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Un arzobispo de México reformando la capilla real de Madrid

Retrato del arzobispo Pedro José Fonte, tomado del sitio web de la Arquidiócesis primada de México.

Don Pedro José de Fonte y Hernández Miravete fue arzobispo de México, residente desde 1815, abandonó la arquidiócesis a principios de 1823 a consecuencia de la independencia, y pasó el resto de su vida en España. En otro momento le hemos dedicado espacio en este blog a las cartas en las que explicaba a la Corona y a la Santa Sede su salida de México. Aunque está más allá de mis alcances presentar aquí de manera detallada su vida en la Península, cabe destacar que, sobre todo al final de ella, estuvo lejos de permanecer inactivo. De hecho, tuvo una participación, si no protagónica, al menos importante en la España de la revolución liberal tras la muerte del rey Fernando VII, en el régimen liberal moderado de la regencia de María Cristina.

En principio, fue miembro e incluso presidente de la Real Junta Eclesiástica nombrada para la reforma del clero en 1834. Fue miembro también del Estamento de los Próceres, la Cámara alta de las Cortes formadas conforme al Estatuto Real de 1834. Desde ahí alzó su voz contra la desamortización del gobierno de Juan Álvarez Mendizával en 1836, como se sabe bien por la publicación, en México por cierto, del discurso que pronunció en abril de ese año. Éste, ilustra bien su aceptación de un régimen representativo y liberal, así como la necesidad de la reforma de la Iglesia y de las órdenes religiosas, pero también los límites que ponía al respecto: reforma no era supresión, el clero no dejaba de ser útil al Estado.

Al año siguiente fue nombrado pro-capellán y limosnero mayor de la reina, con título de Patriarca de Indias. Como el capellán titular, por tradición de la monarquía, era el Arzobispo de Santiago de Compostela, el pro-capellán Patriarca era el verdadero organizador de la Capilla Real. Fonte murió en ese cargo en junio de 1839, siendo todavía tratado en los documentos oficiales como “arzobispo de Méjico y Patriarca de las Indias”. Le tocó un período difícil también para España, en particular por una crónica escasez de recursos. La desamortización de bienes eclesiásticos se hizo justo bajo el principio de pagar a los acreedores del Estado. Como cabía esperar, tampoco había recursos para mantener el fasto del culto de la Capilla Real de Isabel II. También ahí debió mostrar su talento reformador, que es justo lo que nos interesa aquí. Enseguida encontrará el lector su informe dirigido al mayordomo mayor de la reina dando cuenta de sus ajustes al personal de capellanes y músicos, que confirma su aceptación de las circunstancias, pero siempre manteniendo ciertas prioridades.

Archivo General de Palacio, Administración general, Real Capilla, leg. 1133

Exmo. Señor

Luego que llegó a mis manos la real orden de 23 de enero de este año, por la cual se dignó S.M. mandar que a la posible brevedad se formasen nuevos reglamentos para la real casa, cámara, capilla, a fin de que la contaduría general pudiese ejercer con acierto la acción fiscal que le compete, dispuse que se reuniesen en cuantos antecedentes podían suministrar noticias, oyendo sin perjuicio al receptor de la real capilla, con el objeto de adquirir la suma de datos necesaria para dar cumplimiento a lo resuelto por S.M. en la parte que me competía como prelado de la real casa, presentando un trabajo completo en lo posible; porque desde luego me propuse no limitar mi obra a la formación de la simple planta de empleos y sueldos, y darle la debida extensión, marcando las facultades y obligaciones de cada empleado, y el modo de proceder en su ejercicio y desempeño, como cabalmente se me previno con posterioridad en real orden circular de 7 de febrero último. En su virtud, como resultado de mis trabajos, tengo el honor de remitir a V.E. para que se sirva presentar al examen y aprobación de S.M. el adjunto proyecto de reglamento, formado con presencia de las antiguas constituciones del año de 1757, de varios trabajos dados en distintas épocas que no llegaron a tener efecto, del último reglamento aprobado por el señor D. Fernando 7º en 16 de marzo de 1824, de las plantas del cuerpo de capellanes de honor y de la capilla música, decretada la 1ª en 26 de junio y aprobada la 2ª por S.M. en 26 de octubre de 1834, y de todas las reales órdenes posteriores que se han comunicado a esta patriarcal sobre las demás clases de la real capilla, y que de alguna manera han modificado lo resuelto con anterioridad.

El proyecto, en general, está conforme con las constituciones y órdenes posteriores en todo lo relativo a facultades y obligaciones de los ministros y empleados, y sólo se han hecho en este punto algunas variaciones de bien poca consideración, teniendo para ello presentes las distintas épocas y circunstancias, pero siempre con sujeción al espíritu de las reales disposiciones recientes. Las únicas alteraciones que he creído indispensable proponer, versan sobre el personal de capellanes de honor y sobre un corto aumento de sueldo a alguna plaza de la capilla de música. Nunca he perdido de vista la economía tan necesaria y precisa en las actuales circunstancias, y esta privilegiada consideración es ciertamente la que ha presidido en mis trabajos; pero era preciso tener presente otra de no menor importancia, era indispensable no sacrificar, por decirlo así, el decoro del culto, y mi objeto por lo tanto se ha dirigido a combinar ambas atenciones, en términos de que, sin recargar con una suma excesiva la dotación de la real capilla, se tribute en ella el culto divino, si no con el brillo y la magnificencia que permitían épocas más prósperas, al menos con el decoro debido a la casa de S.M. No sé si habré conseguido mi propósito, pero sí puedo asegurar a V.E. que las alteraciones que propongo y que paso a enumerar, producen muy poco gravamen, han sido inspiradas por los deseos más sinceros del acierto, y son el fruto de la meditación.

El sueldo anual de doce mil reales señalado a cada plaza de capellán de honor en la planta vigente de 1834 es en mi concepto muy escaso para que un ministro de esta categoría, adornado de los requisitos y cualidades que el reglamento exige, pueda sostenerse en la corte con la decencia propia de su rango. La obligación de predicar los sermones de tabla que recientemente se les ha impuesto y el aumento de trabajo que ha de resultarles con la supresión de dos plazas, son también motivos muy poderosos para que deba ser mayor la dotación; por ello propongo que ésta sea de veinte mil reales anuales, pero reduciendo a doce el número de individuos de la dicha clase, en vez de catorce de que debe componerse actualmente, sin hacer mérito por de contado de los cuatro restantes del banco de órdenes, sobre cuyos sueldos no se propone variación; debiéndose también tener presente que cinco de los capellanes que hoy existen en el banco de Castilla disfrutan los veinte mil reales y dos de ellos aún más por órdenes especiales de S.M. Iguales consideraciones me han movido a proponer la asignación de diez mil reales de sobresueldo anual a cada uno de los tres dignidades u oficios, a saber: receptor, juez y cura de palacio; siendo de notar que a pesar de ser mayor dicho sobresueldo que el que hoy les está señalado, sólo resulta en los tres la pequeña diferencia de cuatro mil reales, respecto del total que perciben por las nóminas actuales. El fiscal de la Real Capilla goza hoy dos mil reales de sobresueldo; pero los trabajos a que tiene que dedicarse por razón de su oficio exigen el aumento de dos mil reales más, según propongo; cuya suma guarda cierta proporción con la señalada al juez. He creído también preciso que haya un segundo maestro de ceremonias que sustituya al primero, con el módico sobresueldo de mil reales anuales, porque este cargo es muy importante en la capilla y conviene que haya más de un individuo instruido y ejercitado en el ceremonial para que nunca falte la buena dirección y orden en las funciones y demás actos religiosos.

La sección 6ª. del capítulo 3º del proyecto de reglamento trata de mozo encargado del alumbrado y limpieza de la capilla. Esta plaza, aunque actualmente no es de planta, ha existido siempre, sus gastos se han abonado en cuentas y han sido pagados por la receptoría; y puesto que los fondos de esta ingresan en el tesoro general de la real casa, no resulta gravamen alguno de que se comprenda en nómina en lo sucesivo.

Suprimido el colegio de niños cantores, quedaron reducidos a dos los tiples de la real capilla, disfrutando cada uno conforme a las últimas reales órdenes el sueldo anual de cuatro mil reales; pero la experiencia ha demostrado que es muy difícil hallar cantores en esta cuerda por tan bajo haber, y aun se ha visto que uno de los dos jóvenes que últimamente ha desempeñado dichas plazas, la ha renunciado para buscar mejor colocación, por lo mismo designo para cada una de ellas el sueldo de seis mil reales.

