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Entre Luces y Luces

cirios_en_el_altar-17144Hace algunos días tuvo lugar en Lagos de Moreno un interesante debate del que he tomado conocimiento apenas ayer, a propósito de la realización de la “tradicional Velada del Recuerdo” en honor de la imagen del Padre Jesús del Calvario, en el recién restaurado Teatro José Rosas Moreno. No entraré aquí en los detalles, que ameritan bien un artículo que espero preparar con calma para semanas más adelante. Por ahora baste indicar que uno de los puntos; de la controversia (de los marginales, es cierto) fue el de la presencia de velas en el teatro. Desde luego, como historiador no puedo ni negar ni confirmar que la cera puede dañar las butacas, ni tampoco me corresponde decir si deben permitirse o no en un teatro; en cambio, algo puedo decir sobre los motivos para que las velas hayan estado ahí antes, y también sobre los motivos para que sean consideradas parte de un problema. Esto es, me voy a servir de ese incidente como pretexto para hablar de cómo las velas pueden ser un motivo de debate entre lo religioso y lo político.

Pues bien, ante todo ¿Por qué las velas en el teatro? Sin duda, porque ellas van siguiendo a una imagen sagrada, el Padre Jesús del Calvario en este caso. Es cierto que estamos aquí ante uno de los elementos de más larga duración y de mayor importancia del culto cristiano. No es fácil datar sus orígenes. Es seguro que se practicaba ya desde los siglo IV y V, y que entonces se estimaba ya como antigua. Prudencio, autor de principios del siglo V ponía en boca del prefecto romano que torturaría a San Lorenzo una referencia a las velas que, colocadas sobre candeleros de oro, iluminaban los oficios nocturnos:

Auroque nocturnis sacris
adstare fixos cereos.

Al igual que muchas otras prácticas cristianas, primero fue adoptada y luego racionalizada en términos simbólicos, en medio de más de una discusión. Es bien conocido que uno de los primeros Padres de la Iglesia en justificar su uso fue San Gerónimo, pero lo hizo para responder a un “heresiarca” que criticaba dicha práctica, y que obligó además al ilustre traductor de la Biblia a manifestarse sobre el uso correcto de las velas. En efecto, es en el tratado Contra Vigilancio que dicho autor, si bien reconoce que los cirios se habían usado en el paganismo, insiste en que no es idolatría mantenerlos en el culto cristiano, tanto para honrar a los mártires, como para asistir a la lectura del Evangelio y para evidenciar la alegría. Identificaba, desde luego, precedentes evangélicos (la parábola de las diez vírgenes), y mejor todavía, significados: las luces venían a significar la luz del Cordero del Evangelio de San Juan, figurada ya en los Salmos. Simultáneamente, San Gerónimo descartaba los usos “supersticiosos” de las luces, propios de los “ignorantes”, los “legos” y las “mujeres religiosas”.

No vamos a hacer aquí el recorrido completo a lo largo de los siglos, pero hay que decir que si las velas empezaron alumbrando las reliquias de los mártires, ya desde esos primeros siglos pasaron a hacerlo también delante de las imágenes religiosas, y con abundancia. Para la época de la Reforma católica, las celebraciones de los santos y de las advocaciones de la Virgen implicaban ante todo un altar iluminado, y una procesión en que los devotos, para manifestarse como tales, han de llevar cirios encendidos. Las más importantes fiestas eclesiásticas, e incluso las ceremonias fúnebres con sus enormes piras y túmulos, se convertían en auténticos despliegues de iluminación que ya entonces la gente visitaba antes de su uso litúrgico. No es de extrañar así que un erudito del siglo XVIII, don Antonio Lobera, le dedicara al tema un amplio capítulo de su tratado El por qué de todas las ceremonias de la Iglesia y sus misterios. Ahí, el autor explicaba bien la lógica de la abundante cera: “Los fundadores de las fiestas y los devotos que las hacen a los santos, cuanto más luces pusieren, más culto se da a Dios nuestro Señor”.

Empero, las velas y los cirios no dejaron de ser también motivo de la vigilancia eclesiástica por cuanto al tema de la superstición. El propio monseñor Lobera citaba la sesión 22 del Concilio de Trento, celebrada en 1562, y en que aparece mencionada la idea de que las misas debían ser dichas con cierto número de velas, sin duda para garantizar el cumplimiento de las peticiones que se hacían en ellas. Mas para el siglo XVIII, el propio clero había comenzado a criticar el apego excesivo (si ya no supersticioso, al menos “indiscreto”) y el gasto “superfluo” necesario para pagar la abundancia de velas y cirios. Esto es, hubo obispos que trataron de disminuir el gasto en cera. Así lo hizo, por ejemplo, el arzobispo de México don Alonso Núñez de Haro y Peralta, en la década de 1780 con un edicto en que limitaba a 6 las velas de los altares, a 12 las que se habían de utilizar para la exposición del Santísimo y 40 las de los monumentos funerarios. Por supuesto, no faltó la airada e infructuosa protesta del gremio de artesanos cereros, en cuyo expediente el prelado reconoció que, a pesar de dicha reducción, había tenido que permitir a veces se concedieran licencias para colocar hasta un centenar de velas en algunas iglesias (El expediente en Archivo General de Indias, México, leg. 1287). Ya lo había hecho también, alegando el incremento en el precio de la cera, el obispo de Guadalajara, don Juan Gómez Parada, en un edicto de 1745, reduciendo incluso a 12 las de los túmulos y monumentos (Archivo Histórico de la Arquidiócesis de Guadalajara, Edictos y circulares, caja 2, exp. 30).

Sin embargo, la crítica más importante contra la abundancia de luces comenzó en el siglo XIX con el surgimiento de la cultura política moderna, la del liberalismo. Una de las obras recientes más importantes sobre el tema de la relación entre la cultura religiosa católica y la modernidad, la de la profesora Sol Serrano, ¿Qué hacer con Dios en la república? (Santiago de Chile, FCE, 2008) nos ilustra bien este punto concreto a partir de un incidente chileno. El 8 de diciembre de 1863 se incendió por completo el templo de la Compañía de Jesús de la ciudad de Santiago de Chile. Era el día de la Inmaculada Concepción, por lo que la iglesia se engalanó con una impresionante iluminación de más de 3,400 velas en los altares y 2,000 más en los candelabros, arañas y globos colgantes. Un accidente al encender la media luna de la imagen desató el incendio en una iglesia de madera, pereciendo cerca de dos mil personas, mayoritariamente mujeres (pp. 29-30). La naciente opinión pública, representante autonombrada de las “Luces del Siglo” como se decía, se lanzó a la palestra de inmediato ante la tragedia. Para los periódicos liberales, sintetiza la autora: “La responsabilidad era del clero, de su concepto de culto, de su manipulación de los fieles y especialmente de las mujeres” (p. 32). La religión en la modernidad, lo muestra bien este caso, no es ya una mentalidad compartida por todos, sino un tema de discusión y de opinión. Para entonces, claro, existía ya también una prensa católica que trataba de responder desde el mismo campo a lo que ciertos clérigos y laicos estimaban como ataques contra la libertad eclesiástica. En el caso del incendio chileno, es opusieron frente a frente incluso las antropologías propias de cada cultura: unos reprocharon que se debía haber dado prioridad a evacuar a la gente, otros respondieron que se había rescatado al Santísimo Sacramento; unos preguntaban por la falta de esfuerzos por sacar los cuerpos, los otros decían que a la distancia se dieron los últimos sacramentos a las víctimas. En ello acaso no falta a veces alguna continuidad hasta nuestros días, a unos les interesaban los cuerpos naturales y su salud (hoy día además, y coherentemente, el patrimonio), a los otros el Cuerpo Sacramental de Cristo (no menos que su representación en las imágenes) y la salvación de las almas (pp. 34-35).

