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Los últimos días de Agustín Rivera

agustin-rivera-webEl día de hoy se cumplen cien años de la muerte del Dr. Agustín Rivera. Cabe destacarlo, si su obra no bastara, su memoria hizo también correr algo de tinta no desprovista de interés. La prensa dio a conocer la noticia de su muerte, y aunque falta un trabajo más amplio al respecto, parece ser que se le conmemoró sobre todo en las páginas de órganos del carrancismo, como El Pueblo. También recibió atención importante, y resulta paradójico tratándose de un sacerdote católico, del periódico oficial del metodismo, El abogado cristiano. Significativamente, no hemos encontrado hasta ahora, pero todavía no hemos hecho una búsqueda a profundidad, la reacción de la prensa católica.

En esta oportunidad, tomamos de las páginas de El pueblo un artículo remitido en octubre de 1916 y publicado en enero de 1917 de Rafael Muñoz Moreno, quien fue durante largos años el amanuense de Rivera. Desde luego, es un recuerdo íntimo, doloroso inclusive, que presenta a la admiración del lector a un anciano fuerte en la enfermedad pero extremadamente débil, ciego y pobre. Además se acerca todo lo posible a la facción revolucionaria en el poder. Es asimismo interesante pues nos describe unos últimos días del padre Rivera particularmente secularizados: no hay la mención más mínima a auxilios espirituales, rezos o sacramentos católicos. Sorprende también la ausencia de toda referencia a Lagos de Moreno, sus autoridades o habitantes. En cambio, hay incluso reproches familiares, y claro, vemos aquí ya la construcción de la imagen de Rivera como el gran sabio, comparable a los clásicos que tanto citó, como Homero, Horacio o Virgilio. Leamos pues, esta memoria familiar del sabio de Lagos en el centenario de su fallecimiento.

El pueblo, año III, tomo I, núm. 787, México, 6 de enero de 1917, p. 3.

Últimos días y muerte del preclaro escritor señor doctor Agustín Rivera

Una vez más se ha comprobado, con motivo del fallecimiento del señor Dr. D. Agustín Rivera, la verdad de aquel pensamiento de Hugo, expresado en el siguiente apóstrofe: “¡Grandes hombres si queréis que mañana se os haga justicia, moríos hoy!” Apenas han transcurrido tres meses desde esa defunción, cuando ya diferentes agrupaciones literarias se apresuran a estudiar su vida y analizar sus obras, tanto en los diferentes aspectos que estas en sí mismas presentan, como en el influjo cultural que han ejercido sobre nuestra patria. Un interés muy vivo se ha despertado en cuantos piensan, por conocer detalles relativos a los últimos días del erudito doctor. Numerosas cartas he recibido de reconocidos intelectuales, en que se me interroga sobre ese asunto, y para contestar a todas ellas y dar al dominio público lo que de derecho le corresponde, me he resuelto a escribir este artículo, informando en la verdad y en la justicia.

La existencia del señor Dr. Rivera fue amargada en sus últimos años por variados padecimientos físicos y morales. Lo avanzado de su edad, pues falleció a la de noventa y dos años, cuatro meses, seis días, le originó numerosos achaques y enfermedades, algunos de los cuales hubiesen sido insoportables para hombres de inferior carácter. De entre esos males, el mayor fue, sin duda, la paulatina disminución de su potencia visual, que empezada sensiblemente a mediados del año próximo anterior, llegó a imposibilitarlo para la lectura desde a fines del mismo, impidiéndole de ese modo, que efectuara lo que de más fundamental e irresistible había en todas sus tendencias. Desde entonces, comenzó a declinar rápidamente: todos los padecimientos que antes le eran soportables debido a que en el estudio encontraba para ellos un paliativo o un remedio radical, al ocupar el campo entero de su conciencia psicológica, crecieron en importancia subjetiva. Ensimismado, absorto, veíase discurrir por los aposentos de su casa (sita en esta ciudad. Avenida B. Domínguez, Poniente 37), siempre inteligente, siempre activo, supiendo con la claridad de las facultades mentales, la oscuridad creciente que le envolvía, y consiguiendo de ese modo dictarme las más ingentes cartas, ordenar sus objetos de uso personal, disponerse, en suma, para efectuar ese largo viaje que al fin emprendió, y que si no era esperado, era previsto. Fácil es comprender lo que para ese hombre significó la casi completa pérdida de la vista. Difícil es conseguir mayor concebir mayor desgracia para un hombre de estudio. Fue para él lo que habría sido la parálisis para Alejandro Magno, lo que sería la ablación de las alas para un cóndor. En los cerebros bien organizados, existen tendencias firmes y precisas: “la bestia filosófica” de que nos habla Nietzsche, no es más que el hombre constituido para filosofar y que se busca el medio al efecto más propicio venciendo no importa cuáles resistencias: suprimir esa indómita inclinación, desviar esa fuerza que se encamina por senderos predesignados por la naturaleza, ahogar lo que en nosotros existe a título de aspiración suprema, es suprimir la vida misma. Por eso considero que la rápida declinación de la del señor Dr. Rivera, a consecuencia de su ceguera, fue un suplicio y una comprobación, suplicio porque contrarió una tendencia primordial de su organismo: comprobación, porque rebeló la escuela de éste.

La pobreza, esa inseparable compañera de la virtud y el genio, afligió también en sus últimos años al ilustre desaparecido. Imposibilitado por su edad para todo trabajo inmediatamente productivo; sin el apoyo de mi hijo el Lic. Muñoz Moreno, que a la sazón sufría los rigores del exilio; dedicado yo por completo a atender de noche y día al noble anciano; sin contar con mas recursos que la modesta pensión de ciento cincuenta pesos mensuales en su favor decretada por el XXVI Congreso de la Unión, y que la Revolución, por una de esas contradicciones que hacen que ciertas cosas grandes tengan, no obstante, aspectos de pequeñez incomprensibles, le hizo pagar, a la par, en papel moneda de circulación forzosa; sin recibir la menor ayuda de ninguno de sus acaudalados parientes, de quienes posible es que en otra oportunidad me ocupe, hubiérase de seguro visto en la miseria, a no haber sido por el espontáneo auxilio que le impartieron algunos de esos hombres que nacieron a la vida pública, al calor del incendio revolucionario, desconocidos antes y admirados hoy por lo preclaro de sus talentos y la eficiencia de sus energías, grandes cerebros para quienes la opresión fue obscuridad y la libertad significó gloria, tales como los señores General Manuel M. Diéguez, Lic. Manuel Aguirre Berlanga y Luis Castellanos y Tapia; otro de ellos, dotado de excepcionales cualidades, por desgracia actualmente anuladas a consecuencia de un error político: el señor General Felipe Ángeles; un digno sacerdote, discípulo del señor Dr. Rivera, y que a título de excepción honra a la clase a que pertenece, el señor cura del Huatusco, Ver., Don Fermín Moreno, y algún otro filántropo, tipo genuino de modestia y bondad, que quiso ocultarse en el incognito al hacer un oportuno donativo… Vayan a todos ellos, las presentes líneas, en testimonio de gratitud y pública comprobación de sus virtudes, y sepa quien lo lea o quien lo escuche que si, con excepción del último, pródigos hubieran sido con el ilustre historiador de que me ocupo, a bajo precio habrían comprado el derecho que hoy tienen de que sean repetidos sus nombres, con la honrosa significación de protectores de las letras, mientras perdure el de aquel a quien beneficiaron, como aun suenan los nombres de Mecenas y del Duque de Béjar, al evocar los de Horacio, Virgilio y Cervantes.

El Dr. Rivera, ciego y pobre, recuerda a Homero, que, ciego también como su nombre lo indica, peregrinaba por las ciudades de la Antigua Grecia, recibiendo un óbolo de quienes oíanle recitar trozos de sus eternos poemas.

¡Jamás fue la fortuna propicia para el genio, quien en todos los tiempos ha sabido armarse de filosófica paciencia para resistir a sus adversidades: “La virtud concede un reino y diadema segura y un laurel propio a aquel que ve grandes montones de oro y plata y no vuelve los ojos hacia ellos,” y “levanté un monumento más duradero que el bronce y más alto que las pirámides de Egipto, que ni la lluvia voraz, ni el aquilón impotente, ni la innumerable serie de los años, ni la fuga de los tiempos pueda destruir”… pensamientos son que, creados por el fecundo numen de Horacio, repetidos fueron, en son de consuelo y esperanza, por el eximio escritor laguense.

