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Cardeña y los Couto

En estos días tengo el gusto de impartir una conferencia en el marco del ciclo que organiza el Seminario de Historia Mexicana en Lagos de Moreno. Para esta ocasión he elegido volver sobre la biografía del canónigo Ramón Cardeña y Gallardo, aprovechando los documentos que sobre él he encontrado en los archivos General de Indias, General de la Nación de México e Histórico de la Arquidiócesis de Guadalajara. Por ello creo oportuno dedicar este espacio para compartir cinco testimonios extraídos de esos expedientes.

Entre toda la documentación de Cardeña, particularmente interesante me ha parecido su correspondencia, que es probable le fue confiscada cuando su proceso por infidencia iniciado en 1812. Ésta, nos muestra sus relaciones con sus amigos, comerciantes sobre todo y ocasionalmente clérigos, que al igual que él atravesaban el Atlántico, pero por motivos comerciales y políticos. De la época en que estuvo en La Habana, desde finales de 1810 y casi todo 1811, le escribieron dos de los hermanos Couto, José María, clérigo y diputado suplente en las Cortes de Cádiz, y José Vicente, comerciante. Los nombres ya son elocuentes del nivel de relaciones que había ido tejiendo el canónigo, y que ayudan a explicar su capacidad para sobrevivir a sus numerosas desventuras. Además, su contenido nos ilustra la forma en que los hermanos Couto veían los eventos políticos del momento tanto en Nueva España como en Cádiz: hay observaciones interesantes tanto de las noticias de la guerra como de las actividades de las Cortes.

En fin, casi es obvio decirlo, las cartas ilustran las ambigüedades de la época. Estos personajes lo mismo tenían vínculos con la fidelidad al rey que con la insurgencia, reclaman el respeto a los nuevos derechos de los nacientes ciudadanos proclamados por las Cortes. Hijos de una familia devota orizabeña, no dudan empero en apoyar a este clérigo de vida profana, y José Vicente Couto se diría que incluso ironiza al dar noticias del arzobispo Lizana.

Leamos pues, brevemente, las inquietudes que intercambiaban estos hombres que iban y venían en medio de los conflictos trasatlánticos.

 

AGN, Indiferente Virreinal, caja 4891, exp. 3, fs. 43-44.

Veracruz y marzo 12 de 1811

¿Por qué es tanto silencio, mi querido Ramón, con tu invariable Couto? ¿Acaso has creído alguna decadencia en mi cariño? No lo pienses así, y primero consiento en que me reputes ladrón que semejante infamia, pero vamos a otra cosa.

Hoy se ha recibido noticia de haber muerto el arzobispo de México tu favorecedor. Yo siento decirte esta pesadumbre y aún pensé valerme de algún amigo para prevenirte este golpe, que hemos de hacer, esfuerza conformarse, y lo único que me atraviesa es cómo estará su primo.

El de Guadalajara está en México habiendo sufrido bastantes trabajos en su emigración dando la vuelta por Acapulco. Lo mismo le sucede al de Monterrey, que está en Tampico, sufriendo mil escaseces. Bastante han padecido también los canónigos, que muchos andan errantes sin saber qué han de hacer. Sin embargo, ya los insurgentes no tienen ejército considerable y ahora el daño que hacen es andar en partidas robando y talando. Pero por fin ya nos salimos del cuidado que nos ofrecía su reunión de Guadalajara y si acaso no hubieres leído el detal de esta acción pídeselo a los señores Cuestas a quien se los envío, para que leído que sea se lo dirijan a José María, entendido que a ti no te faltarán estos papeles en la casa donde estás.

Ya sabrás que Santa María está preso por no haber cumplido su destierro de inquisición por esta razón volverá bajo partida de registro a España. A esto se oponen los orgullosos, que satisfechos de su talento no adoptan los consejos oportunos que se les dan. Bastante se acuerdan ahora de lo que tú le dijiste.

Da la enhorabuena a nuestro amado Federico por el asenso de don Miguel Álava a quien vi en la Gaceta de España [sic] con especial complacencia.

Franco, aquel individuo que tanto favoreció el ministro Sierra, y por último le dio la asesoría de Puebla venía en el fragata Veloz pasajera y cinco días antes de llegar se tiró al agua consiguiendo su deseo de ahogarse, de modo que ni el cuerpo volvieron a ver los del buque.

Veré si consigo alguna papeleta interesante que poderte incluir y con esto concluye tu siempre apasionado e invariable.

José Vicente.

Pd. Creerás que nada escribe el flojón de José María Couto.

 

AGN, Indiferente Virreinal, caja 4891, exp. 3, fs. 39-40.

Cádiz, junio 5 de 1811

Mi siempre amadísimo Ramón: convencido de que ninguna de mis cartas llegaba a tus manos, resolví por último el no escribirte sino por mano de algún amigo que fuese de mi entera satisfacción. Te participé a su tiempo mi elección de diputado, los primeros acontecimientos de Cortes, las mociones contra la maldita Regencia pasada, la deposición de los sujetos que la componían, los debates contra el execrable Sierra que encontró un apoyo formidable en Puñonrrostro en Mejía y otros americanos sus agraciados, el triunfo de los que nos declaramos enemigos de este partido con la caída de su mecenas y en fin todo, todo cuanto podía contribuir así a satisfacer tu curiosidad como tus justísimos resentimientos.

Creía que no podía quedar en manera alguna comprometida contigo mi amistad y gratitud; pero me quedé sorprendido cuando a la llegada primero de [Guridi y] Alcocer, y después de Maniau entendí por tus cartas que las muchas que yo te tenía escritas no habían llegado a tus manos. Maldad execrable que me obligó a clamar (al paño y no a cara descubierta) contra el maldito abuso de abrir las cartas en el correo, abuso que continúa y continuará a pesar del decreto de las Cortes que habrás visto en El Conciso y otros periódicos.

Fui consultado por la Cámara para una prebenda de México, consultó la Regencia si podría conferírmela en vista del decreto de las Cortes que prohíbe a los diputados obtener algún empleo durante el tiempo de su diputación ni un año después. Me habilitaron las Cortes por haber sido hecha la consulta de la Cámara antes de la instalación, y después de todo el bribón de Sierra confirió a un canónigo de Córdoba esta misma prebenda. Clamé a las Cortes por esta notoria injusticia, no fui oído y me quedé sin nada. ¿Qué podría hacer por ti mi amadísimo Ramón, si no he podido lograr una miserable piltrafa para mi? Saca tú todas las consecuencias que se infieren de estos antecedentes, y aplaude la resolución que he tomado de no despegar mis labios en el Augusto Congreso Nacional. Veo, oigo y callo lleno de rabia y de dolor y lamentando la desgracia de nuestra miserable patria, víctima del despotismo intolerable de todos los gobiernos.

Entiéndeme, mi Ramón y perdona si no se explica cuanto quisiera tu desgraciado, impotente pero siempre fiel amigo.

José María.

AGN, Indiferente Virreinal, caja 3459, exp. 10, fs. 6-7

Cádiz, junio 16, 1811

Mi amadísimo Ramoncito: Creo que ya podré dirigirte mis cartas con más seguridad y sin temor de que sean interceptadas, como lo fueron las primeras que te escribí. No hay remedio, es preciso que el despotismo ministerial continúe haciendo sus víctimas miserables, porque el mal está en la masa de la sangre… Esta es la razón porque no me atrevo aún a decirte con libertad y franqueza mi modo de pensar en cuanto a los asuntos públicos. Los periódicos te informarán completamente y lo que ellos no digan tu talento lo inferirá de los antecedentes que involuntariamente establecen. Hablemos de lo tuyo.

Sierra, tu mortal enemigo, fue precipitado del alto asiento a que lo elevó la ignorancia y la intriga, pero su caída en nada pudo contribuir a mejorar tu desgraciada suerte. Se decretó primero por las Cortes la suspensión de todas las prebendas vacantes en España y América, por consecuencia ni palabra se podía hablar en la materia, por la odiosidad que en sí contenía, aun cuando sólo se tratase de traslación. Se levantó después la suspensión en cuanto a las de América, pero fue cuando ya estaba formado el reglamento del Poder Ejecutivo, con el que se le prohíbe la facultad de presentar y nombrar para ninguna dignidad, canonjía ni prebenda sin consulta de la Cámara. En esta domina Carvajal, tu enemigo y mío, y de todos los americanos. ¿Qué podía yo hacer a tu favor? Considéralo, mi amado Ramón, y no atribuyas a ingratitud lo que solo ha sido efecto de una absoluta imposibilidad.

Vera… Vera… señor, es como todos los Agustín, habla mucho, promete más y no hace maldita la cosa. Satué está lleno de los mejores deseos, pero son ineficaces por desgracia.

Maniau, [Guridi y] Alcocer yyo esperamos una calva ocasión de favorecerte, si es que podemos. ¿Por qué no te vienes, mi querido Ramón? Acaso tu presencia… pero no me atrevo a aconsejarte en este particular. Haz lo que te dicte tu corazón y cuenta siempre con la fina invariable amistad de tu

José María.

 

AGN, Indiferente Virreinal, caja 3459, exp. 10, fs. 4-5

Cádiz, julio 11 de 1811.

Mi queridísimo Ramón: Cansado de escribirte con el gran desconsuelo de que ninguna de mis cartas llegaba a tus manos, había resuelto no ponerte más una letra, a menos que no fuese por un conducto seguro y me prestase confianza de que no se extraviase. Las repetidas quejas que se han dado a las Cortes de la mala con [que] se trataba la correspondencia de los particulares en la Administración de Correos dio lugar a las providencias que habrás visto tomadas en los Diarios de Cortes. No me queda la menor duda de que al principio se interceptó nuestra correspondencia, y nos dejó incomunicados el gobierno. Te juro que te he escrito con frecuencia, y este testimonio íntimo de mi conciencia, unido a otros datos, me obligan a creer que esta excomunión duró hasta hace pocos días en que la han querido levantar.

Vamos a lo que nos importa. Ha sido imposible el hacer la menor gestión para trasladarte a otra Iglesia. Al principio se suspendió por las Cortes la provisión de prebendas vacantes, y entonces era un crimen hablar de estas materias. Después se permitió el proveer las de las Iglesias de América, pero fue cuando estaba ya dado el reglamento del Poder Ejecutivo, y por el que se previene que la Regencia no puede nombrar para ninguna prebenda eclesiástica sin consulta de la Cámara. En esta domina el bribón de Carvajal, tu enemigo nato y mío. ¿Qué podíamos hacer a tu favor tus amigos en estas desgraciadas circunstancias? Lo peor es, sí, te lo diré, lo peor es que por ahora no se me presenta un solo medio de poderte consolar. Todo esto anda a la diabla, y no ofrece esperanzas de mejorar. Ya entenderás lo que te quiero decir.

Por ahora lo que te conviene es mantenerte en esa ciudad a pretexto de los insurgentes que andan por tu obispado, mientras las cosas toman otro aspecto, que creo no será muy pronto.

Maniau me entregó ocho cajetas de guayaba a tu nombre. Las he disfrutado con tanto gusto como agradecimiento a tu fina memoria.

