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La piedad testamentaria de la élite orizabeña del siglo XVIII

Fragmento traducido de la tesis “Utilité du public ou cause publique. Les corporations religieuses et les changements politiques à Orizaba, (Mexique) 1700-1834”, presentada para obtener el grado de Doctor en Historia de la Universidad Paris I Panthéon-Sorbonne en septiembre de 2010. La versión original puede verse en este mismo sitio en la sección correspondiente.

Catedral y el padre Llano 2

Antigua iglesia parroquial de San Miguel de Orizaba, actual catedral.

Como en el caso del capitán Bringas y del regidor Montes Argüelles, las fuentes notariales nos permiten identificar otras prácticas piadosas de los notables devotos, en este caso las prácticas testamentarias. Seguimos aquí, cierto, las prácticas identificadas ya hace tiempo por la historiografía francesa, especialmente por Michel Vovelle, bajo el término de “piedad barroca”[1]. Es interesante abordar el tema pues en el caso de México la obra de Vovelle ha tenido muy escasa recepción en la historiografía mexicanista, a diferencia por ejemplo de la historiografía española, donde los estudios sobre las actitudes ante la muerte han estudiado sistemáticamente los testamentos de varias regiones de la Península[2]. Presentaremos aquí tan sólo una primera aproximación a la piedad testamentaria de la élite de Orizaba, pues veremos sus transformaciones en el capítulo siguiente. Los datos proceden del análisis de las 79 últimas voluntades de que disponemos de entre los 226 miembros de la élite orizabeña de finales del Antiguo Régimen, dictadas entre 1767 y 1829.

En esta época, cabe recordarlo, los testamentos comenzaban siempre con una profesión de fe e incluso una invocación de la Virgen, de San José y del santo patrono del testador como abogados ante el tribunal divino. Enseguida, incluían cláusulas donde se indicaba la elección de la sepultura y de las honras fúnebres, con el número de misas mortuorias[3]. Entre las devociones testamentarias de los notables, la más extendida era sin duda la elección del hábito franciscano como mortaja: la encontramos en cincuenta casos, es decir poco más de un quinto del total. Los notables de la villa actuaban como los más visibles de la sociedad de la época: los nobles. En efecto, el hábito franciscano era también la mortaja más frecuente de la nobleza novohispana de la época[4].

El hábito franciscano permitía a los difuntos ganar las indulgencias propias de los religiosos; sin embargo, uno de los notables orizabeños decidió ir más allá un poco antes de su muerte. Alexandro Fernández era un comerciante originario del reino de Oviedo, pero vecino de Orizaba. Como la mayor parte de la élite de la villa era cosechero de tabaco y fue incluso diputado del gremio en 1771. Previamente había sido administrador de las alcabalas designado por los vecinos (1770), pero sin duda era ya conocido en la villa por ser colector de diezmos desde 1768. Además, tenía buenas relaciones con los otros notables: compadre del regidor Juan Antonio de Cora, amigo de Marcos González, comandante de las milicias de la villa, estaba casado con María Josefa de la Vega, hija de otro comerciante. Mas nos interesa sobre todo porque se reveló como un devoto, en particular en sus últimos días. Cierto, era cofrade del Santísimo Sacramento, y fue incluso mayordomo entre 1768 y 1769. En 1773 una enfermedad lo obligó a dejar todos sus negocios bajo la responsabilidad de su esposa y amigos para retirarse al convento de San Francisco de Puebla, donde profesó antes de morir el 23 de agosto[5].

Los funerales de este comerciante ejemplar retirado al convento fueron espectaculares. Su cuerpo, revestido con el hábito franciscano, fue llevado por “doce pobres” hasta el cementerio del convento de Puebla, acompañados por el párroco, el sacristán y numerosos clérigos, quienes cantaron el responso, como hicieron también las otras comunidades religiosas de la ciudad. Mas Alexandro Fernández no fue el único notable orizabeño del siglo XVIII que designó el lugar de su descanso eterno y sus pompas fúnebres, dos preocupaciones que acercaban a los notables de la villa, de nuevo, con las prácticas de la nobleza del reino[6]. En total treinta y cinco personajes de la élite mostraron ese cuidado. Cierto, es una proporción pequeña en relación al total, pero es significativo que se encuentren entre esta treintena de personas una cuarta parte de los miembros del ayuntamiento, de los que ocho se enterraron en el convento carmelita. Los cinco primeros regidores, por ejemplo, designaron todos su lugar de entierro: reposan hasta hoy en el convento carmelita, en la iglesia parroquial y en la capilla del Rosario[7].

Como en el caso de los nobles estudiados por Verónica Zárate Toscano, hay pocos testimonios de las pompas fúnebres de los notables. Como los habitantes de la ciudad de Puebla, los orizabeños tuvieron la ocasión de ser testigos de los funerales de un regidor devoto: Manuel Montes Argüelles. Comerciante y cosechero de tabaco, Montes Argüelles había sido uno de los vecinos más importantes de la villa. Había ocupado cargos en las corporaciones civiles locales: consejero de la diputación de tabaqueros en 1771, regidor juez provincial de la Santa Hermandad (1767-1774) y más tarde regidor defensor de menores (1774-1785). Había sido también consejero del vecindario para la administración de las alcabalas y procurador del ayuntamiento. Igualmente había ejercido cargos a nombre del rey: correo mayor, comisario real de guerra y recaudador de anatas. El regidor fue también servidor de la nobleza: administró largo tiempo los intereses del conde de Medina y Torres y los del marqués del Valle de la Colina[8].

Tras su muerte, Montes Argüelles fue revestido con el hábito franciscano y enterrado en el cementerio del convento de carmelitas. El entierro, según declaró su hermano, fue hecho “con toda la pompa y esplendor posibles”. Los regidores, formados en cuerpo y precedidos por sus maceros, acompañaron el cadáver de su colega mientras que ese día y los siguientes los clérigos celebraron 155 misas por él y los religiosos carmelitas otras 115 misas. El regidor solicitó también otras 1 600 misas, celebradas más tarde por los clérigos y los carmelitas de Orizaba y los franciscanos de Córdoba.

Mas las pompas fúnebres no fueron suficientes para el fundador de la corporación municipal. Se mostró también caritativo: 100 pesos de limosna fueron distribuidos en su casa el día de su fallecimiento y 700 más fueron repartidos los días siguientes; los pobres de los hospitales de la villa recibieron también 200 pesos en total. Parte de su ropa fue distribuida entre los pobres, mientras que su esclavo Juan Mexía recibía la libertad y el perdón de sus deudas.

El testamento de un devoto incluía siempre una fracción de su herencia dejada para el sustento del culto: para el culto de la Eucaristía Montes Argüelles dejó dos custodias, una para la parroquia, la otra para el convento de carmelitas. Sobre todo, fundó cuatro obras piadosas: dos para las fiestas de Santa Ana y San Joaquín, una para los pobres y una capellanía para los sacerdotes de su familia o los vecinos de la villa[9].

El testamento de Manuel Montes Argüelles constituye el testimonio más explícito de las prácticas devotas de la élite de Orizaba, pero las encontramos también en otros notables. Veamos las misas testamentarias: como los nobles de la época, los notables de la villa intentaron acumular el mayor número posible: cincuenta y cuatro notables del siglo XVIII designaron su número, a veces más allá de las mil misas. Como es costumbre fueron los miembros del ayuntamiento los más notorios en estos temas: además de Manuel Montes Argüelles, nueve regidores y alcaldes se cuentan entre los veintinueve notables que solicitaron más de cien misas.

En la época se buscaba no sólo las oraciones inmediatas de las misas, sino también las oraciones a perpetuidad de las obras piadosas[10]. Éstas eran además la prueba de la solidaridad de los notables con las corporaciones religiosas. Hemos encontrado cuarenta y nueve obras pías y capellanías fundadas por veintisiete notables del siglo XVIII, de los cuales ocho miembros del ayuntamiento. Una vez más, éstos fueron los más destacados pues aportaron la mitad del total de fundaciones. El ejemplo más evidente es el del capitán Diego Bringas de Manzaneda, citado antes como devoto del convento del Carmen. El capitán Bringas fue el primer alcalde ordinario de la villa en 1764 y murió cuatro años más tarde. Además de cuatro capellanías fundadas en el convento de San Juan de la Cruz, estableció otras dos para sus descendientes y una para la lámpara del Santísimo de la capilla de Nuestra Señora de los Dolores[11]. Estas fundaciones constituyen también un testimonio destacado de la diversidad devocional de la villa, pues si bien había imágenes más solicitadas que otras, no hemos encontrado ninguna concentración significativa entre los notables.

NOTAS:

[1] M. Vovelle, Piété baroque et déchristianisation en Provence au XVIIIe siècle, París, Seuil, 1978. Podemos ver también un balance de las prácticas testamentarias a nivel europeo en P. Goujard, L’Europe catholique au XVIIIe siècle. Entre intégrisme et laïcisation, Rennes, Presses Universitaires de Rennes, 2004, pp. 48-59.

[2] Véanse por ejemplo las colaboraciones publicadas en Actas, 1984, vol. II, en particular las de Pere Molas (Mataró), Ricardo García Cárcel (Barcelona) y Domingo González Lopo (Galicia), así como las publicadas en C. Álvarez Santaló, M. J. Buxó y S. Rodríguez, La religiosidad popular, vol. II « Vida y muerte: la imaginación religiosa », Barcelona, Anthropos, 1989, en particular las de Máximo García Fernández (Valladolid), Roberto J. López (Asturias), David González Cruz con Manuel José de Lara Ródenas (Sevilla), Juan del Arco Moya (Jaén), y María José García Gascón (Alicante). Para México V. Zárate, Los nobles ante la muerte en México: actitudes, ceremonias y memoria, 1750-1850, México, El Colegio de México/ Instituto Mora,  2000.

