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Misiones teatrales, reacciones dramáticas: dos ejemplos, Lagos y Orizaba.

Han termiSermón de Doctrina en el Patio  de los Naranjosnado la Cuaresma y la Semana Santa, que entre los siglos del XVI al XIX incluso, eran las temporadas fuertes de la predicación, obra sobre todo de misioneros, no sólo entre infieles sino también entre fieles. Las misiones cuaresmales, e incluso fuera de la Cuaresma, ya lo hemos mencionado en este mismo espacio, eran en esos tiempos, verdaderos grandes espectáculos barrocos, en que jesuitas, franciscanos, oratorenses y otros lucían no sólo sus dotes oratorias, sino verdaderamente teatrales con múltiples recursos (música, canto, juegos de luces, estampas, calaveras, etcétera).

En ocasiones, cuando la misión tenía éxito, el público llegaba a reaccionar de forma no menos teatral y dramática. Vamos a ver brevemente dos ejemplos, ambos de las primeras décadas del siglo XIX, pero de regiones distantes del México independiente: la villa de Córdoba y la villa de Lagos. Uno y otro se distinguen, por cierto, por ser reacciones fundamentalmente de mujeres. Sobra decir que no creemos que haya sido una reacción “natural”, sino producto de la formación del género en aquellos años. Conviene apuntarlo también, no son reacciones específicamente mexicanas: los fieles podían tener comportamientos semejantes del otro lado del Atlántico o en otras latitudes. Por ello aquí una imagen de un sermón de doctrina predicada en el Patio de los Naranjos de la Catedral de Sevilla a principios del siglo XX, tomado de una exposición callejera que organizó la corporación municipal en 2013.

Primer ejemplo: Córdoba, 1824

Los misioneros franciscanos del Colegio Apostólico de San José de Gracia de Orizaba predicaron en la cercana villa de Córdoba, aquí un fragmento del informe del superior del colegio al obispo de Puebla sobre la reacción de los cordobeses. Si los frailes lucieron sus viejos recursos dramáticos, los fieles respondieron con una verdadera “hoguera de vanidades”, que alarmó a los liberales de la villa, quienes denunciaron la misión al gobierno federal.

AGN, Justicia Eclesiástica, vol. 30, fs. 373-375.

“el haberse quemado unas guitarras y otros instrumentos que espontáneamente ofrecieron sus dueños con este objeto, pues arrepentidos de los excesos que habían cometido, como regularmente se cometen en los bailes, quisieron dar por este medio alguna satisfacción de su arrepentimiento verdadero, antecediendo un Discurso sobree la materia. En cuyo acto, algunas mujeres, llevadas de aquellos trasportes arrebatados que comunica la gracia, y que no está en manos del Misionero evitar, arrojaron algunos de sus trajes o trapos a las llamas, los que quizá habian surtido en otro tiempo a sus pasiones…”

Segundo ejemplo: Lagos, ca. 1835

El Dr. Agustín Rivera y Sanromán, clérigo erudito, pero al mismo tiempo o justo por ello, crítico de la cultura religiosa “popular”, autor de más de 150 obras de variado género, aprovechaba las notas a pie de sus trabajos para contar las más diversas anécdotas. Aquí una justo de una predicación, franciscana también seguramente, y acaso de alguno de los colegiso apostólicos cercanos (Guadalupe de Zacatecas, Santa Cruz de Querétaro o Nuestra Señora de Zapopan). Los sermones literalmente hacen caer a las feligresas.

Agustín Rivera, La pobre humanidad a través de la púrpura, el libro, el laurel y el crucifijo…, Lagos, Imprenta de Ausencio López Arce, 1893, p. 2.

“Cuando yo era niño de escuela hubo en el templo parroquial de esta ciudad de Lagos una tanda de sermones dada por unos padres misioneros, i en cada sermón había, no solamente atroces gritos, sino algunas mujeres que se echaban al suelo por desmayadas, i después se decía: “Hoy se desmayaron Da. Fulana, Da. Zutana, Sra. Mengana, etc.” Una pobre mujer que tenía en sus brazos a un hijo pequeño, le dijo a una comadre suya: “Téngame tantito mi criatura para poderme desmayar”.

San Francisco de Asís II

A partir del capítulo III de la obra de André Vauchez, Saint François d’Assise (Paris, Fayard, 2009) asistimos, como reza uno de sus epígrafes, a la “muerte de un hombre” y al “nacimiento de un santo”. La del Poverello fue una muerte edificante según los cánones de la época, como correspondía a su fama de santidad, aunque no desprovista de alguna originalidad. Apenas consumada, su figura y su memoria, nos muestra el autor, se convirtieron de inmediato en un recurso útil para los fines más diversos. En principio, los del papa Gregorio IX, antiguo cardenal Hugolino, que otorgó la canonización casi en automático (1228), y quien continuaba así sus esfuerzos por integrar a la orden franciscana en la reforma de la Iglesia. Un esfuerzo del que también son testimonio las primeras biografías, las Vidas de Tomás de Celano. Pero había también otros actores interesados: la ciudad de Asís, deseosa de establecerlo como santo protector de la ciudad, y los propios franciscanos, que intervienen activamente en la construcción de la Basílica de San Francisco y en la conflictiva traslación a ella de sus reliquias.