Dispénsame el que nada te hable de asuntos públicos, porque me he propuesto el no tratar de ellos ni en las Cortes. Guardo un profundo silencio que no interrumpiré porque así conviene y el tiempo justificará esta medida de prudencia y sabiduría.

Mi amado Ramón, es tuya y no se olvida jamás de ti tu invariable amigo.

José María.

 

AGN, Indiferente Virreinal, caja 4891, exp. 3, fs. 34-35.

Veracruz, septiembre 22, 1811

Mi amadísimo: ayer he recibido tu apreciable de 5 que me sorprendió bastante pues creí que ya estabas en España gozando tranquilamente el triunfo de tus malvados enemigos; pero a pesar de haber pensado esto no he dejado de escribir constantemente hasta ver que ninguna mía contestabas con lo que me persuadí eran realizadas mis conjeturas; y después de esta imaginaria satisfacción he de recibir el amargo tormento de saber que aún padeces como el primer día sin quererse aliviar el [cortado] tu enorme aflicción. Esto no se puede sufrir ya mi querido Ramón y a mí me parece que ya no debes aguardar más. Que reúnas todo el metálico que puedas y por la vía de Jamaica te dirijas a Gibraltar desde cuyo punto explores por medio de tus fieles amigos con reserva, cómo serás recibido, con todo lo demás que te parezca oportuno y luego que juzgues es tiempo de presentarte allí lo hagas manifestando al Congreso en lo verbal todos tus males con la energía que te es característica. Tienes justicia mi querido Ramón no temas salir mal, sobran amigos tuyos y de José María allí, que te sacarán libre de las uñas de tus antagonistas. Animo y resolución.

¿Venir aquí? ¡Qué locura! Deséchala como el más mal pensamiento entonces si podríamos decir que huyendo de las llamas caías en las brazas, yo no temo por nada y a pesar de eso voy a emigrar de mi natal suelo para siempre jamás dejando mi familia y demás personas que amo, porque ya aquí absolutamente [no] se puede vivir. Sí, mi tierno amigo, para principios de 812 pienso marcharme a Cádiz donde buscaré relaciones para Inglaterra a donde pienso radicarme con lo poco que tengo para buscar tasadamente un pedazo de pan sin aspirar a enriquecer y dejar al mundo que se transtorne como quiera que yo no pienso ni siquiera observarlo.

Se está haciendo a la vela este buque y no puedo continuar. Hazme el favor de mandar a José María la adjunta copia y decirle que el comercio de México se mantiene cerrado desde el día 3 hasta la fecha de resultas de una conspiración que sabrá por los papeles públicos. Se trata de la degradación de cuatro agustinos para llevarlos al suplicio, y las cárceles están llenas de gente de todas clases.

El tuyo de corazón José Vicente.

[P.D.] José Ignacio está preso (pero no por cosa de insurgencia)

Tras los pasos de Ramón Cardeña y Gallardo

En estos días he estado en Madrid consultando el Archivo Histórico Nacional a propósito de mi proyecto sobre la reforma de cofradías del siglo XVIII, pero también el Archivo General de Palacio Real, cuya puerta vemos en la imagen, siguiendo los pasos de un particular personaje de finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX: Ramón de Cardeña y Gallardo.

Archivo General de PalacioApodado el “cura bonito”, Cardeña era en efecto un clérigo. Nacido en la villa de Xalapa de la Feria allá por agosto de 1769, era hijo de la familia de los únicos escribanos (notarios diríamos hoy) de ese lugar. Criollo pues de una familia de regular condición, como muchos otros acudió a la capital del obispado, Puebla de los Ángeles, para estudiar en el seminario diocesano. Inició pues una carrera clerical clásica, que debía llevarlo a hacer estudios universitarios, obtener algún grado y luego ir concursando por beneficios eclesiásticos, curatos o canonjías sobre todo. Pero no, Ramón Cardeña no quiso seguir todo ese largo proceso, y hacia 1796, cuando tenía unos 27 años máximo, era sólo un bachiller y cura interino de Acatzingo, dejó todo y se embarcó rumbo a la Península Ibérica.

Fue en Madrid, cómodamente instalado en la Corte de Carlos IV, donde realmente hizo su carrera. Residió aquí entre 1796 y 1802, seis años más o menos. Aquí logró sus dos cargos más importantes (únicos de hecho) que ostentaría el resto de sus días, hasta su muerte en 1820: capellán de honor honorario de Su Majestad y canónigo de gracia de la Catedral de Guadalajara de Indias, obtenidos ambos en 1798, después de sólo 2 años de residencia en la capital de la monarquía hispánica. Cardeña, por cierto, es un personaje ya conocido de la historiografía mexicanista. Ha sido citado sobre todo porque a principios de 1812 encabezó en su natal Xalapa una junta secreta (que no lo fue por mucho tiempo, pues en una villa de esa época no es que fuera fácil guardar algo en secreto), que ha sido considerada una de las primeras sociedades masónicas de la Nueva España, con contactos con los insurgentes de la región.

El canónigo fue juzgado por ello de manera conjunta por la vía civil y eclesiástica, y luego por la Inquisición, entre 1812 y 1815 al menos. Es igualmente conocido por haber sido amante de la célebre María Ignacia Rodríguez de Velasco, la “güera Rodríguez”, denunciado por su esposo en 1802, cuando se había detenido en la Ciudad de México de camino a tomar posesión de su canonjía tapatía. Si tales fueron los “méritos” por los que ganaría fama, y que ameritan y han ameritado bien la atención de los historiadores, su “carrera profana”, por así decir, es bastante más extensa. Lo más claro en él, por supuesto, es la movilidad. El Concilio de Trento desde el siglo XVI había impuesto a los eclesiásticos la residencia, la vida sedentaria, como una de sus principales características.

En principio debía acabar con los clérigos vagabundos, con los que hacían vida cortesana, en lugar de atender a los fieles. Pero justo Cardeña era un clérigo cortesano, que hacía todo lo posible para excusarse del coro de la Catedral que debía servir, y que terminó por fugarse de vuelta a la Corte entre 1808 y 1812. Sin duda pues, esos seis años que pasó en Madrid, “atendiendo en el cuarto de Sus Majestades”, según dijo en alguna ocasión, fueron decisivos. ¿Qué mejor pues, para entender bien a este personaje que acudir al Palacio Real donde inició sus andares? Fue aquí, en Madrid, donde se ganó el apodo de “cura bonito”, donde sus enemigos (los inquisidores en particular) señalaban que había tenido la protección del mayordomo mayor Manuel Mallo y Quintana, donde el padre Servando Teresa de Mier lo había conocido (“mientras se afeitaba y peinaba”, por supuesto) cómodamente instalado.

Empero, el inquieto Cardeña dejó poca huella en el archivo palaciego. Su expediente personal, incompleto, se forma apenas de los documentos indispensables para su presentación como capellán de honor. Uno no puede evitar sonreír con el oficio firmado por el Cardenal de Sentmanat, Patriarca de Indias y vicecapellán mayor del rey, quien lo presentó en enero de 1798 alegando “sus particulares servicios, instrucción y literatura”. Fue pues, capellán real desde mayo de ese año, sin embargo, no aparece en el registro de tomas de juramento de los capellanes, ni en el de pagos por sus servicios, ni tampoco, en fin, en el del bolsillo secreto de la Casa Real, de donde hubiera podido llegarle alguna limosna. La ausencia es significativa: era capellán de honor del rey, pero en realidad no parece que hubiera conocido con frecuencia la Real Capilla.

La duda persiste sobre cómo, y en particular, de qué vivía Ramón de Cardeña y Gallardo durante su estancia en la Corte, misma que me llevará seguramente a los archivos notariales de Madrid en la siguiente estancia por estos rumbos. A cambio, ha sido muy instructivo conocer a otros de sus compañeros capellanes de honor de Carlos IV. Hubo otros americanos, como don Mateo Gelder y Bolívar, caraqueño, o don Ignacio O’Farril, habanero, de familias de la más alta élite de sus respectivas regiones, y con una fama mucho más honorable que el libertino hijo de un escribano xalapeño, por así decir.

Entre los peninsulares, por supuesto destaca don Joaquín Lorenzo de Villanueva, quien luego sería uno de los grandes hombres del primer liberalismo español. Es asimismo interesante que poco antes de que Cardeña, eterno ausente de sus cargos, ingresara a la Capilla Real, en 1796 el Cardenal de Sentmanat se ocupaba de eliminar a los sumilleres de cortina con residencia en Madrid, justo para evitar que abandonaran las sedes de sus beneficios. En fin, paradójicamente, persiguiendo a Cardeña se me atravesaron documentos de reinados posteriores, y entre ellos de otro eclesiástico que hizo (él sí) carrera en Nueva España: Pedro José de Fonte, arzobispo emigrado de México, quien cerró su trayectoria de lealtad a la Corona como Patriarca de Indias y vicecapellán mayor de Isabel II de 1837 a 1839. Activo hasta el final, preparó incluso una reforma de la planta de la Capilla Real, que veremos en algún otro artículo de este blog.

Clero, religión e independencia

clero_nueva_espanaAna Carolina Ibarra, El clero de la Nueva España durante el proceso de independencia, 1808-1821. México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2010, 127 pp.

La doctora Ana Carolina Ibarra, especialista ya consolidada del tema de la participación del clero en la guerra de 1810, en particular en el sur novohispano, en Oaxaca, nos ofrece en esta breve obra una compilación de cinco de sus ponencias y artículos ya publicados entre 2006 y 2009. En ese sentido no es estrictamente hablando una obra original; tiene en cambio la virtud de abordar, a veces desde posiciones muy clásicas, diversas facetas de interés de esa problemática, que permitirán a un lector novel introducirse en ella.

Siguiendo estrechamente los pasos de obras como las de Nancy Farriss (Clero y corona en el México colonial, 1995) y David Brading (Una Iglesia asediada, 1994), para la profesora Ibarra la participación del clero en la guerra se explica en buena medida por las reformas borbónicas. Tal es una de una de las ideas más repetidas en esta compilación: habría sido el cuestionamiento del fuero personal de los eclesiásticos por parte de la Corona, pero también su intento de apoderarse de bienes de la Iglesia, con la consolidación de vales reales de 1804, los factores fundamentales para la participación del clero en el bando insurgente del conflicto. Si bien en los textos retomados falta acaso una argumentación más clara y evidente de esa relación, sobre todo para el propio año de 1810, es un tema que llevó a la autora a examinar de cerca las justificaciones dadas por los propios clérigos insurgentes sobre su particular acción. Dos de los cinco textos incluidos tratan justamente de esta materia. Sin dejar de lado, cabe destacarlo, al clero realista y a la “mayoría neutral” (esta última retomada especialmente a partir de la obra de William B. Taylor), examina las declaraciones dadas en la prensa y ante las propias autoridades realistas en los procesos de algunos clérigos insurgentes.