[3] Sobre la estructura del testamento véase por ejemplo:  Zárate, Nobles, 2000, pp. 31-33.

[4] Ibid., pp. 231-235.

[5] Archivo Notarial de Orizaba-Registros de Instrumentos Públicos (en adelante ANO, RIP), 1773, fs. 197-205, « Testamento por poder », 17 de septiembre de 1773.

[6] De hecho, según la obra de Zárate, los nobles de Nueva España indicaban normalmente el lugar de su entierro y rechazaban en su mayoría la iglesia parroquial. Zárate, Nobles, 2000, pp. 247-267. Sobre la importancia de los conventos para el entierro de los nobles en España, véase A. Atienza, Tiempos de conventos. Una historia social de las fundaciones en la España moderna, Madrid, Marcial Pons/ Universidad de La Rioja, 2008, pp. 277-285.

[7] Gregorio Frade Reguera y Villamil y Manuel Montes Argüelles en el convento carmelita, Diego Pérez Castropol y Manuel Fernando Martínez en la iglesia parroquial, Juan Antonio de Cora en la capilla del Rosario.

[8] ANO, RIP 1785, fs. 169v-191, « Testamento por poder », 30 de junio de 1785.

[9] Ibidem.

[10] Cfr. Zárate, Nobles, 2000, p. 274.

[11] Biblioteca Nacional de Antropología e Historia-Archivo Histórico de Micropelícula “Antonio Pompa y Pompa”, Archivo de la Orden del Carmen Descalzo (antes Colección Eulalia Guzmán), microfilm 11, vol. 63, « Libro en el cual están asentadas las capellanías y obras pías que tiene el convento de Orizaba… », 1794, capellanías 5, 30 y 48. ANO, RIP 1768, fs. s/n, escrituras del 15 y 16 de marzo de 1768.

Memorias orizabeñas de la Conquista II

Es sin duda significativo que, mientras el relato de la república de indios de Orizaba fue perfeccionado por un clérigo, el que hasta donde sabemos parece haber sido el primer relato orizabeño de la historia de la Conquista tras la independencia fue obra de un representante del naciente Estado de Veracruz: el jefe político Vicente de Segura. Cordobés de origen, liberal cercano a los que solemos conocer como “escoceses”, por identificarlos a las logias masónicas de ese rito, pero cuya filiación nunca fue aclarada, era pues parte del grupo de reformistas moderados que mantuvo el poder en Veracruz entre 1823 y 1828. Representante del gobierno estatal en Orizaba a partir de 1825 como jefe político del departamento, fue en el cumplimiento de sus obligaciones como tal, conforme a la ley orgánica estatal de 1825, que redactó sus Apuntes para la estadística del departamento de Orizava en 1826, cuyo capítulo quinto estuvo dedicado a un “Bosquejo histórico” desde los tiempos prehispánicos.

Si bien es posible que Segura retomara del relato de los indios el tema del establecimiento de los primeros pobladores de la región en Texmalaca y el nombre original de “Ahuilitzapam”, justo presenta una versión radicalmente opuesta de su papel en la Conquista. “No formaron estos guerreros liga con el general castellano, sino que por el contrario se mostraron opuestos a sus ambiciosas empresas”, asentó en su obra (p. 19). Estimaba probable que se hubieran unido a Cualpopoca en contra de Juan de Escalante y que por ello sufrieran la represión de los españoles, pintada con la tinta más sangrienta, describiendo en un párrafo memorable (pp. 19-20), lo mismo destrucción de bienes, que el sometimiento a trabajos forzados y torturas.

La vieja memoria local de la lealtad a ambas majestades, propia de las corporaciones del Antiguo Régimen, dejaba paso a un relato de la violencia de los españoles, tanto más oportuno y necesario a unos pocos años de consumada la independencia nacional y en el contexto de las conjuras internas y amenazas de invasión para restablecer el dominio de Fernando VII de la segunda mitad de la década de 1820, que el propio Segura debió enfrentar de manera bien real, en la misma Orizaba. Si bien los Apuntes sólo serían impresos en 1831 (es la edición que citamos aquí a partir de Google Libros), se diría que este pasaje era casi una advertencia de lo que podría ocurrir en una “reconquista” española.

Ahora bien, hasta donde sabemos debieron pasar cuatro décadas para ver una nueva versión de un relato orizabeño de la Conquista. Nos referimos al Ensayo de una historia de Orizaba, de 1867, obra de Joaquín Arróniz, y que, por lo que toca a este tema, fue el trabajo más amplio y acabado del siglo XIX. Tan es así que la otra gran crónica orizabeña de la segunda mitad del siglo, el Estudio histórico geográfico y estadístico de José María Naredo (1898) copió capítulos completos de Arróniz. Obra erudita, su autor rastreó con amplitud las menciones de Orizaba en obras del siglo XVIII, como la del arzobispo de México Francisco Antonio Lorenzana y, sobre todo, la del padre Francisco Xavier Clavijero –este último ya había sido leído por Segura–, y en las del siglo XIX, en particular las de William Prescott, Lucas Alamán y Manuel Orozco y Berra. Desde luego, aprovechó el trabajo de Segura y su propia colección de documentos de los siglos XVI al XVIII, entre los que destacaba un litigio sobre tierras entre Orizaba y Maltrata, que leyó como fuente para la historia de la Conquista.

ensayodeunahisto00arro_0009En esa labor, como Segura, no dejó de traslucir preocupaciones políticas del momento. La situación de los “indígenas” al culminarse la Conquista resultaba comprensible al lector de 1867, porque, decía Arróniz “nosotros mismos, por desgracia, vivimos en la incertidumbre dolorosa con que de años atrás luchamos, amenazados de una completa disolución social” (pp. 151-152). Mas debemos resaltarlo, su preocupación clara era inscribir a Orizaba en la historia nacional, e incluso en una “filosofía de la historia”, como él mismo la llamó, reflexión general sobre los hombres y las causas de su conducta, de signo progresista desde luego, que de nuevo según su decir, le permitía unir los acontecimientos más remotos a los más contemporáneos.

Así, entre lo más característico de las páginas de su obra, es que Orizaba se convirtió en teatro de eventos cuya significación iba más allá del marco local, casi diríamos “nacionales”. Lo decía el autor en su introducción: “la Historia de Orizaba […] abunda en hechos notables, considerados en su enlace ya oculto o manifiesto con otros de la Historia general de México” (p. IX). Así pues, el primer capítulo de su historia estuvo dedicado a los legendarios honores fúnebres de Quetzalcóatl en el Citlaltépetl, mientras la parte final del período está marcada por el relato del matrimonio dentre la Malinche y Juan de Xaramillo en el actual pueblo del Ingenio; hubo también atención particular para los dos momentos en que Cortés habría pasado por Orizaba, de hecho, para Arróniz, fue ahí donde planeó su estrategia contra Narváez. Además, según esta crónica, Orizaba obtuvo brillantes conquistadores: los primeros fueron los más sangrientos, los que habrían ocupado la región en nombre de Moctezuma I Ilhuicamina en 1457 encabezados por Tizoc, Axayácatl, Ahuizótl y sobre todo Moquihuix, rey de Tlaltelolco. En cambio, la conquista española habría sido más bien de espíritu pacífico gracias a Gonzalo de Sandoval, exaltado casi como héroe por Arróniz: “joven de gallardo y apuesto continente, de nunca desmentido valor y accesible a los sentimientos más generosos y magnánimos” (p. 141) y desde luego, por todo ello, compañero de particular valía para Cortés.

Esta doble conquista es muestra de la tensión que se respira a todo lo largo de estos primeros capítulos, entre la valoración no falta de ambigüedad de las civilizaciones prehispánicas, en quienes reprocha constantemente el carácter sanguinario, pero que no podían dejar de ser ya los “mexicanos”, al lado de los cuales lucharon, casi sobra decirlo, los hijos de Ahauializapan. Más todavía, ellos junto con los habitantes de Huatusco y Cotaxtla, “fueron los que más grandemente secundaron los esfuerzos heroicos de los mexicanos” (p. 132). Dotados de una claridad semejante pero de sentido opuesto a la que veíamos en relatos anteriores, “comprendieron aquellos pueblos, que la esclavitud a un poder extraño, era más odiosa a la tiranía de la corte de México” (p. 133). En cambio, y de nuevo no sin contradicción, Arróniz era un crítico del “fanatismo religioso”, pero que no dejaba de encontrar superior la “civilización cristiana” que los españoles representaban, aunque no sin defectos.

Ha sido estudiando la historia política de Orizaba que me he encontrado con estos relatos de la Conquista de los siglos XVIII y XIX. Desde luego, no es de extrañar, esta urbe es interesante porque en sus documentos se muestra de manera muy clara el ritmo local de cambios políticos de niveles más amplios (imperiales y nacionales), y esos cambios fueron asimismo verdaderos “impulsos memoriales”, por así decir, como lo fueron las Reformas Borbónicas, la Independencia y las guerras de Reforma e Intervención Francesa.

Lo ha mostrado la obra de Annick Lempérière, las reformas borbónicas favorecieron la creación corporativa, y una corporación de Antiguo Régimen tanto más si era un “cuerpo político”, y lo eran los dos ayuntamientos orizabeños (de indios y de españoles), requería no sólo de gobierno, bienes y legislación sino también de un pasado, una “tradición común y constante” entre más antigua mejor, que le sirviera para hacer política enfrentándose a otros cuerpos y particulares en los tribunales reales, alegando derechos y privilegios a partir de ella. Los documentos de la memoria de la Conquista orizabeña del siglo XVIII, lo hemos visto, son o servían ante todo como probanzas judiciales, que resaltaban en el caso de los españoles la antigüedad, y en el de los indios además, la fidelidad continua a las dos majestades. Es cierto que en tiempos de las reformas borbónicas hubo un intento de transformar la monarquía católica en una monarquía administrativa, pero su carácter judicial no se transformó radicalmente, y los propios triunfos de los ayuntamientos orizabeños prueban que la vía judicial seguía siendo un medio eficaz de negociación entre la Corona y los actores locales.