Desde luego, en México también hubo ejemplos de crítica contra las velas y los cirios. Las “Luces del Siglo” cuestionaron también aquí los excesos luminosos, mas al menos en los casos que he podido investigar, tal vez porque las circunstancias fueron menos dramáticas, no hubo denuncias especialmente encarnizadas contra ellas. En la prensa de Veracruz, que es la que menos desconozco, hubo por una parte algunas menciones marginales, que las descalificaban más bien por banales, inútiles. Con cierta ironía un artículo de El procurador del pueblo de Veracruz del 1o. de marzo de 1834, criticaba a los “indígenas” y su apego a las fiestas de cofradías, que no hacían sino “enriquecer al sacerdote”, recibiendo apenas en compensación “el placer religioso de encender un centenar de velas a sus difuntos”. Hubo también menciones implícitas de ellas, más radicales, quedando claro que la sensibilidad de algunos liberales comenzaba a tenerlas por ajenas al espacio público. Lo vemos en una carta publicada en ese mismo periódico veracruzano en mayo de 1834, en que uno de los liberales derrotados por los pronunciamientos habidos ese año en Orizaba manifiesta su temor contra las procesiones que “todas las noches andan rezando por las calles”. No lo dice directamente, pero es obvio que son procesiones que se hacían al menos con velas y cirios, y que para el autor habían dejado de ser una expresión religiosa para transformarse en manifestaciones de una facción que hacía ver con ellas su triunfo, su dominio del espacio público. De ahí pues, que tanto por motivos técnicos, de seguridad diríamos hoy, de prioridades en sus preocupaciones, e históricamente también por motivos políticos, la sensibilidad liberal, la de las Luces suele ver con desconfianza a las otras luces, las de velas y cirios cuando salen de las iglesias. Cabe aclarar que en el ejemplo que cité al inicio no se cumplen necesariamente ambos puntos, pero ya hablaremos con mayor extensión sobre ello, pues hay otros elementos de interés que aparecieron en el debate de la Velada del Recuerdo.

El paisaje parroquial de Lagos: la iglesia principal

DSCF3180La antigua villa de Santa María de los Lagos, hoy Lagos de Moreno, es bien conocida por estar enclavada en una región, los Altos de Jalisco, cuya religiosidad católica es proverbial. Mas ésta corre a veces el riesgo de ser considerada una constante casi “natural” de la región, siendo que en realidad tiene una historia que todavía está por estudiarse cabalmente. Puede parecer paradójico, pero si algo he podido constatar en estos casi dos años que llevo en estos rumbos, es que todavía no hay una verdadera historiografía de la cultura católica de los Altos. Y sin embargo, es una región que cuenta con amplias y diversas fuentes para estudiarla, no sólo respecto de los tiempos neogallegos, cuando Lagos era la puerta del obispado de Guadalajara, sino también para épocas más recientes.

Tal vez una que puede resultar especialmente fructífera es la literatura. Lagos contó en tiempos del Porfiriato con un grupo de intelectuales locales que dejó un respetable corpus de textos que, sin tener ese propósito originalmente, pueden servir como fuente para la historia de la cultura regional. Es casi obvio citarlo, al menos parecerá así a quienes conocen bien Lagos, pero hay que mencionar a Francisco González León, “el poeta de Lagos”, de cuyos inspirados textos no puedo juzgar la calidad literaria, pero sí que me es posible recuperarlos para la historia religiosa. Nuestra hipótesis es que a partir de los poemas de González León es posible analizar el paisaje parroquial de Lagos, es decir, por retomar la definición de Philippe Boutry, “el espacio vívido y cotidiano de la vida religiosa en el seno del cual se desarrolla una existencia cristiana” (Prêtres et paroisses au pays du curé d’Ars, 1986, p. 117).

Ese espacio, ese paisaje, tiene una historia, pues en Lagos como en cualquier otra parte del mundo católico se fue construyendo progresivamente. Mas a González León le tocó vivirlo acaso en uno de sus mejores momentos, en las primeras décadas del siglo XX, cuando se habían acumulado ya las obras de varios siglos de constructores de iglesias, edificios y símbolos católicos en la región. Pues bien, ¿Por dónde comenzar a estudiar ese paisaje? González León nos contestaría de inmediato con un poema, el que encabezaba la última sección de su obra Campanas de la tarde, significativamente parroquial y que comienza así:

Liturgia que lo canta, fe que lo eterniza,
sol que lo abrillanta, luna que lo melancoliza;
de mi pueblo aquel Templo Parroquial
con el atrio nemoroso tras el férreo barandal
.

González León tal vez no lo supiera, pero su poema es testimonio de un triunfo, de un largo proceso en la historia del catolicismo en que las iglesias parroquiales y catedrales debían ser el lugar central de la vida religiosa de los pueblos, desplazando a las iglesias conventuales, capillas, santuarios y otros lugares sagrados. Justamente el catolicismo del siglo XIX fue el que llevó a su término dicho proceso, además protagonizado por párrocos que eran a veces entusiastas constructores y renovadores de sus iglesias. Además el poeta lo veía bien, el templo parroquial era protagonista en buena medida gracias a su liturgia, la que debía reunir todos los elementos necesarios para ser un teatro al menos honorable y de preferencia fastuoso para la impartición de los sacramentos indispensables para la salvación, según el catolicismo.

Y la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción justamente concentraba esos elementos, sigamos de nuevo a González León:

Arabescos de cantera del sumptuoso frontispicio
que le diera Churrigera;
alabastro de la pila bautismal. Devoción a San Pascual…
¿Cuál santoral?, ¿cuál su santoral?
Las penumbras de la nave; del órgano las flautas y el fagot; los ángeles,
el oro y los cristales de la urna que guarda a San Hermión.

Se puede apreciar claramente que la iglesia parroquial que vivió el poeta no era cualquier edificio. Deslumbraba en primer lugar por su fachada. Y así debía ser, considerando que era una herencia de la Reforma católica (la alusión a Churrigera es particularmente pertinente), en la que se esperaba que las iglesias representaran, hasta cierto punto, una verdadera Jerusalén celestial, desde sus puertas llenas de columnas y nichos hasta sus cúpulas y altares mayores. La iglesia es un gran escenario, decorado con todos los recursos posibles, empezando por la luz, tan querida de la tradición cristiana desde la Edad Media. Así, la “sumptuosidad” en la fachada hace juego con el “oro y cristales” en el interior, mientras el “sol que abrillanta” el exterior contrasta con la “penumbra” interior.

Además, en ese escenario debían desplegarse, en principio, las devociones de la localidad, y siendo la iglesia parroquial debía ser el lugar de concentración de los más importantes abogados celestiales. La pluma del poeta lo muestra bien en este caso, la iglesia de Lagos albergaba lo mismo a santos tan tradicionales del catolicismo como San Pascual, que reliquias de las catacumbas romanas exclusivas de la ciudad, como el cuerpo de San Hermión. Por supuesto habría que agregar además a los antiguos patronos de la ciudad, Santa Catalina de Alejandría y San Sebastián y a su titular, que ya lo era, sin duda, la Virgen de la Asunción.

