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Agustín Rivera: Vida, obra y contextos

Acaba de pasar el 193 aniversario del nacimiento de Agustín Rivera y Sanromán, clérigo y escritor público mencionado en este espacio en más de una ocasión. Ahora aprovecho para presentar aquí una obra que si bien tiene fecha de 2016, en realidad ha salido de la imprenta a principios de este año. Se titula Agustín Rivera: vida, obra y contextos, ha sido coordinada por la Dra. Lina Mercedes Cruz Lira, y reúne la mayor parte de los trabajos del proyecto “Agustín Rivera y su tiempo: la cultura de Lagos en el siglo XIX” que el Cuerpo Académico UDG-731 “Cultura y Sociedad” registro ante el entonces Programa de Mejoramiento del Profesorado (PROMEP, hoy PRODEP) de la SEP, en su convoctoria 2014 de Fortalecimiento de Cuerpos académicos.

En una primera parte reúne los seis trabajos que los miembros de este grupo de investigación realizamos entre 2015 y 2016, y en la segunda el resultado final de cinco de las conferencias de los colegas de otras instituciones que a lo largo de esos mismos años aceptaron compartir con nosotros sus conocimientos y perspectiva de la obra de Rivera. Hombre de una vida larga (1824-1916) y de una obra extensa (por lo menos 158 obras), celebrado en particular en Lagos de Moreno, su tierra natal, donde se le han dedicado calles, monumentos y ceremonias cívicas anuales, y motivo ya de algunos estudios puntuales. Sin embargo, ninguno de los autores es realmente partícipe de esa memoria local, ni tiene mayor interés en ella: no nos interesa Rivera tanto por laguense, cuanto justo por esa vida y obra, que lo sitúan como a cualquier mortal en ciertos contextos. De ahí el título del libro, y el primer mensaje fundamental: desacralizar (sin que eso signifique una falta de respeto) a alguien quien fue también un hombre “de carne y hueso”, y cuya vida, por tanto fue tan compleja y tan específica como cualquier otra. Siguiendo una tradición historiográfica ya larga, los autores tienden a repensar la originalidad del “Doctor de Lagos”, con resultados harto distintos.

Esto es particularmente evidente en la primera parte. El trabajo de Eduardo Camacho Mercado sitúa a Rivera en un contexto social de familias que reunían, como reza el título de su capítulo “Beneficios eclesiásticos y actividades profanas”, algo que el propio Rivera hizo, aunque al final predominó la segunda, la actividad de escritor. Asimismo, Rosa María Spinoso Arcocha nos lo presenta en el seno de las ideas y relaciones de género del siglo XIX y principios del XX, mostrándolo incluso como un hombre que no era particularmente original al respecto, sino todo lo contrario. Más centrados en la obra que en la vida, los trabajos de Juan Pío Martínez, Irma Estela Guerra Márquez, Lorena Cortés Manresa y del que escribe estas líneas, analizan a Rivera como historiador, como hombre de letras,  de debates y orador sagrado. Sucesivamente se nos presenta como historiador “todavía”, digamos, instalado “a caballo entre la historia profana y la historia sagrada”; autor que disertó sobre todos los aspectos de la literatura de su tiempo (desde la gramática hasta el teatro y la poesía); y crítico liberal firme creyente en la idea de progreso. Ya el reunir todas estas facetas en una misma trayectoria no deja de ser particular; sin embargo, en todo ello, aunque con matices en cada punto, es difícil no verlo sino como testimonio de procesos más amplios que afectaban a la historiografía, las letras, los debates políticos y la oratoria. Rivera pues, es una fuente interesante y vasta.

En la segunda parte, los textos del Dr. Arturo Camacho Becerra, del padre Tomás de Híjar y del Dr. Brian Connnaughton, en particular este último, han sido acaso los que de manera más amplia han afrontado la obra de Rivera planteándose su valor. Tenemos lo mismo una respuesta muy positiva de su carácter casi de precursor de la historia cultural en el primer caso, como al contrario un balance más bien negativo de sus relaciones con los obispos de Guadalajara, seguidos de un ponderado análisis que sopesa las especificidades de sus ideas políticas. Completan esta segunda parte dos capítulos sobre objetos más específicos, obra de los jóvenes doctores Berenice Reyes Herrera y Juan Pablo Ortiz Dávila, que nos informan de sus relaciones con publicistas liberales de otras latitudes y sus ideas sobre la Antigüedad clásica. Todo ello nos muestra, insisto, a un Rivera más original, para bien o para mal, que lo mismo amerita comparaciones con Jacob Burckhardt que con el papa Pedro de Luna. En fin, podría decirse que nuestro autor todavía puede hasta convertirse en materia de debates, académicos desde luego, sobre su lugar en la historia mexicana, sobre la valoración positiva o no de su trabajo, sobre su carácter moderno, etcétera. Al plantearse así y sin necesidad de llegar a respuestas definitivas, cabe decir, el CA “Cultura y sociedad” puede considerarse satisfecho, pues tal justamente ha sido la segunda de las ideas que han inspirado la obra.

En efecto, cabe recordar que este grupo de investigadores se distingue por haber levantado como bandera a la Historia cultural. Y si hay dos ideas fundamentales en esta corriente historiográfica es que no hay tema que escape al territorio del historiador, y que asimismo no hay una sola manera de abordar un objeto de estudio histórico. Ya en los otros trabajos colectivos que han precedido éste hemos transitado por un camino semejante: Catolicismo y sociedad, nueve miradas, siglos XVII-XXI, nos reunía en torno a una religión, La fundación del convento de capuchinas de Lagos, 1751-1756: estudios, lecturas y documentos, en torno a un corpus documental, y ahora la cita ha sido en torno a la vida, obra y contextos de un autor. En todos los casos, además, casi sobra decir que no consideramos haber agotado todas las posibilidades, por definición se pueden hacer otras lecturas complementarias o contradictorias, y en un futuro además desde las inquietudes renovadas de la sociedad que hoy desconocemos. Habiéndome correspondido coordinar una parte de los trabajos del proyecto, y habiendo sido también responsable de este Cuerpo académico, creo que tal es también uno de sus valores: es testimonio de un grupo muy particular de esta siempre amplia y no siempre tan activa ni renovada, historiografía mexicanista.

 

El fanatismo y Agustín Rivera, una nota

En este año se ha cumplido el centenario de la muerte del Dr. Agustín Rivera y Sanromán. Para recordarlo, nada mejor que leer y analizar sus numerosos escritos. Rastrear en particular la presencia del concepto de fanatismo en sus textos, situándolos en el contexto de su obra e incluso de su vida, tiene cierto interés para comprender mejor su evolución como “escritor público”. De las 158 obras que hemos podido identificar de este autor, he revisado 83 buscando las formas léxicas fanatismo, fanático y fanáticos, que aparecen un total de 277 ocasiones. Así resulta esta primera gráfica de distribución de esas obras por año.

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Frecuencia absoluta de tres formas léxicas relacionadas con fanatismo en 81 obras de Rivera distribuidas por año

Desde luego ya resalta la concentración en dos obras principalmente, y su presencia además, en ciertos períodos, como la década de 1880, los últimos años de la siguiente y hacia 1910. Para una imagen de la presencia de este concepto en el conjunto de las obras y de la muestra que hemos construido, tenemos este otro gráfico, en el que hemos agrupado a las obras de Rivera por décadas, incluyendo el total de las publicadas en cada período, las revisadas aquí y las que incluyen los términos citados antes. Como se ve, en realidad es un asunto que interesó al autor sobre todo ya después de sus 60 años, entre 1887 y 1910.

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Número de obras en que aparecen los términos relacionados con el fanatismo en una muestra de obras de Agustín Rivera distribuida por décadas.

Pasemos a analizar los textos propiamente dichos. La gran figura de excepción en el tratamiento del fanatismo por Rivera es sin duda el Compendio de historia antigua de México del que he hablado antes. La repetición de estos términos es alta porque Rivera argumentaba que los aztecas, a causa de su “imaginación muy exaltada”, no habían sido tanto bárbaros cuanto fanáticos, sus sacrificios humanos de origen religioso eran la mejor prueba. Para confirmar esta caracterización, planteaba un “paralelo entre los sacrificios humanos de los aztecas y las hogueras de la Inquisición española”. Ese pasaje comenzaba con la acostumbrada ironía de nuestro autor: “Graciosos estaban los españoles en México cuando decían ‘¡Sacrificar a los hombres sacándoles el corazón! ¡Eso es horroroso! No: solamente quemémoslos’…”

imagen3No era un asunto menor, sino una manera de constatar la racionalidad de los aztecas, no menos que el carácter relativamente positivo de esa “religión primitiva adulterada”: en el fanatismo había “verdades luminosas” decía citando la Enciclopedia de Mellado. Para ilustrar su argumento presentó una serie de cuadros de fanáticos que incluían hasta a “sabios fanáticos” como Tertuliano, Orígenes, Pedro Abelardo y Felipe II.

En sus trabajos sucesivos el fanatismo va perdiendo ese carácter luminoso y se asocia con tres categorías de personajes: primero, con el ultramontanismo, es decir, el movimiento de renovación católica que rechazaba al liberalismo; segundo, con fundadores de otros movimientos religiosos; tercero, con los enemigos de la independencia y del partido liberal en México. En ese sentido iba el uso del término de la década de 1880: en Los dos estudiosos a lo rancio (1882) eran fanáticos los católicos ultramontanos opuestos a la enseñanza de los clásicos paganos; en La filosofía en Nueva España (1885) la nómina se ampliaba con Confucio, Buda, Zoroastro, Numa, Mahoma, Quetzalcóatl, Arrio, Lutero y Calvino; en los tres tomos de los Principios críticos del virreinato (1884, 1887 y 1888), es más severo con los aztecas (tomo I), mientras que sus héroes intelectuales hispánicos, Cervantes y Feijoo, se presentan como combatientes del fanatismo (tomo II), agregando finalmente a los jesuitas como fanáticos y a ciertos sectores de frailes y clérigos novohispanos (tomo III). Los Treinta sofismas de 1887 incluyeron en concreto a la lista a un jesuita, Mariano Vallarta, pero sobre todo, de manera sutil, al canónigo Agustín de la Rosa, con quien Rivera debatía en ese texto. En fin, los Anales de la época de la Reforma (1890), incluyen a los enemigos de la Constitución de 1857, bien que aparece la distinción entre conservadores y fanáticos. No dejó de sumar nombres a su lista, ahora ya contemporáneos del siglo XIX como el sacerdote español Félix Sardá.

imagen4Fue sin duda este último quien dio a Rivera la oportunidad de explayarse en esta materia. Sardá publicó un opúsculo titulado El liberalismo es pecado en 1884, cuya difusión en México motivó a nuestro autor a tomar la pluma para combatirlo. En las 79 menciones de los términos que antes citamos estamos ya por entero en las antípodas del Compendio de Historia antigua de México. Fanatismo se asocia al pasado, a la “plebe”, a la superstición, a la enemistad con el liberalismo y con el progreso, a la ceguera, a la ignorancia, y sobre todo al crimen. “Nada en el mundo ha causado tantos males como el fanatismo” llegó a escribir, utilizando ahora descalificaciones eclesiásticas y en femenino para citarlos, por ejemplo, “multitud de viejas y sacristanes”. Empero, advertía sobre su peligrosidad. Los clasificaba en “leones” y “zorras”, los primeros “groseros y tontos”, “de poca sal en la mollera”, pero en cambio los segundos, capaces de seducir aprovechando relaciones familiares y de amistad, y en particular, aprovechándose de la “vanidad” de las mujeres. Sin embargo, es importante decirlo, Rivera a esas alturas cuestionaba la autenticidad de la religión de los fanáticos, tan es así que el texto se termina con un lamento por la religión católica, por aquellos que trataban de sostenerla “con las armas, con el dinero, explotando los más vivos sentimientos de la naturaleza”, es decir, los de la familia. En suma, fanatismo es aquí, sobre todo, y me parece es la evolución más significativa de Rivera, un problema de la frontera entre lo político y lo religioso. Eran fanáticos quienes “con todos los medios de la política humana” confundían a la Iglesia con una institución profana.

Hubo al menos otras cuatro ocasiones importantes en que volvió sobre el fanatismo. Dos nos resultan ya muy familiares: Los pensadores de España (1899) y los Anales de la vida del padre de la patria (1910) continúan el camino abierto en la década de 1880, el de la denuncia del pasado virreinal y de los enemigos de la independencia. Los otros dos tienen todavía rasgos originales: en Los hijos de Jalisco (1897), Rivera ofreció a sus lectores, con la biografía del padre Rafael Herrera, un retrato del “carácter” de los fanáticos. Conviene destacarlo, el retrato de caracteres era una de las técnicas con las que Rivera esperaba educar a la sociedad a través de la lectura y la oratoria, favoreciendo la transformación del carácter y el temperamento del público, mediante las emociones suscitadas por los textos. En consecuencia, pintó un retrato satírico y ridículo de Herrera.

imagen5Poco más de una década más tarde, publicó los Recuerdos de mi capellanía de las capuchinas de Lagos (1908), marcados por el aire de balance de una vida ya larga, de más de ochenta años, que había mostrado ya en el folleto las Bodas de oro. En esa breve reflexión autobiográfica Rivera le da sentido a sus sesenta años de escritor público insinuando que fueron un constante combate contra el fanatismo, dejando por completo en el olvido la luminosidad que le había dado en los años 1870, y olvidando también que no había sido tan constante, pero confirmando su lado elitista: “Desde mi juventud me ha agradado mucho este pensamiento de Hardouin que leí en César Cantú: Me levanto todos los dias al amanecer, ¿acaso para pensar como el vulgo?”  En fin pues, consecuencia de su visión teológica harto tradicional de la naturaleza humana, el combate contra el fanatismo que lo unía a los partidarios de la modernidad, se diría que había llegado a dominar tanto su visión de la sociedad, como la de su propia vida.

