Archivo de la etiqueta: París

Una imagen parisina

Las imágenes religiosas del catolicismo, símbolos a la vez universales pero al mismo tiempo profundamente locales, circulan por el mundo de la mano de sus fieles desde hace siglos. Numerosas son las que atravesaron el Atlántico con los conquistadores y colonizadores desde el siglo XVI en adelante. También las ha habido que han hecho el camino inverso, la foto que aparece abajo muestra justamente a dos imágenes latinoamericanas, una y otra con una larga y compleja historia, que hoy coinciden en una misma capilla, no en una iglesia americana sino en la Catedral de Notre-Dame de París.

DSCF3741Aunque no conozco estudios a profundidad al respecto, entiendo que la Guadalupana del Tepeyac llegó ahí gracias al “exilio dorado” del Porfiriato (por usar el término de una colega que lo estaba estudiando hace tiempo). Esto es, habría llegado en las primeras décadas del siglo XX, junto con un grupo de creyentes elitista y acomodado. El contraste es particularmente interesante, pues el Señor de los Milagros, peruano, es en cambio un “nouvel arrivant” a esa capilla, aunque ya desde poco más o menos una década se celebra el “Mes Morado” en París. Desde luego, se trata de la aportación de la comunidad de migrantes peruanos, mucho más modesta que aquellos porfiristas, pero más activa y presente en las actividades religiosas de las iglesias de la capital francesa. En efecto, si la comunidad peruana es hoy de católicos practicantes, la mexicana no tanto, y aunque se conserva en el calendario de la Catedral la misa del 12 de diciembre, es más bien pretexto para una celebración profana con mariachi en el exterior de la iglesia.

Cabe decir, además, que esta foto constituye un dato, desde luego, para la historia religiosa francesa, pero que también habla en alguna medida de su historia política. Es interesante que la Catedral haya abierto sus puertas a los símbolos de las comunidades mexicana y peruana. No queda sino preguntarse, desde luego por otra comunidad de América presente en la capital desde tiempo atrás, de tradición católica y francófona: la de Haití. Y claro está, por las imágenes de otras comunidades de África, Medio Oriente y Asia igualmente importantes en la ciudad. Desde luego esto no quiere decir que la iglesia parisina no les haya abierto sus puertas: las comunidades de extranjeros católicos se hacen presentes incluso en la Catedral, como vemos en este video de la procesión justo del Señor de los Milagros de 2010.

Señor de los Milagros 2010 por davidclopez

Empero, no hay ninguna otra que cuente con algo de la importancia simbólica de una presencia permanente en una capilla de la Catedral. Los franceses no parecen tener problema con la Virgen Morena mexicana y el Cristo Moreno peruano, pero con los eventos de estos días sería interesante saber si serían sensibles, por ejemplo, a imágenes sirias u subsaharianas. El francés es un catolicismo en que hoy ya existen “presbiterios blancos y naves multicolores” como decía hace años ya un religioso en la radio, mas es una nación en que la cuestión étnica está lejos de haberse resuelto, y para la que el catolicismo no ha dejado de tener alguna significación. El futuro de los altares parisinos acaso sea un buen índice para confirmar las evoluciones políticas o religiosas de la que antaño fue la “hija predilecta de la Iglesia”.