La desaparición del señor Dr. Rivera fue una sorpresa aun para mí, que más de cerca lo atendía. Cierto es que su avanzada edad hacía que revistiera caracteres de gravedad la menor alteración de su salud, por lo que a diario era de temerse un desenlace funesto; pero como sus achaques y enfermedades se sucedían unos con otros, casi sin interrupción, y como constantemente se conseguía un completo restablecimiento, debido unas veces a las atenciones médicas y siempre a los cuidados y desvelos que en suerte me cupo la honra de prodigarle, durante la última enfermedad del ilustre paciente, denominada enterocolitis, jamás perdí la esperanza de que sanara. A conservar esta ilusión, contribuyó en buena parte la actividad intelectual y la energía de carácter del sabio historiador, quien, en la antevíspera misma de su muerte, con su fluidez extraordinaria, dictábame una carta de negocios para el señor Dr. Cayetano Andrade, carta que, por ser la última que redactó, y en prueba de lo que afirmo, me prometo dar a la publicidad, a cuyo efecto, ya me he dirigido a su destinatario para recabarla. En presencia de tan notable conservación del entendimiento, difícil era creer que la muerte se acercaba. Al fin llegó el día seis de julio último. Por extraña coincidencia, en la misma fecha regresó, tras larga expatriación, mi ya aludido hijo el Lic. Muñoz Moreno, a quien el señor Dr. Rivera desde hacía largo tiempo esperaba con impaciencia, y cuya forzada separación, fue otro de sus padecimientos morales, no logrando hacerla cesar, a pesar de que al efecto, dos veces se dirigió al C. Primer Jefe; mi hijo y yo nos presentamos en el aposento del señor doctor, quien a la sazón dormía; no quisimos despertarlo, porque recordé que había pasado mala noche, y temí que la inopinada presencia de Alfredo, le ocasionara una impresión que, por lo intensa, le fuera perjudicial; cuando regresamos, expiraba… Abrió los ojos; mas en medio de la agonía, en la penumbra de la instancia y con la casi completa ceguera que le aquejaba, seguro es que ni siquiera alcanzó a distinguirnos. Lentamente fue disminuyendo el ritmo de su respiración, hasta cesar por completo. Al parecer sin sufrimiento alguno, hizo la por todos temida transición de la vida al no ser. Puede decirse que pasó, de uno de los sueños transitorios de este mundo, al eterno y profundo de la muerte…

El cortejo que acompañó el cadáver del señor Dr. Rivera hasta su última morada, fue poco numeroso. El elemento oficial no formó parte de él. Solamente los niños de una escuela, como si en medio de su candor e inexperiencia, se dieran mejor cuenta de la pérdida sufrida por la Patria toda, en particular por sus clases estudiosas, conducidos por su inteligente Director el señor profesor J. Sóstenes Lira, que poco después también bajó a la tumba, presentes se encontraron hasta que para siempre desapareció de su vista el cadáver del ilustre laguense. Ninguna voz se alzó para darle la eterna despedida. El Lic. Muñoz Moreno intentó ver algunos concepto; mas impidióselo la intensidad de su emoción. Los grandes dolores, jamás podrán ser expresados por medio de la palabra: únicamente el lenguaje natural es capaz de revelarlos. A este propósito, podría sentarse como incontrovertible la siguiente tendencia entimemática: ¿Hablas de tu dolor? ¡No es muy intenso!

Debo hacer constar aquí que, aunque fue muy modesta la inhumación del señor Dr. Rivera, ya el Gobierno Constitucionalista, en su titánica labor de nacionalismo, en particular algunos de sus más distinguidos miembros, como los señores Lic. Manuel Aguirre Berlanga  y General Manuel M. Diéguez, a iniciativa mía, se preocupan por erigir, sobre la humilde tumba del autor de tantas luminosas obras, un monumento cuya grandeza corresponda a su memoria.

León, Gto., octubre de 1916.

RAFAEL MUÑOZ MORENO

N.R. El anterior interesante artículo sobre uno de nuestros más esclarecidos sabios, nos fue remitido por el culto escritor que con su firma lo calza, y que fue quien asistió en su muerte, al Dr. Rivera, recibiendo de él nombramiento de su albacea testamentario.

Un personaje medieval del siglo XIX

Gregorio VIILa prensa del siglo XIX es interesante, entre otros motivos, porque en medio de sus debates más acalorados, era capaz de ofrecer verdaderas lecciones de historia. En efecto, de manera particular cuando se trataba de los debates de temas religiosos, era muy común que los publicistas de la época se extendieran en dar cuenta de personajes y épocas a veces remotas, que estimaban en los orígenes de los temas que denunciaban. Tratándose del “fanatismo” y de la “superstición” en que los publicistas liberales solían inscribir el problema de la posición política del clero, no podían, por ejemplo, sino remitir a la Edad Media. Los tintes oscuros con que ya los ilustrados habían cubierto ese milenio eran bien aprovechados en sus combates contra obispos y clérigos, que trataban de afirmar la soberanía eclesiástica a la misma altura que la del Estado, a veces con argumentos modernos, pero que los periódicos no dejaban de descalificar con esas referencias medievales.

Ciertos personajes históricos superaron así la antigüedad para pasar a la actualidad. Evoquemos sólo a uno particularmente controvertido: el papa Gregorio VII, monje benedictino del siglo XI, cluniascense para ser preciso, su nombre original era Hildebrando. Al llegar al trono de San Pedro en 1073, se distinguió por su defensa de la autonomía de los Papas frente a los Emperadores germánicos, publicando documentos como el Dictatus Papae, y protagonizando el primer gran episodio de la Querella de las Investiduras a propósito del nombramiento de obispos. En ese enfrentamiento, el emperador Enrique IV, excomulgado por el Papa, se vio obligado a “humillarse” ante el pontífice, un episodio que vemos inmortalizado por el pintor Federico Zuccari en el cuadro del siglo XVI que vemos en la imagen de arriba. Canonizado en el siglo XVIII por el Papa Benedicto XIII, su fiesta se acaba de celebrar el 25 de mayo. Su memoria fue particularmente controvertida en el siglo siguiente, justo en el momento de los debates que en todo el mundo católico se plantearon entonces sobre el lugar de la religión en el orden liberal.

En realidad no es de extrañar que el Papa que había logrado humillar a un emperador, aunque hubiese terminado muriendo en el exilio, fuera evocado constantemente en el siglo de los grandes debates religiosos del catolicismo. También se le dedicaron entonces varias biografías: circularon al menos por los países de tradición católicas, la del canónigo Alfonso Muzarrelli, la de Philipon de la Madelaine, la de Pierre Antoine de Vidalain, y claro está, la del prusiano Johannes Voigt, de cuya edición francesa de 1838 tomamos esta otra imagen. Los periódicos liberales mexicanos del siglo XIX, casi sobra decirlo, retomaron su memoria en términos negativos, y lo citaron sobre todo en los momentos más álgidos de los conflictos entre la Iglesia y el Estado.

Citemos sólo algunos ejemplos, en aras de no cansar al amable lector con repeticiones. Ya en tiempos del primer federalismo, El Nivel de Guadalajara, lo presentaba como el origen de un despotismo clerical: desde su época, la corte romana “tenía proyectado sujetar a todos los soberanos a su dominación” (12 de julio de 1825, p. 1, en “Del fanatismo”). En tiempos de la primera reforma, la de Gómez Farías, la prensa lo recordó como “pernicioso corruptor de la religión y de la disciplina, a quien Roma debe todo su orgullo” (El Fénix de la libertad, México, 30 de agosto de 1833, p. 3 en “Reflexiones sobre la conducta y principios político-religiosos del reverendo obispo de Michoacán”) y hubo incluso editoriales publicados en varios periódicos del país que lo recordaban como aquél que  “sacudió el yugo que hasta entonces habían llevado los papas y se adjudicó el gobierno temporal de los más hermoso de Italia” (El Demócrata, México, 1o de agosto de 1833, p. 2 y El Mensajero federal, Veracruz, 23 de julio de 1833, pp. 3-4). En tiempos de la Reforma, incluso un artículo de El republicano equiparaba los proyectos episcopales con los de Gregorio VII, advirtiendo al obispo de Puebla, Pelagio Antonio de Labastida, que “no resucitan los muertos” (19 de mayo de 1856, p. 4). Al referirse a su época, La Orquesta, en 1865, no dejaba de introducirlo adviertiendo: “De allá datan seguramente nuestras desgracias” (16 de agosto de 1865, p. 1). En fin, en 1870, El Libre Pensador lo reconocía como “tipo desconocido y profundo del poder temporal de los obispos de Roma y pontífice perfecto en opinión de los ultramontanos de todos los tiempos” (5 de mayo de 1870, p. 10) e incluso “genio que realizó en el pontificado los principios contrapuestos del bien y del mal”.