Al organista único le fueron señalados en la planta de 1834 diez y ocho mil reales de sueldo, y con posterioridad se sirvió S.M. reducirlo a catorce mil reales, que es el que en el día goza. Los conocimientos artísticos que se necesitan para el desempeño de esta plaza y el lugar que ocupa en la capilla de música, son circunstancias que merecen cierta consideración. La aptitud del que la desempeñe no debe limitarse a la mera ejecución de instrumentista, es preciso que conozca la composición para improvisar cantos y acompañamientos, y que al mismo tiempo esté ejercitado en la dirección de la orquesta para sustituir, como inmediato, al maestro de capilla; por ello me ha parecido arreglado proponer se le reponga en el sueldo de diez y ocho mil reales que le marcó la planta de 1834, teniendo también presente que el profesor que desempeña esta plaza, da actualmente el trabajo que presentaban antes al menos dos organistas de tres que existían, bien dotados, y que no sería justo que el que sustituye inmediatamente al maestro de capilla tuviese menos sueldo que el músico de voz más antiguo, que sólo puede dirigir la orquesta a falta del maestro cuando el organista se hallare ocupado en el órgano.

Éstas son las únicas alteraciones que la necesidad me ha hecho proponer. Ellas están justificadas con las razones que dejo expuestas, y puede desde luego asegurarse que el exceso que resulta en el presupuesto de la capilla es de bien poca consideración, incluyendo dos mil reales que debe continuar cobrando, además de sueldo el primer ayuda de oratorio, D. Pedro de la Cámara, según le está concedido por S.M. y los diez mil reales más que ha de costar por ahora el cuerpo de capellanes de honor, hasta que vaque una plaza del banco de Castilla, como se manifiesta en el artículo 239 del proyecto de reglamento, que en atención a las circunstancias lleva el carácter de provisional, según lo expresa su artículo 141, y podrá por ahora llenar su objeto, sin perjuicio de las reformas o alteraciones que S.M. crea oportunas en lo sucesivo.

Tales son los motivos que me han dirigido en el desempeño del encargo con que me honró S.M., no sé si habré acertado a llenar sus reales intenciones en un asunto de suyo espinoso y difícil, y en que han debido tenerse a la vista para hermanarlas, muchas y encontradas consideraciones. S.M. lo calificará con su rectitud y alta sabiduría y justa, como siempre, al mismo tiempo que mejore este trabajo, creerá en la lealtad y celo con que he procurado corresponder a su confianza.

Dios guarde a V.E. muchos años. Madrid, 30 de abril de 1838.

 

Pedro, arzobispo de Méjico, electo Patriarca de las Indias.

 

Señor mayordomo mayor de S.M

Tres fragmentos sobre la Seña

Arrastre de caudas en Quito, 2010, foto del sitio “La Hora Noticias de Ecuador”

Tal vez una de las ceremonias más olvidadas del catolicismo contemporáneo sea la de la Seña (o Reseña, en algunos lugares), en la cual los canónigos de las catedrales veneraban el estandarte de la cruz. Tenía lugar sobre todo el Miércoles Santo, pero no era la única ocasión, sí era, en todo caso, una de esas “misteriosas ceremonias” de la Semana Santa. Hoy en día, hasta donde sé, se sigue realizando en la Catedral de Quito, Ecuador, como nos muestran estas imágenes y el video de más abajo. Ese acto de veneración, básicamente consistía en que los canónigos, revestidos de sus capas magnas negras, arrastraban la cola y se prosternaban mientras el “signífero”, es decir, el portador de la bandera de la cruz (signus), la ondeaba sobre sus cabezas. Por ello, es también conocida como la ceremonia de “arrastre de caudas”. Para recordar como debía hacerse en el siglo XVIII, me permito copiar aquí el pasaje correspondiente del Diario manual de lo que en la Catedral de México se practica y observa en su altar, coro y demás en todos los días del año, (1751), que el lector puede consultar íntegramente en la Biblioteca Digital Hispánica.

Arrastre de caudas 2017, foto del periódico Metro.

En Quito, cabe destacarlo, la ceremonia subsiste, pero no ha quedado al margen de la secularización: hoy en día es incluso atractivo turístico promovido por la oficina nacional que atiende esos asuntos, como vemos en el video de más abajo, que es nuestro segundo fragmento. Además, para cerrar con menos solemnidad, el tercero es un testimonio del siglo XIX, de un clérigo y escritor de Lagos, el Dr. Agustín Rivera, quien en 1892 recordaba su ya remota participación en esas ceremonias, pero a principios de siglo, cuando era un joven estudiante del Seminario de Guadalajara, en sus Reminiscencias de colegio. Sutil, Rivera, liberal poco afecto a las pompas católicas de antaño, contaba una anécdota que hacía dudar de la seriedad de los seminaristas, pero también del propio acto solemne. Es decir, también es un testimonio de la secularización del siglo XIX. Paradojas de la historia: solemnidades de antaño, pudieron ser luego motivos de crítica y hoy se convierten a veces, en patrimonio que hay que saber comercializar.

 

Diario manual de lo que en la Catedral de México se practica y observa en su altar, coro y demás en todos los días del año. Biblioteca Nacional de España, mss. 12066, Sala Cervantes, fs. 26v-30.

Esta ceremonia se hace cinco veces: Sábado por la mañana y Domingo de Pasión por la tarde, Sábado de Ramos por la mañana y Domingo de esta festividad por la tarde, y Miércoles Santo por la mañana, todas son al tiempo de vísperas, en el que se canta en ellas el himno Vexilla Regis. Esto es, si las vísperas son de las dominicas, porque sin son de santo doble, todas son las señas después que se terminan, sólo las del Miércoles Santo son siempre de feria, y así la seña es también siempre dentro de ellas.

El día que la hay se lleva desde por la mañana temprano de la sacristía de esta Santa Iglesia a la capila del Sagrario el estandarte o bandera de ella, y se pone en medio del altar, parado y arrimado al retablo, y estando el coro ya en el quinto salmo de las vísperas, que canta la capilla alternando con el coro todo, entra el maestro de ceremonias dentro de él con sobrepelliz y bonete en la mano, hasta un lado del fascistol mayor, y allí hace venia primero a los padres capellanes del coro del señor deán, y luego pasa al coro del señor arcediano, donde hace lo mismo, y luego al punto salen tres padres capellanes de cada coro, y van sin formalidad a acompañar con dicho maestro al sagrario. Asimismo van todos los acólitos, pertiguero y perrero, y de dicha capilla salen el perrero por delante, luego el pertiguero con su garnacha morada, gorra y pértiga, siguen los padres capellanes, seis que salieron del coro, y en medio de los dos últimos el maestro de ceremonias con el bonete puesto en la cabeza y el estandarte en las manos, y van así a entrar por la puerta de la crujía que está junto al coro y corresponde a la nave donde está la capilla de que se saca. Esta puerta la abre el perrero y cierra luego que entren por la crujía, la que está alfombrada y se quedan en ella haciendo coros los acólitos y pertiguero y los 6 padres capellanes y maestro con el estandarte. Entran así en el coro y puestos tres a cada lado y el maestro detrás al facistol mayor y de cara al altar mayor se arrodillan y con pausa inclina la punta del estandarte hasta llegar con él al suelo, del que inmediatamente lo levanta sin descubrir la cabeza.

En esta forma entra para dentro del coro hasta ponerse en medio de la canturia y a este tiempo se arrodilla todo el coro a adorar la Santa Cruz que está en el estandarte y se está el maestro solo con él en las manos y el bonete puesto en la cabeza hasta que es tiempo de darlo al señor signífero.

A este tiempo el sochantre, con dos padres capellanes que señala a sus lados desde el principio de las bancas dichas de canturía, hacen venia con las cabezas e inclinación de cuerpo a un señor canónigo, el que quieren señalar y del coro que les parezca, para que convide a la asistencia de la seña. Corresponde dicho señor bajandola cabeza en demostración de admitir este encargo, y va de su silla, y puesto el bonete y almucia sobre de él con la capa corta todavía, pasa donde está el fascistol menor, en que se oficia, y hace cortesía a uno y otro coro, con la cabeza e inclinación de cuerpo que le corresponden.

Hecha esta ceremonia, bajan los señores capitulares de sus sillas altas a las bajas y toman allí las capas magnas, comienza la capilla a tocar los bajones, cornetas y bajoncillos, y suben por la crujía el pertiguero por delante, con garnacha morada, pértiga y gorra; luego los acólitos, niños y padres capellanes, formando coros,

y en medio de los dos padres capellanes más antiguos va el señor medio racionero menos antiguo, con la cauda suelta, tendida y arrastrando por el suelo y la cabeza cubierta con el bonete y la almucia sobre de él y van así hasta el altar mayor,

donde los padres capellanes y sochantre se ponen al lado de la Epístola en el presbiterio, no el principal sino el colateral de la mesa credencial para dentro, y lo mismo los niños, que no deben quedarse en la crujía sino son dos en las gradas para recojer las caudas así que hacen cada señor capitular, conforme llega la genuflexión y reverencia al altar, y la venia con la cabeza al señor más antiguo que está en él, y dicho señor medio racionero va al mismo lado que tiene en el coro […]

Después del señor medio racionero menos antiguo siguen de uno en uno sin acompañamiento, sino solos, por su orden y antigüedad, los otros señores medios racioneros, señores racioneros, señores canónigos y señores dignidades, y a lo último con el estandarte en las manos, levantado en alto, el señor signífero, que siempre es un señor dignidad o señor canónigo, en medio de los dos señores más antiguos dignidades o canónigos, no uno de los más antiguos de cada coro, sino los más antiguos en orden de posesión y tiempo, y es el que en este acto se observa. Y como van a él uno por uno solos, es preciso queden los dos más antiguos para que acompañen, los que llevan cojidas con las manos los dos cabos o puntas del estandarte. Y delante unos pasos van los dos maestros de ceremonias, uno por el lado de la crujía y el otro por el otro, y luego que llegan a ponerse en la última grada del presbiterio, vienen a ellatodoslos señores capitulares que están ya allí a unirse y ponerse en esta forma.