Notre-Dame de Paris

FachadaAquí una última entrada parisina, a propósito de la que es sin duda la iglesia más conocida de la ciudad, la Catedral de Notre-Dame. Mas en esta ocasión quisiera no hablar tanto de su historia, como de su vida religiosa actual. En efecto, a pesar de las apariencias, la Catedral no es sólo un atractivo turístico de París, aunque es bien cierto que la mayor parte de sus visitantes son turistas y que sus ingresos dependen en buena medida de la compra de cirios y veladoras con la imagen de la Virgen, que asimismo son los turistas quienes más compran. La vida religiosa y litúrgica de la Catedral está lejos de reducirse a algunos horarios como dicen algunos: en medio de la multitud de turistas, los capellanes y canónigos de la Catedral dedican buena parte de la jornada a escuchar confesiones en las capillas laterales (y siempre hay fila de espera, aunque corta) mientras que todas los días se celebran cuatro o cinco misas, además de los oficios de Laudes y Vísperas, ya en el altar mayor o en el del coro, la adoración del Santísimo Sacramento los jueves (especialmente querida de los fieles franceses) y la de las reliquias de la Pasión los primeros viernes de mes (especialmente cara a los fieles de origen ruso), además de las numerosas celebraciones que implica el calendario litúrgico. Como cualquier catedral del mundo católico, Notre-Dame celebra, y de manera especialmente notable todas las festividades del año, siendo especialmente visitada por franceses y extranjeros en los momentos fuertes de éste. Por ejemplo, para la misa de Navidad, la misa de medianoche, de la cual, como dice el rector arcipreste, no vale preguntar su horario porque es puntualmente a la medianoche. Asimismo, para las celebraciones de la Semana Santa, especialmente la misa crismal y la del domingo de Pascua, o para las ordenaciones sacerdotales a finales de junio, cuando se reúne una pequeña multitud que habla, en principio, francés.

A ello hay que agregar que la catedral, como iglesia principal de la diócesis, es punto de reunión de todas las comunidades extranjeras residentes en la ciudad, que son muchas. Lo mismo recibe a la comunidad peruana para la procesión de la imagen del Señor de los Milagros a principios de noviembre, que a la comunidad mexicana para la misa de la Virgen de Guadalupe en diciembre, a los ukranianos de rito greco-católico en febrero, a los armenios en la fecha del memorial del genocidio de principios del siglo XX, y de cuando en cuando a vietnamitas, haitianos, africanos y un amplio etcétera.

Para organizar todo ello, la Catedral es ante todo una pequeña comunidad. No me refiero sólo a los sacerdotes, que encabezados por el rector arcipreste Monseñor Jacquin, destacan por su formación intelectual (que se puede constatar en las conferencias de Cuaresma y Adviento), por sus competencia en varios idiomas y por sus origenes diversos. Además, existe un medio centenar de empleados de la catedral, entre sacristanes, recepcionistas y guardias, y hay que destacar también a los voluntarios, que se ocupan lo mismo de la distribución de las hojas de los oficios del día, que de distribuir la comunión. Hay también un pequeño contingente de fieles asiduos de la catedral, lo mismo algunos jóvenes de los colegios y movimientos católicos (los scouts en particular), que adultos y personas mayores, algunos por cierto “originarios de la migración” como dicen aquí, es decir de ascendencia subsahariana, filipina, española, portuguesa, china, malgache, etcétera. De hecho es de destacar la presencia indú entre los guardias de la Catedral, algunos de conversión relativamente reciente, y cuyos hijos han recibido en ella los sacramentos iniciales. Entre los fieles, una antigua corporación: los caballeros del Santo Sepulcro, que asisten sobre todo en la custodia de las reliquias de la Pasión y en las procesiones con la imagen de la Virgen.

Por supuesto hay que mencionar la célebre Maîtrise de la Catedral, sus tres prestigiosos coros de adultos, jóvenes y niños, dirigidos hoy por el maestro Lionel Sow, quienes interpretan en las celebraciones cotidianas, y también para numerosos conciertos y audiciones gratuitas o de bajo costo, una selección musical siempre acorde con el contenido religioso de la celebración. Al lado de los coros, por supuesto, los organistas, músicos profesionales de gran talla que sorprenden con sus ejecuciones de obras clásicas y con improvisaciones para cada ocasión, y que son especialmente apreciados por los fieles franceses, mucho más sensibles al órgano que en la tradición hispana. Son todos ellos quienes hacen que la Catedral sea mucho más que un edificio histórico. No puedo menos que subrayar que la Catedral se hace notar por el cuidado de la liturgia, por la música sin duda, pero en general por el cuidado en el respeto de lo sagrado y del sentido religioso de todas las celebraciones.