Todas estas referencias proceden, desde luego, de la siempre útil Hemeroteca Nacional Digital de México. Ellas nos muestra bien hasta qué punto un monje medieval podía ser fundamental para la opinión pública moderna del siglo XIX, así fuera en términos negativos. Gregorio VII, santo a principios del siglo XVIII, fue convertido en la prensa, poco más o menos, en uno de los causantes de los problemas políticos que vivía la república. En el discurso, siempre algo maniqueo de los publicistas, a ocho siglos de distancia y en un país que ni siquiera pudo imaginar que llegara a existir, se convirtió en uno de los “malos” para la opinión liberal.

 

 

De la moral a la introspección: una nota de campanas, Chateaubriand y Baudelaire

Génie ChateaubriandEn el mundo occidental, el sonido de las campanas es evocador. En efecto, lo observaba bien Chateaubriand a principios del siglo XIX, para quien resultaba maravilloso que “un solo golpe de martillo”, pudiera hacer surgir sentimientos comunes en personas por demás diversas, hasta el punto de forzar “a los vientos y a las nubes a cargarse de los pensamientos de los hombres”. Esos pensamientos, lo veía positivamente el autor del Genio del Cristianismo, tenían que ver con la religión y la moral cristianas. Un toque de agonías podía “sorprender el oído de una esposa adúltera”, un repique detener la mano de un ateo o incluso la de un asesino, “Extraña religión”, exclamaba nuestro autor, que por el golpe de un “bronce mágico” podía “cambiar en tormentos los placeres”.

Mas desde luego, las campanas evocaban ya entonces la época de la Catolicidad al menos e incluso la Cristiandad medieval, a través de la religión del campo. Chateaubriand aludía también a los “pequeños repiques de los pueblos”. Las campanas eran entonces marcadores incansables de un tiempo cíclico, manifestadoras de la alegría local, protectoras contra los más diversos peligros naturales o sobrenaturales incluso, protagonistas a veces de misterios tocándose por sí solas, a veces célebres como fue la campana de Velilla en Aragón podríamos agregar nosotros. El autor romántico dedicaba especial memoria a los toques de emergencia, que “golpeaban al alma de piedad y de terror”.

Ahora bien, con el paso del tiempo la nostalgia de las campanas no dejó de existir, pero pudo bien adquirir un aspecto menos apologético. Por sólo citar un ejemplo, recordemos el poema de Charles Baudelaire, “La cloche fêlée”. Está fuera de nuestros alcances una reflexión de conjunto sobre la religión en Baudelaire, tema ya de análisis erudito de notables autores. Interesado por la religión, pero sin adherir a institución religiosa alguna, podríamos decir simplificando mucho, su poema presenta a las campanas como motivo de evocación, pero sobre todo, como vía para una introspección. Ya la primera estrofa poema nos lo indica: el sonido de las campanas, el carrillón, llama recuerdos lejanos:

“II est amer et doux, pendant les nuits d’hiver,
D’écouter, près du feu qui palpite et qui fume,
Les souvenirs lointains lentement s’élever
Au bruit des carillons qui chantent dans la brume.”

Enseguida, viene una estrofa que es una auténtica alabanza de la fidelidad de la campana a su labor, nostálgica en la medida en que la vejez de la campana pareciera recordatorio de que su “grito religioso” ya no pertenece a la modernidad. Tiene cierto encanto además la imagen del soldado, siendo que en efecto las campanas en su día habían sido pensadas como tales, como parte del combate al mal propio del Cristianismo.

“Bienheureuse la cloche au gosier vigoureux
Qui, malgré sa vieillesse, alerte et bien portante,
Jette fidèlement son cri religieux,
Ainsi qu’un vieux soldat qui veille sous la tente!”

Las dos estrofas finales revelan al lector que la que está rota no es la campana sino, literalmente, el alma del autor. La campana, lejos ya de la apología religiosa de Chateaubriand, sólo ha servido para abrir el camino de la nostalgia hacia la introspección más profunda e incluso sangrienta por las imágenes utilizadas. No es de extrañar que el poema haya sido retomado más tarde por músicos notables, algunos cercanos al catolicismo, como Louis Vierne, quien, desde su retiro de Thonon en 1919, en una época particularmente dramática para el que fue organista de la Catedral de Notre-Dame de Paris, compuso una melodía particularmente adecuada para resaltar la emoción del poema. Aquí pues, para cerrar correctamente esta breve nota, el cuarto de los “Cinco poemas de Baudelaire, op. 45 para soprano y piano” de 1919.

La cloche fêlée por davidclopez

Una capuchina de Lagos

El México de las primeras décadas del siglo XIX, si bien contaba ya con una prensa moderna, no dejó de ver la impresión y circulación de documentos más tradicionales, que hacían parte de la publicidad de la religión, tan estimada en los siglos anteriores. Presentamos aquí en esta ocasión una vida ejemplar, la memoria biográfica de una religiosa capuchina de la villa de Lagos, cuya transcripción debo agradecer a la joven Guadalupe Serrano Flores, estudiante de la Licenciatura en Humanidades con especialidad en Historia Cultural del Centro Universitario de los Lagos de la Universidad de Guadalajara.

El documento se destaca justo por su tradicionalismo, la biografiada es presentada ante todo con las virtudes más clásicas que se esperaban una religiosa de su instituto desde tiempos de la Reforma católica al menos. La paciencia, la penitencia, la obediencia y los milagros brillan conjuntamente en este documento, al igual que la inspiración del Espíritu Santo que la lleva al convento desde los 3 años. Y sin embargo, la publicación es contemporánea ya de importantes cuestionamientos de la vida claustral, que resultarían  (entre otras medidas) en la supresión de la coacción civil para el cumplimiento de los votos monásticos en 1833. Esto es, sin duda la memoria se inscribía en ese contexto polémico (aunque no lo mencione), desde luego, constituyéndose en una defensa de la tradición monástica femenina.

Anónimo, Memoria de la Reverenda Madre Sor Mariana Josefa, Religiosa Capuchina en el Convento de la villa de Lagos, Obispado de Guadalajara, México, Imprenta de Alejandro Valdés, 1832, 12 pp.

Nació esta admirable niña en el año de mil setecientos cuarenta y siete en la villa de Lagos, y se le puso en el Bautismo el nombre de Juliana. Sus padres fueron los señores don Felipe de Torres y doña Ana María Sermeño, ambos vecinos acaudalados en aquella villa, y mucho más ricos de virtudes, y recomendables por su insigne caridad. Su casa que estaba situada frente del Beaterio de recoletas que había allí, era el socorro y consuelo de aquella Comunidad, en la que tenían otra hija, que después fue religiosa, nombrada Sor María Felipa. Con este motivo la Señora su madre frecuentaba diariamente la Iglesia y portería, y llevaba consigo a la chiquilla Julianita. La cual desde que empezó a alumbrarle la luz del conocimiento de las gentes, manifestó un extremado amor e inclinación a aquella casa y a estar con las beatas, a pesar de los cariños y obsequios que tenía en la suya; pues era la más amada de su madre entre todos sus hermanos.

Creciendo más y más cada día el engreimiento de Juliana con aquellas recoletas, y siendo de edad de tres años un día, que fue la víspera de San Lorenzo 9 de agosto de setecientos cincuenta, después de haber oído, misa en aquella Iglesia la Señora su madre, y llevado en su compañía, como lo hacía todos los días, a la chiquilla, retirándose para su casa, que era como se ha expresado al frente del Beaterio, comenzó la niña a hacerle tantas suplicas y ruegos, para que la llevase a la portería, que hubo de conceder, y se la entregó a la Portera; pero amenazándola con que no se había de armar a quedarse dentro, como lo había ya intentado otras ocasiones; porque la había de castigar. La chiquilla, luego que se vio separada de la madre dentro de la portería, con un semblante muy risueño y llena de alegría al oír las amenazas de que si se quería quedar la castigaría, le decía con mucha gracia: si me coges, si me coges.

Luego que se vio allí acompañada de las beatas, comenzó a instarles a que le quitasen los vestidos y las alhajitas que llevaba, y le pusiesen un hábito como el que usaban. Al principio creyeron ser esto una ilusión o antojo de su corta edad; pero insistiendo Juliana en ello, y tratando ella misma de desnudarse con violencia, de modo que por no poder quitarse ella sola los rizos y aretes que llevaba en las orejas, se dio tantos estirones que se rompió ambos pulpejos, de lo que padeció después, aunque ligeramente toda su vida, ya se vieron precisadas a dar aviso y consultar con su Padre Capellán, que lo era el venerable presbítero bachiller don Diego Cervantes, fundador que después fue de aquel convento, cuya memoria y virtudes serán eternas en aquella villa. Este eclesiástico, viendo los ruegos y firme resolución de aquella criatura, consultó con sus padres; y con la anuencia y consentimiento de ellos, permitió el que se quedara de pie en el Beaterio.