El señor signífero, con el estandarte elevado en el principal lugar y medio de la grada, a sus lados los dos señores que vinieron acompañando, y después a un lado y otro todos los señores conforme el lado en que están, y unidos, se ponen de rodillas de cara para el altar. Los niños a este tiempo están en las demás gradas conforme las sueltan allí, y para estar prontos para cogerlas al fin. Los padres sochantres y capellanes están en el lugar arriba dicho, en el que se ponen de rodillas, y asimismo, todos en el coroy fuera de él, el pueblo que asiste, y comienzan a cantar el primero verso, Vexilla, etc., en cuyo timpo baja el señor signífero la bandera, hasta llegara ponerle la punta sobre el ara del altar, en donde la mantiene hasta que acaban el primer verso dicho.

Siguen cantando el segundo verso, Quae vulnerata lanceae, los músicos de la capilla que están dentro la puerta del coro y fascistol mayor, donde tienen puesto el suyo con su libro, y en este tiempo levanta el señor signífero la bandera del altar, y la lleva inclinada a cubir con ella a los señores capitulares que están a su lado siniestro, y estando así un rato, la vuelve en medio del altar como estaba, y al comenzarel tercero verso, Impleta sunt, hace lo mismo que en el antecedente, levantando otra vez la bandera, con la que cubre en la misma forma con ella a los señores capitulares que están a su lado diestro, y vuelve otra veza ponerla sobre el altar.

Acabados estos versos por los músicos, siguen el cuarto: Arbor decora, etc., los padres sochantres y capellanes en el canto llano espacioso como el primero, y a este tiempo levanta en alto el señor signífero el estandarte y lo eleva enteramente, y así lo mantiene hasta llegar a las últimas palabras de él: Tam sancta, la va inclinando hasta tocarla y ponerla sobre el ara como en las otras acciones dichas.

El quinto verso: Beata cujus brachiis, lo canta como los otros la capilla en el coro en canto figurado, y en su tiempo levanta el señor signífero la bandera y la eleva echándosela a la espalda sobre su hombro izquierdo, y de él a poco rato la vuelve a poner sobre el ara y a la mediación del verso la levanta y echa en el mismo modo sobre el derecho, y luego de él sobre la misma ara y altar.

El sexto verso O Crux! etc., lo cantan como los antecedentes en el presbiterio, y al comenzarlo, baja el señor signífero la bandera del altar y la pone en el suelo, y a este tiempo se postran en él todos los señores capitulares y están así todo el que tardan en decirlo y cantarlo hasta que lo finalizan, que vuelven a quedar de rodillas, y el señor signífero levanta en alto enteramente la bandera sin volverla a poner sobre el altar, sino tenerla solamente elevada en sus manos. Estando así cantan los músicos en el coro el último verso Te, fons salutis y se levantan los dos maestros de ceremonias que están todo este tiempo desde que llegaron al altar uno en cada lado de él, y llegan a coger las dos puntas de la bandera. Y poniéndose en pie el señor signífero, sale con ella elevadaen las manos y con los dos maestros dichos con las dos puntas cojidas en ellas, y arrimados hacia los señores capitulares del lado de la Epístula, va con él dando vuelta y arrastrando la cauda por todo el presbiterio del altar principal, a coger el lado del Evangelio, y asimismo pasar por junto y delante de los señores capitulares, que están a este lado, a volverse a poner en el medio y decara con la bandera al coro.

Luego que está así, el señor signífero baja la bandera a poner su punta en el suelo, como lo hizo sobre el altar, y en el tiempo que los músicos cantan el último verso del himno,  Te, fons salutis, etc., levantael señor signífero la bandera y la lleva a su lado siniestro, cubriendo con ella por la espalda a los señores capitulares del lado de la epístola, como lo hizo y está dicho en el segundo y tercero verso; y habiéndoles cubierto un rato vuelve a bajar la bandera y ponerla de punta en el lugar mismo de donde la levanta, y de aquí hace la misma acción y ceremonia con los señores capitulares que están al lado del Evangelio, y vuelta a bajar la bandera de dicho lugar, la levanta luego en alto, y como hizo la vuelta entera por el presbiterio, para venir a ponerse de cara al coro, vuelve a hacer media vuelta desde este lugar por el lado de la Epístola con el estandarte en lasmanos y maestros, hasta llegar al altar, y allí los padres sacristanes toman el estandarte o bandera y la ponen en medio del altar, tras la santa cruz que está en él, y allí está todo el tiempo y días que pasan de una seña a otra, y el día que la hay lo quitan para llevarlo como está dicho a la capilla del Sagrario, y ejecutar desde allí la ceremonia que al principio se dijo hacerse, para traerlo al coro.

Concluido todo esto, se pone el señor signífero en medio delante de la mesa del altar, y de cara al coro, y asimismo siguen todos los señores capitulares en la misma forma, aunque ya no desde los cuernos del altar, sino siguiendo por delante, y todos ya por sus antigüedades, terminándose este medio círculo por los dos señores menos antiguos.

Estando en esta forma, cantan el verso de después del himno dos niños en la puerta del coro, como es costumbre, que responde el coro, y apuntada la antífona por el señor menos antiguo, que está en él, de los dos que quedaron, entona el sochantre la Magnificat, que canta en canto llano con el mayor espacio, y vuelven del altar para el coro, en este tiempo, sin diferencia alguna decomo fueron, mas que la de no volver el estandarte.

Luego que en el altar se ponen en pie y se coloca en él el estandarte, sale de allí para la sacristía el señor canónigo hebdomadario, donde desnudándose la capa y almucia, viste estola y capa pluvial, y así que todos los señores capitulares están en el coro, sale con el acompañamiento de cuatro padres capellanes, maestro de ceremonias, acólitos con ciriales, incensarios y naveta, y el pertiguero por delante, y va al altar mayor, donde bendice el incienso, turifica el altar, va al coro, y cantada la oración como es costumbre, dicho el Benedicamus Domino, vuelven a la sacristía como salieron de ella.”

 


Agustín Rivera y Sanromán, Reminiscencias de colegio, Lagos, Ausencio López Arce impresor, 1892, pp. 5-6

En el solemne acto de la Seña, los colegiales, fiados en que no se sabe el origen de esa ceremonia, pugnábamos por agarrarles la cola, como deciamos, a aquellos canónigos que daban un escudo de oro por aquel servicio; i una vez fué tal la pugna entre un Solchaga í otro que le decian el violón, que echaron al suelo á un canónigo mui anciano que se llamaba D. Pablo Portillo.

Emociones religiosas y políticas

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Antiguo Colegio Apostólico de San José de Gracia de Orizaba.

“… siguen maquinando hasta que el gobierno, desesperado de la ineficacia de los medios suaves, tome el de una expulsión clamorosa. Esto es lo que ellos quieren, ¿y para qué? Para que en aquel lance presenten el espectáculo bien premeditado de salir en comunidad al toque de campana, en presencia del pueblo que, enternecido y conmovido, romperá en una demagogia…”

Vicente de Segura, jefe político de Orizaba, al gobernador de Veracruz, 31 de enero de 1827. AGN, Justicia Eclesiástica, vol. 78, fs. 4-6.

En el siglo XIX, uno de los temas de conflicto entre la Iglesia y el Estado era el manejo de las emociones. El informe confidencial del jefe político orizabeño que acabamos de citar, y que por su riqueza hemos utilizado ya en muchas otras ocasiones en este espacio y en otros, nos ilustra bien el conflicto. El representante del gobierno del Estado de Veracruz desconfiaba, sino es que directamente temía, la capacidad de los religiosos franciscanos del Colegio Apostólico de San José de Gracia de esa entonces villa, para emocionar (“enternecer y conmover”) al pueblo. No le faltaba razón. Misioneros formados en la tradición de la Reforma católica, los josefinos disponían de amplios recursos para generar emociones en los fieles. Segura describió algunos de ellos en su informe calificándolos de “maniobras cómicas”: “un hachón encendido bajo el brazo desnudo, un lienzo de la pintura de un condenado, una saetilla sonante con campanilla”. En efecto, usaban de numerosos recursos teatrales en sus misiones, y en particular, en sus sermones: la calavera en el sermón de la muerte, la estampa del diablo en el sermón del infierno; cierto, los versos, breves y con mensajes contundentes, las saetillas, cantados durante las procesiones de inicio de las misiones, en las que aprovechaban además la oscuridad nocturna para darles mayor efecto. Toda esa predicación teatral, barroca, había estado efectivamente encaminada a emocionar a los fieles para generar en ellos el miedo a la condenación infernal, el arrepentimiento de los pecados que los aproximara a la confesión (objetivo final de esos misioneros), la contrición pues, imperfecta o perfecta. Además, tenía razón también por ese lado el funcionario, con su retórica y sus recursos teatrales, los misioneros podían generar arrebatos emotivos en la multitud: una misión que predicaron en la villa de Córdoba en 1824 culminó con una espontánea “hoguera de las vanidades”. Por “aquellos transportes arrebatados que comunica la gracia”, según los términos del vicario del Colegio, los fieles arrojaron a las llamas lo mismo instrumentos musicales que vestidos, en los que veían verdaderos instrumentos de sus pecados (AGN, Justicia Eclesiástica, vol. 30, fs. 373-375).