No menos trascendente, en el capítulo IV, Vauchez analiza lo que denomina la “segunda muerte” de Francisco, es decir, la de su proyecto. En las dos décadas siguientes (1230-1253), varios de los principios fundamentales asentados por el fundador en las reglas y en su testamentos fueron dejados progresivamente de lado: uso de bienes e incluso de dinero, construcción de estructuras de gobierno más cerradas, privilegios frente a los obispos, clericalización. Todo ello tuvo una respuesta en el rescate del santo como un “supersanto” dice Vauchez, es decir, inscribiendo su figura en interpretaciones apocalípticas. Hubo además una oposición muy activa de parte de varios de los antiguos compañeros franciscanos y sobre todo, de Clara y las Pobres Damas de Asís. Pero lo que más impacta de este capítulo es la tendencia hacia un verdadero “olvido” del santo de Asís entre sus propios hermanos, e incluso un cierto menosprecio de su figura, limitando sus méritos a la fundación de la orden y redacción de la regla.

Se diría que en adelante las lecturas sobre San Francisco no harán sino ahondar la distancia con el hermano Francesco, por emplear los términos del autor. Lecturas que además serán numerosas desde el inicio: el autor da cuenta de la “floración” de vidas y leyendas (en el sentido medieval del término) franciscanas hasta la construcción final de la versión oficial franciscana, la de San Buenaventura, que llevará a su término la deshumanización del santo fundador. Una multiplicación que va de la mano con las luchas internas al interior de la orden.

De nuevo la obra de Vauchez aparece sumamente original, pues no se limita a las lecturas de textos, sino que amplía enseguida su análisis a las imágenes. Desde luego, éstas no hacen sino reflejar, poco más o menos, la misma tendencia de las biografías: los contenidos que exaltaban la que había sido en efecto la “utopía franciscana” (la pobreza, la humildad, la penitencia), dan paso a otros más adecuados a la figura de un santo fundador, reduciendo la representación de sus virtudes a meras alegorías. Asimismo, analiza de manera muy interesante como se va reconstruyendo, tanto en los textos como en las imágenes, uno de sus temas principales: los estigmas, asunto especialmente controvertido en la historiografía franciscana del siglo XX.

La trayectoria de San Francisco no se detiene en la Edad Media. Vauchez lo sigue entre las ambivalencias de los reformadores protestantes, las apologías eruditas del siglo XVII, las críticas de los philosophes del XVIII, su rescate como héroe revolucionario por los románticos en el XIX, hasta los primeros esfuerzos de un estudio científico en los albores del siglo XX. En fin, pareciera que las lecturas de San Francisco son inagotables hasta nuestros días, pues el Poverello aparece lo mismo como símbolo de la Teología de la Liberación latinoamericana, de un ecologismo cristiano o del ecumenismo. Frente a este ascenso meteórico, el autor insiste en que es necesario devolver al Pobre de Asís a su contexto histórico original, si es que queremos comprender realmente su figura.

En ese esfuerzo se inscribe la última parte de la obra de Vauchez, dedicada a examinar, a partir de sus propios escritos, los aspectos más innovadores en su tiempo del Poverello. En principio, su intensa relación con Dios, que pasaba por una experiencia sensible que tenía mucho de pasional. Enseguida, su relación compleja con las Sagradas Escrituras, intensa hasta hacer de ellas una verdadera forma de vida, pero marcada también por una cultura esencialmente oral que rechazaba las sutilezas de intelectuales. Por supuesto, también su relación con la naturaleza, a contracorriente de formas heterodoxas de gnosticismo, pero también del retiro del mundo monacal de la época. “Fundador disidente”, capaz sin embargo de mantener “el carisma en la institución” como reza el título del capítulo X de Vauchez, la relación de San Francisco con la Iglesia no fue menos original, mas el autor destaca en particular su forma de vida religiosa, que recuperaba al mismo tiempo experiencias de laicos, eremitas y penitentes, rechazando la clausura y las distinciones entre “estados” para lanzarse a una predicación al alcance de todos. En fin, el autor nos muestra a San Francisco como un “mediador cultural”: alfabetizado pero iletrado, conocedor a un tiempo de la cultura profana y de la clerical, transmitía ideales cortesanos y caballerescos en sus textos al mismo tiempo que los ponía en cuestión con sus obras, además “juglar de Dios”, predicador capaz de servirse hasta de la risa para mover a los pueblos a la conversión.

Salmo para la Natividad del Señor

Salmo para la Natividad del Señor

Entre los textos de San Francisco de Asís, cuya biografía más reciente he reseñando en estos días, figura el Oficio de la Pasión del Señor, de cuyos salmos me permito transcribir aquí el del tiempo de Navidad.