Desde esta edad tan corta, comenzar [cortado] las mortificaciones y vida austera y penitente de Juliana. Desde entonces, y constando con solo tres años, le dijo un a Dios [sic] rotundo al mundo; y antes de conocerlo lo despreció valerosamente. Luego, desde aquel día vestida con un sayal humilde dio principio a la observancia religiosa en cuanto le permitían sus débiles fuerzas. Ella rezaba y oraba: ella seguía las distribuciones de aquella comunidad; y lo que es más, se alimentaba con los mimos manjares, y guardaba la abstinencia que todas, sin volver la cara, ni acordarse de la mesa y comidas exquisitas de la casa de sus padres: su desayuno era un poco de atole de maíz, el que habiendo un día observado la prelada que por tener una nata no lo había bebido, mandaba muchas veces el que solo le pusieran una tasa llena de natas para mortificarla, y así se la hacían tomar; aun resistiéndolo con nausea su misma naturaleza; pero ella lo tomaba como si fuera el mayor regalo. La comida eran simples yerbas; y la cama una dura tarima. Así paso esta criatura, y con el mayor contento, los seis primeros años, hasta que convertido aquel Beaterio en convento recoleto de Capuchinas, y contando ella de edad nueve, vinieron las Madres Fundadoras, y continuó con ellas, como lo hicieron otras varias jóvenes, a las que admitieron en el noviciado; pero Juliana, a pesar de sus deseos, no podía por la edad entrar en aquel número, y solo se contentó por entonces con ser Capuchina de afecto; lo que referiría ella siendo ya grande con mucha gracia, contando a sus hermanas las religiosas modernas que cuando vinieron a la fundación sus primeras Madres, había aprendido a comer, y hasta entonces no había sabido lo que eran los manjares del siglo, por los regalitos que de todas las casas principales de aquel lugar les habían mandado los primeros días en clase de obsequio.

Suspiraba Juliana por ser admitida al santo noviciado, y por consagrarse a Dios en la profesión religiosa; y así es, que continuamente ocurría al Padre Fundador, pidiéndole esta gracia, a la que se había hecho muy acreedora; observando con la mayor exactitud todas las austeras reglas de aquel rigurosísimo instituto, lo mismo que si fuera ya profesa; y de aquí es que, contribuyendo los votos de toda la comunidad y también las suplicas, meses antes de cumplir los quince años, el día de San Francisco Borja, en el año de mil setecientos setenta y tres, día que siempre celebró muchísimo, recibió de manos del mismo Padre Fundador el santo hábito; poniéndosele por nombre, como es costumbre variarlo en estas comunidades, el de Mariana Josefa; y desde este día principió fervorosamente su noviciado, en el que dio a sus hermanas los más grandes ejemplos, como después veremos, de todas las virtudes.

Llegada a la edad de diez y seis años, que es la prevenida por el Santo Concilio de Trento, para poder admitir a las jóvenes a la profesión religiosa, el señor quiso probar todavía más su espíritu, y mortificar sus deseos. No se sabe por qué motivo el ilustrísimo señor Obispo de Guadalajara mandó, que a ninguna novicia se le diera la profesión, ni se admitiera al hábito. Sor Mariana era la única que se hallaba en el primer caso, y he aquí una de sus mayores congojas. El Padre Fundador se había enfermado gravemente, y todos los caminos se le cerraron porque el Prelado no quería, ni por sola esta vez, revocar su decreto. Ocurrió en tan grave tribulación a Dios, que es el que consuela a los humildes. Se interesó, y le rogó con todo el corazón y lágrimas al Padre Fundador, quien movido a compasión, y deseoso de dejar en aquella comunidad una joya tan preciosa como era la joven Sor Mariana, para que después fuese la Madre y el ejemplo de todas las demás, rogó al Señor facilitase aquel negocio, poniendo por intercesor al Santo Patriarca San Ignacio de Loyola, por cuyas manos le aplicó y celebró tres misas en reverencia del Misterio Augusto de la Santísima Trinidad, y luego dirigió una carta muy suplicatoria al Prelado, cuya contestación fue la de mandar la correspondiente licencia para que profesara la novicia; lo que se verificó inmediatamente el día en que la Santa Iglesia celebra la festividad del Dulcísimo Nombre de Jesús; y en reconocimiento a esta tan especial gracia, interin vivió Sor Mariana, fue una devota esclava, y celebró especialmente, así el aniversario de su profesión, como la fiesta de la Santísima Trinidad y del Patriarca San Ignacio.

Conseguidos ya sus deseos, desarrolló luego toda la grandeza de su alma, poniendo en ejercicio todas las virtudes. Desde entonces, asegura la Reverenda Madre Abadesa actual de aquel convento, que en su larga vida, que fue de ochenta y cinco años, siguió su hermosa carrera, siendo la más humilde, fervorosa, obediente y caritativa. Su genio tan amable, que jamás se le vio alterada. Su prudencia y trato sencillo, y sin hipocresía: todas la trataban como a Madre, con la mayor confianza: en sus palabras muy moderada, aun en las horas de recreación: nada enfadosa, y siempre edificativa-. En el andar en la risa y en sus acciones, muy modesta: nunca se le oyó una palabra ociosa y mucho menos que podría herir al prójimo: su carácter, en fin, fue el del silencio, y la más escrupulosa observancia de su instituto. Pero, hablaremos algo en particular de aquellas virtudes que más se dio a conocer, según por lo exterior la observaron las religiosas, pues que en lo interior de su alma nunca se descubrió sino solo con el confesor que la dirigía, y así nada supieron de lo que entre ella y Dios pasaba, ni si la probo le Señor, como suele hacer con sus escogidos, por el camino de los consuelos o de las tribulaciones.

En la penitencia y maceración de su cuerpo, fue un modelo más bien de admiración, que para ser imitado. Todos los días, por el espacio de muchos años, uso del ejercicio de disciplina por siete veces, y algunas de sangre con cadenillas. En todo el tiempo Cuadragesimal, en el Advenimiento, y en varios novenarios del año para prevenir las Festividades de la Santísima Trinidad, Dulce Nombre de Jesús, Aparición de Nuestra Señora de Guadalupe, Señor San José y otros Santos, a quienes tenía especial devoción, ayunaba a pan y agua; y según asegura una de las religiosas que era Refectolera, la vio pasar muchos días sin otro alimento que una sola tortilla dura. La cama era la que usan comúnmente las Capuchinas; pero para que le mortificara más, subía una tabla sobre la otra, poniendo los dos filos de modo que le dividiesen ambos la medianía del cuerpo, y por cabecera u a calavera, o la tarimilla de palo que después de una de paja usan comúnmente. Los silicios eran continuos, no quitándoselos, ni aun el de la cintura, para dormir: el sueño brevísimo, y la parte de la noche que después de acabados los Maitines a las dos de la mañana se les concede a las religiosas para descanso, ella se retiraba a un pequeño cuarto que está cercano al Coro, a seguir orando hasta las cuatro y media de la mañana, en cuya hora se volvía a unir a la Comunidad para continuar las distribuciones. Las otras penitencias extraordinarias, de andar de rodillas, hacer cruces con la lengua en la tierra, comer y beber postrada, y otras a este tenor, eran regalos diarios de la Madre Mariana; y para que no quedase sentido ninguno en su cuerpo que no tuviese su mortificación, frecuentemente traía en la boca ajenjos, hieles y otras cosas amarguísimas, de suerte que dos ocasiones se vio en peligro de perder la vida por el uso de estas mortificaciones. La una fue cuando yendo a la cocina a buscar alguna hiel o amargo para ponerse en la boca, quiso la casualidad de que viese unas yerbas con que había venido cubierto el carbón, y probándolas, y sintiendo ser una de ellas amarguísima, la comió sin reflexionar que podía ser nociva o venenosa, como efectivamente lo era, y así a poco rato comenzó a arrojar sangre, y a sentir un dolor agudísimo en el estómago, de suerte que si no le han acudido tan prontamente con medicinas oportunas, hubiera terminado su vida. La otra fue porque acostumbrando hacer cruces con la lengua alrededor del brocal de un grande aljibe para conservar el agua que tiene aquel convento en el patio, fue tanto el fervor con que ejecuto esta penitencia, que con los filos de las losas se debió de herir la lengua, y le sobrevino una fuerte hemorragia de sangre, que también se le contuvo, a beneficio de los medicamentos que al instante se le aplicaron.