Los últimos días de Agustín Rivera

agustin-rivera-webEl día de hoy se cumplen cien años de la muerte del Dr. Agustín Rivera. Cabe destacarlo, si su obra no bastara, su memoria hizo también correr algo de tinta no desprovista de interés. La prensa dio a conocer la noticia de su muerte, y aunque falta un trabajo más amplio al respecto, parece ser que se le conmemoró sobre todo en las páginas de órganos del carrancismo, como El Pueblo. También recibió atención importante, y resulta paradójico tratándose de un sacerdote católico, del periódico oficial del metodismo, El abogado cristiano. Significativamente, no hemos encontrado hasta ahora, pero todavía no hemos hecho una búsqueda a profundidad, la reacción de la prensa católica.

En esta oportunidad, tomamos de las páginas de El pueblo un artículo remitido en octubre de 1916 y publicado en enero de 1917 de Rafael Muñoz Moreno, quien fue durante largos años el amanuense de Rivera. Desde luego, es un recuerdo íntimo, doloroso inclusive, que presenta a la admiración del lector a un anciano fuerte en la enfermedad pero extremadamente débil, ciego y pobre. Además se acerca todo lo posible a la facción revolucionaria en el poder. Es asimismo interesante pues nos describe unos últimos días del padre Rivera particularmente secularizados: no hay la mención más mínima a auxilios espirituales, rezos o sacramentos católicos. Sorprende también la ausencia de toda referencia a Lagos de Moreno, sus autoridades o habitantes. En cambio, hay incluso reproches familiares, y claro, vemos aquí ya la construcción de la imagen de Rivera como el gran sabio, comparable a los clásicos que tanto citó, como Homero, Horacio o Virgilio. Leamos pues, esta memoria familiar del sabio de Lagos en el centenario de su fallecimiento.

El pueblo, año III, tomo I, núm. 787, México, 6 de enero de 1917, p. 3.

Últimos días y muerte del preclaro escritor señor doctor Agustín Rivera

Una vez más se ha comprobado, con motivo del fallecimiento del señor Dr. D. Agustín Rivera, la verdad de aquel pensamiento de Hugo, expresado en el siguiente apóstrofe: “¡Grandes hombres si queréis que mañana se os haga justicia, moríos hoy!” Apenas han transcurrido tres meses desde esa defunción, cuando ya diferentes agrupaciones literarias se apresuran a estudiar su vida y analizar sus obras, tanto en los diferentes aspectos que estas en sí mismas presentan, como en el influjo cultural que han ejercido sobre nuestra patria. Un interés muy vivo se ha despertado en cuantos piensan, por conocer detalles relativos a los últimos días del erudito doctor. Numerosas cartas he recibido de reconocidos intelectuales, en que se me interroga sobre ese asunto, y para contestar a todas ellas y dar al dominio público lo que de derecho le corresponde, me he resuelto a escribir este artículo, informando en la verdad y en la justicia.

La existencia del señor Dr. Rivera fue amargada en sus últimos años por variados padecimientos físicos y morales. Lo avanzado de su edad, pues falleció a la de noventa y dos años, cuatro meses, seis días, le originó numerosos achaques y enfermedades, algunos de los cuales hubiesen sido insoportables para hombres de inferior carácter. De entre esos males, el mayor fue, sin duda, la paulatina disminución de su potencia visual, que empezada sensiblemente a mediados del año próximo anterior, llegó a imposibilitarlo para la lectura desde a fines del mismo, impidiéndole de ese modo, que efectuara lo que de más fundamental e irresistible había en todas sus tendencias. Desde entonces, comenzó a declinar rápidamente: todos los padecimientos que antes le eran soportables debido a que en el estudio encontraba para ellos un paliativo o un remedio radical, al ocupar el campo entero de su conciencia psicológica, crecieron en importancia subjetiva. Ensimismado, absorto, veíase discurrir por los aposentos de su casa (sita en esta ciudad. Avenida B. Domínguez, Poniente 37), siempre inteligente, siempre activo, supiendo con la claridad de las facultades mentales, la oscuridad creciente que le envolvía, y consiguiendo de ese modo dictarme las más ingentes cartas, ordenar sus objetos de uso personal, disponerse, en suma, para efectuar ese largo viaje que al fin emprendió, y que si no era esperado, era previsto. Fácil es comprender lo que para ese hombre significó la casi completa pérdida de la vista. Difícil es conseguir mayor concebir mayor desgracia para un hombre de estudio. Fue para él lo que habría sido la parálisis para Alejandro Magno, lo que sería la ablación de las alas para un cóndor. En los cerebros bien organizados, existen tendencias firmes y precisas: “la bestia filosófica” de que nos habla Nietzsche, no es más que el hombre constituido para filosofar y que se busca el medio al efecto más propicio venciendo no importa cuáles resistencias: suprimir esa indómita inclinación, desviar esa fuerza que se encamina por senderos predesignados por la naturaleza, ahogar lo que en nosotros existe a título de aspiración suprema, es suprimir la vida misma. Por eso considero que la rápida declinación de la del señor Dr. Rivera, a consecuencia de su ceguera, fue un suplicio y una comprobación, suplicio porque contrarió una tendencia primordial de su organismo: comprobación, porque rebeló la escuela de éste.

La pobreza, esa inseparable compañera de la virtud y el genio, afligió también en sus últimos años al ilustre desaparecido. Imposibilitado por su edad para todo trabajo inmediatamente productivo; sin el apoyo de mi hijo el Lic. Muñoz Moreno, que a la sazón sufría los rigores del exilio; dedicado yo por completo a atender de noche y día al noble anciano; sin contar con mas recursos que la modesta pensión de ciento cincuenta pesos mensuales en su favor decretada por el XXVI Congreso de la Unión, y que la Revolución, por una de esas contradicciones que hacen que ciertas cosas grandes tengan, no obstante, aspectos de pequeñez incomprensibles, le hizo pagar, a la par, en papel moneda de circulación forzosa; sin recibir la menor ayuda de ninguno de sus acaudalados parientes, de quienes posible es que en otra oportunidad me ocupe, hubiérase de seguro visto en la miseria, a no haber sido por el espontáneo auxilio que le impartieron algunos de esos hombres que nacieron a la vida pública, al calor del incendio revolucionario, desconocidos antes y admirados hoy por lo preclaro de sus talentos y la eficiencia de sus energías, grandes cerebros para quienes la opresión fue obscuridad y la libertad significó gloria, tales como los señores General Manuel M. Diéguez, Lic. Manuel Aguirre Berlanga y Luis Castellanos y Tapia; otro de ellos, dotado de excepcionales cualidades, por desgracia actualmente anuladas a consecuencia de un error político: el señor General Felipe Ángeles; un digno sacerdote, discípulo del señor Dr. Rivera, y que a título de excepción honra a la clase a que pertenece, el señor cura del Huatusco, Ver., Don Fermín Moreno, y algún otro filántropo, tipo genuino de modestia y bondad, que quiso ocultarse en el incognito al hacer un oportuno donativo… Vayan a todos ellos, las presentes líneas, en testimonio de gratitud y pública comprobación de sus virtudes, y sepa quien lo lea o quien lo escuche que si, con excepción del último, pródigos hubieran sido con el ilustre historiador de que me ocupo, a bajo precio habrían comprado el derecho que hoy tienen de que sean repetidos sus nombres, con la honrosa significación de protectores de las letras, mientras perdure el de aquel a quien beneficiaron, como aun suenan los nombres de Mecenas y del Duque de Béjar, al evocar los de Horacio, Virgilio y Cervantes.

El Dr. Rivera, ciego y pobre, recuerda a Homero, que, ciego también como su nombre lo indica, peregrinaba por las ciudades de la Antigua Grecia, recibiendo un óbolo de quienes oíanle recitar trozos de sus eternos poemas.

¡Jamás fue la fortuna propicia para el genio, quien en todos los tiempos ha sabido armarse de filosófica paciencia para resistir a sus adversidades: “La virtud concede un reino y diadema segura y un laurel propio a aquel que ve grandes montones de oro y plata y no vuelve los ojos hacia ellos,” y “levanté un monumento más duradero que el bronce y más alto que las pirámides de Egipto, que ni la lluvia voraz, ni el aquilón impotente, ni la innumerable serie de los años, ni la fuga de los tiempos pueda destruir”… pensamientos son que, creados por el fecundo numen de Horacio, repetidos fueron, en son de consuelo y esperanza, por el eximio escritor laguense.

La desaparición del señor Dr. Rivera fue una sorpresa aun para mí, que más de cerca lo atendía. Cierto es que su avanzada edad hacía que revistiera caracteres de gravedad la menor alteración de su salud, por lo que a diario era de temerse un desenlace funesto; pero como sus achaques y enfermedades se sucedían unos con otros, casi sin interrupción, y como constantemente se conseguía un completo restablecimiento, debido unas veces a las atenciones médicas y siempre a los cuidados y desvelos que en suerte me cupo la honra de prodigarle, durante la última enfermedad del ilustre paciente, denominada enterocolitis, jamás perdí la esperanza de que sanara. A conservar esta ilusión, contribuyó en buena parte la actividad intelectual y la energía de carácter del sabio historiador, quien, en la antevíspera misma de su muerte, con su fluidez extraordinaria, dictábame una carta de negocios para el señor Dr. Cayetano Andrade, carta que, por ser la última que redactó, y en prueba de lo que afirmo, me prometo dar a la publicidad, a cuyo efecto, ya me he dirigido a su destinatario para recabarla. En presencia de tan notable conservación del entendimiento, difícil era creer que la muerte se acercaba. Al fin llegó el día seis de julio último. Por extraña coincidencia, en la misma fecha regresó, tras larga expatriación, mi ya aludido hijo el Lic. Muñoz Moreno, a quien el señor Dr. Rivera desde hacía largo tiempo esperaba con impaciencia, y cuya forzada separación, fue otro de sus padecimientos morales, no logrando hacerla cesar, a pesar de que al efecto, dos veces se dirigió al C. Primer Jefe; mi hijo y yo nos presentamos en el aposento del señor doctor, quien a la sazón dormía; no quisimos despertarlo, porque recordé que había pasado mala noche, y temí que la inopinada presencia de Alfredo, le ocasionara una impresión que, por lo intensa, le fuera perjudicial; cuando regresamos, expiraba… Abrió los ojos; mas en medio de la agonía, en la penumbra de la instancia y con la casi completa ceguera que le aquejaba, seguro es que ni siquiera alcanzó a distinguirnos. Lentamente fue disminuyendo el ritmo de su respiración, hasta cesar por completo. Al parecer sin sufrimiento alguno, hizo la por todos temida transición de la vida al no ser. Puede decirse que pasó, de uno de los sueños transitorios de este mundo, al eterno y profundo de la muerte…

El cortejo que acompañó el cadáver del señor Dr. Rivera hasta su última morada, fue poco numeroso. El elemento oficial no formó parte de él. Solamente los niños de una escuela, como si en medio de su candor e inexperiencia, se dieran mejor cuenta de la pérdida sufrida por la Patria toda, en particular por sus clases estudiosas, conducidos por su inteligente Director el señor profesor J. Sóstenes Lira, que poco después también bajó a la tumba, presentes se encontraron hasta que para siempre desapareció de su vista el cadáver del ilustre laguense. Ninguna voz se alzó para darle la eterna despedida. El Lic. Muñoz Moreno intentó ver algunos concepto; mas impidióselo la intensidad de su emoción. Los grandes dolores, jamás podrán ser expresados por medio de la palabra: únicamente el lenguaje natural es capaz de revelarlos. A este propósito, podría sentarse como incontrovertible la siguiente tendencia entimemática: ¿Hablas de tu dolor? ¡No es muy intenso!

Debo hacer constar aquí que, aunque fue muy modesta la inhumación del señor Dr. Rivera, ya el Gobierno Constitucionalista, en su titánica labor de nacionalismo, en particular algunos de sus más distinguidos miembros, como los señores Lic. Manuel Aguirre Berlanga  y General Manuel M. Diéguez, a iniciativa mía, se preocupan por erigir, sobre la humilde tumba del autor de tantas luminosas obras, un monumento cuya grandeza corresponda a su memoria.