La iglesia parroquial es por definición el lugar donde se administran los sacramentos, que marcan la vida del pueblo católico desde su nacimiento hasta su muerte. El católico es parte de la Iglesia (comunidad) pero además hace su vida en la iglesia (edificio). Un buen laguense había de pasar preferentemente en sus primeros días de vida por el “alabastro de la pila bautismal”, su vida cada domingo por las “penumbras de la nave”, el espacio propio de los fieles, y si bien tal vez no le tocó ya verlo al poeta, pero al final de sus días el parroquiano debía también reposar preferentemente ahí. Tal era el sentido original del “atrio nemoroso” que evocaba nuestro autor. Pero más todavía, el templo parroquial es además el rector del paisaje sonoro, no sólo con sus instrumentos musicales (el órgano), sino sobre todo gracias a otros instrumentos que el poeta evocó con particulares extensión y emoción:

Campanas que por viejasparecen tener canas…
Campanitas de las 7 de la noche
;
Clamores a las 8 por las ánimas benditas.
Y el paternal bordón
que en su amonestación ronca y queda
propalaba la
queda.
Y aquella matinal de notas lentas;
aquella, que de un rosario de melancolía, parecía repasar las cuentas.

El poeta nos deja aquí valiosas indicaciones de algunos de los toques de campana que los laguenses escuchaban, y bien posiblemente sabían distinguir tanto como el propio autor. Lagos no era menos que el resto de las parroquias del mundo católico y tenía variedad de campanas y de toques, hasta el punto de poder constituir un vocabulario propio con los tonos particulares de cada una y sus ritmos combinados. Imposible restituirlas del todo, pero destaquemos que el poeta se centra en los sonidos del principio y el final de la jornada, y que además hace la asociación entre las campanas y las oraciones por las ánimas del Purgatorio. Los obispos del siglo XVIII estarían orgullosos, hasta cierto punto, después de sus grandes esfuerzos por hacer de las campanas parroquiales rectoras de la vida cotidiana, sin que perdieran su jerarquía como objetos sagrados, que debían siempre llamar al pueblo a la oración. Ausentes están aquí, sin embargo, los toques para conjurar peligros naturales, acaso ya dejados atrás incluso en la mentalidad de este inspirado poeta local, por los avances científicos de la época.

Podríamos seguir el poemario de González León y continuar recorriendo el paisaje urbano laguense, pero eso será sin duda motivo de otros artículos más adelante.

El Cristo de Santa Teresa

Señor Santa TeresaTal vez una de las escenas de religiosidad más emotivas de los políticos mexicanos de la primera mitad del siglo XIX haya sido la que tuvo lugar el 29 de febrero de 1836. En esos días agonizaba el presidente interino de la República Mexicana, general Miguel Barragán, quien aunque desde el día 27 había sido ya reemplazado por el licenciado José Justo Corro, seguía siendo tratado como mandatario; Para conseguir su alivio o ayudarle a bien morir, al mediodía de esa fecha se le llevó en procesión el Cristo de Santa Teresa, que el presidente y general moribundo veneró besando sus pies, mientras el clero que acompañaba los últimos días del primer mandatario que fallecía en el cargo, rezaba el salmo del  “Miserere”. Sigue leyendo

Orando en Sevilla por personajes trasatlánticos

DSCF3991Los visitantes de la Catedral de Sevilla son testigos hasta nuestros días en ciertas fechas de una de las que fuera otrora una ocupación fundamental de su Cabildo Catedral, beneficiados, capellanes y clérigos: la oración por los difuntos. Quien recorre sus vastas naves lo comprenderá de inmediato poniendo un poco de atención: la Catedral es espacio de convivencia entre la Iglesia purgante y la Iglesia terrena (también con la Iglesia triunfante, claro está), como se nota en las numerosas tumbas que se hayan en varios puntos del pavimento de las naves, cerca de los altares de las capillas laterales y claro está, en la Capilla Real. Cada año se celebraban numerosas misas de aniversario, solemnes y comunes, algunos con vísperas y responsos. De hecho, según la Regla del coro y cabildo de 1760, los primeros aniversarios del año correspondían a los reyes medievales Alfonso X, Alfonso XI y Sancho el bravo y las reinas Berenguela y Beatriz, desde luego, en la Capilla Real. En diciembre, se recordaba ni más ni menos que a los Papas León X y Julio II en la capilla de las Escalas, y en julio se celebraba el aniversario por el Papa Urbano VIII “en agradecimiento a los beneficios” que de él había recibido el Cabildo Catedral.

DSCF3993A más de la memoria de reyes y sumos pontífices, la Catedral oraba de manera casi cotidiana por varios arzobispos de Sevilla, por obispos que habían salido de su coro, y claro está por dignidades, canónigos y racioneros de ella. Entre ese amplio contingente cada 27 de enero le tocaba, siempre según la misma regla, a don Juan Antonio de Vizarrón y Eguiarreta, quien había sido arcediano de Sevilla, dignidad de la Catedral, antes de ser promovido a arzobispo de México entre 1731 y 1747, habiendo sido también virrey y capitán general del reino de la Nueva España. Decía claramente la regla, no era, como en otros casos, una dotación particular del finado o su familia, sino una iniciativa de la propia corporación, “en atención a las generosas dádivas que remitió en vida a esta Santa Iglesia para el culto divino”.

Y en efecto, el visitante que llegue a la Catedral podrá ver todavía algunas de ellas. En el altar de plata, ya lo he mencionado en alguna ocasión en este blog, se encuentran los portacirios que donó, justamente de ese material y que se conocen también como los “vizarrones”, y exhibidas en el tesoro de la Catedral se cuentan un cáliz con patena, unas vinajeras con campanilla y platillo que vemos aquí en las imágenes, remitidas también por el metropolitano de México. Puede verse más sobre la relación de Vizarrón con el Cabildo Catedral de Sevilla en un artículo que publicara don Pedro Rubio Merino en las Actas de las I Jornadas Andalucía y América, disponible en la página web de la Biblioteca de la Universidad Internacional de Andalucía, Fondo Digital de La Rábida.

Volviendo a las oraciones, cabe decir que Vizarrón no era el único prelado de tierras americanas por quien se oraba en la Catedral hispalense. Se recordaba también, pero aquí sí por haber sido fundador y dotador de dos celebraciones, a don Gonzalo López de Ocampo, quinto arzobispo de Lima entre 1623 y 1627, antiguo arcediano de Niebla y canónigo sevillano, quien había ordenado la celebración de los maitines de la Inmaculada Concepción y la sexta solemne de la Ascensión.

Tumba de Colón con ofrendasEn fin, no está de más recordar también el responso de cada 12 de julio “que se canta sobre la sepultura de D. Hernando Colón que está en el trascoro”, hijo de Cristóbal Colón, cuya tumba se encuentra también en la Catedral, trasladado su cuerpo desde La Habana cuando España perdió la isla de Cuba. Y sí, es ante dicha tumba que en nuestros días, cada 12 de octubre, el Cabildo Catedral con las autoridades civiles y militares, acude a recuperar es antigua función suya de rezar por los difuntos, dedicando un responso al Almirante, seguido de un Te Deum en la Capilla de Nuestra Señora de la Antigua, que se encuentra justo al lado.

La capilla del Rosario de Orizaba

Catedral y parqueEl Ilustre Ayuntamiento de la villa de Orizaba, cabeza de la república de españoles de esa población, se presentaba cada 1o. de enero en la iglesia parroquial, bajo de mazas, para celebrar la misa de acción de gracias con Te Deum después de haber elegido a sus dos nuevos alcaldes ordinarios anuales. Mas la celebración no tenía lugar en el altar mayor de la parroquial, sino en una de las capillas laterales: la de Nuestra Señora del Rosario.

No era ninguna casualidad. Situada en la nave de la Epístola, es decir, entrando sobre la derecha, prácticamente a la mitad de ella (en la quinta bóveda), separada apenas del cuerpo principal de la iglesia, era un edificio de notables dimensiones: su ancho es comparable a una de las naves de la parroquial, teniendo un tercio de su largo, e incluso su cúpula era ligeramente más alta que el cimborrio de la principal. Monumental pues, destacaba también por su ornato. En 1765 los tenientes de cura de la parroquia la tenían como un edificio de “primorosa arquitectura”, adornado con varios retablos valiosos en más de 7 mil pesos, habiendo costado su construcción más de 16 mil.