No fue menos admirable en la santa virtud y voto de obediencia, en la que manifestó el total desprendimiento que había hecho de su voluntad. Tanto que Prelada, en los tres trienios que lo fue, como de Súbdita, y de Mayor en todas las oficinas en que sirvió a aquella Comunidad, jamás se le noto la menor falta, ni que se incomodara con ninguna de las religiosas; no obstante de que muchas veces permitió el Señor, desde luego para probarla, el que algunas la mortificasen con palabras, que ella siempre oyó con un semblante sereno y alhagüeño. Su querer fue el de sus Preladas y Superioras; procurando adivinarles hasta los pensamientos, y cualesquiera cosa que le insinuaban, al momento la ejecutaba. Pero de esto dio el mayor testimonio una ocasión, en que habiéndole mandado la Prelada hiciese no se que cosilla de friolera, y habiéndola ejecutado, la Prelada, por una equivocación creyó no había sido así, y delante de otras religiosas la reprendió con aspereza. Esta represión debía haberle sido más sensible, en atención a que acababa de ser en el trienio pasado Abadesa; pero la recibió con tanta humildad y alegría, que su semblante se llenó de gozo, y le dio a la Prelada las gracias, satisfaciéndola completamente de su equivocación. Las varias ocasiones en que fue Maestra de Novicias, más bien parecía ella la Novicia; pues que todo lo hacía con más empeño y con más rigor que las mismas jóvenes, diciéndoles: que ella lo ejecutaba para que con su ejemplo aprendieran el modo de hacer aquellas cosas con más facilidad y menos molestia. De la misma manera se condujo en todas los demás destinos en que la ocupó su Comunidad; y aun siendo la Mayor en las oficinas, siempre pedía el consejo y parecer de las compañeras, y cuando fue Prelada, el de las Conciliarías; no atreviéndose a mandar nada por su propio dictamen, para ejercitar mejor su obediencia.

En los ejercicios de devoción fue también muy singular. Se preparaba para celebrar las festividades de sus santos Patrones con nueve días de ayuno a pan y agua; les ofrecía cuantos actos de penitencia y mortificación podía; y solemnizaba sus días solicitando limosnas para hacer más majestuoso su culto aún en el público. Pero en lo que se esmeró más fue en la devoción del Sagrado Corazón de Jesús, con quien tenía reconcentrado todo su amor a sus delicias. A fuerza de súplicas a las personas caritativas consiguió recoger limosnas, y fabricar una pequeña ermita dentro del convento, y la dedico a aquel santo nombre, adorándola, con buenas imágenes, y un hermoso y devoto retablo en el medio del alatar principal, para que allí fuesen las religiosas a tomar ejercicios, y al retiro diario que por turnos practican. Para esto recogió todos los libritos necesarios que sirven para la meditación, y no dejó cosa que desear para el servicio doméstico de aquel oratorio, que también adornó con curiosas flores y ramilletes de mano, que parte hizo ella misma, y parte las demás religiosas.

Su caridad, tanto en el servicio interior de sus hermanas, como con las gentes de fuera que iban a pedir oraciones para alguna necesidad en que se hallaban, fue de lo más extensa. Siendo enfermera, no perdonaba diligencia para el alivio de las enfermas, consolándolas con las palabras más dulces en lo agudo de sus dolores. Cuando Prelada, a todas acompañaba y procuraba aliviarlas en sus trabajos y aflicciones. Si reprendía era con la mayor prudencia y mansedumbre. Si percibía en alguna, conturbación en el espíritu, inmediatamente la procuraba los auxilios que le parecían convenientes. Lloraba con todas, y se afligía con las menesterosas. Se interesaba tanto, cuando fue tornera, en las necesidades de las personas que llegaban a pedir socorros, que parecía que todos eran deudos suyos por la sangre o por la amistad, y hacía en su beneficio todo cuanto estaba en su alcance, o a lo menos las consolaba con sus consejos, cuando no tenía otro arbitrio.

El señor, que desde el cielo observaba los merecimientos de Sor Mariana, la auxiliaba con su gracia, y la libertó de varios peligros, concediéndole la vida, para que aumentase su mérito. Así fue, que siendo joven, una noche muy oscura, teniendo que transitar por un patio, a llevar la cena a las enfermas, como estaban en la obra del convento, había en él un profundo pozo al pelo de la tierra sin brocal ni defensa alguna, y como de tomar otra dirección, tomo el camino del pozo, en el que se le hundió todo el cuerpo, y al momento sintió que una fuerza extraña la tomó de los hombros, y la puso fuera al extremo contrario: siguió su camino sin asustarse, y preguntándose si había visto quien la había salvado, contestaba: que desde luego sería el Santo Ángel de su guarda, porque ¿quién había de andar por allí con aquella noche tan oscura? Otra ocasión en que el caudaloso río de aquella villa salió fuera de su cauce, e inundo todo el convento, en la parte baja en que están los lavaderos había quedado un poco de ropa, y Sor Mariana tranquilamente con gravísimo peligro de ser arrebatada por las aguas, fue a buscar la ropa, la sacó, y puso en salvo, sin tener el menor daño, ni manifestar susto ni temor alguno.

A más de estos beneficios, le concedió el Señor una salud robusta, no obstante lo rigoroso de sus ayunos y penitencias; pero al fin, a fuerza de ellas, llegó a perder su estómago el resorte necesario para digerir todo alimento fuerte, de modo que los dos últimos años de su vida fue cuando ya no pudo servir a su Comunidad, postrándose paulatinamente sus fuerzas, por una suma debilidad, sin tener ninguna otra enfermedad; la que la fue consumiendo hasta imposibilitarla aun para los movimientos necesarios. Postrada en la cama, su ocupación era rezar sus devociones, y hacer que le leyeran algunos libros espirituales. Para no estar ociosa, en los primeros meses, le daban un poco de algodón para que lo escarmenase; y esto le sirviera de distracción: pero habiéndosele entorpecido el tacto, ya no podía ni en esto entretenerse. Se mortificaba de que sus hermanas tuvieran que servirla en todo; les daba las mayores gracias, con expresiones que se conocía le salían del corazón; y era tal su prudencia, que por las noches casi las pasaba sin moverse, o hacía los mayores esfuerzos cuando se le caía de la cama la almohadita o la frazada para levantarlas por sí; para que no se desvelasen sus enfermeras; preguntándoles después, que en qué consistiría que por las noches le diese Dios fuerzas para hacer lo que no podía de día. Pero, sobre todo, lo que más le afligía en su larga enfermedad era, el no poder ir al Coro, y principalmente a oír misa. En los principios intentó la llevasen cargada; pero habiéndose desmayado dos o tres veces por el movimiento, ya se lo prohibió el médico, y tuvo que permanecer en la cama. Desde esta hacia intención de oír todas las que se celebraban en aquella villa, y recogía su espíritu lo mismo que si estuviera presente en los templos, de modo, que una vez, al llevarle una de las religiosas que la asistían el alimento, al entrar le dijo con mucha instancia: hínquese, que van a alzar; y al decir esto tocaron la campana mayor en la parroquia, con la que regularmente hacen señal para la adoración. Lo mismo sucedió otras varias ocasiones, en que preguntándole algo las religiosas, respondía: que estaba oyendo misa; y aun asignaba la parte en que se hallaba la parte en que se hallaba el sacrificio; prueba de la presencia tan viva con que se ejercitaba en esta devoción.

En tal estado, para ella de tanta mortificación, permaneció año y medio, en cuyo tiempo fue perdiendo las fuerzas del cuerpo, y aumentándose por grados de debilidad, concluyó su preciosa vida el día quince de mayo del presente año de mil ochocientos treinta y dos, a los ochenta y cinco de su edad; de los que ochenta y dos pasó encerrada en aquel claustro; ejercitando todas las virtudes, y dando ejemplo de santidad a todas aquellas religiosas que la amaban como a su Madre, y la respetaban como Maestra. Recibió antes de morir con la mayor edificación los santos Sacramentos de la Iglesia; vio venir con semblante sereno a la muerte; y aunque algunos días antes de agravarse sufrió su espíritu algunos temores y perturbación, todas ellas calmaban a merced de una vista que dijo a las otras religiosas había tenido; pero si a manifestarles de quien había sido, pues en esto fue siempre muy cauta, y jamás abrió sus labios para referir ni los consuelos espirituales, ni las tribulaciones con que el Señor expresivo la visitaba. Murió, en fin, con la muerte tranquila de los justos, a las tres de la tarde del expresado día quince de mayo; queriendo la causalidad el que al mismo acto de espirar, comenzándose en todas las iglesias de aquella villa un replique general, con motivo de llamar a las vísperas solemnes de San Juan Nepomuceno, cuya festividad se celebra el siguiente día, y de quien había sido especialmente devota Sor Mariana.

