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Naturaleza humana y política, un apunte sobre Santo Tomás de Aquino III

Última parte de este apunte. En los anteriores vimos el contexto institucional e ideológico de la idea del hombre como unión de cuerpo y alma de Santo Tomás, terminemos viendo su importancia histórica.

Santo Tomás de Aquino, atribuido a Antoine Nicolas, ca. 1648 Catedral de Notre-Dame de París.

Desde la perspectiva de la historiografía contemporánea, es justo en esto que reside la significación de Santo Tomás de Aquino para la historia social medieval. Hay una cierta rehabilitación de lo carnal, del cuerpo, que resulta necesario para el alma en cuanto al uso de sus potencias sensitivas y generativas. Mas no es que el alma resulte menospreciada, pues casi sobra decir que mantiene su superioridad sobre el cuerpo. El artículo primero de la cuestión 76 afirma “lo primero por lo que un cuerpo vive es el alma”, más todavía “el alma es lo primero por lo que nos alimentamos, sentimos y nos movemos localmente; asimismo es lo primero por lo que entendemos”. De hecho, el hombre tal como había sido creado por Dios, es decir en estado de gracia, tema en que Santo Tomás se detiene ampliamente a partir de la cuestión 94, se distinguía por su rectitud, esto es: “la razón estaba sometida a Dios; las facultades inferiores a la razón, el cuerpo al alma”. El pecado original, la pérdida de esa gracia divina, implica de alguna forma la alteración de esa correcta jerarquía: “desapareció la obediencia de la carne al alma”. En el Paraíso terrenal “el alma preservaba al cuerpo de corrupción mientras estuviese unida a Dios”, sin ese vínculo, pues aparece la muerte. En la cuestión 85 ya de la primera sección de la segunda parte de la Summa, explica con mayor precisión que una consecuencia del pecado original fue la disminución de la tendencia a la virtud de la naturaleza humana, pero sin que llegue nunca a extinguirse del todo. En el orden natural y sobre todo en el sobrenatural, el alma gobierna sobre el cuerpo.

Esta doctrina no dejaba de tener consecuencias políticas. En principio, porque la relación del alma y el cuerpo se había convertido en el siglo XIII en la metáfora política por excelencia. Juristas y teólogos, los universitarios pues, coincidían entonces en retomar la imagen de la Iglesia como cuerpo de Cristo que aparece en las epístolas de San Pablo, para aplicarla a su propia época, y prácticamente a toda forma de lo que hoy llamaríamos reunión, asociación o comunidad, incluida la monarquía. Santo Tomás la usó explícitamente en su Opúsculo sobre el gobierno de los príncipes. Siguiendo a Aristóteles presenta al ser humano como social por naturaleza, pero necesitado de una guía para gobernarse, el cuerpo social es semejante el cuerpo humano en el cual “el alma rige al cuerpo y la razón los aspectos irascibles y concupiscibles del alma”. Esa autoridad, a ejemplo de la naturaleza, era mejor que fuera unitaria, como la de Dios en el universo, y por tanto favorece a la monarquía, aunque dejando abierta la posibilidad de que el pueblo derribara a un monarca tirano. Como cabía esperar los fines superiores a los que el monarca debía obedecer y guiar a su pueblo eran espirituales, debía literalmente “ser para su reino lo que el alma para el cuerpo y lo que Dios para el mundo”, e incluso el Aquinatense dice de forma bastante explícita que para ello el rey debía apoyarse en el clero.

Catedral de Notre-Dame de París en 2014.

Ahora bien, en segundo lugar, y de manera más extensa y profunda, la integración plena del cuerpo a la ciencia sagrada manteniéndolo sometido al alma, hace a Santo Tomás de Aquino, elemento de un proceso más amplio de transformaciones de la sociedad medieval. Se trata del ascenso de la Iglesia como organizadora también de las realidades incluso las más profanas, como las relaciones sexuales. Respecto a este cambio permítanme una cita extensa de Jérôme Baschet, La civilización feudal: “mientras en la alta Edad Media no veía la salvación más que en la huida y el desprecio del mundo, la institución eclesial, una vez que llega a la cima de su poder, manifiesta su capacidad para asumir el mundo material, para hacerse cargo de él con el fin de transformarlo en una realidad espiritual y conducirlo hacia su destino celestial”.

Definir a la naturaleza humana como unión de alma y cuerpo era también una manera de ampliar y profundizar la jurisdicción eclesiástica sobre los cuerpos efectivamente existentes de las mujeres y los hombres de la época medieval. De manera más amplia, ella se extendió también sobre “bienes espiritualizados”, los que habrían de pagar la intercesión permanente por los difuntos en el Purgatorio; sobre “cosas sagradas”, literalmente, desde imágenes hasta complejos de edificios, desde sencillos ornamentos hasta verdaderas joyas artísticas; hasta sobre “reinos cristianos” o incluso sobre los territorios de los gentiles. Esto es, Santo Tomás de Aquino ayudó a convertir a la Iglesia en, de nuevo cito a Baschet, una “máquina para espiritualizar lo corporal”, una máquina sacralizadora pues, que habría de funcionar de manera duradera, al menos por los cinco siglos siguientes hasta la época de las revoluciones liberales e industrial.

Naturaleza humana y política, un apunte sobre Santo Tomás de Aquino II

Esta semana continúo con el texto de la anterior, un apunte breve sobre Santo Tomás de Aquino. El apartado anterior, introductorio, terminamos diciendo que nuestro autor afirmaba que el hombre era la unión del alma y el cuerpo. Veamos ahora porqué esto era importante entonces, es decir, vamos a examinar, en parte, el contexto ideológico medieval.