Fabre - Lucien Bonaparte.jpgEn las monarquías católicas del siglo XVIII, es cierto que esas misiones habían tenido un sentido no sólo religioso, sino también político. Louis Châtellier lo señalaba, entonces eran “un instrumento entre otros muchos utilizado por el príncipe para controlar a la población” (La religión de los pobres. Europa en los siglos XVI-XIX y la formación del catolicismo moderno, 2002, p. 130). Al momento de las revoluciones políticas de principios del siglo XIX, no faltaron intentos para seguir aprovechando lo religioso a favor de lo político. Tal era uno de los motivos por los que en el siglo XIX se hablaba con frecuencia de la importancia del culto. En 1826, circuló por ejemplo en la prensa mexicana oficial de la Ciudad de México (El Correo de la Federación) y en los estados (al menos en El Oriente de Xalapa), el discurso de Lucien Bonaparte, a quien vemos en la imagen, sobre el establecimiento de la legislación de los cultos reconocidos en Francia. Decía el hermano del futuro emperador de los franceses: “No hay un pueblo a quien pueda convenir una religión abstracta: los signos, las ceremonias, lo maravilloso, son el pábulo indispensable de la imaginación y del corazón; el legislador religioso no puede dominar las almas y las voluntades, si no les inspira aquella adoración respetuosa y profunda que nace de las cosas misteriosas.” Y más todavía, era por ello que “los cultos son útiles y aun necesarios en un Estado” (El Oriente, núm. 780, 14 de noviembre de 1826, pp. 3231-3232). La religión era útil (no únicamente desde luego) en buena medida como vínculo emotivo de los nacientes Estados nacionales, papel que fue incluso aceptado por diversos clérigos. De ahí la importancia de analizar la “liturgia ciudadana”, como la ha denominado Brian Connaughton, la participación de las autoridades y de la nación misma en las ceremonias eclesiásticas, no sólo (aunque también) en las cortesías y precedencias, sino incluso a veces alterando las indicaciones de los libros litúrgicos, como ocurría en México con la entrega de la llave del depósito eucarístico del Jueves Santo a las autoridades civiles, entendida como símbolo del Patronato nacional.

Le PanthéonMas no es menos cierto que también en el siglo XIX comenzaron a elaborarse nuevas formas de emotividad propiamente políticas, aunque en general no del todo alejadas de la tradicional emotividad religiosa. Antes bien, si antaño lo religioso tenía su lado político, hogaño podría decirse que lo político tiene su lado religioso, sagrado incluso en algunos casos, ante todo a través de los diversos tipos de fiesta política y de toda la parafernalia del patriotismo. El romanticismo y su exaltación de los sentimientos contribuyeron también a darle forma a esas nuevas liturgias emotivas, cuya herencia seguimos viendo hoy, e incluso ha dado motivo de controversias en la opinión pública. Mencionemos sólo dos ejemplos fundamentales, primero, la cultura de las reliquias. Fue en el siglo XIX cuando tuvo lugar una auténtica revolución en el tema del culto de los muertos, con la aparición de las tumbas individuales, de los cementerios fuera de las iglesias, y la exaltación de esos instrumentos para conservar la memoria: la conservación de los cuerpos, la renovación de los monumentos, de las ceremonias y de los discursos fúnebres, y un amplio etcétera. El siglo XIX fue un siglo de emotividad macabra: “fiesta de las lágrimas cuya fuerza pedagógica brota de la ostensión de las llagas y de la exposición del cadáver” decía Alain Corbin sobre la fiesta política fúnebre. Si antaño el Cristianismo construyo su sacralidad sobre las reliquias de los santos, el patriotismo moderno hizo lo propio con la del Estado nacional sobre los restos de héroes nacionales, los cuales pueden lo mismo reunir a la nación o hacerse parte de las divisiones políticas: el incidente del entierro del general Lamarque en 1832, cuya memoria mantiene la obra de Victor Hugo, que se actualiza ahora en versiones fílmicas, es tal vez el ejemplo más célebre. La “demagogia” no estalló por incitación del clero, sino por la ceremonia religiosa fúnebre de un militar liberal.

Siguiendo el ejemplo francés de la secularización de la antigua iglesia de Santa Genoveva como Panteón nacional, numerosos estados modernos tienen el suyo. En la Ciudad de México es el papel que ha desempeñado, desde su fundación en 1872 la actual Rotonda de las Personas Ilustres del Panteón civil de Dolores. El escándalo que causó en la opinión pública su “profanación” con una fiesta en julio de 2014 es buena muestra de que esa sacralidad política no se ha perdido del todo, aunque curiosamente se conserva en particular más del lado de la izquierda del espectro político.

Algo semejante puede decirse, ya para terminar, sobre los himnos. Creaciones del romanticismo y del liberalismo del siglo XIX, nacionales en principio, pero también los hay que se identifican con la contestación política, su virtud principal no ha dejado de ser la emotividad. Hasta hoy seguimos entonando no sólo nuestro himno nacional incluso en las manifestaciones que contestan a una autoridad, oponiendo así nación y gobierno, sino también otros himnos que en ese siglo se identificaron con las causas políticas liberales, aun si no era necesariamente la intención de sus autores. En uno y otro caso, la emoción puede desbordarse al terminar la interpretación. Bástenos citar, para no hacer escuchar al lector “las notas marciales de nuestro himno nacional” (como solía rezar el cliché de todo acto cívico), el caso del Va pensiero. Así es, utilizado, se supone pues la historiografía reciente ha matizado el punto, en tiempos de la lucha por la construcción nacional de Italia, se trata de nuevo de un tema de contenido religioso, bíblico más todavía: es el coro de los esclavos del tercer acto de la ópera Nabucco de Verdi, inspirado de uno de los salmos. Se han interpretado aquí, en México, lo mismo en las protestas por la desaparición de 43 estudiantes de la Escuela Normal Isidro Burgos de Ayotzinapa, que en las más recientes manifestaciones de la Universidad Veracruzana, como vemos en este video.

Debemos cerrar aquí, no sin concluir que la política contemporánea pareciera seguir necesitando “el pábulo de la imaginación y del corazón”, acaso muchas veces más efectivo que los argumentos racionales para una movilización, aun si las manifestaciones contemporáneas que hemos citado justo se han preocupado por no terminar en las “demagogias” de que Segura acusaba a los franciscanos orizabeños que citamos al principio. La actualidad, por tanto, nos continuará proporcionando más datos para esta historia religiosa de lo político, no menos que para la historia política de lo religioso, por llamarlas de alguna forma, que constituyen la materia fundamental de esta página web, acaso más que la historia de las instituciones, la Iglesia y el Estado, de la cual, sin embargo, no están separadas.

Un espectáculo nocturno dieciochesco

DSCF4156El clero católico del mundo hispánico de la segunda mitad del siglo XVIII dedicó amplios esfuerzos a reforzar la distinción entre lo sagrado y lo profano. Labor en que no faltaban las contradicciones y las paradojas, una de sus aristas fue la organización de la jornada: era el día, los horarios diurnos, los adecuados para el culto, mientras que la noche se estimaba peligrosa por propiciar la mezcla con diversiones profanas. Empero, justo una de las paradojas que debían afrontar las autoridades eclesiásticas era que algunas de las festividades más importantes del catolicismo eran (y siguien siendo), nocturnas. En particular la conmemoración de los pasajes más importantes de la vida de Cristo, ya se tratase de la Resurrección en la noche del Sábado Santo o, como nos interesa aquí ahora, de su nacimiento en la noche de Navidad.

No es de extrañar, por tanto, que la celebración en aquella centuria consistiera, cierto que en celebraciones litúrgicas, pero que no eran menos verdaderos espectáculos nocturnos. El clero se esforzó por regularlas y controlarlas lo más posible, pero con resultados, al menos, diversos. El Cabildo Catedral Metropolitano de México nos ha dejado un buen testimonio de ese esfuerzo en las actas de sus sesiones de 1772 (Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México, Actas de Cabildo, libro 51, fs. 275v, 277-277v, 278v y 283-283v). El 5 de diciembre los canónigos se enfrascaron en una serie de discusiones que sólo concluyeron el propio día 24, sin alcanzar, empero, resultado alguno.