Sea Dios eternamente glorificado en sus justos; y este retrato de la vida y virtudes de esta religiosa, sea un modelo que anime a las que igualmente han tenido la dicha de ser llamadas por el Señor a sus claustros, perfeccionando su vocación, hasta conseguir ser unas dignas Esposas de Jesucristo, y sus verdaderas adoradoras en la patria de las delicias.

Celebrando el fin del Patronato

A lo largo del año 2014, la Iglesia mexicana ha celebrado, con mayor o menor pompa, el 150 aniversario de la reorganización de la división eclesiástica que puso fin al viejo mapa de la Iglesia novohispana, apenas modificado entre 1821 y 1860, a pesar de que no faltaron los esfuerzos en ese sentido. Desde luego, se ha celebrado como conmemoración de la erección de las nuevas diócesis y de la elevación a arquidiócesis de dos ya existentes, las de Guadalajara y Michoacán. Los mensajes han variado de una diócesis a otra, mostrando la diversidad contemporánea de la Iglesia mexicana. Por sólo citar un ejemplo que nos es cercano, el arzobispo de Guadalajara, el cardenal Robles Ortega, presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, encabezó los festejos con una gran “celebración eucarística” como se dice en estos tiempos posconciliares, realizada en la iglesia parroquial de Lagos de Moreno, ahí donde el primer arzobispo, don Pedro Espinosa, ejecutó la bula de erección de la arquidiócesis en marzo de 1864. Concelebración solemne con asistencia de los obispos de las diócesis sufragáneas, engalanada con el coro de una importante universidad católica (que por cierto, interpretó piezas no sólo de tradición católica), precedida de una conferencia del propio cardenal arzobispo, contando con el apoyo y asistencia (irrestrictos, según parece) del Ayuntamiento local, el mensaje explícito, el de la homilía,  era de la colaboración entre cultura cristiana y cultura liberal para la sociedad. Casi sobra decir que era un mensaje en el sentido de rechazar la reducción de la religión a ámbitos privados, antes bien la celebración impresionaba justo por su insistencia en la importancia de ella para la moral pública.

Homilía del Emmo. Card. José Francisco Robles Ortega en Lagos de Moreno, Jalisco. 16/03/2014 from Conferencia Episcopal Mexicana on Vimeo.

Por lo que hace al discurso histórico, la propia homilía hacía ya una breve historia contemporánea de la arquidiócesis, que en el mismo tenor, trataba de reconciliarse con la separación Iglesia-Estado y rescatar incluso al gobierno maderista como momento democrático, manteniendo sin embargo una mirada crítica hacia la época del conflicto religioso. Si bien en otras diócesis los mensajes y prioridades fueron otras, lo interesante sin duda ha sido la forma en que el episcopado ha hecho suya la fecha de 1864. No ha habido, hasta donde he podido ver, intentos de parte de la academia o de actores oficiales que ofrezcan una intepretación distinta. Es cierto, el episcopado festeja con buenas razones. La creación de diócesis de 1864 fue hecha en el marco del retorno a México del episcopado que había estado exiliado en Roma el año anterior, comenzando por el arzobispo de México, Pelagio Antonio Labastida y Dávalos. En 1863, en la capital de la catolicidad, el Papa Pío IX con los obispos mexicanos, reorganizaron prácticamente solos el mapa de la administración religiosa mexicana, sin contar con el Estado (estamos en plena intervención francesa) e incluso dejando de lado otros proyectos eclesiásticos locales. Lo advierte bien una magna obra reciente, la de la profesora García Ugarte: a “la fragmentación de las diócesis”, “se habían negado los cabildos [catedrales] de forma reiterada”. Los eventos de 1864 resultan así un triunfo de un proyecto eclesiástico específico, que casi podríamos calificar de ultramontano, en la medida que, si bien contaba con el consenso de los obispos, viene sobre todo de Roma y se impone sobre viejas tradiciones locales. Asimismo, hecho, según relata la propia profesora García Ugarte, sin tomar en cuenta a la autoridad civil, casi se diría que es la consagración de la independencia de la Iglesia mexicana.

En ese sentido, si invertimos la perspectiva, podríamos decir que estamos más bien en el 150 aniversario del final del proyecto de Estado católico de las primeras décadas del siglo XIX, iniciado en tiempos del Primer Imperio, que trataba de mantener en manos de la autoridad civil el antiguo Patronato de los reyes sobre la Iglesia. En efecto, desde el establecimiento del catolicismo en las tierras del naciente reino de Nueva España en el siglo XVI, la fundación, ya no digamos de diócesis, sino incluso de parroquias, correspondía fundamentalmente al rey. Como decían los comentaristas del derecho en el siglo XVIII, era así ya fuera por haber sido el conquistador (legal, no necesariamente real) de los territorios, por haber sido el fundador y dotador de las iglesias y por concesiones apostólicas (en particular la bula Universalis Ecclesiae de 1508). Continuar con ese modelo incluso dentro de un Estado liberal, no era ninguna pretensión descabellada en el siglo XIX: lo lograron otros países, como España o Portugal, que es cierto que tenían la ventaja de haber mantenido la legitimidad dinástica, algo imposible en el caso mexicano. La idea fue parte de varios proyectos de Iglesia (y de Estado) que se discutieron con abundancia en la opinión pública entonces y que si hoy pueden parecernos anacrónicos, fueron en su momento parte fundamental de la construcción nacional. Así pues, tal vez hubiera sido una buena oportunidad para reflexionar sobre la diversidad de esos proyectos desde la academia.

¿Templarios?

La información internacional del mes de julio pasado estuvo particularmente marcada por el doble atentado de Oslo, la explosión en el centro de la capital y el tiroteo contra los jóvenes socialdemócratas reunidos en la isla de Utoya, perpetrados en principio por Anders Behring Breivik. Unos días antes, la información más frecuente sobre la violencia en México, estaba relacionada con los operativos de la Policía Federal contra una organización criminal instalada en Michoacán denominada “Los Caballeros Templarios”. Entre uno y otros hay sin duda muchas más diferencias que similitudes, aunque sin duda hay una bien palpable, la violencia criminal, y una referencia cultural común: la medieval Orden de Pobres Caballeros del Templo de Salomón, orden religiosa de caballería fundada por cruzados de origen franco en el siglo XII, para protección de los peregrinajes en Tierra Santa, y disuelta en el XIV luego de un célebre proceso de herejía y otros delitos (desde brujería hasta sodomía) llevado ante la Inquisición francesa, y cuyos últimos miembros fueron quemados en la hoguera por decisión del rey Felipe IV en 1314.

Tengo la impresión de que sería por sí mismo interesante seguir los enredados caminos de aquella Milicia de Cristo a lo largo de la historia. Ella ha generado una vasta literatura, fundamentalmente novelas históricas (como el célebre Los reyes malditos del ya fallecido Maurice Druon) y obras esotéricas, hasta terminar sirviendo de inspiración a criminales de tan distinto género, pero me temo que no será empresa del que escribe estas líneas. En cambio, creo que puedo al menos llamar la atención sobre lo que uno y otros recuperan del Temple.

Tal vez es un poco obvio decirlo, pero parece claro que más que de los Templarios como orden religiosa, estamos hablando de ellos como orden de caballería. Puedo desde luego equivocarme, pero no he visto ninguna alusión a sus prácticas religiosas, a sus votos monásticos o siquiera a la devoción a su santo patrono (San Jorge). Así pues, Breivik, con su tan difundida imagen portando el manto con la cruz roja de los caballeros y su pertenencia (desconozco si confirmada) a un grupo que habría adoptado el mismo nombre de la orden, se entiende que reivindica sobre todo su carácter de guerreros, de una organización militar jerárquica y dotada de una cierta mística, e incluso de un carácter secreto o “hermético”, que es la imagen difundida de la orden en la literatura esotérica contemporánea. Cierto, se trata, para él, de los defensores de la civilización europea contra la civilización árabe musulmana, la primera sin duda “cristiana” por su pasado, la Cristiandad, pero no porque su presente o futuro estén directamente asociados con una práctica religiosa definida. De ahí la ambigüedad de la denominación que se le dio en la prensa de “fundamentalista cristiano”, pues no parece que en sus ideas políticas haya un proyecto de teocracia claramente definido, que lo hay en cambio en algunos otros sectores de la extrema derecha europea.