“El milagro de la nube”, de Pedro Berruguete, representando nuevamente un pasaje de la vida de Santo Domingo en su combate a la herejía.

Fue ésa una época de definiciones importantes para la Cristiandad, europea occidental. Sin ser, repito, especialista en el período, pareciera que se trataba de establecer la amplitud o límites entre una concepción dual conciliatoria, por una parte, y lo que podría llamarse el dualismo, en las oposiciones entre esos conceptos binarios fundamentales del Cristianismo, como aquellos entre el bien y el mal, Dios y el hombre, el cielo y el infierno, o en este caso, entre el cuerpo y el alma. Un dualismo radical sería por ejemplo el gran movimiento considerado herético por la Iglesia que ya he citado: el de los cátaros o albiguenses en el sur de Francia, que en al menos en los manuales actuales seguimos considerando próximo al maniqueísmo. En ese movimiento era posible concebir al espíritu humano como una sustancia pura y buena aprisionada en la carne, el cuerpo material maligno. El historiador español Martín Alvira lo explica, la tendencia de la historiografía reciente es explicar ese dualismo cátaro como una lectura literal y radical de los Evangelios y no como un movimiento fuera del cristianismo occidental.

Ahora bien otro movimiento que había suscitado problemas todavía a principios del siglo XIII, muestra en cambio que tampoco podía cuestionarse radicalmente toda concepción dual. Los hermanos del libre espíritu fueron condenados también formalmente por el IV Concilio de Letrán de 1215 (que también trató de los albiguenses), su fundador fue un profesor de la Universidad de París, Amaury de Bène o de Chartres, cuyos restos terminaron siendo exhumados y “arrojados al viento” tras un primer decreto episcopal condenatorio de su doctrina de 1210. Según G. C. Capelle, bien le hubiera quedado como divisa la frase Omnia sunt Deus, “Todos son Dios”. Se sabe poco de su doctrina, pero se suele identificar como un panteísmo en el cual Dios está implicado o envuelto en todas las cosas, el alma humana en particular, de forma que el alma de los fundadores de ese movimiento habría sido la encarnación del Espíritu Santo.

Apoteosis de Santo Tomás de Aquino, obra de Francisco de Zurbarán, fragmento. Museo de Bellas Artes de Sevilla.

He mencionado dos posturas que terminaron en el campo de la “herejía”, ése que era de los peores delitos en ese contexto, como hoy pudiera ser el genocidio, hay que considerar además que no terminaron en esa categoría de manera voluntaria. El ejemplo de Amaury de Bène nos recuerda que la diversidad era posible entre los propios clérigos y frailes de las universidades, pero que, repito, en esta época se iban construyendo o renovando los límites de lo que podía considerarse dentro o fuera de la Iglesia cristiana. La vida universitaria estaba abierta a encendidas disputas y querellas, tanto de orden institucional (religiosos contra seglares, por ejemplo) como teórico (no es que alguna vez haya sido posible desconectarlas radicalmente). Perder las controversias, por razones de uno u otro tipo, implicaba en ese contexto político-religioso la posibilidad de terminar literalmente quemado: desde 1022 al menos la represión de la herejía, en tribunales seculares como eclesiásticos, podía implicar el uso de la hoguera. Destaquemos sin embargo que nada estaba escrito, que los polos de ortodoxia y heterodoxia justo eran controvertidos, no era fácil establecerlos de manera contundente. Un buen ejemplo de ello es que la propia enseñanza de Santo Tomás fue controvertida, en 1277 el obispo de París terminó prohibiendo un conjunto de 219 tesis, algunas de las cuales contenidas en obras del Aquinatense. Es cierto, un aspecto del problema era la obra de Aristóteles, que apenas en 1255 había sido recibida por el programa oficial de la universidad parisina, pero en particular hay que hacer notar que 111 de esas tesis eran sobre temas antropológicos, es decir referidos a la naturaleza del hombre.

Ahora bien, si la afirmación de Santo Tomás en la Suma de que el hombre es cuerpo y alma era importante en su tiempo, en realidad enfrentaba no tanto a esos otros movimientos que he citado y que terminaron fuera de la Iglesia, sino sobre todo al que hoy llamamos el  “neoagustinismo”, por estar fundado en una lectura de San Agustín de Hipona y a su vez, de Platón. Esta postura fue mayoritaria entre los autores ortodoxos de la época, justo por ello, en realidad resulta complicado exponerla de manera precisa, lo cual es buen ejemplo de los límites siempre complicados de los –ismos, y además, como ya decíamos respecto de Aristóteles y de Tomás de Aquino, Agustín de Hipona no necesariamente se hubiera reconocido en ellos. El padre Edouard-Henri Weber, en una obra de los años 1990, tomaba como ejemplo concreto de la posición dualista a Alexandre de Hales, anglosajón, profesor de teología en París en la primera mitad del siglo XIII, franciscano en sus últimos años.

Santo Tomás de Aquino, atribuido a Antoine Nicolas, ca. 1648
Catedral de Notre-Dame de París.