En fin, la Catedral tiene también una vida política importante: es prácticamente el templo nacional francés. En efecto, esta república laica se distingue por carecer de ceremoniales laicos para la memoria de sus muertos, por lo que, de manera muy natural, Notre-Dame ve la llegada del presidente de la República, de los ministros y el alcalde de París, recibidos como corresponde por el arzobispo y el rector arcipreste, con motivo de funerales nacionales. Aunque la otra catedral católica de la ciudad, Saint-Louis-des-Invalides, la del obispo del Ejército, es la que tiene mayores responsabilidades, en Notre-Dame se han celebrado por ejemplo el homenaje nacional de las víctimas del vuelo Río de Janeiro-París en 2009, o los funerales del presidente Miterrand en 1996. Por todo ello, la Catedral de Notre-Dame de París, es hoy y creo por largo tiempo más, un lugar para la historia religiosa y política francesa y del catolicismo europeo del siglo XXI.

Un paseo por el París de los devotos II

Ya que hemos atravesado los jardines de Luxemburgo, avancemos por la rue de Vaugirard para llegar al Instituto Católico de Paris, “la Catho” como le dicen los franceses, prestigioso centro de formación de la que han salido buen número de teólogos de Europa y América.

El ICP se encuentra instalado en lo que fuera el antiguo Saint Joseph des Carmesconvento de carmelitas de París, del que subsiste su iglesia, la de San José de los Carmelitas. Esta iglesia barroca del siglo XVII, construida con el apoyo de la reina María de Médicis, es célebre no tanto por su arquitectura, sino por haber sido el teatro de una de las más célebres masacres de la Revolución Francesa, la del 2 de septiembre de 1792, durante la cual un grupo de poco más de un centenar de clérigos (sacerdotes y obispos) fueron asesinados por la multitud. Hoy en día, las reliquias de estos “mártires de septiembre”, elevados a los altares por el papa Juan Pablo II, se veneran en la cripta de la iglesia, donde se encuentran también las de otro de los grandes protagonistas de la historia religiosa francesa, pero del siglo XIX, Frédéric Ozanam, fundador de las conferencias de Saint-Vincent-de-Paul. Sin olvidar todo ello, la cito precisamente por su origen: sede de una orden reformada, los carmelitas descalzos, llegada a Francia como parte de los esfuerzos de la Reforma católica para reanimar la vida religiosa en un sentido más estricto. No fue casualidad que los religiosos se instalaran ahí, pues el barrio en su conjunto se convirtió en el siglo XVII en uno de los puntos más activos de los devotos católicos.

Saint Vincent de PaulAsí, si avanzamos un poco por la rue d’Assas y luego por la rue de Sèvres hacia el poniente, encontraremos algunos de esos históricos establecimientos, por ejemplo el antiguo hospital de los Incurables, llamado más tarde hospital de Laennec, enfrente del cual se encuentra la capilla a la que se trasladaron en el siglo XIX los padres lazaristas, llevando consigo las reliquias de su fundador san Vincent de Paul, mismas que vemos en la imagen. De este ilustre santo varón de la Reforma católica hay mucho que decir. Figura tal vez la más importante de la caridad de la época, se distinguió por su trabajo con los presos condenados a galeras, fundó en 1625 la congregación de la Misión, los lazaristas, por habérseles concedido la administración del gran leprosario de París, el de Saint-Lazare (terrenos de la actual estación de tren de ese nombre). Impartió conocidas conferencias de caridad y reforma de las costumbres que atrajeron a los notables de la época, incluyendo al rey Luis XIII (a quien asistió en sus últimos momentos), organizó un seminario de sacerdotes misioneros, además de la congregación de las Hijas de la Caridad.

Interior Capilla Misiones ExtranjerasPero si de misioneros franceses del siglo XVII se trata, hay que avanzar hacia el norte por la rue du Bac para visitar el seminario de las Misiones extranjeras de París, organizado por los jesuitas en 1663. De este histórico lugar salieron los evangelizadores del Extremo Oriente: Indochina (es decir los actuales Vietnam, Laos y Camboya), Tailandia, China y la India fueron sus principales lugares de destino. Con el tiempo, en los siglos XVIII y XIX, tendrían también un lugar destacado en la evangelización de Corea y de Japón, y hasta la fecha sigue siendo un importante centro de colaboración entre el catolicismo francés y el asiático. La congregación y su capilla, la de la Epifanía, contaron también con el apoyo de los grandes nombres del catolicismo francés: Bossuet, el gran obispo de Meaux, fue quien pronunció el primer sermón, obteniendo también el respaldo de Luis XIV.