La recuperación de ese pensamiento hace resaltar su diversidad y sus ambigüedades, reintroduciendo además el tema de las preocupaciones religiosas de los clérigos, en una historiografía que tradicionalmente tiende a secularizarlos en más de un sentido. La autora nos muestra así en varios de los textos, tanto la ya bien conocida fidelidad católica de los clérigos insurgentes, como algunas de sus ideas “heterodoxas”, que relaciona con los “-ismos” más importantes del catolicismo de la época, como el “richerismo” y el “galicanismo”. En ese sentido, son de particular interés su análisis de los “artículos doctrinales” publicados por la prensa insurgente y del “Reglamento Eclesiástico Mexicano” de 1817, no menos que las discusiones en torno a la creación de una vicaría castrense, en los cuales la autora lee la cercanía del clero insurgente novohispano con aquellos grandes movimientos europeos. Paradójicamente, se advierte una crítica importante al regalismo de los Borbones, a partir de posiciones “jansenizantes”. Hay en todo ello cierto eco de una idea ya explorada por la historiografía del jansenismo hace algunas décadas: la posibilidad de integrar esta participación clerical en los amplios debates eclesiológicos de la época.

Cabe decirlo también, la profesora Ibarra no deja de lado al clero realista y la diversidad de su pensamiento, sirviéndose para ello especialmente de los sermones predicados en tiempo de la crisis de 1808, que trata en el primero de los artículos recopilados. Entre insurgentes y realistas podía incluso haber preocupaciones comunes. El último de los textos trata justamente de un tema fundamental que parecieran haber abordado ambos bandos del conflicto y últimamente los trigarantes, todos por igual: la idea de la defensa de los privilegios clericales. En ese sentido, la autora postula que la indepdencia en 1821 habría sido menos “reaccionaria” de lo que suele pensarse, pues no habría sino aglutinado a actores diversos en torno a una causa que se estimaba común para todos y que la insurgencia misma ya había reivindicado, como era la inmunidad clerical.

Sin embargo, los pasajes más interesantes de la obra son, sin duda, aquéllos en que la autora busca de las fuentes de la “heterodoxia” insurgente a través del tema de la formación intelectual del clero, en concreto con un caso: el del párroco de Río Hondo, Manuel Sabino Crespo. Este personaje, participante de las discusiones sobre la vicaría castrense, se convierte casi en un pretexto para analizar con detalle el nivel intelectual de los párrocos del sur, los libros a su alcance y en general el ambiente intelectual de una ciudad episcopal modesta como era Oaxaca.
En este punto, no podemos sino subrayar la capacidad de la autora para seguir trayectorias vitales. Lejos de aparecer como un grupo indiferenciado, se aprecian con detalle trayectorias específicas entre el clero insurgente, como las de los canónigos Velasco y San Martín, o de párrocos como Crespo. Ello no evita, claro, que la autora haya también analizado las cifras de la participación clerical y presentado sus propias apreciaciones, en un conteo de ya larga tradición en la historiografía mexicanista.

Destaquemos en fin que la obra es particularmente didáctica. El neófito en estas materias agradecerá sin duda que, el primer artículo  proporcione una presentación general de la vida eclesiástica novohispana hasta el momento de la llegada de la noticia de las abdicaciones de Bayona. Ya lo decíamos, el artículo dedicado al padre Crespo abunda en cambio en el tema de la formación clerical.

En suma pues, en estos cinco artículos de la doctora Ibarra, lo mismo el lector novel que el investigador encontrarán un análisis interesante de la relación entre el clero y la independencia de México.

Una liturgia para América Latina

El pasado 12 de diciembre tuvo lugar en la Basílica Vaticana, es decir, en San Pedro de Roma, una misa encabezada por el Papa Benedicto XVI en persona, dedicada a conmemorar el bicentenario de las independencias de los países latinoamericanos. De ella, la prensa mexicana retuvo sobre todo la confirmación, en voz del propio Papa durante su homilía, de su viaje a México y Cuba; sin embargo, la liturgia de la ocasión no deja de ser interesante. Desconozco si la televisión de señal abierta o cerrada transmitió la ceremonia, por lo que creo que conviene una descripción paso a paso de la misma. Quien sí la haya visto, perdonará pues si entro mucho en los detalles. Aquí en primer término la nota difundida sobre el evento en el canal en español de la Santa Sede en Youtube.

Ya desde los ritos iniciales, los organizadores de la misa quisieron transmitir mensajes bastante claros. Teniendo de fondo el canto Pueblo de reyes, versión en español del Peuple de Dieu de Lucien Deiss, hicieron en primer lugar su entrada las banderas de todos los países latinoamericanos, incluso de aquellos que no conmemoran bicentenarios independentistas en estos años, como Haití, Brasil y Panamá. Portadas por jóvenes de los respectivos países, uno diría que la nave central de la Basílica se convertía en una simbólica procesión de nuestras naciones hacia la Cátedra de San Pedro que luce en el fondo de ella. Representados pues, ya que no necesariamente por diplomáticos al menos por nuestros símbolos nacionales, tomó la palabra el Dr. Guzmán Carriquirry, actual secretario de la Comisión Pontificia para América Latina, y uno de los laicos de más importante trayectoria en los dicasterios de la Santa Sede. Su discurso, fue ya una lectura de la historia latinoamericana en renovada clave católica. Esto es, sin caer necesariamente en los viejos dichos de la historiografía conservadora latinoamericana, se insistía con fuerza en el papel decisivo del catolicismo en el desarrollo de nuestros pueblos. Notemos en particular las citas: salieron a relucir el Nican Mopohua (el célebre texto fundador de las apariciones guadalupanas), al lado de frases célebres de los próceres de la independencia Bolívar y Morelos (“Morales”, dijo por equivocación el profesor Carriquirry), y claro está, referencias de los documentos de la última conferencia general del episcopado latinoamericano, la de Aparecida (Brasil), y del propio Benedicto XVI. Cerró esta primera parte, previa a la misa propiamente dicha, la oración guadalupana pronunciada por el arzobispo de Santo Domingo (República Dominicana), cardenal López Rodríguez.

Presentes ya las naciones festejadas y debidamente enmarcada su historia en la del catolicismo, bajo unos clásicos acordes del Tu es Petrus, hizo su entrada el Sumo Pontífice acompañado de los concelebrantes. Cabe destacar la repartición “equitativa”, por decirlo de alguna forma, de los asistentes del Sumo Pontífice: dos cardenales de la curia, el Secretario de Estado, cardenal Bertone y (era casi obligado) el presidente de la comisión para América Latina, cardenal Ouellet, con dos cardenales arzobispos latinoamericanos, el de México (cardenal Rivera Carrera) y el de Aparecida (Brasil, cardenal Assis). En contraste con el muy clásico y solemne rito de entrada, luego de unas palabras de  agradecimiento al Papa por haberse sumado a la conmemoración del Bicentenario, la música elegida para la ocasión fue mayormente la Misa criolla (1965) del argentino Ariel Ramírez, joya de la música religiosa latinoamericana del siglo XX. Inspirada en la música tradicional argentina y andina, jugó en su día un destacado papel como fuente de inspiración para la música de la Teología de la Liberación, aunque nunca estuvo relacionada con ella directamente. Desconozco, lo confieso, si ya antes se había usado en la Basílica de San Pedro y con el Papa presente, pero convenía en este caso tanto más cuanto que Ramírez la dedicó a unas religiosas compatriotas del Papa que habían asistido a las víctimas de un campo de concentración del nazismo. Para quien no lo conozca, aquí incluyo el Gloria de ella, en una de las versiones más conocidas, la interpretada por Mercedes Sosa.

Al ritmo de estilo sudamericano, siguió la liturgia de la palabra mayormente en español, sólo la segunda lectura fue proclamada en portugués. En cuanto a las lecturas, si bien el Salmo (66) y el Evangelio (San Lucas, 1) fueron efectivamente tomados de la liturgia que se acostumbra en México para la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, en la primera lectura el profeta Isaías dejó paso a Zacarías, y en la segunda, la carta de San Pablo a los Gálatas fue sustuida por un pasaje del Apocalipsis. Aunque sin duda los especialistas en estos temas podrán corregirme, no creo que hayan sido cambios al azar. El pasaje del profeta Zacarías, capítulo 9, con su evocación de la extensión del reino prometido al pueblo de Israel “hasta los confines de la Tierra”, convenía perfectamente a una liturgia para los pueblos latinoamericanos, e incluso abría bien el responso del salmo “Que te alaben Señor, todos los pueblos”. Por su parte, la lectura del Apocalipsis vendría a ser hasta históricamente más apropiada, toda vez que desde siglos atrás los oradores novohispanos y mexicanos quisieron ver en la de Guadalupe la “gran señal” de la visión de San Juan en Patmos, y ella también abría bien el camino al Evangelio, el de la visita de la Virgen a Isabel. En general, pues, se diría que los organizadores trataban de darle mayor realce a la imagen misma que ya nos habían dado en los ritos iniciales, la de unos pueblos lejanos y múltiples, reunidos en torno de la imagen maternal mariana, no menos que de la maternal Iglesia.

Vino así la homilía, asimismo en español (salvo un breve pasaje en portugués) que no reseño por estar publicada íntegramente en varios idiomas en el sitio de la Santa Sede. No puedo omitir, sin embargo, que valdría la pena hacer alguna vez el recorrido de las palabras de los Papas sobre la independencia latinoamericana, desde aquellas encíclicas de Pío VII (Etsi longissimo, 1816) y León XII (Etsi iam diu, 1824), hasta esta manifestación de la “alegría de la Iglesia” por el aniversario de nuestras naciones. Más solemne, en latín sobre todo, aunque sin dejar de lado en la música a la Misa criolla, la liturgia eucarística fue por ello (siempre según mi particular opinión), algo menos rica en referencias específicas a la América Latina. Por ello, más que seguir describiendo el ritual, quisiera cerrar simplemente con esta imagen, propia del Servicio Fotográfico de L’Osservatore Romano, periódico oficial del Papa (la galería completa está disponible en su página de internet). En ella vemos el paso del Sumo Pontífice ante las banderas latinoamericanas, al fondo la Cátedra de San Pedro, los abanderados de pie en saludo a la máxima autoridad de la Iglesia católica. Lamentablemente no encontré una imagen clara de cómo las banderas se inclinaron al momento de la consagración, pero en uno y otro caso, creo que ilustra bien una parte no menor de este ceremonial, que también iba dirigido a mostrar a las naciones latinoamericanas tributando honores a la Sede Apostólica.Papa y Banderas

Juan Ortiz Escamilla: Subversión clerical y autoritarismo militar

Colección Veracruz 1El día de hoy el que esto escribe y los blogs Clioscopia, Facetas históricas, Un historiador y sus viajes, dedicamos un modesto homenaje al Dr. Juan Ortiz Escamilla, especialista del tema de la Guerra de Independencia de México. Entre sus muchas aportaciones en esta materia, me interesa resaltar aquí la más evidentemente relacionada con la historia religiosa novohispana: el análisis de la participación del clero en la guerra, especialmente en el bando insurgente. Además de las menciones dispersas al respecto en su libro El teatro de la guerra. Veracruz, 1750-1825 (Universitat Jaume I, 2008), nuestro homenajeado ha tratado el asunto en dos capítulos de libros colectivos: “El bajo clero durante la guerra civil de 1810” (El nacimiento de México, 1999) y “De la subversión clerical al autoritarismo militar: o de cómo el clero perdió sus privilegios durante la guerra civil de 1810” (Los procesos de independencia en la América Española, 2002).