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Escudo de Orizaba en la obra de Arróniz.

No deja de impactar que los documentos que habían servido para construir esas tradiciones corporativas hayan sido asimilados con suma facilidad como testimonios para construir a su vez una historia patria. En el cambio político del Antiguo Régimen al liberalismo, las memorias corporativas eran dejadas de lado a favor de una memoria nacional, que se fue formando al ritmo de los eventos políticos. El ejemplo de los Apuntes de Segura nos recuerda la obra de los primeros gobiernos independientes, quienes llegaron a impulsaron por decreto ese tipo de labor, aunque refiriéndose sobre todo a la guerra de independencia. Al instalarse la república federal en 1823, los nuevos Estados se habían convertido además en otros tantos impulsores de la construcción de la memoria nacional, así fuera todavía con recursos modestos. Con Arróniz, estamos ante un trabajo que es ya más claramente histórico, de investigación exhaustiva, que dispone de los recursos para ello (especialmente archivos y colecciones documentales) lo que implica que aun si individual, fue una empresa que contó con un amplio consenso entre los actores políticos locales. Destaquemos sobre todo que es una obra escrita hacia el final de la guerra de Intervención Francesa y al cabo ya de varias décadas de inestabilidad política. Es justo ésta la que parece impulsar al autor a repensar el pasado, el presente e incluso el porvenir de la nación. “México, débil barquilla en una mar procelosa rodeada de sirtes y llena de abismos insondables, va hacia el porvenir, como Edipo, bajo el peso de la fatalidad” (pp. 607-608), concluía la obra de Arróniz. En suma pues, el relato orizabeño de la Conquista, había pasado de ser argumento del brillante pasado de unas corporaciones en particular, a episodio que, junto con otros, determinaba ya un oscuro futuro general para la nación.

Memorias orizabeñas de la Conquista I

Catedral y el padre Llano 2

Actual Catedral de Orizaba, antigua iglesia parroquial de San Miguel

“Pueblo de los mejores del obispado, por su opulencia, amenidad, abundancia de víveres, y disposición de sus casas” según Villaseñor y Sánchez en el Theatro Americano a mediados del siglo XVIII, Orizaba se distinguía entonces además por una población heterogénea. El cosmógrafo real estimó entonces que en el pueblo habitaban 510 familias españolas y 809 de indios, así como 300 de mestizos y 220 de mulatos; es decir, la “gente de razón” superaba en número a los indios. Además, dio cuenta de la posición ascendente de los españoles, quienes “forman comercio separado” y de la importancia del cultivo de tabaco, cuyo rendimiento calculó en cien mil pesos anuales. De hecho, eran justo los comerciantes españoles los que se beneficiaban de la producción de tabaco, no necesariamente porque fueran productores, sino porque la financiaban a crédito, la “aviaban” como se decía entonces. Además habían comenzado a organizarse en calidad de “república española” de Orizaba o bien como “diputación de comercio” que obtuvo la administración de alcabalas hacia 1750. A partir de 1758, esa misma diputación solicitó al virrey de Nueva España su formalización como un ayuntamiento. La nueva corporación sólo llegó a ver la luz hasta 1764, pues se siguió un largo litigio en la Real Audiencia, pues de inmediato se opusieron la república de indios y el Conde del Valle de Orizaba. Este litigio, nos interesa pues en ese marco la diputación insistió en un punto: presentar a Orizaba como un pueblo español desde sus orígenes.

En efecto, tal fue uno de los motivos para que en 1762 se mandara levantar una extensa información sobre el pueblo, incluyendo un padrón, una descripción de las calles y plazas, y desde luego, testimonios de las corporaciones religiosas locales sobre sus fundadores y dotadores (AGI, México, leg. 1927-1928). Esto último no es de extrañar, aunque el despacho no lo mencione explícitamente, se entiende que si el pasto espiritual era indispensable en toda población de la época, la mejor manera de clarificar sus “principios, fundación y origen” estaba en conocer la historia de sus iglesias, santuarios, capillas, conventos, congregaciones y cofradías.

Así, las declaraciones de los cabezas de las corporaciones religiosas de Orizaba de 1762, comenzaron a perfilar una memoria de los orígenes del pueblo, basada en el propio comercio español. Decía el capellán del santuario de Guadalupe, “el principio de esta población fueron unos ranchos o casas donde hacían mansión con los caudales que traían a su cargo […] los españoles dueños de carros”. Esta versión la confirmó el prior del Carmen, datando la fundación hacia 1550. En ese mismo tenor, el informe de la parroquia de San Miguel sentenció: “Los españoles son primeros en tiempo y vecindad y los indios en formalidad de pueblo y república”. Más aún, los tenientes de cura encargados de la redacción identificaron incluso a las familias fundadoras: “apellidados Ramones, Prados, Mejías, Maldonados”, cuyo origen habría estado, desde luego, en la Península Ibérica, más concretamente, en Jerez de la Frontera.

Las iglesias resultaban fundamentales para este relato, pues ellas preservaban los testimonios de su veracidad: los tenientes de cura de la parroquia afirmaban contar con documentos de que en 1649 se había otorgado a los Ramones, como “primeros pobladores de este lugar” una demostración clásica de patronazgo en esa iglesia: “sepultura y asiento”; más todavía, había sido un español, el capitán Juan González de Olmedo, el fundador de la primera iglesia parroquial. El prior del hospital de San Juan de Dios, por su parte, podía incluso presentar una de las escrituras de fundación de su convento como prueba: se trataba de la obligación otorgada en 1619 por Pedro Mejía y Sebastián Maldonado por 6 mil pesos, casas y solares para construirlo y dotarlo. No lo decían entonces los testimonios, pero todo ello habría de contribuir, a largo plazo, a fundamentar una verdadera memoria religiosa orizabeña, que recuperaría a finales del siglo XIX el cronista José María Naredo, quien evocaba con aire de nostalgia “la piedad de nuestros mayores”.

Por si fuera poco, el naciente Ayuntamiento recuperó a una imagen mariana en particular para favorecer sus pretensiones: la de la Inmaculada Concepción, a la que eligió como patrona desde 1764. El regidor Diego Pérez Castropol redactó una memoria en que evocaba “notorias antiguas tradiciones” que hacían de la Purísima la primera titular de la parroquia que levantó González Olmedo, y por tanto “devoción de aquellos europeos fundadores del lugar”. La nueva corporación municipal se pretendía así heredera de la cofradía de esa imagen, que se estimaba fundada desde “tiempos inmemoriales”, la cual habría servido, y lo decía explícitamente el regidor, como lugar de reunión de los vecinos españoles a falta del Ayuntamiento que ahora se había erigido (AHMO, Fondo Colonia, c. 3, escrito de D. Diego Pérez Castropol). Casi sobra decir, que los munícipes podían de esta forma dejar de lado al patrono oficial de entonces, San Miguel arcángel, que por ello era más bien patrono del vecindario de indios.

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Actual iglesia del Carmen de Orizaba.

Desde luego, todos estos relatos y testimonios debían explicar también el origen de los indios. Éstos, se habrían instalado posteriormente en Orizaba, hacia 1551; de hecho, se habría tratado del trasladado de una congregación previamente reunida en las faldas del Volcán y que desde 1553 habría tenido la formalidad de república con un primer gobernador, Miguel Mendoza. Mas su presencia habría estado vinculada con el propio comercio español. El prior del Carmen los describía como “un corto número de naturales traídos de diversas partes por considerarlos necesarios para el servicio de los carros”.

“Tradición común y constante”, insistían las declaraciones de 1762, casi sobra decir que fue un relato de inmediato contestado por la república de indios de Orizaba, que en las décadas siguientes fue perfeccionando una versión alternativa. En efecto, aunque desde 1758 los procuradores de los indios insistieron en el carácter de fundador de sus representados ante la Corte de México, hasta dónde he podido averiguar, fue a partir de 1774 que la república de indios comenzó, además, a fundar sus alegatos específicamente en un relato de la Conquista, una memoria de su fidelidad a las dos majestades. En efecto, era la evocación de una conversión temprana, pero también de un vasallaje fiel a la monarquía católica.

En la extensa representación dirigida al rey el 25 de enero de 1774 (AGI, México, leg. 1766), firmada por todos los oficiales de la república, contradiciendo de nuevo la creación del cabildo español y dando cuenta de todos los perjuicios que les causaban, trataron en primer término el fundamento histórico de los comerciantes españoles. Se presentaban al rey con “legítimo derecho” en su calidad de “fundadores que hemos sido de este pueblo y su valle desde la gentilidad”, es decir, desde antes de la Conquista y la evangelización. Si los españoles los hacían datar de 1551, la república contestaba que sus orígenes remontaban a antes de 1519, pero sobre todo, que ellos habían tenido un papel en el establecimiento de la religión católica y la monarquía hispánica en esas tierras. Afirmaban que sus antepasados “prestaron pronto vasallaje a los soberanos de España, y como tal auxiliaron y favorecieron al tiempo de la conquista a los héroes que en la de este reino se empeñaron”. La república de indios debió insistir en diciembre del mismo año: eran ellos y no los españoles los que estaban en posesión inmemorial, por derecho natural, “desde el tiempo de la gentilidad”, y por título de la Divina providencia, tras haber sido de los primeros en “alistarse bajo de las banderas de la religión católica”. Alistamiento literal, pues de nuevo se trataba de su participación en la conquista.

