Archivo de la etiqueta: Obispos

La romanización de la Iglesia Mexicana

Desde hace tiempo me he venido preguntando cuáles son los términos, las categorías para decirlo mejor, más adecuadas para referirnos a la historia de la Iglesia mexicana de los siglos XVIII y XIX, en particular para esas figuras que ejercen su liderazgo por antonomasia, los obispos. Casi sobra decirlo, si hiciéramos una historia estrictamente confesional, eso se soluciona relativamente con el catálogo de las virtudes cardinales y teologales. Al contrario, si se hace desde perspectivas anticlericales más o menos radicales, basta la acumulación de términos negativos.  En fin, si nos limitamos a una narración meramente formista, preocupada sólo por presentar el detalle de unos acontecimientos sin tratar de integrarlos en ningún otro conjunto, podríamos ahorrarnos el asunto. Mas para decir algo más preciso, sobre ellos y sus proyectos, sobre sus relaciones con el poder, sobre sus actividades pastorales, al menos para esa época, la historiografía ha utilizado términos como “regalista”, “ilustrado”, “galicano”, “liberal”, “ultramontano”, etc. Empero, todos ellos requieren una cierta reflexión, que no todos los historiadores emprendemos.

De ahí mi interés por presentar en esta ocasión esta exposición de una historiadora con amplia experiencia en estas materias, la Dra. Marta Eugenia García Ugarte. No es la primera vez que la presentamos en este espacio, es una especialista en el episcopado de los siglos XIX y XX, autora de  obras monumentales como Poder político y religioso. México, siglo XIX, centrada en la figura del arzobispo Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos. En esta ponencia presentada en el Centro de Estudios de Historia Religiosa de la Universidad Católica Portuguesa en 2012, la profesora García Ugarte reflexiona sobre la pertinencia del uso del término “romanización” para referirse a la Iglesia mexicana, que la lleva por dos caminos muy concretos: la presencia de un representante de la Santa Sede en México y la de un grupo de poder al interior del alto clero mexicano muy de finales del siglo XIX y de principios del siglo XX, que justo había estudiado en Roma y que giraba alrededor de Antonio Plancarte. Por supuesto, esto no deja de abrir otras preguntas, pues si no es como romanización, cabría acaso preguntarse con que otros términos entonces describir a esas otras generaciones de obispos de mediados del siglo XIX que lucharon entonces contra el liberalismo.

 

Un arzobispo de México reformando la capilla real de Madrid

Retrato del arzobispo Pedro José Fonte, tomado del sitio web de la Arquidiócesis primada de México.

Don Pedro José de Fonte y Hernández Miravete fue arzobispo de México, residente desde 1815, abandonó la arquidiócesis a principios de 1823 a consecuencia de la independencia, y pasó el resto de su vida en España. En otro momento le hemos dedicado espacio en este blog a las cartas en las que explicaba a la Corona y a la Santa Sede su salida de México. Aunque está más allá de mis alcances presentar aquí de manera detallada su vida en la Península, cabe destacar que, sobre todo al final de ella, estuvo lejos de permanecer inactivo. De hecho, tuvo una participación, si no protagónica, al menos importante en la España de la revolución liberal tras la muerte del rey Fernando VII, en el régimen liberal moderado de la regencia de María Cristina.

En principio, fue miembro e incluso presidente de la Real Junta Eclesiástica nombrada para la reforma del clero en 1834. Fue miembro también del Estamento de los Próceres, la Cámara alta de las Cortes formadas conforme al Estatuto Real de 1834. Desde ahí alzó su voz contra la desamortización del gobierno de Juan Álvarez Mendizával en 1836, como se sabe bien por la publicación, en México por cierto, del discurso que pronunció en abril de ese año. Éste, ilustra bien su aceptación de un régimen representativo y liberal, así como la necesidad de la reforma de la Iglesia y de las órdenes religiosas, pero también los límites que ponía al respecto: reforma no era supresión, el clero no dejaba de ser útil al Estado.

Al año siguiente fue nombrado pro-capellán y limosnero mayor de la reina, con título de Patriarca de Indias. Como el capellán titular, por tradición de la monarquía, era el Arzobispo de Santiago de Compostela, el pro-capellán Patriarca era el verdadero organizador de la Capilla Real. Fonte murió en ese cargo en junio de 1839, siendo todavía tratado en los documentos oficiales como “arzobispo de Méjico y Patriarca de las Indias”. Le tocó un período difícil también para España, en particular por una crónica escasez de recursos. La desamortización de bienes eclesiásticos se hizo justo bajo el principio de pagar a los acreedores del Estado. Como cabía esperar, tampoco había recursos para mantener el fasto del culto de la Capilla Real de Isabel II. También ahí debió mostrar su talento reformador, que es justo lo que nos interesa aquí. Enseguida encontrará el lector su informe dirigido al mayordomo mayor de la reina dando cuenta de sus ajustes al personal de capellanes y músicos, que confirma su aceptación de las circunstancias, pero siempre manteniendo ciertas prioridades.

Archivo General de Palacio, Administración general, Real Capilla, leg. 1133

Exmo. Señor

Luego que llegó a mis manos la real orden de 23 de enero de este año, por la cual se dignó S.M. mandar que a la posible brevedad se formasen nuevos reglamentos para la real casa, cámara, capilla, a fin de que la contaduría general pudiese ejercer con acierto la acción fiscal que le compete, dispuse que se reuniesen en cuantos antecedentes podían suministrar noticias, oyendo sin perjuicio al receptor de la real capilla, con el objeto de adquirir la suma de datos necesaria para dar cumplimiento a lo resuelto por S.M. en la parte que me competía como prelado de la real casa, presentando un trabajo completo en lo posible; porque desde luego me propuse no limitar mi obra a la formación de la simple planta de empleos y sueldos, y darle la debida extensión, marcando las facultades y obligaciones de cada empleado, y el modo de proceder en su ejercicio y desempeño, como cabalmente se me previno con posterioridad en real orden circular de 7 de febrero último. En su virtud, como resultado de mis trabajos, tengo el honor de remitir a V.E. para que se sirva presentar al examen y aprobación de S.M. el adjunto proyecto de reglamento, formado con presencia de las antiguas constituciones del año de 1757, de varios trabajos dados en distintas épocas que no llegaron a tener efecto, del último reglamento aprobado por el señor D. Fernando 7º en 16 de marzo de 1824, de las plantas del cuerpo de capellanes de honor y de la capilla música, decretada la 1ª en 26 de junio y aprobada la 2ª por S.M. en 26 de octubre de 1834, y de todas las reales órdenes posteriores que se han comunicado a esta patriarcal sobre las demás clases de la real capilla, y que de alguna manera han modificado lo resuelto con anterioridad.

El proyecto, en general, está conforme con las constituciones y órdenes posteriores en todo lo relativo a facultades y obligaciones de los ministros y empleados, y sólo se han hecho en este punto algunas variaciones de bien poca consideración, teniendo para ello presentes las distintas épocas y circunstancias, pero siempre con sujeción al espíritu de las reales disposiciones recientes. Las únicas alteraciones que he creído indispensable proponer, versan sobre el personal de capellanes de honor y sobre un corto aumento de sueldo a alguna plaza de la capilla de música. Nunca he perdido de vista la economía tan necesaria y precisa en las actuales circunstancias, y esta privilegiada consideración es ciertamente la que ha presidido en mis trabajos; pero era preciso tener presente otra de no menor importancia, era indispensable no sacrificar, por decirlo así, el decoro del culto, y mi objeto por lo tanto se ha dirigido a combinar ambas atenciones, en términos de que, sin recargar con una suma excesiva la dotación de la real capilla, se tribute en ella el culto divino, si no con el brillo y la magnificencia que permitían épocas más prósperas, al menos con el decoro debido a la casa de S.M. No sé si habré conseguido mi propósito, pero sí puedo asegurar a V.E. que las alteraciones que propongo y que paso a enumerar, producen muy poco gravamen, han sido inspiradas por los deseos más sinceros del acierto, y son el fruto de la meditación.

El sueldo anual de doce mil reales señalado a cada plaza de capellán de honor en la planta vigente de 1834 es en mi concepto muy escaso para que un ministro de esta categoría, adornado de los requisitos y cualidades que el reglamento exige, pueda sostenerse en la corte con la decencia propia de su rango. La obligación de predicar los sermones de tabla que recientemente se les ha impuesto y el aumento de trabajo que ha de resultarles con la supresión de dos plazas, son también motivos muy poderosos para que deba ser mayor la dotación; por ello propongo que ésta sea de veinte mil reales anuales, pero reduciendo a doce el número de individuos de la dicha clase, en vez de catorce de que debe componerse actualmente, sin hacer mérito por de contado de los cuatro restantes del banco de órdenes, sobre cuyos sueldos no se propone variación; debiéndose también tener presente que cinco de los capellanes que hoy existen en el banco de Castilla disfrutan los veinte mil reales y dos de ellos aún más por órdenes especiales de S.M. Iguales consideraciones me han movido a proponer la asignación de diez mil reales de sobresueldo anual a cada uno de los tres dignidades u oficios, a saber: receptor, juez y cura de palacio; siendo de notar que a pesar de ser mayor dicho sobresueldo que el que hoy les está señalado, sólo resulta en los tres la pequeña diferencia de cuatro mil reales, respecto del total que perciben por las nóminas actuales. El fiscal de la Real Capilla goza hoy dos mil reales de sobresueldo; pero los trabajos a que tiene que dedicarse por razón de su oficio exigen el aumento de dos mil reales más, según propongo; cuya suma guarda cierta proporción con la señalada al juez. He creído también preciso que haya un segundo maestro de ceremonias que sustituya al primero, con el módico sobresueldo de mil reales anuales, porque este cargo es muy importante en la capilla y conviene que haya más de un individuo instruido y ejercitado en el ceremonial para que nunca falte la buena dirección y orden en las funciones y demás actos religiosos.

