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Unas honras de gala por el conquistador

DSCF4156El ceremonial católico no era un asunto privado en el Antiguo Régimen, sino también el ceremonial por excelencia de la monarquía católica. Por ello servía también para honrar, de manera “oficial” digamos, la memoria de los reyes, la familia real y los que eran considerados los grandes hombres que habían servido a la Corona y a la causa del público. No existían, como en nuestros días, ceremonias civiles fúnebres, como las que hoy vemos celebrar a las fuerzas armadas en honor de sus caídos, o las que el mundo de la cultura rinde a los suyos en escenarios como el Palacio de Bellas Artes. De ahí que no sea extraño que el 8 de noviembre de 1794 el Cabildo Catedral Metropolitano de México celebrara unas honras fúnebres, con misa y sermón al menos, por el alma de Hernán Cortés, el conquistador de México, motivadas ante todo por haber sido “virrey de este reino”.

Nacionalismo de por medio, para algunos puede sonar escandaloso recordar siquiera una ceremonia semejante; conservadurismo de por medio, puede en cambio sonar a una idea que debiera rescatarse. No es esa la intención aquí, sino servirnos de la nota que el secretario del Cabildo Catedral asentó en el libro de actas para recordar que, paradójicamente, esas ocasiones solemnes por la memoria de un difunto, podían servirle a esa corporación clerical para lucir su jerarquía. Justo por ello, porque era una celebración que podía repetirse después y podía suscitarse alguna contestación de las otras corporaciones de la ciudad, y no porque quisiera dejar a la posteridad un recuerdo erudito, el secretario detalló los elementos que formaron el ritual.

DSC_0034Las campanas de la Catedral doblaron desde la víspera, por el conquistador, cierto, pero también recordando en su ejercicio mismo que no era algo que hicieran por cualquiera: como mucho y a regañadientes, por los oidores de la Real Audiencia y sus esposas, ni siquiera por el clero del Sagrario Metropolitano. Se llevaron al hospital de Jesús las sillas de los canónigos, símbolo fundamental de su autoridad, así como algunos de sus ornamentos más preciosos, lo que es un detalle menor, en una sociedad en que la apariencia era decisiva para la identidad de las personas y su jerarquía. Mas había que dejar constancia también de aquello que los canónigos no hicieron y que luego hubiera podido exigírseles, en este caso, el sermón, que predicó un dominico, el padre Mier. Última paradoja para nosotros, que sabemos la trayectoria posterior de dicho fraile, pero eso es motivo de otro artículo.

Muy brevemente ya, aquí la nota tal cual aparece en las actas capitulares.

 

Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México, Actas de Cabildo, libro 58, fs. 147-147v.

Consecuente a lo resuelto en Cabildo de 7 del próximo pasado octubre sobre que este verable Cabildo se ofreciera a celebrar las honras del excelentísimo señor conquistador D. Fernando Cortés en la iglesia del hospital de Jesús Nazareno, la cual oferta fue aceptada gustosa y agradecidamente por el señor gobernador del Estado y Marquesado del Valle, las cuales honras de facto se celebraron el día ocho del corriente mes de noviembre, para lo cual se dobló de Cabildo en esta Santa Iglesia la víspera a las doce y a la oración, y el día a las cinco y media y durante la misa y el responso. La víspera se llevaron las sillas de este Venerable Cabildo, que se pusieron en el presbiterio y se llevó el ornamento rico hecho en Toledo para la misa, con los demás utensilios necesarios al sacrificio. El día se entró en coro a las ocho y media y finalizada la misa y la sexta se fueron los señores capitulares en lo privado y particular a Jesús Nazareno, en donde se vistieron en la sacristía de roquetes, capas y capuces de duelo, y así salieron a ocupar sus sillas al presbiterio durante la misa, sermón y reponso. Cantó la misa y el responso el señor tesorero Dr. D. José Ruiz de Conejares, fueron ministros los señores Madrid y Guevara, y predicó el padre lector Mier del orden de Santo Domingo. Asistió a esta función el excelentísimo señor virrey Marqués de Branciforte, la Real Audiencia y tribunales; ofició la capilla de esta Santa Iglesia con música muy particular; no se ganó el coro con la asistencia a las honras. Y por que conste, de mandato del señor deán, asiento esta razón que firmó S.S. por ante mí en el mismo día ocho de noviembre de mil setecientos noventa y cuatro.

El Deán

Memoria de un terremoto y memoria de dos devotos

Plaza del Triunfo actual

Plaza del Triunfo actual

La mañana del 1o. de noviembre de 1755 un fuerte terremoto azotó el sur de la Península Ibérica. Internacionalmente lo conocemos como el “terremoto de Lisboa” pues fue la ciudad más afectada. Al movimiento sísmico siguió un maremoto y una serie de incendios que destruyeron buena parte de la vieja ciudad medieval, incluido, según entiendo, el antiguo Palacio Real. En los reinos hispánicos, también fue afectada la ciudad de Sevilla. Los canónigos de la Catedral estaban celebrando la misa de tercia cuando se vieron obligados a abandonar el recinto sagrado al empezar a caer fragmentos de las bóvedas. Contrario a la capital lusitana, sin embargo, en la metrópoli hispalense los daños fueron mucho menores. Antes bien, según el acta levantada por el secretario del Cabildo Catedral, “se verificó que persona alguna de los que en él [templo] estaban no padeciese la menor lesión, obrando en esto innumerables prodigios”. En buena lógica, el clero salió hacia el espacio despejado más próximo: la plaza de la parte posterior de la Lonja de comercio de la ciudad, que es la sede actual del Archivo General de Indias.

Una vez que cesó el movimiento, la reacción “natural” para la época considerando que a pesar de la duración y fuerza del terremoto apenas hubo víctimas fue, literalmente, dar gracias al Cielo. Se improvisó un altar en la plaza y uno de los capellanes de coro de la Catedral ofició una misa de acción de gracias, a la que siguió una procesión dándole la vuelta entonando el Te Deum Laudamus, encabezado el Cabildo por el chantre Francisco de Olazabal. En los días siguientes, a más de atender al problema material de reparar el templo, desalojar sus principales reliquias (el Lignum Crucis) e imágenes (la Virgen de la Sede), e instalar provisionalmente el culto divino y en particular el coro en otros edificios, la corporación no dejó de realizar ceremonias de acción de gracias. Según el acta continua de todo lo sucedido en ese mismo día, desde esa tarde se tomó el acuerdo de perpetuar la memoria de lo ocurrido. Memoria penitencial, “para que como tan espantoso no nos olvidemos de él y se dejen de cometer nuevas ofensas contra la Majestad Divina y satisfacer las pasadas”, pero también de gratitud “por tan innumerables beneficios como en este día recibimos”, dirigida en particular a la Virgen. En efecto, desde los primeros momentos los canónigos atribuyeron a su intercesión y patrocinio el haber sobrevivido. El 14 de noviembre en concreto, se resolvió colocar en la plaza “algún triunfo, para memoria de caso tan portentoso”.