Es cierto que la república de indios no hizo un uso sistemático de este relato en sus varias representaciones al rey de las décadas de 1770 y 1780, pero sí que hubo un trabajo de perfeccionamiento de ese relato. Para 1782, el procurador de la república en la Corte de Madrid, podía incluso citar un nombre antiguo para Orizaba: “San Miguel Aguiliçipa”. De hecho, para entonces la iglesia del Calvario se había integrado al relato de los orígenes orizabeños, pues habría sido construida por “los primeros indios caciques” justo “después de la Conquista” (AGN, Indiferente Virreinal, c. 5475, exp. 67). Este nombre en náhuatl estaría destinado a conocer buena fortuna en los años siguientes, aunque todavía se modificaría levemente para convertirse en “San Miguel Ahuilizapan”, que es el que aparece en el texto que consagró definitivamente la versión india de los orígenes orizabeños: el manuscrito titulado “Fiel tradición y legales noticias de origen del pueblo y congregación de indios titulado San Miguel Ahuilizapan”, obra del padre Antonio Joaquín Iznardo, fechado en diciembre de 1804 (editado por Comunidad Morelos en 1999).

Cabe mencionarlo, el padre Iznardo fue uno de los personajes más característicos de la villa de Orizaba de los años desde 1770 a 1810. A más de la longevidad, fue un clérigo que se distinguió por su buena posición económica, que hasta donde sabemos poco se dedicó a la cura de almas más allá de sus obligaciones como capellán, que tuvo participación en diversas corporaciones religiosas de la villa, cercano a las devociones de los jesuitas cuyo instituto trató de introducir en Orizaba, aunque aquí nos interesa resaltar que fue apoderado general de la república de indios desde diciembre de 1784. Ya antes, le había tocado participar en el intento de mediación en los conflictos de las dos repúblicas que emprendió el clero orizabeño en el verano de ese mismo año. Teniendo facultades para administrar los bienes de los indios, fue seguramente entonces que pudo tener acceso a los documentos de las llamadas “tierras del golfo”, recién adquiridas por los naturales al marquesado de Sierra Nevada en 1779, y que comenzaron a arrendar entre 1784 y 1785.

La “Fiel tradición” de Iznardo comienza citando justo los documentos de las tierras del golfo, que es posible que los naturales se empeñaran en comprar al marquesado porque en ellas estaba incluido el paraje de Texmalaca, que habría sido la “primera ubicación [del pueblo] antes de la Conquista”. Es de ahí que se habrían trasladado al valle de Orizaba en 1552 para fundar San Miguel Ahuilizapan, siempre en razón de su fidelidad a las dos majestades, para facilitar “la administración de justicia y sacramentos”, para constituir no república, sino “formal Ayuntamiento de gobernador, alcaldes y regidores” en 1553. El comercio también tuvo aquí un papel para el poblamiento de Orizaba, pero en contraste con el relato que hemos visto antes, fue el que llevó al pueblo a “la poca gente de razón, española, pobre y de toda casta”, “semicivilizados por falta de lime, rose y cultura”, todo según los términos de Iznardo.

Sobre todo, el clérigo introdujo un relato más preciso de la participación orizabeña en la Conquista, que vinculaba a los hijos de San Miguel Ahuilizapan con el prestigioso Cabildo de Tlaxcala. Un documento de tiempos del virrey Bucareli, haría constar “haber sacado de su primer pueblo de Orizaba Cortés, cuatro principales, que unidos con los tlaxcaltecas, ayudaron a la conquista de los Mecas, entre ellos Dn. Diego de Montezuma Mendoza y Austria”. Acaso por ello el primer gobernador de Orizaba era aquí rebautizado: después de varios siglos de ser Miguel de Mendoza, pasaba a ser Don Miguel de Montezuma y Mendoza.

Unos años más tarde, en 1810, fue una versión apenas modificada de este relato el que utilizó el que ya se titulaba como “Ilustre Ayuntamiento de Naturales de la villa de Orizaba”, al manifestar su lealtad a las autoridades del reino ante la insurrección del padre Hidalgo (Gaceta del gobierno de México, t. I, nº. 136, 20 de noviembre de 1810, pp. 962-964). Los indios de Orizaba habrían estado vinculados por “una especie de reconocimiento de alianza y de amistad con el noble senado de Tlaxcala”, pero dotados de virtudes naturales “conocieron desde luego” la ventaja de someterse al rey católico, y por ello, “voluntariamente pasaron hasta cerca de Tepeaca a ofrecer su libertad en manos del conquistador de este reino”. Sin embargo, este relato, construido a lo largo de 35 años, pronto dejaría de ser útil, justo por la fortuna final del conflicto iniciado en 1810.

La municipalisation de la police à Orizaba, 1820-1834

À partir du printemps 1808, un grand bouleversement eut lieu dans l’Empire hispanique entier. Nous devons peut-être rappeler qu’après une série de conflits au sein de la famille royale, les Bourbons furent obligés d’abdiquer en faveur de l’empereur Napoléon. Celui-ci, après un court interrègne, désigna son frère Joseph comme le nouveau roi d’Espagne et des Indes. Mais les abdications furent tout de suite considérées comme illégitimes et les acteurs politiques de tout l’Empire durent affronter la difficile entreprise de construction d’une nouvelle légitimité. Ce fut dans le cadre de cette recherche du renouvellement de l’organisation politique qu’eut lieu la réunion des Cortes de la monarchie en 1810, devenue une véritable assemblée révolutionnaire, dont le résultat fut la rédaction de la Constitution de la monarchie de 1812, dite de Cadix.

La crise de l’autorité centrale de la monarchie déclencha simultanémment, la « réassomption » de la souveraineté de la part des républiques urbaines, processus à la fois modéré mais aussi légitimé et légalisé par les Cortes à travers les articles constitutionnels concernant la nouvelle organisation provinciale et municipale et les instructions du gouvernement « politico-économique » des populations. Les municipalités se virent alors attribuer des facultés plus amples dans des domaines tels que la justice, attribut fondamental de la souveraineté dans le monde hispanique, la perception des impôts, le recrutement des milices, l’organisation des écoles, l’administration des marchés, la réparation des chemins, etc. En outre, la police municipale s’étendit aussi sur les domaines traditionnels des corporations religieuses comme la charité, ou pour mieux dire la bienfaisance, car ce fut dans cette nouvelle perspective que les municipalités durent s’occuper des hôpitaux, des hospices, et des établissements similaires. Nous pouvons observer ces transformations dans la rélation des corporations religieuses avec la municipalité de la ville d’Orizaba entre 1820 et 1834.

Les cas les plus évidents furent ceux des hôpitaux de la ville, celui de l’Immaculée Conception, des religieux juaninos, et celui des femmes de Saint-Joseph-de-Grâce. Les comptes rendus des procès verbaux de la municipalité nous montrent que depuis 1820, les deux corporations étaient surveillées par les édiles, devant lesquels les supérieurs devaient désormais présenter leurs comptes afin de compléter leurs budgets avec les fonds municipaux. La municipalité introduisit ainsi dans ces corporations charitables l’exigence de l’efficacité dans l’attention des malades, jusqu’alors reçus selon les possibilités des rentes des hôpitaux. En outre, même s’il n’y avait pas de mention explicite de la garde du culte catholique parmi les facultés renforcées des municipalités, elles se montrèrent de plus en plus soucieuses à ce sujet. À partir de 1821, la municipalité de la ville d’Orizaba s’occupa par exemple de surveiller plus étroitement l’organisation des missions des franciscains. Les exercices de piété qui recevaient auparavant les éloges des autorités étaient désormais considérés avec un certain mépris. On craignait alors « les offenses à Dieu » faites pendant les processions nocturnes et on essaya conséquemment de les interdire.

Dans les municipalités renforcées dans leurs attributions, on retrouve après l’indépendance des groupes parfois très enthousiastes que l’on peut appeler ilustrados, c’est-à-dire « éclairés ». Il s’agissait de groupes issus des élites locales dont la volonté de moderniser la vie des villes, d’introduire « les lumières du siècle » comme on disait à l’époque, était plus que manifeste . La ville d’Orizaba fut témoin de l’essor d’un groupe d’édiles qui répondait à ces caractéristiques entre 1825 et 1826. Dans la municipalité de cette période, on retrouve un ensemble de personnalités assez hétérogène : il y avait seulement trois membres des familles des échevins de l’Ancien Régime, ainsi que trois des Indiens dits « principaux » ; à leurs côtés, plusieurs cultivateurs de tabac, des officiers des milices formés pendant la guerre d’indépendance, des avocats et des personnages nouveaux sur lesquels nous ne possédons pas de données précises. C’est parmi les membres issus de l’élite que l’on retrouve la minorité très active d’« éclairés », huit au moins parmi la trentaine d’édiles de la période 1825-1826.

Ces édiles « éclairés » étendirent aussi leur tutelle aux corporations religieuses, desquelles ils exigèrent une contribution à l’utilité publique de manières nouvelles. Il y eut des actes de contrôle, tels que la surveillance contre les abus du casuel ou les visites des hôpitaux, si nombreux que le recteur de celui des femmes dut déposer plainte en avril 1826. Au sujet de ces établissements, la municipalité continua les efforts commencés auparavant pour transformer la charité en bienfaisance avec l’attention systématique portée à tous les malades. Ils agirent sous des principes semblables lorsqu’ils reçurent la pétition d’ouvrir un couvent de Carmélites : ils demandèrent aux religieuses de changer leur règle strictement contemplative pour s’occuper de l’éducation de jeunes filles, car « aucune utilité ne résulte à la population avec un établissement de religieuses utiles seulement à elles-mêmes ». Dans un cadre plus traditionnel, ils attendaient aussi des religieux carmes et franciscains qu’ils détournent leur règle pour contribuer à légitimer la corporation à travers leur participation aux processions organisées par la municipalité, notamment la Fête Dieu.