Nave centralEstando en la rue du Bac no estaría mal hacer una parada en la capilla de la Medalla Milagrosa, pero ello nos adentraría mucho más en el siglo XIX, por lo que conviene mejor seguir nuestro camino hacia el centro de este barrio: la gran iglesia parroquial de Saint-Sulpice. Respaldada por la reina Ana de Austria y el príncipe de Condé, la iglesia fue construida a partir de la década de 1640, y aunque consagrada poco después, su fachada se terminó hasta 1745 y el edificio en su conjunto hasta finales del siglo XIX. Iglesia monumental, pensada para una capacidad de 10 mil personas, punto central de la nueva Roma que debía ser este barrio parisino, cuenta hoy con numerosas obras de artes, destacándose las tumbas de los curas Languet de Cergy y del abad de Bernay. Mas Saint-Sulpice se hizo además célebre por su párroco Jean-Jacques Ollier, un ilustre devoto, director de conciencia, maestro guía de las oraciones de sus penitentes y parroquianos, pero sobre todo fundador del seminario del mismo nombre de la parroquia donde se formaron casi dos mil clérigos del siglo XVII francés, párrocos sobre todo, pero entre ellos también hombres de letras como Fénelon. Además el seminario construirá una importante red por todo el reino que dará origen a toda una escuela de sacerdotes “sulpicianos”, conocidos por su rigorismo y su formación espiritual.

Tumbas de Dom Mabillon, DescartesPara terminar el recorrido por el 6o. distrito, apenas un par de calles al norte de Saint-Sulpice, se encuentra la iglesia de la antigua abadía benedictina de Saint-Germain-des-Près. Al principio guardaban entre sí una relación semejante a la de la abadía de Sainte-Geneviève y la parroquia de Saint-Étienne-du-Mont, pero luego Saint-Sulpice se emancipó. Abadía antigua, data de los primerios reyes merovingios, quienes la destinaron a albergar prestigiosas reliquias de tiempos de las persecuciones, en concreto la túnica de San Vicente de Zaragoza. En el siglo XVII la abadía conoció un renacimiento intelectual especialmente notable, siendo cabecera principal de la congregación de Saint-Maur, a la que he hice alusión en la entrada anterior. En efecto, los mauristas se destacaron por su erudición, especialmente en materia de fuentes históricas, destinadas desde luego a validar o negar muchas de las viejas tradiciones del catolicismo. Es decir, fueron ellos pusieron las bases de la diplomática y de la crítica documental, para determinar por ejemplo la autencidad o falsedad de un documento. Su biblioteca y sus propios trabajos fueron muy importantes en su día, destacándose en particular dom Jean Mabillon, hombre de controversias eruditas que dieron origen a obras como De re diplomatica, un tratado sobre la autentificación y datación de documentos en respuesta a la obra de un jesuita holandés, Papenbroeck. Mabillon fue también autor de un Traité des études monastiques, sobre la posición que este tipo de trabajo debía tener en la vida monástica. Dom Mabillon fue desde luego enterrado en la iglesia de la abadía, donde también descansa otro de los sabios teólogos del siglo XVII francés: René Descartes. En la imagen, de la que pido mil disculpas por su mala calidad, aparecen los epitafios de ambos y el de dom Bernard de Montfaucon, también monje erudito, traductor y editor de obras de los Padres de la Iglesia.

La iglesia de Saint-Germain-des-Près, a pesar de la austeridad de su fachada, es en su interior un templo amplio que conjunta diversos estilos, desde el gótico al barroco, y bellas obras de arte, entre las cuales se destaca la magnífica tumba del rey de Polonia Juan Casimiro Vasa. Mas dejemos ya el 5o. distrito, para una visita más, un tanto alejada de esta zona de la ciudad, pero que es cuando menos obligatoria para terminar de conocer el París de los devotos.