DSCF0517Así fue como se mandó a levantar el monumento que vemos en la imagen. Ya desde el 28 de noviembre se definió que el monumento sería “un pedestal con una imagen y lápida expresando lo que se experimentó dicho día”. Siempre preocupados por la decencia y siempre desconfiando del pueblo sevillano, los canónigos anticiparon que se debía proteger con reja o cadenas. La inscripción se aprobó en septiembre de 1756, fue puesta en latín “para mejor inteligencia de las naciones extranjeras”. La imagen que la corona debió instalarse hacia octubre, y como se ve se trata de la Virgen con el Niño, labrada en piedra, donada por un devoto, cuyo nombre se omitió discretamente en los autos capitulares, y fue titulada como la Virgen del Patrocinio. Al acercarse el primer aniversario, mandaron alumbrarla “día y noche” y se estableció el ritual correspondiente. Prueba de la doble memoria del evento, la procesión saldría haciendo rogativa tras la misa de tercia y volvería en acción de gracias cantando el Te Deum.

DSCF2800Ahora bien, esta historia de la construcción de una memoria religiosa del terremoto, curiosamente se mezcla también con la historia de una familia, que nos ilustra además la importancia de los honores campaneros en esta época. Unos meses después el Cabildo habría también de preocuparse por retribuir a los devotos –porque en realidad habían sido dos– que habían donado la imagen. Hoy podría parecernos extraño, pero dicha retribución la hicieron los canónigos con un honor particular: el doble, es decir, el repique fúnebre de campanas. En efecto, en febrero de 1757, Carlos Verjel y Joseph de la Barrera, comerciantes, junto con sus esposas, recibieron el honor de “doble en la torre de esta Santa Iglesia, el cual sea con la misma solemnidad que el de los veinticuatro de esta ciudad”. No era un asunto menor, pues se les equiparaba con la nobleza sevillana que integraba la corporación municipal. Los dobles con cierto número de campanas de la Giralda, cuatro en este caso, eran particularmente apreciados por la sociedad sevillana de la época, y los canónigos, siendo selectivos, los concedían con cierta frecuencia. En el propio año de 1755 los canónigos habían tenido que poner orden en los dobles, pues habían notado la “confusión” que reinaba a falta de una lista precisa de a quienes debía corresponder. Una lista en efecto del año de 1768 incluye un total de 93 categorías de personajes que gozaban doble particular en la torre, desde el doble con seis campanas que era el más alto y sonaba por el Papa, el rey y la familia real, arzobispos, canónigos, nobles titulados, entre otros, hasta el de tres, que correspondía mayormente al clero y empleados principales de la Catedral.

Puede parecer una memoria más fugaz, pero tan fue importante para esos dos comerciantes que veinte años más tarde, en junio de 1777, Joseph Verjel, hijo de Carlos Verjel, acudió al Cabildo para pedir un certificado de aquel privilegio campanero. Cierto que desconocemos el motivo, pero la petición es muy clara de que se asentara era un toque “igual que tienen los caballeros veinticuatros de esta ciudad”. Es bien posible que la donación para la memoria del terremoto y las campanas de la Giralda, se hayan constituido en un timbre de honor y verdadero capital simbólico para esa familia, y que trataran de traducirlo también en ventajas de otro tipo. A través de las campanas, además, según constata esta historia, los canónigos, siempre expertos en ceremonias y honores, tejían también sus relaciones con la sociedad hispalense.

FUENTES:

Archivo de la Catedral de Sevilla, Fondo Secretaría, legajos: 7170, autos capitulares de 1755; 7171, autos capitulares de 1756 y 7188, autos capitulares de 1777. Fondo Histórico General, caja 11264, exp. 2.

Un pintor cofrade y un pecado olvidado

Bosco Jardín (2)

Detalle de “El jardín de las delicias”, Museo Nacional del Prado.

En 2016 se cumplen 500 años de la muerte del pintor Jheronimus van Aken, conocido en el mundo hispánico como “El Bosco”, y para conmemorarlo el Museo Nacional del Prado ha organizado una magnífica exposición temporal, compuesta de 53 obras de las cuales 30 de directamente de su autoría y 5 de su taller o discípulos. Para organizarla, el Museo ha distinguido las obras en seis grandes categorías: primero, casi a manera de contexto, la relación con su ciudad natal. Enseguida, tres temáticas: los Evangelios, los santos y las postrimerías; viene luego una obra en concreto que forma toda una sección, “El jardín de las delicias”, y finalmente una última categoría corresponde a las “obras profanas” (que no siempre lo son tanto, cabe decir). En ese sentido, el Museo ha elegido una organización contextual, que hace énfasis en el Bosco como hombre de su tiempo, pintor de temas religiosos, y que en consecuencia dedica amplios espacios a la explicación de las características específicas del Cristianismo del siglo XV. Contribuye a esta presentación historicista la inclusión de obras que insisten en el contexto: por el lado de la recepción, la muestra incluye seis obras hechas por “seguidores del Bosco”; además, desde la primera sección, la forma en que fue visto en el siglo XVI se hace presente a cargo del “Comentario de la pintura y pintores antiguos” de Felipe de Guevara, texto citado en más de una ocasión en las explicaciones posteriores. De manera más limitada, están presentes también las fuentes de inspiración del Bosco, en particular para el caso de “El jardín de las delicias”, pues se han incluido en la exposición los manuscritos en pergamino de  “Las visiones del caballero Tondal” y del Libro de horas de Engelbrecht II de Nassau.

Bosco Tríptico carro (2)

Detalle del Tríptico del carro de heno. Museo del Prado.