Toutefois, la municipalité pouvait aussi protéger certaines corporations. Lorsqu’en 1827 le Congrès fédéral du Mexique, sous l’emprise des libéraux les plus radicaux, ordonna l’expulsion de tous les Espagnols, y compris l’expulsion explicite des religieux, les missionnaires apostoliques du Collège de Saint-Joseph-de-Grâce d’Orizaba furent en danger. Alors, la municipalité accepta d’envoyer une demande au président de la république. Les édiles insistèrent sur l’utilité des religieux pour l’ensemble des habitants de la ville puisqu’ils avaient toujours travaillé « pour le bien des âmes et des habitants d’Orizaba », et puisqu’ils avaient apporté un motif d’admiration « d’une vie pacifique et exemplaire ». Les habitants de la ville rédigèrent aussi une demande conjointe à celle de la municipalité, dans laquelle ils se montrèrent plus enthousiastes. Les missionnaires, affirmèrent-ils, étaient le soutien de l’ordre de la communauté : « ils constituent le frein des habitudes de la population, ils tiennent dans leur orbite le père de famille, l’épouse et le fils ». « Leur vie exemplaire », reprirent-ils, était aussi un motif d’édification.

Il ne s’agissait toutefois que d’arguments déjà connus depuis le XVIIIe siècle, d’après lesquels les religieux travaillaient pour le bon ordre de la république. Les habitants d’Orizaba, et la municipalité en tête, répondirent ainsi aux libéraux qui dénonçaient les corporations comme étant inutiles voire dangereuses, avec les arguments renouvellés de l’utilité publique traditionnelle. D’après cette perspective, il était possible de les contrôler et même de leur assigner de nouvelles finalités, toujours sous la surveillance de la police municipale. La municipalité devenait ainsi la nouvelle souveraine de l’espace public urbain.

Orizaba : Les corporations religieuses dans une ville de l’Ancien Regime hispanique

Au cours du XVIIIe siècle, les églises contribuèrent à la construction de l’espace urbain d’Orizaba. En effet, certaines d’entre elles furent érigées dans des espaces jusqu’alors presque entièrement vides. Elles devinrent tout naturellement les axes de l’expansion urbaine de la ville. Les maisons des habitants se construisirent autour d’elles, les rues furent tracées pour faciliter leur accès, les places furent aménagées à leurs portes et, bien sûr, les nouveaux clochers « rendent plus agréable la vue ce village », disait-on en 1762. Le Sanctuaire de Guadalupe en constitue le meilleur exemple : pour relier le centre-ville à ce temple, bâti dans une zone fangeuse d’accès très pénible, il fut nécessaire de tracer une nouvelle rue et de construire un pont et une chaussée. Tous ces travaux furent réalisés par les chapelains du sanctuaire grâce aux aumônes et au travail des fidèles. Dans ce contexte, nous ne pouvons pas nous étonner de voir les nouveaux temples donner leurs noms aux rues, ni même de voir les quartiers prendre le nom du saint patron du temple le plus proche.

Tout cela répondait à une logique très claire : la communauté était censée permettre la subsistance matérielle, mais aussi et surtout le salut spirituel. Celui-ci était lié d’une manière très étroite, dans le catholicisme de l’époque, aux sept sacrements et à la prédication de la parole divine (ce que l’on appelait alors la « pâture spirituelle ») dont les temples étaient les lieux d’accomplissement par excellence. Tous les habitants étaient en droit de trouver les moyens du salut les plus proches possibles et la ville était donc organisée à cette fin. Lorsque la fondation de la dernière grande corporation religieuse d’Orizaba, le Collège apostolique de Saint-Joseph-de-Grâce, fut préparée à la fin du siècle, les autorités notèrent, en toute logique, que celui-ci achèverait l’œuvre d’approvisionnement du « secours spirituel » de la ville. À partir de ce moment, la ville entière d’Orizaba aurait libre accès aux sacrements depuis trois principaux points équidistants et ordonnés en ligne droite (ou à peu près) sur l’axe est-ouest de la ville.

La distribution de l’eau était elle aussi marquée par l’empreinte des corporations religieuses. Dans l’Empire hispanique, les communautés religieuses disposaient du privilège de l’eau et il n’est donc pas étonnant de noter que les premières conduites d’eau furent aménagées à Orizaba dans le couvent des Carmes, dans le sanctuaire de Guadalupe et dans le couvent-hôpital de l’Immaculée. Une fontaine dans les places annexes permettait l’évacuation de l’eau en surplus, qui pourvoyait ainsi aux besoins des habitants des quartiers. Même si la corporation municipale surveillait parfois l’état de ces fontaines, leur approvisionnement et leur réparation revenaient aux corporations religieuses.

En outre, la paroisse, les congrégations, les couvents et les confréries étaient les principaux responsables de la charité chrétienne et comptaient pour cela sur les aumônes des habitants de la ville, toujours dans le cadre des œuvres de miséricorde chers au catholicisme de l’époque. C’était ainsi qu’on soignait « l’humanité douloureuse », c’est-à-dire les malades, visités dans les hôpitaux ou chez eux par leurs confrères. Selon leur vocation respective, les confréries préparaient des repas pour les pauvres, visitaient les prisonniers, enterraient les morts inconnus, hébergeaient les démunis ou secouraient les orphelins. L’éducation était aussi une œuvre de miséricorde accomplie, certes par la corporation municipale dans une « école publique », mais aussi grâce aux fondations pies établies par le clergé.

Les corporations religieuses jouaient également un rôle important dans le maintient de l’ordre public, un ordre de nature morale qui était marqué par le respect des hiérarchies. Citons en premier lieu les corporations dont la vocation était de prêcher la parole divine, comme le Collège apostolique de Saint-Joseph-de-Grâce, un couvent de missionnaires franciscains. Grâce aux religieux, affirmaient les autorités de la ville, « les vices disparaissent, les habitudes se modèrent, le luxe et l’oisiveté disparaissent ». Les missionnaires apostoliques de la Nouvelle Espagne travaillaient pour rétablir la paix à l’intérieur des esprits, des familles et bien sûr des communautés. On attendait de même des prédications plus quotidiennes des clercs des autres congrégations de la ville : la paroisse, la congrégation de Saint Pierre et l’Oratoire de Saint-Philippe Néri.

Néanmoins, le devoir de maintien de l’ordre revenait principalement, au quotidien, à la paroisse, dans laquelle le curé avait l’obligation de surveiller la conduite de ses ouailles. Pour ce faire, il comptait sur le prône, le confessionnal et les « conversations familières », comme on disait à l’époque, et même sur son bâton de juge ecclésiastique. Toutefois, ces moyens pourraient être qualifiés de faibles devant ses nombreuses responsabilités. Les dossiers judiciaires des villages de la région de la côte du Golfe du Mexique nous montrent l’activité des prêtres dans des domaines aussi variés que la moralité sexuelle (notamment le concubinage et l’adultère), le respect du repos dominical, la congrégation des villages, l’organisation des fêtes et, bien sûr, l’apaisement des habitants lors des émeutes périodiques qui caractérisaient la vie villageoise.

En outre, à cette époque, les curés utilisaient la chaire pour prêcher sur d’autres objets « d’utilité du public », tels que l’approvisionnement en nourriture, mais surtout l’utilité du roi, à la demande spécifique de la Couronne. Il y eut de nombreuses lois royales (reales cédulas) qui nommaient les curés co-responsables de la transmission des messages et de l’accomplissement de certains devoirs des sujets de la monarchie : ils rappelaient aux Indiens de payer leur tribut au roi, ils participaient aux recensements fiscaux et militaires, et ils ne combattaient pas seulement les vices moraux mais aussi « l’exécrable vice de la contrebande ». Lors de toutes ces occasions, les curés agissaient explicitement pour promouvoir « la soumission, l’obéissance et le respect » qui étaient dus au roi et à ses ministres.

Le souci du bon ordre de la paroisse obligea parfois les prêtres à intervenir dans les conflits des corporations civiles. En 1784, « avec sollicitude pour l’honneur de Dieu et le bien-être du prochain », le curé et deux prêtres intervinrent pour mettre fin aux querelles qui prenaient place entre l’échevinage espagnol et la république des Indiens. Avec l’aide du juge royal, les trois ecclésiastiques parvinrent à négocier un accord pour « la bonne harmonie » des deux républiques.

Les corporations de laïcs pouvaient aussi parfois participer au contrôle de l’ordre public. Pour accomplir son devoir d’« admonestation des pécheurs », le Tiers Ordre franciscain comptait plusieurs frères « zélateurs » répartis dans les quartiers de la ville, dont le devoir consistait à surveiller la conduite des autres frères pour en informer le supérieur de l’ordre. D’une façon plus subtile, les corporations religieuses avaient aussi pour fonction de faire preuve du « bon exemple » de la soumission aux autorités corporatives. La convivialité idéale vécue à l’intérieur des couvents, de l’oratoire ou des frères franciscains laïcs relevait aussi de la catéchèse pour les habitants de la ville.

Ainsi donc, dans la ville d’Orizaba sous l’Ancien Régime, comme partout dans le monde hispanique, la subsistance matérielle et le salut spirituel étaient conçus nécessairement comme des affaires collectives. Civiles et religieuses, les corporations étaient toutes étaient concernées par le devoir de préserver le bon ordre de la communauté et toutes contribuaient ainsi à assurer la police urbaine.