FachadaCierto, los establecimientos de caridad y de beneficencia, los seminarios, las abadías y las parroquias que hemos recorrido son todas importantes, pero faltan los testimonios de una orden que está especialmente asociada a la Reforma católica: la Compañía de Jesús. Para ello debemos avanzar hacia el norte, tomando sin duda el metro, línea 4 y luego línea 1, hasta el Marais, barrio que debe su nombre al hecho de ser una antigua zona pantanosa que, debidamente desecada, se convirtió en el barrio de la nobleza, y en particular de la nobleza devota, en el siglo XVII. Ahí, con el respaldo del rey Luis XIII en persona, los jesuitas comenzaron la construcción de su casa profesa en 1627, levantando esta magnífica iglesia, imitando su casa matriz, la iglesia del Gésu de Roma, dedicada por supuesto a San Luis Rey. Cuando se concluyó en 1641, asistió a su consagración la corte en su conjunto: a pesar de su enemistad con los jesuitas, el cardenal Richelieu fue quien ofició la primera misa, que contó también con la participación del Bossuet, obispo de Meaux, y con la asistencia del rey y la reina, el príncipe de Condé y los más altos dignatarios del reino. Contó por entonces también entre las asiduas de la iglesia a la marquesa de Sévigné, una de las damas más conocidas del París de la época, sobre todo por la edición de su correspondencia.

Alegoría la fe y la idolatríaEl interior del templo, muestra claramente que se trata de una iglesia jesuita: como la orden no tiene obligación de celebrar el oficio divino, a diferencia de la mayor parte de las iglesias parisinas, ésta no tiene coro. Desde el momento en que se accede, se tiene a la vista el altar mayor, muy bien iluminado a través de los ventanales de la cúpula, que se encuentra justo sobre el transepto. Si bien hoy en día no tiene el mismo esplendor que en el XVII, el visitante puede sin duda interesarse en el “Cristo en agonía en el monte de los Olivos” de Delacroix, y las alegorías de la fe y de la idolatría que se encuentran en los extremos del transepto. El visitante idenficará sin duda, en las garras de la idolatría a una mujer con un tocado de plumas, representación de América, pues los devotos de la época patrocinaban también la evangelización más allá del Atlántico, en este caso en particular, en el Canadá francés.

La memoria religiosa de la Revolución en París

Para comenzar el año una entrada dedicada a un tema, creo que por primera vez, sin relación directa con México: los lugares de la memoria religiosa de la Revolución francesa. El tema lo he venido descubriendo con fascinación al asistir al seminario que coordinan los profesores Philippe Boutry y Dominique Julia en el Centro de Antropología Religiosa Europea de la EHESS. Desde luego, esta breve nota dista muchísimo del contenido y de la calidad de las intervenciones que se presentan en dicho seminario. Únicamente quiero mostrar tres de los lugares de esa memoria religiosa que se encuentran aquí en París: la capilla expiatoria, el cementerio de Picpus y la iglesia de San José de los Carmelitas.

Altar principalLa capilla expiatoria, que Chateaubriand calificara del monumento más bello de la ciudad, fue construida durante la Restauración para honrar a las dos víctimas más célebres de la Revolución: Luis XVI y María Antonieta. Entonces, los eventos revolucionarios constituían más bien una memoria incómoda, difícil de gestionar, por lo que el monumento, con todo y que es ciertamente muy elegante, no es sino una pequeña capilla funeraria que alberga un sobrio altar principal a cuyos costados erigen las estatuas de los reyes con sus respectivos “testamentos”. Lo pongo entre comillas porque mientras que el del rey es en efecto eso, un testamento dictado a sus abogados defensores, el de la reina es una célebre carta dirigida a su cuñada, Madame Elisabeth.

Marie Antoinette sostenida por la ReligiónDesde luego, es ya significativo que se haya elegido una capilla como monumento, y que las estatuas y los testamentos contengan sobre todo referencias religiosas. Mientras que a Luis XVI un ángel le muestra el cielo, la reina es confortada por una alegoría de la religión. En cuanto a los textos, ambos insisten en la fidelidad de los monarcas a la Iglesia, un hecho entonces controvertido por el apoyo inicial de la Corona a las reformas eclesiásticas revolucionarias (la Constitución civil del clero). María Antonieta aparece en la carta como una madre preocupada por sus hijos, que encarga amorosamente a su querida cuñada, ella sí por cierto modelo de devoción en la Corte, mucho más que la propia reina. No está de más recordarlo, aunque la Santa Sede cerraría pronto cualquier posibilidad al respecto, no faltaban quienes veían en los reyes auténticos mártires de la fe que había que canonizar.