Bajo2En “El bajo clero”, el doctor Ortiz esboza en primer lugar las diferentes posturas del clero ante el conflicto armado, recordándonos que los sacerdotes tenían intereses al mismo tiempo específicos y diversos, que defenderían a lo largo de esos años. Esto es, los obispos como Manuel Abad y Queipo –cuya representación del 30 de mayo de 1810 analiza con detalle– se interesaban por el mantenimiento de la paz y por la introducción de ciertas reformas liberales, económicas sobre todo. En ellas coincidían sin duda los clérigos insurgentes, pero su combate iba también “en contra de la reducción de los privilegios de la Iglesia”. Lejos pues de enfrascarse en un combate meramente profano, los clérigos insurgentes enarbolaban símbolos religiosos y criticaban duramente una naciente cultura secular. Si bien el término “guerra religiosa” no aparece en texto, como sí sucede en los de otros autores como Marie-Danielle Démelas-Bohy, el doctor Ortiz nos recuerda de manera convincente que la guerra se planteaba en una cultura no secularizada.

En un segundo término, analiza también el lugar fundamental que adquirieron muchos eclesiásticos durante la guerra, en los dos bandos que se enfrentaban. Entre los insurgentes, ya la movilización del padre Hidalgo había tenido lugar, en parte, a través de una red clerical; y largo del movimiento, tanto entre los rebeldes como entre los realistas, los párrocos se mantendrían como importantes intermediarios entre los altos rangos y los pueblos, liderando incluso algunas partidas contrainsurgentes. Mas sobre todo, el doctor Ortiz nos hace concientes de las pérdidas sufridas por el clero en la batalla. Si entre los insurgentes surgieron pronto voces que pedían su desplazamiento de los cargos de responsabilidad, entre los realistas, los comandantes les coercionaban duramente para obtener un claro compromiso a favor de la “justa causa”.

Subversion2Esta última línea es la que aparece ya más desarrollada en “De la subversión clerical”, y es sin duda la aportación decisiva del doctor Ortiz. El título mismo del capítulo constituye una tesis de por sí: lejos de ser un movimiento restaurador de la autoridad del clero que la encabezaba, “la guerra abrió de lleno las puertas de la iglesia, al permitir la intromisión de los militares y de la autoridad civil en los asuntos eclesiásticos locales”, e incluso “el clero terminó de rodillas ante el gobierno civil y militar”, nos dice desde las primeras páginas. Reforzando lo dicho en el texto precedente, nos muestra cómo en los gobiernos insurgentes, progresivamente ganaron terreno los seculares sobre los eclesiásticos, imponiendo su autoridad en los bienes de las iglesias y desplazando a sus enemigos clericales.

Perdida la partida en el bando insurgente, entre los realistas la situación del clero no era mejor. Analizando sistemáticamente la correspondencia militar del grupo documental Operaciones de Guerra del Archivo General de la Nación, el doctor Ortiz constata no sólo las pérdidas del fuero personal que ya habían sido destacadas por Nancy Farriss (Clero y corona en el México colonial, 1995), sino también toda una serie de categorías formadas por los comandantes a partir a veces de los más mínimos gestos de los clérigos. La forma de recibir a las tropas, la promoción de devociones populares entre los insurgentes, la participación en el comercio y hasta la forma de indultarse, todo hacía sospechosos a los clérigos. Había así, no sólo francos rebeldes, sino “insurgentes mansos”, “insurgentes vergonzantes”, “neutrales” o “políticos”, cuyo punto en común, tal vez más evidente que el carácter clerical, era la culpabilidad a priori que tenían todos en la rebelión, según el prejuicio de los militares.

atlas-patrimonio-27Si bien obispos como el propio Abad y Queipo, o incluso Antonio Joaquín Pérez Martínez, de Puebla, no dejaron de protestar por las crecientes presiones sobre sus súbditos, para nuestro homenajeado, la guerra explica en buena medida la posición de debilidad en que se encontró el clero en los primeros años del México independiente: ambos bandos del conflicto lo habían dividido, diezmado y sometido, los primeros gobiernos estatales culminarían la obra desplazándolos de cargos políticos, y limitando su autoridad aprovechando sus abundantes conflictos con sus feligreses.

El tema de la participación del clero en la guerra de independencia no era nuevo, por supuesto, al abordarlo el doctor Ortiz, mas no había perdido actualidad. Es todavía motivo en las obras de Nancy Farriss, William B. Taylor y más recientemente Eric Van Young, además de los trabajos de Rodolfo Aguirre. Y no se trata sólo de esclarecer los números de la participación clerical y en qué bando militó el mayor contingente, sino de ponderar las circunstancias políticas, sociales y religiosas que condicionaron esa participación. Y en ello, nuestro homenajeado nos ofrece una interpretación sugerente, que nos aporta una imagen menos monolítica del clero, y más compleja de la guerra misma. Y en ello está su contribución más importante, en que contribuye a sustentar una de las tesis fundamentales de su trabajo, que la guerra de 1810 debe en buena medida comprenderse como una “guerra civil”.

Desventuras de un fraile capellán y cantor

Un fraile del Antiguo Régimen podía sin duda pasar buena parte de su vida en un convento, siguiendo tranquilamente la regla de su orden, asistiendo cotidianamente al coro, al confesionario y al púlpito, tal vez ocupando algunos cargos dentro su provincia, predicando en las ocasiones solemnes en otras iglesias, etcétera. Sin embargo, hubo frailes que conocieron una vida mucho más agitada que la permanencia en un claustro urbano. Los hubo con andanzas por los rumbos a veces más insólitos, a veces siguiendo las órdenes de sus superiores, como demandantes de limosna de alguna imagen, como procuradores de sus institutos por algún trámite, como misioneros itinerantes, como capellanes de cuerpos militares. Otras veces, también las hubo, simplemente porque eran “apóstatas”, es decir, fugados de sus claustros para escapar de alguna acusación o porque simplemente habían perdido la vocación. Aunque hoy nos imaginamos vivir en una época en que las comunicaciones y los viajes son mucho más fáciles, hay que reconocer que tampoco era muy difícil la movilidad de la que dan prueba estos religiosos. Si en principio debían vivir “separados del mundo”, algunos ejemplos nos muestran que sabían muy bien moverse en él cuando era necesario.

Aquí un ejemplo de frailes viajeros: una petición de fray Martín Cañero, religioso franciscano, al Consejo de Indias en 1790 que proviene del Archivo General de Indias, legajo México 2666. Fray Martín es un fraile andaluz, que se embarca para servir de capellán en los navíos de guerra españoles en 1779 y que conoce un largo periplo en el Caribe, para finalmente desembarcar en la Nueva España después de la guerra. Después de sus vueltas en buques y hospitales militares, conoce otras tantas buscando una provincia franciscana donde establecerse, para terminar de nuevo como capellán militar en Durango. En sus viajes, sin embargo, fray Martín tenía una particular ventaja: su voz, que lo hace “muy útil y aún necesario” como dirá uno de sus superiores en el documento que aparece más adelante. Nuestro fraile es bajo, voz rara y por tanto estimada, sobre todo para completar las capillas de cantores, lo mismo en México que en Durango, y dar mayor realce al culto divino.

No es, me parece, un tema que haya resaltado mucho en la historiografía. De hecho en algunas ocasiones casi podría pasarse por alto, por lo que no está de más recordarlo: los frailes cantan. En los conventos donde había una comunidad en forma, asistían constantemente al coro a lo largo de la jornada para cantar las horas canónicas: maitines a la medianoche completados con laudes al alba, prima, tercia y sexta repartidas a lo largo de la mañana y el medio día, nona hacia las tres de la tarde, vísperas al caer ésta y completas al final de la jornada.

Por tanto, un fraile con buena voz era forzosamente bien estimado. El expediente deja ver que nuestro religioso sabe de esa ventaja y le saca provecho cuando es necesario. Por supuesto, y aunque era de esperarse en un documento dirigido a una de las máximas instancias de la Corona, el religioso insiste en haber trabajado constantemente al servicio de las “Dos Majestades”, la divina y la humana. Y en efecto su labor como capellán lo ha puesto directamente al servicio de las tropas del rey, sobreviviendo entonces del sínodo que la Corona le asignaba. De hecho, y lo lamenta en un pasaje de esta exposición, ha hecho más bien carrera de capellán militar que de fraile conventual, por lo que ahora encuentra difícil hacerse aceptar en una comunidad, y menos aún llegar a obtener algún reconocimiento por antigüedad o algún cargo, como correspondía a un fraile ya maduro.

Veamos pues este testimonio de los andares de un religioso de finales del siglo XVIII.

AGI, México, leg. 2666

Señor

Fr. Martín Cañero, religioso sacerdote de la religión de nuestro seráfico padre San Francisco, postrado a los pies augustos de Vuestra Majestad con la más profunda humildad digo: Que en el convento de San Diego de Sevilla, provincia de Andalucía, de donde soy hijo, entré, profesé y seguí mis estudios hasta los mayores de la Sagrada Teología, acreditando mi verdadera vocación y la aplicación a mis tareas de púlpito, confesionario y también de coro, por haberme dotado la Divina Providencia con una voz de bajo algo particular.

En este estado, y en el grado de estimación que merecía a mis respectivos prelados por mi religiosa abstracción y conducta, que jamás dio el menor motivo de queja, fui escogido para capellán de uno de los bajeles destinados al servicio de la última guerra. Obedecí gustoso por acreditar mi amor a Vuestra Majestad. Me embarqué en abril de 79 y salí de Cádiz con la escuadra entregada al mando de vuestro general D. Josef Solano. Arribamos a las islas de Dominica y Guadalupe, donde se erigieron hospitales para la curación del crecido número de enfermos que tuvieron esta desgraciada suerte. Acudí con el mayor celo a darles la medicina espiritual como la mejor, y a consolarlos al mismo tiempo en sus dolencias, sin apartarme un punto de sus camas; en cuyo ejercicio me mantuve hasta que salió de allí dicha expedición.

Llegamos a La Habana, y al instante fui destinado para el mismo sagrado ministerio en el hospital nombrado de Jesús María, donde me mantuve con el mismo celo y amor por espacio de más de tres años, al cabo de los cuales se me destinó en la propia calidad de capellán a uno de los buques de tropa de que se componía la expedición dirigida al Guarico, como punto de reunión de las dos escuadras española y francesa, en cuyo puerto fui nombrado también capellán de la fragata Mentor, destinada para hospital de la tropa. Después se trasladaron los enfermos a otro hospital en tierra, donde también continué desempeñando el propio sagrado y piadoso ministerio.

