicos ministriles delante del paso del Triunfo, en que va la Santísima Cruz, que va en este lugar conducido de veinte y cuatro mozos de carga, por componerse siermpe las parihuelas de un elevado monte, fijadas en él la Santísima Cruz, con dos escaleras que desde dicho monte estriban en sus branzos, y delante un globo azul en que está enroscada una serpiente con – en la boca, y en él sentada la figura de la muerte, representada en un esqueleto a lo natural, simbolizando estas tres hechuras los tres enemigos del alma, mundo demonio y carne, cuyo esqueleto en movimiento de rendido, con la mano derecha en la mejilla, recibe en ella una faja negra, que viene desde la cruz con una inscripción de letras que plata que dice: Mors mortem superavit, abatida con la guadaña que tiene en la mano siniestra, asistiendo delante de dicho paso para su gobierno los dos señores hermanos fiscal primero y segundo de la hermandad, con varas e insignias de plata.

Continúa un cuerpo de hermanos con velas encendidas y dos con bocinas, a los que siguen una escuadra de cuarenta y tres hombres vestidos de hoja acerada, peto, espaldar, faldillas, brazaletes y viseras caladas, dorados los perfiles, toneletes y bandas de quinete, con puntas de plata al aire, llevando cada uno en la mano arrastrando una pica con su bandera negra, de cuatro varas de tafetán, todos uniformes con su capitán, teniente, alférez y paje gineta y música a la funeral, formando un lucidísimo cuerpo, y en seguida otra escuadra de niños, con sus picas arrastrando, vestidos de chupa y calzón de ante, con sus morriones, banda y ceñidor negro, todos uniformes, también con su música a la funeral, cuya escuadra es destinada a custodiar los siete coros de ángeles que van en medio, ricamente adherezados, a los que siguen las nueve síbilas, representadas en igual número de niñas, bien peinadas, vestidas con sus trajes, túnicas y mantos al aire, llevando en sus manos unas ramos, otras libros, diferenciándose cada una en el color del vestido, de encarnado, pajizo, verde, morado, et.c, según su patria y estado, en el hombro la tarjeta de lo que cada una profetizó; detrás los cuatro doctores, significados en otros tantos niños con sus mitras y vestidos según la regla que profesaron, y cerrando este lucidísimo cuerpo otros dos diputados de estación para su gobierno.

Continúa con las 3 comunidades del orden militar de Nuestra Señora de la Merced, Calzada, Descalza y la del Colegio de San Laureano.

Siguen las cruces de la parroquia, presidiendo la del señor San Vicente mártir, y doce sacerdotes con casullas negras, y detrás todos los ciriales con hachetas encendidas y doce hermanos con cirios alumbrando al cuerpo de nuestro Redentor, que en su paso viene en este lugar, rodeado de cuatro sacerdotes, llevando delante la correspondiente capilla de música y en las cuatro esquinas del paso un rey de armas, en cada una, vestidos con ropón y gorra de quinete, maza dorada al hombro, todos uniformes, componiéndose el paso del Señor de un sepulcro de carey, con cuatro columnas a lo salomónico, con sarmientos y hojas, capiteles y bazas doradas, cerrado con cristales aviserados de Venecia, guarnecidos todos de chapa de plata con sus pirámides, estriando dicho sepulcro sobre una baza jaspeada, adornada alrededor de seis tarjetas doradas con figuras e insignias de escultura, atributos de la Pasión de nuestro Redentor, y en cada una de sus cuatro esquinas, un florón donde va un ángel, también con insignia de la Pasión, en los extremos de dicho paso ocho jarras con hachetas, alumbrando a nuestro Salvador, que va en su lecho, en un colchón de Damasco, guarnecido de encajes de Milán sobrepuestos, bordados de oro, y lo mismo las almohadas y sábanas, que son de olán, todo el lecho fabricado de miñatura, dorado por dentro, con muchos ángeles estampados, presidiendo dicho paso los señores alcaldes y mayordomo de la hermandad.