Vamos a aprovechar ese análisis para mostrar cómo Santo Tomás se planteaba frente a ese contexto ideológico. En la cuestión 75 de la primera parte de la Summa, el Aquinatense escribía siguiendo a Aristóteles que el hombre es “ser compuesto de sustancia espiritual y corporal”, el cuerpo se identificaba con la materia y el alma con la forma. Alexandre de Hales, en su Glosa del Libro de las Sentencias de Pedro Lombardo había afirmado en cambio que “hay dos sustancias en el hombre, la del alma y la del cuerpo”. El padre Weber identificaba en Hales cuatro definiciones del hombre que, a consecuencia de este dualismo, tendían a reducirlo al alma. Por ejemplo en una de sus Cuestiones disputadas el alma humana aparece como “sustancialmente homogénea” respecto de los ángeles, con la sola diferencia de ser una “sustancia espiritual unible a un cuerpo”. De hecho, Pedro Lombardo directamente había escrito en el siglo XII que “el alma liberada del cuerpo es, como el ángel, una persona”. De ahí la importancia del artículo 4 de la misma cuestión 75 en que Santo Tomás se plantea: “El alma, ¿es o no es el hombre?”, y que responde negativamente, así como en el artículo 7 descalificaba que el alma del hombre y el ángel fueran de la misma especie.

Alain Boureau lo ha señalado en un artículo de 1992, San Alberto Magno y Santo Tomás de Aquino innovaban introduciendo una noción de la naturaleza humana conjuntiva, es decir, “que reúne el conjunto de determinaciones del individuo” organizándolas, de manera jerárquica se entiende, para “orientar al hombre y su actividad hacia la divinidad”; los neoagustinistas, mayoritarios en el siglo XIII, defendían más bien una definición de la naturaleza humana disyuntiva, “restaban del individuo concreto lo que no corresponde a su unión con Dios”, tratando de mantener así una mayor distancia de lo espiritual respecto de lo carnal.

Ahora bien, esta manera de situarse frente a su contexto, tenía consecuencias…

Naturaleza humana y política, un apunte sobre Santo Tomás de Aquino

A fines del año pasado, a iniciativa de un colega profesor de Filosofía, el Mtro. Israel Alejandro Romero, participé en una modesta charla sobre Santo Tomás de Aquino, de la que resultó este apunte breve, que comparto ahora por aquí esperando pueda servir o interesar a algún lector. Por su amplitud voy a presentarlo en tres partes.

Portada de la Gaceta de México, tomada de la Hemeroteca Digital Hispánica.

Ante todo debo confesar que participo en esta charla, más bien saliendo un poco de los temas que son de mi área de investigación, he trabajado más bien los siglos XVIII y XIX, no soy medievalista, pero eso no impide que, desde hace tiempo ya, haya encontrado referencias al pensamiento de Tomás de Aquino, sobre todo en dos oportunidades. Comienzo refiriéndome a la más antigua: un documento orizabeño que dio motivo a un artículo que publiqué siendo egresado de licenciatura en historia allá por el año 2003. En su número del 20 de noviembre de 1810, la Gaceta de México, el periódico oficial del gobierno del reino de Nueva España, publicó un oficio del cabildo de naturales de la villa de Orizaba dirigido al virrey y fechado el día 3, en que básicamente condenaban y se deslindaban del levantamiento del padre Hidalgo. Lo hacían con una argumentación breve cuanto elaborada, que comenzaba señalando que “Todos somos hijos de un mismo padre en el orden natural y en el de la gracia”, y remitiendo de inmediato a los “sentimientos […] para conservar nuestra especie” y a “los vínculos de la caridad con que nos debemos unir”, los primeros herencia de Adán y los segundos, mandato de Jesucristo. Todo ello, me corregirán  forma bien parte del vocabulario de la teología tomista.

La segunda oportunidad para remitirme a la obra de Santo Tomás de Aquino me ha llegado aquí en Lagos, con motivo del centenario de la muerte del padre Agustín Rivera y Sanromán. A riesgo de caer en una mitología del localismo, su antropología se inspiraba mayormente de la lectura de Santo Tomás, aunque no siempre lo citara de forma explícita. Ya en alguna ocasión he presentado un poco del contenido de algunos de sus textos en que es posible encontrar esas referencias. He de destacar en particular su ensayo Concordancia de la razón y la fe de 1876, mas también sus obras históricas de esa misma década, tanto el Compendio de historia antigua de México como el Compendio de historia antigua de Grecia. En este último, por ejemplo, ya en sus preliminares hablaba del hombre como unidad de cuerpo y alma, y describía al alma humana como dotada de unas ciertas facultades, principalmente el entendimiento y la voluntad, siguiendo en buena medida las cuestiones 75 en delante de la parte primera de la Suma teológica. En la Concordancia básicamente sostenía que la razón natural era suficiente para conocer la ley natural, siguiendo la definición de ésta de la cuestión 91 de la primera sección de la segunda parte de la misma Suma. En fin, será ya en un folleto de 1893 que llegue a citar directamente una de las que pareciera haber sido de sus premisas fundamentales: Gratia sequitur modum naturae “La gracia sigue el modo de la naturaleza”.

Portada de la obra de Agustín Rivera, tomada de la Biblioteca Digital Hispánica.

Esto es, desde mi punto de vista, resulta importante conocer a Santo Tomás de Aquino, no porque podamos ver en él una fuente de verdades eternas, sino porque su obra tenía un papel en muchos de los debates del siglo XIX relacionados con el deslinde, entonces incipiente, de lo político y lo religioso. Todavía hoy, me atrevería a decir que sigue habiendo debates públicos en los que se percibe algo acaso de su obra póstuma. Por sólo citar un ejemplo, en el Suplemento de la Suma Teológica aparece una sección dedicada al matrimonio considerado desde la perspectiva de la ley natural, que uno no puede evitar relacionar con algunas de las manifestaciones públicas que han tenido lugar este verano (2016) en nuestro país. Así, aunque es un autor medieval, su obra ha seguido generando consecuencias, había y ha tenido una clara dimensión perlocutiva, por decirlo en la terminología de la teoría de los actos de habla. Mas casi sobra decirlo, el que había sido ilustre catedrático de la Universidad de París, es casi seguro que no se hubiera reconocido en la manera en que lo citaban los regidores indios orizabeños o el escritor público laguense. De manera semejante, es casi seguro que Aristóteles no se hubiera reconocido en el uso que de su obra hacía el fraile dominico. Por ello, no es ocioso remontarse a la obra misma y tratar de situarlo en sus contextos de origen, así sea de manera breve. Primero, para cerrar esta introducción me referiré muy brevemente a su contexto institucional (su vida no es necesario recordarla, pues cualquier búsqueda sencilla en la red aporta los datos básicos), luego a su contexto ideológico y la manera original en que trataba de modificarlo, y ya finalmente en una tercera parte, a su significación ya no tanto intelectual sino más bien para la historia social medieval.