A este tiempo se me pasó un oficio por el teniente vicario general D. Pedro Padilla, ordenándome, que por convenir al servicio de Dios y de Vuestra Majestad me trasladase en calidad de capellán al hospital erigido en el cantón de Limonada. También obedecí puntualmente, pero allí me envió Dios unas fuertes calenturas, que ya postrado me obligaron a clamar por consuelo, mas no me fue posible lograrlo.

En tan triste situación mía se publicó la paz, y entonces fui nombrado por capellán de los buques que retiraron las tropas a La Habana, y ya concluido este ministerio santo tuve permiso de mi venerable padre comisario general para pasar a la provincia de San Diego en esta capital de Nueva España, y advirtiendo que como forastero nada adelantaba, ni podía esperar, impetré la venia de ambos prelados, el de la primitiva observancia y el de San Diego, para pasarme al convento grande de esta misma capital. Se me concedió y en efecto me he mantenido en él, trabajando las tareas del púlpito, confesionario y coro con general aplauso, tanto del público cuanto de lo interior del claustro.

En este intermedio ocurrí a mi venerable prelado padre comisario general suplicándole mi incorporación en esta provincia. Mi desgracia no correspondió a mis méritos en el buen despacho, y en tal extremo acudí a vuestro Supremo Consejo de Indias, cuyo justificado tribunal, precedido e informe de mi propio venerable comisario, fue servido mandar me restituyese a mi provincia madre de España. Obedecí puntualmente sin más auxilios para el camino que mi Breviario, como tan pobre por mi instituto y fortuna, y no haberse tenido presente esta grave consideración en un sacerdote hijo del gran padre San Francisco. Pero a las tres jornadas me hallé con nueva orden de retrocesión, en cuya fuerza, y costeando tantas caminatas la limosna de algunos fieles, volví a este mismo convento, donde se me aseguró mi incorporación, respecto la falta de religiosos, la utilidad de mi servicio, especialmente en el coro por la total escasez de voces apreciables, y que se me protegería y aliviaría en mi quebrantada salud, mayormente cuando en nada había sido gravoso, pues aún para trasladarme aquí desde La Habana lo hice con mis pobres pagas, sin quedar ni aún para vestir un triste hábito.

Nada, con todo, adelanté, pues jamás pude lograr mi suspirada incorporación, y en este estado volví a salir a servir a V.M. en calidad de capellán del regimiento de dragones e España, que se dirigía a las remotas provincias internas, por cuyos dañosos temperamentos no había quien abrazase este ministerio; pero como siempre he pospuesto hasta la vida en servicio de Dios y de Vuestra Majestad admití gustoso. Pasé a Durango con dicho regimiento, paró allí por espacio de año y medio, y sin faltar a mi obligación constituida, dediqué mi suficiencia en las horas señaladas al coro de aquella Santa Iglesia Catedral, donde como en todo este reino, se carece de voces iguales a la mía; y merecí por lo mismo la mayor estimación pública, y la más especial de aquel digno prelado vuestro reverendo obispo. Pero cuando más descansaba en este nuevo ejercicio, aumentando mis méritos, enfermé gravemente del estómago, a cuyo tiempo se retiraba el regimiento con nueva orden. La necesidad obligó avenirme y a volver a acogerme al amparo de este convento, cuyos prelados me han recibido llenos de caridad, y yo sigo sacrificándome para darles gusto en mis tareas, particularmente en las más fuertes del coro, a pesar de mi salud quebrantada, por ver la falta de voces en una comunidad que se lleva las primeras atenciones en todo el reino y cuyo celoso lucimiento en adorno de iglesia, en el sagrado culto y en cuanto es de su santo instituto, puede disputar la preferencia.

Todo esto le consta a mi piadoso prelado provincial, cuya virtud, ardiente caridad y delicada conciencia no podrá faltar a informarlo, ya que carezco de los documentos originales que lo acreditan, por haberlos acompañado en mis recursos, y no haber cuidado de quedarme con testimonio, mediante mi sencillez y mi poca instrucción en estas formalidades de tribunales, como tan retirado del trato mundano y embebido todo en los ejercicios espirituales que han llamado mi primera atención y celo.

En tan estrecha constitución, en la de no saber el partido que tomar viéndome en el aire mientras no se me incorpore o se me retire de una vez, en la de haber perdido mi carrera y ascensos de justicia en mi nativa provincia según mi mérito; en la de hallarme tan quebrantado de salud con tantos trabajos y tribulaciones, y finalmente en la de haber gastado lo mejor de mi tiempo en tanto como he servido a V.M. no me queda más arbitrio que suplicar humildemente y clamar rendido a vuestra soberana clemencia se digne mandar tenga efecto mi incorporación a esta Provincia del Santo Evangelio, haciéndome verdadero conventual de esta capital, cuyo único consuelo espero de la suma compasión y paternal misericordia de V.M. México y abril de 1790.

Señor

Fr. Martín Cañero

Anexo:

Señor

Penetrado de los sentimientos de piedad y bien impuesto de la irreprensible conducta del suplicante, su mérito, trabajos, servicios y demás que expone, me veo estrechamente obligado a asegurar que es digno de que V.M. incline sus benignos ojos a la humilde súplica que interpone, a que debo añadir (por el deseo que me asiste del mayor lucimiento del coro de este convento grande, cuya atención llama toda la Nueva España) que es muy útil y aún necesario el suplicante por la sonora voz y lleno que da a todo el coro. Sin embargo Vuestra Majestad se dignará determinar lo que sea de su real agrado, a que quedará rendida mi veneración, conociendo que siempre será lo más justo y lo más sabio. México, 26 de abril de 1790.

Señor

Fr. Francisco García Figueroa

Provincial.

Cartas de un arzobispo emigrado

Las revoluciones del mundo atlántico generaron una importante corriente de emigrados, los más célebres sin duda los de la Revolución Francesa, nobles y clérigos en particular, mas no exclusivamente, que huían de la legendaria violencia revolucionaria. En el mundo hispánico los hubo también, desde los que se refugiaron en Mallorca o en Cádiz ante los avances de las tropas francesas en la Península, o los que al contrario, después de largas trayectorias en tierras americanas volvieron a ella con las independencias. Tal fue el caso del único prelado emigrado de la Nueva España, el último arzobispo de México de esa época, don Pedro José de Fronte. Fiel a la Corona hispánica, a pesar del Trienio liberal y sus reformas eclesiásticas, prudente sin embargo ante el pronunciamiento de Agustín de Iturbide de febrero de 1821, dio cuenta de sus acciones al secretario de Gracia y Justicia de Madrid en cartas fechadas en México el 24 de septiembre de 1821, es decir, justo unos días antes de la entrada de Iturbide en México, y del 31 de enero de 1823, desde Huehuetlán, ya a unos días de embarcarse rumbo a la Península para no volver más a su sede. Aquí ambas cartas.

AGI, México, legajo 1906
Primera carta

Excelentísimo señor

La interrupción de correos que experimentamos desde el marzo último ha impedido la llegada de las soberanas disposiciones que vuestra excelencia me haya comunicado en el intermedio, y la contestación mía pendiente sobre algunas recibidas. Mas el acontecimiento funesto que produjo la primera excusa hablar sobre esta materia, cuando él la da copiosa y preferente.
Divulgado en 27 de febrero el nuevo plan de independencia (cuyo primer indicio tuvo por mi conducto el señor virrrey a las ocho de aquella mañana) produjo en la capital una inquietud y sobresalto consiguiente a los fundados temores que inspiraba este suceso. Desde entonces manifesté a dicho señor virrey mi constante adhesión a Su Majestad y Supremo Gobierno, y propuse auxiliarle en aquellos términos que fueran propios de mi clase y ministerio. En su consecuencia pasé el día 28 la circular número 1, y en los días 3 y 9 del siguiente marzo las que indica el impreso número 2. Me es forzoso llamar la atención de vuestra excelencia hacia su contenido, porque a él procuré contraer los principios eclesiásticos y políticos que yo creía más seguros y adecuados al tiempo y caso en que nos hallábamos, de manera que, si hubiere alcanzado otras razones o medios más oportunos, no los hubiera omitido entonces, ni después, en cumplimiento de mis deberes, que he deseado llenar completamente.

Sin embargo, hubieran querido algunos que yo hubiese fulminado anatemas y revivido las que la Inquisición en otro tiempo dictó contra el primer insurgente mexicano, el cura Hidalgo; las que los prelados dictaron contra sus súbditos apóstatas del santuario y erigidos caudillos militares de su grey seducida; y que ahora como entonces se creyere que el gobierno español, para sostener su autoridad legítima, abría una guerra de religión contra los que seguían el partido de la independencia. Yo a la verdad, aunque deseaba dar todo el apoyo que el influjo religioso puede prestar a la legítima autoridad civil, no he abundado en las ideas que en los siglos doce e inmediatos se tenían de la potestad eclesiástica y sus atribuciones. Y aun cuando mis principios hubieran sido tales, no debiera prescindir del estado actual del espíritu público, tan diferente del que reinaba en el año 1810, porque lo que había publicado la imprenta contra el ejército español de la Isla de León en los tres primeros meses del año veinte y lo que dijo para su apología en los posteriores del mismo año; las opiniones que habían manifestado en las Cortes algunos individuos del Congreso, y las providencias tomadas contra varios prelados; la incitación que por anónimos y representaciones se me había hecho para que imitase yo la conducta de los que resistieron los decretos sobre reformas eclesiásticas y otros puntos. Todo esto debía entrar en un cálculo prudente, y convencerme de que produciría un efecto contrario mi empeño en que los eclesiásticos tomasen en favor del gobierno una parte más activa y extensa de la que en mi citada circular había indicado. A más de que, sabedor yo de la opinión y deseos que generalmente reinaban en mis súbditos, todo el apoyo que de su parte podía prometerme se debía contraer no tanto a que fueran apologistas, cuanto a que no se declarasen manifiestos contradictores del actual gobierno español. Tal era la distancia que yo notaba entre sus sentimientos y nociones canónicas, y entre las providencias recientes del nuevo sistema. Y cuando he visto lo que la real orden circular de 3 de mayo último previene a los prelados en su artículo 3º, me complazco en haber adoptado con anticipación ideas y medidas conformes a las que para caso semejante ordenaba el celoso e ilustrado gobierno.