León, Gto., octubre de 1916.

RAFAEL MUÑOZ MORENO

N.R. El anterior interesante artículo sobre uno de nuestros más esclarecidos sabios, nos fue remitido por el culto escritor que con su firma lo calza, y que fue quien asistió en su muerte, al Dr. Rivera, recibiendo de él nombramiento de su albacea testamentario.

La simonía en los pasados siglos de Agustín Rivera

Portada SimoníaEste año, justo el 6 de julio próximo, se cumple el centenario de la muerte de Agustín Rivera y Sanromán (1824-1916), clérigo de quien ya hemos hablado en otro momento en este blog. En el marco del proyecto Agustín Rivera y su tiempo: la cultura de Lagos en el siglo XIX, del cuerpo académico “Cultura y Sociedad” del Centro Universitario de los Lagos de la Universidad de Guadalajara, hemos procurado identificar de manera más precisa todas las obras que publicó Rivera, y ahora podemos agregar una más a las 156 que hasta el momento habíamos retomado de la bibliografía que elaboró Juan B. Iguíniz y de los propios recuentos que hizo nuestro autor. Hemos encontrado este folleto titulado La simonía en los pasados siglos, que se encontraba en la Biblioteca Pública del Estado de Jalisco “Juan José Arreola”, y presentamos aquí su transcripción. Ambas actividades, la localización y transcripción, las realizó un joven estudiante de la carrera de Humanidades, Sergio Paúl Carrillo Collazo.

Como el lector podrá advertir, se trata de una colección de citas sobre la materia que da título al opúsculo. No es raro, de hecho desde sus primeras obras fue una práctica frecuente de Rivera construir estos catálogos de citas, recordemos tan sólo sus Inscripciones colocadas en las paredes del Liceo de Lagos, impresa en 1869, o los “Encomios de los clásicos cristianos y de los clásicos paganos acondicionados” que incluyó en la novena adición de su Ensayo sobre la enseñanza de los idiomas latino y griego y de las bellas letras por los clásicos paganos, publicado en varias entregas en la década de 1880. La selección de autores citados es asimismo muy clásica de nuestro autor, con algunas de sus obras favoritas, como los comentarios de Cornelio Alápide, jesuita neerlandés del siglo XVII, o la del canonista piamontés del XVIII, Carlo Sebastiano Berardi, quien como el propio Rivera indica aquí, fue muy leído por el clero mexicano de la primera mitad del siglo XIX. Tampoco era raro su ejercicio de citar a los Santos Padres a partir de compilaciones de textos, en este caso de la Aurifodina. Todo ello, nos permite presentar al opúsculo como un clásico ejemplo de la erudición de Rivera.

Mas además de erudito, era un autor crítico, y así se muestra, de nuevo es algo muy común en él, en sus notas a pie de página. De hecho, lo notará el lector, en realidad es un opúsculo con dos series de notas, cuyas referencias se distinguen por utilizar números para las que sólo presentan la fuente citada, y letras para aquellas en que vierte una opinión. Lamentablemente a nuestro ejemplar le falta una hoja, es decir, dos páginas, por lo que no podemos conocer todas esas notas e incluso una la presentamos inconclusa. Como puede verse, Rivera aprovecha el texto erudito para criticar algunas prácticas de la Iglesia novohispana y mexicana, sobre todo de tiempos del sistema beneficial, que fue desapareciendo en la segunda mitad del siglo XIX.

Ya sin más preámbulo, dejamos al lector con nuestra mejor manera de conmemorar a Agustín Rivera y Sanromán en el centenario de su fallecimiento, promoviendo su lectura.

 

La simonía en los pasados siglos. Doctrinas de la Santa Escritura, de los Cánones de la Iglesia, de los Santos Padres y de los Doctores Católicos contra la simonía, recogidas y publicadas por Agustín Rivera. Lagos de Moreno, Imprenta de López Arce e Hijos, 1900, 11 pp.

Localizado en: Biblioteca Pública del Estado de Jalisco. Clasificación 291.2 RIV

 

ADVERTENCIA

Muy lejos ha estado en mi ánimo al escribir este folleto el zaherir al clero de la Arquidiócesis de Guadalajara, ni al de otra alguna diócesis, a todos los que respeto. Lo publico como publiqué mi Tratado Breve Teológico-Moral de los Sacramentos en general y otros opúsculos sobre materias eclesiásticas, a saber, porque me ha parecido que esta colección de sabias doctrinas sobre la simonía sería muy útil, especialmente para los jóvenes que se preparan para subir al altar.

Lagos de Moreno, 26, mayo, 1900.

Rivera.

 

Todo obedece al dinero.
Libro del Eclesiastés[1].

Habló el rico y todos callaron[a].
Libro del Eclesiástico[2].

Hay hombre que es honrado por sus riquezas.
Libro del Eclesiástico[3].

Nada hay tan alto y tan inaccesible que no se obtenga con las riquezas.
Cornelio Alápide[4].

Es cosa frecuente en la sociedad elegir para magistrados a los ricos, como más honorables y poderosos, para que dominen a los demás como inferiores y súbditos.
Alápide[5].

Dad gratuitamente lo que habéis recibido gratuitamente.
Evangelio de San Mateo[6].

Todos los que están bajo la obediencia de la Compañía, acuérdense que deben dar gratuitamente lo que recibieron gratuitamente, no pidiendo ni recibiendo estipendio ni limosnas algunas, con las que parezca compensarse las misas, confesiones, sermones o cualquiera otro oficio de aquellos que la Compañía puede ejercer según nuestro instituto; para que así puedan proceder con mayor libertad en el servicio de Dios y en la edificación de los prójimos.
San Ignacio de Loyola[7].

Es verdadero aquello de Tulio en el libro II de los Oficios: “Los hombres se mueven con una grandísima admiración hacia aquel cuyo móvil no es el dinero.”
Alápide[8].

El operario es digno de su alimento.[b]
Evangelio de San Mateo[9].

¿Qué se entiende por precio en orden a cometer simonía? Comúnmente se llama don, o en idioma latino manus, el cual según Santo Tomás (2.2. q. 100, art. 5) y el C. sunt nonnulli 1. q. 5, se divide en munus a manu, munus a lingua y munus ab obsequio… Por munus a manu no se entiende únicamente el dinero, oro, plata, vestidos u otras cosas semejantes que suelen comprarse y venderse, ya sean muebles o inmuebles, sino también cualquier cosa temporal precioestimable… Munus á lingua denota cualquier alabanza, recomendación o intercesión que se interpone o se promete interponer, con pacto expreso o tácito de que se confiera alguna cosa espiritual… Entiéndase por munus ab obsequio cualquier servicio prestado o que deba prestarse a otro, bajo la obligación de que este confiera al que le sirvió, algún beneficio eclesiástico o cualquier otra cosa espiritual. Dice aquí Layman que no envuelve simonía el servir a alguno gratuitamente, con la esperanza de ser presentado o instituido para algún beneficio eclesiástico en remuneración de los servicios prestados, bien así como tampoco incurre en ella el Obispo o patrón, que en remuneración de dichos servicios o en vista del talento o disposición de un sujeto, le confiere algún derecho o un beneficio espiritual. Sin embargo, tratándose de una materia tan delicada y espinosa, creemos oportuno advertir aquí el gran cuidado que debe tenerse de que estas cosas no sean el motivo principal de dar el beneficio, pues de lo contrario se incurriría en simonía. Por tanto, para evitarla, debe el colador o patrono de un beneficio prescindir completamente de dichos servicios y atender únicamente a los méritos del sujeto.
Edmundo Voit[10].

Y Pedro le dijo [c]: “Tu dinero sea contigo en perdición.”
Hechos de los Apóstoles[11].

Según el derecho divino es simonía prometer, dar o recibir una cosa temporal precioestimable por la colación, elección, presentación o confirmación para un beneficio eclesiástico.
Scavini[12].

¿Cuáles son las causas que excusan de la mancha de simonía? … 5ª Cuando se da una cosa temporal por un trabajo extrínseco, que solamente por accidente se junte con una cosa sagrada[d].
Scavini[13].

A la verdad, en los cuatro primeros siglos de la Iglesia, los eclesiásticos no tuvieron muy frecuente ocasión de cometer dicho crimen, (la simonía), porque las Iglesias todavía no abundasen en bienes temporales. Mas cuando fue más amplia la liberalidad de los fieles, y se dio lugar entre los eclesiásticos al lujo y a la avaricia, principalmente en el siglo V y en el VI, el crimen de la simonía ocupó los ánimos de muchísimos, por lo que Gregorio el Grande muchas y muchísimas veces se vio obligado a reprender a los simoníacos, como consta claramente por varios cánones de aquel Pontífice presentados por Graciano, principalmente en la causa 1ª, cuestión 1ª. De una manera más detestable se propagó aquel vicio en el siglo X y en el siglo XI, pues cayeron entonces los hombres en los tiempos del oscurantismo y de hierro, en que la verdadera doctrina y la sincera piedad, la religión respeto de Dios y de las cosas divinas parecía a primera vista desterrada de entre los hombres. Los Sumos Pontífices, entre otros Gregorio VII, Nicolás II, Alejandro II, Inocencio II, y Calixto II, con frecuencia en sus Epístolas y Concilios procuraron proponer remedio a tantos perjuicios de las Iglesias, diligencia que imitaron muchos Obispos de las Iglesias, de manera que apenas aparezca algún Concilio celebrado en el siglo XI y en el XII, en que no se hayan expedido cánones para condenar y detestar la simonía.
Carlos Sebastián Berardi[14].

El cuerpo recibió la dignidad y el espíritu perdió el honor.
San Ambrosio[15].

El que compró un sacramento o una iglesia, o prebendas, o la entrada a las iglesias, o procuró esto en su favor por medio del poder civil, sepa que ya está condenado con Giezi y con Simón (el Mago).
San Agustín[16].

Los mismos oficios de la dignidad eclesiástica se han convertido en una torpe ganancia y en negocios de tinieblas[e].
San Bernardo[17].

Hoy los simoniacos, el pagar con amplitud a los empleados de una Curia (intercesores, recomendadores, agentes), lo reputan liberalidad.
San Buenaventura[18].

Si no hay ninguna prueba del acto, ninguna solicitud acerca de las costumbres (del beneficiado), ningún examen de su vida, sino que solamente se estime digno el que tuviere lo suficiente para dar el precio, esto es simoniaco.
San Gregorio el Grande[19].

El texto “Todo obedece al dinero” o sea a la plata, tiene uno de dos sentidos: o que los doctores, después que se han enriquecido, ejercen gobierno sobre los pueblos, o, ciertamente, que la plata es el símbolo del bien hablar[f].
San Jerónimo[20].

Para que haya simonía nada importa que no des dinero; pero en lugar de dinero adulas, seduces y maquinas muchas cosas.
San Juan Crisóstomo[21].

Veamos cómo estaba la simonía en México en el último tercio del siglo XVI. El Concilio III Mexicano, que se celebró en 1585, dice: “Aunque desde el mismo origen de la recién nacida Iglesia fue el vicio de la simonía abominable y execrable, y se ha prohibido por los Sagrados Cánones y castigado con graves penas, sin embargo, ha sido tal la malicia de los hombres, que procuran ocultar y paliar sus pactos simoniacos con diversas estratagemas y engaños. Cuyo contagio ha cundido tanto en este arzobispado y provincia, ya para conseguir las presentaciones que se hacen en estas partes, como para negociarlas en la Corte de Su Majestad, que está pidiendo conveniente y oportuno remedio. Y queriendo aplicarlo este sínodo, manda que ningún eclesiástico ni seglar, de cualquier dignidad y condición que sea, haga pactos ni condiciones, o prometa dinero u otra cosa con nombre de estrenas, guantes o gratificaciones si se logra la prebenda, o con pretexto de salario o derechos por su trabajo y diligencias, o para granjear el favor de los palaciegos, solicitadores, procuradores u otras personas allegadas a aquellos que deben conferir y presentar a los beneficios; ni dé escritos con nombres de deudas contraídas por otras causas, o haga que ellos los den, en los cuales prometa que guardará indemnes a los que se hayan obligado por razón de la cantidad que pagaren, ni de cualquier otro modo haga semejantes pactos por sí ni por tercera persona. Todos los cuales declara simoniacos el presente Sínodo.
Concilio Tercero Mexicano.

Veamos ahora como se hallaba México en materia de simonía en el siglo próximo pasado. El Concilio IV Mexicano dice “La simonía desde el principio de la Iglesia ha sido siempre abominable; mas es tanta la malicia humana, que se ha procurado encubrir y paliar con varios pretextos; y para cortarlos de raíz, manda este Concilio que ningún eclesiástico o secular pueda hacer pactos o tratos, prometer dinero o lo que llaman gala o  regalos, para obtener algún beneficio eclesiástico o alcanzar el favor de alguna persona de elevada dignidad[g].
Concilio IV Mexicano[22].