Pues bien, Santo Tomás de Aquino practicaba una ciencia nueva relativamente, la teología, en una institución asimismo novedosa, la universidad, y perteneciendo a una corporación novedosa también, una orden mendicante, la de Predicadores. Sobre lo primero, cabe recordar que aunque el término teología existía desde la Antigüedad tardía, es hasta finales del siglo XI que empieza a utilizarse respecto del Dios cristiano. Un estudioso de Hugo de San Víctor, Michel Lemoine, anotaba en 1991 que “Pedro Abelardo escandalizó designando a la ciencia sagrada como teología”, aunque el termino lo retomó luego el propio Hugo de San Víctor. Las universidades, que no eran exactamente como ésta que nos sirve de contexto hoy, a pesar de que se ha mantenido el nombre, surgieron de las escuelas o “estudios” al lado de las Catedrales, las nacientes catedrales góticas, habían surgido apenas en el mismo siglo XI, con la de Bolonia, pero sobre todo comenzaron a multiplicarse en la segunda mitad del siglo XII y a lo largo del XIII. Dedicadas a formar profesionales en las nacientes disciplinas de la Teología y del Derecho, fundamentales para las monarquías y para la Iglesia que necesitaban a estos nuevos profesionales del conocimiento. Es ahí donde aparece la organización en Facultades, el otorgamiento de grados académicos, el traje universitario, etcétera.

“La prueba del fuego “, obra de Pedro Berruguete representando un pasaje de las predicaciones de Santo Domingo contra los albiguenses. Museo del Prado.

En fin, uno de esos motivos, importante no el único, para hacer surgir esa ciencia y esa institución, era colaborar en el combate de los movimientos “heterodoxos” que se multiplicaron en la Europa occidental desde el siglo XI. La orden de predicadores la fundó Domingo de Guzmán justo para combatir el movimiento de los cátaros o albiguenses, muy difundido en el sur del actual territorio francés en el siglo XII. Como su nombre indica, combatían con la palabra, desde los púlpitos en sus iglesias-auditorio pero también por las calles, por lo que requerían un nivel importante de dominio de conocimientos tanto sobre materias religiosas como también dominio del lenguaje, que la universidad empezó a proporcionarles. Eran mendicantes porque, como los franciscanos, empezaron a hacer vida de limosna circulando por toda Europa.

Ahora bien, volvamos a las ideas de Santo Tomás y su contexto. Su gran obra fue la Suma Teológica, en la que aparece constantemente la distinción entre los órdenes natural y de la gracia que mencionaba el cabildo de indios de Orizaba. Su autor, lejos de oponerlos los consideraba de alguna forma complementarios: desde el artículo 8 del capítulo 1 de la primera parte, había anotado ya que “la gracia no suprime la naturaleza sino que la perfecciona”. En ese sentido se distinguía por ser relativamente optimista respecto de la naturaleza humana, unión de cuerpo y alma como ya decíamos citando a Rivera. En el Tratado del hombre, las cuestiones 75 a 102 de la primera parte de la Suma, se refieren por extenso, en principio al alma humana. Santo Tomás la definía como principio vital, incorporéo, subsistente, inmaterial, incorruptible, unida al cuerpo como forma sustancial, no meramente accidental. Cierto que los detalles de estas categorías pueden parecer oscuros sin una explicación adecuada, ante todo quisiera llamar la atención hacia el contexto. La noción del hombre como unión de alma y cuerpo, una sola alma por cierto, que entendemos más o menos con esas características, nos parece hoy en día algo casi obvio del cristianismo, mas justo no era necesariamente así en el siglo XIII. Es decir, cabe preguntarse cuál era el contexto ideológico de esta afirmación…

El Cristo de Isaac Newton

El verano es buen momento para seguir leyendo y traduciendo. La semana pasada, el texto de Peter Brown nos llevó del siglo IV a la Ilustración inglesa, en esta oportunidad el capítulo que presentamos de Bernard Cottret nos lleva prácticamente en sentido inverso: de Isaac Newton a los debates cristológicos de los siglos IV y V. En realidad, no es extraño, aunque conocido sobre todo como físico, Newton tuvo también inquietudes religiosas y, de manera particular, cristológicas. De hecho, como verá el lector, sus descubrimientos tampoco fueron ajenos a esa dimensión casi profética del sabio inglés. Aquí pues, de Bernard Cottret, “Newton, literalismo escriturario y heterodoxia ilustrada”, capítulo I de Le Christ des Lumières. Jésus de Newton à Voltaire [1990], París, Les Éditions du Cerf / CNRS Éditions, 2011, pp. 15-38, que queda también disponible en la página “Traducciones” de este mismo sitio. Aclaro como siempre que no es una traducción profesional, pero cumple con respetar las ideas centrales del texto.