¿Familia, escuela u orden? La congregación de señoras del Oratorio de Orizaba

La antigua villa de Orizaba, ciudad ya a mediados del siglo XIX, se distinguió desde el siglo XVIII por una importante vida religiosa, no sólo en la parroquia sino en sus numerosas cofradías, sus conventos, sus congregaciones, es decir, las corporaciones religiosas más tradicionales. Mas todas estaban pensadas, en realidad, para los varones de la villa. No es faltaran las mujeres devotas, que vestían el hábito de hermanas terceras franciscanas, o que asistieran a la vela permanente del Santísimo Sacramento, acudieran al confesionario con un sacerdote en particular que guiara sus espíritus, e incluso fundaran con sus bienes algunas obras pías en beneficio espiritual de sus almas y material de algún pobre seminarista deseoso de ordenarse. Pero no había ningún espacio exclusivo para ellas; es decir, no había ni beaterios, ni conventos. Al menos no hasta que en 1850 surgió finalmente una iniciativa para fundar un instituto peculiar, la Congregación del Oratorio de San Felipe Neri bajo la invocación del Sagrado Corazón de Jesús.
Las constituciones de la nueva casa, copiadas de su antecedente francés por el párroco y futuro primer obispo de Veracruz, Francisco Suárez Peredo en febrero de 1850, señalaban que la vocación que habían de seguir las hermanas sería claramente religiosa, vida de oraciones, de lecturas sagradas, de silencios y mortificaciones (ayunos), de confesiones y ejercicios espirituales, de cultos y de fiestas a sus devociones, aunque sin ser especialmente severa. Tan es así que la primera de sus prácticas había de ser la oración perpetua delante del Santísimo Sacramento, relevándose las hermanas de dos en dos. Habrían de seguir también el oficio divino, en este caso un oficio parvo, esto es, pequeño, reducido, acaso pensando en que era más adecuado para una orden finalmente nueva. Celebrarían lo mismo a San Felipe Neri que al Sagrado Corazón, claro está, a más de confirmar su particular vocación por la Eucaristía exponiendo al Santísimo todos los viernes del año. En fin pues, como toda corporación religiosa, había de tener sus distintivos: su hábito, sus autoridades particulares, algunos bienes, etcétera. Lo que no había, y la distinguía del carácter propio de un convento de monjas, eran votos solemnes. Es decir, las hermanas hacían voto de castidad y pobreza, pero este último sólo respecto del usufructo de sus bienes, de los cuales guardaban el derecho de propiedad, y sólo delante del obispo, quien podía por tanto desvincularlas de ellos sin necesidad de recurrir a la Santa Sede como en la mayoría de las órdenes de votos solemnes.
Ahora bien, aunque no conocemos el proceso en todos sus detalles, sabemos que la mitra de Puebla autorizó la fundación justamente en febrero de 1850, y pudo hacerlo de manera directa pues fundándose en sus antecedentes franceses, ésta no era una nueva orden sino una “familia de piadosísimas señoras”, según la habían definido en una de las Congregaciones de la Curia Romana en enero de 1836. Incluso la clausura no les era propia, pues como instituto de “votos simples”, “no pueden considerarse como verdaderas profesas”, según otro breve de 1821. Así, las orizabeñas no entraban propiamente a un convento, sino a una familia religiosa bajo la sujeción principal de su obispo, el de la Puebla de los Ángeles.
Mas sabemos también que pronto se presentaron estas constituciones ante la legislatura local veracruzana para pedir su autorización, por parte de Sor María Asunción, la primera prelada de la nueva casa. Los legisladores, según se desprende del decreto número 122, fechado en 1o. de mayo del mismo 1850, concibieron el mismo instituto a partir sobre todo de uno de los artículos de sus constituciones, el 14, en cuyo segundo párrafo se contemplaba que las hermanas de coro podrían dedicarse a educar niñas. Actividad limitada, que no debía estorbar su dedicación principal a la oración, e incluso dirigida a unas pocas hijas de la élite, pues debían ser admitidas sólo las que “sepan toda clase de labores, o dibujo o piano, o alguna clase de lenguas”. Los diputados en cambio trataron de hacer de ésta la principal actividad de las religiosas, y mandaron en el artículo 2o. de ese decreto que el gobierno velara por el cumplimiento de “la obligacion que se imponen en su constitucion de educar religiosa y civilmente á las niñas”. Así, la casi doméstica “familia de señoras religiosas” de las constituciones, se convirtió en el decreto y sobre todo en su reglamento, emitido por el gobernador Miguel Palacios, en “un establecimiento público de enseñanza”, que como tal debía de estar bajo la supervisión de los jefes políticos, quienes asistirían a sus exámenes.
Al año siguiente, dicho decreto llegó al Senado de la República para su validación, y la comisión que lo revisó, formada por los senadores Gómez Pedraza, Beltrán y Soto, dictaminó en febrero de 1851 que había invadido las facultades exclusivas de la federación. De nuevo el problema fundamental era saber cómo definir al nuevo instituto. Los senadores dudaron entre si se trataba de una cofradía o de un convento formal, reconocieron en cualquier caso que no era “una orden religiosa con votos solemnes” pero tal vez sí “una cofradía que se halla bajo instituciones particulares”. Y como cofradía, requería conforme a las Leyes de Indias (todavía vigentes en varios puntos), licencia del rey y del obispo. Caso en que fuera un convento formal, requerían de un rescripto pontificio (un breve o bula del Papa, para decirlo directamente), que a su vez debía pasar primero ante ellos. En cualquier caso, lo observaban bien los senadores, no era instituto educativo, pues lejos de fundar “escuelas públicas”, la instrucción la impartían “en su misma casa y como cosa secundaria”.
Paradójicamente, el Senado se mostraba preocupado por defender la “actual disciplina de la Iglesia”, término para decir, con sutileza, que no le tocaba ni siquiera al obispo de Puebla, sino al Papa establecer la nueva fundación, ni al Estado de Veracruz sino a la autoridad federal, dar su visto bueno por parte de la autoridad civil. Contradicciones propias del restablecimiento de un régimen en el que los Estados tendían a disputarle facultades a la Federación, y en el que los obispos veían también mermar las suyas ante la insistencia de la opinión pública en el sentido de que la autoridad civil podía intervenir en la disciplina externa de la Iglesia. Muestra además de que el catálogo completo de las corporaciones religiosas ponía siempre problemas para determinar una clasificación estricta, incluso a los actores de la época. Esto es, todo el problema resultaba de la dificultad de saber qué era exactamente la nueva congregación orizabeña, o también, cuál era la mejor forma de definirla para servirse cada instancia de ella para sus proyectos. Esas mujeres devotas reunidas en una casa de Orizaba ¿eran una familia de señoras que al retener su derecho de propiedad individual pero bajo un voto de pobreza ante el obispo permitían a éste intervenir en ellos pasando por encima de cualquier decreto de la autoridad civil contra los bienes eclesiásticos? ¿Era las maestras de un instituto de educación, por tanto dependiente de la autoridad del gobierno estatal, que podría servirse de él para “utilidad del público”, la enseñanza de las niñas? ¿Eran una cofradía o una orden (acaso una orden tercera) que por nueva y por pedir la validación de Roma, asunto de relaciones exteriores, quedaba más bien en la órbita del gobierno federal?
Lamentablemente no sabemos si alguna vez se dio respuesta a esta pregunta, aunque tenemos la sospecha de que no fueron precisamente las residentes en la casa las que más participaron en su resolución. El dilema, en todo caso, nos dice mucho del papel que obispos y políticos liberales del siglo XIX daban a las viejas corporaciones religiosas: el único acuerdo era que no podían ya tener toda la autonomía de que habían gozado bajo el Antiguo Régimen, tanto más si eran de mujeres.
Todo este expediente lo retomamos del Archivo Histórico del Senado de la República, ramo público y secreto 1825-1853, congreso 13, libro 64, fojas 2 a 20, uno de los archivos más eficientes que contamos en nuestro país.

Un párroco ante unas elecciones

El tema de las elecciones en las primeras décadas de la vida republicana de México en el siglo XIX ha sido ya tratado por varios especialistas. Sin duda es una buena fecha para recordarlas. Como se sabe, eran elecciones sin partidos políticos, ni candidatos, temidos porque podían poner en riesgo la deseada unidad de la república. Herencia de la Constitución de la Monarquía española de 1812, la de Cádiz, las elecciones estaban pensadas fundamentalmente para renovar a los representantes de la nación, pero no para servir de escenario para la competencia política. Por ello eran cuidadosamente reguladas, indirectas en varios niveles, rodeadas al principio de ceremonias religiosas (misas de Espíritu Santo y Te Deum retomados de la tradición electoral del Antiguo Régimen), que debían evitar todo género de enfrentamientos. Y sin embargo, prácticamente desde sus inicios, las elecciones fueron motivo de debates, de contestaciones, y claro está, vieron la introducción de prácticas no previstas que ponían en cuestión su carácter “apolítico”, con lo que algunas “facciones” (como se les decía en la época) lograron manipularlas para hacerse del poder.

Entre esas elecciones discutidas se contaron, por sólo citar un ejemplo, las que debían renovar el Congreso del Estado de Veracruz celebradas en julio de 1828. Sabemos del asunto por el amplio expediente que se formó en el propio Congreso del Estado, y que terminó con la anulación del proceso, a consecuencia de diversas solicitudes, provenientes sobre todo de la villa de Orizaba. Veremos aquí tan sólo uno de los documentos de ese expediente: la mirada del cura párroco, el doctor Francisco García Cantarines. No fue, cabe aclarar, una opinión del todo desinteresada: antaño él mismo había sido diputado constituyente de Veracruz en 1825, y se le identificaba como un hombre cercano a uno de los grupos que se disputaban el poder, los liberales moderados. El párroco da cuenta de las prácticas que se utilizaron para hacer a ganar a una “facción” radical: el voto del ejército, la impresión y distribución de listas de candidatos, la presión a los ciudadanos. Hombre de iglesia, se preocupa además de señalar que los triunfadores de la jornada no habían dudado en poner en cuestión su autoridad. Veamos pues este documento que nos muestra cómo la lucha de facciones política tenía un potencial de desplazamiento de las jerarquías religiosas que evidentemente parecía intolerable incluso a este clérigo liberal.