Es cierto, había sido la obra de una de las numerosas corporaciones religiosas de seglares de la villa: la archicofradía de su titular, en particular de su primer mayordomo, D. Gaspar de Bedriñana, quien entre 1715 y 1736 había reunido lo necesario para su construcción. En ella, ciertamente, se veneraba una imagen prestigiosa, como lo prueban las obras pías para la celebración de la fiesta en su honor cada 30 de octubre, que suman una decena entre 1767 y 1783, a más de las diversas donaciones y limosnas más modestas que recibía hasta mediados del mismo siglo XVIII. Empero, prácticamente desde su construcción era mucho más que la capilla de una devoción, pues se había convertido en el depósito del Santísimo Sacramento, esto es, servía de Sagrario de la parroquia, sede permanente de la presencia real divina en la Eucaristía.

Aún más, se convirtió pronto en uno de los lugares predilectos para el entierro de los notables orizabeños. De hecho, ahí se enterraría uno de los regidores fundadores del ayuntamiento, don Juan Antonio de Cora en 1794, pero también magistrados reales como el alcalde mayor Juan Sevillano, el comisario del Santo Oficio Francisco Rengel del Castillo, cosecheros de tabaco como Sebastián del Pozo y Diego Pérez, y desde luego sus esposas, como Da. Francisca Petronila Castelán y Da. María Antonia Alexos. Incluso el párroco de la villa, Francisco Antonio de Illueca había mandado en su testamento de 1772 que se le enterrase debajo del presbiterio de esa capilla.
Por supuesto, en el particular contexto orizabeño, de enfrentamiento constante entre la república de españoles y la de indios, la capilla tenía además la ventaja de salir por completo del dominio de estos últimos. En ello insistieron en 1765 los tenientes de cura de Orizaba: había sido “fabricada a costa de españoles sin intervención de indios”. Cierto, no dejaba de ser más pequeña que la capilla mayor de la parroquial, pero gracias a sus imágenes, a la presencia divina misma, al prestigio de los devotos y a la estética misma de su arquitectura y ornato, constituía bien un espacio sagrado adecuado para las ceremonias de la corporación de los españoles de Orizaba.

La parroquia de los indios de Orizaba

Catedral y el padre Llano 2A lo largo del siglo XVIII, de la segunda mitad sobre todo, Orizaba fue testigo de una rivalidad particularmente fuerte entre sus dos “repúblicas”, en el sentido del Antiguo Régimen de comunidades autogobernadas, la de indios y la de españoles. Una y otra se disputaron constantemente no sólo el control de los recursos, no sólo la jurisdicción sobre personas y abastos, sino sobre todo el predominio en el primero de los espacios públicos de la época, la iglesia principal de Orizaba, la de San Miguel.

Elemento sin duda fundamental del paisaje parroquial, el espacio donde se vive cotidianamente la existencia cristiana, la iglesia se había ido construyendo a lo largo de las primeras décadas del siglo XVIII, completando poco a poco todo lo necesario para satisfacer correctamente esas necesidades. Y en cada uno de esos elementos, visibles y cotidianos insistimos, los indios de Orizaba veían la huella de su mayor antigüedad y de sus derechos sobre los españoles. Lo podemos ver claramente en una carta dirigida al rey por el cabildo en 4 de enero de 1774 (AGI, México, legajo 1766), así como en los anexos a la solicitud de licencia para la cofradía del santo patrono (AGI, México, legajo 2663), entre otros documentos de diversos archivos.

El edificio mismo era testimonio de sus argumentos, pues habían sido ellos, los indios, quienes habían construido la “suntuosa parroquia”, “desde que se abrieron sus cimientos hasta su total conclusión”. Lo era también su ornato interior y exterior: lo mismo su “famoso presbiterio”, espacio propio del clero, reservado para las celebraciones y costoso en más de 300 pesos (cantidad nada menor para la época); así como la “magnífica portada” de la puerta principal, con las armas del rey rodeadas de los siete arcángeles, uno y otra pagados por antiguos gobernadores de la república de indios. Lo hacían constar asimismo los elementos propios de la vida cristiana, desde su inicio hasta su final: “los indios hicieron con primor a su costa el baptisterio” declararía el antiguo párroco Melchor Álvarez Carvallo en 1773; así como otros dos gobernadores se habían ocupado del cementerio, guarnecido “con ángeles de mampostería”, y del osario, “de cal y canto con su bóveda”.

Por supuesto, aportaron también los elementos sonoros de ese paisaje parroquial: la torre, “muy primorosa” en la que estaba colocada “la campana nombrada San Pedro con que al presente se toca los domingos a la misa”, mandada fundir por los mismos indios. Y más aún, entrando ya al tema del culto, lo mismo habían aportado “un órgano muy decente”, que de manera cotidiana “seis u ocho cantores para oficiar los divinos oficios”.

Así era: el culto divino con las misas, las horas canónicas, las bendiciones, los sacramentos y hasta los sermones, eran otros tantos recordatorios de su predominio en el paisaje parroquial. Ello incluía los púlpitos desde donde se predicaba, no menos que los objetos ceremoniales con los que se celebraba, desde las opas y sobrepellices de los sacristanes y monaguillos, hasta el acetre del agua bendita, y hasta incluso el cajón de cedro donde se guardaban las alhajas y ornamentos, según decir del padre Álvarez Carvallo, habían sido pagados por el común o por los caciques. Más aún en las solemnidades, según confesaba el párroco Francisco Antonio Illueca en 1769, los indios pagaban la iluminación indispensable de esos días: las luces del monumento del Jueves Santo,  las del tenebrario para el oficio de tinieblas, las del Santísimo en Corpus Christi. En fin, los propios actores del ceremonial eran ellos: no sólo los cantores, sino siete sacristanes y dos monaguillos, el campanero y el fiscal, todos designados de entre el común de naturales.

Por ello sin duda, fue en la iglesia parroquial donde se escenificaron algunas de las más duras batallas ceremoniales entre indios y españoles, protestando constantemente los indios su derecho a recibir la paz, el agua bendita y la ceniza de manos de clérigos y como los españoles, no menos que a conservar su banco, el de la república de indios, sin que nadie se les pusiera enfrente. Y para mejor probar su jerarquía, desde 1782 llegaban a la parroquia bajo de mazas, y desde 1787 luciendo el mismo uniforme que los regidores españoles.

Simultáneamente pues, teatro constante de sus devociones y ceremonias, y símbolo de sus derechos, teatro incluso de sus combates con los españoles, la república de indios pasó buena parte del período reafirmando su propiedad sobre la iglesia parroquial, procurando su mantenimiento y exaltando su belleza. Lo repetían ya al final del siglo (AGN, Templos y conventos, vol 17, expediente 3), cuando pedían autorización al virrey para hacer una reparación completa de ella: era, ni más ni menos, que “una de las piezas mejor formadas que se hallan en el reino, de manera que por su capacidad, hermosura y arreglo a las dimensiones del arte de arquitectura es envidiada de todas las poblaciones”.