FALTAN DOS PÁGINAS

NOTAS

[a] Todos los súbditos agacharon la cabeza y ninguno se animó a levantar la voz en contra con energía. En los pasados siglos los vasallos hacían el papel de burros, porque aunque los señores hiciesen injusticias, aquellos no podían hablar ni una palabra.

[b] Este texto y la necesidad de sostener el culto justifica las contribuciones establecidas por la Iglesia.

[c] A Simón el Mago, de cuyo nombre viene la palabra Simonía.

[d] Verbigracia, los dineros que se dan en Roma por algunas dispensas para sueldos de algunos empleados de la Corte Romana, por el trabajo extrínseco que han tenido estudiando o escribiendo en el negocio de aquella dispensa.

[e] Porque estos negocios se trataban en las tinieblas del más cuidadoso secreto.

[f] El bien hablar, el hablar con arte, es como el dinero: el buen uso de la palabra produce muchos bienes, y el abuso, teniendo por fin el egoísmo, el interés individual, produce muchos males. Verbi gracia: en los pasados siglos un aspirante a beneficio eclesiástico trataba de conversar con frecuencia con aquellos de quienes esperaba y procuraba conseguir el beneficio. Hablaba como hombre de importancia, con gravedad en el semblante, con frases lacónicas y sentenciosas, con maneras insinuantes, decía que tal y tal caso muy difícil que se le había presentado, lo había resuelto con mucha facilidad, haciendo creer que tenía talento para los negocios de gobierno y que sería muy útil a la Iglesia. Las palomas, que no tenían nada de serpientes, lo escuchaban con admiración diciendo: “¡Qué talento de gobierno!” y le servían de escalera, sin prever los graves males que resultarían (entre ellos el escándalo) de colocar a aquel hombre en el candelero. Llamo palomas a los que aconsejaban y procuraban que se confiriese el beneficio y a los que lo conferían, porque de parte de los unos y de los otros no había simonía, sino candor y debilidad de carácter. Aquel hombre sagaz pronto llegaba a tener en sus manos las riendas del gobierno, el palo y el mando, y entonces se verificaba lo que dice el Apóstol San Pedro: que; importándole un bledo hospitales y enfermos, sólo procuraba enriquecer más y más turpis lucri gratia, y gobernar con despotismo a los clérigos: dominantes in cleris. A los que aborrecía, suspensos, los hacía morir en la miseria (hecho histórico), y a aquellos que por ser favorables a sus fines o por otro capítulo le eran gratos, les daba destinos buenos por los emolumentos, o por el clima o por el poco trabajo (son hechos).

Jóvenes estudiantes de teología el obispo Melchor Cano en su aureo libro “De los Lugares Teológicos”  os encarga que estudiéis la Historia, porque es una palabra inmortal que ella es la maestra de la vida. Abrid la historia de España, la de Francia o la de cualquier otra nación, y veréis que los rasgos que acabo de trazar son el resumen de la historia de todos los reyes débiles y de sus ministros astutos.

[g] Simón el Mago claramente y sin rodeos les ofreció dinero a los Apóstoles por que le concedieran la potestad de conferir sacramentos: obtulit eis pecuniam. Los simoniacos, viendo lo mal que le había ido a su patriarca, ya no ejecutaron la simonía de la manera tan tonta con la que había ejecutado Simón el Mago, esto es, comprando las cosas espirituales o anexas a ellas con pacto expreso, como quien compra una finca en almoneda pública, o compra otra cosa a dinero contante sobre el mostrador de una tienda, sino que inventaron los pactos tácitos, encubiertos so capa y color de cosas lícitas; verbi gracia, los aspirantes a beneficios eclesiásticos remitían vajillas de plata como regalos a los Reyes de España y a sus ministros [Faltan las páginas en que esta nota concluye].

[1] Pecuniae obediunt omnia. (Cap. X, v, 19).

[2] Dives locutus est, et omnes tacuerunt. (Cap XIII, v. 28)

[3] Est homo qui honorificatur propter substantiam suam. (Cap. X, v. 33).

[4] Nihil est tam sublime et inaccessum, quod non obtineant divitiae. (Álapide, llamado el principe de los comentadores de la Escritura, Comentario al Eclesiastés, cap. X, v. 19).

[5] Solent in republica divites eligi in magistratus, velut honoratiores et potentiores ut caeteris velut inferioribus et subjectis dominentur. (Comentario a los Proverbios, cap. XXII, v. 7).

[6] Gratis accepistis, gratis date. (Cap. X, v. 8).

[7] Omnes qui sub obedientia sunt Societatis meminerint se gratis dare debere quae gratis acceperunt, nec postulando, nec admitendo stipendium vel eleemosynas ullas, quibus Missae, vel confessiones, vel praedicationes, vel quodvis aliud officium, ex iis quae Societas, juxta nostrum institutum excercere potest, compensari videatur, ut sic majori cum libertate possint et proximorum aedificatione in divino servitio procedure. (Constituciones, regla 17).

[8] Verum est illud Tuilli, lib. II Offic: “Homines maxime admirantur eum qui pecunia non movetur”. (Comentario al Evangelio de San Mateo, cap. X, v8).

[9] Dignus est operarius cibo suo. (Cap. X, v. 10).

[10] De la Compañía de Jesús, Teología Moral, tratado III, cap. 1º. art 5.

[11] Petrus autem dixit ad eum: Pecunia tua tecum sit in penditionem (Cap. VIII, vv. 19 y 20).

[12] Simonia est juris divini promittere, dare vel accipere temporale aestimabile pro collatione, electione, praesentatione, confirmatione ad eclesiásticum beneficium. (Theologia Moralis Universa, lib. II, no. 181).

[13] Quaenam sunt causae a simoniae labe excursantes?5ª. Quando temporale datur pro labore extrínseco, qui per accidens tantum conjungatur cum re sacra. (Opus et lib. cits. no. 190).

[14] Canonista clásico, que apoya sus doctrinas en la legislación hebrea, en el derecho romano, en la Historia de la Iglesia, en la filosofía de la historia y en la crítica más delicada, por lo que durante cerca de medio siglo sirvió de texto en la cátedra de derecho canónico en el Seminario de Guadalajara. Otra de las pruebas del gran mérito de esta obra es que en 1851, habiendo escaseado los ejemplares de ella en la República Mexicana, el sabio Dr. Sollano (después Obispo de León) hizo una nueva edición en la capital de México. Equidem quatuor prioribus Ecclesiae saeculis non adeo frequens fuit ocassio viris ecclesiasticus, ex qua illud crimen admitterent, proptereaquod Ecclesiae necdum bonis temporalibus abundarent. Quando vero fidelium fuit amplior liberalitas, luxuique atque avaritiae locus datus est apud clericos, saeculo praesertim quinto et sexto, simoniae crimen plurimorum animos occupavit, unde Gregorius Magnus saepe ac saepius debuit simoniacos reprehendere, uti liquet ex variis illius Pontificis monumentis, relatis apud Gratianum, praesertim in causa 1a, quaest. 1a. Detestabilius grassatum fuit vitium illud saeculo decimo et undecimo; inciderunt enim homines tunc in obscura tempora et ferrea, quibus et germana doctrina, et sincera pietas, ac religio in Deum resque divinas, visa fuit ab hominibus exulare. Pontificis Maximi, inter caeteros Gregorius VII, Nicolaus II, Alexander II, Inocentius II et Calixtus II passim in suis Epistolis ac Concilius curaverunt, ut tantis Ecclesiarum incommodes remedium adhiberutur, quorum diligentiam sectati fuerunt plures Ecclesiarum Antistites, adeo ut saeculo undecimo et duodecimo vix celebratum Concilium adpareat, in quo canones editi non fuerint ad damnandam detestandamque simoniam (Comentaria in Jus Ecclesiasticum Universum, al Libro V de las Decretales, parte 1a., disertación 3a., cap. 2).

[15] Caro suscepit dignitatem, et anima perdidit honestatem. (Citado por el erudito y venerable Roberto de la Orden de los Capuchinos, en su obra intitulada Aurifodina, que quiere decir Mina de oro, artículo Simonía).

[16] Qui sacramentum emit, vel Ecclesiam, vel Praebendas, vel Ecclesiarum introitus, vel saeculari potentia hoc pro se procuravit, sciat cum Giezi Simone jam damnatus est. (Aurifodina, ibid).

[17] Ipsa ecclesiasticae dignitatis officia in turpem quaestum, et tenebrarum negotium transierunt. (Aurifodina, ibid.).

[18] Simoniaci hodie largitatem reputant magnam curialitotem. (Aurifodina, ibid).

[19] Si nulla de actua probatio, sollicitudo nulla de moribus, nulla sit de vita discussio; sed ille solum modo dignus qui dare pretium suffecerit aestimetur, simoniacum est. (Aurifodina, ibid).

[20] Quod autem sequitur: Pecuniae vel argento obediunt omia, dupliciter accipiendum: vel ipsos doctores, postquam adulatione ditati sunt, regnum in populos exercere; vel certe quia argentum pro sermone Semper accipiatur. (San Jerónimo, cit. por Alápide, Comentario al Eclesiastés, cap. X, v. 19)

[21] In simonía nihil refert si non das pecuniam: sed pecuniae loco adularis, subornas, multaque machinaris. (Aurifodina, ibid).

[22] Traducción del Dr. D. Basilio José Arrillaga.

[NOTAS DE LAS PÁGINAS QUE FALTAN EN EL TEXTO]

23 Impreso por primera vez en el orden y bajo la inspección del Ilmo. y Rmo. Sr. Dr. D. Rafael S. Camacho, actual Obispo de Querétaro. Este Concilio no fue aprobado en Roma, no porque no lo mereciera, sino porque las tempestuosas circunstancias de la época no dieron lugar a su traducción al idioma latino, ni a los difíciles y dilatados tramites en el Consejo de Indias y en la Corte Romana, necesarios para su aprobación. Por lo mismo el documento citado no tiene fuerza de decreto conciliar; pero sí tiene fuerza de documento histórico, tanto por el argumento de autoridad, en razón de haberlo declarado así León XIII, como por el argumento de razón, enseñándolo así las reglas de la crítica.

24 Quod si quis, pacto interveniente, spiritualia concedit, ut temporalia consequatur, vel e converso, temporalia accipit ut spiritualia conferat, tanc simoniam realem admissise dicetur. Quoniam vero in fraudem et divinae et ecclesiasticae legis ímprobos homines callidas artes avaritia docet, non solum realis simoniae reos apellavimus illos qui expresam temporalis lucri pactionem iniverint, sed etiam qui ex conjecturis tacite pactum inivisse deprehendatur. (Ibid).

25 Hanc sane pestiferam confidentialis simoniae labem recentioribus saeculis subortam, detestati fuerunt Pontifices Maximi, praecaeteris Pius V in Constitutione 85a. et quoniam ilius, veluti clanculum et inter amicos contractae difficilis esse solet probatio in judiciis, voluverunt ejusdem causa semiplenis etiam probationibus reum posse damnari. (ibid).

26 Neque a simoniae vitio erit immunis, qui collatoni rei sacrae promiserit se certas res daturum, vel Ecclesiae, vel pauperibus, quemadmodum aperte definitiv Alexander II in canone 9, caus 1ª, quaest 3ª, et Innocentius III in cap. 34 de Simonia.. (Ibid).

27 Bastus, La Sabiduría de las Naciones, serie 3ª. no. 26.

28 Agitur de simoniae vitio, quod speciosa pallia quaerere et inducere solet. (ibid)

29 Non igitur et in tali negotio quilibet catholicus est respuendus. (Cap. 3, X, De Simonia).

30 Tanta est labes hujus criminis, quod etiam servi adversus dominos, et quilibet criminosi admittuntur ad accusationem… Accusare potest etiam meretrix. (cap. 6, X, De Simonia)

31 Non requiritur ut probationes liquidaae omnio ac manifestae sint, sed sufficiunt certa signa, quae prudentis judicis animum moveré possint, cap. 3 et 6 de Simonia (Ibid).

32 Si in ecclesiasticis oficiis quemquam habeat locum pecunia, fit saeculare quod sacrum est. (Aurifodina, ibid).

33 Nemo ambiguat Jerusalem propter simoniam fuisse subversam (Aurifodina), ibid.)

34 Quis veneretur quod venditur, aut quis non vile putet esse quod emitur? (Aurifodina, ibid).

Una familia clerical en el siglo XIX: los Sanromán

Para iniciar bien el mes de mayo, esta semana vamos a presentar aquí la conferencia que impartió el Dr. Eduardo Camacho Mercado, profesor del Departamento de Humanidades, Artes y Culturas Extranjeras (Universidad de Guadalajara-Centro Universitario de los Lagos), el pasado 28 de abril en el marco del XIII Ciclo del Seminario de Historia Mexicana, titulada Beneficios eclesiásticos y actividades profanas: los sacerdotes Sanromán en el siglo XIX. El profesor Camacho nos presenta una investigación realizada en el marco del proyecto Agustín Rivera y su tiempo: la cultura de Lagos en el siglo XIX, del Cuerpo Académico “Cultura y Sociedad”. A partir, sobre todo mas no exclusivamente, de la correspondencia conservada en el archivo particular de la familia Sanromán, nos presenta no sólo las historias de vida de los tres sacerdotes de esa gran parentela de los Altos y Guadalajara, sino que en concreto se pregunta por las opciones que tenían los sacerdotes de élites medias en ese siglo, además de una carrera propiamente eclesiástica. Sin adelantar más, bástenos dejar la palabra al conferencista a través de este video.