DSC_0038La discusión, a pesar de su final, resulta de interés por informarnos algunos detalles de la celebración. Gracias ya al Diario manual de 1751, sabemos que el festejo de la Metropolitana era además un magnífico espectáculo sonoro, que comenzaba con las campanas: media hora de repique con campanas y media hora con esquilas debían anunciar la celebración a eso de las diez de la noche del día 24. Contrario a nuestros días, en principio no era la misa lo que convocaba a los fieles (aunque la Misa de Gallo vendría después), sino los maitines solemnes, que debían empezar a las once. Oficio largo y pausado, “la dilatación de la música y de los órganos” los prolongaba por tres horas o más. El arcediano recordó que le había tocado oficiar la Misa de Gallo de 1771 y que “cuando dieron las dos las oyó en la sacristía revestido y que mucho después salió a cantarla”.

La música, y en particular los órganos, tomaba pues el relevo de las campanas. No faltó quien notara en ello un interés profano: los organistas “llaman [a] ésta la noche de sus lucimientos, pues toda se les va en competirse y demostrar cada uno más su habilidad”. Es importante destacarlo, los canónigos dan cuenta de la popularidad del festejo: su alteración podía “causar novedad en el pueblo” advirtió alguno en la primera parte de la discusión. En la sesión del 10 de diciembre alguno más incluso defendió esos prolongados maitines justo por la atención que le dedicaban los fieles: “muchos asistían con atención al misterio y les servía de mucho gozo y contemplación la grande solemnidad, armonía, circunspección y pausa con que todo se celebraba esa noche en esta Santa Iglesia”. En Navidad pues, la gente asistía numerosa a escuchar los responsorios y villancicos, para seguir luego a la Misa de Gallo, solemne pero un poco más corta, pues “todo se ha acabado entre cuatro y cinco”. En realidad la celebración seguía con el rezo de Laudes, de la Misa de la Aurora y la Prima, con lo cual prácticamente esa noche la Catedral no dormía.

Ahora bien, justo el problema era que “el concurso es muy numeroso”, por lo que se prestaba a “muchos inconvenientes”. En el acta apenas se atrevieron a esbozarlos: “hay tanta embriaguez y tanto desorden, aun dentro de los templos”. Para remediarlos se propuso recorrer los horarios: los maitines habrían de comenzar a las diez y la misa terminarse a más tardar a las dos. Esto había de permitir que la Catedral se cerrara al menos tres horas hasta la Misa de la Aurora, que habría de programarse entre cinco y seis. Mas los canónigos no lograron nunca un acuerdo: varios de ellos prefirieron defender la “costumbre inmemorial”, otros alegaron la necesidad de estudiar el punto con detenimiento, a pesar de que el secretario pudo identificar al menos un intento previo en el mismo sentido que databa de 1713. En suma pues, la defensa del espacio y del tiempo sagrados no hacían la unanimidad incluso en esos graves canónigos como eran los de la Metropolitana.

Desde luego, es imposible reconstruir con precisión como era aquella escucha de la música de Navidad en la Metropolitana de México, pero contamos al menos con interpretaciones contemporáneas de ella, como este villancico de Ignacio de Jerusalem, maestro de capilla de esa Catedral en el siglo XVIII.

La invención del Día de Muertos: Recordando a Elsa Malvido.

En plena festividad de Todos Santos del calendario litúrgico católico, que mejor que tratar del tema de la historia de la muerte en México. Y qué más oportuno que escuchar justo a una ilustre e inteligente especialista, ya fallecida, la profesora Elsa Malvido. Investigadora del INAH durante muchos años, fallecida en 2011, célebre en la profesión como fundadora de un seminario especializado y de un museo sobre el tema de la muerte, y también, por qué no decirlo, por su personalidad crítica, irónica y hasta sarcástica. En el tema de las fiestas del 1 y 2 de noviembre, se destacó por la originalidad de su postura, en un tema que se había considerando como “esencial”, parte de una tradición ancestral mexicana, prehispánica incluso, la profesora Malvido historizaba con un claro sentido crítico. Ni la celebración de la muerte era algo esencial o natural en México, ni la fiesta de los muertos era prehispánica o sincrética. Ella la resituó en sus cambios y continuidades, en lo que tiene de común con el resto de las culturas del mundo y en particular con el mundo católico, una perspectiva que vale mucho la pena seguir explotando.

Aquí pues, una entrevista que le hicieron a la profesora Malvido en 2001 en Radio INAH.

Privilegio o irreverencia: la querella de los sombreros del Ayuntamiento de Guadalajara, 1685-1729

0024“Tan antiguo y tan de primera nota es el tocarse o cubrirse las cabezas dentro de la Iglesia, que el Apóstol San Pablo, escribiendo a los de Corinto, les dice: Que todo hombre, sea el que fuere, que ora con la cabeza cubierta, entorpece su cabeza”, recordaba al inicio de un extenso escrito de algo más de 90 folios don Lucas de las Casas, canónigo doctoral de la Iglesia de Guadalajara en 1726. El texto, impreso con el título Demostración jurídica del derecho que tiene la Santa Iglesia Catedral y las demás de la ciudad de Guadalajara en la Nueva Galicia a que asistiendo dentro de ellas el Cabildo Secular no se cubra como lo ha practicado muchas veces (Archivo General de Indias, Guadalajara, leg. 226), cuya portada vemos en la imagen, indicaba bien desde su título que no era una obra meramente erudita sino con fines muy prácticos. El canónigo tomaba la pluma en el marco de un auténtico conflicto político, planteado en los términos de la época, iniciado desde finales del siglo XVII, cuando las autoridades municipales y reales, el Ayuntamiento y la Real Audiencia, acostumbraron portar sus sombreros los munícipes y sus birretes los oidores en las iglesias de la capital del reino de Nueva Galicia.

Conviene siempre recordarlo, el Imperio hispánico de los siglos XVII y XVIII era una monarquía en que no existía separación de la Iglesia y el Estado, de lo religioso y de lo político. La sociedad se estimaba naturalmente organizada en “cuerpos”, necesarios para la subsistencia material y para la salvación espiritual según los términos del catolicismo de la época, y que a su vez estructuraban prácticamente de manera distinta a una y otra institución. Cada uno de ellos contaba con su gobierno, sus leyes, sus bienes, sus símbolos y privilegios, reconocidos por la autoridad del monarca, quien daba orden al conjunto como juez supremo, garante último del bien común y el buen gobierno. En ese marco, el de una sociedad y una monarquía católicas, no es de extrañar que los conflictos se plantearan en el ámbito del ceremonial. En efecto, la asistencia a la iglesia no era como hoy, un asunto individual, sino una obligación tanto religiosa como política. En la liturgia, en particular en las cortesías eclesiásticas de las grandes ceremonias del catolicismo, entonces cada vez más fastuosas, era donde quedaba consagrado el poder político, poder auténticamente ceremonial como han apuntado ya diversos autores.

No es de extrañar por tanto, que las luchas por el poder fueran entonces luchas por ceremonias: los magistrados reales y en general los “cuerpos políticos” de la época, se disputaban en las iglesias, entre sí y con las autoridades eclesiásticas, lugares de honor y gestos de todo género. Paradójicamente esta época fue también la de un esfuerzo importante de las autoridades clericales, en el marco de lo que se conoce como la “Reforma católica”, a favor de una mejor definición y separación entre lo sagrado y lo profano. Los clérigos habrían de argumentar constantemente que los honores o los gestos demandados por los magistrados eran propios de lo sagrado y por tanto bajo su exclusiva jurisdicción. Y así fue justo en el caso de los sombreros en la iglesia: los canónigos tapatíos y en particular el doctor De las Casas en la obra que citamos, insistirían en la sacralidad del templo y en la exclusiva jurisdicción episcopal en la materia. Lo decían los canónigos con énfasis en una carta al rey en el Consejo de Indias de julio de 1726, unos meses antes de la redacción de la Demostración jurídica:  “Si a lo sagrado se debe toda veneración, mal puede venerarlo y respetarlo el que tiene puesto el sombrero en la Iglesia, como pudiera en una conversación vulgar, portándose al tiempo que se celebra el inefable sacrificio de la misa, del modo que si oyera en las tablas una comedia”.