El depósito del Jueves Santo

Altar de plataEl visitante que acceda a la Catedral de Sevilla en nuestros días se encontrará en la nave transversal de ella, del lado del Evangelio este magnífico altar de plata que vemos en la imagen. Cabe decir, se trata de un altar desmontable, pues compuesto de diversas piezas adquiridas por la Catedral en distintos momentos. Así por ejemplo, los portacirios fueron donados por D. Juan Antonio de Vizarrón y Eguiarreta, arzobispo de México, quien había sido archidiácono de esta catedral. Y es desmontable pues aunque hoy se encuentra ahí de manera permanente, y es utilizado para permitir la visibilidad de un mayor número de asistentes en las grandes celebraciones de la principal iglesia hispalense, en principio se trata de un elemento meramente provisional de la iglesia: es lo que en otro tiempo se llamaba el monumento del Jueves Santo. En él, una vez terminados los oficios de dicho día, conmemorativos de la institución de la Eucaristía durante la Última Cena de Cristo, quedaba depositado el Santísimo Sacramento (de ahí su forma de una enorme custodia), hasta el Domingo de Pascua de Resurrección. En principio, al menos desde el siglo XVI, toda iglesia catedral, parroquial o conventual debía contar, no sólo con el Sagrario donde de ordinario se deposita la Eucaristía, sino con un monumento en donde pudiera colocarse de manera solemne, y de preferencia bajo llave. Por supuesto, no todas las iglesias podían darse el lujo de contar con las brillantes joyas de plata que vemos en la imagen, mas cada una a su medida buscaba la manera de darle el “adorno” y “lucimiento” más “decente” como se decía en el siglo XVIII. Si no tenemos muchas descripciones de los monumentos mismos, sabemos en cambio algunos elementos de ese ornato y de sus actores fundamentales.

Se trataba en primerísimo lugar de un adorno de luces, que en la época era tanto como decir cirios y velas. Su número podía variar de manera impresionante: seis cirios únicamente solían alumbrar el de la parroquia de San Guillermo Totolapan, mientras que en la de San Sebastián de Querétaro lo hacían con hasta cien velas, cuatro cirios y dos ciriales. Mas no era el único elemento: en Santiago Tulyahualco se colocaban flores y frutas (naranjas, por cierto), y en otros sitios era además costumbre que los propios feligreses montaran guardias de honor durante todo el depósito. En San Luis Potosí, dos custodios se alternaban cada dos horas ante el monumento, portando dos cetros de plata. En la parroquia de Santiago de Querétaro en cambio, lo importante era el acompañamiento rindiendo culto, por lo que la asistencia era de rodillas y con cirios encendidos, y desde luego el tiempo de alternancia era más corto, de sólo media hora.

El adorno y el culto implicaban un gasto y una organización que el clero normalmente dejaba en manos de seglares, en particular en las archicofradías del Santísimo Sacramento, que en principio debían existir en todas las iglesias parroquiales. Eran pues los cofrades, sobre todo los notables de cada parroquia, quienes se ocupaban de recabar las limosnas necesarias para la cera, o incluso los mayordomos mismos eran los que estaban obligados a proporcionarla. Y ellos también eran quienes encabezaban las guardias y el culto del Santísimo, comenzando a veces incluso con la procesión que lo llevaba del altar mayor al depósito. Como casi siempre en el Antiguo Régimen, y lo lamentarán en su día clérigos y ministros reformadores, las “vanidades” se mezclaban en estos actos devotos: un poco por doquier en el siglo XVIII hay constantes debates sobre una vieja práctica, la de entregar a un seglar de distinción la llave misma del Sagrario. En buena parte de las iglesias principales se solía entregar a los magistrados reales, como en Veracruz, donde la recibía el gobernador de la plaza. En el siglo XVIII obispos y canónigos de Guadalajara, Durango y Oaxaca, cuando menos, tuvieron largos litigios con los gobernadores y presidentes de Audiencia tratando de evitar la continuación de esa costumbre. Donde no había representante del rey, los notables locales venían al relevo, a veces contribuyendo con sus limosnas a cambio de tan alto privilegio, o bien la recibían en reconocimiento de sus contribuciones a los templos. Así, en la parroquia de Santo Tomás de México la llave se entregaba a quien ayudara a la cofradía sacramental a financiar los gastos de la celebración, mientras que en el convento de Regina Coeli era el rector de la cofradía del Santo Ecce Homo quien tomaba esa responsabilidad, en tanto bienhechores de la iglesia conventual.

Cabe señalar en fin, era por asumir este tipo de gastos y responsabilidades que, incluso en el siglo XVIII, las archicofradías del Santísimo Sacramento o las que sin llevar ese título asumían su culto, eran consideradas por el clero, por los fieles y hasta por los magistrados reales, como de “utilidad pública”.

José María Mendizával

José María MendizávalLa entrada de hoy está dedicada a un personaje particularmente anónimo del siglo XIX veracruzano, o mejor dicho orizabeño: el teniente coronel José María Mendizával, laico devoto que ilustra bien algunas tendencias de la historia religiosa de ese siglo.

Militar retirado, Mendizával había sido oficial de las milicias realistas durante la guerra de independencia, si bien su carrera de armas no ha dejado testimonios particularmente relevantes. En cambio, fueron sus cargos civiles los que nos permiten acercarnos en alguna medida a su figura. Ocupó cargos en el ayuntamiento constitucional de Orizaba a partir de 1820 como síndico. Conviene recordar que se trataba de una corporación nueva, electiva, que venía a sustituir al viejo ayuntamiento privilegiado formado por regidores perpetuos, en el marco del régimen de la Constitución de Cádiz. Siendo militar, se le encargó la comandancia de las milicias cívicas, es decir, el cuerpo armado bajo la tutela del ayuntamiento, que debía respaldar el nuevo orden liberal.

Así, Mendizával se integró a la élite de “ilustrados” que controlaron el ayuntamiento orizabeño en los años siguientes, y se hizo notar entre ellos, especialmente en sus cargos en los ayuntamientos de los años 1826 y 1832.  Fue, por ejemplo, miembro de la comisión encargada de la introducción del alumbrado público y de la organización del cuerpo de serenos, llevando buena parte de la responsabilidad de ambas tareas, sobre todo la primera. Luego de dejar el ayuntamiento en 1826, comenzó a identificársele con las facciones que por entonces comenzaron a dividir la vida política local. Devino por entonces enemigo de los liberales radicales, cercanos a la masonería yorkina, y autodenominados “patriotas”; de hecho, Mendizával aparece en las crónicas locales como uno de los “escoceses”, la facción rival, denominada así por su supuesta (y nunca reconocida) cercanía con las logias masónicas de ese rito. En cualquier caso, es cierto que tuvo un papel importante en las querellas de facciones, sobre todo en 1828 cuando fue nombrado jefe político interino tras el arresto de Ignacio María de Soria, uno de los líderes “patriotas”. En ese cargo, apoyó la anulación de las elecciones legislativas de julio de 1828, en las que los “patriotas” orizabeños habían logrado imponerse.

Militar, munícipe, liberal moderado, queremos destacar sobre todo que era un hombre cercano al clero, e incluso un devoto defensor del catolicismo. Hombre religioso, era miembro de la Congregación del Alumbrado y Vela del Santísimo Sacramento, que como su nombre indica, tenía por obligación el culto eucarístico. Devoción a la vez tradicional y nueva, tradicional pues era sin duda uno de los símbolos más importantes del catolicismo desde el siglo XVI cuando menos, era nueva pues este tipo de congregación no aparece en México sino hasta principios del siglo XIX, caracterizándose en Orizaba por no tener otras obligaciones más que las religiosas. Contrario a las corporaciones de seglares de Antiguo Régimen, los congregantes no se reunían sino para el culto, sin tener fiestas o banquetes al estilo de las cofradías, ni bienes ni limosnas cuya administración los distrajera de su fin primordial.