La sección 6ª. del capítulo 3º del proyecto de reglamento trata de mozo encargado del alumbrado y limpieza de la capilla. Esta plaza, aunque actualmente no es de planta, ha existido siempre, sus gastos se han abonado en cuentas y han sido pagados por la receptoría; y puesto que los fondos de esta ingresan en el tesoro general de la real casa, no resulta gravamen alguno de que se comprenda en nómina en lo sucesivo.

Suprimido el colegio de niños cantores, quedaron reducidos a dos los tiples de la real capilla, disfrutando cada uno conforme a las últimas reales órdenes el sueldo anual de cuatro mil reales; pero la experiencia ha demostrado que es muy difícil hallar cantores en esta cuerda por tan bajo haber, y aun se ha visto que uno de los dos jóvenes que últimamente ha desempeñado dichas plazas, la ha renunciado para buscar mejor colocación, por lo mismo designo para cada una de ellas el sueldo de seis mil reales.

Al organista único le fueron señalados en la planta de 1834 diez y ocho mil reales de sueldo, y con posterioridad se sirvió S.M. reducirlo a catorce mil reales, que es el que en el día goza. Los conocimientos artísticos que se necesitan para el desempeño de esta plaza y el lugar que ocupa en la capilla de música, son circunstancias que merecen cierta consideración. La aptitud del que la desempeñe no debe limitarse a la mera ejecución de instrumentista, es preciso que conozca la composición para improvisar cantos y acompañamientos, y que al mismo tiempo esté ejercitado en la dirección de la orquesta para sustituir, como inmediato, al maestro de capilla; por ello me ha parecido arreglado proponer se le reponga en el sueldo de diez y ocho mil reales que le marcó la planta de 1834, teniendo también presente que el profesor que desempeña esta plaza, da actualmente el trabajo que presentaban antes al menos dos organistas de tres que existían, bien dotados, y que no sería justo que el que sustituye inmediatamente al maestro de capilla tuviese menos sueldo que el músico de voz más antiguo, que sólo puede dirigir la orquesta a falta del maestro cuando el organista se hallare ocupado en el órgano.

Éstas son las únicas alteraciones que la necesidad me ha hecho proponer. Ellas están justificadas con las razones que dejo expuestas, y puede desde luego asegurarse que el exceso que resulta en el presupuesto de la capilla es de bien poca consideración, incluyendo dos mil reales que debe continuar cobrando, además de sueldo el primer ayuda de oratorio, D. Pedro de la Cámara, según le está concedido por S.M. y los diez mil reales más que ha de costar por ahora el cuerpo de capellanes de honor, hasta que vaque una plaza del banco de Castilla, como se manifiesta en el artículo 239 del proyecto de reglamento, que en atención a las circunstancias lleva el carácter de provisional, según lo expresa su artículo 141, y podrá por ahora llenar su objeto, sin perjuicio de las reformas o alteraciones que S.M. crea oportunas en lo sucesivo.

Tales son los motivos que me han dirigido en el desempeño del encargo con que me honró S.M., no sé si habré acertado a llenar sus reales intenciones en un asunto de suyo espinoso y difícil, y en que han debido tenerse a la vista para hermanarlas, muchas y encontradas consideraciones. S.M. lo calificará con su rectitud y alta sabiduría y justa, como siempre, al mismo tiempo que mejore este trabajo, creerá en la lealtad y celo con que he procurado corresponder a su confianza.

Dios guarde a V.E. muchos años. Madrid, 30 de abril de 1838.

 

Pedro, arzobispo de Méjico, electo Patriarca de las Indias.

 

Señor mayordomo mayor de S.M

Dos documentos de la reforma de cofradías de Nueva Galicia

Retrato del Dr. Juan Cruz Ruiz Cabañas, obispo de Guadalajara, sacristía de la Basílica Catedral de San Juan de los Lagos, foto de Simona Villalobos Esparza.

Esta semana presento aquí dos documentos de una reforma de cofradías que, aunque un tanto menos presente en la historiogafía mexicanista, no fue menos importante: la que realizó, a través de su primera visita pastoral, entre 1797 y 1802, el Dr. Juan Cruz Ruiz Cabañas, obispo de Guadalajara. En primer lugar incluyo un fragmento de su mandato de visita en que aparece justo el punto de las cofradías, y en que podemos destacar la definición de ellas según este prelado. Me he tomado la libertad de subrayar el vocabulario de sinónimos que utilizó para designarlas: cofradía, junta, hermandad y congregación. Quienes han estudiado el tema me corregirán, en otros contextos esos términos podían hasta formar categorías más específicas, no era el caso en nuestro prelado. Esos juegos de términos y de definiciones son, me parece, de los temas que hacen interesante el asunto de la reforma de cofradías: quien piense que puede partir de una definición abstracta y jurídica estable para tratar el asunto, puede llegar a desesperarse un poco. Sobre ello argumento un poco más en el libro Cuerpos profanos o fondos sagrados. La reforma de cofradía en Nueva España y Sevilla en el Siglo de las Luces.

El segundo documento es un fragmento de un auto de visita del comisionado que el obispo envió a las últimas parroquias que visitó, las de Nayarit. Interesa porque se trata de una recopilación de indicaciones que se fueron acumulando en los recorridos por las otras regiones de la diócesis. Esto es, aquí ya vemos la experiencia acumulada sobre las cofradías por el prelado bajo la forma de unas medidas generales que como el lector notará, versan sobre todo a propósito de la administración de bienes, y en concreto, de ganado. Las cofradías de la Nueva Galicia eran ganaderas, como ya lo había hecho notar el estudio de Ramón Serrera Contreras. No era la única región con esta característica, por ello no es de extrañar que a veces las cofradías se confundieran, en términos prácticos, con los ranchos y estancias, o con el ganado mismo. Desde luego, en uno y otro documento aparece la inquietud fundamental del obispo: reforzar la frontera entre lo sagrado y lo profano.

Mandato general de visita del obispo Cabañas sobre cofradías, 1797*

9. Cofradías.- Como cofradía no sea otra cosa que una junta, hermandad o sociedad cristiana de algunas personas que no viviendo en comunidad ni obligándose por algunos votos o juramentos se unen de común consentimiento para emplearse en algunas obras de piedad y practicar ciertos ejercicios espirituales con la aprobación de los legítimos superiores, debe sin duda alabarse este género de piadosos institutos, que además de tener un origen el más antiguo y respetable, y semejarse mucho a la perfecta unión que entre sí tenían los primitivos cristianos, pueden también acarrear y producir útiles y loables efectos, tanto en la vida civil y social como en la religiosa y espiritual. Pero aunque las cofradías cristianas, que son de las que acabamos de hablar, atendido su puro origen y objeto de su institución sean a la verdad tan santas y venerables como se deja fácilmente entender, no es menos cierto que las más de estas juntas piadosas dejaron de serlo en todo o en parte, consumiendo sus pocos o muchos bienes en usos enteramente profanos, dedicándose poco o nada al culto de la religión, al ejercicio de las virtudes, a la frecuencia de Sacramentos, a la caritativa hospitalidad con los pobres, y a otros destinos y loables ocupaciones que se tuvieron presentes al tiempo de su erección, y suelen constar de sus respectivas constituciones, sino que aun por desgracia nuestra y por descuido de aquellos a cuyo cargo estaba el gobierno y erección de estas hermandades, vinieron a tal estado de desorden y tan difícil de remediarse que no sólo han conspirado de común acuerdo ambas potestades a cortar de raíz sus grandes abusos, sino que aun han explicado los más vivos deseos de ver extinguidas las más de las cofradías, y de que se agregasen sus fondos, rentas y bienes a parroquias pobres, a hospitales y casas o juntas de caridad, virtud la más santa y recomendable. Estas son ciertamente las juntas y congregaciones que más debieran promoverse, y estas las cofradías en su puro y primitivo origen, que nos harían traer a la memoria aquella feliz y primitiva congregación de los primeros cristianos, en quienes no había más que un corazón y un alma, según la viva expresión de la Santa Escritura, en quienes no se veía un necesitado sin oportuno socorro, y en quienes se verificaba a la letra la más estrecha unión y las más perfecta hermandad y cofradía. Mas contentándonos por ahora con aconsejar y exhortar a la erección de semejantes congregaciones, debemos mandar y mandamos que todas las cofradías existentes en la iglesia parroquial o en cualquiera otra de esta feligresía, se arreglen enteramente en el gobierno y dirección de sus hermanos cofrades, en la buena administración de sus rentas, y en la moderada inversión de sus caudales, a lo prevenido y ordenado en sus particulares constituciones, y que así nuestros curas o vicarios eclesiásticos, como sus mayordomos y demás personas a quienes pertenezca el entender y conocer de la observancia, aumento y conservación de las reglas, fondos y réditos pertenecientes a las mismas cofradías, guarden y cumplan lo que dejamos ordenado en los dos capítulos anteriores, so pena de ser todos ellos responsables a los perjuicios y atrasos que por su descuido e inobservancia resultaren, y de que no les servirían los frívolos pretextos y vanas excusas con que suelen cubrirse y descargarse en sus cuentas mal formadas, y en sus gastos superfluos, profanos y ajenos del loable y piadoso instituto de semejantes erecciones.