Detrás del paso del Señor, va el palio de damasco negro con seis varas, que las llevan otros tantos eclesiásticos vestidos de sobrepelliz, y enseguida va una compañía de tropa reglada de la que se haya en esta ciudad, con su capitán, oficiales y sargentos enlutados los tambores y música a la funeral, a cuya compañía sigue otra de sujetos distinguidos vestidos a lo militar, de negro, con sus furnituras, armas y oficiales correspondientes, y su copia de música, como la antecedente, la cual forma un vistoso y lucido cuerpo.

Continúa el Sinpecado de terciopelo negro, guarnecido todo de insignias de la Pasión de plata de martillo, propio de la hermandad, con borlones de seda y plata, y es llevado por un sujeto distinguido de esta ciudad, a quien acompaña el lucídisimo convite que hace con velas encendidas y dos diputados que cierran este cuerpo, al que siguen el numeroso convite que hace el señor Asistente a los señores jefes principales, señor comandante de las armas, oficialidad que se haya en esta ciudad y caballeros particulares de ella, que con velas encendidas alumbran el paso de la Santísima Virgen que va en este lugar, presidiéndolo el Señor Asistente, o por su ocupación o ausencia, el señor teniente primero, y el señor diputado mayor de la hermandad con varas e insignias de plata, propias de la dicha, y correspondiente capilla de música que van cantando: Stabat Mater Dolorosa y de hermanos con cirios alumbrando a la Santísima Virgen, cuyo paso es de peregrina hechura de talla, todo dorado, con su sitial donde va Nuestra Señora delante dos ángeles de estatura de a vara de alto, con luces encendidas; a los lados de Nuestra Señora, San Juan y la Magdalena, a quien siguen las dos Marías, José y Nicodemus, cada uno con la vestidura correspondiente a dicho acto; faroles grandes en las esquinas, con hachetas encendidas, sus faldones que ocultan treinta mozos que conducen dicho paso, detrás del cual va el clero de la iglesia parroquial del señor San Vicente mártir, y se sigue el señor teniente primero con su escribano y ministros, con velas gruesas encendidas, y finaliza, cerrándolo todo, tropa de caballería con espada en mano, con cuyo método hace esta cofradía su estación, y se regresa al Colegio de su domicilio.”

 

Una procesión nocturna de reliquias

En estos días las reliquias del Beato Papa Juan Pablo II continúan recorriendo México por el rumbo del occidente, e hicieron una escala breve, de unas cuantas horas, en Lagos de Moreno en la noche del 8 y madrugada del 9 de diciembre. Su llegada, anunciada con cohetes y repiques de campanas, fue oportunidad para una procesión, de la que presento aquí algunas imágenes.

Cabe destacarlo, aun si México no heredó de la Nueva España abundantes restos de bienaventurados y santos, no es que el nuestro sea un país desierto de reliquias. Unas pocas pueden datar de tiempos de la primera evangelización, como las de fray Sebastián de Aparicio en Puebla. Otras hay que son “recientes”, relativamente, del siglo XX, como el cuerpo incorrupto de monseñor Guízar y Valencia en Xalapa. Mas estos ejemplos puntuales, contrastan con su relativa abundancia en estas tierras occidentales.

Esto es, las del Papa Beato llegaron justamente a la región mexicana acaso la de mayor tradición en materia de reliquias. La urna de San Hermión mártir, que luce majestuosa desde uno de los altares de la nave de la soberbia iglesia parroquial de la Asunción, en el corazón de Lagos, lo muestra bien. Llegado a finales del siglo XVIII, no lo hizo en solitario: fue por entonces que arribaron a León las reliquias de San Donato, San Fulgencio y Santa Clementina, y a Aguascalientes las de Santa Veneranda. Los fieles de estos rumbos pues, saben bien de qué se trata cuando se habla de reliquias, y con mayor razón no ha de extrañarse que se agolparan en gran número ante las de un Pontífice que, lo sabemos bien, fue en vida especialmente querido de los católicos mexicanos.

Y sin embargo, no es de todos los días que las reliquias mexicanas salgan de sus altares. Si las procesiones de imágenes pueden ser frecuentes hasta hoy, las de reliquias están más bien en el olvido, incluso aquí en Lagos. De ahí que lo más fácil y lógico haya sido aplicar a esta procesión de reliquias las prácticas que la tradición local utiliza para las imágenes religiosas: los laguenses no hicieron, según entiendo, sino reunir los elementos propios de “la subida” de Nuestro Padre Jesús en Semana Santa. Y ello justamente la convirtió en una interesante amalgama de prácticas antiguas y nuevas del catolicismo, al mismo tiempo con algo de barroca y algo de moderna.