La historia del protestantismo me temo, no me es conocida en realidad, por lo que, al igual que la semana pasada, no estoy cierto de la actualidad de la obra que aquí presento. Empero, sí tengo la seguridad de que su tema puede ser interesante hasta para el público en general. Más allá de la curiosidad intelectual específica de estas problemáticas, de nuevo es una manera de acercarnos a la historiografía francesa, sus métodos e inquietudes. Sin duda, los historiadores mexicanos no la desconocen, pero he tenido siempre la impresión de que la difusión en realidad es muy desigual, y para la historia religiosa no siempre tiene todo el eco que ameritaría. Espero aún subir una traducción más en estos días, sobre temas más tradicionales para este blog.

Lo sagrado y la tumba

En esta ocasión vuelvo a temas más clásicos de la historia religiosa, para presentar una nueva traducción. Se trata ahora del capítulo primero, titulado “Lo sagrado y la tumba” de la obra de Peter Brown, Le culte des saints. Son essor et sa fonction dans la chrétienté latine, coeditada por Les Éditions du Cerf y el CNRS en 2012. Desde luego, es la traducción de una obra que en realidad data de principios de la década de 1980. A decir verdad, no siendo especialista de la Antigüedad tardía, desconozco si sigue siendo considerada vigente en la historiografía de ese período específico. Empero, a mi me parece un texto de mucho interés y que puede ser también relevante para los historiadores mexicanos. Por ello esta modesta traducción libre.

El profesor Brown apunta en este capítulo hacia dos cuestiones principales. Por una parte, el impacto del culto de los santos cristianos y sus reliquias en las fronteras imaginarias que la Antigüedad mediterranea mantenía entre el espacio de los vivos y el de los muertos. En segundo lugar, explora las razones por las que, a pesar del testimonio sin ambigüedad de los contemporáneos en el sentido de que había habido un cambio fundamental, se ha tendido a ver, por el contrario, en el ascenso de ese culto más bien continuidades con el “paganismo”. Así pues, el texto ayuda sin duda a pensar lo religioso en términos dinámicos y a cuestionar categorías como la de “religión popular”, explorando sus orígenes hasta la Ilustración.

Sin duda, se puede criticar que no haya recurrido a la versión original en inglés. Me temo que no hay sino motivos de orden práctico para ello. Confío que esta traducción de la traducción no deje, empero, de ser de utilidad. Hasta donde he podido ver no es una obra que se haya traducido al español, lo cual no deja de ser lamentable. Así pues, dejo al lector con esta versión del ya citado capítulo I, “Lo sagrado y la tumba” de Peter Brown, que queda también disponible en la sección “Traducciones” de este mismo sitio web.

Las cosas del querer

Este viernes, en el marco de la Universidad Internacional de Verano 2017 que organiza el Centro Universitario de los Lagos, se ha presentado el libro Las cosas del querer. Amor, familia y matrimonio en Iberoamérica, editado por esta misma institución. Casi sobra decirlo, la historia del matrimonio forma una parte no menor de la historia del catolicismo, que lo convirtió en sacramento en la Edad Media y aun combate por tenerlo en alguna medida bajo su jurisdicción. Por ello me ha parecido pertinente abrir este espacio esta semana para el texto que en ese marco presentó una de las comentaristas, Julia Alejandra Coss Barajas, estudiante de la carrera de Humanidades con orientación en Historia cultural. Al final, además, el lector encontrará el video de la conferencia de la Dra. Lina Mercedes Cruz Lira, “Buscando indicios de amor y desamor. Matrimonios de indios en la Ciudad de México, siglo XVIII”, que justo forma parte de sus investigaciones con vistas a la edición de este libro.

Las cosas del querer. Amor, familia y matrimonio en Iberoamérica.
Julia Alejandra Coss Barajas

Dos investigadoras, una radicando en México y la otra en Estados Unidos junto a un maestro en España fueron los encargados de darle vida a esta edición. La Dra. Lina Mercedes Cruz Lira tiene como alma mater la Universidad de Guadalajara. Actualmente es una miembro importante del cuerpo académico de este centro universitario, como profesora e investigadora, centrando sus estudios en historia de la familia. La mayoría de los estudiantes la conocemos por la apertura que muestra siempre, tanto en el sentido de compartir su experiencia como por interesarse, casi de manera personal, en el desarrollo académico que cada uno de nosotros vamos logrando. Guiomar Dueñas Vargas, comenzó su vida laboral intelectual en la Universidad Nacional de Colombia, país en el que centra la mayoría de sus investigaciones. Actualmente  es profesora e investigadora de la universidad de Memphis en Tennessee, Estados Unidos. Por otra parte, Antonio Fuentes Barragán es Maestro en Estudios Americanos por la Universidad de Sevilla, centrando sus investigaciones en la sociedad argentina.

Nuestros tres coordinadores, lograron reunir a otros 7 colegas a lo largo de América  y España para dar testimonio, mediante sus investigaciones, de que -citando a Dora Dávila Mendoza, colaboradora de este libro-,  “el amor constituye el motor vivo de un sentimiento vuelto acción y, por lo tanto, es un espejo que puede reflejar otras dinámicas sociales no menos complejas donde quedan involucrados, de modo consciente o no, las acciones de mujeres y hombres”  en este caso, la población de Iberoamérica durante el siglo XVIII Y XIX. Y aunque sus orígenes no son los mismos, a lo largo del desarrollo muy particular de cada autor en su respectivo capítulo, es muy notable la entrega que tienen hacia el estudio de las sociedades americanas mediante el uso de nuevas técnicas y fuentes como lo son los archivos parroquiales, archivos familiares particulares, la prensa de la época y hasta un diario personal mediante los cuales, tampoco temen abordar temas poco indagados y aún criticados sobre la historia familiar o  la historia de los afectos.