Aunque estoy muy distante de afirmar, que todos mis súbditos hayan recibido los sentimientos que yo poseía y quise insipirarles, en obsequio de la verdad debo decir, que se ha conducido el clero de mi diócesis con más moderación de la que pudiera esperar. Ha habido varios curas que han sufrido ultrajes y vejaciones por su adhesión constante al gobierno, muchos han cedido a las imperiosas circunstancias de la fuerza, y otros, más débiles y menos decididos, no se han anticipado (como en otro tiempo hicieron con los rebeldes) a solicitar de los independientes la sustracción del gobierno legítimo, pues de todo conservo en mi secretaría y hay en la del virreinato constancias multiplicadas. Entre mis súbditos, dos eclesiásticos solamente han aparecido con la insignia de caudillos, y son los que en otro tiempo ya lo fueron, y a los cuales a diferencia de otros muchos individuos, no quise conceder habilitación de su ministerio, porque observaba en ellos la oculta y mala disposición que después han hecho pública. Tal era la conducta del clero fuera de la capital, y según los avisos repetidos que me dieron, la opinión por la independencia se había generalizado, aun entre personas de cuya anterior fidelidad y adhesión a la Metrópoli se habían dado pruebas sobresalientes. Me informaban también que el temor de los pueblos de volver a sufrir los horrores de la primera insurrección se había disipado con alguna regularidad y disciplina que hacían observar los jefes independientes, concluyendo todo que creían insuficiente su empeño para neutralizar o hacer variar el entusiasmo general que notaban por la independencia. Cuando no hubiese tenido otros datos para formar igual concepto, bastarían estas noticias comunicadas de diversos puntos y por personas de cuya veracidad y rectitud de sentimientos estaba satisfecho; y aun en la misma capital, era poco oscura la opinión que reinaba en las cuatro quintas partes de sus moradores.

En estas circunstancias recibí el oficio número 3, a que contesté la copia que le sigue, explicando de palabra a la primera autoridad pública, que entonces lo era el señor general D. Francisco Novella, las razones que atrás dejo indicadas y se contienen en los apuntes que leí a su presencia y de que acompaño copia. Me contestó que estaba satisfecho de mis sentimientos y de mi celo, y que solamente impelido de otros sujetos, de quienes no podía prescindir, me pasó el oficio de que se trataba. Añadió también, que el mismo suceso que había ocasionado su accidental mando era un obstáculo para persuadir con fruto la obediencia debida. Sin embargo, deseando yo fomentarla (aun en momentos en que la defección era pública y escandalosa, pasándose en gran número soldados y otras gentes al campo enemigo, que teníamos a la vista) reproduje las mismas órdenes y sentimientos que antes había manifestado, y extendí en 8 de agosto la circular número 4.

Tales son las providencias que como prelado he comunicado a mis súbditos, y por su conducto a mi grey, en este período difícil y arriesgado, y no he omitido otras gestiones que han estado a mi alcance para apoyar al gobierno y mantener la tranquilidad pública, comprometida mil veces, pero felizmente conservada. Con este fin (a más de la contribución mensual para mantener los nuevos cuerpos militares de defensores y de cooperar al préstamo forzoso que se había acordado) me presté a dar al gobierno el auxilio que creyó hallar en mi opinión y concurrencia. Di la primera acerca de permitir temporalemnte a la primera autoridad pública facultades que la Constitución le negaba, suspendiendo otras que a los ciudadanos concedía. La causa que se alegaba era la mayor que puede haber, la salvación del Estado, amenazada por riesgos que no eran imaginarios. Me hubiera abstenido, sin embargo, de manifestar mi opinión en asunto que no me pertenecía, si no hubiese traido a la memoria que en años anteriores se salvó la patria tomando, entre otras medidas, la que ahora se consultaba, y no quería exponerme a que el diverso procedimiento que yo observara influyese en el resultado diferente, que preveía en la convulsión actual, además se trataba menos de pedir mi dictamen que de unirlo al que ya tenía la misma autoridad primera: esto resulta del documento número 5, y a la verdad, cuando la necesaria defensa obligaba a privar temporalmente a los ciudadanos de sus propiedades en caballos, armas, intereses y edificios, no debía exceptuarse la libertad de publicar sus ideas, harto extendidas y contrarias al mismo Código de quien la recibían.

También hube de cooperar a la conservación del sosiego público, asistiendo a las concurrencias que se celebraron en el palacio del Virrey los días 8 de julio, 30 de agosto, 9 y 12 de septiembre. Fue la primera con motivo de hacer juramento el citado señor Novella de servir fielmente los cargos militar y político que tres días antes le había cedido el señor conde del Venadito. Y aunque por la práctica no debía yo asistir a tal acto, ni por voluntad quería manifestar una oficiosa aprobación de todas las ocurrencias que lo habían preparado, hube de salir de la cama donde me tenía la indisposición en mi salud, porque tres veces fui invitado, y en la última requerido a nombre de la junta ya congregada, representándome el interés de mi asistencia por la tranquilidad pública; fui en efecto, y manifesté que estaría siempre dispuesto a sacrificarme por conservarla y a auxiliar cuanto pudiese al nuevo jefe que tomaba el encargo de ella.

Las otras tres concurrencias fueron para la consulta que éste quiso hacer, con motivo de un pliego que recibió del capitán general y jefe superior político D. Juan O’Donojú, en que se daba a reconocer por estos títulos y comunicaba las providencias consiguientes a ellos y al tratado político que había celebrado en la villa de Córdoba. Pudiera remitirme a las actas de la junta para referir lo que yo opiné, mas como la premura y multitud de concurrentes no permitieron toda la atención que el secretario necesitaba para extenderlas con exactitud, diré sustancialmente lo que expresé así en esta como en las dos que la siguieron. Dije primeramente: que como prelado y cabeza de las corporaciones eclesiásticas, me abstenía de dar mi dictamen en aquellos puntos que creía propios de las civiles y militares que allí habían concurrido, limitándome a protestar mi obediencia a la potestad pública y mis deseos de la paz y sosiego común. Añadí que, como ciudadano, no rehusaba manifestar mi opinión, de que creía oportuna ante todas cosas la venida del señor O’Donojú a esta capital. A consecuencia de esta junta, que un incidente obligó a terminar anticipadamente, se nombraron comisionados que pasaron a instruir al señor O’Donojú del verdadero estado de la capital y de la necesidad de que viniese a ella antes de que se ejecutase lo que había ordenado.

Las resultas de esta comisión produjeron la segunda junta de 9 de septiembre, y en ella se trató como punto preliminar si en defecto de la venida del señor O’Donojú, que por entonces rehusaba, se había de acceder a una entrevista que admitía; pero era de advertir que el señor Novella contemplaba desairada su autoridad por los términos con que se le trataba, y manifestando a la junta “que si había de considerársele como a un faccioso, renunciaba desde entonces el mando que solamente había admitido para evitar daños mayores”, terminó esta exposición con desprenderse del bastón y ponerlo sobre la mesa. ¡Escena terrible! Que temí aumentase el amargo conflicto en que nos hallábamos. De aquí provino el que, interrumpiendo yo el pavoroso silencio, que por algún rato tuvo aquella agitada reunión, volviese a su mano la insignia diciéndole, “que en ningunos momentos y menos en los actuales, debía estar abandonado aquel bastón, y que pues no habían cesado los fines que le habían obligado a tomarlo, no rehusase empuñarlo hasta que lo recibiese el señor O’Donojú”. Añadí también que me parecía justo su pundonor en solicitar de este señor que le guardase la consideración debida al ejercicio en que se hallaba de la autoridad superior militar y política en esta capital; pues las circunstancias le daban la legitimidad que faltara a su origen; pero insistí en que, allanado este primer paso, se procediera al segundo que era la entrevista, acordando previamente el lugar y precauciones que fuesen adecuadas al objeto de ella. Generalmente se convino en cuanto a este punto sustancial, y se nombró una comisión para que hablando con el señor O’Donojú, le manifestase que se verificaría la entrevista, reconociendo antes en el señor Novella la autoridad que en la capital estaba ejerciendo del virreinato, gobierno y capitanía general. Informaron los comisionados que el señor O’Donojú le reconocería como gobernador y general interino, pues que por ordenanza así se consideraba al que no había sido nombrado por el rey, mas acerca del virreinato decía que ya estaba sin uso este título, como se notaba por el nombramiento que él mismo traía. Dada cuenta con esta exposición y con la contestación que por escrito había remitido el señor O’Donojú, yo creí que desaparecía el siniestro sentido y que no se quería faltar al decoro debido a la autoridad superior militar y política que ejercía el señor Novella, por tanto, opiné que se verificase la entrevista como una consecuencia del acuerdo anterior, bien persuadido de que este jefe, después de conferenciar con el señor O’Donojú, no había de obrar si no lo creyese más acertado, pues ni la conferencia podía disminuirle las facultades y recursos que tuviera antes de ella, ni aumentárselos el rehusarla; quedó en fin adoptado este pensamiento, e inteligenciado el señor Novella de que sus operaciones no estaban ni podían estar coartadas por la junta.

Difícil será explicar la amargura que por motivos diversos ocupaba a todos los concurrentes. Quisieran unos verter su sangre antes que presenciar el abandono del teatro glorioso de los más valientes españoles. Les acompañaban muchos en este mismo deseo, pero quisieran conciliar la utilidad del resultado con el precio del sacrificio, y generalmente todos, a excepción de aquellos a quienes ya se hubiese corrompido la sangre española, hubiésemos vertido gustosos la nuestra, si con probabilidad o prudencia nos fuera dado esperar el triunfo. Mas, aunque esta calificación se dejaba a los militares, a quienes exclusivamente pertenecía, y aunque les hará honor eterno el aliento y constancia que manifestaban, no podía ocultarse a nadie su desproporcionado número, ni el peligro próximo de que fuera disminuido. Tampoco se ignoraba el crecido de los enemigos, que antes estuvieron en nuestras filas, ni a éstos podía negárseles el antiguo valor y desprecio actual que de la muerte hacían, después que el 19 de agosto tan bizarramente se batieron a la vista nuestra. Ellos además contaban con el reemplazo y voto casi general de sus compatriotas, y con la fuerza poderosísima de la opinión pública, que tenían bien asegurada a favor suyo. Y sobre todo, aun cuando el heroísimo español, segunda vez y al cabo de trescientos años, se abriese camino hacia la costa, ¿qué ventajas resultarán a los intereses y perosnas de millares de familias que, hoy a diferencia de entonces, quedarían en la capital y provincia, abandonadas a la merced y quizá venganza del ejército enemigo? Vuestra excelencia dispensará estas reflexiones, que no traigo para calificar la conducta de nuestros militares, sino porque considerándolos yo poseídos de ellas, me causaba y causará a todos más admiración su constancia y actitud valerosa, razón por la que estoy muy distante de tomar en mala parte sus exaltados y poco medidos procedimientos a que los llevó este motivo. Yo mismo tuve que combatir algunos, elogiando en mi interior el fin de sus autores, aunque reprobando los medios; pues habiéndose propuesto la junta la creación de otra suprema, cuya presidencia se me daba (y esto con demasiado color y orden interrumpido) fue preciso que tomando la palabra les reprobase yo tal idea con la energía y el celo que me fue posible. Me valí entre otras razones de las recientes especies que había leído en la Gaceta de Madrid del 12 de mayo, pues allí consta el desagrado con que las Cortes y el gobierno habían visto la arbitraria creación de juntas, cuyo objeto no justificaba las resultas que producían. Y contribuyeron a mi intento la opinión que manifestaron los señores generales Novella y D. Pascual de Liñán, la cordura y prudencia de otros concurrentes y la docilidad de los exaltados. Así terminaron las juntas a que yo asistí, y como limité mi intervención en ellas a procurar la tranquilidad, contraje mi opinión en la primera a que viniese el señor O’Donojú a la capital antes de ejecutar lo que prevenía; en la segunda a que se dispensase al señor Novella la consideración que merecía el ejercicio de la autoridad que desempeñaba, y en la tercera a que ya allanado este paso, se verificase su entrevista.