Así es, ella representó casi lo contrario a lo que hubieran deseado lo obispos reformadores de antaño. Distaba mucho de ser una procesión devota en estricto sentido, pues si había cantos religiosos, estuvo más bien desierta de oraciones. Su horario mismo hubiera sido censurado por los prelados más celosos del Antiguo Régimen, opuestos a los “desórdenes” de los horarios nocturnos. Procesión más bien triunfal, lo importante en ella parecía ser la alegría del acompañamiento, lo cual hubiera ido contra modelos pregonados por ejemplo, por monseñor Juan Cruz Ruiz Cabañas, severo censor de las prácticas “profanas”, “superfluas” e incluso “supersticiosas” de los pueblos de la Nueva Galicia de finales del siglo XVIII. De hecho, se inició justamente con un estallido de cohetes, elemento que aquel prelado ilustrado sistemáticamente trató de prohibir; y más todavía, venía rodeada de vendedores de una amplia “quincallería religiosa” (sólo por evocar el término despectivo de algún liberal del XIX) que incluía tradicionales estampas, rosarios, medallas e imágenes, y más recientes banderas vaticanas y globos amarillos.

Pero centrémonos en la procesión misma. En ella abundaron las danzas, que sin duda no son exactamente las mismas que se bailaban en los siglos pasados, como tampoco lo son los trajes de los danzantes, aunque en cambio el uso de percusiones sí que puede venir de tiempo atrás. Sobre todo, la idea general sigue siendo básicamente la misma de tiempos barrocos: la presencia entre nosotros de lo sagrado ha de ir acompañada de desbordes de alegría que sólo la danza puede expresar.

Además hubo música, repetimos, de hecho de varias generaciones del catolicismo. Se hicieron presentes percusiones y metales, aquí modernizadas bajo la forma de bandas de guerra escolares; no debiera extrañar, en España hubieran sido bandas cofradieras asimismo de metales, en Francia las de cornos y cornetas. La idea, de nuevo antigua bajo formas nuevas, es la de la fanfarria que precede a soberanas imágenes o a venerables reliquias.

Nuevo en realidad, es sin duda el mariachi, cuyo sonido más suave apenas logra abrirse espacio entre percusiones de danzantes y de bandas, y que aquí escuchamos entonando por igual piezas de la tradición del siglo XX, no menos que canciones mucho más modernas. Estas últimas, junto con los cánticos de los movimientos juveniles que venían formando valla para cerrar la procesión (y que se percibían menos que los mariachis), son el elemento en verdad reciente. De hecho, esta era la música tal vez más relacionada con el Beato Pontífice cuyas reliquias se recibían: eran piezas estilo Jornada Mundial de la Juventud, cánticos de la generación que vivió bien la Nueva Evangelización que él impulso; por cierto, música que es la desesperación de algunos liturgistas más apegados a la tradición.

También tomando distancia de ella, debemos destacarlo, la procesión estaba estrictamente centrada en las reliquias y no en el clero que las acompañaba. Si bien, como corresponde a la recepción de las reliquias de un Sumo Pontífice, sacerdotes y seminaristas hicieron masivo acto de presencia, lejos de acudir uniformemente revestidos y de formarse jerárquicamente detrás del coche con la urna, algunos iban en medio del acompañamiento y la mayoría mezclado indistintamente con religiosas, movimientos juveniles y mariachis al final del cortejo. No había pues, ni lucimiento de ornamentos sacerdotales (no había una sola capa pluvial, por cierto) ni orden jerárquico, con lo que la procesión reforzaba su carácter mayoritariamente laico (que no profano).

Es curioso hacer notar que en cambio venían integradas al cortejo patrullas de las corporaciones de seguridad pública de distintos niveles de gobierno. Sobra decir que tenían toda razón de hacer acto de presencia tratándose de una acto público masivo, pero aun si no marchaban haciendo guardia de honor ni saludando a los símbolos sagrados (como se hace en otros países, cabe decir), no dejan de recordar de recordar lejanamente el viejo ideal de colaboración armónica entre la Iglesia y el Estado, que fuera antaño tan característico del mundo hispano.