 

Auto del visitador del obispo Cabañas en las cofradías de Tequila y Nayarit, 1801*

[Fragmento]

Y que en lo sucesivo tenga particular cuidado de no pasar en data cabezas muertas y perdidas sin señales evidentes y justificación de que no ha habido ni hay dolo, fraude u omisión de los que están encargados de su cuidado, ni por consumida sin que conste por menor su legítimo consumo, con arreglo a constituciones, y no según las prácticas abusivas que se hubiesen introducido.

Que las elecciones anuales de oficiales de cofradías se hagan a presencia de los alcaldes y principales para que éstos sean responsables de cuanto se les entregue a los nuevos electos bajo inventario, y no siendo el caporal oficial de cofradía, sino un sirviente a quien se encarga el cuidado del ganado, se ponga muy especial en que esta elección no recaiga sino en persona de la mayor confianza y actividad, sea o no sea del gusto de los indios, dándole salario o gratificación con proporción a su trabajo.

En orden a las cofradías de españoles e indios, mandó su señoría ilustrísima.

Que en adelante no se haga imposición alguna o redención de capital o enajenación ni compra de finca sin expresa licencia de su señoría ilustrísima, ni sin la del cura vicario venta alguna, permuta, alquiler, o préstamo de bestias o ganado a personas particulares, la que nunca debiera conceder el referido cura sin manifiesta ventaja de la cofradía.

Que cumpla y haga cumplir los actos de religión y piedad que se prescriben en las constituciones respectivas de cada una de ellas, sin excederse en el número y estipendio de las misas y funciones de lo acordado en las mismas, ni permitir gastos algunos superfluos.

Que haga poner a continuación de los autos respectivos un inventario exacto de lo que sea propio y peculiar de cada cofradía, y que en el estado anual del ganado se expresen las clases, edades, cabezas estériles, de vientre, gordas, viejas y mansas, cerreras, y las que hubiesen nacido en el año último.

Que se satisfaga al seminario conciliar la pensión anual que tuviese cada cofradía con la mayor puntualidad, debiendo tener entendido los curas que ellos son los que deben responder y ningún otro, así del cobro y remisión de esta cantidad como de las que en esta clase estuviesen encargadas a las cofradías en cuentas aprobadas por ellos mismos y no constasen satisfechos en los libros del seminario, persuadidos a que no se les admitirá en este punto excepción ni excusa alguna, ni se les disimulará la más mínima omisión.

Que el asiento de cofrades se haga en libro separado, con expresión del día, mes y año de su ingreso, y al fin de cada uno se ponga una nota específica, firmada por el cura y mayordomo, de los que hubiesen muerto, de los que hubiesen salido y de los que no hubiesen contribuido con las limosnas prescritas en las constituciones.

Que se tenga presente y se observe lo prevenido en los mandatos generales de la actual visita en orden al gobierno de cofradías, facilitándose para el efecto a los mayordomos por el cura vicario un tanto de los capítulos séptimo, octavo y nono.

* AGI, Guadalajara, leg. 543, fs. 18-19.

* AGI, Guadalajara, leg. 543, fs. 1049v-1051.

Púlpito de la parroquia, púlpito del rey

Las cordilleras eran las cartas que los obispos hacían circular entre los párrocos de su diócesis, al recibirlas, debían copiarlas en uno de sus libros de gobierno y remitir el original al siguiente curato, conforme al orden que se enlistaba en uno de los márgenes. La parroquia de San Jerónimo Coatepec, que en el siglo XVIII dependía del obispado de Puebla, conservó muy completo su libro de cordilleras, en que se registraron las de los años de 1765 hasta 1832.

En 2010, el Instituto Veracruzano de la Cultura, en su colección Bicentenario-Centenario, lo publicó bajo el título Libro de cordilleras de Coatepec, gracias al trabajo de transcripción de José Roberto Sánchez Fernández que hasta entonces era inédito, pero que circulaba ya bajo forma mecanuscrita. En efecto, si bien hoy en día esa versión se encuentra en Colecciones Especiales, y por tanto fuera de préstamo, al menos hasta 2009, era posible consultarla en la estantería abierta de la Unidad de Servicios Bibliotecarios y de Información de la Universidad Veracruzana. Yo lo consulté en esa versión en 2005, pero sólo lo aproveché de manera amplia en 2009 cuando redactaba mi tesis de doctorado en la Universidad Paris I Panthéon-Sorbonne, que justo terminé también en 2010. Ahora que ya ha pasado tiempo suficiente desde que se publicó como libro, es decir, ya no es algo de actualidad, y además, considerando que la tesis en que lo utilicé, si bien está disponible en su idioma original en este mismo blog, he preferido no publicarla, aprovecho este espacio para recuperar la traducción de ese fragmento en concreto.

Antes de pasar a ello, convienen algunas acotaciones. Primero, mi tesis, titulada Utilité du public ou cause publique. Les corporations religieuses et les changements politiques à Orizaba, 1700-1834, versó sobre la historia de las corporaciones religiosas de la villa de Orizaba en tiempos sobre todo de las Reformas borbónicas y hasta la primera Reforma liberal. Segundo, para mí, en ese contexto, el Libro de cordilleras de Coatepec era (y hasta el momento) una fuente que me ha permitido paliar la falta de una semejante para la parroquia de Orizaba, por ello, y toda vez que las cartas debían circular, en principio por todos los derroteros de la diócesis, no incluí consideraciones específicas sobre la parroquia de Coatepec. Tercero, sin duda hay muchas maneras de aprovecharlas, en concreto me interesaba mostrar de qué manera el rey se hacía presente en la vida parroquial de la diócesis de Puebla, antes de la independencia evidentemente. Por ello titulé al apartado en que realizaba el análisis como Púlpito de la parroquia, púlpito del rey. No sé si aun pueda tener algún valor para nuestra historiografía, pero de todas formas espero que pueda resultar de interés. En fin, las imágenes van simplemente a manera de ilustración, no corresponden ni al libro ni a la tesis.

Púlpito de la parroquia, púlpito del rey

Catedral de San Miguel Arcángel de Orizaba, foto del autor en 2008

Como la historiografía mexicanista ha destacado, en particular William Taylor, la monarquía solicitó cada vez más en el curso del siglo XVIII el apoyo de los clérigos seculares, los curas párrocos sobre todo[1]. Sin embargo, ello tuvo lugar por medios muy tradicionales, como las ceremonias litúrgicas, empleadas desde tiempo atrás para construir el sentimiento de unidad en torno al rey católico a través de todo el Imperio[2]. Podemos constatarlo en las cartas que el obispo de Puebla hizo circular entre los párrocos de su diócesis, las cordilleras, de las cuales la mayor parte no hacían sino trasmitir a su vez leyes, órdenes o decretos del rey o de los virreyes. Por desgracia las de Orizaba no han sido bien conservadas, pero disponemos en cambio de una colección muy completa (cerca de 200 cartas entre 1766 y 1821) para otra parroquia de la diócesis de Puebla y de la provincia de Veracruz, la de San Jerónimo Coatepec[3].

En ellas encontramos, en primer término, los mandatos sobre las celebraciones religiosas de la familia real y de la monarquía. Se trata de veintiún cartas, es decir, cerca de 10% del total, casi todas derivadas de una real orden. Así, desde 1766 y hasta la independencia, los fieles de la diócesis fueron testigos de la celebración de ocho nacimientos, siete matrimonios, tres decesos y dos embarazos, no sólo de los reyes estrictamente hablando, sino también de los príncipes de Asturias y de otros infantes de los Borbones españoles. Las cordilleras eran muy claras al respecto: los párrocos debían aprovechar estas celebraciones para “excitar la piedad de los fieles” hacia los reyes y su familia. Es así que la parroquia contribuía a hacer simbólicamente presentes los reyes físicamente lejanos[4].

Los párrocos se ocupaban entonces de desplegar una liturgia solemne, incluso regia, que contaba casi siempre los mismos ritos: acciones de gracias (misa solemne con Te Deum) por los recién nacidos y por las nuevas parejas de la realeza, rogaciones (es decir, la procesión acompañada del canto de la letanía de los santos) durante varios días por las princesas embarazadas, y vigilias y misas de requiem por los muertos[5]. Empero, los obispos dejaban siempre a los obispos actuar según las tradiciones diocesanas o parroquiales, o según “su piedad y amor por el soberano”.

La familia de Carlos IV, Francisco de Goya, Museo Nacional del Prado.