 

Beneficios eclesiásticos y actividades profanas: los sacerdotes Sanromán en el siglo XIX from CULTURA Y SOCIEDAD-CULAGOS on Vimeo.

Agustín Rivera y Sanromán

agustin-rivera-webEl Dr. Agustín Rivera y Sanromán nació en Lagos el 29 de febrero de 1824, falleció en León el 6 de julio de 1916. Estamos pues justo en el 192 aniversario de su nacimiento y a unos meses del centenario de su fallecimiento. “Sacerdote, historiador, polígrafo y prolífico escritor” dice de él la ahora tan popular Wikipedia, que es la primera referencia que aparece en el sitio Google al introducir su nombre. Ahí mismo es posible encontrar listados algunas de sus obras y mencionada la dimensión de sus textos. Toda esa información es más o menos correcta, desde luego, pero en realidad nada nos dice por sí misma que justifique la memoria de Rivera. En efecto, la pregunta fundamental es ¿por qué habría que recordarlo? Esos datos sólo tendrían sentido para alguien que estimara la producción bibliográfica como una virtud por sí misma. Claro está, puede haberlos, tanto más cuanto que la obra de Rivera incluye lo mismo obras de historia, de gramática, de filosofía, de derecho, etcétera, aspectos específicos que podrían interesar a algún erudito. Cabe destacar en ese sentido el trabajo de Juan Hernández Luna (1959), que situaba a Rivera en la historia de la filosofía en México.

Desde luego, podría decirse que nuestro autor es valioso porque así lo consideraron ya sus contemporáneos. Recibió elogios de varios otros escritores e intelectuales, por ejemplo del obispo Emeterio Valverde Téllez, (1904), quien lo describía como de “sobresaliente ingenio; feliz, fácil y tenaz memoria, y constancia para cultivar sus raros talentos con laboriosidad infatigable y vastísima lectura”. Casi al mismo tiempo, recibía el reconocimiento de la élite laguense del Porfiriato, como da cuenta la biografía que le escribió Rafael Muñoz Moreno, no por nada dedicada al gobernador de Jalisco, Miguel Ahumada, quien habría tenido la iniciativa de levantarle un monumento en vida. Apenas fallecido, la Academia Mexicana de la Historia le dedicó también una biografía, a cargo de Alfonso Toro y Juan B. Iguíniz. Mas todo ello nos deja de nuevo el estudio del Rivera limitado al ámbito estricto de los estudios académicos sobre la cultura del Porfiriato, pues hoy en día la memoria de este período no ha dejado de ser, en el mejor de los casos controvertida, o directamente negativa.

En fin, más común, sin duda, es identificarse con él por el lugar de nacimiento: forma parte del panteón de ilustres hijos locales de Lagos de Moreno, donde se le rinden homenajes con cierta frecuencia, como ocurrió en 2014. Patriotismo local que es siempre una construcción interesada, a fin de cuentas la coincidencia del lugar de nacimiento es contingente y no tiene por sí misma un significado; es decir, no por “ser de Lagos”, hay obligación o necesidad de identificarse con o siquiera recordar a Rivera. Así pues, ni la sola curiosidad intelectual ni menos aún esas memorias locales, con frecuencia tan dadas a servir hoy de mero discurso para el lucimiento de las élites políticas, parecen realmente justificar el interés hoy en día por un hombre fallecido hace ya casi cien años.

Paradójicamente, para encontrar la importancia contemporánea a Rivera, más bien hay que darse la oportunidad de acercarse a su obra y, más aún, darse la oportunidad de pensarla históricamente. No es tan difícil hoy, gracias a que al menos un centenar de sus libros, folletos y sermones están disponibles en versiones electrónicas en la Colección Digital de la Universidad Autónoma de Nuevo León, la Colección de Impresos Mexicanos de CONACULTA, la Dirección General de Bibliotecas del mismo CONACULTA y la Biblioteca Digital Hispánica, como lo detallamos más abajo. Quien lo intente se encontrará con una obra extensa, de una erudición que hasta hoy parece notable, con pasajes que asimismo pueden parecer muy lúcidos en nuestros días. Mas sobre todo, si el lector se atreve a realizar esa aproximación, encontrará a un hombre que más allá de haberle dado a Lagos a su héroe local, Pedro Moreno, o de ser un productor incansable de textos impresos, se distinguía por entrar con entusiasmo en toda suerte de polémicas, con ideas originales y claras, mas no exentas de contradicciones.

En efecto, Rivera tuvo una larga vida, con pasajes harto azarosos, aunque también con períodos más tranquilos. Las circunstancias lo llevaron a asumir una posición que terminaría siendo minoritaria en la segunda mitad del siglo XIX, justo tras la Reforma juarista: la conciliación entre la modernidad y el catolicismo. Más allá de coincidir o no con ese esfuerzo –no del todo inactual, empero–, lo que admira es el entusiasmo que tuvo para lanzarse a la palestra, para hacerse oír a la menor provocación, no menos que el amplio bagaje de autores y obras que movilizaba a su favor. Así es, Rivera discutía con el respaldo de un extenso número de lecturas, que iban desde los clásicos de la Antigüedad grecolatina, como Cicerón, a autores contemporáneos suyos (como el historiador César Cantú), pasando por el Quijote de Cervantes y las obras del padre Fray Benito Jerónimo Feijoo. Esto es, no era un erudito que buscara sólo el conocimiento por el conocimiento mismo, sino un auténtico polemista que tendía a interpretar, o incluso a manipular a favor de sus argumentos los textos que citaba.

Todavía más, autor incansablemente conciliador, hoy mismo es difícil hacerlo entrar en las categorías clásicas que utilizamos para designar a clérigos e intelectuales. Por sólo citar un ejemplo: en buen clérigo católico era tan apegado a la autoridad del Romano Pontífice, que bien puede ser calificado de ultramontano en algunos momentos; mas al mismo tiempo podía defender tanto el “progreso lento” del Cristianismo, como el “progreso radical” de la Revolución Francesa. Hay reconocerle además que sabía adaptarse a los diversos contextos en que se desarrolló su obra: no es exactamente el mismo en sus folletos, donde abunda la ironía, que en sus piezas de oratoria, sobre todo en sus sermones, en los que no llegó a realizar críticas de la superstición, como acostumbraba en los primeros. Empero, también es de hacer notar que se abrió a posturas liberales algo más radicales conforme avanzó el tiempo. Es decir, es un buen ejemplo de que el conservadurismo no tiene que estar forzosamente relacionado con la vejez.

Esto es, más allá de su propia obra, Agustín Rivera y Sanromán puede además ser valioso para nuestros días por haber sido un hombre “de carne y hueso”, por decirlo con un cliché.  Pensándolo históricamente, podemos verlo como un autor situado explícitamente delante del tiempo, la condición fundamental del hombre como ser histórico. Tenía filias y fobias, afectos y emociones, construidas conforme a los contextos cambiantes en los que vivió. Es decir, su obra y extensos documentos son también testimonio de las maneras de vivir el siglo XIX, el siglo de las revoluciones liberales y de la secularización, que además las vivió “de frente”, es decir, asumiendo (un poco con voluntad y un poco por las circunstancias, como muchos hoy), esos cambios radicales, “domesticándolos” de alguna forma, pero también impulsándolos. Original pues y difícil de etiquetar, Rivera tampoco era un caso absolutamente único en el panorama cultural de su tiempo. Tal vez por ello es tanto más importante recuperarlo, al abrirnos a la puerta a la diversidad de la república de las letras de la segunda mitad del siglo XIX, nos ofrece también la posibilidad de pensar hacia el futuro nuevas combinaciones de posturas que hoy son aparentemente irreconciliables y contradictorias, pero que bien puede ser una manera de construir nuevas utopías en nuestra confusa actualidad.

Terminemos estas breves líneas con una invitación a leer a Rivera, al menos sus obras consultables en internet.