Con todo lo anterior, la exposición pareciera presentarnos a un pintor, si bien original, además profundamente propio de su tiempo. Esto es, aunque ya en el catálogo (que todavía no termino de revisar a detalle, lo confieso), Pilar Silva, comisaria de la exposición, recuerda desde la introducción que el Bosco es admirado por su “fantasía desbordante”, esos elementos nos hacen ver que no era una fantasía desbordada, sino enmarcada perfectamente dentro de los cánones de las representaciones de su tiempo. Más todavía, de manera constante en todas estas pinturas hay un mensaje mayormente pesimista sobre la naturaleza humana pecadora –el mensaje central de los trípticos del Carro de Heno y del Jardín de las Delicias es que la humanidad está entregada al pecado–, constantes recordatorios de las consecuencias del pecado en un universo organizado en función del Más Allá (de ahí la importancia de las postrimerías) e intentos de transmitir los distintos medios y modeloss para alcanzar la salvación, administrados por la Iglesia, desde luego. De ahí la posición central de la vida de Cristo en estas obras, su nacimiento supone “la llegada de la salvación al mundo y la universalidad de la redención” dice la guía impresa respecto del Tríptico de la Adoración de los Magos. Se hace presente entre las tentaciones de San Antonio “como apoyo del santo en sus tribulaciones y su victoria sobre el Mal”, ejemplarizando así al espectador, y sobre todo, constituye el eje de la cosmología representada en los cuadros, que desembocan en el Juicio final, donde es “Juez Supremo entronizado sobre el arcoíris”. Las formas fantásticas que tanto fascinan al espectador no son sino demonios, como ya recordaba el propio Felipe de Guevara.

Un segundo elemento importante en la exposición es el trabajo tecnológico: radiografías y reflectografías, al poner en evidencia los cambios hechos a los cuadros durante su composición le dan a las obras un carácter más dinámico. Las pinturas del Bosco se revelan así con una historia a ese nivel, casi “individual”, son también el resultado de un proceso, producto de ciertas circunstancias, que a veces se escapan hasta a los especialistas, según se ve en algunas explicaciones de la exposición. Empero, casi sobra decirlo, los numerosos visitantes se detienen poco en esas imágenes resultado de los estudios técnicos, así como en esas otras obras que le dan profundidad contextual al Bosco. Aunque audioguías y guías impresas insistan en el elemento religioso, citando incluso a la “Devotio moderna” como posible corriente espiritual de la época con la cual sería posible asociar al artista, la mirada de los visitantes más bien tiende a centrarse en las obras del Bosco, concretamente en sus seres fantásticos, y contemplándolos no como demonios, sino como si fueran elementos del arte contemporáneo.

Detalle del Tríptico de la Adoración de los Magos, Museo del Prado.

Detalle del Tríptico de la Adoración de los Magos, Museo del Prado.

El autor de estas líneas no es competente para decir si esta presentación, o si esta intrepretación de ella, es la más correcta. En cambio, casi sobra decir la alegría del que esto escribe, al escuchar a algunos visitantes preguntarse “¿qué es una cofradía?” cuando leían el final de la explicación de la primera obra de gran formato de la exposición, el Tríptico del Ecce Homo, y en que justo se menciona que el pintor al igual que los comitentes del cuadro eran “miembros de la cofradía de Nuestra Señora”. Y la pregunta no deja de tener interés: en este caso se trataba claramente de una reunión de individuos con fines religiosos, que poseía una capilla en la iglesia de San Juan de la ciudad natal del pintor, y cuyos miembros patrocinaron retablos para sus altares en los que ellos mismos aparecen “presentados” o patrocinados a su vez por los santos de su devoción. En este detalle del Tríptico de la Adoración de los Magos vemos a qué me refiero, aunque en este caso específico los comitentes no eran de la cofradía en cuestión. Esta devota práctica de promover el culto de los santos, no debe hacernos olvidar que la cofradía de Nuestra Señora, nos lo recuerda con extensión la comisaria de la exposición en el catálogo, también se distinguía por su organización de banquetes: “estaban programadas siete comidas al año, pero podían ser más” (El Bosco. La exposición del V Centenario, 2016, p. 22). El propio pintor llegó a organizar tres de esos banquetes a lo largo de su vida. Esto es, si bien tenía sus rasgos de devoción y también retribución (es decir, se organizaban los funerales de sus integrantes, como ocurrió el propio pintor), con tantos festejos que hoy nos parecerían “profanos”, no necesariamente llegaríamos a identificarla como una corporación religiosa, menos aún considerado que se le apodaba la “cofradía del Cisne” por el ave que se consumía en uno de sus banquetes.

Detalle de la Mesa de los pecados capitales. Museo del Prado.

Detalle de la Mesa de los pecados capitales. Museo del Prado.

Desde luego, las obras del Bosco no representan esos aspectos de su cofradía, pero en cambio sí nos recuerdan otras diferencias entre el Cristianismo del siglo XV y el de nuestros días. Baste citar una muy concreta: la acedía. En la Mesa de los pecados capitales éstos aparecen distribuidos en un disco, representados con escenas en que un personaje comete cada uno de ellos. El observador de hoy no tiene muchas dificultades para reconocer la ira ahí donde aparecen dos hombres peleándose, o la gula donde otros dos comen y beben sin saciarse, pero curiosamente ahí donde aparece un hombre dormido y una mujer acercándole un rosario muchos espectadores se quedan con la duda a pesar de la cartela de abajo. Ésta, empero, lo dice claramente, se trata de la acedía o acedia. Hoy el Diccionario de la Real Academia lo define usando cinco sinónimos: “Pereza, flojedad. Tristeza, angustia, amargura”. Allá por el siglo XIV, en la Divina Comedia, Dante situó a esos pecadores en las profundidades de la laguna Estigia, diciendo

“¡Tristes fuimos, bajo del sol que el aire dulce alegra!
¡De humo acidoso nuestro ser henchimos!
¡Ora lloramos en la charca negra!”
(El Infierno, canto VII)

“Tristeza del bien espiritual” según la definiera Santo Tomás de Aquino, se le estimaba doblemente mala, en sí misma, porque procedía de un bien que en principio sólo debía generar alegría, y por sus efectos, pues “retrae totalmente al hombre de la obra buena”. De ahí en la Suma Teológica aparece entre los pecados contra la caridad. Este tipo particular de tristeza, nos parece al menos extraña. De hecho, ya lo parecía a un autor moderno como Oscar Wilde, por citar sólo un ejemplo, quien afirmaba que cuando supo de ella la imaginó como “el tipo de pecado que inventa un sacerdote que no sabe nada de la vida real”. En todo caso, nada de la vida moderna podríamos decir, bien que posiblemente hoy, aunque sigue existiendo en el Catecismo de la Iglesia Católica, asociaríamos la acedía más bien con alguna forma de depresión, por tanto con una patología y no ya con un pecado mortal.

En fin pues, sirvan estos breves ejemplos para insistir en ese mensaje historicista de esta exposición, que en ese sentido sirve bien para ilustrarnos en el dinamismo de la historia del Cristianismo. A 500 años de su muerte, el Bosco y su pintura religiosa, sin duda debería más bien causarnos extrañeza, como él mismo seguramente se extrañaría de cómo lo recordamos hoy, mirando sus cuadros en recintos por completo ya fuera de sus contextos originales, convertidos en obras artísticas a las que pretendemos a veces imprimirles nuestras inquietudes contemporáneas.