Mas no se rezaba sólo por las personas reales, sino también por la monarquía en su conjunto. Fue el caso en 1782, siempre a partir de una orden real, la del 27 de diciembre de 1781, por la cual todos los habitantes del Imperio debían asistir a una gran celebración, que no tenía otro motivo que una acción de gracias y rogaciones por el rey, su familia y todos los vasallos de la monarquía[6]. Se trataba sin duda de una novedad, pues en esta ocasión el rey daba instrucciones más detalladas de la liturgia a seguir: misa de acción de gracias con Te Deum, seguida al día siguiente de otra misa acompañada de las rogaciones con el Santísimo Sacramento expuesto en el altar mayor de la iglesia[7].

Además, antes de 1808, los reyes ordenaron dos veces a los obispos hacer elevar oraciones por los ejércitos reales durante las guerras contra Inglaterra (1779) y contra la Francia revolucionaria (1793), y otras dos para agradecer a Dios la paz concluida con ambas potencias (en 1795 y 1802 respectivamente)[8]. A más de las oraciones públicas, los párrocos estaban obligados a orar por los ejércitos del rey durante las misas “privadas” (es decir, celebradas sin fieles). Se trataba de oraciones más habituales, pues el obispo de Puebla podía remitir a sus párrocos a la sección de “preces del tiempo de guerra” del manual de ceremonias del obispado para consultar las rogativas a celebrar. Por otra parte, las cordilleras a propósito de las guerras eran también la ocasión de mostrar la preocupación del rey por sus vasallos. En efecto, monseñor López Gonzalo explicaba en 1779 que la guerra había estallado a causa de los “ultrajes” hechos por los ingleses en ciertas regiones de los reinos americanos, antes los cuales el “celo heroico” del rey no podía sino reaccionar[9].

La presencia monárquica era con frecuencia marcada con las particularidades de las corporaciones locales. En la parroquia de Orizaba, disputada en esta época, como hemos visto, entre españoles e indios, incluso las fiestas monárquicas se convirtieron en el teatro de esta rivalidad. Así, los funerales del rey Carlos III, celebrados dos veces en la iglesia de San Miguel, la primera por los españoles (5 y 6 de agosto de 1789) y la segunda por los indios (9 de octubre de 1789), proporcionaron la ocasión de probar la lealtad monárquicas y de continuar la competencia entre las corporaciones civiles. Ello fue especialmente visible en la preparación de los dos túmulos funerarios del rey. Los españoles prepararon un monumento de siete cuerpos, 288 cirios y 30 poemas latinos a los cuales respondieron los indios con un túmulo de nueve cuerpos, 460 cirios e innombrables poemas en castellano[10]. [CONTINUARÁ]

NOTAS

[1] W. Taylor, Ministros de lo sagrado, 1999, vol. I, pp. 29-33.

[2] Sobre este tema: V. Mínguez, Los reyes distantes, 1995. J. Valenzuela, Las liturgias del poder, 2001, pp. 165-205.

[3] Libro en donde se asientan las cartas cordilleras que comienza hoy, seis de septiembre del año de 1765, siendo cura beneficiado por Su Majestad, vicario y juez eclesiástico de este pueblo de San Jerónimo Coatepec, el licenciado D. Diego Xavier de Obregón Díaz de Escobar, mecanuscrito.

[4] Ibid., cartas nº. 6, 7, 33, 35, 52, 60, 68, 68, 71, 75, 78, 98, 108, 115, 134, 176, 179, 183bis, 187, 188, 191. Destaquemos que las cartas de los obispos trasmitían siempre las celebraciones reales. No hemos encontrado mandatos que den cuenta de las del Papa, quien se encontraba por tanto ausente, hasta donde sabemos, de las ceremonias de las parroquias de la Nueva España del siglo XVIII.

[5] Ibid., pp. 22-28.

[6] Ibid., carta nº. 60.

[7] Ibidem.

[8] Ibid., cordilleras nº. 53, 111, 120 y 130.

[9] Ibid. cordillera nº. 53.

[10] AGN, « Diario Oficial », Gazeta de México, t. III, nº. 43 y 49, 22 de septiembre y 10 de noviembre de 1789.

Domingos, obispo y ratones

La historiografía mexicanista peca a veces de fundamentalmente política. Incluso cuando se trata de temas como el catolicismo, tiende a considerar como su objeto de estudio a una institución, es decir, se hace Historia de la Iglesia, pero no siempre historia religiosa. Sin embargo, no es que falten fuentes. Un buen ejemplo es la obra de Agustín Rivera, que contiene notas interesantes, cierto que dispersas, sobre la problemática de la “civilización de las costumbres”.

Así es, Rivera fue un observador relativamente constante de la vida cotidiana de las élites letradas del siglo XIX, además muy consciente de que esas costumbres tenían implicaciones más allá de lo anecdótico. Lo percibió incluso respecto de sí mismo, según consagraba su biógrafo Rafael Muñoz, pues desde su viaje a la Ciudad de México en 1853 advirtió que el “progreso”, el “liberalismo”, no eran sólo ideologías sino también implicaban maneras de comportarse. Por ello no es de extrañar que retrate de manera “civilizada” el comportamiento de los personajes cuya memoria respetaba, o cuyo trabajo quería vincular con el suyo. La frugalidad, la limpieza, la sobriedad, eran algunos de esos elementos, aunque tampoco dejaban de estar ausentes en sus observaciones la ternura y candidez casi propias de algún santo. Aquí recuperamos un ejemplo breve pero significativo: la vida cotidiana de Juan Cayetano Gómez de Portugal y Solís, obispo de Michoacán.

Portugal, “el grande Portugal” como diría la Dra. Marta Eugenia García Ugarte, fue sin duda uno de los obispos más importantes de la vida política de la primera mitad del siglo XIX mexicano. Hombre de Estado, fue varias veces diputado. Reformador eclesiástico, lo mismo de la renta decimal que de la educación clerical. Sus méritos hicieron de él el primer cardenal mexicano, aunque no llegó a recibir la noticia por su fallecimiento en 1850. Rivera había sido tutorado del hermano del obispo, Eusebio Gómez Portugal, quien impulsó sus primeros estudios en el Seminario de Morelia entre 1834 y 1836. Evocó con particular cariño esa etapa de su vida en su opúsculo La vocación de Simón Bar Jona de 1892, con una estima y delicadeza que contrastan con la imagen que dejó del Seminario de Guadalajara, pero eso es tema de otro artículo. Por ahora veamos como pintaba este clérigo y escritor público particularmente activo en tiempos de la República restaurada y del Porfiriato, esa cotidianidad en el palacio episcopal de un gran prelado de la primera mitad de esa centuria.

 

Agustín Rivera, La vocación de Simón Bar Jona, Lagos, Ausencio López Arce impresor, 1892, pp. 47-48.

En los, dos años que fui colegial moreliano, los más domingos pasaba el día en el palacio  episcopal, porque era la casa de mi tutor , Dicho palacio se componía de dos viviendas, que  aunque tenían un zaguán común, tenían diferentes escaleras y eran independientes. La primera era la del señor Obispo, quien no arrojaba sus miradas a la calle y vivía retirado del bullicio del mundo, pues aunque la capilla tenía balcones (o ventanas) para la plazuela del Carmen, las demás piezas teían balconcillos y ventanas para el interior, inclusive la sala de recibir, que tenía unos balconcillos para la huerta, la cual una tapia baja de adobes dividía de la huerta del convento del Carmen, por lo cual desde dichos balconcillos ví algunas veces a algunos padres carmelitas en su huerta. El señor Obispo tenía cocinero, comía solo, su mesa era frugal y humilde en las piezas del servicio, las sillas del comedor tenían asiento de tule. Un rasgo pintará el corazón de aquel hombre. Habia en el comedor unos ratoncillos blancos (que andarían por toda la casa), que el señor Portugal no quería se matasen, que estaban acostumbrados a que luego que Su Ilustrísima se sentaba a la mesa, salían de sus agujeros y comian en su derredor las migajas que el Prelado con su propia mano les esparcía. Una vez Da. Guadalupe Portugal, hija del Dr. D. Luis Portugal, hermano del señor obispo, Señorita que fue muy conocida en Morelia y en Guadalajara por sus virtudes, talento e instrucción, le dijo con cierto enfado al señor obispo: “¡Por Dios, tío, para qué les da de comer a esos ratones del comedor, ellos acabarán con sus libros y hasta con los papeles del archivo!” a lo qué contestó el señor Portugal con dulzura: “¡Eh, hija, esos animalitos ocuparon la mente divina!” Otra vez, que el señor Portugal se quitó de la mano una pulga, la restregó con los dedos y la arrojó al suelo, le dijo Da. Guadalupe: “¡Tio, ¿y las pulgas no ocuparon la mente divina?” Terrible argumento con el qué concluyó al sabio, quien contestó: “Sí, hija, pero dan mucha guerra.” El actual señor obispo de Sinaloa, hermano de Da. Guadalupe, debe de recordar estos hechos.