Título Año composición Vínculo
Disertación sobre la posesión 1847 http://biblio.juridicas.unam.mx/libros/4/1749/10.pdf
Elementos de la Gramática Castellana 1850 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080018518/1080018518_32.pdf (y sucesivos)
Sermón de la Natividad de María Santísima 1854 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016006/1080016006_10.pdf
Tratado Breve de Delitos y Penas 1859 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080018518/1080018518_19.pdf (y sucesivos)
Sermón de la Santísima Virgen de Guadalupe 1859 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000102350&page=1
Cuadro Sinóptico de los Hombres y hechos más célebres de la Historia Moderna 1864 http://dgb.conaculta.gob.mx/coleccion_sep/libro_pdf/50000007550.pdf
A la Virgen de Moya 1864 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016310/1080016310_02.pdf
Visita a Londres 1867 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1020043410/1020043410.html
Compendio de Historia Antigua de Grecia 1869 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000133398&page=1
Inscripciones en las paredes del Liceo de Varones del Padre Guerra 1869 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016006/1080016006_05.pdf
Cartas sobre Roma 1870 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000133396&page=1
Compendio de la Historia Romana 1870 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080017008/1080017008.html
Compendio de Historia Antigua de México 1870 http://impresosmexicanos.conaculta.gob.mx/libros/CJM/43749_1.pdf
Pensamientos de Horacio 1874 http://impresosmexicanos.conaculta.gob.mx/libros/BDM/1003094_1.pdf
Noticia histórica del exconvento de las Capuchinas de Lagos 1874 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016387/1080016387_21.pdf (Y SIGUIENTE)
Viaje a las Ruinas del Fuertes del Sombrero 1875 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080017815/1080017815.html
Documentos para servir a la Historia del Seminario Conciliar de Guadalajara (a partir de su segunda edición, en 1897, aparece ya como libro con el título Los hijos de Jalisco, o sea, Catálogo de los catedráticos de Filosofía en el Seminario Conciliar de Guadalajara desde 1791 hasta 1867. 1875 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1020005449/1020005449.html
Viaje a las Ruinas de Chicomoztóc 1875 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000123159&page=1
Tratado Breve de los Sacramentos en general 1875 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016387/1080016387.html
Artículo sobre la utilidad del Método Escolástico 1875 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080026628/1080026628.html
Concordancia de la Razón y la Fe 1876 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000133399&page=1
Sermón de Nuestra Señora de Guadalupe 1876 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000101793&page=1
La Angélica de San Agustín y el Himno Jam satis culpis 1877 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016006/1080016006_20.pdf
Miscelánea Selecta 1880 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1020015788/1020015788.html
Tres Documentos sobre el tomo 1o del Compendio de Historia Antigua de México 1881 http://impresosmexicanos.conaculta.gob.mx/libros/CJM/135331_1.pdf
Ensayo sobre la enseñanza de los Clásicos paganos 1881 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080018716/1080018716.html
Los dos estudiosos a lo rancio 1882 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000093888&page=1
Principios críticos sobre el Virreinato de la Nueva España tomo I 1884 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000152802&page=1
La Filosofía en la Nueva España 1885 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000114182&page=1
Principios críticos sobre el Virreinato de la Nueva España tomo II 1887 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080017583_C/1080017583_C.html
Treinta sofismas y un buen argumento del Sr. Dr. D. Agustín de la Rosa 1887 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000143443&page=1
Principios críticos sobre el Virreinato de la Nueva España III 1888 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080017583_C/1080017583_C.html
Anales Mexicanos I 1889 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080012664/1080012664.html
Carta sobre una urna griega 1890 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016005/1080016005_16.pdf (Y SUCESIVOS)
La fundación de la imprenta en Puebla 1890 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016006/1080016006_24.pdf
Valor de la Tradición oral en mi “Viaje a las ruinas del Fuerte del Sombrero” 1890 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016006/1080016006_25.pdf
Juicio crítico de los sermones de fray Juan de San Miguel 1890 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016005/1080016005.html
Anales de la época de Reforma y la del Segundo Imperio 1890 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000147901&page=1
Contestación de Agustín Rivera a los Puntos Dudosos del Sr. C.G.M. sobre la muerte del héroe de la patria Pedro Moreno 1890 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016006/1080016006_27.pdf
Tres Artículos sobre la Revolución Francesa 1891 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016387/1080016387_20.pdf
Diálogo sobre la enseñanza de los idiomas indios en los colegios de la República 1891 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016006/1080016006_14.pdf
San Ganelón 1891 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000115072&page=1
El Toro de San Marcos 1891 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016005/1080016005_25.pdf (Y SIGUIENTE)
Reseña de los Reyes de España desde Isabel la Católica hasta Fernando VII 1891 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016387/1080016387_19.pdf
Notas al artículo de un exestudiante sobre la enseñanza de los idiomas indios 1891 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016005/1080016005_19.pdf (Y SIGUIENTE)
Juicio crítico del opúsculo intitulado El liberalismo es pecado 1891 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016005/1080016005_28.pdf (Y SIGUIENTES)
Descripción de una manta de Tlaxcala 1891 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080018555/1080018555_25.pdf (Y SIGUIENTES)
El Cempazuchil 1891 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000047039&page=1
La vocación de Simón Bar-Jona 1892 http://impresosmexicanos.conaculta.gob.mx/libros/BDM/90498_1.pdf
Cuatro Cosas. La filosofía, la historia, el teatro y la imprenta 1892 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000133397&page=1
El joven teólogo Miguel Hidalgo y Costilla 1892 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016006/1080016006_22.pdf
Estudios sobre la soberanía del pueblo en los libros de los teólogos católicos y sobre el derecho público en las Empresas Políticas de Saavedra Fajardo 1892 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080018518/1080018518.html
Pensamientos muy filosóficos del orador jesuita Neuville sobre El Genio 1893 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080018555/1080018555_22.pdf (y SIGUIENTES)
Oración del Arzobispo Alarcón en el Congreso de Higienistas 1893 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080018555/1080018555_19.pdf (Y SIGUIENTES)
Lo que vale media hora para un sacerdote 1893 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080015538_V118/1080015538_22.pdf
¿De qué sirve la filosofía a la mujer, los comerciantes, los artesanos y los indios? 1893 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000124698&page=1
Paralelo entre el Contrato Social de Rousseau y un sermón del Illmo. Pérez, obispo de Puebla 1894 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000119240&page=1
Plática en la primera comunión de un niño 1894 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000115057&page=1
Carta sobre Fray Gregorio de la Concepción 1895 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016387/1080016387_09.pdf
Discurso sobre los Hombres Ilustres de Lagos 1895 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080024848/1080024848.html
Proyecto sobre la enseñanza de los idiomas indios 1895 http://132.248.9.32/Folleteria/SigloXIX/486.pdf
Previsiones de los efectos de la Delegación Apostólica de Monseñor Nicolás Averardi en México 1896 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016006/1080016006_23.pdf
El intérprete Juan González 1896 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016387/1080016387_15.pdf (Y SIGUIENTE)
Espléndida inteligencia de un canon del Concilio de Trento por el Sr. Presbítero D. Gabino Chávez 1896 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016387/1080016387_10.pdf (Y SIGUIENTES)
Felicitación por el año nuevo 1896 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016006/1080016006_26.pdf
El progreso lento y el radical en la destrucción de la esclavitud en las naciones cristianas 1897 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016006/1080016006_28.pdf (Y SUCESIVOS)
Bodas de Oro de Agustín Rivera como escritor público 1897 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000143386&page=1
Felicitación por el Año Nuevo de 1898. “Las doctrinas modernas”. 1898 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016006/1080016006_27.pdf
Pinturas que tiene Agustín Rivera colocadas en las paredes de su gabinete de estudio y de su alcoba 1898 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080013694/1080013694.html
El Plan del Hospicio y el Segundo Imperio 1898 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080018555/1080018555_14.pdf (Y SIGUIENTES)
La imaginación de la mujer en la sociedad doméstica 1899 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016006/1080016006_21.pdf
Pensamientos filosóficos sobre la educación de la mujer en México 1899 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080018555/1080018555.html
Los pensadores de España sobre las causas de la decadencia y desgracias de su patria en los últimos siglos hasta hoy. 1899 http://dgb.conaculta.gob.mx/coleccion_sep/libro_pdf/41000008464.pdf
Sermón que predicó el Dr. D. Agustín Rivera en la primera comunión eucarística de los niños Antonio Larios… 1899 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016006/1080016006_09.pdf
Despedida del Siglo XIX. Discurso compuesto por Agustín Rivera y leído por el Lic. D. Ángel Castellanos en la ciudad de Comitán en una velada artístico-literaria… 1900 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000114721&page=1
Gracias 1900 http://dgb.conaculta.gob.mx/coleccion_sep/libro_pdf/50000006442.pdf
Sermón de la Purificación de María 1901 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000133353&page=1
Guadalajara antes de Franklin 1901 http://impresosmexicanos.conaculta.gob.mx/libros/BDM/1004842_1.pdf
Arenga de Agustín Rivera el día de la fiesta en honra del héroe de la patria, Pedro Moreno, el 27 de octubre de 1902 1902 http://impresosmexicanos.conaculta.gob.mx/libros/BDM/1004846_1.pdf
Pensamientos de Agustín Rivera sobre el buen gusto literario y artístico 1902 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000121631&page=1
Despedida que Agustín Rivera da a Guadalajara el día 11 de febrero de 1902 1902 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000114722&page=1
Carta de Agustín Rivera al Coronel Ingeniero Andrés L. Tapia sobre algunas consejas relativas al Evangelio y al libro III de los Reyes publicada por “La Libertad” 1903 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000114726&page=1
Familia y parientes más notables de Jesucristo 1903 http://impresosmexicanos.conaculta.gob.mx/libros/BDM/1002682_1.pdf
Rasgos biográficos y algunas poesías inéditas de Esther Tapia de castellanos 1903 http://impresosmexicanos.conaculta.gob.mx/libros/BDM/1004845_1.pdf
Discurso que pronunció Agustín Rivera en la fiesta de la colocación de la primera piedra del Monumento a la memoria del héroe de la patria Pedro Moreno, en Lagos de Moreno, el día 15 de mayo de 1904 1904 http://impresosmexicanos.conaculta.gob.mx/libros/BDM/1002683_1.pdf
El representante del Papa en México ha elogiado el gobierno del Sr. Presidente Díaz 1905 http://impresosmexicanos.conaculta.gob.mx/libros/BDM/1002684_1.pdf
Mi estilo. Folleto escrito por Agustín Rivera, quien lo dedica al C. Coronel Miguel Ahumada 1905 http://dgb.conaculta.gob.mx/coleccion_sep/libro_pdf/11000100043.pdf
Discurso que pronunció Agustín Rivera en la Fiesta del 27 de octubre de 1906 en Lagos de Moreno 1906 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000114727&page=1
Gracias al Sr. Canónigo Valverde Téllez 1906 http://impresosmexicanos.conaculta.gob.mx/libros/BDM/1002685_1.pdf
Sermón sobre la Eucaristía 1907 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000115055&page=1
Recuerdos de mi capellanía de las capuchinas en Lagos 1908 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000115054&page=1
Fray Melchor de Talamantes y D. Fray Bernardo del Espíritu Santo o sean las Ciencias en la época colonial y defensa que el autor de este folleto Dr. D. Agustín Rivera hace de sus escritos. 1909 http://dgb.conaculta.gob.mx/coleccion_sep/libro_pdf/11000025737.pdf
Discurso pronunciado por Agustín Rivera en el Palacio Nacional de la capital de México en la Apoteosis de los Héroes de la Independencia de México 1910 http://impresosmexicanos.conaculta.gob.mx/libros/CJM/318547_1.pdf
Anales de la vida del Padre de la Patria Miguel Hidalgo y Costilla 1910 http://impresosmexicanos.conaculta.gob.mx/libros/BDM/1004723_1.pdf
Apreciaciones que hace Agustín Rivera de algunos conceptos de la alocución pronunciada por el Lic. Alfredo Muñoz Moreno 1911 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000115052&page=1
Dos doctrinas muy importantes del Papa León XIII en su epístola Plane quidem 1912 http://impresosmexicanos.conaculta.gob.mx/libros/BDM/83402_1.pdf
Postmortem. Carta de Agustín Rivera al Sr. Dr. D. Manuel Alvarado sobre la negativa de aquel a hacer la profesión de fe 1913 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000114725&page=1
Las Ruinas de Itálica 1915 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000133383&page=1
La poesía estudiada a los 91 años 9 meses o sea Discurso sobre la Poesía 1916 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000088444&page=1
El cable submarino http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016006/1080016006_21.pdf
Felicitación por el Año Nuevo http://impresosmexicanos.conaculta.gob.mx/libros/BDM/1002687_1.pdf

Agustín Rivera ultramontano

Esta semana continúo con la labor de difusión de lo que hacemos los historiadores de Lagos que formamos el Cuerpo Académico “Cultura y Sociedad”. En el marco del proyecto “Agustín Rivera y su tiempo: la cultura de Lagos en el siglo XIX” en la semana pasada tuvimos el gusto de recibir la visita del Dr. Pablo Mijangos y González, investigador del CIDE. Especialista en los estudios de la respuesta eclesiástica a la Reforma liberal, nos ha presentado una interesante conferencia analizando una de las obras de Rivera, Cartas sobre Roma visitada en la primavera de 1867. La conferencia ha sido harto interesante, en particular mas no exclusivamente para quienes participamos en este proyecto, en la medida en que nos muestra una lectura del prolífico clérigo laguense decimonónico situándolo en el contexto del final de la soberanía temporal de los Papas y el ascenso del catolicismo ultramontano. Ya lo verá el lector si tiene la oportunidad de seguir esta conferencia, Rivera, siempre identificado con el liberalismo, puede ser también interpretado como un ultramontano, cierto que sui generis, pero no menos fiel a la figura del Romano Pontífice. De paso, advirtamos que el análisis del profesor Mijangos nos muestra bien que la perspectiva política y eclesiástica del autor marca profundamente la manera, de ninguna manera neutra, en que se representa a Roma o al propio Pío IX.

Sin más preámbulo, escuchemos lo que nos expuso el profesor Mijangos la fría tarde del miércoles 27 de enero, en la Casa Universitaria del Centro Universitario de los Lagos de la Universidad de Guadalajara.

El mundo clásico y la Roma de Pío IX en la mirada de Agustín Rivera from CULTURA Y SOCIEDAD-CULAGOS on Vimeo.

Agustín Rivera ¿autor liberal de planteamientos modernos?

Una entrada breve para difundir una conferencia que tuvo lugar hace ya poco más de dos semanas en Lagos de Moreno. Explico brevemente el contexto: el Cuerpo Académico “Cultura y Sociedad” del Centro Universitario de los Lagos de la Universidad de Guadalajara realiza en este año un pequeño proyecto de investigación con recursos del Programa para el Desarrollo Profesional Docente (PRODEP) de la SEP. El proyecto se titula “Agustín Rivera y su tiempo: la cultura de Lagos en el siglo XIX”, y está estructurado en tres ejes: por una parte el análisis de la vida y obra de Agustín Rivera y Sanromán, desde las diversas perspectivas de la historia cultural (en concreto: historia religiosa, historia de los conceptos, historia de las mujeres, e historia de la historiografía); en segundo lugar, la recuperación de los trabajos recientes sobre dicho autor, y finalmente, la exploración de manera más amplia algunos de los temas concretos planteados en su obra.

Como parte del segundo eje, el XII Ciclo de Conferencias del Seminario de Historia Mexicana ha contado con la presencia de diversos investigadores que han estudiado a Rivera: en marzo contamos con la presencia del Dr. Arturo Camacho Becerra, en abril con la del Dr. Tomás de Híjar, y en agosto, con la del Dr. Brian Connaughton. Justo esta última conferencia es la que comparto aquí, aunque aprovecho para promover el canal de dicho ciclo en Vimeo, donde el lector puede ver un total ya de 20 conferencias de diversos temas históricos. Sin mayor preámbulo, dejo al lector ver lo que el profesor Connaughton nos compartió en la tarde del 26 de agosto en la Casa Universitaria de Lagos de Moreno.

Agustín Rivera ¿autor liberal de planteamientos modernos? from CULTURA Y SOCIEDAD-CULAGOS on Vimeo.

Un mercedario de Lagos

mercedEn agosto de 1802 el obispo de Guadalajara, don Juan Cruz Ruiz Cabañas, firmó en su capital episcopal la respuesta a una real cédula dada desde 1799 sobre la posibilidad de fundar un Oratorio de San Felipe Neri en la villa de Santa María de los Lagos (AGI, Guadalajara, leg. 576). Prelado preocupado por la disciplina de los clérigos y por asegurar de manera clara, sin dejarla sólo a la Providencia, la subsistencia de una nueva corporación, se mostró favorable al nuevo establecimiento, pero propuso para financiarlo la supresión de otro cuerpo: el “convento, hospicio o casa de religiosos mercedarios”, que vemos en su estado actual, en una imagen tomada de la página del Ayuntamiento de Lagos de Moreno.

El obispo fue muy claro: el problema con este último establecimiento era que no cumplía con uno de los principios más importantes de toda corporación del Antiguo Régimen, la utilidad. No es que el prelado estimara como inútil a la vida religiosa, sino justo cuestionaba un convento que en realidad no reunía las características necesarias para considerarse tal en virtud del escaso número de sus residentes. Incapaces de formalizar una comunidad que siguiera puntualmente la regla mercedaria, de cumplir con las obligaciones previstas por la monarquía, y peor aún, siendo esos religiosos casi sueltos capaces “de causar algunos escándalos y desórdenes”, lejos de ser útiles eran “perjudiciales al público”.