La cofradía del Dulce Nombre de San Andrés Zautla y la memoria de un milagro

San Andrés Zautla, pueblo cabecera del municipio del mismo nombre, enclavado en el antiguo distrito de Etla, de la región de los valles centrales de Oaxaca, es una localidad célebre por una celebración que tiene lugar cada mes de enero, y que hoy incluso se le conoce popularmente como la “fiesta del caldo”, aunque en realidad se trata de la fiesta anual de la cofradía del Dulce Nombre de Jesús. Algunos de sus aspectos más característicos pueden verse en el siguiente video.

A decir verdad, desconozco si esta fiesta del tercer lunes de enero ha sido ya estudiada por antropólogos, sociólogos o historiadores; más todavía, por mi parte nunca he asistido a esa celebración, que sin embargo tiene mucho que ver con los artículos sobre cofradías publicados en este sitio, en más de un sentido. En principio, y esto hace de este artículo tal vez el más personal de este sitio web, porque es la primera cofradía de la que tuvo noticia el autor de estas líneas. En efecto, siendo mi familia oriunda de ese pueblo, y dada la movilidad y contacto constante de mis tías con las celebraciones del rico calendario festivo local, fue este caso concreto del que aprendí mis primeras lecciones de tradiciones cofrades, por así decir. Si bien no lo reflexioné sino hasta hace algunos años, nunca tuve necesidad de una lección formal de qué era una cofradía, o de qué se hacía en sus fiestas o cómo se organizaban, pues lo sabía dado que era algo común y constante en las conversaciones familiares. Desde que tengo memoria, he escuchado hablar de quiénes asumen como alcaldes y mayordomos, con la entrega solemne de las varas de los del año anterior; sobre la siembra de las tierras de la cofradía; y claro, sobre la celebración misma, con su convite, calenda, caldo y demás.

Acaso por esa experiencia, desde hace tiempo me extraña siempre que en la historiografía llegue en ocasiones a hablarse de las cofradías como algo completamente del pasado. Asimismo, tal vez dada la organización específica de la del Dulce Nombre, me fue posible entender con cierta facilidad la de las cofradías del siglo XVIII. Los reformadores de esa centuria, tanto civiles como eclesiásticos, acaso reconocerían en la de este siglo XX algunos elementos si pudieran verla, y lo harían tal vez lamentando los límites de su obra reformadora. Y es que si antaño los obispos y fiscales de la Corona lamentaron ya esos que calificaron como “gastos superfluos” y que podían hacer quebrar a los responsables de las cofradías, hogaño no por nada se sigue hablando de asumir el “gasto”, es decir, una fuerte inversión para la fiesta. Los reformadores en Nueva España, además, llegaron a lamentar la mezcla de bienes de cofradías y bienes de comunidad, mientras los obispos incluso hablaron de cofradías como si fueran ante todo unos bienes. Y la del Dulce Nombre, hasta hoy incluso, según entiendo, tiene bienes: tierras que se siembran cooperando entre toda la comunidad. En fin, los reformadores acaso también llegarían a lamentar el uso de un término como “alcalde”, nombre de un juez municipal, es decir, un término que denotaba jurisdicción, para quien es la cabeza de una cofradía.

Desde luego, no quiero decir que la del Dulce Nombre sea una cofradía que date de tiempos virreinales. No la he visto citada en los pocos documentos sobre Oaxaca que he estudiado sobre el tema, y hasta ahora dedicarle tiempo a su historia me ha quedado en apenas un buen deseo esporádico, por lo que sólo puedo decir que su estructura era la práctica común en muchas partes del reino de Nueva España en el siglo XVIII. En cambio, quisiera señalar finalmente que, nuestra perspectiva contemporánea, secularizada, puede caer presa de la apariencia profana de la festividad, confundiéndola justamente con cualquier celebración secular. Es cierto que hoy a la “fiesta del caldo” ya se le califica de mera “tradición”, y que sin duda algunos de sus asistentes contemporáneos pueden dejar de lado las celebraciones litúrgicas. Mas no debe olvidarse, no sólo que el banquete mismo ha sido la forma más clásica de celebración religiosa occidental, sino que hasta nuestros días existe una marcada relación de reciprocidad con la imagen del Dulce Nombre. Los responsables de la fiesta la asumen muchas veces como “manda”, pago de los favores recibidos por esa venerada y soberana imagen, e incluso existe en la memoria algún milagro. Caeré de nuevo en el testimonio muy personal, pues se trata del recuerdo de una de mis tías, bien que ya habiendo sido catequista y sacristana, alguna autoridad tiene en las materias del “culto”, que siguen siendo responsabilidad pública (en el sentido más tradicional del término) en San Andrés Zautla.

Relatemos brevemente pues, ya para cerrar, ese sencillo milagro. En tiempos de la Revolución, el tío (porque en los pueblos de la región todo mundo es “tío” o “tía”) Panuncio Martínez (nada que ver, que yo sepa, con el general zapatista), transitaba justamente por las tierras de la cofradía del Dulce Nombre, cuando desde cierta distancia un oficial de alguno de los ejércitos en conflicto dio orden de apuntarle y matarlo. Cabe recordar que la imagen titular representa al Jesús niño que se pierde en el Templo, y en aquellos principios del siglo XX se distinguía por su cabello largo. Habiendo invocado su protección, Martínez se habría salvado porque el soldado se negó a obedecer la orden porque en ese momento advirtió que le acompañaba alguien a quien confundió con una niña por su cabellera larga. Milagro que es memoria y no historia, vale siempre insistir en ello, podríamos agregar que se diría que el “santo”, es decir la imagen, acaso impidió un crimen defendiendo también la su dominio sobre esas tierras que son finalmente destinadas a su veneración.