Del otro lado del Atlántico, los “templarios” michoacanos parecen ir también en un sentido semejante. Lo más difundido de ellos en la prensa ha sido un “Código de conducta” que ya es sin duda significativo en su nombre, pues los Templarios tenían una regla, como cualquier orden religiosa, adoptada de las de San Agustín y de San Benito de Nursia. Hay ciertamente en este caso una declaración de creer en Dios, pero sin especificar en manera alguna una profesión de fe concreta, algo así como en los escritos de Breivik hay conceptos ambiguos como el de “cristiano agnóstico”, si bien contrario al noruego los michoacanos  declaran su apoyo a la libertad religiosa. De manera harto paradójica, recuperan valores “tradicionales” y en efecto de inspiración cristiana, como el honor, el combate de la injusticia, y la protección de los débiles, pero más que todo ello, se nota de nuevo la asociación del Temple con una organización cerrada, secreta, cuyo único voto explícito es el de silencio y su único ritual declarado es el de ingreso (porque claro está no hay manera de salir).

En ese sentido, esa referencia cultural compartida, lejos de ser profundamente religiosa, está más bien profundamente secularizada, como muestra bien el hecho de aceptar de manera más o menos clara el principio de la laicidad. Aun si tiene un componente “místico”, por así decir, no se trata aquí de aquel viejo temor de los publicistas liberales del siglo XIX y principios del XX, de ver levantarse el estandarte de la defensa de la religión, que entonces era criticado sobre todo por ir en contra de la propia moral cristiana, en el entendido de que para los liberales la moral estaba por encima de la religión. Claramente pues, estos “templarios” del siglo XXI, contrario a los medievales, no pelean por una causa religiosa, y menos aún, si nos atenemos a sus numerosas víctimas, conocen nada de moral.

Moctezuma como argumento ante el Papa

Aquí una entrada breve, para un documento al mismo tiempo singular y ejemplar: el memorial del Conde de Moctezuma al Papa Clemente XIV en 1772 para pedir algunos privilegios para su oratorio particular y para su mesa, que efectivamente obtuvo por breve del 10 de marzo.
Cabe decir, no es un documento fuera de lo común, los memoriales y breves pontificios abundan en privilegios pedidos por la nobleza de todo el mundo católico, lo mismo para indultos matrimoniales, que para indulgencias u oratorios. Hijo de varios linajes de los más distinguidos de la época, el conde de Moctezuma no puede sino seguir acumulando privilegios para sus descendientes, presentando como argumentos la memoria de los méritos de sus antepasados. Los nobles lo hacen así ante la Corona, lo hacen también ante la Corte pontificia. Desde luego, los argumentos de los otros nobles de la época no son muy distintos: descendientes de cruzados, combatientes de los turcos, etcétera, los nobles se presentan ante el Solio Pontificio luciendo sus timbres de gloria como defensores de la fe, paradójicamente para obtener exenciones ante algunos mandamientos eclesiásticos.

Si por ese lado es sin duda un documento ejemplar, es tal vez singular en tanto nos permite conocer una memoria de Moctezuma que, me parece, está poco estudiada hasta ahora, la de sus descendientes, más allá del siglo XVI desde luego, y en general, la memoria religiosa de la nobleza del mundo hispánico. Aquí pues, una solicitud en que la conquista militar y religiosa de un vasto imperio sirve de argumento para exonerar de seis días de vigilia la mesa del noble.

ASV, Sec. Brev., Reg. vol. 3741, no. 301, fs. 30-30v

Beatísimo Padre,

D. Gerónimo María de Oca y Moctezuma, conde de Moctezuma y de Tultengo, Grande de España de primera clase, señor de la provincia de Tula en la Nueva España, del castillo y fortaleza de Celme, con sus cotos y jurisdicciones en el reino de Galicia, poseedor de los ilustres mayorazgos que fundaron los eminentísimos señores cardenales D. Fray Francisco Ximénez de Cisneros y D. Juan de Mella, con el patronato del Colegio Mayor Universidad de Alcalá de Henares, caballero profeso de Santiago, P.A.L.B.P. de Vuestra Santidad dice: Que su ascendencia paterna proviene más antigua que el glorioso San Hermenegildo, hijo del rey Leovigildo, y de Santo Toribio de Mogrovejo, arzobispo de Lima, mantendiendo el lustre de su linaje con muchos ricos hombres de esta Monarquía de España con iguales enlaces hasta el presente; que se halla poseedor por la línea materna de la Casa del Emperador Moctezuma, rey y señor que fue del Imperio Mexicano, en grado de sexto nieto, que puso bajo de la obediencia de esta Corona de España su persona y vastos dominios que habían poseído sus antecesores en tantos siglos por abrazar la religión católica; que estuvo casado con Da. María Josefa de Mendoza, hija de los marqueses de Villagarcía, de Monrroy y de Cusano, una de las casas muy ilustres de España y de Nápoles, Grande de España de primera clase; que su hijo primogénito el marqués de Tenebrón está casado con Da. María Josefa de Córdoba y Moncada, hija de los duques de Medinaceli. En esta atención, que reconoce a la Divina Misericordia:

Suplica con toda humildad a Vuestra Santidad que teniendo presente la pronta voluntad con que abrazó la religión católica el Emperador Moctezuma, sexto abuelo del conde suplicante, que ha dado tan crecido número de fieles a nuestra Santa Madre la Iglesia, aquel Nuevo Mundo, y la antigüedad que en tantos siglos ha mantenido su Casa por las dos líneas, se sirva Su Beatitud de conceder a los condes de Moctezuma presentes y a los sucesores en su casa que puedan hacer celebrar el Santo Sacrificio de la Misa en el oratorio de su casa todos los Sábados Santos después de los Divinos Oficios, y que puedan comer carne y no guardar ayuno seis días de vigilia cada año los que escogieren, así los que se sienten a su mesa como sus domiciliarios y personas que eligieren, gracia, honor y privilegio distintivo que humildemente impetra del alto paternal poder de Vuestra Santidad.

El conde de Moctezuma.

La excomunión de Hidalgo

En una curiosa prueba de que estas conmemoraciones del Bicentenario no serán tanto una oportunidad para replantearnos nuestro discurso nacional, sino más bien para perdernos en discusiones ya algo añejas, ha vuelto con fuerza el tema de la excomunión (que no “excomulgación” como aparece en algunos medios) del padre Hidalgo. Ya el año pasado el asunto llegó ni más ni menos que al Congreso, y los legisladores dieron una buena muestra de que es peligroso dejarle los temas históricos a los políticos. Hubo también una respuesta, no del todo afortunada digamos, de parte del padre Watson, director del archivo del Arzobispado de México. Últimamente el debate se ha desplazado a su ámbito original, el religioso, sirviendo de argumento para un desplegado de la Iglesia de la Luz del Mundo contra la Iglesia católica en que la acusa de “tergiversar los hechos” y más aún, con un dramatismo digno del propio siglo XIX, le reprocha querer “deslindarse del juicio de la historia”.

Como la mayor parte de los historiadores profesionales, estoy convencido que la historia ni juzga ni justifica, antes bien debe dar cuenta de la lógica de los actores en su contexto, y para ello debe guardar una cierta objetividad, que no significa la ausencia de todo compromiso (que es imposible) sino la conciencia plena de ellos. En ese sentido, huelga decir que el desplegado no me parece sino una denuncia anacrónica; sin embargo, ello no evita que aproveche este espacio para algunos comentarios sobre su contenido, que desde otros puntos de vista es harto interesante.

En primer término, llama la atención que es un desplegado bien informado. Incluye referencias de historiadores de prácticamente todas las generaciones de la historiografía mexicana, desde los eruditos de principios del siglo XX como Genaro García, hasta los profesionales más recientes como la doctora Ana Carolina Ibarra, católicos como el padre Gutiérrez Casillas y comunistas como Grigulevich. En segundo lugar, y a consecuencia del anterior, es en efecto un buen recuento, digámoslo así, del expediente de las “excomuniones de Hidalgo”. Por ello mismo, dicho sea de paso, es una buena prueba de que, tratándose de la historia, no basta la información de documentos, ni la lectura de toda la bibliografía, sino que se necesita sobre todo la formación de historiador para llegar a una interpretación legítima de una y otra.