Quisiera haber acertado en los términos y que estos hubieran correspondido al sincero interés que tomaba por la tranquilidad pública, su conservación excitaba mi celo por motivos que las circunstancias habían multiplicado; y nadie quizá me igualaba en saber los que producían inquietud general en el pueblo. Había más de tres meses que mi corazón estaba despedazado con las angustias y recelos que en él depositaban los principales habitantes, antagonistas unos y defensores otros del gobierno español. Los de ambos partidos, opuestos en su objeto, me confiaban acordes el riesgo que por momentos temían, y al pedirme un asilo para sus personas y familias, hallaba yo confirmados a cada paso los mismos temores en que también estaba. Para precaver pues los desórdenes que se temían de los que estaban dentro y de los que asediaban la capital, concedí licencia para que se abrigasen en los monasterios y colegios sus hijas y esposas, ofreciendo para ellos mismos mi casa y persona que sacrificaría en su defensa. En efecto se han llenado de familias los conventos de monjas, y ha más de quince días que las religiosas sufren esta incomodidad, por la evidencia y gravedad del motivo que la ocasiona. Últimamente, cuando estas consideraciones no hubieran vencido la repugnancia que tenía de asistir a dichas juntas, hubiera sido forzoso deponerla a los ruegos que me han hecho para asistir a la última varios jefes y comisionados de las principales corporaciones que estaban convocadas.

Hasta aquí no ha sido dudosa para mí la conducta que debía observar, pues obedeciendo a la potestad pública, y auxiliando sus determinaciones, mis procedimientos en la parte política quedaban justificados, y ninguno de ellos habrá desmentido mi constante adhesión y fidelidad a Su Majestad y gobierno supremo. Más difícil me parece conservarlas en adelante, no porque la esperanza de mejor suerte ni el tempor de empeorarla me separen de los justos sentimientos que he manifestado, sino porque presentándose complicado el cumplimiento de mis deberes, no alcanzo a discernir el modo de llenarlos con mayor utilidad pública, aunque no rehuso adoptar el más gravoso a mi persona. En tal conflicto, me he dirigido a la primera autoridad española (ya que no me es posible hacerlo aquí a Su Majestad y gobierno supremo) manifestándole mi disposición a sacrificarme en su obsequio y pidiéndole interinamente la instrucción a que deba arreglar mis procedimientos. Todo esto resulta de la copia que remito con el número 6, y como de la misma aparece el rumbo que se me detalla, lo seguiré mientras tanto Su Majestad no prevenga otra cosa, quedando dispuesto a ejecutar lo que tenga a bien ordenarme. Por la exposición que precede, observará vuestra excelencia la ansiedad con que aguardo la resolución que solicito, y le ruego tenga la bondad de manifestar a Su Majestad mi sincera adhesión, como justo homenaje que le tributa el menor de los españoles y el más favorecido de su real persona.

Creo también oportuno añadir las circunstancias que en la actualidad están haciendo más difícil mi situación: traslucido mi modo de pensar y aun divulgada la voz que he pedido mi pasaporte para la Península, llegan en estos momentos de agitación a interrumpirme las plegarias de algunos europeos, cuya escasa fortuna y crecida familia les precisa a continuar en este suelo; solicitan que no les abandone, pues ya que no me crean en aptitud futura para hacerles bien, esperan les pueda disminuir o preservar de los males que recelan. Mis diocesanos, por otra parte, reclaman la asistencia espiritual que por mi ministerio debe dárseles, alegando para que no la rehúse la consideración que me han guardado. Yo, señor excelentísimo, quisiera acertar, pero ignoro el medio. Fuera un ingrato si dejase de confesar el respeto que debo a mis ovejas, y el amor pastoral que sinceramente les profeso, sin exceptuar a las que han seguido el partido independiente, ni a su mismo caudillo, pero al comparar esta obligación que me impone la sociedad religiosa con la que primeramente contraje en la política, no descubro para conducirme rectamente otra senda que la expresada arriba.

Finalmente, el haber sabido la diferente opinión que por el gobierno y el público se ha formado acerca de los obispos que han permanecido en sus diócesis o las han abandonado al cesar en ellas la legítima autoridad que había; el no hallar identidad de casos, ni providencias para acomodarlas al difícil en que estoy, me obligan a protestar que en las actuales y próximas operaciones, podrá faltarme el acierto mas no la intención pura de buscarlo.

Dios guarde a vuestra excelencia muchos años. Méjico, 24 de septiembre de 1821.
Excelentísimo señor

Pedro, arzobispo de Méjico.

Excelentísimo señor secretario del despacho de Gracia y Justicia.

Segunda carta

Excelentísimo señor

En 24 de septiembre de 1821 pasé al conocimiento de Su Majestad por los ministerios de vuestra excelencia y de la Gobernación de Ultramar la conducta política que me proponía observar mientras tanto Su Majestad no me prescribiese otra. Aquella era la que a mi consulta me había prescrito el jefe superior político D. Juan O’Donojú, primera autoridad española en el país de mi residencia. Y como para el caso de que sus operaciones no tuvieran la real aprobación me prescribía el regreso a la Península a continuar en la posesión de ser individuo y ciudadano de la Monarquía, hube de abrazar este camino, luego que el Gobierno Mejicano me participó para mi inteligencia y observancia su decreto de 19 de mayo último, pues su tenor suponía el caso previsto por O’Donojú, y hacía incompatible con mis deberes políticos el reconocimiento de los que establecía, elevando sobre el trono al caudillo Iturbide. Así lo manifesté al gobierno mejicano en 21 de mayo (como vuestra excelencia se servirá observar en la adjunta copia) quien consecuente a la aprobación que en 15 de octubre anterior había dado a mi adhesión condicional, no podía extrañar ni contradecir mi consiguiente separación política.

En efecto, transferidas mis facultades espirituales a sujetos que le prestaban obediencia, salí de la capital en solicitud de reparar mi salud y de ejercer el ministerio pastoral visitando mi diócesis por el rumbo que me aproximase a las costas del Golfo Mejicano, como hasta la fecha lo estoy verificando. De todo dí noticia a dicho gobierno, y de que en la estación oportuna me trasladaría a Europa. Y llegando esta sin que me hubiese dado contestación alguna, le interpelé escribiendo confidencialmente al mismo Iturbide. Éste, después de haber pasado mi carta a su Consejo, que llama de Estado, me indicó en 30 de diciembre su opinión, relativa a que o haga juramento de fidelidad y obediencia al orden establecido, o seré extrañado con ocupación de temporalidades, prestándose sin embargo a otro medio que en mi concepto puede tener el objeto de forzarme indirectamente a reconocerle o constituirme prisionero, bajo apariencias diferentes.

En tal estado, reproduzco lo que dije oficialmente en 21 de mayo, y me dispongo a salir por la costa de Tampico en el buque nacional o extranjero que, teniendo en consideración los riesgos de piratas y periódica epidemia del vómito mortífero, presente mejor oportunidad para mi traslación a Europa. Ignoro el punto a que arribaré y las escalas que podrá hacer el buque de mi transporte. Mas, siendo el objeto y término la residencia del gobierno de Su Majestad, reservo, para cuando se verifique, la exposición de otras circunstancias que pertenecen a este mismo asunto, anticipando desde ahora mi disposición a ejecutar las órdenes que Su Majestad tenga a bien prescribirme. Lo que ruego a vuestra excelencia se sirva elevar a su real noticia.

Dios guarde a vuestra excelencia muchos años. Santa Visita de Huehuetlán, 31 de enero de 1823.

Excelentísimo señor

Pedro, arzobispo de Méjico.

Excelentísimo señor secretario de Estado y del despacho de Gracia y Justicia

Devotos a las imágenes en tiempos de guerra

Es septiembre ya, y se acerca, como cada año, la conmemoración del inicio de la Guerra de 1810, por lo que parece un buen momento para hablar de la devoción a las imágenes religiosas en aquella época. Es un tema particularmente conocido, casi se diría que ya demasiado clásico en nuestra historiográfica, pues se sabe bien que insurgentes y realistas enarbolaron a sus santos patronos y a las advocaciones marianas más diversas, comenzando por Nuestra Señora de Guadalupe del Tepeyac y Nuestra Señora de Los Remedios. Algunas ostentaron (y todavía hoy, como la bella imagen de Nuestra Señora del Carmen de Teziutlán) sus bandas de generales o generalas de los ejércitos. Otras se convirtieron en banderas y en estandartes, o en símbolos llevados en los sombreros de los combatientes. Fenómeno en realidad nada nuevo en el mundo cristiano en general: en tiempos medievales el carro de guerra del Emperador bizantino llevaba a su frente un icono de la Virgen, la Nikopea, cuya sola visión se decía podía cegar a los enemigos del Basileus según recordaba Hans Belting en Image et culte (Cerf, 1998). Y si ya aquel icono imperial terminó en manos de los enemigos cruzados, hubo también imágenes novohispanas que sufrieron las terribles represalias de una guerra civil como la de entonces, con casos tan dramáticos como la mutilación y el fusilamiento de las de la parroquia de San Juan Bautista Coscomatepec a la entrada de las tropas realistas en esa población en 1813, que alarmó el espíritu público de buena parte del reino, como en la villa de Orizaba, según contaba un alarmado vecino, don José Casimiro Roldán en su diario.

Todo ello es bien sabido, y sin embargo tal vez no esté de más decir que los novohispanos no sólo abanderaron sus imágenes religiosas, en esos tiempos de crisis del Imperio hispánico. Su recurso a ellas, su revaloración incluso, tenía aspectos acaso más modestos, más íntimos incluso y sin duda más clásicamente devotos y religiosos, y no menos significativos de la intercesión cotidiana y de las esperanzas puestas en ellas. Así, quisiera simplemente evocar al respecto dos documentos de dos personajes casi anónimos, que desde las ciudades de México en 1809 y Oaxaca en 1815, hicieron llegar a las más altas autoridades de la monarquía cartas en que daban cuenta de su devoción. Se trata de las instancias de José Villegas Puente, fechada en México el 26 de abril de 1809 (AGI, México, 1895) y de José María Giral, desde Oaxaca en 22 de agosto de 1815 (AGI, México, 1903), casi perdidas en medio de las siempre numerosas cartas que hoy forman los legajos de “instancias de parte” de la sección Audiencia de México del Archivo General de Indias. Hombres ya mayores, Villegas de más de 60 años y Giral al menos de más de 50, tenían en común haber sido “empleados”, es decir, habían hecho carrera al servicio de las oficinas del rey. El primero no detalló sus servicios, el segundo en cambio incluyó hasta su hoja de servicios, que muestran una brillante carrera culminada como tesorero de las Cajas Reales de Acapulco, donde afrontaría la época más difícil de la guerra.