Las mas tardes el señor obispo en el patio principal montaba en su caballo rucio, con sotana y mantelete morados y sombrero acanalado con borlas verdes, y se iba a hacer ejercicio en las orillas de la ciudad, sin mas compañia que un criado que iba detrás. No llevaba turca ni sumbrero redondo con borlas verdes, como algunos pensarán, sino como he dicho. El señor obispo nunca tuvo coche propio, y cuando salia a visitar la diócesis o tenía necesidad de coche para otro negocio, usaba el que le prestaba su compadre e íntimo amigo D. Cayetano Gómez, uno de los ricos de Morelia, después suegro del mencionado Dr. Iturbide. Yo jugaba con otros niños de mi edad en los patios y en la huerta, y ¡cuántas veces tuve la dicha de besar la mano a aquel cariñoso Prelado cuando iba a montar a caballo!

Una reforma de cofradías episcopal: el arzobispo Haro y Peralta

Retrato del arzobispo Alonso Núñez de Haro, virrey de Nueva España. Museo Nacional de Historia Castillo de Chapultepec.

En esta oportunidad continúo presentando aquí algunos documentos de la reforma de cofradías novohispana, pero ahora ya no de la reforma civil, sino de las reformas episcopales. En efecto, también las hubo, a veces vinculadas a la primera, otras en franca oposición, más bien soslayadas por la historiografía, con ciertas excepciones. Entre los obispos que se distinguieron al respecto sin duda hay que comenzar destacando al arzobispo Alonso Núñez de Haro y Peralta. Su pontificado fue largo, desde 1772 hasta 1800, llegó también a ser virrey de Nueva España entre mayo y agosto de 1787.

El arzobispo Haro se distinguió por ser uno de los prelados que aceptó e incluso impulsó la reforma civil, pero que al mismo tiempo realizó la suya a través de sus visitas pastorales. Así lo explica en este informe que corresponde al expediente particular de la cofradía sacramental de Teotihuacán. Su reforma fue autoritaria en apariencia, pues como él mismo narra en este informe, se dedicó a suprimir cofradías basado en ciertos criterios (falta de licencias, falta de bienes, conflictos internos), pero con el matiz de que no las eliminaba del todo, sino que las integraba a otras. Ya se cita aquí el informe que se le había pedido con motivo de la reforma general, ya bien conocido y analizado por varios historiadores, pero que no entregó sino cuando el expediente general ya había sido cerrado. En él se nota que además aprovechaba la ambigüedad de los términos cofradía y hermandad, manteniendo una importante participación en ellas. Sin él, empero, difícilmente hubiera habido cofradías que efectivamente acudieran al Consejo de Indias en Madrid para reformarse, mas paradójicamente, no es que hubiera renunciado a ejercer jurisdicción sobre ellas.

Su mirada sobre las cofradías resulta interesante también por su optimismo: las describe como voluntarias, no gravosas sino útiles, con lo que descalificaba implícitamente los negativos argumentos de los reformadores civiles. Dejo pues al lector con este testimonio de un prelado regalista, reformador, pero también celoso de su autoridad.

 

Informe del arzobispo de México, 20 de mayo de 1780. Archivo General de Indias, México, leg. 2664

Señor

Cumpliendo puntualmente con el encargo que Vuestra Majestad se digna hacerme por su real despacho de 11 de julio último para que informe lo que se me ofreciere y pareciere sobre la erección de la cofradía del Santísimo y Ánimas Benditas del pueblo de San Juan Teotihuacán, y la aprobación que se solicita de sus constituciones, con el mayor respeto digo: que todo lo representado a Vuestra Majestad por parte del rector, diputados y demás oficiales de dicha cofradía es cierto, pues con ocasión de advertir en la visita general de este arzobispado, que ya está hecha de ciento y cuarenta curatos que apenas hay cofradía que esté erigida conforme a la ley de Indias, se ha mandado en los autos de las visitas de todas desde el año de 1776, lo mismo que en el de ésta, señaladamente que dentro de dos años acudan los oficiales de ellas a solicitar la real licencia y aprobación de Vuestra Majestad apercibiéndoles con la pena de suspensión del uso y ejercicio de sus constituciones en caso de no hacerlo, y mandando que los curas me den cuenta para proveer lo conducente.

Las constituciones de esta cofradía (de que con la más profunda veneración presento a Vuestra Majestad testimonio autorizado) por ser tan antiguas, no están tan expresivas y formales como las modernas. En éstas, regularmente se dispone que los cofrades den al tiempo del asiento ocho, cuatro o dos reales, y cada semana un medio real de jornalillo, y la cofradía se obliga a dar a cada uno, cuando fallece, veinte y cinco o más pesos para entierro y mortaja, lo que cumple puntualmente si los cofrades lo han hecho, y si no, no se les molesta ni se toma providencia alguna, porque todo es voluntario y nada gravoso.

El modo regular con que hasta dicho año de 1776 se han erigido las cofradías ha sido juntarse el cura con sus principales feligreses españoles, o indios o de castas formar las reglas o constituciones en que se contienen lo que queda referido, y que se digan tantas misas por la limosna que tasan, o conforme al arancel, las que se aplican por los cofrades vivos y difuntos; que se hagan tales fiestas; que haya junta anual que llaman cabildo, en que el mayordomo da cuentas a la mesa, que se compone del juez eclesiástico que la preside, del rector, mayordomo y diputados que se nombran oficiales, las que aprueba dicho juez de consentimiento de la mesa en los curatos de fuera de México, y en esta corte los provisores, que presiden las juntas y se hace la elección de los referidos oficiales. Estas constituciones las remitían los oficiales al ordinario solicitando su aprobación, la que lograban regularmente, conformándose con lo que pedía el promotor. Pero desde dicho año se ha mandado que no usen de ellas hasta lograr la real licencia y aprobación Vuestra Majestad.

Algunas cofradías tienen principales impuestos a su favor y con sus réditos se costean los gastos que tienen de cera, fiestas y la limosna de las misas, en otras se permite que pidan limosna los cofrades por sólo su respectivo curato para ayuda de dichos gastos, de las que también da cuenta el mayordomo a la mesa, y de su distribución. Y otras tienen ganados, cuyos productos invierten en los enunciados gastos, de manera que las cofradías no son gravosas al público y todas sus funciones son dirigidas al mayor culto divino y beneficio espiritual de los feligreses.

En la visita he cuidado de extinguir todas las que se llaman hermandades y son las que se han intentado erigir sin licencia real ni autoridad ordinaria. He aplicado sus bienes, principales y alhajas a otras cofradías, con la carga de hacer las fiestas y mandar decir las misas que se acostumbraba en aquellas, hasta donde alcanzaren sus productos, o las he dejado en calidad de pura devoción u obra pía, mandando que los curas nombren mayordomos que les den cuentas anuales de cargo y data, y que cumplidas las cargas que tienen se aplique el resto a las fábricas parroquiales. Asimismo he extinguido muchas cofradías que, o por no tener principales ni ganados, o porque se disipaban los que las pertenecían, eran gravosas al público, o porque en su gobierno no se observaba la fraternidad debida, cuidando siempre y también mis dignos antecesores de prohibir que se hagan gastos superfluos y de mandar que los productos se empleen en las cargas de su institución y que los sobrantes se apliquen a beneficio de dichas fábricas parroquiales.

Por encargo de este superior gobierno estoy trabajando un informe sobre todas las cofradías de este arzobispado, y en él expondré mi dictamen acerca de cada una de ellas y las que me parece que deben subsistir y cuáles son dignas de extinguirse. Este informe demanda mucho trabajo y tiempo, y en tanto que le concluyo juzgo conveniente que subsista la cofradía de San Juan Teotihuacán y que Su Majestad se digne aprobar sus constituciones, y las de las demás cofradías que yo crea deben subsistir, porque son útiles a las parroquias y a los mismos cofrades, como dejo indicado. Sus constituciones no contienen cosa opuesta a las regalías de Vuestra Majestad y en las juntas anuales que celebran los cofrades suelen verificarse en parte el espíritu de vuestra ley real de Indias, porque asisten a muchas los corregidores, alcaldes mayores y demás justicias del partido, en calidad de oficiales de mesa.

Pero considerando lo difícil que es el recurso a Vuestra Majestad para solicitar la real aprobación de las constituciones de las cofradías que están erigidas en la forma dicha, especialmente siendo indios los oficiales de mesa, como lo son de muchas, y atendiendo a los costos necesarios que aquel prepara, y a que si se les obliga a ello se arruinarán las más de las cofradías, me parecía que se ocurriría a todo con que Vuestra Majestad se dignare, siendo de su soberana aprobación, dar facultad a vuestro virrey de este reino para que en su real nombre aprobase las constituciones o estatutos de todas las cofradías que están ya erigidas, y que para las que se hayan de fundar en lo sucesivo se observe puntualmente lo dispuesto por la citada ley, o lo que fuere del real agrado de Vuestra Majestad.

Nuestro Señor guarde a Vuestra Majestad los muchos años que le pido y necesita el Estado. México, 20 de mayo de 1780.

Señor,

Alonso, Arzobispo de México

Un mitrado laguense.