Imposible confirmarlo del todo sin una investigación a detalle, pero tal vez, y sin compartir desde luego el juicio de valor, no andaba tan errado el obispo. Un par de décadas más tarde hubo al menos un fraile del hospicio de Lagos que se dio a notar: fray Rafael Santos Rubio. En el archivo de la mitra tapatía, lo encontramos citado en un procedimiento de excomunión contra don Ignacio Aldana que data de 1823. El párroco de Pinos había lanzado dicha censura justo por la agresión de Aldana contra el padre Santos. Los gobernadores del obispado — el obispo Cabañas se encontraba ausente– fueron notificado por el cura de Ojuelos, a quien encomendaron una averiguación (AHAG, Provisorato general, caja 73, exp. 73). La agresión estaba plenamente confirmada en ella, pero salta a la vista del lector actual que había tenido lugar “en fandango que tenía dicho padre por ser día de su santo”, cuando servía como ministro de la hacienda de Ojuelos.

Así, el procedimiento nos confirma de alguna forma que dos de las impresiones del obispo Cabañas tenían fundamento. Fray Rafael, al momento de su agresión, era un fraile fuera de comunidad, es decir, que no vivía en su convento (aunque dado su cargo de ministro, es bien posible que algún conocimiento tuvieran sus prelados de ello y que lo hubieran autorizado), y que por tanto no podía cumplir con la regla de su orden. Asimismo, aunque ni el promotor fiscal, ni los gobernadores del obispado hicieron observación alguna al respecto, casi sobra decir que el fandango era una diversión profana particularmente poco apreciada de las élites clericales de la época y por tanto poco adecuada para un religioso.

Unos pocos años después, en 1826, el gobernador de Jalisco, Prisciliano Sánchez, apuntaría también contra el religioso, pero ya no sólo por motivos religiosos (bien que no dejó de señalar su “conducta moral relajada”, y que abría el convento incluso a mujeres) sino sobre todo políticos. Habían llegado a oídos del gobierno estatal noticias de que el mercedario era “desafecto a nuestro sistema actual de gobierno”, y que había incluso proferido voces públicas favorables a una invasión de la Santa Alianza (AGN, Justicia Eclesiástica, vol. 56, fs. 105-113). El gobernador temía que “desmoralizara” al pueblo perjudicando a la “causa común”, la causa pública, es decir, la de la independencia y el republicanismo, por lo que pidió a la autoridad federal su intervención para removerlo de Lagos. Así lo prometió el provincial de la Merced de México, aunque no sin dejar de justificar los actos de su súbdito.

Hasta ahora no sabemos qué fue de fray Rafael en lo sucesivo; en cambio, los dos incidentes son interesantes porque nos confirman algunas de las circunstancias en que vivían los mercedarios de Lagos. El provincial mercedario justificó en su momento la presencia de mujeres en el convento laguense por ser necesaria en muchos casos una “cocinera del convento”. Casi sobra decir que el gobernador Prisciliano Sánchez difícilmente hubiera aceptado esa explicación; sin embargo, en cualquier caso, es claro que un convento con escasos religiosos se veía obligado a mantener relaciones particularmente intensas con los seglares para subsistir. Más todavía, es bien posible que fray Rafael terminara ocupando un cargo de cura de almas porque estos conventos dispersos terminaron siendo un auxiliar en un momento en que el clero secular enfrentó una dificultad mayor para mantenerse en los pueblos: la guerra de independencia.

Lo ha destacado sobre todo Eric Van Young (La otra rebelión, FCE, 2006), la guerra no sólo contó con la participación de los clérigos sino también de los frailes, al menos para tratar de suplir la ausencia de los primeros como vemos aquí. En fin, justo las posiciones adquiridas en la guerra, la dispersión y autoridad de los religiosos comenzó a hacerlos “sospechosos” tras la independencia. Muchos de ellos no habían militado en el bando “correcto” (es decir, el que ganó), por lo que había que vigilarlos de manera particular. Fray Rafael se convirtió en uno de esos “sospechosos comunes”, de los que en realidad no es fácil saber si efectivamente se posicionaban en contra de la independencia o si las acusaciones traducían otro género de conflictos.

Así pues, estos leves indicios sobre ese religioso del convento de Lagos, nos indican que éste se insertaba bien en los grandes procesos que afectaban a las órdenes religiosas novohispanas de las primeras décadas del siglo XIX: objeto de las críticas del episcopado y más tarde también de los primeros gobiernos liberales, dependiendo de la movilización de los vínculos con los seglares para subsistir.

Una capuchina de Lagos

El México de las primeras décadas del siglo XIX, si bien contaba ya con una prensa moderna, no dejó de ver la impresión y circulación de documentos más tradicionales, que hacían parte de la publicidad de la religión, tan estimada en los siglos anteriores. Presentamos aquí en esta ocasión una vida ejemplar, la memoria biográfica de una religiosa capuchina de la villa de Lagos, cuya transcripción debo agradecer a la joven Guadalupe Serrano Flores, estudiante de la Licenciatura en Humanidades con especialidad en Historia Cultural del Centro Universitario de los Lagos de la Universidad de Guadalajara.

El documento se destaca justo por su tradicionalismo, la biografiada es presentada ante todo con las virtudes más clásicas que se esperaban una religiosa de su instituto desde tiempos de la Reforma católica al menos. La paciencia, la penitencia, la obediencia y los milagros brillan conjuntamente en este documento, al igual que la inspiración del Espíritu Santo que la lleva al convento desde los 3 años. Y sin embargo, la publicación es contemporánea ya de importantes cuestionamientos de la vida claustral, que resultarían  (entre otras medidas) en la supresión de la coacción civil para el cumplimiento de los votos monásticos en 1833. Esto es, sin duda la memoria se inscribía en ese contexto polémico (aunque no lo mencione), desde luego, constituyéndose en una defensa de la tradición monástica femenina.

Anónimo, Memoria de la Reverenda Madre Sor Mariana Josefa, Religiosa Capuchina en el Convento de la villa de Lagos, Obispado de Guadalajara, México, Imprenta de Alejandro Valdés, 1832, 12 pp.

Nació esta admirable niña en el año de mil setecientos cuarenta y siete en la villa de Lagos, y se le puso en el Bautismo el nombre de Juliana. Sus padres fueron los señores don Felipe de Torres y doña Ana María Sermeño, ambos vecinos acaudalados en aquella villa, y mucho más ricos de virtudes, y recomendables por su insigne caridad. Su casa que estaba situada frente del Beaterio de recoletas que había allí, era el socorro y consuelo de aquella Comunidad, en la que tenían otra hija, que después fue religiosa, nombrada Sor María Felipa. Con este motivo la Señora su madre frecuentaba diariamente la Iglesia y portería, y llevaba consigo a la chiquilla Julianita. La cual desde que empezó a alumbrarle la luz del conocimiento de las gentes, manifestó un extremado amor e inclinación a aquella casa y a estar con las beatas, a pesar de los cariños y obsequios que tenía en la suya; pues era la más amada de su madre entre todos sus hermanos.

Creciendo más y más cada día el engreimiento de Juliana con aquellas recoletas, y siendo de edad de tres años un día, que fue la víspera de San Lorenzo 9 de agosto de setecientos cincuenta, después de haber oído, misa en aquella Iglesia la Señora su madre, y llevado en su compañía, como lo hacía todos los días, a la chiquilla, retirándose para su casa, que era como se ha expresado al frente del Beaterio, comenzó la niña a hacerle tantas suplicas y ruegos, para que la llevase a la portería, que hubo de conceder, y se la entregó a la Portera; pero amenazándola con que no se había de armar a quedarse dentro, como lo había ya intentado otras ocasiones; porque la había de castigar. La chiquilla, luego que se vio separada de la madre dentro de la portería, con un semblante muy risueño y llena de alegría al oír las amenazas de que si se quería quedar la castigaría, le decía con mucha gracia: si me coges, si me coges.

Luego que se vio allí acompañada de las beatas, comenzó a instarles a que le quitasen los vestidos y las alhajitas que llevaba, y le pusiesen un hábito como el que usaban. Al principio creyeron ser esto una ilusión o antojo de su corta edad; pero insistiendo Juliana en ello, y tratando ella misma de desnudarse con violencia, de modo que por no poder quitarse ella sola los rizos y aretes que llevaba en las orejas, se dio tantos estirones que se rompió ambos pulpejos, de lo que padeció después, aunque ligeramente toda su vida, ya se vieron precisadas a dar aviso y consultar con su Padre Capellán, que lo era el venerable presbítero bachiller don Diego Cervantes, fundador que después fue de aquel convento, cuya memoria y virtudes serán eternas en aquella villa. Este eclesiástico, viendo los ruegos y firme resolución de aquella criatura, consultó con sus padres; y con la anuencia y consentimiento de ellos, permitió el que se quedara de pie en el Beaterio.

Desde esta edad tan corta, comenzar [cortado] las mortificaciones y vida austera y penitente de Juliana. Desde entonces, y constando con solo tres años, le dijo un a Dios [sic] rotundo al mundo; y antes de conocerlo lo despreció valerosamente. Luego, desde aquel día vestida con un sayal humilde dio principio a la observancia religiosa en cuanto le permitían sus débiles fuerzas. Ella rezaba y oraba: ella seguía las distribuciones de aquella comunidad; y lo que es más, se alimentaba con los mimos manjares, y guardaba la abstinencia que todas, sin volver la cara, ni acordarse de la mesa y comidas exquisitas de la casa de sus padres: su desayuno era un poco de atole de maíz, el que habiendo un día observado la prelada que por tener una nata no lo había bebido, mandaba muchas veces el que solo le pusieran una tasa llena de natas para mortificarla, y así se la hacían tomar; aun resistiéndolo con nausea su misma naturaleza; pero ella lo tomaba como si fuera el mayor regalo. La comida eran simples yerbas; y la cama una dura tarima. Así paso esta criatura, y con el mayor contento, los seis primeros años, hasta que convertido aquel Beaterio en convento recoleto de Capuchinas, y contando ella de edad nueve, vinieron las Madres Fundadoras, y continuó con ellas, como lo hicieron otras varias jóvenes, a las que admitieron en el noviciado; pero Juliana, a pesar de sus deseos, no podía por la edad entrar en aquel número, y solo se contentó por entonces con ser Capuchina de afecto; lo que referiría ella siendo ya grande con mucha gracia, contando a sus hermanas las religiosas modernas que cuando vinieron a la fundación sus primeras Madres, había aprendido a comer, y hasta entonces no había sabido lo que eran los manjares del siglo, por los regalitos que de todas las casas principales de aquel lugar les habían mandado los primeros días en clase de obsequio.

Suspiraba Juliana por ser admitida al santo noviciado, y por consagrarse a Dios en la profesión religiosa; y así es, que continuamente ocurría al Padre Fundador, pidiéndole esta gracia, a la que se había hecho muy acreedora; observando con la mayor exactitud todas las austeras reglas de aquel rigurosísimo instituto, lo mismo que si fuera ya profesa; y de aquí es que, contribuyendo los votos de toda la comunidad y también las suplicas, meses antes de cumplir los quince años, el día de San Francisco Borja, en el año de mil setecientos setenta y tres, día que siempre celebró muchísimo, recibió de manos del mismo Padre Fundador el santo hábito; poniéndosele por nombre, como es costumbre variarlo en estas comunidades, el de Mariana Josefa; y desde este día principió fervorosamente su noviciado, en el que dio a sus hermanas los más grandes ejemplos, como después veremos, de todas las virtudes.

Llegada a la edad de diez y seis años, que es la prevenida por el Santo Concilio de Trento, para poder admitir a las jóvenes a la profesión religiosa, el señor quiso probar todavía más su espíritu, y mortificar sus deseos. No se sabe por qué motivo el ilustrísimo señor Obispo de Guadalajara mandó, que a ninguna novicia se le diera la profesión, ni se admitiera al hábito. Sor Mariana era la única que se hallaba en el primer caso, y he aquí una de sus mayores congojas. El Padre Fundador se había enfermado gravemente, y todos los caminos se le cerraron porque el Prelado no quería, ni por sola esta vez, revocar su decreto. Ocurrió en tan grave tribulación a Dios, que es el que consuela a los humildes. Se interesó, y le rogó con todo el corazón y lágrimas al Padre Fundador, quien movido a compasión, y deseoso de dejar en aquella comunidad una joya tan preciosa como era la joven Sor Mariana, para que después fuese la Madre y el ejemplo de todas las demás, rogó al Señor facilitase aquel negocio, poniendo por intercesor al Santo Patriarca San Ignacio de Loyola, por cuyas manos le aplicó y celebró tres misas en reverencia del Misterio Augusto de la Santísima Trinidad, y luego dirigió una carta muy suplicatoria al Prelado, cuya contestación fue la de mandar la correspondiente licencia para que profesara la novicia; lo que se verificó inmediatamente el día en que la Santa Iglesia celebra la festividad del Dulcísimo Nombre de Jesús; y en reconocimiento a esta tan especial gracia, interin vivió Sor Mariana, fue una devota esclava, y celebró especialmente, así el aniversario de su profesión, como la fiesta de la Santísima Trinidad y del Patriarca San Ignacio.