Memorias orizabeñas de la Conquista I

Catedral y el padre Llano 2

Actual Catedral de Orizaba, antigua iglesia parroquial de San Miguel

“Pueblo de los mejores del obispado, por su opulencia, amenidad, abundancia de víveres, y disposición de sus casas” según Villaseñor y Sánchez en el Theatro Americano a mediados del siglo XVIII, Orizaba se distinguía entonces además por una población heterogénea. El cosmógrafo real estimó entonces que en el pueblo habitaban 510 familias españolas y 809 de indios, así como 300 de mestizos y 220 de mulatos; es decir, la “gente de razón” superaba en número a los indios. Además, dio cuenta de la posición ascendente de los españoles, quienes “forman comercio separado” y de la importancia del cultivo de tabaco, cuyo rendimiento calculó en cien mil pesos anuales. De hecho, eran justo los comerciantes españoles los que se beneficiaban de la producción de tabaco, no necesariamente porque fueran productores, sino porque la financiaban a crédito, la “aviaban” como se decía entonces. Además habían comenzado a organizarse en calidad de “república española” de Orizaba o bien como “diputación de comercio” que obtuvo la administración de alcabalas hacia 1750. A partir de 1758, esa misma diputación solicitó al virrey de Nueva España su formalización como un ayuntamiento. La nueva corporación sólo llegó a ver la luz hasta 1764, pues se siguió un largo litigio en la Real Audiencia, pues de inmediato se opusieron la república de indios y el Conde del Valle de Orizaba. Este litigio, nos interesa pues en ese marco la diputación insistió en un punto: presentar a Orizaba como un pueblo español desde sus orígenes.

En efecto, tal fue uno de los motivos para que en 1762 se mandara levantar una extensa información sobre el pueblo, incluyendo un padrón, una descripción de las calles y plazas, y desde luego, testimonios de las corporaciones religiosas locales sobre sus fundadores y dotadores (AGI, México, leg. 1927-1928). Esto último no es de extrañar, aunque el despacho no lo mencione explícitamente, se entiende que si el pasto espiritual era indispensable en toda población de la época, la mejor manera de clarificar sus “principios, fundación y origen” estaba en conocer la historia de sus iglesias, santuarios, capillas, conventos, congregaciones y cofradías.

Así, las declaraciones de los cabezas de las corporaciones religiosas de Orizaba de 1762, comenzaron a perfilar una memoria de los orígenes del pueblo, basada en el propio comercio español. Decía el capellán del santuario de Guadalupe, “el principio de esta población fueron unos ranchos o casas donde hacían mansión con los caudales que traían a su cargo […] los españoles dueños de carros”. Esta versión la confirmó el prior del Carmen, datando la fundación hacia 1550. En ese mismo tenor, el informe de la parroquia de San Miguel sentenció: “Los españoles son primeros en tiempo y vecindad y los indios en formalidad de pueblo y república”. Más aún, los tenientes de cura encargados de la redacción identificaron incluso a las familias fundadoras: “apellidados Ramones, Prados, Mejías, Maldonados”, cuyo origen habría estado, desde luego, en la Península Ibérica, más concretamente, en Jerez de la Frontera.

Las iglesias resultaban fundamentales para este relato, pues ellas preservaban los testimonios de su veracidad: los tenientes de cura de la parroquia afirmaban contar con documentos de que en 1649 se había otorgado a los Ramones, como “primeros pobladores de este lugar” una demostración clásica de patronazgo en esa iglesia: “sepultura y asiento”; más todavía, había sido un español, el capitán Juan González de Olmedo, el fundador de la primera iglesia parroquial. El prior del hospital de San Juan de Dios, por su parte, podía incluso presentar una de las escrituras de fundación de su convento como prueba: se trataba de la obligación otorgada en 1619 por Pedro Mejía y Sebastián Maldonado por 6 mil pesos, casas y solares para construirlo y dotarlo. No lo decían entonces los testimonios, pero todo ello habría de contribuir, a largo plazo, a fundamentar una verdadera memoria religiosa orizabeña, que recuperaría a finales del siglo XIX el cronista José María Naredo, quien evocaba con aire de nostalgia “la piedad de nuestros mayores”.

Por si fuera poco, el naciente Ayuntamiento recuperó a una imagen mariana en particular para favorecer sus pretensiones: la de la Inmaculada Concepción, a la que eligió como patrona desde 1764. El regidor Diego Pérez Castropol redactó una memoria en que evocaba “notorias antiguas tradiciones” que hacían de la Purísima la primera titular de la parroquia que levantó González Olmedo, y por tanto “devoción de aquellos europeos fundadores del lugar”. La nueva corporación municipal se pretendía así heredera de la cofradía de esa imagen, que se estimaba fundada desde “tiempos inmemoriales”, la cual habría servido, y lo decía explícitamente el regidor, como lugar de reunión de los vecinos españoles a falta del Ayuntamiento que ahora se había erigido (AHMO, Fondo Colonia, c. 3, escrito de D. Diego Pérez Castropol). Casi sobra decir, que los munícipes podían de esta forma dejar de lado al patrono oficial de entonces, San Miguel arcángel, que por ello era más bien patrono del vecindario de indios.

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Actual iglesia del Carmen de Orizaba.

Desde luego, todos estos relatos y testimonios debían explicar también el origen de los indios. Éstos, se habrían instalado posteriormente en Orizaba, hacia 1551; de hecho, se habría tratado del trasladado de una congregación previamente reunida en las faldas del Volcán y que desde 1553 habría tenido la formalidad de república con un primer gobernador, Miguel Mendoza. Mas su presencia habría estado vinculada con el propio comercio español. El prior del Carmen los describía como “un corto número de naturales traídos de diversas partes por considerarlos necesarios para el servicio de los carros”.

“Tradición común y constante”, insistían las declaraciones de 1762, casi sobra decir que fue un relato de inmediato contestado por la república de indios de Orizaba, que en las décadas siguientes fue perfeccionando una versión alternativa. En efecto, aunque desde 1758 los procuradores de los indios insistieron en el carácter de fundador de sus representados ante la Corte de México, hasta dónde he podido averiguar, fue a partir de 1774 que la república de indios comenzó, además, a fundar sus alegatos específicamente en un relato de la Conquista, una memoria de su fidelidad a las dos majestades. En efecto, era la evocación de una conversión temprana, pero también de un vasallaje fiel a la monarquía católica.

En la extensa representación dirigida al rey el 25 de enero de 1774 (AGI, México, leg. 1766), firmada por todos los oficiales de la república, contradiciendo de nuevo la creación del cabildo español y dando cuenta de todos los perjuicios que les causaban, trataron en primer término el fundamento histórico de los comerciantes españoles. Se presentaban al rey con “legítimo derecho” en su calidad de “fundadores que hemos sido de este pueblo y su valle desde la gentilidad”, es decir, desde antes de la Conquista y la evangelización. Si los españoles los hacían datar de 1551, la república contestaba que sus orígenes remontaban a antes de 1519, pero sobre todo, que ellos habían tenido un papel en el establecimiento de la religión católica y la monarquía hispánica en esas tierras. Afirmaban que sus antepasados “prestaron pronto vasallaje a los soberanos de España, y como tal auxiliaron y favorecieron al tiempo de la conquista a los héroes que en la de este reino se empeñaron”. La república de indios debió insistir en diciembre del mismo año: eran ellos y no los españoles los que estaban en posesión inmemorial, por derecho natural, “desde el tiempo de la gentilidad”, y por título de la Divina providencia, tras haber sido de los primeros en “alistarse bajo de las banderas de la religión católica”. Alistamiento literal, pues de nuevo se trataba de su participación en la conquista.