Mas Mendizával, en tanto católico, no sólo oraba semanalmente ante la Eucaristía, sino que además su devoción tenía consecuencias en sus actividades públicas. Así, jugó con frecuencia un rol de intermediario ante el clero. Transmitía las solicitudes de los clérigos ante esa corporación, y al contrario, negociaba con el párroco las solicitudes de los munícipes y vecinos. Se ocupó por ejemplo del asunto de las joyas de la parroquia que el párroco Isidro Antonio de Icaza había llevado consigo a la Ciudad de México para repararlas cuando se convirtió en capellán de la corte imperial en 1822. Transmitió también solicitudes a propósito del agua de la fuente y de las casas de los padres carmelitas orizabeños.

Sobre todo, se hizo notar siendo alcalde en 1826, cuando su “celo religioso” lo opuso al representante del Estado, el jefe político Vicente de Segura, pero también al de la Iglesia, el párroco Francisco García Cantarines. Con el primero por haber arrestado a ciertos “extranjeros” a quienes confiscó unas “estampas obscenas y otras cosas prohibidas por nuestra religión”, siendo que esto era facultad exclusiva del jefe político; con el párroco, porque osó presidir, “con escándalo de los concurrentes”, el cabildo de la cofradía de San José, una responsabilidad exclusiva del jefe político. Denunciado por estos dos hechos en la sesión de cabildo del 27 de febrero de 1826, tuvo lugar entonces una “viva discusión” entre el jefe político y Mendizával, cuyo resultado fue la salida de éste último y su rechazo a cumplir con su cargo durante tres meses. Un poco más tarde, en septiembre, logró oponerse a las condiciones que el ayuntamiento quería imponer al proyecto de establecer un convento de religiosas carmelitas en Orizaba; en concreto, se les quería imponer la obligación de educar niñas, siendo que se trataba de una orden contemplativa. Ante un ayuntamiento que no veía sentido alguno en fundar un convento cuyas monjas, en palabras del presidente de la sesión, “no serían útiles sino a sí mismas”, Mendizával insistió en preservar el papel tradicional de los conventos femeninos.

En fin, la devoción de nuestro personaje dejó testimonio no sólo en las controversias de la época, sino también en los espacios sagrados. En los años 1830, sabemos que el teniente coronel Mendizával tuvo también un rol principal en la construcción y decoración de los templos. Financió dos retablos para la nueva capilla de la Escuela de Cristo y el baldaquín para la imagen del Señor del Calvario. Un poco más tarde emprendió la construcción de la segunda capilla anexa a la iglesia parroquial, la del Sagrado Corazón de Jesús, para la que hizo donación de todos los ornamentos de su oratorio familiar, y donde fue enterrado a mediados del siglo, como podemos ver en la placa que hasta hoy existe en la ahora Catedral de Orizaba.

Hombre de devociones nuevas, defensor de la tradición, apoyo del clero, constructor de capillas, unas décadas atrás Mendizával hubiera sido uno de los notables unánimemente reconocidos de la villa de Orizaba. Sin embargo, vivió ya en un régimen liberal, que él mismo ayudó a construir a nivel local, y por tanto en medio de las controversias sobre el lugar de la religión en el nuevo orden que hicieron de él, cierto un “hombre de bien”, pero al mismo tiempo un rival político, miembro de una facción identificada por un catolicismo tenido a veces por “fanatismo” por sus rivales. Mendizával pues, resulta un testimonio de los avatares del catolicismo en tiempos de los primeros pasos de la secularización.

Les corporations religieuses et les changements politiques à Orizaba, 1700-1834

Hace casi un mes, tuve el honor de presentar mi tesis de doctorado, y desde entonces me preguntaba si había una manera de difundir su contenido por este medio, sin atormentar al lector con una larga serie de entradas todas sobre el que fue mi objeto de estudio, la parroquia de Orizaba. Así, me decidí finalmente a publicar aquí la parte descriptiva de mi exposición ante el jurado de la tesis, que resume su contenido en pocas líneas, conservando el texto en francés para ser fiel estrictamente a lo que presenté, aunque claro está que si llegara a haber preguntas lo presentaré también en español. Pues bien, aquí el resumen de la tesis titulada Utilité du public ou cause publique. Les corporations religieuses et les changements politiques à Orizaba (Mexique), 1700-1834, que para obtener el grado de Doctor en Historia de la Universidad Paris I Panthéon-Sorbonne presenté el 14 de septiembre de 2010 en la sala 6 del Centro Panthéon, ante el jurado presidido por Philippe Boutry, director de la Unidad de Historia de dicha Universidad, y conformado también por Annick Lempérière, directora de la tesis y directora del Centro de Investigaciones en América Latina y el Mundo Ibérico de Paris I; Brian Connaughton, profesor de la Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa, y Pierre Ragon, profesor de la Universidad Paris X Ouest Nanterre La Défense.

La thèse que j’ai l’honneur de présenter constitue d’une certaine manière l’aboutissement d’un travail de plusieurs années, même si je l’ai commencée en septembre 2007, car elle reprend des informations et des préoccupations déjà présentes dans mes mémoires de licence et de master, mais maintenant analysées depuis une perspective différente, et de façon plus exhaustive. Elle porte sur l’histoire de Saint-Michel Orizaba, une modeste ville de l’est du Mexique. J’essaye à travers elle de m’approcher des changements du monde hispanique de la fin du XVIII siècle. Mon travail porte ainsi, à proprement parler, sur l’histoire de la sécularisation, non pas dans le sens de décadence ou de disparition progressive de la religion et de l’Église catholique, mais plutôt comme la fin de la prépondérance de la légitimité qui avait jusqu’alors donné son sens à la culture corporative qui avait organisé la construction de la ville et de tout l’Empire hispanique.

En effet, la culture corporative hispanique avait pour fondement une théologie catholique qui soutenait que les individus étaient incapables d’atteindre seuls le salut spirituel et même le bien-être matériel. Ainsi, ils avaient besoin de se rassembler pour former des corps de toute sorte, notamment religieux et politiques, qui constituaient la structure de la société, de l’Empire et de l’Église. Les corporations religieuses durent faire face à cette époque à des changements tels que les réformes bourboniennes depuis les années 1760, la crise monarchique de 1808, la guerre d’indépendance de 1810, l’introduction du libéralisme en 1812, l’indépendance en 1821, et les troubles politiques des premières décennies de la vie républicaine.

Mon travail de recherche s’interroge sur les conséquences de tous ces événements pour les corporations religieuses et sur la possibilité de penser leur histoire, non seulement comme une décadence constante, mais aussi à partir de leurs adaptations éventuelles, aussi bien sous la monarchie des Bourbons qu’à l’époque libérale. À cet effet, j’ai repris des idées venant de trois perspectives fondamentales : l’historiographie sur la construction institutionnelle de l’Église au XIX siècle, notamment les ouvrages récents de Sol Serrano et Roberto Di Stéfano, respectivement pour le Chili et Buenos Aires, mais aussi les études de l’historiographie française sur la Réforme catholique et les changements religieux des XVIII et XIX siècles, notamment celles sur la piété testamentaire, sur le paysage paroissial et sur la culture sensorielle. Bien entendu, j’ai aussi repris l’historiographie mexicaniste et espagnole, en particulier l’historiographie politique, qui rend compte des difficultés pour la réforme d’une monarchie hispanique fondamentalement corporative et juridictionnelle, et aussi des transformations et continuités de la société corporative après l’indépendance.

J’ai choisi Orizaba, parce qu’elle rassemblait presque tout l’éventail des corporations religieuses possibles, mais aussi parce qu’elle se caractérisait par la présence de plusieurs acteurs politiques d’Ancien Régime, tels que l’échevinage des Espagnols, la république des Indiens, la guilde des cultivateurs de tabac et la noblesse locale. Après l’indépendance, nous pouvons aussi trouver les nouveaux groupes politiques organisés surtout à partir des loges maçonniques. De plus, il est important de noter que la ville se distingua par son importance économique due à son emplacement sur la route commerciale la plus importante du royaume et par sa production de tabac, monopole royal à partir de 1765.