San Sebastián AnalcoSi bien es difícil datar con precisión cuándo comenzó esta “costumbre”, es cierto que el Ayuntamiento guardaba memoria de ello. En una declaración de 1704 el licenciado Nicolás de Lezama Altamirano y Reynoso, quien había sido alcalde municipal en 1685, afirmaba que justo en ese año él y su compañero habían sido los primeros en cubrirse en la iglesia mientras se leía un edicto inquisitorial. Alegaba que lo había hecho “como natural, vecino y criado en la Ciudad de México”, copiando el uso de las autoridades de esa capital. Lezama dejaba claro que tenía conciencia, como el ayuntamiento en conjunto, de las implicaciones del gesto, pero “no era la promulgación del edicto cosa de oficio divino”, afirmaba. Esto es, los munícipes, sin decirlo de manera directa, tendían efectivamente a desacralizar el lugar, declarándose empero fieles a la sacralidad de los ritos: lo sagrado, se insinuaba, era la misa y no los edificios ni tampoco los predicadores o ministros del Santo Oficio.  Como cabía esperar, ya desde 1689 más o menos, el obispo de Guadalajara se había quejado ante el rey de esta práctica, pero la Corona terminó validándola gracias al apoyo que le dio la Real Audiencia, según consta en una real cédula de abril de 1697.

Era un documento regio breve, pero que tenía como trasfondo el carácter del rey como Patrono de las Iglesias americanas, y por tanto capaz también de conceder en ellas privilegios y honores, según se decía en la época. Los munícipes, desde luego, llevaban la cédula a las funciones religiosas y la exhibían de inmediato como argumento ante los clérigos sobre todo en caso de sermón.  En efecto, el antiguo alcalde había rendido declaración justo porque en la función en honor a San Sebastián en su ermita (cuyo estado actual vemos en la imagen de arriba) de enero de 1704, el predicador había amenazado con dejar el púlpito si los munícipes no se quitaban el sombrero, quejándose de que le causaban “mucha turbación”. Más todavía, asistía también el Cabildo Catedral, y el doctoral Diego de Estrada amenazó incluso desde el presbiterio con suspender los divinos oficios. El regidor decano, Juan Antonio de Ochoa habría respondido al primero “hiciese lo que quisiese” y al segundo que “pararan [los oficios] en hora buena”. Exaltado, el doctoral respondió blandiendo las mayores censuras eclesiásticas: “sálganse de la iglesia pena de excomunión mayor”. Los munícipes exhibieron su cédula real, aunque terminaron por abandonar la ermita con todo y maceros, pero siempre con los sombreros bien puestos, sin ceder un ápice del honor corporativo, aunque bajo las voces confundidas de otros dos canónigos y un clérigo sacristán.

boneteEl Ayuntamiento de Guadalajara, ya en 1728, en el último tramo de esta querella, que conocemos todavía de forma fragmentaria, habría de descartar los reclamos de los canónigos por dos vías. Primero, reduciéndolo a motivos personales, para esas fechas concretamente del canónigo doctoral; segundo, evidenciando el carácter político de la querella. Si las iglesias se profanaban por tener alguien cubierta la cabeza, los canónigos mismos eran culpables: al escuchar los sermones, decían los munícipes, era común que “el Cabildo tenga puesto sus bonetes y así estar con más autoridad que esta ciudad, Presidente y Real Acuerdo”. Acotemos que el catálogo de sombreros eclesiásticos es extenso, el lector puede ver ejemplos en la página de la Colección Philippi. En la imagen vemos el bonete al estilo que lo usan los canónigos hoy en día. Volviendo al tema, en el mismo tenor de los munícipes fue el dictamen del fiscal del Consejo de Indias que vio el caso ya en 1729, aun si podía ser “poco reverente” esta costumbre, esto es, siendo ciertamente religioso, el asunto era ante todo político: “por la autoridad que se necesita darles allá [es decir, en América]” a los tribunales, era posible confirmar la práctica de Guadalajara. Al final, sin embargo, triunfó el carácter religioso de la monarquía, el Consejo en pleno de 10 de noviembre de ese año, no aceptó lo recomendado por su fiscal,  y alegó que “para mayor reverencia al culto divino y mover más a ella los ánimos de los católicos y con su ejemplo aun los de aquellos que todavía no se han aprovechado de la luz del Evangelio”, impuso a oidores y munícipes el deber de descubrirse y respetar así los lugares sagrados.

De liturgia católica y Estado moderno

God save la FranceVincent Petit, God save la France. La religion et la nation, Paris, Les Éditions du Cerf, 2015, 225 pp.

Destacado historiador tanto de lo social como de la relación entre lo político y religioso, el profesor Vincent Petit es en particular especialista de la cuestión litúrgica en la Francia del siglo XIX. Fue sobre ese tema que versó su tesis doctoral, sostenida en 2008 en la Universidad Paris I Panthéon-Sorbonne, dirigida por el Dr. Philippe Boutry. En esta ocasión nos ofrece un bello ensayo que continúa esa misma línea de investigación, mostrándonos el interés de hacer historia de la liturgia católica en nuestros días.

Obra estructurada de manera impecable, la introducción nos plantea la importancia de la liturgia en el seno de la relación entre religión católica y política contemporánea; los dos primeros capítulos abordan de manera general las problemáticas del galicanismo y el ultramontanismo, y los seis subsecuentes profundizan ya de manera específica en las oraciones, los himnos, las fiestas en que se ha desarrollado esa relación en un marco cronológico extenso, entre los siglos XVIII y XX. Debemos sin duda subrayarlo, la obra se caracteriza además por su organización analítica y no necesariamente cronológica, antes bien hay constantes ires y venires entre el Antiguo Régimen, la Revolución, la época concordatoria e incluso los regímenes republicanos franceses. Y en fin, casi es obvio decirlo, es una obra básicamente francesa, empero, su análisis puede ser perfectamente útil para analizar o imaginar posibles análisis para otros casos, al menos, del mundo católico.

Ya desde las primeras páginas se aprecia la novedad del planteamiento: la liturgia es concebida al mismo tiempo como “mode de gouvernance” e instrumento de socialización, capaz no sólo de “hacer Iglesia” en tanto visibilidad de lo sobrenatural, sino también de ayudar a “hacer la nación”, porque habría contribuido a lo que Elías denominó el “proceso de civilización”. Esto es, el autor, en la introducción, nos anuncia ya una lectura de la liturgia como acto no sólo religioso sino también político, instalado en la tensión entre la sacralización del Estado a través de lo religioso, y el progresivo surgimiento de una sacralidad política propia del Estado moderno, opciones que estuvieron lejos de crear consenso en el seno del clero católico. En efecto, los dos primeros capítulos dan cuenta de que incluso en los momentos de consenso entre instancias religiosas y civiles (de hecho el primer capítulo comienza por recordarnos la falta de atención a lo que han compartido), eran posibles las divergencias.

El profesor Petit nos muestra además que las oraciones por el Estado, por un lado contribuían a su inserción en una temporalidad distinta a la meramente profana, y llegaron a ser reacción de la Iglesia ante los intentos de privatización de lo religioso. Mas también fueron una vía para buscar la estabilidad de los nacientes Estados, para recuperar incluso la corporalidad perdida con la revolución, un argumento de una “utilidad” de la religión que abría la puerta para su control por lo político. Empero, hubo dinámicas tanto políticas como eclesiales que cuestionaron esa relación, el autor se refiere en particular a la “afirmación soberana del catolicismo”, que es el título del segundo capítulo.

La historiografía reciente ya ha abordado con cierta extensión temas como la “romanización” de la Iglesia en el siglo XIX, pero el ensayo que comentamos es particularmente elocuente en su demostración de que se trata del surgimiento de una “soberanía apostólica” resultado paradójico de la propia “soberanía nacional”. Nuestro autor explora los no menos paradójicos caminos del “absolutismo eclesial”, promovido en particular por el movimiento del padre Lamennais, que se separa de Roma por haberlo llevado hasta el extremo de negar la necesidad del propio Estado, rozando así el “absolutismo democrático”. Mas allá de esa especificidad francesa, su análisis nos lleva, claro está, a reconocer la importancia de la unidad litúrgica, de nuevo de inspiración lamennasiana, que acompaña y culmina la consolidación de la noción de Iglesia como societas perfecta. La liturgia era el lugar de su  expresión visible: las devociones y fiestas romanas y en torno al Papa y la deslegitimación de la legislación que obligaba a las oraciones por el rey o por la nación, constituyen así algunos de sus fundamentos.

Ya lo adelantábamos, los capítulos siguientes, más bien breves, abordan de manera puntual los detalles de la liturgia. En primer lugar, los capítulos 3 y 4 abordan las oraciones en la misa, empezando por la mención del nombre del soberano en el canon y continuando con las conocidas como colecta, secreta y de poscomunión. Es acaso el punto más original de todo el ensayo: hasta dónde he podido ver, poco interés ha habido en esas sencillas menciones, algunas tradicionalmente susurradas por el preste, pero que Petit nos recuerda que tenían lugar en momentos fundamentales del ritual. Algunas conocieron adaptaciones interesantes incluso aceptando la transformación al régimen republicano. Más conocidas en nuestra historiografía han sido las oraciones públicas, no tanto el Domine salvum fac (capítulo 5) cuanto el Te Deum (capítulo 6). Es cierto, muchas de esas oraciones de la soberanía serán retenidas a favor de la soberanía del Papa, en particular el Te Deum, pero nuestro autor nos explica tanto los motivos políticos para su abandono, como para su recuperación en ciertos momentos de crisis nacional francesa, incluyendo las guerras mundiales.