El descanso veraniego es propicio para volver atrás y evocar actividades de otros años. Aquí aprovecho para difundir la conferencia que en marzo de 2013 ofreció mi colega el entonces maestro Sergio Rosas Solas (actual investigador del ICSyH AVP de la BUAP), en el ciclo de conferencias del Seminario de Historia Mexicana. Nos presentó una breve exposición sobre quien fue el primer obispo de las Californias inscribiéndolo en el doble contexto del esfuerzo de afirmar la presencia mexicana en los territorios norteños, y también en el de la primera generación episcopal mexicana, leal a un proyecto nacional republicano.

Un mitrado laguense: Fray Francisco García Diego, primer obispo de las Californias (1839-1846) from CULTURA Y SOCIEDAD-CULAGOS on Vimeo.

Los misterios de las campanas

Lorenzana«El uso de las campanas es muy antiguo en la Iglesia de Dios, la bendición de ellas está llena de misterios», decía en las primeras líneas de su edicto, fechado en octubre de 1766, el entonces arzobispo de México, Francisco Antonio de Lorenzana.[1] No debemos soslayar el tema del «misterio», es decir, la sacralidad que rodeaba a estos instrumentos rectores del paisaje sonoro del siglo XVIII. Por entonces, en efecto, “misterio” se definía ante todo como un «secreto incomprensible de las verdades divinas»; esto es, refería a lo sagrado en el Cristianismo, y en particular a sus ceremonias. Así por ejemplo en esta misma época, los rituales de Semana Santa, como la conmemoración de la institución de la Eucaristía, se calificaban de «misteriosas ceremonias». El misterio rodeaba a las campanas en la perspectiva de los obispos, de mediados y finales del siglo XVIII. Años más tarde, ya como arzobispo de Toledo, Lorenzana no haría sino repetir estas mismas frases en su edicto de 18 de diciembre de 1782, recordando además que «acaso por no guardar el miramiento debido a su consagración, se ha dejado por lo común el consagrarlas y sólo se usa el bendecirlas».[2]

Esta fue la tónica general de los edictos y cartas pastorales en materia de campanas de la segunda mitad del siglo XVIII. La preocupación primera era recordarle a los fieles que se trataba de objetos sagrados, que habían ganado ese carácter por la bendición que les aplicaba el clero, que debían por tanto ser manipulados siguiendo estrictamente las indicaciones episcopales. Esto los llevó a evocar esas ceremonias y sus significados; sin embargo, los obispos novohispanos fueron más bien breves al respecto.

Juan Cruz Ruiz Cabañas y CrespoEn efecto, Lorenzana se limitó a recordar los tres sacramentales que se les aplicaban sucesivamente, y que eran de los más importantes del catolicismo: «están rociadas con agua bendita, ungidas con el santo óleo de los enfermos y últimamente con el santo crisma»,[3] señalaba el prelado. Apenas más prolijo fue su sucesor en México, Alonso Núñez de Haro y Peralta, quien al inicio de su edicto de 1791 pedía considerar la «santa y misteriosa bendición de las campanas», pero que evocó sobre todo sus «prodigiosos efectos» y las «gracias que por ella logran los cristianos», tanto espirituales como materiales.[4] En Guadalajara, el obispo Juan Cruz Ruiz Cabañas y Crespo, en su edicto de 1803, evocaba también brevemente los gestos de esa «sagrada ceremonia», destacando en cambio las oraciones que se recitaban: «considerable número de salmos, los más escogidos y oportunos», seguidos de «preces devotísimas», siendo en su conjunto «tan devotas y tan interesantes deprecaciones». Empero, no dejaba de señalar que se usaban con las campanas unos sacramentales «a semejanza de los templos, altares y vasos sagrados que sirven inmediatamente al tremendo sacrificio de la Misa».[5]

En contraste, del otro lado del Atlántico, en 1785, el arzobispo-obispo de Málaga, Manuel Ferrer y Figueredo, había ofrecido una de las explicaciones más extensas de la época en materia de campanas. En su pastoral sobre el tema de octubre de ese año, el prelado había comenzado su instrucción traduciendo paso a paso la ceremonia de bendición, copiándola del Pontifical Romano a lo largo de poco menos de 30 páginas. Así es, el obispo relataba con detalle la bendición de la sal y del agua, su mezcla, el lavado de la campana, la unción con el óleo de los enfermos y con el crisma, la turificación y la lectura del Evangelio. Este último, por cierto, servía al prelado ya no sólo para tratar el tema de las campanas sino además para dar una lección moral a sus feligreses, sobre las prioridades de la vida eterna por encima de las diversiones profanas.[6]


Breve o extensa, toda esta erudición procedía de unas mismas fuentes: los propios libros litúrgicos y las Instrucciones del Papa Benedicto XIV, fundamentalmente. Por supuesto, toda esta empresa estaba sometida al propósito fundamental de los obispos, que no era sino dejar perfectamente claro el ámbito al que pertenecían las campanas. Su bendición, como cualquier otra, había sido introducida por la Iglesia, «para separar de entre las cosas profanas las que sirven al Divino Culto», explicaba el prelado malagueño.[7] Más todavía, en 1791, el edicto del obispo de La Habana, Felipe José de Trespalacios, afirmaba que la bendición no sólo atribuía a las campanas al orden de lo sagrado, sino que hacía de ellas «una imitación nuestra»,[8] es decir, de la propia voz episcopal. No era una idea ajena al caso novohispano, monseñor Ruiz Cabañas preguntaba de manera retórica lo que cabía esperar de unas campanas sobre las que habían rezado «los ministros primeros de Dios, los sacerdotes de primera jerarquía», que no eran sino los propios obispos.[9] Las campanas pues eran sagradas, porque recibían una «misteriosa» bendición, pero tanto más porque la recibían de los príncipes de la Iglesia.

Y es que en efecto, la bendición de campanas podía llevarse a cabo en ceremonias que realzaban la autoridad episcopal. Bástenos evocar la que se celebró el 8 de marzo de 1792 para bendecir a la que sería entonces «bautizada» como Santa María de Guadalupe, la nueva campana mayor de la Catedral Metropolitana de México. Para tan singular ocasión «se dispuso un magnífico teatro», se montó un altar «con candeleros y ramilletes de oro», la campana se colocó en tablado sobre «ocho columnas revestidas de damasco», y bajo ella «tres gradas forradas de terciopelo» para alcanzar a lavarla por el interior. No sólo el escenario fue deslumbrante, sino también la asistencia: las más altas autoridades eclesiásticas y civiles se hicieron presente. Ofició de pontifical el arzobispo Haro y Peralta en persona, asistido por cuatro canónigos y con el acompañamiento de todo el Cabildo Catedral Metropolitano portando sus capas de coro. En las gradas, si bien faltó el virrey, estuvieron presentes en cambio la Real Audiencia y el Ayuntamiento, es decir, los principales magistrados reales y públicos.[10]

DSC_0041Bendecidas con misteriosas ceremonias y con toda la pompa episcopal, las campanas se constituían así en un objeto protector. Ellas, literalmente, combatían contra el mal y sus efectos. El ya muy citado arzobispo Lorenzana evocaba en su edicto mexicano uno de esos ámbitos de acción clásicos de las campanas, gracias a ellas, afirmaba «huyen los malignos espíritus [y] no nos dañan los rayos». Más prolijo, monseñor Haro y Peralta, completaba la idea con otros elementos meteorológicos, ellas se hacían sonar para que «se suspendan los ímpetus de las tempestades, de los rayos, centellas, piedra, granizo y otras exhalaciones y se aseguren las cosechas». En realidad los prelados no hacían sino parafrasear las oraciones de la ceremonia de bendición, por ejemplo, al momento de la unción con los santos óleos, los obispos imploraban a Dios que con el sonido de la campana «se alejen las asechanzas de los enemigos, el estruendo de los granizos, la violencia de los torbellinos, e ímpetus de las tempestades, se templen los truenos dañosos, moderen y hagan saludables los aires, se humillen a la diestra de tu virtud las aéreas potestades, para que teman y huyan».

En su edicto de 1803, el obispo de Guadalajara, Juan Cruz Ruiz Cabañas y Crespo, introducía un leve matiz, la «sagrada ceremonia» de bendecir las campanas, más que darles poder directamente, hacía de ellas una especie de oración constante; empero su campo y forma de accionar terminaba siendo el mismo: ellas rechazaban el «pernicioso poder sobre el aire» de los demonios, de forma que se hacían sonar –y de nuevo tenemos la paráfrasis de la bendición– para que «quedemos libres y salvos en las espantosas tempestades, en los huracanes violentos, en el duro granizo y en los horribles rayos con suelen amenazarnos». De nueva cuenta el más extenso en estas materias fue el obispo de Málaga. Al igual que en el obispo Cabañas, la argumentación era iba en un primer momento en la lógica de la oración: a través de las campanas la Iglesia «clama y exhorta a la penitencia», contrición de los fieles que podía a su vez calmar los «efectos de la indignación de Dios». Las tempestades eran así «castigos de nuestras culpas» que las campanas alejaban más bien por medios indirectos. Mas en un segundo momento, luego de discutir las críticas de los protestantes en la materia, el obispo retomaba la tradición del combate sobrenatural, «ahuyentando los demonios que muchas veces las mueven [a las tormentas] y ocasionan».