Un autre critère, non négligeable, qui joua un rôle important dans mon choix fut celui de l’abondance des sources qui concernent Orizaba. Je voudrais évoquer en particulier les archives paroissiales, qui conservent une documentation très vaste sur la gestion quotidienne des confréries et de la paroisse, ainsi que les sources notariales et municipales et les listes des cultivateurs de tabac, qui bien qu’incomplètes sont également riches. Ces dernières m’ont permis de connaître de façon presque exhaustive les membres de plusieurs corporations et leurs familles, en particulier celles de l’élite de la ville. J’ai pu aussi compter sur les dossiers préparés pour obtenir l’autorisation royale de certaines corporations civiles et religieuses, préservés dans les archives nationales mexicaines et dans les Archives des Indes de Séville.

Pour les premières décennies du XIX siècle, la correspondance des autorités fédérales, les ouvrages des chroniqueurs locaux, et surtout les brochures et les journaux disséminés dans les bibliothèques du Mexique et de l’Espagne, se sont avérés particulièrement intéressants pour ma recherche.

Pour analyser ces informations, j’ai choisi comme axe central le concept de l’utilité publique, qui permet de saisir d’une manière plus précise la façon dont les changements évoqués précédemment modifièrent les corporations religieuses. Dans le monde hispanique de l’Ancien Régime, l’utilité publique n’était que l’utilité de la république. Il est important de noter que république désigne ici la communauté organisée juridiquement pour répondre à des finalités matérielles mais aussi transcendantes, c’est-à-dire qu’elle se réfère à une corporation capable de garantir le bien commun. Dans le cas que j’ai analysé, il s’agissait notamment de la république urbaine, d’Espagnols ou d’Indiens, selon la distinction de l’époque. L’utilité publique était donc surtout celle des “vecinos”, c’est-à-dire les natifs ou les résidents anciens d’une ville ou d’un village. Dans ce contexte, les corporations religieuses avaient un rôle fondamental, reconnu par tous les acteurs, comme j’ai essayé de le montrer dans la première partie de mon travail, intitulée précisément « Le temps de l’unanimité ».

Les corporations avaient été les protagonistes de la construction de la ville au cours du XVIII siècle. En effet, à cette époque et jusqu’au début du XIX siècle, les Orizabeños  construisirent une quinzaine de bâtiments religieux. Dans ces temples, revêtus du décor de la Réforme catholique, s’installèrent de nouvelles corporations, non seulement de clercs ou de religieux, mais surtout plus de vingt-cinq corporations de laïcs. Toutes ces corporations possédaient des symboles religieux, des biens et des normes particulières, et construisaient des liens qui rassemblaient les habitants de la ville. Plus encore, autour des temples s’organisait la ville elle-même, avec ses places et ses fontaines, ses rues et ses quartiers. Les corporations laissaient leur empreinte dans le paysage sonore avec leurs cloches, et aussi dans le cérémonial festif local avec leurs innombrables processions et célébrations. Ainsi, grâce aux corporations religieuses, l’espace public d’Orizaba était sans aucun doute sacré.

Par ailleurs, tout au long du XVIIIe siècle, l’utilité des corporations religieuses avait été reconnue par l’ensemble des, d’une part, en raison de l’administration des sacrements indispensables pour le salut des âmes et, d’autre part, parce qu’elles en faisaient la promotion. En outre, elles organisaient les œuvres de miséricorde et contribuaient au maintien de l’ordre en prônant le bon exemple et en faisant usage des tribunaux ecclésiastiques. De plus, elles renforçaient la légitimité des corporations civiles : elles étaient le témoignage de leur histoire et c’était dans les fêtes religieuses que les corporations se confrontaient entre elles pour défendre leurs privilèges respectifs. Enfin, elles avaient contribué à la formation d’une élite dévote caractérisée par ses expressions de piété, notamment dans ses testaments et par son soutien à la formation du clergé.

Toutefois, pendant la seconde moitié du XVIIIe siècle, on voulut faire des corporations des entités au service de l’utilité de la religion et de l’utilité du roi, comme j’ai essayé de le montrer dans la deuxième partie de mon travail. En effet, les évêques réformateurs de la période insistaient sur le premier aspect. J’ai voulu présenter leurs projets en détail, dirigés vers le renforcement de l’autorité épiscopale sur toutes les corporations religieuses, et vers la consolidation de la frontière entre le sacré et le profane. À Orizaba, le clergé essaya de transformer le couvent-hôpital local en un lieu de catéchisation des pauvres sous son contrôle, de même qu’il voulut faire des missionnaires ses « coadjuteurs idéaux » du clergé, et mettre sous surveillance les dépenses festives des confréries. Outre ces projets de réforme, la vie religieuse locale se vit transformée par le détachement progressif de l’élite locale vis-à-vis de certaines pratiques : les confréries espagnoles furent abandonnées, la piété testamentaire fut complètement laissée de côté vers le début du XIXe siècle et certaines dévotions furent oubliées. Tout cela s’effectua en faveur de pratiques plus simplifiées et strictement plus religieuses, et en faveur de cadres corporatifs moins chargés de responsabilités, mais aussi plus sélectifs.

En ce qui concerne l’utilité du roi, j’ai examiné en détail une historiographie qui a beaucoup insisté sur la radicalité des réformes monarchiques, sans épargner les adjectifs. Les corporations d’Orizaba permettent de nuancer ses conclusions et de montrer que le roi, même à l’époque des réformes, soutenait très souvent les demandes des corporations religieuses sans intervenir systématiquement dans leur vie interne. Ainsi, les réformes les plus importantes subies par la ville d’Orizaba, comme la formation de milices et la création du monopole du tabac, n’eurent même pas de conséquences directes sur elles. En revanche, il est vrai qu’à cette époque la Couronne fit un usage politique explicite de la chaire paroissiale, mais ce fut seulement à partir de la crise 1808 que le roi se fit plus présent que jamais dans la ville, pour exiger leur participation dans la promotion de la loyauté et dans la mobilisation des sujets, jusqu’au point d’exproprier les cloches de la paroisse pour la célébration des victoires royalistes.

Ainsi, ce ne fut pas avant l’indépendance et l’établissement d’un régime fondé sur des principes libéraux que commencèrent les débats publics autour de l’utilité des corporations religieuses. J’ai analysé ces débats dans la troisième et dernière partie de mon travail, à commencer par la critique des corporations religieuses qui émergea alors dans l’opinion publique.Ces critiques portaient sur l’organisation ecclésiastique : les publicistes voulaient la remplacer par celle de l’Église primitive, évidemment idéalisée, et ils condamnaient les pratiques considérées comme « superstitieuses » ou « fanatiques ». À ces critiques s’ajoutèrent les premiers efforts de l’État pour étendre sa juridiction jusqu’aux temples, cimetières et biens corporatifs, et les suspicions à l’encontre de certaines corporations, devenues particulièrement « dangereuses » pour la « cause publique ».

Les critiques arrivèrent à son terme entre 1833 et 1834, lorsque les libéraux radicaux de Veracruz commencèrent toute une série de réformes visant à construire une nouvelle Église, plus institutionnalisée mais sous la tutelle de l’État, dépourvue des pratiques superstitieuses telles que les sonneries de défunts et des corporations « inutiles », dont les biens seraient destinés à financer un grand projet éducatif. Ces réformes furent contestées par l’épiscopat, qui s’efforçait aussi de réformer les corporations pour les soumettre définitivement à sa tutelle, et construire ainsi une « souveraineté ecclésiastique » face à la démonstration de force de la souveraineté de l’État.