Biblioteca Nacional de México, Fondo Reservado, Colección Lafragua no. 454.
Expediente instruido a consecuencia de las representaciones que se hicieron al Congreso del Estado pidiendo la nulidad de las elecciones para diputados. Xalapa, Imprenta del Gobierno, 1828, 88 pp., pp. 34-36.

Esa brevedad posible que V. me pide en la contestacion de su oficio de ayer, me estrecha en los límites que voy a poner a un asunto que por su naturaleza y circunstancias merece mas extensión. Así pues para no faltar a la sustancia y brevedad encargada, declaro lo que me consta en los puntos siguientes.

Me acuerdo de Catón cuando me acuerdo del benemérito síndico D. Manuel Callejas. Este patriota no vulgar me confió su exposición, que la aprobé por mil motivos, previniéndole sin embargo los peligros a que se esponía, y él conocía si la mandaba al gobierno; pero como sin la fortaleza se arrinconan todas las virtudes, la suya se sobrepuso a los obstáculos, remitió sus quejas, llenó el destino de síndico, y resultó que la faccion desoladora le postró en una cama herido mortalmente, sacrificando su salud, su familia e intereses a la buena causa. Sus virtudes sociales no existen sin enemigos, ni tampoco sin premio, pues su exposición ahora triunfa y lo cubre de gloria.

Está tan arreglada a la verdad de los hechos, que se puede decir que nada se escribe allí que no sea público, visto y generalmente sabido. Si la sumaria se instruye, creo que sólo servirá para salvar la forma de la justicia y nada más. Que las elecciones primarias son nulas en todas sus partes, es una verdad innegable y evidente para los que tienen ojos y lógica.

Una facción sostenida por la fuerza militar combinada en las logias de York, y protegida del Ayuntamiento de este año, hechura del mismo lodo, atacó descaradamente a un pueblo apático y de más paciencia que de orgullo nacional. No puedo referir todas las intrigas, porque son infinitas. Lo que se vio es que el ciudadano Vicente Prieto, jefe de este Departamento, que estaba en México, se presentó de repente en el día de las elecciones sólo para presidirlas, y despues desapareció descubriendo en este hecho que venía como en comisión y de acuerdo con la gran logia de quien es privado y confidente.

Lo que se vio, repito, es que el regimiento número 3, dividido en gruesas hordas por los puntos cardinales de la población, con listas en las manos forzaban indios, patanes, rancheros y muchachos a que las recibieran y presentaran en las mesas de elecciones. Que los vecinos sensatos y granados se sumieron en sus casas teniendo por inútiles sus votos, y aun temiendo persecucion por no ser conformes a los de faccion, o tal vez exponiéndose al lance del ciudadano Francisco Angulo que al ver una lista atribuida a él la rompió públicamente, y se retiró huyendo del peligro. Que el ciudadano regidor Mariano Bezares, presidente de una de las mesas de elecciones, aseguró en público que ya no era sufrible el desorden y trampas de los refractarios y perjuros.

Lo que se vió, vuelvo a decir, es que en el escrutinio de las listas aparecieron muchas firmadas de ciudadanos conocidos en el pueblo, y otras fingidas y firmadas por vecinos principales que al dárselas a reconocer han declarado no ser suyas, como yo declaro no ser mía la lista ni firma que se me presentó, por ser descarada y visiblemente desemejante de la que uso. Finalmente, lo cierto es que yo mismo aunque párroco, ni fui citado para presenciar las elecciones, ni aunque lo hubiera sido hubiera asistido, intimidado de una furia ya prevenida contra mí en caso de que me atreviera a cumplir con la obligacion que me imponía la ley. La enmascarada comparsa entendió mi fuerte oposición a sus intrigas, y acaso por este motivo el alcalde Naredo, jefe de gavilla, hombre de frente serena, sin opinion, sin honor y sin vergüenza, que ha sacado tantas lágrimas a la moral pública; escoltado de un piquete de soldados se lanzó a la parroquia, quiso encarcelar a los sacristanes, insultó mi autoridad, y me usurpó el mando de las campanas con que celebró escandalosamente su triunfo sobre la muerte de las leyes.

Concluyo pues diciendo que Orizaba, conmovida a tan extraños procedimientos, falta ya de paciencia y no de fidelidad, se decidió por el pronunciamiento del 26 del inmediato octubre. Que clama a gritos por la nueva elección de la próxima legisltura del Estado, y que confía en la justificacion, carácter y firmeza del actual Congreso en cuya soberana presencia tiene el valor con respetuosa desesperación, que si las elecciones del año de 28 no se declaran nulas, si no se procede a la renovacion de diputados, irá a llorar a los montes que la rodean en las faldas del volcan la ruina de la patria, o a buscar sociedad donde haya hombres. Tal es la opinion y sentimientos del que suscribe.
Dios y libertad. Orizava, noviembre 7 de 1828.

Francisco García Cantarines.

Sr. Alcalde segundo de esta villa D. Manuel Galindo.

La capilla del Rosario de Orizaba

Catedral y parqueEl Ilustre Ayuntamiento de la villa de Orizaba, cabeza de la república de españoles de esa población, se presentaba cada 1o. de enero en la iglesia parroquial, bajo de mazas, para celebrar la misa de acción de gracias con Te Deum después de haber elegido a sus dos nuevos alcaldes ordinarios anuales. Mas la celebración no tenía lugar en el altar mayor de la parroquial, sino en una de las capillas laterales: la de Nuestra Señora del Rosario.

No era ninguna casualidad. Situada en la nave de la Epístola, es decir, entrando sobre la derecha, prácticamente a la mitad de ella (en la quinta bóveda), separada apenas del cuerpo principal de la iglesia, era un edificio de notables dimensiones: su ancho es comparable a una de las naves de la parroquial, teniendo un tercio de su largo, e incluso su cúpula era ligeramente más alta que el cimborrio de la principal. Monumental pues, destacaba también por su ornato. En 1765 los tenientes de cura de la parroquia la tenían como un edificio de “primorosa arquitectura”, adornado con varios retablos valiosos en más de 7 mil pesos, habiendo costado su construcción más de 16 mil.

Es cierto, había sido la obra de una de las numerosas corporaciones religiosas de seglares de la villa: la archicofradía de su titular, en particular de su primer mayordomo, D. Gaspar de Bedriñana, quien entre 1715 y 1736 había reunido lo necesario para su construcción. En ella, ciertamente, se veneraba una imagen prestigiosa, como lo prueban las obras pías para la celebración de la fiesta en su honor cada 30 de octubre, que suman una decena entre 1767 y 1783, a más de las diversas donaciones y limosnas más modestas que recibía hasta mediados del mismo siglo XVIII. Empero, prácticamente desde su construcción era mucho más que la capilla de una devoción, pues se había convertido en el depósito del Santísimo Sacramento, esto es, servía de Sagrario de la parroquia, sede permanente de la presencia real divina en la Eucaristía.

Aún más, se convirtió pronto en uno de los lugares predilectos para el entierro de los notables orizabeños. De hecho, ahí se enterraría uno de los regidores fundadores del ayuntamiento, don Juan Antonio de Cora en 1794, pero también magistrados reales como el alcalde mayor Juan Sevillano, el comisario del Santo Oficio Francisco Rengel del Castillo, cosecheros de tabaco como Sebastián del Pozo y Diego Pérez, y desde luego sus esposas, como Da. Francisca Petronila Castelán y Da. María Antonia Alexos. Incluso el párroco de la villa, Francisco Antonio de Illueca había mandado en su testamento de 1772 que se le enterrase debajo del presbiterio de esa capilla.
Por supuesto, en el particular contexto orizabeño, de enfrentamiento constante entre la república de españoles y la de indios, la capilla tenía además la ventaja de salir por completo del dominio de estos últimos. En ello insistieron en 1765 los tenientes de cura de Orizaba: había sido “fabricada a costa de españoles sin intervención de indios”. Cierto, no dejaba de ser más pequeña que la capilla mayor de la parroquial, pero gracias a sus imágenes, a la presencia divina misma, al prestigio de los devotos y a la estética misma de su arquitectura y ornato, constituía bien un espacio sagrado adecuado para las ceremonias de la corporación de los españoles de Orizaba.

La parroquia de los indios de Orizaba

Catedral y el padre Llano 2A lo largo del siglo XVIII, de la segunda mitad sobre todo, Orizaba fue testigo de una rivalidad particularmente fuerte entre sus dos “repúblicas”, en el sentido del Antiguo Régimen de comunidades autogobernadas, la de indios y la de españoles. Una y otra se disputaron constantemente no sólo el control de los recursos, no sólo la jurisdicción sobre personas y abastos, sino sobre todo el predominio en el primero de los espacios públicos de la época, la iglesia principal de Orizaba, la de San Miguel.

Elemento sin duda fundamental del paisaje parroquial, el espacio donde se vive cotidianamente la existencia cristiana, la iglesia se había ido construyendo a lo largo de las primeras décadas del siglo XVIII, completando poco a poco todo lo necesario para satisfacer correctamente esas necesidades. Y en cada uno de esos elementos, visibles y cotidianos insistimos, los indios de Orizaba veían la huella de su mayor antigüedad y de sus derechos sobre los españoles. Lo podemos ver claramente en una carta dirigida al rey por el cabildo en 4 de enero de 1774 (AGI, México, legajo 1766), así como en los anexos a la solicitud de licencia para la cofradía del santo patrono (AGI, México, legajo 2663), entre otros documentos de diversos archivos.