Es cierto que la república de indios no hizo un uso sistemático de este relato en sus varias representaciones al rey de las décadas de 1770 y 1780, pero sí que hubo un trabajo de perfeccionamiento de ese relato. Para 1782, el procurador de la república en la Corte de Madrid, podía incluso citar un nombre antiguo para Orizaba: “San Miguel Aguiliçipa”. De hecho, para entonces la iglesia del Calvario se había integrado al relato de los orígenes orizabeños, pues habría sido construida por “los primeros indios caciques” justo “después de la Conquista” (AGN, Indiferente Virreinal, c. 5475, exp. 67). Este nombre en náhuatl estaría destinado a conocer buena fortuna en los años siguientes, aunque todavía se modificaría levemente para convertirse en “San Miguel Ahuilizapan”, que es el que aparece en el texto que consagró definitivamente la versión india de los orígenes orizabeños: el manuscrito titulado “Fiel tradición y legales noticias de origen del pueblo y congregación de indios titulado San Miguel Ahuilizapan”, obra del padre Antonio Joaquín Iznardo, fechado en diciembre de 1804 (editado por Comunidad Morelos en 1999).

Cabe mencionarlo, el padre Iznardo fue uno de los personajes más característicos de la villa de Orizaba de los años desde 1770 a 1810. A más de la longevidad, fue un clérigo que se distinguió por su buena posición económica, que hasta donde sabemos poco se dedicó a la cura de almas más allá de sus obligaciones como capellán, que tuvo participación en diversas corporaciones religiosas de la villa, cercano a las devociones de los jesuitas cuyo instituto trató de introducir en Orizaba, aunque aquí nos interesa resaltar que fue apoderado general de la república de indios desde diciembre de 1784. Ya antes, le había tocado participar en el intento de mediación en los conflictos de las dos repúblicas que emprendió el clero orizabeño en el verano de ese mismo año. Teniendo facultades para administrar los bienes de los indios, fue seguramente entonces que pudo tener acceso a los documentos de las llamadas “tierras del golfo”, recién adquiridas por los naturales al marquesado de Sierra Nevada en 1779, y que comenzaron a arrendar entre 1784 y 1785.

La “Fiel tradición” de Iznardo comienza citando justo los documentos de las tierras del golfo, que es posible que los naturales se empeñaran en comprar al marquesado porque en ellas estaba incluido el paraje de Texmalaca, que habría sido la “primera ubicación [del pueblo] antes de la Conquista”. Es de ahí que se habrían trasladado al valle de Orizaba en 1552 para fundar San Miguel Ahuilizapan, siempre en razón de su fidelidad a las dos majestades, para facilitar “la administración de justicia y sacramentos”, para constituir no república, sino “formal Ayuntamiento de gobernador, alcaldes y regidores” en 1553. El comercio también tuvo aquí un papel para el poblamiento de Orizaba, pero en contraste con el relato que hemos visto antes, fue el que llevó al pueblo a “la poca gente de razón, española, pobre y de toda casta”, “semicivilizados por falta de lime, rose y cultura”, todo según los términos de Iznardo.

Sobre todo, el clérigo introdujo un relato más preciso de la participación orizabeña en la Conquista, que vinculaba a los hijos de San Miguel Ahuilizapan con el prestigioso Cabildo de Tlaxcala. Un documento de tiempos del virrey Bucareli, haría constar “haber sacado de su primer pueblo de Orizaba Cortés, cuatro principales, que unidos con los tlaxcaltecas, ayudaron a la conquista de los Mecas, entre ellos Dn. Diego de Montezuma Mendoza y Austria”. Acaso por ello el primer gobernador de Orizaba era aquí rebautizado: después de varios siglos de ser Miguel de Mendoza, pasaba a ser Don Miguel de Montezuma y Mendoza.

Unos años más tarde, en 1810, fue una versión apenas modificada de este relato el que utilizó el que ya se titulaba como “Ilustre Ayuntamiento de Naturales de la villa de Orizaba”, al manifestar su lealtad a las autoridades del reino ante la insurrección del padre Hidalgo (Gaceta del gobierno de México, t. I, nº. 136, 20 de noviembre de 1810, pp. 962-964). Los indios de Orizaba habrían estado vinculados por “una especie de reconocimiento de alianza y de amistad con el noble senado de Tlaxcala”, pero dotados de virtudes naturales “conocieron desde luego” la ventaja de someterse al rey católico, y por ello, “voluntariamente pasaron hasta cerca de Tepeaca a ofrecer su libertad en manos del conquistador de este reino”. Sin embargo, este relato, construido a lo largo de 35 años, pronto dejaría de ser útil, justo por la fortuna final del conflicto iniciado en 1810.

Memoria jesuita

Pío VII jesuitasAyer, en la iglesia del Gésu de Roma, el Papa Francisco encabezó la liturgia en celebración del 200 aniversario de la “ricostituzione” de la Compañía de Jesús. Fecha aparentemente elegida en función de la agenda del Papa, pues en realidad la bula de restauración de la Compañía fue expedida 7 de agosto de 1814 (en la imagen vemos una representación alusiva tomada del libreto de la celebración). Esto es, el festejo tiene lugar con algunas semanas de “retraso” respecto del aniversario preciso. El traslado sin embargo, ha permitido que el Papa visite y celebre con sus hermanos jesuitas a una semana prácticamente de la apertura del ya controvertido Sínodo extraordinario sobre la familia que se abrirá el 5 de octubre.

Empero, más allá del contexto, de la actualidad en que se ha insertado la celebración, la liturgia misma merece ser comentada. Conviene decirlo desde el inicio, ha brillado de manera particular por su originalidad y sencillez, su mezcla constante de tradición y modernidad, y sobre todo, por su mensaje constante de universalidad. Originalidad y sencillez, primero porque si bien se han anunciado unas vísperas, no se ha seguido con fidelidad estricta lo propio de dicho oficio, ni siquiera las lecturas propias de la fecha. Ha habido luces e incienso, salmos e himnos, que es lo propio de unas vísperas, pero no exactamente como uno esperaría, e incluso ha faltado el Magnificat. En cambio, los jesuitas han celebrado proponiéndonos una liturgia en tres partes: la presentación de unos símbolos, las luces; una liturgia de la palabra formada por salmodia, proclamación del Evangelio y homilía; y en fin, la conmemoración propiamente dicha, la parte más amplia en gestos, con la renovación de las promesas de los jesuitas presentes, el ofrecimiento del incienso, la entrega del Evangelio al General, las intercesiones, el saludo del General, culminando con un Te Deum.