El libro consta de 10 capítulos, donde se presenta la investigación de cada uno de los organizadores y colaboradores. Para su mejor lectura yo recomiendo dividirlo en 3 partes, la primera es, precisamente, referente al capítulo 1, a cargo de la Dra. Guiomar Dueñas y se titula “¿Quién le teme a las emociones?” donde hace una excelente introducción que explica la importancia del estudio de la historia de los sentimientos y desmiente los temores  de dicho tema entre los enfoques y metodologías que aborda.

La siguiente parte abarca los capítulos 2 al 7, los cuales estudian diferentes casos en la segunda mitad del siglo XVIII. Desde los últimos matrimonios de indias caciques en la Ciudad de México, pasando por la constante corriente de comerciantes que circulaban por San Luís Potosí, la incomodidad de la sociedad portuguesa al relacionarse con las diversas estratificaciones sociales de Brasil, el impacto de las leyes de la corona al momento de cancelar o impedir un matrimonio en las últimas décadas de la colonia en Buenos Aires o la comparación entre los ideales entre estas reformas y las realidades de la sociedad del momento en Venezuela.

La tercera parte la conforman los últimos 4 apartados, acercándonos a las realidades emocionales ahora del siglo XIX. Iniciamos con una revisión a las jurisdicciones matrimoniales al mismo tiempo que se conformaban las instituciones públicas de Buenos Aires, siguiendo con el amor, el matrimonio y el divorcio en el México reformista y terminamos con la apasionante historia de amor romántico plasmada en un diario personal de dos amantes en Guadalajara.

Este libro, en palabras de sus autores, “es una invitación a explorar la intimidad de las familias iberoaméricanas”. Las y los investigadores nos demuestran cómo la historia de los afectos, no es netamente subjetiva, sino que –citando a Guiomar Dueñas- “se  debe explorar el contexto social y cultural donde las emociones se producen”. Como estudiante de la Licenciatura en Humanidades con especialidad en Historia cultural, veo en este libro una enorme muestra de lo que puede y debe llegar a ser nuestro trabajo como historiadores. Aquí me gustaría destacar el trabajo realizado entre investigadores de distintas universidades. Definitivamente pienso que la participación de colegas procedentes de zonas geográficas de escala mundial enriquece el logro de los objetivos en la obra, es decir, “repensar los temas que han sido centrales en los estudios de la organización familiar, de las etnias, la mezcla racial, la legislación sobre matrimonios de la corona Española y la sexualidad”.

En cuanto a la forma, como estudiante también, me gustaría señalar la facilidad con la que se puede leer cada uno de los trabajos sin que se pierda la formalidad y el contenido. Al mismo tiempo, el aparato crítico deja ver fácilmente las fuentes de cada autor las cuales son muy variadas, desde archivos personales, parroquiales, nacionales, bibliografía académica, manuales, registros, etc. Uno como estudiante agradece encontrar referencias fácilmente en caso de necesitarlo para futuras investigaciones.

Las cosas del querer invita a los lectores a repensar la población iberoamericana del siglo XVIII y XIX en el plano emocional, dejar de lado esa idea de sociedades obedientes muy bien estructuradas y reglamentadas. Cada uno de los estudios de los autores viene a demostrarnos que “el matrimonio ibérico no se aclimató de la manera esperada en las Indias porque se intentó imponer sobre comunidades étnico-racial y culturalmente diversas, dando lugar a modelos alternativos de la familia donde la iniciativa de la unión partía del deseo de los contrayentes y no de la imposición de los padres.” Nos recuerda que aún muchos siglos atrás de nuestra actualidad, las personas tenían pasiones, sentimientos e intereses emocionales pero, es en estos siglos cuando poco a poco los dejaron fluir yendo en contra de los ideales gubernamentales, a tal grado, que poco a poco estas tuvieron que ir modificando sus leyes aceptando las realidades de su población.

Aplaudo el trabajo de la doctora Lina, la doctora Guiomar, el maestro Antonio y sus demás colaboradores, así como a la editorial de CULagos por traer hasta nuestras manos el día de hoy Las cosas del querer. Amor, familia y matrimonio en Iberoamérica.

Buscando indicios de amor y desamor. Matrimonios de indios en la Ciudad de México, siglo XVIII from CULTURA Y SOCIEDAD-CULAGOS on Vimeo.

Deporte y catolicismo

Esta semana una traducción breve sobre un tema que puede acaso extrañar a alguien: la relación entre deporte y catolicismo. Gracias a trabajos pioneros como el de Norbert Elías con Eric Dunning, Deporte y ocio en el proceso de civilización, el deporte ha adquirido la categoría de objeto de estudio serio en las ciencias sociales ya desde hace tiempo. Sin embargo, es más común pensarlo como una religión secular que en relación con una religión institucional tradicional como es el catolicismo. Y sin embargo, como nos muestra este texto del finado profesor Michel Lagrée (1945-2001), era una cuestión fundamental a inicios del siglo XX, cuando todavía estaba en curso la institucionalización del deporte. Presentamos pues aquí una traducción libre de su ensayo “Sport et sociabilité catholique en France au début du XXe siècle“.

Lagrée, hasta donde tengo conocimiento, no es, lamentablemente, un autor particularmente conocido de la historiografía en español, a pesar de haber trabajado aspectos que, al menos a nuestra historiografía mexicanista, le convendría bien considerar. El libro Religion et modernité, publicado en 2003 en la colección que él mismo fundó en las Presses Universitaires de Rennes, reuniendo varios de sus textos dispersos, es un excelente testimonio. Lo mismo trabajó la relación del catolicismo con la tecnología (el barco de vapor, el automóvil), que la concepción misma de la historia religiosa, sin dejar de lado la historia de su natal Bretaña, e incluso se encuentra un ensayo sobre una gran figura latinoamericana para el catolicismo francés, el presidente ecuatoriano García Moreno. Ojalá el lector encuentre sugerente el texto y se acerque a una historiografía más allá de nuestras clásicas historias nacionales y regionales.