Toutefois, cette dernière ne fut pas la seule à se construire à cette époque. La révolution libérale avait aussi ouvert la porte à la consolidation de la souveraineté locale, incarnée dans le Conseil municipal d’Orizaba, pour lequel les corporations religieuses continuaient d’être des outils indispensables pour l’utilité publique. C’était un Conseil constitué par des ilustrados, et qui utilisait constamment le cérémonial religieux pour sa légitimation. Sans se soucier beaucoup des règles spécifiques des corporations, ils discutaient constamment sur la manière de les utiliser à de nouvelles fins, telles que la bienfaisance et l’éducation. Protégées ainsi par les autorités locales, certaines corporations parvinrent à se renouveler, parfois jusqu’à retrouver un peu de la splendeur du siècle précédent, tandis que d’autres tombèrent définitivement sous le contrôle clérical, plus que jamais affirmé dans les modifications du décor du temple paroissial effectuées par le curé en 1834. On ne peut donc pas s’étonner de voir que les corporations mises en danger par les réformes de 1834 furent protégées, lors de l’émeute du 20 avril, par les autorités locales ainsi que par la plupart des vecinos, rassemblés au son des cloches de la paroisse de Saint-Michel. Cette rébellion locale réussit à renverser les pouvoirs de l’État de Veracruz deux mois plus tard.

En dépit des accusations de « fanatisme » et de l’occupation de l’espace public par les pratiques traditionnelles telles que les sonneries et les processions, il faut conclure que l’émeute consacra plutôt le lien très étroit entre les corporations et le conseil municipal, ainsi que la division d’opinions entre les « patriotes » et les « catholiques », ou les « yorkins » et les « fanatiques », selon le vocabulaire de l’époque. Ainsi, loin d’être une restauration, les événements de 1834 rendirent compte du déplacement des corporations religieuses d’Orizaba et de la catholicité elle-même, puisqu’elles n’occupaient plus la position prépondérante qu’elles avaient disposé auparavant dans la ville ; c’est ainsi qu’elles furent dès lors placées sous la puissance du Conseil municipal, l’Ilustre Ayuntamiento de Orizaba, devenu souverain sans dispute de l’espace public local.

Notre-Dame de Paris

FachadaAquí una última entrada parisina, a propósito de la que es sin duda la iglesia más conocida de la ciudad, la Catedral de Notre-Dame. Mas en esta ocasión quisiera no hablar tanto de su historia, como de su vida religiosa actual. En efecto, a pesar de las apariencias, la Catedral no es sólo un atractivo turístico de París, aunque es bien cierto que la mayor parte de sus visitantes son turistas y que sus ingresos dependen en buena medida de la compra de cirios y veladoras con la imagen de la Virgen, que asimismo son los turistas quienes más compran. La vida religiosa y litúrgica de la Catedral está lejos de reducirse a algunos horarios como dicen algunos: en medio de la multitud de turistas, los capellanes y canónigos de la Catedral dedican buena parte de la jornada a escuchar confesiones en las capillas laterales (y siempre hay fila de espera, aunque corta) mientras que todas los días se celebran cuatro o cinco misas, además de los oficios de Laudes y Vísperas, ya en el altar mayor o en el del coro, la adoración del Santísimo Sacramento los jueves (especialmente querida de los fieles franceses) y la de las reliquias de la Pasión los primeros viernes de mes (especialmente cara a los fieles de origen ruso), además de las numerosas celebraciones que implica el calendario litúrgico. Como cualquier catedral del mundo católico, Notre-Dame celebra, y de manera especialmente notable todas las festividades del año, siendo especialmente visitada por franceses y extranjeros en los momentos fuertes de éste. Por ejemplo, para la misa de Navidad, la misa de medianoche, de la cual, como dice el rector arcipreste, no vale preguntar su horario porque es puntualmente a la medianoche. Asimismo, para las celebraciones de la Semana Santa, especialmente la misa crismal y la del domingo de Pascua, o para las ordenaciones sacerdotales a finales de junio, cuando se reúne una pequeña multitud que habla, en principio, francés.

A ello hay que agregar que la catedral, como iglesia principal de la diócesis, es punto de reunión de todas las comunidades extranjeras residentes en la ciudad, que son muchas. Lo mismo recibe a la comunidad peruana para la procesión de la imagen del Señor de los Milagros a principios de noviembre, que a la comunidad mexicana para la misa de la Virgen de Guadalupe en diciembre, a los ukranianos de rito greco-católico en febrero, a los armenios en la fecha del memorial del genocidio de principios del siglo XX, y de cuando en cuando a vietnamitas, haitianos, africanos y un amplio etcétera.

Para organizar todo ello, la Catedral es ante todo una pequeña comunidad. No me refiero sólo a los sacerdotes, que encabezados por el rector arcipreste Monseñor Jacquin, destacan por su formación intelectual (que se puede constatar en las conferencias de Cuaresma y Adviento), por sus competencia en varios idiomas y por sus origenes diversos. Además, existe un medio centenar de empleados de la catedral, entre sacristanes, recepcionistas y guardias, y hay que destacar también a los voluntarios, que se ocupan lo mismo de la distribución de las hojas de los oficios del día, que de distribuir la comunión. Hay también un pequeño contingente de fieles asiduos de la catedral, lo mismo algunos jóvenes de los colegios y movimientos católicos (los scouts en particular), que adultos y personas mayores, algunos por cierto “originarios de la migración” como dicen aquí, es decir de ascendencia subsahariana, filipina, española, portuguesa, china, malgache, etcétera. De hecho es de destacar la presencia indú entre los guardias de la Catedral, algunos de conversión relativamente reciente, y cuyos hijos han recibido en ella los sacramentos iniciales. Entre los fieles, una antigua corporación: los caballeros del Santo Sepulcro, que asisten sobre todo en la custodia de las reliquias de la Pasión y en las procesiones con la imagen de la Virgen.

Por supuesto hay que mencionar la célebre Maîtrise de la Catedral, sus tres prestigiosos coros de adultos, jóvenes y niños, dirigidos hoy por el maestro Lionel Sow, quienes interpretan en las celebraciones cotidianas, y también para numerosos conciertos y audiciones gratuitas o de bajo costo, una selección musical siempre acorde con el contenido religioso de la celebración. Al lado de los coros, por supuesto, los organistas, músicos profesionales de gran talla que sorprenden con sus ejecuciones de obras clásicas y con improvisaciones para cada ocasión, y que son especialmente apreciados por los fieles franceses, mucho más sensibles al órgano que en la tradición hispana. Son todos ellos quienes hacen que la Catedral sea mucho más que un edificio histórico. No puedo menos que subrayar que la Catedral se hace notar por el cuidado de la liturgia, por la música sin duda, pero en general por el cuidado en el respeto de lo sagrado y del sentido religioso de todas las celebraciones.

En fin, la Catedral tiene también una vida política importante: es prácticamente el templo nacional francés. En efecto, esta república laica se distingue por carecer de ceremoniales laicos para la memoria de sus muertos, por lo que, de manera muy natural, Notre-Dame ve la llegada del presidente de la República, de los ministros y el alcalde de París, recibidos como corresponde por el arzobispo y el rector arcipreste, con motivo de funerales nacionales. Aunque la otra catedral católica de la ciudad, Saint-Louis-des-Invalides, la del obispo del Ejército, es la que tiene mayores responsabilidades, en Notre-Dame se han celebrado por ejemplo el homenaje nacional de las víctimas del vuelo Río de Janeiro-París en 2009, o los funerales del presidente Miterrand en 1996. Por todo ello, la Catedral de Notre-Dame de París, es hoy y creo por largo tiempo más, un lugar para la historia religiosa y política francesa y del catolicismo europeo del siglo XXI.