Sencillez, en parte por el mismo hecho de tratarse de un oficio y no de una misa, pero además porque en él se han utilizado ornamentos modernos y sobrios. Sólo los maestros de ceremonias llevaban la tradicional sobrepelliz sobre la sotana, los demás, incluido el General, el padre Nicolás, portaban sotanas enteramente blancas. El Papa mismo ha llegado de capa pluvial sin otro adorno que una franja roja con bordes dorados, su trono asimismo de diseño contemporáneo, era elegante pero apenas distinto de una silla común por la altura del respaldo.  Conviene destacarlo, sólo el Papa (o mejor dicho, el Papa solo) se encontraba en la plataforma del altar: excepto los dos diáconos en sus bancos (bastante atrás), ni siquiera el General jesuita llegaba a “robar cámara”, con perdón de la expresión coloquial.  El énfasis en la figura sola y sencilla del Papa en lugar del acompañamiento de numerosos sacerdotes que lucieran pomposos ornamentos, se reforzó en última instancia con el trato dado al que el programa todavía trataba de “Santo Padre”, pero a quien el General Nicolás se dirigió como “Hermano Francisco”.

Y sin embargo, no es que a esta ceremonia conmemorativa, original y por ello moderna, inscrita por completo en la liturgia posconciliar, le faltaran evocaciones a la tradición. Evidentemente, el marco elegido para la ceremonia, la Iglesia del Gésu, y las numerosas referencias a San Ignacio de Loyola, recordaban que se trata del festejo de una institución varias veces centenaria. Además, una magnífica capilla musical ha entonado un conjunto de piezas en que constantemente se mezclaban el latín con las lenguas modernas (español, italiano, inglés y francés fundamentalmente). Sólo el Pater y la antífona mariana final (el Salve Regina) estuvieron por completo en la lengua tradicional de la liturgia católica, pero las letras han rescatado frases queridas de la espiritualidad ignaciana (“En todo amar y servir” repetía el canto de entrada) e incluso el lema mismo de la compañía (“Para mayor gloria de Dios”, del canto final), mientras dos de las invocaciones han citado al mismo San Ignacio de Loyola.

Desde luego, han sido sobre todo los mensajes, sobre la homilía del Papa, los más directamente encaminados a hacer memoria. Lo más interesante del mensaje del “hermano Francisco”, es que lejos de comentar el Evangelio, comentó más bien la obra del padre Ricci, a quien tocó ver la supresión de la Compañía en el siglo XVIII. En la celebración misma de su restablecimiento, lejos de un mensaje triunfalista, el Papa ha querido evocar el momento más difícil de la historia jesuita, causado por “los enemigos de la Iglesia” según ha dicho desde el principio de la homilía. Ha construido así un mensaje destinado a rescatar la forma en que la Compañía vivió la “confusión y la humillación”, que se diría (y más con la cita que hizo de Paulo VI) no han dejado de ser de actualidad para la Compañía.

No quiere esto decir que la celebración haya carecido de muestras de orgullo por parte de la Compañía. Antes bien, no es menos notorio que los jesuitas han querido recordarnos su propia universalidad: el espacio lo evocaba ya con las banderas que lucían al fondo del presbiterio; los actores del ceremonial lo confirmaban, con los representantes de las siete conferencias y con los lectores de las invocaciones, leyendo mensajes hasta en croata, swahili y malayo; en fin, la capilla y sus múltiples idiomas insistían también en ese sentido. La Compañía de Jesús, a doscientos años de su restablecimiento, alcanza a todo el orbe y tiene por “hermano” al Sumo Pontífice, pero celebra evocando el sufrimiento de Cristo, adaptándose a la sencillez que espera el mundo moderno de la liturgia, no sin evocar también la tradición ignaciana.

Memoria de dos gobernantes mexicanos

Tumba de Don Porfirio2En otra entrada he tratado sobre las reliquias del que fuera el primer presidente mexicano fallecido en el cargo, el general Miguel Barragán (1836), y es de ahí que me ha parecido interesante llamar la atención sobre la memoria, religiosa o no, de algunos de nuestros gobernantes. Ahora bien, no todos repartieron su cuerpo por lugares sagrados como Barragán, pero en cambio dejaron monumentos interesantes para la historia religiosa de México, incluso fuera del actual territorio mexicano. Aquí quisiera evocar dos, relacionados con la memoria de controvertidos gobernantes mexicanos: la tumba del presidente Porfirio Díaz, en París, y la del emperador Maximiliano de Habsburgo en Viena. ¿Por qué digo que se trata de monumentos para la historia religiosa de México? La respuesta parece clara en la imagen que vemos a la izquierda, fotografía del interior de la tumba del presidente Díaz en el cementerio de Montparnasse, tomada en junio de 2009. En ella se encontraban entonces, al lado de veladoras y ofrendas florales, al menos cuatro imágenes marianas, tres de ellas de la Virgen de Guadalupe, la más “nacional” de las imágenes marianas presentes en México (justamente desde tiempos de don Porfirio, podríamos decir). Esto es, si bien don Porfirio mantuvo una muy buena relación con el episcopado, no fue en vida un hombre tenido por especialmente devoto, ni la historiografía católica llegó a considerarlo directamente un héroe de la Iglesia; mas su memoria parece asociada aquí a los símbolos más clásicos del catolicismo mexicano, acaso por la religiosidad que sí que era característica de la comunidad mexicana exiliada con él en París, y a la que debemos la presencia de la imagen de Nuestra Señora del Tepeyac en la Catedral de Notre-Dame de París. Mas por lo reciente de las imágenes, uno diría que más de un mexicano que quiere rendir alguna forma de tributo al ex-presidente lo hace pensando en términos religiosos.
Leyenda con flores y cartasEl contraste no podría ser más patente con la otra tumba, la del emperador Maximiliano de Habsburgo, que se encuentra en la cripta imperial de Viena. Paradójicamente, se trata en este caso de una dinastía asociada estrechamente al catolicismo, y que cuenta hasta hoy con varios personajes que aspiran a ser elevados a los altares. De hecho, no muy lejos del sepulcro del emperador mexicano, se encuentra el monumento al beato Carlos de Habsburgo, el último emperador reinante en Austria, muerto en el exilio en 1922.
Es cierto, sobre el sepulcro de Maximiliano se encuentra un crucifijo, pero en cambio, las ofrendas que se le dedican a su memoria son perfectamente seculares. En la imagen, tomada en julio de 2012, vemos que hay flores, pero no imágenes religiosas ni veladoras. Curiosamente, se diría que si ante la tumba de don Porfirio se reza, ante la de Maximiliano se escribe, pues hay varias cartas, entre ellas una de un miembro de la masonería y otra de un conocido abogado y escritor, José Manuel Villalpando.
Cierto, el emperador no tuvo una relación particularmente buena con el episcopado, ni con la Santa Sede, pero en principio había sido buscando un príncipe católico que los conservadores habían apoyado su candidatura para el trono mexicano, siendo además un monarca cumplido, digamos, en cuanto a la observancia del culto, como testimonia el ceremonial de la corte de su tiempo. Desde luego podríamos seguir haciendo comparaciones con otras tumbas, por ejemplo la de la Emperatriz Carlota, mas acaso por su colocación entre las criptas de la familia real belga en Bruselas, en ese caso no hay manifestación memorial alguna, al menos hasta donde he podido verificar. Sin duda en el propio territorio mexicano no faltan expresiones semejantes que nos dicen mucho, no tanto de los personajes insisto, cuanto de la forma en que se les recuerda.