Conseguidos ya sus deseos, desarrolló luego toda la grandeza de su alma, poniendo en ejercicio todas las virtudes. Desde entonces, asegura la Reverenda Madre Abadesa actual de aquel convento, que en su larga vida, que fue de ochenta y cinco años, siguió su hermosa carrera, siendo la más humilde, fervorosa, obediente y caritativa. Su genio tan amable, que jamás se le vio alterada. Su prudencia y trato sencillo, y sin hipocresía: todas la trataban como a Madre, con la mayor confianza: en sus palabras muy moderada, aun en las horas de recreación: nada enfadosa, y siempre edificativa-. En el andar en la risa y en sus acciones, muy modesta: nunca se le oyó una palabra ociosa y mucho menos que podría herir al prójimo: su carácter, en fin, fue el del silencio, y la más escrupulosa observancia de su instituto. Pero, hablaremos algo en particular de aquellas virtudes que más se dio a conocer, según por lo exterior la observaron las religiosas, pues que en lo interior de su alma nunca se descubrió sino solo con el confesor que la dirigía, y así nada supieron de lo que entre ella y Dios pasaba, ni si la probo le Señor, como suele hacer con sus escogidos, por el camino de los consuelos o de las tribulaciones.

En la penitencia y maceración de su cuerpo, fue un modelo más bien de admiración, que para ser imitado. Todos los días, por el espacio de muchos años, uso del ejercicio de disciplina por siete veces, y algunas de sangre con cadenillas. En todo el tiempo Cuadragesimal, en el Advenimiento, y en varios novenarios del año para prevenir las Festividades de la Santísima Trinidad, Dulce Nombre de Jesús, Aparición de Nuestra Señora de Guadalupe, Señor San José y otros Santos, a quienes tenía especial devoción, ayunaba a pan y agua; y según asegura una de las religiosas que era Refectolera, la vio pasar muchos días sin otro alimento que una sola tortilla dura. La cama era la que usan comúnmente las Capuchinas; pero para que le mortificara más, subía una tabla sobre la otra, poniendo los dos filos de modo que le dividiesen ambos la medianía del cuerpo, y por cabecera u a calavera, o la tarimilla de palo que después de una de paja usan comúnmente. Los silicios eran continuos, no quitándoselos, ni aun el de la cintura, para dormir: el sueño brevísimo, y la parte de la noche que después de acabados los Maitines a las dos de la mañana se les concede a las religiosas para descanso, ella se retiraba a un pequeño cuarto que está cercano al Coro, a seguir orando hasta las cuatro y media de la mañana, en cuya hora se volvía a unir a la Comunidad para continuar las distribuciones. Las otras penitencias extraordinarias, de andar de rodillas, hacer cruces con la lengua en la tierra, comer y beber postrada, y otras a este tenor, eran regalos diarios de la Madre Mariana; y para que no quedase sentido ninguno en su cuerpo que no tuviese su mortificación, frecuentemente traía en la boca ajenjos, hieles y otras cosas amarguísimas, de suerte que dos ocasiones se vio en peligro de perder la vida por el uso de estas mortificaciones. La una fue cuando yendo a la cocina a buscar alguna hiel o amargo para ponerse en la boca, quiso la casualidad de que viese unas yerbas con que había venido cubierto el carbón, y probándolas, y sintiendo ser una de ellas amarguísima, la comió sin reflexionar que podía ser nociva o venenosa, como efectivamente lo era, y así a poco rato comenzó a arrojar sangre, y a sentir un dolor agudísimo en el estómago, de suerte que si no le han acudido tan prontamente con medicinas oportunas, hubiera terminado su vida. La otra fue porque acostumbrando hacer cruces con la lengua alrededor del brocal de un grande aljibe para conservar el agua que tiene aquel convento en el patio, fue tanto el fervor con que ejecuto esta penitencia, que con los filos de las losas se debió de herir la lengua, y le sobrevino una fuerte hemorragia de sangre, que también se le contuvo, a beneficio de los medicamentos que al instante se le aplicaron.

No fue menos admirable en la santa virtud y voto de obediencia, en la que manifestó el total desprendimiento que había hecho de su voluntad. Tanto que Prelada, en los tres trienios que lo fue, como de Súbdita, y de Mayor en todas las oficinas en que sirvió a aquella Comunidad, jamás se le noto la menor falta, ni que se incomodara con ninguna de las religiosas; no obstante de que muchas veces permitió el Señor, desde luego para probarla, el que algunas la mortificasen con palabras, que ella siempre oyó con un semblante sereno y alhagüeño. Su querer fue el de sus Preladas y Superioras; procurando adivinarles hasta los pensamientos, y cualesquiera cosa que le insinuaban, al momento la ejecutaba. Pero de esto dio el mayor testimonio una ocasión, en que habiéndole mandado la Prelada hiciese no se que cosilla de friolera, y habiéndola ejecutado, la Prelada, por una equivocación creyó no había sido así, y delante de otras religiosas la reprendió con aspereza. Esta represión debía haberle sido más sensible, en atención a que acababa de ser en el trienio pasado Abadesa; pero la recibió con tanta humildad y alegría, que su semblante se llenó de gozo, y le dio a la Prelada las gracias, satisfaciéndola completamente de su equivocación. Las varias ocasiones en que fue Maestra de Novicias, más bien parecía ella la Novicia; pues que todo lo hacía con más empeño y con más rigor que las mismas jóvenes, diciéndoles: que ella lo ejecutaba para que con su ejemplo aprendieran el modo de hacer aquellas cosas con más facilidad y menos molestia. De la misma manera se condujo en todas los demás destinos en que la ocupó su Comunidad; y aun siendo la Mayor en las oficinas, siempre pedía el consejo y parecer de las compañeras, y cuando fue Prelada, el de las Conciliarías; no atreviéndose a mandar nada por su propio dictamen, para ejercitar mejor su obediencia.

En los ejercicios de devoción fue también muy singular. Se preparaba para celebrar las festividades de sus santos Patrones con nueve días de ayuno a pan y agua; les ofrecía cuantos actos de penitencia y mortificación podía; y solemnizaba sus días solicitando limosnas para hacer más majestuoso su culto aún en el público. Pero en lo que se esmeró más fue en la devoción del Sagrado Corazón de Jesús, con quien tenía reconcentrado todo su amor a sus delicias. A fuerza de súplicas a las personas caritativas consiguió recoger limosnas, y fabricar una pequeña ermita dentro del convento, y la dedico a aquel santo nombre, adorándola, con buenas imágenes, y un hermoso y devoto retablo en el medio del alatar principal, para que allí fuesen las religiosas a tomar ejercicios, y al retiro diario que por turnos practican. Para esto recogió todos los libritos necesarios que sirven para la meditación, y no dejó cosa que desear para el servicio doméstico de aquel oratorio, que también adornó con curiosas flores y ramilletes de mano, que parte hizo ella misma, y parte las demás religiosas.

Su caridad, tanto en el servicio interior de sus hermanas, como con las gentes de fuera que iban a pedir oraciones para alguna necesidad en que se hallaban, fue de lo más extensa. Siendo enfermera, no perdonaba diligencia para el alivio de las enfermas, consolándolas con las palabras más dulces en lo agudo de sus dolores. Cuando Prelada, a todas acompañaba y procuraba aliviarlas en sus trabajos y aflicciones. Si reprendía era con la mayor prudencia y mansedumbre. Si percibía en alguna, conturbación en el espíritu, inmediatamente la procuraba los auxilios que le parecían convenientes. Lloraba con todas, y se afligía con las menesterosas. Se interesaba tanto, cuando fue tornera, en las necesidades de las personas que llegaban a pedir socorros, que parecía que todos eran deudos suyos por la sangre o por la amistad, y hacía en su beneficio todo cuanto estaba en su alcance, o a lo menos las consolaba con sus consejos, cuando no tenía otro arbitrio.

El señor, que desde el cielo observaba los merecimientos de Sor Mariana, la auxiliaba con su gracia, y la libertó de varios peligros, concediéndole la vida, para que aumentase su mérito. Así fue, que siendo joven, una noche muy oscura, teniendo que transitar por un patio, a llevar la cena a las enfermas, como estaban en la obra del convento, había en él un profundo pozo al pelo de la tierra sin brocal ni defensa alguna, y como de tomar otra dirección, tomo el camino del pozo, en el que se le hundió todo el cuerpo, y al momento sintió que una fuerza extraña la tomó de los hombros, y la puso fuera al extremo contrario: siguió su camino sin asustarse, y preguntándose si había visto quien la había salvado, contestaba: que desde luego sería el Santo Ángel de su guarda, porque ¿quién había de andar por allí con aquella noche tan oscura? Otra ocasión en que el caudaloso río de aquella villa salió fuera de su cauce, e inundo todo el convento, en la parte baja en que están los lavaderos había quedado un poco de ropa, y Sor Mariana tranquilamente con gravísimo peligro de ser arrebatada por las aguas, fue a buscar la ropa, la sacó, y puso en salvo, sin tener el menor daño, ni manifestar susto ni temor alguno.

A más de estos beneficios, le concedió el Señor una salud robusta, no obstante lo rigoroso de sus ayunos y penitencias; pero al fin, a fuerza de ellas, llegó a perder su estómago el resorte necesario para digerir todo alimento fuerte, de modo que los dos últimos años de su vida fue cuando ya no pudo servir a su Comunidad, postrándose paulatinamente sus fuerzas, por una suma debilidad, sin tener ninguna otra enfermedad; la que la fue consumiendo hasta imposibilitarla aun para los movimientos necesarios. Postrada en la cama, su ocupación era rezar sus devociones, y hacer que le leyeran algunos libros espirituales. Para no estar ociosa, en los primeros meses, le daban un poco de algodón para que lo escarmenase; y esto le sirviera de distracción: pero habiéndosele entorpecido el tacto, ya no podía ni en esto entretenerse. Se mortificaba de que sus hermanas tuvieran que servirla en todo; les daba las mayores gracias, con expresiones que se conocía le salían del corazón; y era tal su prudencia, que por las noches casi las pasaba sin moverse, o hacía los mayores esfuerzos cuando se le caía de la cama la almohadita o la frazada para levantarlas por sí; para que no se desvelasen sus enfermeras; preguntándoles después, que en qué consistiría que por las noches le diese Dios fuerzas para hacer lo que no podía de día. Pero, sobre todo, lo que más le afligía en su larga enfermedad era, el no poder ir al Coro, y principalmente a oír misa. En los principios intentó la llevasen cargada; pero habiéndose desmayado dos o tres veces por el movimiento, ya se lo prohibió el médico, y tuvo que permanecer en la cama. Desde esta hacia intención de oír todas las que se celebraban en aquella villa, y recogía su espíritu lo mismo que si estuviera presente en los templos, de modo, que una vez, al llevarle una de las religiosas que la asistían el alimento, al entrar le dijo con mucha instancia: hínquese, que van a alzar; y al decir esto tocaron la campana mayor en la parroquia, con la que regularmente hacen señal para la adoración. Lo mismo sucedió otras varias ocasiones, en que preguntándole algo las religiosas, respondía: que estaba oyendo misa; y aun asignaba la parte en que se hallaba la parte en que se hallaba el sacrificio; prueba de la presencia tan viva con que se ejercitaba en esta devoción.

En tal estado, para ella de tanta mortificación, permaneció año y medio, en cuyo tiempo fue perdiendo las fuerzas del cuerpo, y aumentándose por grados de debilidad, concluyó su preciosa vida el día quince de mayo del presente año de mil ochocientos treinta y dos, a los ochenta y cinco de su edad; de los que ochenta y dos pasó encerrada en aquel claustro; ejercitando todas las virtudes, y dando ejemplo de santidad a todas aquellas religiosas que la amaban como a su Madre, y la respetaban como Maestra. Recibió antes de morir con la mayor edificación los santos Sacramentos de la Iglesia; vio venir con semblante sereno a la muerte; y aunque algunos días antes de agravarse sufrió su espíritu algunos temores y perturbación, todas ellas calmaban a merced de una vista que dijo a las otras religiosas había tenido; pero si a manifestarles de quien había sido, pues en esto fue siempre muy cauta, y jamás abrió sus labios para referir ni los consuelos espirituales, ni las tribulaciones con que el Señor expresivo la visitaba. Murió, en fin, con la muerte tranquila de los justos, a las tres de la tarde del expresado día quince de mayo; queriendo la causalidad el que al mismo acto de espirar, comenzándose en todas las iglesias de aquella villa un replique general, con motivo de llamar a las vísperas solemnes de San Juan Nepomuceno, cuya festividad se celebra el siguiente día, y de quien había sido especialmente devota Sor Mariana.

Sea Dios eternamente glorificado en sus justos; y este retrato de la vida y virtudes de esta religiosa, sea un modelo que anime a las que igualmente han tenido la dicha de ser llamadas por el Señor a sus claustros, perfeccionando su vocación, hasta conseguir ser unas dignas Esposas de Jesucristo, y sus verdaderas adoradoras en la patria de las delicias.