Empero, es muy bueno ver junto todo el dossier, porque da cuenta de la complejidad del asunto. De entrada, es incluso imposible decir si Hidalgo estuvo o no excomulgado pues ya sería tomar algún partido. Para los fines de su diatriba, el desplegado acusa a la Iglesia católica de argumentar que el primer decreto de excomunión, el del obispo electo de Michoacán, Abad y Queipo, no era válido. Paradojas de la memoria, ése que fue en su momento el argumento de los propios insurgentes se le reprocha ahora a los actuales obispos, mientras que el redactor asume como propios los del bando realista. Cierto, los decretos de los obispos de Michoacán, México, Guadalajara, Puebla y Oaxaca excomulgando a los insurgentes existieron, no menos que los edictos de la Inquisición, que ha estudiado a fondo últimamente el doctor Gabriel Torres Puga de El Colegio de México. Ello no prueba sino que el episcopado novohispano, como el de prácticamente toda la América hispánica, cumplía bien lo que se esperaba de él: la promoción de la lealtad a la Corona. Hubo, empero, entre el alto clero una minoría que colaboró con la causa insurgente: los canónigos de Oaxaca estudiados por la profesora Ibarra; el doctor Velasco, canónigo de Guadalupe; en América del Sur, el célebre obispo de Quito, monseñor Cuero y Caicedo, que estuvo al frente de la junta de 1809, o el arzobispo de Caracas, monseñor Coll y Prat, que acabaría siendo llamado a cuentas en la península. Y hay que decir también que la posición del propio episcopado realista no era menos compleja, defendiendo, a veces con muy poco éxito, los privilegios personales de los clérigos incluso insurgentes.

Sin embargo, lo interesante creo es la lucha por la legitimidad católica que se desarrolló durante la guerra insurgente. Lejos de aceptarse herejes, los insurgentes se reclamaban más católicos que sus enemigos, y cuestionaban por todos los medios las personas de los obispos y de los inquisidores que les lanzaban los susodichos anatemas. Ya por sus convicciones o ya arrastrados por la vorágine de la guerra, en el campo de los insurgentes se encontraba un buen contingente de clérigos y religiosos, cuya primera preocupación era normalmente la administración de los sacramentos y la búsqueda de alternativas para “normalizar” la vida religiosa e institucional de los “capellanes de América”. Aunque sería llevar las cosas un poco lejos, hace algunas décadas había una historiografía interesada en el tema del “richerismo”, (la tendencia a resaltar la autoridad del párroco al mismo nivel, o casi, que la de los obispos o la del Papa) que miraba incluso a la guerra insurgente como una realización concreta de dicha corriente.

En fin, por decirlo en una frase, la participación del clero en la guerra de 1810 fue mucho más complicada que la mera oposición a ella que se dibuja en el desplegado. Un último detalle, quien se ocupe de leer el ya muy citado documento de la Iglesia de la Luz del Mundo encontrará fragmentos, no sólo de las excomuniones, oficiales digamos, del padre Hidalgo, sino también de la excomunión apócrifa, citada de una obra de Manuel López Gallo. A diferencia de los sobrios decretos de los prelados e inquisidores, la versión apócrifa es al estilo medieval maldiciendo cada parte del cuerpo del inculpado. Aunque no conozco mayores detalles de su origen y trayectoria, puedo remitir al menos al interesante análisis de Guy Rozat Dupeyron, “De una excomunión a otra”, en Palos de la Crítica, no. 2-3, 1980-1981, pp. 100-122.

La memoria religiosa de la Revolución en París

Para comenzar el año una entrada dedicada a un tema, creo que por primera vez, sin relación directa con México: los lugares de la memoria religiosa de la Revolución francesa. El tema lo he venido descubriendo con fascinación al asistir al seminario que coordinan los profesores Philippe Boutry y Dominique Julia en el Centro de Antropología Religiosa Europea de la EHESS. Desde luego, esta breve nota dista muchísimo del contenido y de la calidad de las intervenciones que se presentan en dicho seminario. Únicamente quiero mostrar tres de los lugares de esa memoria religiosa que se encuentran aquí en París: la capilla expiatoria, el cementerio de Picpus y la iglesia de San José de los Carmelitas.

Altar principalLa capilla expiatoria, que Chateaubriand calificara del monumento más bello de la ciudad, fue construida durante la Restauración para honrar a las dos víctimas más célebres de la Revolución: Luis XVI y María Antonieta. Entonces, los eventos revolucionarios constituían más bien una memoria incómoda, difícil de gestionar, por lo que el monumento, con todo y que es ciertamente muy elegante, no es sino una pequeña capilla funeraria que alberga un sobrio altar principal a cuyos costados erigen las estatuas de los reyes con sus respectivos “testamentos”. Lo pongo entre comillas porque mientras que el del rey es en efecto eso, un testamento dictado a sus abogados defensores, el de la reina es una célebre carta dirigida a su cuñada, Madame Elisabeth.

Marie Antoinette sostenida por la ReligiónDesde luego, es ya significativo que se haya elegido una capilla como monumento, y que las estatuas y los testamentos contengan sobre todo referencias religiosas. Mientras que a Luis XVI un ángel le muestra el cielo, la reina es confortada por una alegoría de la religión. En cuanto a los textos, ambos insisten en la fidelidad de los monarcas a la Iglesia, un hecho entonces controvertido por el apoyo inicial de la Corona a las reformas eclesiásticas revolucionarias (la Constitución civil del clero). María Antonieta aparece en la carta como una madre preocupada por sus hijos, que encarga amorosamente a su querida cuñada, ella sí por cierto modelo de devoción en la Corte, mucho más que la propia reina. No está de más recordarlo, aunque la Santa Sede cerraría pronto cualquier posibilidad al respecto, no faltaban quienes veían en los reyes auténticos mártires de la fe que había que canonizar.

Fosa 2Si la capilla expiatoria es el monumento de la realeza, el cementerio de Picpus lo es de las familias nobles de Francia. En la muy cercana plaza del Trono, o del Trono invertido durante el Terror, fueron ajusticiados un amplio número de nobles de las principales familias del Antiguo Régimen: La Rochefoucauld, Polignac, Montmorency, Montalambert, Noailles, La Fayette y un largo etcétera. Sus cuerpos, según descubrió posteriormente una de sus descendientes, fueron depositados en dos fosas comunes, convertidas en cementerio privado bajo la Restauración (hoy en día el único cementerio privado de París), construyéndose a un costado una capilla y un convento de religiosas para sacralizar el lugar y orar por los nobles difuntos.

La FayetteA lo largo de los siglos XIX y XX, los descendientes de aquellas familias nobles siguieron enterrándose en Picpus, al lado de sus antepasados, asimismo mártires, lo que ha convertido el lugar en un auténtico memorial nobiliario, donde es posible encontrarse reunidos lo mismo a los nobles del siglo XIX, comprometidos con el legitimismo, que a los que combatieron en el siglo XX durante la Segunda Guerra Mundial, del lado de la Resistencia. Sin embargo, la tumba más visitada es sin duda la del marqués de La Fayette, que ostenta los honores que le corresponden como héroe de la independencia de Estados Unidos, a pesar de la difícil memoria sobre su ambigüo papel en los primeros años de la Revolución.

Saint Joseph des CarmesEn fin, la actual iglesia del Instituto Católico de París, lugar de una memoria más eclesiástica. Aquí estuvieron prisioneros los llamados “mártires de septiembre de 1792”, víctimas del Terror desatado apenas caída la monarquía. Un poco más de un centenar de clérigos, incluyendo 3 obispos, que se negaron a jurar la Constitución civil o de religiosos “sospechosos” por diversos motivos (a comenzar por su estado clerical). A pesar de los diversos problemas que comprendía la situación de cada uno, fueron finalmente canonizados bajo Juan Pablo II y el día de su conmemoración suele ser una oportunidad para un evento importante para la vida religiosa de la ciudad. Lugar de referencia para el catolicismo del siglo XIX, no es casualidad que albergue también la tumba del beato Fredéric Ozanam, fundador de las conferencias de San Vicente de Paul, una de las grandes obras del catolicismo social francés.

No está de más recordarlo, la Revolución francesa fue un evento que impactó profundamente a los creyentes de la época, que tuvieron serias dificultades para encontrarle un sentido. Todos estos lugares son buena muestra de ello. Hubo esfuerzos, a veces muy tempranos, por convertirlos en memoriales de mártires y por tanto en depósitos de reliquias de santos, y de enlazarlos de alguna forma con el modelo de los mártires de los primeros siglos del cristianismo, a los que el propio siglo XIX tuvo especial fervor. Mas las ambigüedades de la actuación de muchos, producto precisamente de la complejidad de la Revolución misma, complicaron dicha tarea, empero no sin legarnos monumentos de gran interés para la historia religiosa francesa pero también para la construcción memorial en general dentro del mundo católico contemporáneo.