 

Invocando a la Virgen: un ejemplo de teúrgia cristiana del siglo XIV

El mes de marzo es, al menos en México, propicio para hablar de brujería y esoterismo. No por nada el primer viernes del mes es el conocido “día de los brujos” en que conviene darse una vuelta por Catemaco, y claro, el día del equinoccio de primavera es momento para otras prácticas. Conviene recordarlo, en la larga historia del cristianismo no han faltado ejemplos de convergencia entre la magia y la religión, cuyas fronteras, por sí mismas, están lejos de ser objetivas. Antes bien, trazar la separación es por lo común asunto de poder. Históricamente el cristianismo también es una institución que desde sus primeros siglos ha construido categorías (herejía por ejemplo) para rechazar a quienes, empero, no siempre se han considerado a sí mismos como heteredoxos.

En concreto presentamos ahora la traducción de un artículo ya de hace algunos años (1999) de una historiadora francesa que, hasta donde sé y lamentablemente, ha tenido poco eco en el mundo hispánico, Sylvie Barnay. La comunicación entre historiografías está lejos de ser algo tan común y corriente como cabría esperar en un mundo de tanta circulación de ideas como el nuestro, lo que a veces nos priva de enfoques interesantes en nuestra historiografía mexicanista, a veces tan clásia. Barnay es historiadora de las apariciones marianas, medievales específicamente, así como del profetismo, pero sin limitarse específicamente a los casos tenidos por ortodoxos tradicionalmente. Buen ejemplo de ello es este texto, “Del diablo a la Virgen. Magia y mariofanía a fines de la Edad Media”, que aborda el caso de un monje, Juan de Morigny, quien trató de introducir una curiosa forma de “teúrgia cristiana”, es decir, una magia de invocación para tener comunicación, no con el diablo como cabría esperar, sino con la Virgen María. Dado que además se trata del análisis de un texto que es en buena medida autobiográfico, también podría ser de interés para los colegas del área de Letras. Aquí nos sirve además para recordar que, contrario a los estereotipos clásicos, la vida de los monjes y universitarios medievales puede tener sus momentos tan oscuros, que hoy nos pueden parecer apasionantes.

Estado actual de la Historia religiosa francesa

En 2013, el profesor Guillaume Cuchet ha publicado la obra Faire de l’histoire religieuse dans une société sortie de la religion. Forma parte de la colección “Itinerarios” del prestigioso sello editorial “Publicaciones de la Sorbona”. Se trata de un conjunto de textos preparados en el marco de un ejercicio muy propio de la profesión universitaria francesa: el reporte de síntesis de la habilitación para dirigir investigaciones. El propio autor explica su transformación en libro en el prólogo, completado además con otros artículos previamente publicados. Se trata pues de una serie de textos en realidad muy breves. En esta oportunidad presentamos la traducción del primer capítulo, titulado “La historia religiosa contemporánea: ¿impresiones de un sol crepuscular?

Casi sobra decir que la historia religiosa de la que se trata es la francesa. Resultará por tanto del mayor interés a quienes hacemos historia religiosa en español, bien que en realidad en México no es fácil que los historiadores se reconozcan como tales. Es más común hablar de “Historia de la Iglesia” que de “Historia religiosa”, e incluso no ha dejado de existir un vínculo importante entre las instituciones universitarias y las instituciones religiosas. Paradójicamente, ello no ha evitado que los historiadores mexicanos lean Historia religiosa francesa, aunque pueden que la clasifiquen con otros términos (historia de las mentalidades, por ejemplo), bien que muchas veces se conocen sólo algunas de las grandes obras que tienen traducción o distribución internacional, y no el contexto historiógrafico en el que han surgido. Sirva pues esta traducción, en primer lugar, para que la comunidad de la historiografía mexicana a todos sus niveles, estudiantes sobre todo, tenga más presente esa casi escuela o casi disciplina que ha sido la HIstoria religiosa francesa.

En segundo lugar, desde luego, se trata también de un texto que por si mismo es testimonio de las evoluciones actuales del catolicismo francés. Si en Asia y África el catolicismo crece, en América Latina está relativamente estable, en Europa y América del Norte ha tenido un franco declive, Francia en particular ha sido un teatro particularmente dramático al respecto. Esa transformación resulta ser, lo explica el autor, el marco en el que hay que comprender a los estudios históricos desde las décadas de 1960 hasta nuestros días. Acaso no está lejano el día en que veamos internacionalmente un resurgimiento de la Historia religiosa francesa, pero con un objeto de estudio diferente, el Islam por ejemplo. Por ahora, dejo al lector con estas breves páginas de quien es además un gran especialista en la historia contemporánea del Purgatorio, profesor de Historia Contemporánea en la Universidad de París Este-Créteil Val de Marne.

Agustín Rivera: Vida, obra y contextos

Acaba de pasar el 193 aniversario del nacimiento de Agustín Rivera y Sanromán, clérigo y escritor público mencionado en este espacio en más de una ocasión. Ahora aprovecho para presentar aquí una obra que si bien tiene fecha de 2016, en realidad ha salido de la imprenta a principios de este año. Se titula Agustín Rivera: vida, obra y contextos, ha sido coordinada por la Dra. Lina Mercedes Cruz Lira, y reúne la mayor parte de los trabajos del proyecto “Agustín Rivera y su tiempo: la cultura de Lagos en el siglo XIX” que el Cuerpo Académico UDG-731 “Cultura y Sociedad” registro ante el entonces Programa de Mejoramiento del Profesorado (PROMEP, hoy PRODEP) de la SEP, en su convoctoria 2014 de Fortalecimiento de Cuerpos académicos.