Fosa 2Si la capilla expiatoria es el monumento de la realeza, el cementerio de Picpus lo es de las familias nobles de Francia. En la muy cercana plaza del Trono, o del Trono invertido durante el Terror, fueron ajusticiados un amplio número de nobles de las principales familias del Antiguo Régimen: La Rochefoucauld, Polignac, Montmorency, Montalambert, Noailles, La Fayette y un largo etcétera. Sus cuerpos, según descubrió posteriormente una de sus descendientes, fueron depositados en dos fosas comunes, convertidas en cementerio privado bajo la Restauración (hoy en día el único cementerio privado de París), construyéndose a un costado una capilla y un convento de religiosas para sacralizar el lugar y orar por los nobles difuntos.

La FayetteA lo largo de los siglos XIX y XX, los descendientes de aquellas familias nobles siguieron enterrándose en Picpus, al lado de sus antepasados, asimismo mártires, lo que ha convertido el lugar en un auténtico memorial nobiliario, donde es posible encontrarse reunidos lo mismo a los nobles del siglo XIX, comprometidos con el legitimismo, que a los que combatieron en el siglo XX durante la Segunda Guerra Mundial, del lado de la Resistencia. Sin embargo, la tumba más visitada es sin duda la del marqués de La Fayette, que ostenta los honores que le corresponden como héroe de la independencia de Estados Unidos, a pesar de la difícil memoria sobre su ambigüo papel en los primeros años de la Revolución.

Saint Joseph des CarmesEn fin, la actual iglesia del Instituto Católico de París, lugar de una memoria más eclesiástica. Aquí estuvieron prisioneros los llamados “mártires de septiembre de 1792”, víctimas del Terror desatado apenas caída la monarquía. Un poco más de un centenar de clérigos, incluyendo 3 obispos, que se negaron a jurar la Constitución civil o de religiosos “sospechosos” por diversos motivos (a comenzar por su estado clerical). A pesar de los diversos problemas que comprendía la situación de cada uno, fueron finalmente canonizados bajo Juan Pablo II y el día de su conmemoración suele ser una oportunidad para un evento importante para la vida religiosa de la ciudad. Lugar de referencia para el catolicismo del siglo XIX, no es casualidad que albergue también la tumba del beato Fredéric Ozanam, fundador de las conferencias de San Vicente de Paul, una de las grandes obras del catolicismo social francés.

No está de más recordarlo, la Revolución francesa fue un evento que impactó profundamente a los creyentes de la época, que tuvieron serias dificultades para encontrarle un sentido. Todos estos lugares son buena muestra de ello. Hubo esfuerzos, a veces muy tempranos, por convertirlos en memoriales de mártires y por tanto en depósitos de reliquias de santos, y de enlazarlos de alguna forma con el modelo de los mártires de los primeros siglos del cristianismo, a los que el propio siglo XIX tuvo especial fervor. Mas las ambigüedades de la actuación de muchos, producto precisamente de la complejidad de la Revolución misma, complicaron dicha tarea, empero no sin legarnos monumentos de gran interés para la historia religiosa francesa pero también para la construcción memorial en general dentro del mundo católico contemporáneo.

LAÏ-CITÉ

LaïcitéEn la entrada de la Ciudad Internacional Universitaria de Paris, justo frente a la Maison Internationale, se encuentra un gran círculo donde están inscritos algunos de los principios fundadores de la institución. En este artículo queremos llamar la atención sobre uno de ellos: la laicidad. “Concebida desde su fundación como un espacio laico –dice en francés el mensaje que evocamos– la Ciudad Internacional no dispone de ningún lugar de culto”. Sin duda se trata de un magnífico y directo mensaje de bienvenida de la concepción francesa de la laicidad para todos los visitantes y residentes recién llegados. Es la entrada de un “espacio laico”, vacío por tanto de toda forma de manifestación religiosa. Y es que en efecto, la desaparición de la religión del espacio público constituye acaso la más importante de las implicaciones de la laicidad, al menos en su versión francesa. Desde luego se trata de una eliminación comprensible a la luz de la historia de una experiencia compartida con otros países del mundo, en su mayoría países que conocieron la catolicidad de la época clásica. Entonces, entre los siglos XVI y XVIII, poco más o menos según el caso, tuvo lugar en todos los países católicos un gran esfuerzo de sacralización del espacio y el tiempo. Con diferencias de ritmo, de profundidad y en cuanto a los logros, tuvo lugar en aquel momento una empresa educativa de escala global dirigida a hacer de todos los individuos auténticos fieles, y de la sociedad una iglesia, entendida como un amplio conjunto de corporaciones religiosas, de la que la autoridad civil constituía el brazo protector. Consecuentemente, era posible encontrar, de manera cotidiana y en todas partes (semper et ubique) los símbolos visibles y sonoros de la catolicidad.Fachada