DSC_0042En suma pues, el obispo malagueño, como los otros obispos novohispanos, aunque representantes de lo que se conoce como el “catolicismo ilustrado”, no podían dejar completamente de lado la creencia en los milagros propia del Cristianismo. Ésta, desde luego, tenía además fundamentos bíblicos: las campanas eran en la «Nueva Ley», como las trompetas que habían sido capaces de derribar los muros de Jericó en el libro de Josué. La sacralidad, aún entonces, no tenía sentido si no tenía consecuencias directas sobre la vida cotidiana y sobre la naturaleza: el sonido de las campana debía seguir teniendo, por tanto, consecuencias literalmente sobrenaturales.

[1] Francisco Antonio Lorenzana, Cartas pastorales y edictos del ilustrísimo señor… arzobispo de México, México, Imprenta del Superior Gobierno del Br. D. Joseph Antonio de Hogal, 1770, pp. 7-8.

[2] Francisco Antonio Lorenzana, Cartas, edictos y otras obras sueltas del excelentísimo señor…, arzobispo de Toledo, primado de las Españas, Toledo, Nicolás Almanzano impresor, 1786, «Edicto en que se prescribe el moderado uso del toque de campanas», p. II.

[3] Francisco Antonio Lorenzana, Cartas pastorales y edictos del ilustrísimo señor… arzobispo de México, México, Imprenta del Superior Gobierno del Br. D. Joseph Antonio de Hogal, 1770, p. 8.

[4] Archivo General de Indias (AGI), México, leg. 2644, edicto del arzobispo de México, 18 de octubre de 1791.

[5] Archivo Histórico del Arzobispado de Guadalajara (AHAG), Edictos y circulares, 5, 27, edicto del obispo de Guadalajara, 8 de junio de 1803.

[6] Manuel Ferrer, Carta pastoral que el Ilustrísimo señor Arzobispo Obispo de Málaga dirige a sus amados diocesanos sobre la bendición y uso de las campanas, Málaga, Impresor de la Dignidad Episcopal y de la Ciudad, 1785, pp. 4-33.

[7] Ibidem, p. 8.

[8] Felipe Joseph Trespalacios, Edicto en que el Ilustrísimo Señor Doctor … primer obispo de La Havana, provincias de La Florida y Luisiana, del Consejo de S.M., etc. corrige en su diócesis el abuso y desorden con que se tocan las campanas, y concurre a la moderación con que la Real Pragmática reduce la pompa fúnebre, Madrid, Imprenta de la viuda de Joaquín Ibarra, 1794, p. 1.

[9] AHAG, Edictos y circulares, 5, 27, edicto del obispo de Guadalajara, 8 de junio de 1803.

[10] Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México (ACCMM), Fábrica material, libro 16, 56v-57v, «Solemne consagración de la campana Santa María de Guadalupe».

Sacerdotes y campesinos, entre proyectos globales y realidades locales

11157002_597281677111273_1594068714_nEduardo Camacho Mercado, Frente al hambre y al obús: Iglesia y feligresía en Totatiche y el cañón de Bolaños, 1876-1926, Arquidiócesis de Guadalajara-Departamento de Estudios Históricos/ Universidad de Guadalajara-Centro Universitario de los Lagos, 2014, 364 pp.

Esta obra, sin duda, está destinada a convertirse en un clásico para su problemática, período y región. El autor, Dr. Eduardo Camacho, es profesor del Departamento de Humanidades del Centro Universitario de los Lagos de la Universidad de Guadalajara. Autor joven aún aunque con una trayectoria docente ya larga, y con publicaciones anteriores en materia de historia cultural y religiosa del Occidente de México (Pasar la palabra. La pastorela de Ayotitlán, 2004). En esta ocasión, nos ofrece la versión final de la que fue tesis para obtener el grado de Doctor en Ciencias Sociales por el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS)-Unidad Occidente. Tesis además, merecidamente galardonada con el Premio Francisco-Xavier Clavijero del Instituto Nacional de Antropología e Historia y que obtuvo mención honorífica del premio Atanasio G. Saravia de Fomento Cultural Banamex.

Antes siquiera de entrar en su contenido, destaquemos todavía que se trata de un texto escrito con una elegante cuanto sobria pluma, y con un cuidado notable por el detalle tanto en su argumentación como en el tratamiento de sus fuentes. Trabajo compacto, consta de un texto de poco menos de 300 páginas de ágil lectura, estructurado en 7 capítulos más introducción (que conserva una estructura propia de una tesis) y conclusiones, y completado por una serie de cuatro anexos: mapas, cuadros, documentos e imágenes. Estas últimas, una serie de fotos de gran interés, cuya calidad y presentación podrán sin duda mejorarse para futuras ediciones. Completa la obra una bibliografía de 235 títulos más algunos otros documentos de diverso género, efectivamente trabajados intensivamente a lo largo de la obra. El autor además consultó de manera no menos intensiva ocho distintos archivos, mayormente regionales. Se trata pues de un trabajo que por todo ello puede considerarse ejemplar, en el mejor de los sentidos, de las reglas del oficio del historiador contemporáneo.

Como ocurre con las obras bien logradas, es difícil limitarse a una sola idea para definirlas. Frente al hambre es un estudio regional pero que, como nos advierte el autor en la introducción, en realidad tiene la gran virtud de abordar dos realidades regionales estrechamente cercanas, comparándolas de manera sistemática. Al mismo tiempo, es un trabajo inteligente, que hace gala del juego de escalas entre lo global y lo regional; que asimismo hace una verdadera microhistoria de Totatiche y el cañón de Bolaños, pero que la inserta en un análisis de amplio alcance sobre el enfrentamiento entre el catolicismo y la modernidad. Aunque hay un peso fundamental de lo institucional en toda la obra, otro de sus aciertos es lograr integrar las cuestiones culturales y propiamente religiosas, saliendo así de los esquemas más clásicos de la historia de la Iglesia y el Estado. En fin, la misma introducción lo advierte, la verdadera problemática del autor se sitúa en la relación entre procesos hegemónicos y realidades locales, cuyos actores, debemos también reconocerlo, son presentados objetivamente y en el seno de sus relaciones de poder.

Frente al hambre, ofrece al lector en sus primeros tres capítulos, magistrales síntesis de la historia del catolicismo social en México, de los proyectos de la arquidiócesis de Guadalajara desde finales del siglo XIX y principios del XX y de la historia de las regiones de Totatiche y del cañón de Bolaños, hechas en general a partir, ya decíamos, de una exhaustiva e intensiva revisión bibliográfica. En los dos primeros tenemos ante todo una historia política de la Iglesia católica; por ello es la parte más marcada por los temas institucionales, que nos presenta los proyectos hegemónicos y globales aterrizados a escala nacional. En el tercero encontramos además a un autor que sabe introducir de manera inteligente las variables geográficas, y tratar también con la larga duración y con los movimientos sociales, sin caer en determinismos de ningún género. Desde este tercer capítulo, se van delineando, además, las líneas de comparación entre las dos regiones de análisis, que serán constantemente retomadas en las páginas subsecuentes.

Los capítulo IV al VII, en cambio, entran ya en la problemática central de la obra. Destaquemos que en ellos el profesor Camacho se distingue por, sucesivamente y de manera equilibrada, dirigir su observación hacia unos y otros actores de su estudio. Lo mismo analiza la mirada que sobre los fieles tenían esos sacerdotes formados en el catolicismo social, que al contrario, la mirada de los fieles sobre los clérigos (cap. IV); los intereses de éstos en materia de devociones a promover y dirigir en sus parroquias, no menos que las defensas de la religión y autonomía locales que llegaron a suscitarse contra los eclesiásticos (cap. V); y por supuesto, en los conflictos con los representantes locales del Estado liberal y revolucionario, las posturas ideológicas  y los intereses específicos e del clero, de las élites locales, de los profesores y campesinos (cap. VII).

La obra en su conjunto es interesante, sin duda, pero hay algunas páginas de una riqueza particular: aquellas que abordan temas de sensibilidades y temas simbólicos, o las que a través de la biografía le dan rostro humano (a veces demasiado) a esos grandes proyectos globales. Así, tal vez lo más original (y de lo más bello también) de todo el libro es el apartado dedicado a los “Espacios vividos, andados, imaginados” por los campesinos y sacerdotes de las dos regiones. Algo semejante puede decirse de los apartados dedicados a las luchas por el espacio y el tiempo del último capítulo. En esas páginas, el profesor Camacho muestra bien hasta qué punto el enfrentamiento, político e institucional entre Iglesia y Estado, era además (y acaso más fundamentalmente) una verdadera batalla cultural. En fin, no podemos dejar de subrayar también la pequeña biografía colectiva del clero de Totatiche y el cañón en esta época, con retratos clericales que dan cuenta de que el personal eclesiástico, con todo y la renovación de los seminarios, no siempre era el más oportuno para llevar el catolicismo social a los extremos del mundo.

Al final, más allá del triunfo del catolicismo social en Totatiche y de las debilidades casi insalvables para su instalación en las parroquias del Cañón de Bolaños, el autor nos deja con una obra que abre interesantes caminos para la historia cultural y religiosa del siglo XX mexicano.