En una primera parte reúne los seis trabajos que los miembros de este grupo de investigación realizamos entre 2015 y 2016, y en la segunda el resultado final de cinco de las conferencias de los colegas de otras instituciones que a lo largo de esos mismos años aceptaron compartir con nosotros sus conocimientos y perspectiva de la obra de Rivera. Hombre de una vida larga (1824-1916) y de una obra extensa (por lo menos 158 obras), celebrado en particular en Lagos de Moreno, su tierra natal, donde se le han dedicado calles, monumentos y ceremonias cívicas anuales, y motivo ya de algunos estudios puntuales. Sin embargo, ninguno de los autores es realmente partícipe de esa memoria local, ni tiene mayor interés en ella: no nos interesa Rivera tanto por laguense, cuanto justo por esa vida y obra, que lo sitúan como a cualquier mortal en ciertos contextos. De ahí el título del libro, y el primer mensaje fundamental: desacralizar (sin que eso signifique una falta de respeto) a alguien quien fue también un hombre “de carne y hueso”, y cuya vida, por tanto fue tan compleja y tan específica como cualquier otra. Siguiendo una tradición historiográfica ya larga, los autores tienden a repensar la originalidad del “Doctor de Lagos”, con resultados harto distintos.

Esto es particularmente evidente en la primera parte. El trabajo de Eduardo Camacho Mercado sitúa a Rivera en un contexto social de familias que reunían, como reza el título de su capítulo “Beneficios eclesiásticos y actividades profanas”, algo que el propio Rivera hizo, aunque al final predominó la segunda, la actividad de escritor. Asimismo, Rosa María Spinoso Arcocha nos lo presenta en el seno de las ideas y relaciones de género del siglo XIX y principios del XX, mostrándolo incluso como un hombre que no era particularmente original al respecto, sino todo lo contrario. Más centrados en la obra que en la vida, los trabajos de Juan Pío Martínez, Irma Estela Guerra Márquez, Lorena Cortés Manresa y del que escribe estas líneas, analizan a Rivera como historiador, como hombre de letras,  de debates y orador sagrado. Sucesivamente se nos presenta como historiador “todavía”, digamos, instalado “a caballo entre la historia profana y la historia sagrada”; autor que disertó sobre todos los aspectos de la literatura de su tiempo (desde la gramática hasta el teatro y la poesía); y crítico liberal firme creyente en la idea de progreso. Ya el reunir todas estas facetas en una misma trayectoria no deja de ser particular; sin embargo, en todo ello, aunque con matices en cada punto, es difícil no verlo sino como testimonio de procesos más amplios que afectaban a la historiografía, las letras, los debates políticos y la oratoria. Rivera pues, es una fuente interesante y vasta.

En la segunda parte, los textos del Dr. Arturo Camacho Becerra, del padre Tomás de Híjar y del Dr. Brian Connnaughton, en particular este último, han sido acaso los que de manera más amplia han afrontado la obra de Rivera planteándose su valor. Tenemos lo mismo una respuesta muy positiva de su carácter casi de precursor de la historia cultural en el primer caso, como al contrario un balance más bien negativo de sus relaciones con los obispos de Guadalajara, seguidos de un ponderado análisis que sopesa las especificidades de sus ideas políticas. Completan esta segunda parte dos capítulos sobre objetos más específicos, obra de los jóvenes doctores Berenice Reyes Herrera y Juan Pablo Ortiz Dávila, que nos informan de sus relaciones con publicistas liberales de otras latitudes y sus ideas sobre la Antigüedad clásica. Todo ello nos muestra, insisto, a un Rivera más original, para bien o para mal, que lo mismo amerita comparaciones con Jacob Burckhardt que con el papa Pedro de Luna. En fin, podría decirse que nuestro autor todavía puede hasta convertirse en materia de debates, académicos desde luego, sobre su lugar en la historia mexicana, sobre la valoración positiva o no de su trabajo, sobre su carácter moderno, etcétera. Al plantearse así y sin necesidad de llegar a respuestas definitivas, cabe decir, el CA “Cultura y sociedad” puede considerarse satisfecho, pues tal justamente ha sido la segunda de las ideas que han inspirado la obra.

En efecto, cabe recordar que este grupo de investigadores se distingue por haber levantado como bandera a la Historia cultural. Y si hay dos ideas fundamentales en esta corriente historiográfica es que no hay tema que escape al territorio del historiador, y que asimismo no hay una sola manera de abordar un objeto de estudio histórico. Ya en los otros trabajos colectivos que han precedido éste hemos transitado por un camino semejante: Catolicismo y sociedad, nueve miradas, siglos XVII-XXI, nos reunía en torno a una religión, La fundación del convento de capuchinas de Lagos, 1751-1756: estudios, lecturas y documentos, en torno a un corpus documental, y ahora la cita ha sido en torno a la vida, obra y contextos de un autor. En todos los casos, además, casi sobra decir que no consideramos haber agotado todas las posibilidades, por definición se pueden hacer otras lecturas complementarias o contradictorias, y en un futuro además desde las inquietudes renovadas de la sociedad que hoy desconocemos. Habiéndome correspondido coordinar una parte de los trabajos del proyecto, y habiendo sido también responsable de este Cuerpo académico, creo que tal es también uno de sus valores: es testimonio de un grupo muy particular de esta siempre amplia y no siempre tan activa ni renovada, historiografía mexicanista.