Habiendo trabajado para la Real Hacienda, Giral incluso como contador de diezmos, es decir, representando la reorientación de prioridades de la monarquía hispana en esos finales del siglo XVIII, hacia preocupaciones más seculares digamos, sus cartas muestran que ello no impedía que fueran fieles devotos. De hecho, inciaban casi haciendo una verdadera profesión de fe: “Creyendo siempre, desde el uso de la razón que no puede moverse la hoja del árbol sin la voluntad de Dios”, decía Giral, mientras Villegas se declaraba específicamente devoto (“mi verdadero entusiasmo, mi lealtad, mi amor, mi patriotismo y confianza”) del Cristo de Santa Teresa y de la Virgen de los Remedios. No era una devoción simplemente interiorista, pues eran sensibles a los fastos del culto. Giral en particular podía probar que su devoción lo había llevado a glorificar a las imágenes de la Virgen desde tiempo atrás, promoviendo en diversas Catedrales e iglesias principales del reino y en particular de la Ciudad de México la devota práctica de cantarles constantemente “de rodillas, con diversas composiciones de música de órgano, violines y voces”, la breve oración siguiente:

Sancta Maria Dei Filia
Sancta María Dei Mater
Sancta Maria Dei Sponsa
Ora pro nobis Dominus

Más todavía, “no dudando que comprende una muy cosiderable parte de este debido culto” a las imágenes “la loable costumbre” de colocarlas “en las piezas decentes que habitamos”, Giral emprendió en la década de 1790 desde Puebla, una campaña en ese sentido, pidiendo para ello abundantes indulgencias por los obispos novohispanos. Combatía así, decía el “oropel de la moda”, la cual había “logrado desterrar de algunas salas y otras piezas las sagradas imágenes” en beneficio pinturas u otros “objetos ridículos”. Los años de guerra lo convencieron de aumentar sus esfuerzos: luego de salir de Acapulco en 1814, “evadido por la misericordia de Dios”, ya en la Ciudad de México, reemprendió su campaña, obteniendo el favor del arzobispo electo Bergoza y Jordán. Aprovechó claro está el recurso de la prensa, y difundió las indulgencias concedidas en avisos al público sueltos y en los periódicos, en una empresa que estimaba tanto más necesaria “en el deplorable tiempo en que aún no se había restablecido el utilísimo e incomparablemente benéfico y santo Tribunal de la Inquisición”.

Villegas, más modesto, pero más directamente preocupado por las autoridades provisionales de la Monarquía, envió en su auxilio 25 estampas del Cristo de Santa Teresa y otras 25 de Nuestra Señora de los Remedios, una para cada miembro de la Junta Suprema Provisional Gubernativa de 1809, que estaba seguro los protegerían “de las tiranías de Napoleón”. Prometía además remitir pronto otro centenar de imágenes, para que las llevaran consigo los generales leales a Fernando VII.

Y es que en el pensamiento de Villegas, los hechos recientes confirmaban el carácter milagroso de las imágenes. Sin solución de continuidad alguna, los milagros cotidianos tradicionales que una y otra imagen proporcionaban al público local, se multiplicaban ahora en beneficio de la causa del rey ausente. Así, la Virgen de los Remedios no sólo había llevado a la capital novohispana las lluvias, que caían de inmediato apenas se le llevaba en procesión de su santuario a la ciudad, sino que en ese mismo día, hizo “el milagro de librarnos de la escuadra francesa de 14 mil hombres que venía para este reino”, sirviéndose para ello de los ingleses protestantes. Era claro pues, “dos milagros hizo a un tiempo”.

De ahí que nuestro devoto pudiera declarar confiado “luego que lleguen a las reales manos de Vuestra Majestad, en el mismo instante salen fugitivos cuantos enemigos existen en esos reinos”, e incluso el mismo Napoleón podría hasta convertirse.

Desde luego, la historiografía reciente, y en particular debo citar aquí los trabajos de los profesores William B. Taylor y Brian Connaughton, se ha interesado en el tema de la renovación de las prácticas de culto entre finales del siglo XVIII y principios del XIX. Mas acaso por su perfil fundamentalmente institucional, hay aún, o al menos tengo esa impresión, cierta tendencia en nuestra historiografía a ver esos años fundamentalmente bajo de la decadencia. Cierto, estos dos no son sino ejemplos muy particulares y acaso aislados, pero invitan me parece a seguir estudiando de qué forma la guerra podía incluso hasta fortelecer en ciertos devotos, la confianza en las “soberanas imágenes”.

Miradas en torno a la Iglesia en tiempos de la independencia

ReligiónBrian Connaughton (coord.), Religión, política e identidad en la independencia de México, México, Universidad Autónoma Metropolitana/ Benemérita Universidad Autónoma de Puebla-Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades “Alfonso Vélez Pliego”, 2010, 594 pp.

Obra colectiva que reúne los trabajos de trece estudiosos, algunos ya consagrados y otros más jóvenes, mexicanos y del mundo angloamericano, Religión, política e identidad, viene a sumarse a la lista ya amplia de publicaciones de este tipo sobre la Iglesia católica novohispana y mexicana. Publicada el año pasado, en el marco de la conmemoración del Bicentenario, no se limita por ello al tema de la guerra, aunque está bien presente en varias de las colaboraciones, sino que aborda de manera amplia lo que significó la transición del siglo XVIII al XIX para las corporaciones religiosas novohispanas.

De hecho, hay que señalar sobre todo que se trata de una obra que nos muestra las diversas formas de abordar esta historia. Existen así trabajos más bien clásicos de historia económico-social, los de Juvenal Jaramillo Magaña y Francisco Javier Cervantes Bello, quienes nos ilustran las dificultades vividas a raíz del conflicto armado, a veces siguiendo con detalle e idenficándose incluso con los actores de las rentas eclesiásticas. Sin embargo, se trata sobre todo de trabajos que nos muestran las extensas redes seglares del alto clero para la administración lo mismo de los diezmos que de los capitales piadosos. Redes formadas sobre todo por las élites locales, con las cuales se construía, y lo muestran bien ambos trabajos, relaciones muy estrechas que benefician (no siempre de manera equitativa) a ambos lados de ellas, contribuyendo al fortalecimiento de varios de los que serían los grandes actores económicos del siglo XIX.

Contamos también con interesantes contribuciones a la historia cultural, centrados en la mayoría de los casos en los problemas generados por la introducción de la nueva opinión pública a través de la prensa y de la difusión de obras “heterodoxas” por así decir. En general nos muestran hasta qué punto ciertos actores de la sociedad podían adaptar las nuevas ideas, sin por ello abandonar su identidad católica, ni dejar de ser miembros, a veces prominentes, del clero. Entre ellos los hubo, como en Chiapas según el artículo de Michael A. Polushin, que desarrollaron posiciones harto originales entre la modernidad y la tradición, o bien que aceptaron el desplazamiento de la teología revelada en beneficio de la teología natural, como se ve en el artículo del profesor Carlos Herrejón Peredo sobre El despertador americano, periódico insurgente de Guadalajara. Al igual que en este último caso,  no faltaron clérigos que participaron de lleno en los debates, editando ellos mismos periódicos y difundiendo obras extranjeras incluso sobre la constitución misma de la Iglesia, según ejemplifica el artículo de la doctora Alicia Tecuanhuey sobre los hermanos Troncoso en Puebla. Ella misma y también el artículo de Gabriel Torres Puga sobre las supresiones de la Inquisición, dan cuenta que era un debate en que la tradición podía también tomar la pluma y difundirse por la imprenta para defenderse, en este caso afrontando la introducción en México de la leyenda negra sobre el Santo Oficio. Mas se diría que su mejor lugar era el púlpito, como podemos verlo en el artículo del coordinador de la obra, quien sigue paso a paso las preocupaciones de los sermones del clero realista durante la década de 1810 a 1820.

Un tercer grupo de artículos se ocupa de la historia política del clero, y entre ellos tenemos a quienes más directamente trabajan el tema de la guerra. En efecto, Rodolfo Aguirre Salvador, Andrew B. Fisher y Matthew O’Hara, en particular los dos primeros, nos cuentan la difícil historia de los párrocos en medio de insurgentes y realistas. Uno y otro exploran los diversos modelos de comportamiento, tratando de ir más allá del mero esquema de “insurgentes/ realistas/ ambigüos”, mostrándonos con casos muy concretos las más diversas formas de su actuación: lo mismo se encuentran con espías que pasaban información al bando realista que pacificadores que reencontraban su vocación sacerdotal, o incluso los decepcionados que preferían retirarse de problemas políticos, que terminaban estimando como impropios de su ministerio. Fisher y O’Hara además, al introducirse en las primeras décadas de la república, dan cuenta del problema significó para los párrocos la aparición de unos “feligreses ciudadanos”, que llevaban en ocasiones a su relación con ellos el vocabulario liberal, a veces hasta disputarles el control del “capital espiritual” según O’Hara.

En fin, hay algunos trabajos dedicados a la historia religiosa propiamente dicha, menos centrada en el clero que las anteriores. Es sobre todo el caso de los trabajos de la profesora Margaret Chowning y del profesor William B. Taylor. La primera aborda el tema de la feminización de las congregaciones seglares a lo largo del siglo XIX, sobre todo en regiones que, y es sin duda sugerente el señalamiento, se convertirán más tarde en el respaldo de la movilización cristera en el siglo XX. Taylor, por su parte, nos muestra las trayectorias de diversos santuarios, antiguos y nuevos, unos en ascenso y otros con el riesgo de caer en el olvido, algunos convertidos incluso en símbolos nacionales otros con marcado acento local.

Así pues, en esta diversidad de ángulos para tratar el tema, trascienden algunas preocupaciones comunes, en particular la prioridad dada a la política, como bien dice el título de la obra. De la misma forma existe cierta tendencia en tratar de ir más allá de los cortes cronológicos tradicionales, los que separan la época virreinal de la independiente, como también el aprovechamiento de fuentes cada vez más diversas, en particular archivos eclesiásticos. Obra valiosa, no por ello está libre de algún pecado venial, como ciertos problemas de traducción en los artículos en inglés, sobre todo en los términos eclesiásticos hispánicos; o bien cierta falta de definición en conceptos como “secularización”, “modernidad” y algunos otros términos introducidos al debate, se constituye en un aporte valioso a la historiografía en el Bicentario.

Entrevista a Ana Carolina Ibarra

Aquí otro video disponible en internet, poco visto a pesar de su brevedad, de historiadores mexicanos especialistas en la Iglesia católica. Se trata de una entrevista a la Dra. Ana Carolina Ibarra, especialista de la participación del clero en la guerra de 1810, sobre todo en las región del sur, en particular la del Cabildo Catedral de Oaxaca. En unos cinco minutos, nos expone con una concisión sorprendente algunos de los temas más tratados en la historiografía sobre el tema: el número de participantes, el papel desempeñado, los bandos en que tuvo lugar dicha partición y sobre todo, tema especialmente resaltado en estos últimos años, los cambios habidos a lo largo de la guerra. No abundo más, pues ya en otras entradas he tratado el tema, por lo que sin mayor preámbulo aquí la entrevista de la Dra. Ibarra.