“Un continuo fandango y gasto”: la visita pastoral

La actualidad de nuestros días hablaHaro y Peralta (2) de visitas oficiales, visitas regias y de gastos ostentosos. No pudo sino venirme a la memoria esta carta, que es testimonio, parcial como cualquiera pero no por ello menos interesante, de otras visitas, que existen aún — ya no son como entonces, cabe aclarar–, y que recorrían el mundo católico de manera constante al menos desde el siglo XVI. Me refiero, desde luego, a las visitas pastorales. De su mala fama ya hemos publicado en este mismo espacio un testimonio episcopal, el mandato del obispo de Guadalajara, Diego Rodríguez de Rivas de 1765. En él, el prelado mandaba evitar los excesos en materia de viandas que confirma este otro documento: una carta anónima remitida al rey en el Consejo de Indias unas décadas más tarde, en 1786. Es pues, de tiempos del pontificado del arzobispo Haro y Peralta, a quien vemos en la imagen, según un retrato que se encuentra en la Catedral Metropolitana de México.

Como verá el lector, la denuncia anónima apunta a un problema fundamental: la visita, debiendo ser acto religioso, terminaba convertida en un viaje profano, por más de un motivo. Ante todo, lo más visible, por el dispendio, por el lujo del prelado y de su séquito, que se comparan, incluso con una visita regia. En segundo lugar, hoy diríamos explotación, entonces era más bien la falta de caridad, el abuso del trabajo del prójimo, sobre todo los feligreses “indios”, sobre cuyas espaldas recaían el abastecimiento. En fin, se diría que los visitadores pecaban, aunque no lo dice exactamente nuestro autor, de soberbia: delicados hasta en lo más mínimo, tomaban duras represalias incluso tardías contra los párrocos.

Desde luego, no es una descripción desinteresada, sino muy al contrario, indica bien que su objetivo es la reforma, sino es que la supresión de la visita. Sin embargo, podemos leerla bien como testimonio de lo que un sector de las élites de la época estimaba ya como excesivo en alimentos, bebidas, acompañamientos y exigencias en el trato con el pueblo. Leamos pues esta carta anónima, de un supuesto párroco de finales del siglo XVIII en el arzobispado de México.

Archivo General de Indias, sección Audiencia de México, legajo 2633.

Señor

El Concilio Mexicano aprobado por Su Santidad previene que los prelados procuren la visita de los curatos sin gravar a nadie en lo más mínimo, procurando que sea este preciso acto todo de doctrina y edificación. No es así en la actualidad, sino que la visita es acto de la forma que diré.

Se previene carta cordillera por donde sale el muy reverendo arzobispo, y luego comienza la moción de cada curato donde se publica la visita, y se suelta una derrama para que concurran los pobres indios con gallinas y dinero, y con todas sus personalidades. Los indios componen de balde los caminos, la fábrica de la iglesia y casa cural, y salen a trozos donde son enviados a cargar los necesarios.

¡No se puede explicar la volatería de esta función! Una cuadrilla a tal hacienda a conducir terneras y carneros. Otra a tal pueblo para las liebres y conejos, y otra al río de la pesca, otras a la laguna, otras a la capital por camas, colchones, colgaduras, utensilios, otros a los curatos por alhajas preciosas de iglesia y todo género de paramentos; esto es tanto que se procura entapizar toda la casa y buscar las más exquisitas alhajas para adorno el más exquisito.

Si Vuestra Majestad viniera no se podría disponer más en todos los curatos, se llega adonde se puede sin perdonar trabajo y gasto. Se previene ante todas cosas el cocinero propio del prelado, para que inteligente de su gusto lo sazone, y éste se paga de su mano porque trae miles de pesos cuando vuelve; a éste se le arrienda la plata de servicio, se le da gala o propina aparte, y es dueño del sobrante de la opulenta dispensa que se prepara, tomándose las gallinas, pavos, pescados, terneras, carneros, sin perdonar carbón y leña. Después al secretario se le pregunta cuanto importa el reconocimiento de libros parroquiales y se le da en oro sin rebaja ni reclamo alguno, y se añade su gala correspondiente a las circunstancias: cual, da fuera de lo pedido quinientos pesos en oro, y cual, cien marcos de plata, como sucedió en Cuernavaca, que esto queda a la voluntad del cura.

Después, se reparten las propinas a todo género de criados, empezando por secretaría, escribientes, pajes, capellanes, notarios, asistentes, lacayos, cocheros y agregados con los arrieros y transportadores y se cobran las que corresponden a los familiares y criados que no fueron.

Las pérdidas que resultan o son regulares, como en Tláhuac, que se perdió una cama con el colchón y varios cubiertos de plata, y un plato de plata, con que a río revuelto ganancia conocida.

La voluntariedad de los criados, el pedir a su arbitrio el aguardiente y vino, las mesas francas para todos porque donde está el prelado allí comen alcaldes mayores, oficiales de tropa, los curas comarcanos, hacenderos y personas distinguidas, con mesa espléndida y libre para desayuno, almuerzo, punches, sangrías, mesa opípara de lo más exquisito: refresco de la tarde, cena correspondiente a la comida y complacer a todos a su arbitrio, ya indica la voluntariedad y desarreglo de semejante función donde no se emborracha el que no quiere, y todos los comarcanos ocurren con esta licencia general de comer y beber según su deseo.

La justificación de Vuestra Majestad declarará si esto corresponde a un acto tan religioso; lo cierto es, que de los asistentes se tiene en poco el que no se carga de víveres preciosos, y esto a costa por fin de los pobres, porque el cura no puede por sí solo soportar tan indecibles gastos. Por lo regular no baja de mil pesos cada día de la visita, que se reduce a una crápula continuada con gravamen de los miserables indios, que después que han trabajado lo referido, tienen que deshacer los préstamos con volver las alhajas sin que les paguen cosa alguna, ni de los continuos correos que se despachan, originándose de aquí graves sentimientos si en algo se falta a esta ceremonia tan gravosa.

Se omite a Vuestra Majestad que si el cura tiene un caballo o mula buena, a cualquier insinuación de los familiares debe darla, porque de no, se expone a un desaire. Los cocheros piden en los curatos vino y aguardiante para lavar las mulas del prelado y para lavarse los pies, y el cura pobre está obligado a dar camas decentes a todo género de criado. Quedando a la alta consideración de Vuestra Majestad cuanto es menester para aglomerar estos utensilios, y que viene a ser la visita que llaman santa un hospedaje general y un continuo fandango y gasto, que por último resulta en los miserables indios, habiendo sucedido en Mazatepec que el propio prelado le dio de moquetes a un indio porque le pareció que le había faltado a no sé que ceremonia, y allí fueron tantos los gatos, que gastó el cura a más de mil pesos por día y le costó el verse a la muerte el tráfago de esta función.

Dejo aparte los días que se gastan en prevenciones, el que todo se santifica con el alto nombre del prelado y de la santa visita,, y con esto no se escrupuliza en gravar a los infelices indios a que vayan, vengan, trabajen y revienten y gasten lo que no tienen.

Confieso a Vuestra Majestad que sólo el hallarme mortal como estoy me obliga a poner esta razón en descargo de mi conciencia, porque si supieran que lo hacía me costaba la vida la pesadumbre que me dieran, pero veo que no puedo en conciencia dejar de reclamar por el remedio, porque en el estado en que están las visitas de los curatos, es tanto el afán, el gasto y sobresalto, que creo y juro a V.M. por esta santa + que más es escándado que utilidad, y que mejor sería, según entiendo, que si no se reforman no las hubiera, porque es contrario a todos los cánones de la Iglesia el método con que se observa.

A la parte despreciable o curato pobre no llega el prelado, sino su secretario, u otro familiar que firma los libros, cobra sus derechos y se muda; pero siempre los curas comarcanos sin desamparar al convoy alborotándose los contornos con el fausto y concurrencia.

En cierta ocasión en una hacienda del marqués del Villar hizo noche el prelado, no se franqueó a los cocheros la cebada como acostumbran, y se llamó al mayordomo, quien dijo que no era dueño ni la había, y se le conminó con prisión y que se remitiría al virrey a que lo castigara, y que franqueare trigo, el que se pidiera, que se pagaría; estaba allí a seguir la tertulia el cura que era de Jilotepec, inmediato a dicha hacienda, y fue reconvenido sobre esta falta y la de camas, quien satisfizo que no le avisaron ni era de su pertenencia, pero por esto se le trató con seriedad y aspereza, acostumbrados a la mayor profusión. Después se persiguió a este cura gravemente hasta quitarle el curato, y estando muribundo en una hora tan terrible no le concedieron la quietud de la muerte, y le nombraron interino a D. Josef Gallardo, con el motivo de que pidió la profesión de Nuestra Señora de la Merced para ganar la indulgencia. Es cierto, no tuvo efecto el interinato hasta la muerte del cura, que fue el Lic. D. Josef Buenaventura Estrada, pero fue reconocer el atentado para que se patente a Vuestra Majestad lo que trasciende el despotismo de visita.

Es fecha a 7 de diciembre de 1784 por uno de los curas visitados y experimentado en este arzobispado de México, que de miedo no se nombra y advierte que el caso de Estrada sucedió ya promovido a otro curato donde se hizo famosa su causa muriéndose brevemente.