Algo más clásico es el estudio del capítulo 7 sobre las coronaciones y las fiestas de santos patronos nacionales, aunque el caso francés resalta por la disputa entre Estado e Iglesia por algunos de ellos, en particular Juana de Arco. Más interesante en cambio, es el análisis final de las discusiones sobre la implementación de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II en las regiones francesas en que no se ha establecido la separación Iglesia-Estado. El profesor Petit detalla cómo el régimen del general De Gaulle no dejó de mostrar interés en la conservación de la presencia nacional en la misa, mientras los reformadores litúrgicos se interesaban es su des-institucionalización y universalización.

La obra se cierra con un curioso anexo en que se compara la situación francesa con la de otras naciones europeas. No deja de extrañarse la ausencia de América, aunque es cierto que México y Perú aparecen mencionados de manera muy puntual en un par de ocasiones. Es cierto, la obra anuncia en sus últimas páginas la consolidación del universalismo católico de las últimas décadas, su renuncia de principio a la mediación institucional, que estima incluso como una ventaja. Mas el planteamiento mismo, bien que novedoso, que abre temas interesantes a la reflexión y a la comparación, no deja de estar enmarcado profundamente por lo nacional, la explicación de algo que se estima específicamente francés, pero visto del exterior no siempre lo es tanto.

Cerremos esta reseña de manera levemente original, con música: el Domine salvum fac que se cantó en la coronación y consagración de Napoleón Bonaparte en 1801, en la Catedral de Notre-Dame de París, compuesto por Paisiello.

Del respeto a las capas pluviales

A principios de diciembre pasado publiqué en este mismo espacio una nota breve sobre las cortesías que los prelados de antaño debían realizar cuando pasaban por delante de un magistrado real portando un ornamento muy concreto: la capa magna. Vimos las airadas reacciones de oidores y gobernadores que lamentaban que los obispos se negaran a arrastrar la larga falda que la caracterizaba.

Pues bien, en esta ocasión, para seguir explorando este tema, vamos a ver la situación contraria, es decir, los gestos que los magistrados debían realizar a su vez al paso de uno o varios eclesiásticos. Vamos a ilustrarlos con claridad con un documento que los resume bien: la representación al rey en el Consejo de Indias de los canónigos de la Catedral de Guadalajara del 15 de abril de 1724. En ella, los prebendados lamentaban que la Real Audiencia e incluso el Ayuntamiento de esa ciudad se negaban a corresponderles con su postura y gestualidad sus atenciones que ellos tenían con los magistrados cuando les pasaban por delante. En particular se destaca el respeto que los clérigos exigían a los ornamentos que portaban cuando encabezaban los oficios divinos: la capa pluvial y bonete. Si la capa magna del hábito coral de los obispos debía arrastrarse, la pluvial de unos oficiantes, al contrario debía al menos levantar a los magistrados de sus asientos.

Al igual que en el caso del arrastre de la falda episcopal, en nuestros días puede sonar simpático y meramente anecdótico este tipo de enfrentamientos. Mas debemos reiterar que eran decisivos en la política de la época: en el siglo XVIII novohispano, se seguía haciendo política en las iglesias en las ceremonias, tanto los gestos de cortesía como en la liturgia, que por lo común generaban a su vez extensas contestaciones ante los más altos tribunales, como en este caso el Real y Supremo Consejo de Indias. En esos gestos y posturas estaba constantemente comprometido algo tan importante en la época como el honor de los representantes de las majestades divina y humana. Veamos pues la manera en que formulaba su queja el Cabildo eclesiástico de Guadalajara.

AGI, Audiencia de Guadalajara, leg. 207.

Señor,

Siendo del divino agrado y del servicio de Vuestra Majestad la conservación de la paz, así para la quietud de las almas como para los aciertos del gobierno, y siendo de la obligación cristiana el procurarlo, para conseguirla, expone a Vuestra Majestad. el Cabildo Eclesiástico de esta Santa Iglesia el justo sentimiento que le asiste de los repetidos desaires que de la Real Audiencia de esta Corte experimenta.

El día 1o. de marzo del corriente año de 724, se ofreció un entierro de Cabildo, en que asistió la Real Audiencia, así en la casa, sacando el cuerpo hasta la puerta, como en las calles, acompañándole y en la Iglesia deponiéndole, quizá por haber sido la difunta hija de un ministro que fue de ella. Y estando en dicha Iglesia, que fue la de Santa Teresa, acabados los oficios, tomaron el féretro los cuatro ministros para [llevarlo] del túmulo a la sepultura, que estaba en el presbiterio, y habiendo comenzado a subir sus gradas se puso en pie todo el Cabildo Eclesiástico, pareciéndole urbanidad precisa a la representación de una Real Audiencia, y esperando que esta acción fuera correspondida con alguna política demostración, no la mereció el Cabildo, antes sí experimentó el desaire de que los cuatro ministros volviesen a sus sillas dando las espaldas uno por uno al Cabildo que por haber sido así no lo atribuye a descuido.

Más sensible desaire experimenta el Cabildo en todas las funciones de tabla, pues saliendo con capas pluviales para las procesiones y pasando en comunidad por la crujía, aunque al llegar a la vista de la Real Audiencia todos los capitulares se quitan los bonetes y bajan la cabeza, los ministros de ella se quedan sentados y apenas hacen una muy ligera cortesía, faltando en esto no sólo a la correspondencia política, sino a la religiosa urbanidad, y a lo que Vuestra Majestad tiene mandado por reales cédulas al virrey, Audiencia y más tribunales de México.

Lo mismo se experimenta cuando observando la ceremonia eclesiástica de ir dos capitulares del coro al altar mayor a dar la gloria al preste, pues ni cuando van ni cuando vuelven merecen de la Real Audiencia la correspondencia de su atención, pues los prebendados se quitan los bonetes y bajan la cabeza, no obstante que van con capas pluviales, lo que no debieran hacer pues ningún eclesiástico que se viste tal capa debe quitar el bonete para hacer cortesía, sino bajar solamente la cabeza. Y así parece que lo ordenó Vuestra Majestad en 27 de junio de 1698 cuando se sirvió de aprobar y mandó observar las constituciones sinodales del obispado de Caracas, pues en la constitución 285, libro 4, tit. 20, &6 que manda hagan cortesía los prebendados al vicepatrón de Vuestra Majestad con la cabeza descubierta, si no llevaren capa o estola, y con los bonetes puestos si llevasen uno de estos dos vestuarios, se le dio absolutamente el paso sin auto alguno acordado de vuestro Supremo Consejo.

Con tales ejemplares de la Real Audiencia se ha movido el Cabildo secular y tanto que el Domingo de Ramos dio orden a todos sus capitulares para que no hicieran cortesía alguna al eclesiástico que entonces para recibir las palmas se hallaba en el presbiterio y así lo ejecutaron los más de los regidores, no con poco rubor del Cabildo Eclesiástico.

Estos desaires, por ser públicos y repetidos siente el Cabildo y porque con sus expresiones reverentes nunca los ha merecido, antes sí es acreedor de las más buenas correspondencias, porque en las referidas ocasiones no ha hecho una pequeña demostración que pudiera manifestar su sentimiento, portándose siempre muy conforme a lo que Dios manda y a lo que Vuestra Majestad en sus leyes reales ordena, y procurando servir los ministros en muchas ocasiones que se empeñan para que a sus ahijados se den conveniencias, la alta y cristiana comprensión de Vuestra Majestad pesará y apreciará esta expresión del Cabildo, y para que se logre y mantenga la paz, dispensará las reales órdenes que fuere servido, los que observará rendida y puntualmente este Cabildo como leyes de su rey y señor natural.

Dios nuestro Señor guarde la Católica Real Persona de Vuestra Majestad los muchos años que la Cristiandad ha menester.

Guadalajara, y abril 15 de 1724.

El marqués de Uluapa.- D. Joseph Portillo Gallo.- D. Manuel Antonio Tello del Rosal.

O quam suavis

La liturgia de la Catedral Metropolitana de México de mediados del siglo XVIII y principios del siglo XIX comenzaba el año de forma mucho más animada que hoy en día, ni más ni menos que con un jubileo del Santísimo Sacramento. “En los cuatro días primeros del año” reza el Costumbrero de la Catedral de 1819, “por especial indulgencia concedida a esta Santa Iglesia Metropolitana, a beneficio de todos los fieles cristianos”, se realizaba la exposición de la Eucaristía, para pedir “los beneficios del mismo año, así espirituales como temporales”. Aunque no llegaba a los grandes espectáculos religiosos de las grandes solemnidades del calendario litúrgico, no era menos un inicio de año particularmente sonoro y visual.