El edificio mismo era testimonio de sus argumentos, pues habían sido ellos, los indios, quienes habían construido la “suntuosa parroquia”, “desde que se abrieron sus cimientos hasta su total conclusión”. Lo era también su ornato interior y exterior: lo mismo su “famoso presbiterio”, espacio propio del clero, reservado para las celebraciones y costoso en más de 300 pesos (cantidad nada menor para la época); así como la “magnífica portada” de la puerta principal, con las armas del rey rodeadas de los siete arcángeles, uno y otra pagados por antiguos gobernadores de la república de indios. Lo hacían constar asimismo los elementos propios de la vida cristiana, desde su inicio hasta su final: “los indios hicieron con primor a su costa el baptisterio” declararía el antiguo párroco Melchor Álvarez Carvallo en 1773; así como otros dos gobernadores se habían ocupado del cementerio, guarnecido “con ángeles de mampostería”, y del osario, “de cal y canto con su bóveda”.

Por supuesto, aportaron también los elementos sonoros de ese paisaje parroquial: la torre, “muy primorosa” en la que estaba colocada “la campana nombrada San Pedro con que al presente se toca los domingos a la misa”, mandada fundir por los mismos indios. Y más aún, entrando ya al tema del culto, lo mismo habían aportado “un órgano muy decente”, que de manera cotidiana “seis u ocho cantores para oficiar los divinos oficios”.

Así era: el culto divino con las misas, las horas canónicas, las bendiciones, los sacramentos y hasta los sermones, eran otros tantos recordatorios de su predominio en el paisaje parroquial. Ello incluía los púlpitos desde donde se predicaba, no menos que los objetos ceremoniales con los que se celebraba, desde las opas y sobrepellices de los sacristanes y monaguillos, hasta el acetre del agua bendita, y hasta incluso el cajón de cedro donde se guardaban las alhajas y ornamentos, según decir del padre Álvarez Carvallo, habían sido pagados por el común o por los caciques. Más aún en las solemnidades, según confesaba el párroco Francisco Antonio Illueca en 1769, los indios pagaban la iluminación indispensable de esos días: las luces del monumento del Jueves Santo,  las del tenebrario para el oficio de tinieblas, las del Santísimo en Corpus Christi. En fin, los propios actores del ceremonial eran ellos: no sólo los cantores, sino siete sacristanes y dos monaguillos, el campanero y el fiscal, todos designados de entre el común de naturales.

Por ello sin duda, fue en la iglesia parroquial donde se escenificaron algunas de las más duras batallas ceremoniales entre indios y españoles, protestando constantemente los indios su derecho a recibir la paz, el agua bendita y la ceniza de manos de clérigos y como los españoles, no menos que a conservar su banco, el de la república de indios, sin que nadie se les pusiera enfrente. Y para mejor probar su jerarquía, desde 1782 llegaban a la parroquia bajo de mazas, y desde 1787 luciendo el mismo uniforme que los regidores españoles.

Simultáneamente pues, teatro constante de sus devociones y ceremonias, y símbolo de sus derechos, teatro incluso de sus combates con los españoles, la república de indios pasó buena parte del período reafirmando su propiedad sobre la iglesia parroquial, procurando su mantenimiento y exaltando su belleza. Lo repetían ya al final del siglo (AGN, Templos y conventos, vol 17, expediente 3), cuando pedían autorización al virrey para hacer una reparación completa de ella: era, ni más ni menos, que “una de las piezas mejor formadas que se hallan en el reino, de manera que por su capacidad, hermosura y arreglo a las dimensiones del arte de arquitectura es envidiada de todas las poblaciones”.

Orizaba y Roma en el siglo XVIII

A lo largo del siglo XVIII, los fieles de la parroquia de San Miguel Orizaba, como la mayor parte sin duda de los católicos del mundo hispánico, tuvieron poco contacto con la Capital de la Cristiandad, con Roma. Conviene sin duda tenerlo presente, de manera general, la Santa Sede se relacionaba con los reinos americanos por intermediación del rey católico, en su calidad de Patrono de la Iglesia y otros títulos. Según las leyes, los documentos pontificios debían previamente obtener el permiso del Consejo de Indias para solicitarse a la Santa Sede, y una vez expedidos, obtener el pase del propio Consejo. Asimismo, contrario al rey, tan presente en las celebraciones litúrgicas hasta de las más pequeñas parroquias americanas, era más bien excepcional o propio de las grandes catedrales la celebración de los eventos de la Casa Pontificia. Así, en principio, Roma estaba ausente del ceremonial y muy mediatizada en sus documentos. Sin embargo, éstos existen: a lo largo del siglo XVIII al menos cuatro corporaciones religiosas orizabeñas obtuvieron diversos documentos romanos, tanto más significativos pues nos permiten ver qué se esperaba de la Ciudad Eterna en una villa novohispana de la época.

DSCF3456La primera ocasión de la que tenemos noticia de la llegada a Orizaba de un documento romano data de 1732, y es ya de hacerse notar que no se trata de un documento papal sino de una patente del ministro general de la Orden de Predicadores, es decir, de los dominicos, fechada en Roma desde el 26 de noviembre de 1727. En ella, fray Tomás Ripoll, concedía a los fieles orizabeños la licencia para fundar la cofradía de Nuestra Señora del Rosario de Orizaba, con la participación de todas las indulgencias concedidas a dichas cofradías fundadas por los padres dominicos en todo el orbe católico. Cabe decir, la del rezo del Rosario es una devoción tradicionalmente atribuida a Santo Domingo de Guzmán, el fundador de la orden (a quien vemos aquí a la izquierda en la imagen de la capilla que le está dedicada en la Basílica de Santa María sopra Minerva de Roma), de ahí que se recurriera a la más alta autoridad de los religiosos para legitimar la fundación de esta nueva corporación. Devoción de especial relevancia en la Reforma católica, se destaca por varias razones: es una práctica de meditación, ahí donde ese movimiento religioso había impulsado precisamente prácticas espirituales e interiores; es también la difusión de una serie de imágenes y de una ornamentación de los espacios sagrados, pues en la capilla de la cofradía debían tenerse presentes las de los 15 misterios y la de Santo Domingo; es en fin, y lo recordaba bien el general dominicano, la integración en una celebración del mundo católico en su conjunto, la del 30 de octubre, en conmemoración de la victoria de Lepanto contra los turcos, obtenida según la tradición por intermediación de los rezos del Rosario.  Por supuesto, es también la integración en las indulgencias de los cofrades, esto es, en los diversos perdones generales y parciales de los pecados de los devotos. La patente así, es de alguna forma una evidencia clara de la legitimación en Roma de la construcción del espacio sagrado orizabeño que tiene lugar a lo largo de la primera mitad del siglo XVIII y de la consolidación de sus corporaciones de seglares.

DSCF3719Mas no sólo los seglares obtuvieron su validación en Roma: las dos corporaciones de clérigos de la villa de Orizaba, la Congregación de San Pedro y el Oratorio de San Felipe Neri, recurrieron al Papa para obtener su confirmación. De hecho, en el primer caso, los sacerdotes congregantes obtuvieron el breve pontificio del 24 de septiembre de 1751 del Papa Benedicto XIV, pero nunca (hasta donde sabemos al menos) una real cédula que validara la fundación por parte de la Corona. El breve pontificio era en realidad su único documento fundacional, y no era sin duda un asunto menor: el clero local, el “cabildo eclesiástico de la villa” como se le denominó en alguna ocasión, entendía así que su legitimación le venía en principio de la Tiara y no tanto de la Corona.

Por su parte, los padres oratorenses, que sí que contaron con la licencia del rey para su fundación, obtuvieron asimismo un breve de confirmación del Papa Pío VI del 2 de junio de 1775. Es posible que actuaran entonces en comunicación con otros Oratorios novohispanos, pues los de México y Guanajuato obtienen también breves pontificios en 1776 y 1777. Acaso contarían allá también con la colaboración de la casa original de este tipo de congregaciones, la de la Iglesia Nueva de Roma (cuyo interior actual vemos en la imagen). Sea como fuere, los oratorenses obtienen también dos breves de indulgencias perpetuas para ellos, uno para su santuario, el de Nuestra Señora de Guadalupe, para los fieles que acudieran ante sus altares en sus fiestas.

DSCF3535Mas en ese sentido, la corporación que mayor número de breves pontificios obtuvo, ya casi al final del siglo, es nuevamente una corporación de seglares, la cofradía de las Benditas Ánimas del Purgatorio y Santos Ángeles. Ésta, acude a Roma a solicitar del Papa Pío VI un amplio y diverso número de indulgencias. Muestra de que ese proceso de consolidación de corporaciones de seglares devotos continuaba, los cofrades obtienen al menos siete breves entre 1795 y 1796, de los que conocemos los cinco fechados en la Basílica de Santa María la Mayor (que vemos en la imagen) el 1o de septiembre de 1795. Ellos nos informan de las prácticas religiosas de los cofrades y fieles orizabeños en general: exposición del Santísimo Sacramento el día de San Camilo Lelis, patrono de los agonizantes; octava de los Fieles Difuntos; fiesta de los Ángeles Custodios, en todas las cuales los breves conceden indulgencias perpetuas para todos los fieles. Desde luego, hay beneficios pedidos exclusivamente para los hermanos: indulgencia plenaria para el día de la comunión general mensual, e indulgencia extendida para todos los hermanos ausentes y difuntos.

Cierto, la naturaleza misma de los documentos nos impide conocer a detalle si quienes los tramitaron buscaron acaso hacer un peregrinaje, para besar el pie del Papa, por ejemplo, cual era la costumbre en la época de los peregrinos en Roma, para adquirir reliquias suyas o de los mártires de las catacumbas (aunque si así fue, no llegaron a Orizaba que sepamos). En ese sentido, si nos atenemos a estos indicios, uno diría que, mas que una devoción al Papa, la idea de los fieles orizabeños tenían de Roma es ante todo la de una fuente de indulgencias y privilegios, legitimación al más alto nivel de las corporaciones locales que dominaban por entonces el espacio público de la villa.