La memoria religiosa de la Revolución en París

Para comenzar el año una entrada dedicada a un tema, creo que por primera vez, sin relación directa con México: los lugares de la memoria religiosa de la Revolución francesa. El tema lo he venido descubriendo con fascinación al asistir al seminario que coordinan los profesores Philippe Boutry y Dominique Julia en el Centro de Antropología Religiosa Europea de la EHESS. Desde luego, esta breve nota dista muchísimo del contenido y de la calidad de las intervenciones que se presentan en dicho seminario. Únicamente quiero mostrar tres de los lugares de esa memoria religiosa que se encuentran aquí en París: la capilla expiatoria, el cementerio de Picpus y la iglesia de San José de los Carmelitas.

Altar principalLa capilla expiatoria, que Chateaubriand calificara del monumento más bello de la ciudad, fue construida durante la Restauración para honrar a las dos víctimas más célebres de la Revolución: Luis XVI y María Antonieta. Entonces, los eventos revolucionarios constituían más bien una memoria incómoda, difícil de gestionar, por lo que el monumento, con todo y que es ciertamente muy elegante, no es sino una pequeña capilla funeraria que alberga un sobrio altar principal a cuyos costados erigen las estatuas de los reyes con sus respectivos “testamentos”. Lo pongo entre comillas porque mientras que el del rey es en efecto eso, un testamento dictado a sus abogados defensores, el de la reina es una célebre carta dirigida a su cuñada, Madame Elisabeth.

Marie Antoinette sostenida por la ReligiónDesde luego, es ya significativo que se haya elegido una capilla como monumento, y que las estatuas y los testamentos contengan sobre todo referencias religiosas. Mientras que a Luis XVI un ángel le muestra el cielo, la reina es confortada por una alegoría de la religión. En cuanto a los textos, ambos insisten en la fidelidad de los monarcas a la Iglesia, un hecho entonces controvertido por el apoyo inicial de la Corona a las reformas eclesiásticas revolucionarias (la Constitución civil del clero). María Antonieta aparece en la carta como una madre preocupada por sus hijos, que encarga amorosamente a su querida cuñada, ella sí por cierto modelo de devoción en la Corte, mucho más que la propia reina. No está de más recordarlo, aunque la Santa Sede cerraría pronto cualquier posibilidad al respecto, no faltaban quienes veían en los reyes auténticos mártires de la fe que había que canonizar.

Fosa 2Si la capilla expiatoria es el monumento de la realeza, el cementerio de Picpus lo es de las familias nobles de Francia. En la muy cercana plaza del Trono, o del Trono invertido durante el Terror, fueron ajusticiados un amplio número de nobles de las principales familias del Antiguo Régimen: La Rochefoucauld, Polignac, Montmorency, Montalambert, Noailles, La Fayette y un largo etcétera. Sus cuerpos, según descubrió posteriormente una de sus descendientes, fueron depositados en dos fosas comunes, convertidas en cementerio privado bajo la Restauración (hoy en día el único cementerio privado de París), construyéndose a un costado una capilla y un convento de religiosas para sacralizar el lugar y orar por los nobles difuntos.

La FayetteA lo largo de los siglos XIX y XX, los descendientes de aquellas familias nobles siguieron enterrándose en Picpus, al lado de sus antepasados, asimismo mártires, lo que ha convertido el lugar en un auténtico memorial nobiliario, donde es posible encontrarse reunidos lo mismo a los nobles del siglo XIX, comprometidos con el legitimismo, que a los que combatieron en el siglo XX durante la Segunda Guerra Mundial, del lado de la Resistencia. Sin embargo, la tumba más visitada es sin duda la del marqués de La Fayette, que ostenta los honores que le corresponden como héroe de la independencia de Estados Unidos, a pesar de la difícil memoria sobre su ambigüo papel en los primeros años de la Revolución.

Saint Joseph des CarmesEn fin, la actual iglesia del Instituto Católico de París, lugar de una memoria más eclesiástica. Aquí estuvieron prisioneros los llamados “mártires de septiembre de 1792”, víctimas del Terror desatado apenas caída la monarquía. Un poco más de un centenar de clérigos, incluyendo 3 obispos, que se negaron a jurar la Constitución civil o de religiosos “sospechosos” por diversos motivos (a comenzar por su estado clerical). A pesar de los diversos problemas que comprendía la situación de cada uno, fueron finalmente canonizados bajo Juan Pablo II y el día de su conmemoración suele ser una oportunidad para un evento importante para la vida religiosa de la ciudad. Lugar de referencia para el catolicismo del siglo XIX, no es casualidad que albergue también la tumba del beato Fredéric Ozanam, fundador de las conferencias de San Vicente de Paul, una de las grandes obras del catolicismo social francés.

No está de más recordarlo, la Revolución francesa fue un evento que impactó profundamente a los creyentes de la época, que tuvieron serias dificultades para encontrarle un sentido. Todos estos lugares son buena muestra de ello. Hubo esfuerzos, a veces muy tempranos, por convertirlos en memoriales de mártires y por tanto en depósitos de reliquias de santos, y de enlazarlos de alguna forma con el modelo de los mártires de los primeros siglos del cristianismo, a los que el propio siglo XIX tuvo especial fervor. Mas las ambigüedades de la actuación de muchos, producto precisamente de la complejidad de la Revolución misma, complicaron dicha tarea, empero no sin legarnos monumentos de gran interés para la historia religiosa francesa pero también para la construcción memorial en general dentro del mundo católico contemporáneo.