En efecto, desde las vísperas del anterior, es decir, el 3 de enero, debía anunciarse con repique de campanas, que se repetía en las horas canónicas, al momento de descubrir y de depositar, sonándose la rogativa durante la procesión, en que se cantaba la letanía de los santos con sus preces y oraciones. Si las campanas hacían llegar la noticia a toda la ciudad, según el Diario manual de la Catedral de 1751, se trataba de un espectáculo al interior del templo: el cortejo eucarístico debía ir por las naves hasta el Altar del Perdón, donde hacía estación, para luego dirigirse al baldaquino del Altar mayor. Tratándose del Santísimo Sacramento, sin duda se entonaba al menos una estrofa del himno Pangue lingua, como en las otras exposiciones eucarísticas, y en la estación, según el Costumbrero, dos niños entonaban el versículo Panem de coelo, seguido de la antífona O quam suavis y de la oración Deus qui nobis, tomados todos de las vísperas de Corpus Christi.

Desde luego, no podemos recuperar las voces infantiles que entonaban esos versos, ni tenemos por ahora testimonios de la atención o la emoción de los asistentes al escucharlos, o al ver a los canónigos con sus capas llevando la hostia consagrada en la custodia, bajo los acordes del órgano y las campanas de fondo. Escuchemos, sin embargo, una versión contemporánea del verso con la oración citada, ya que no en voces infantiles dieciochescas, al menos con voces adultas y por intermediario del internet.

Podemos escuchar asimismo, de nuevo a título meramente ilustrativo, otra versión de la antífona O quam suavis, obra de Sebastián de Vivanco (1551-1622), interpretada en una iglesia de Budapest, Hungría, en 2012.

La exposición del Santísimo de enero quedaba inserta entre la fiesta de la Circuncisión del 1o. de enero y la de la Epifanía del 6, completando así una serie completa de festividades de inicio de año. La Catedral pues, comenzaba el nuevo ciclo anual recordándole bien a los fieles de la capital novohispana que desde estos primeros días de enero, no podían sino poner su confianza en la Presencia Real, majestuosamente presentada ante ellos utilizando  los espectaculares cultos de tiempos del barroco, capaces de una efectiva “manipulación estética”, como decía el profesor chileno Jaime Valenzuela.

De sillas de manos, gobernadores y pontífices

velascohombrosCircula desde hace tiempo en las redes sociales la imagen de la visita del actual gobernador constitucional de Chiapas, Manuel Velasco Coello, al pueblo de Oxchuc, en abril de 2013. De las pocas notas periodísticas que he podido encontrar al respecto que daten justo de esos días, las más completas parecen ser las de Sdpnoticias y la del portal Terra. Además de la imagen, en que vemos al gobernador ataviado en traje regional, saludando a la multitud, cargado en silla de manos (conocida localmente como “mula”, según aclara la nota de Terra, citando al diario Cuarto Poder), las notas indican que el gobernador además aceptó el “bastón de mando” que le entregaron las autoridades comunitarias tzeltales. Tenemos pues al menos dos símbolos de poder interesantes: la silla de manos (que hay que distinguir aquí de la litera y del palanquín, que aunque comparten la “tracción humana” son cerrados y más discretos, son más transporte elitista que directamente de uso ceremonial) y el bastón. Vamos a centrarnos aquí en el primero y más evidente, que además es el que mayores comentarios ha generado en la opinión.

Velasco FaraonPues bien, lo interesante es que las reacciones han asociado la silla con la monarquía, y más aún, con las monarquías de la Antigüedad. Los comentarios e incluso las modificaciones de la imagen han evocado inmediatamente a los faraones de Egipto –curiosamente en particular a Cleopatra–, aunque no han faltado quienes equiparan al gobernador con títulos de nobleza de tradición europea y medieval, en concreto proclamándolo, de manera burlesca se entiende, “conde de Oxchuc”. Aunque no va del todo desencaminada la imaginación de los mexicanos, es harto probable –no tengo, me temo, los medios para confirmarlo– que las representaciones cinematográficas (de Hollywood en particular) hayan contribuido a esa orientación. El cine norteamericano es particularmente pródigo en imágenes de las monarquías antiguas, orientales sobre todo, que muestran a soberanos pasando (a veces literalmente) por encima de sus súbditos. Sirva de modesto ejemplo esta imagen del Gran Rey persa en la película 300.

Jerjes 300Sin embargo, las notas que hemos citado informan además que el uso de la silla de manos por el gobernador chiapaneco no fue un mero acto arbitrario, ni un intento por equipararse a esas monarquías antiguas. Aunque sin dar referencia alguna, dichos portales nos dicen que siglos atrás existía la costumbre de cargar de esa forma a los gobernantes por parte de los pueblos tzeltales. No tengo los medios ni para confirmarlo, ni para rechazarlo en el caso concreto de Chiapas; pero creo que valdría la pena referir más concretamente a la monarquía de la que surgió en el siglo XIX el Estado mexicano, aquel viejo conjunto de reinos que formaban el Imperio hispánico, entre los que se contaba desde el siglo XVI el reino de Nueva España. Es cierto que en ese Imperio, los reyes y sus representantes (virreyes, gobernadores y otros magistrados), en principio, no tenían a la silla de manos como uno de sus símbolos, pues otro era su transporte en ceremonias públicas: en la tradición hispánica, los monarcas montaban a caballo, sosteniendo a veces un símbolo muy clásico de su poder, que sí que está relacionado con el bastón que le dieron al gobernador chiapaneco: la bengala, como vemos en este retrato de Felipe III.

Felipe III a caballoEn efecto, la hispánica era una monarquía sin ceremonia de coronación, por tanto en ella el rey no llevaba una corona sobre sus sienes, pero en cambio hacía una deslumbrante entrada triunfal en su corte montado a caballo. Otro tanto hacían los virreyes a su llegada a la capital de Nueva España, no importando su edad y el riesgo de caer de la montura (como efectivamente ocurrió en más de un caso). Incluso el día del paseo del Pendón Real y de las proclamaciones de los nuevos reyes, el alférez real de cada ayuntamiento del reino efectivamente montaba a caballo seguido de los notables locales que lo escoltaban. Incluso los magistrados de las audiencias con sus togas debían seguir esta costumbre, a pesar de que ya en el siglo XVIII un togado a caballo era más bien tenido por ridículo, según llegaron a lamentar los oidores de la Real Audiencia de México.

Pero la monarquía hispánica era, ante todo, una monarquía católica, en la que había otros representantes de un poder soberano: los representantes de Dios, los obispos. Ellos también hacían magníficas entradas en su montura particular, la mula. Sin duda era una evocación de la entrada de Cristo en Jerusalén, aunque algo más dispendiosa que la original. Ahora bien, el lector podría pensar que nos hemos desviado, pero justo la tradición eclesiástica es la que pareciera ayudar mejor a entender, ya que no los motivos personales del gobernador, sí al menos por qué la posibilidad histórica de una silla de manos, además llamada “mula”. Y es que desde tiempos de la Antigüedad tardía los obispos sí que habían heredado de los cónsules del Imperio Romano la posibilidad de usarla. De hecho, si Velasco ha entrado en hombros en la primera ocasión que visitaba Oxchuc como gobernador, los obispos medievales entraban a hombros de canónigos o de nobles del más alto rango a sus ciudades capitales o a sus catedrales el día de su consagración. Lo vemos en este fragmento del Grand Dictionnaire historique del abate Moreri (1725). En tiempos novohispanos no era necesariamente un símbolo de su poder, pero tampoco les resultaba del todo extraña, sobre todo al cumplir con su obligación de recorrer sus diócesis. A mediados del siglo XVII, cuando el beato Juan de Palafox y Mendoza, obispo de Puebla, realizaba su visita pastoral yendo de Quimixtlan a Ixhuacán de los Reyes a través de la serranía, por “la estrechura de los pasos”, sobre “vereda angosta” y corriendo el riesgo de caer en “profundísimo despeñadero”, el prelado hizo gala de humildad y prefirió caminar a aceptar “una silla de manos que le traían para llevarle en hombros los indios en algunos pasos”. Todo ello según la Relación de la visita eclesiástica de 1643 (Biblioteca Nacional de España, manuscrito 4476).

Pope_Pius_VIII_1Mas hay que buscar fuera de la monarquía hispánica para encontrar a una autoridad católica particularmente asociada a la silla de manos. No es difícil encontrarla, si recordamos la célebre sedia gestatoria de los Papas. En la imagen vemos concretamente a Pío VIII avanzando en ella a hombros de los sediari pontifici por las naves de la Basílica Vaticana a principios del siglo XIX. Es interesante que en las redes sociales los mexicanos hayan evocado las monarquías de la Antigüedad, pero no una silla que “todavía” llegó a utilizar el Papa Paulo VI en la segunda mitad del siglo XX. En suma pues, el gobernador de Chiapas  hizo en Oxchuc una entrada no tanto faraónica cuanto pontificia, que sin duda corresponde poco al Ejecutivo de una entidad bajo un régimen liberal y laico. Empero, su acción permite pensar hasta qué punto existen hasta nuestros días no sólo la posibilidad de ejecutar “todavía” gestos de la tradición monárquica tanto civil como eclesiástica, como la imposibilidad por parte de autoridades de un régimen liberal para distinguirlos claramente de los que corresponden al régimen que representan.