Aún en nuestros días es posible ver algunos de los testimonios de ese Antiguo Régimen, incluso en una ciudad secularizada como París. En efecto, dispersos entre el 6o. y el 7o. distritos de esta urbe, podemos encontrarnos los edificios dedicados al culto, a la oración, a la caridad y a la formación de sacerdotes que dominaban entonces, por sus dimensiones y por su número, el espacio urbano de la antigua parroquia de San Sulpicio. Citemos sólo algunos de ellos: las Misiones Extranjeras (rue du Bac), el hospicio de los Incurables (antiguo hospital Laennec), San José de los Carmelitas (hoy Instituto Católico de París, en la rue Vaugirard), la congregación de la Misión (rue de Sèvres), y desde luego, la monumental iglesia parroquial ).

En un contexto tan fuertemente imbuido de la religión, la construcción del Estado moderno no pudo construirse sino enfrentándose con ella. Tal es, sin duda, el rasgo más importante de la historia del siglo XIX, e incluso de la primera mitad del siglo XX en los países católicos. En todas partes tuvo lugar el enfrentamiento entre las dos instituciones nacientes, la Iglesia y el Estado, erigidas sobre las antiguas corporaciones y tomando por lo general las banderas de la tradición y la modernidad respectivamente. Fue éste un enfrentamiento que por momentos adquirió tintes sangrientos, bajo la forma de guerras civiles, o de dramas más cotidianos en el marco de las interminables querellas locales y de las batallas por el control del gobierno, del espacio, de la sociedad y de la escuela, por recordar sólo algunos de sus escenarios. Desde luego, hubo también períodos más o menos prolongados de moderación, durante los cuales fue posible la conciliación de la tradición confesional y las nuevas formas de libertad política. Un equilibrio frágil que tarde o temprano dejó paso a la confrontación directa.

Recordemos tan sólo el conflicto por el espacio público, que a pesar de la diversidad de los casos, se concretizó sobre todo en la prohibición de las procesiones religiosas –sobre todo las de la Semana Santa y Corpus Christi–, de los toques de campanas e incluso a veces toda forma de celebración religiosa fuera de los templos. Además, el Estado hizo cuanto pudo por impregnar el espacio con su propia marca. Sobre todo a partir de mediados del siglo XIX, se construyeron los nuevos espacios “neutros” de la laicidad. Fue el caso de los grandes edificios públicos, verdaderas catedrales laicas por su monumentalidad y su decorado, además de los lugares de reunión masiva y de celebración de fiestas nacionales, como los teatros, los jardines y las grandes avenidas, donde las estatuas de los héroes de la patria reemplazaron las de los santos.

Y es que era además el momento del aprendizaje de los valores cívicos, y las calles, las plazas y los cruceros se transformaban en los protagonistas del nuevo culto patriótico. Tal era también el caso de los grandes monumentos de la modernidad, como los nuevos medios de comunicación, principalmente las estaciones de ferrocarril. En estos nuevos espacios, las procesiones dejaron paso a los desfiles militares o cívicos y a las manifestaciones, en tanto que los antiguos peregrinajes fueron desplazados por las visitas, antecedentes del actual turismo, así como los relojes de las municipalidades y los ruidos de la modernidad debían reorganizar el paisaje sonoro. Nuevamente la ciudad de París nos ofrece el ejemplo por excelencia de la reorganización urbana del siglo XIX, hasta el punto de haberse convertido en referencia para numerosas ciudades del resto del mundo. Por supuesto, los defensores de la tradición lograron erigir también nuevos monumentos para responder y limitar los alcances de la secularización del espacio, pero sin llegar nunca a restablecer el espacio católico de antaño. Así, incluso en nuestros días, se erigen a veces frente a frente los símbolos del conflicto, como la Torre Eiffel y la basílica del Sagrado Corazón, competidores de otro tiempo en la lucha por ganar el espacio parisino para la modernidad o para la religión.