Recepción reliquias Lagos por davidclopez

Nuestra Señora del Carmen

Hoy es, todavía, 16 de julio, fiesta de Nuestra Señora del Carmen, tal vez una de las devociones más extendidas del mundo hispánico. Asociada, desde luego a la Orden del Carmen, de varones como de mujeres, especialmente a su reforma descalza, fundada por la célebre Santa Teresa de Ávila, la devoción a la Virgen del Carmen está también vinculada a la historia de su escapulario, auxilio de las Ánimas del Purgatorio según las visiones de San Simón Stock. Mas esta breve entrada no es tanto para hablar de sus indulgencias, de sus cofradías o de sus religiosos y religiosas, sino simplemente para recordar un poco cómo se le ha celebrado.

Fiesta veraniega, realizada a veces por la tarde-noche para evitar el calor del estío, no deja por ello de estar asociada a una lucida procesión, con música solemne, gran concurso y alegría. Ayudaban sin duda algunos de los ornamentos que sacaban las cofradías que la organizaban: a finales del siglo XVIII, la del Carmen de Guadalajara abría su procesión con ocho gigantes y dos enanos, la de Oaxaca llevaba música, pero además cohetes y fuegos artificiales, pagando además el “refresco” de la festividad.

Y para ejemplo de estas festividades, en principio un breve testimonio de la instalación de la primera cofradía del Escapulario del Carmen en la Ciudad de México en 1691, que tuvo lugar, es cierto, en 19 de marzo y no en 16 de julio, pero llevando más o menos el mismo ceremonial. Y más abajo, un video de tres procesiones sevillanas de Nuestra Señora del Carmen de este año y de 2009, todo ello para dar cuenta de los fastos de esta festividad.

AGI, México, 2651
“Dr. D. Francisco de Aguiar y Seijas, arzobispo de México, del Consejo de S.M., etc. mi señor: En la mejor forma que de derecho puedo y debo certifico y doy testimonio de verdad como hoy lunes diez y nueve de marzo de este año de la fecha, día del Gloriosísimo Patriarca San José, serían las cuatro horas de la tarde, poco más o menos, estando en la iglesia de San Sebastián de religiosos carmelitas descalzos de esta dicha ciudad, en presencia y con asistencia del excelentísimo señor conde de Galve, virrey de esta Nueva España, y del corregidor, justicia y regimiento de esta dicha ciudad, y del M.R. Padre Provincial de esta provincia de San Alberto y del R.P. Padre Prior y comunidad religiosa de este dicho convento, y del rector, diputados, mayordomo y secretario de la cofradía del Santo Escapulario de Nuestra Señora la Virgen María del convento y de muy numeroso concurso eclesiástico y seculares, hombres y mujeres que se hallaron presentes, subí al púlpito y en forma que en tales casos se acostumbra y en altas e inteligibles voces les leí y publiqué el despacho de las fojas antes de ésta, como en él se contiene y manda por el dicho señor ilustrísimo, y luego sucesivamente el R.P. Fray Francisco de Santa María, prior de la nueva fundación de San Joaquín del pueblo de Tacuba de dicha sagrada religión, predicó un sermón de las excelencias del Santo Escapulario, privilegios, gracias e indulgencias de su santa cofradía y acabado se hizo una muy devota y lucida procesión, en que se sacó la imagen de Nuestra Señora del Carmen por la puerta principal, y dando vuelta por dentro del convento, entró por la puerta del costado, a que asistió su excelencia, ciudad, religión, cofradía y demás concurso referido, cantando la letanía de Nuestra Señora con música solemne y varios instrumentos de regocijo y alegría, y llegada a la capilla mayor se dio fin a este solemnísimo acto cantando la Salve Regina con grande júbilo, alegría y devoción de todos los presentes. Y para que conste di el presente en México, dicho día diez y nueve de marzo de mil seiscientos y noventa y un años, siendo testigos el capitán D. Domingo de la Rea, caballero del orden de Santiago, Cosme de Mendieta, y el contador D. Alejo de Apilladis y Torres, vecinos de México, y en fe de ello lo firmé, José Rubio, secretario.”


Salidas procesionales de la Virgen del Carmen… por davidclopez

Minerva

DSCF3452Tal vez el lugar de Roma más conocido por los cofrades novohispanos del siglo XVIII haya sido la Basílica de Santa María sopra Minerva, una de las dos iglesias principales de los frailes dominicos en la Ciudad Eterna, cuya fachada de estilo barroco vemos en esta imagen, que incluye el célebre pulcino, y cuyo interior actual vemos más abajo, restaurado al estilo neogótico en el siglo XIX. Mas no era la belleza de la iglesia la que la hacía célebre de aquel lado del Atlántico, sino el hecho de haber sido fundada en ella la primera archicofradía del Santísimo Sacramento de la historia en 1539, destinada en principio al acompañamiento de la procesión de Corpus Christi y del viático. El Papa Paulo III le concedió amplias indulgencias, de las que podrían participar los cofrades de las corporaciones que se fundaran en todo el orbe católico.

DSCF3454Y así era. Todo aquel que ha tratado con las cofradías novohispanas, no puede dejar de advertir en sus constituciones la mención constante de la agregación a las indulgencias de la original romana. La relación con ella podía ser más o menos distante o próxima. Algunas cofradías novohispanas habían acudido directamente a Roma a obtener la agregación por bulas pontificias originales. Ellas eran debidamente ostentadas en sus documentos, como fue la archicofradía del Santísimo Sacramento de la Ciudad de México, que tramitó la suya en tan temprana fecha como 1540. Para ello no era necesario estrictamente titular a la cofradía de sacramental, como prueba la bula obtenida a finales del siglo XVII para la cofradía de la Purísima Concepción del convento de la Merced de México. Tampoco tenía que hacerse de inmediato, las hubo que, a pesar del tiempo transcurrido desde su fundación, no renunciaban a obtener sus bulas. La prueba es la archicofradía de la villa de Córdoba, que fundada en 1643, por el obispo Palafox en persona, decían como para aumentar su prestigio, y que tramitó su agregación en Roma hasta más de un siglo después, en 1772.

DSCF3468Las corporaciones que no podían enviar comisionados hasta la Corte Pontifica, podían obtener la agregación por el intermedio de las ya fundadas. Allá por 1790, la sacramental de Tepotzotlán podía presumir de contar incluso con una copia de la bula de la que obtuvo la de la Ciudad de México, que le servía para justificar su propia agregación.

Desde luego, a la agregación correspondían ciertas responsabilidades, la más notoria era la procesión con el Santísimo del tercer domingo de mes, la llamada justamente “de Minerva”. Obligación repetida una y otra vez en las constituciones de las cofradías novohispanas, con detalles particulares: en Celaya, en Tepotzotlán y en la parroquia de Santa Ana de Querétaro se hacía al interior de la iglesia parroquial, en otras por el atrio como en la de San Sebastián de Querétaro, pero en cualquier caso era una procesión estrechamente asociada a la iglesia parroquial. En  Iztapaluca y en San Luis Potosí, le seguía una misa cantada, durante la cual seguía expuesto el Sacramento, y los cofrades, previamente confesados, comulgaban para obtener la indulgencia. Conllevaba también sus oraciones, las preces al Santísimo Sacramento, que en principio los cofrades debían poder acompañar. Procesión con velas o cirios, implicaba en fin un costo económico importante, no sólo en la limosna del celebrante sino sobre todo en la cera.

El prestigio romano y las indulgencias servían así para difundir por todos los rincones del mundo católico el dogma tal vez el más caro a la Reforma católica, el de la presencia real en la Eucaristía, lo mismo que unas prácticas cultuales (la procesión, la misa cantada, el alumbrado, las preces) y devocionales (la confesión sobre todo), e incluso la cercanía a la que debía ser la principal iglesia de cada pueblo, villa y ciudad, la parroquial. En efecto, las bulas pontificias establecían que sólo pudiera haber una archicofradía sacramental por parroquia, e incluso una sola en cada población, lo que no evitó sin embargo que otras, bajo diversos títulos, como las congregaciones de Cocheros y del Alumbrado que se fundaron a finales del siglo XVIII, reprodujeran varias de sus prácticas, profundizando así el impulso dado desde Roma a la cultura del catolicismo barroco.