Cabe decir, los defensFachadaores de la modernidad y del progreso pensaban frecuentemente que, al término del conflicto, la religión simplemente habría de desaparecer. Por supuesto, eso no ocurrió, incluso si la práctica religiosa ha declinado en algunos países de la antigua catolicidad, de Europa occidental casi exclusivamente. En cambio, en la mayor parte del mundo lograron afirmarse las libertades de conciencia y de culto, a veces hasta la separación completa de la Iglesia y el Estado. El de la religión misma se modificó, pasando de un hecho de mentalidad a un asunto de opinión a lo largo del siglo XIX.

Es importante decir que todo este proceso pertenece no sólo a la historia, sino sobre todo a una memoria muy viva. En efecto, en los países que han conocido este tipo de experiencia existen frecuentemente grupos que militan por la defensa de la laicidad: profesores, juristas, universitarios, logias masónicas, y más recientemente asociaciones feministas y de otro género. En ellas es posible encontrar las más diversas declinaciones del anticlericalismo, cuyo catálogo exhaustivo elaboró en su momento en una obra clásica el profesor René Remond. Se trata de grupos que pueden ir de la defensa de la libertad de conciencia o de la crítica de las instituciones eclesiales, haciendo empero una valoración positiva de la religión, hasta el ateísmo militante. Entre los grupos más radicales no es raro encontrar una conducta no menos marcada por la impronta religiosa.

Así pues, es posible sin duda comprender la historia y la memoria de la laicidad. Se trata, repetimos, de una historia cuya problemática, aunque no necesariamente sus soluciones, han sido compartidas por la mayor parte de los países católicos. Es además una lucha inspirada normalmente por valores que, como la libertad de conciencia, nos inspiran incluso hoy en día. Sin embargo, comprender ese proceso, el de la construcción de la laicidad, obliga a formularnos la cuestión de la actualidad de la exclusión de la religión del espacio público en nuestros días. En efecto, hay que decir que el Estado contemporáneo se ha consolidado en la mayor parte de los países de tradición católica, mientras que el principio de libertad religiosa ha sido aceptado también por la propia Iglesia católica desde el Concilio Vaticano II. Ha habido otros puntos de aproximación importantes. Por lo que toca al espacio público, las dos partes del antiguo conflicto comparten históricamente ciertas ideas sobre su uso, principalmente las preocupaciones heredadas de la época de la Ilustración de garantizar su dignidad, higiene y “decencia”. Tales principios generan un amplio consenso también hoy en día.

Por otra parte, en la Iglesia católica como en otras religiones contemporáneas, existen esfuerzos por “desprivatizar” la religión, es decir, ganar presencia pública respetando el principio de libertad religiosa. Tales esfuerzos constituyen la raíz de varios movimientos sociales y políticos, así como luchas de resistencia étnica en diversos puntos del planeta. Es el caso del catolicismo, lo mismo en la teología de la liberación latinoamericana que en los países donde los católicos constituyen una minoría, como el Medio Oriente o China. Pero es también el caso del budismo de Myanmar y del Tíbet, o de los movimientos evangélicos y bautistas de los Estados Unidos. Así pues, las condiciones del antiguo conflicto han desaparecido y, en cambio, existe hoy en día una participación legítima de las religiones en la esfera pública, dentro de la aceptación de la libertad de conciencia. Sobre ello ha argumentado ampliamente el sociólogo español José Casanova, quien ha documentado ampliamente las formas que ha tomado dicha participación, contra el autoritarismo político, contra la deriva de la autonomía de la esfera secular respecto de toda consideración ética, o para proteger las tradiciones de ciertas comunidades étnicas. En ese contexto, no puede sino dudarse de la necesidad de continuar con la exclusión de la religión del espacio por excelencia de la convivencia internacional y del multiculturalismo de la ciudad de París.