Gritad de gozo a Dios, nuestra ayuda;
aclamad al Señor Dios vivo y verdadero con gritos de júbilo.
Porque el Señor es excelso,
terrible, Rey grande sobre toda la tierra.
Porque el santísimo Padre del cielo, Rey nuestro antes de los siglos, envió a su amado Hijo de lo alto,
y nació de la bienaventurada Virgen santa María.
Él me invocó: Tú eres mi Padre;
y yo lo constituiré mi primogénito, excelso sobre los reyes de la tierra.
En aquel día envió el Señor su misericordia,
y de noche su cántico.
Éste es el día que hizo el Señor,
exultemos y alegrémonos en él.
Porque un santísimo niño amado se nos ha dado, y nació por nosotros de camino y fue puesto en un pesebre,
porque no tenía lugar en la posada.
Gloria al Señor Dios en las alturas,
y en la tierra, paz a los hombre de buena voluntad.
Alégrense los cielos y exulte la tierra, conmuévase el mar y cuanto lo llena;
se alegrarán los campos y todo lo que hay en ellos.
Cantadle un cántico nuevo,
cantad al Señor, toda la tierra.
Porque grande es el Señor y muy digno de alabanza,
más temible que todos los dioses.
Familias de los pueblos, ofreced al Señor, ofreced al Señor gloria y honor,
ofreced al Señor gloria para su nombre.
Ofreced vuestros cuerpos y llevad a cuestas su santa cruz,
y seguid hasta el fin sus santísimos preceptos.

San Francisco de Asís

Este año ha sido el del 800 aniversario de la fundación de la Orden de Hermanos Menores, es decir, los franciscanos. La conmemoración ha dado lugar, desde luego, a diversas celebraciones por parte de la propia orden, pero también a motivado la publicación de estudios en torno a la figura de su ilustre fundador. De las primeras, recuerdo en particular la misa celebrada el 4 de octubre por los franciscanos de París en la Catedral de Notre-Dame, particularmente emotiva con los cantos y oraciones franciscanas. De la segundas, he de destacar por ejemplo el número de este mes del prestigioso magazin L’Histoire que incluye un amplio dossier sobre San Francisco, y más aún una obra que aprovecharé para reseñar brevísimamente en esta entrada y la de la próxima semana, la de André Vauchez, Saint François d’Assise (Paris, Fayard, 2009, 548 pp.).

Cabe decir, en principio, que la obra del profesor Vauchez deslumbra porque se trata no sólo de una biografía de San Francisco, sino además de una historia de su imagen desde su muerte hasta nuestros días. Más aún, el libro nos ofrece también un recuento de las fuentes franciscanas y de su muchas veces controvertida trayectoria. Por si fuera poco, la propia biografía es ya original en sus propósitos, pues intenta alejarse del San Francisco predeterminado para la santidad de la mayor parte de sus biógrafos, para dar cuenta de “la indeterminación y las discontinuidades” como dice el propio autor al inicio de su obra.

Así, la biografía comienza con el contexto de la ciudad a la que San Francisco estuvo íntimamente ligado: Asís, de la que el autor nos ofrece una breve pero bella descripción, además de introducirnos al contexto político de las ciudades italianas de la época, divididas entre los boni homines, popolo, y además enfrentadas entre sí. En ese contexto conflictivo y participando activamente en él, comienza la vida del entonces Francesco di Bernardone hacia 1181-1182. Es de especial interés la forma en que Vauchez aborda, no la conversión, sino el “retournement” de Francesco entre 1205 y 1206. Tomando distancia de la hagiografía, el autor nos lo presenta, no como un encuentro instantáneo, iluminador y automático con la Gracia, sino como un amplio periodo de reflexión, de inquietudes, dudas y de búsqueda de nuevo sentido para su vida. Éste lo hallará finalmente en una sensibilidad entonces nueva: la de la misericordia, que había surgido apenas en el siglo XII y estaba entonces en proceso de institucionalización. Es además una búsqueda que lo lleva a dejar a su familia y a su comunidad para situarse de inmediato bajo la protección episcopal. Se plantea así un tema en que el autor insistirá constantemente: la lealtad absoluta de San Francisco a la Iglesia, desde la fase más temprana de su búsqueda y hasta el final de sus días.

Ateniéndonos al segundo capítulo de la obra de Vauchez, se podría decir que San Francisco fue el fundador de la orden franciscana, un poco a pesar suyo. En efecto, lejos de ser ése su designio primero y más importante desde los primeros instantes de su nueva vida religiosa, hubo un camino largo y complicado para llegar a él, como nos lo muestra el autor. De manera casi espontánea, el solitario ermitaño pasa a ser la cabeza de una fraternidad de penitentes, semejantes a otras que existían en la Italia del norte por entonces, asociando vida ascética y oración sin perder la condición laical, pero con la novedad de introducir la predicación itinerante entre sus labores. Incluso el primer encuentro con el papa Inocencio III, considerado acto de fundación de la orden, se nos presenta por Vauchez como una autorización, poco formal por cierto, para que dicha fraternidad continuara su labor.

No fue sino entonces, y todavía en medio de una búsqueda de identidad precisa, que la fraternidad empezó a ganar importancia, primero en la propia ciudad de Asís, gracias al ingreso de nuevos hermanos, y desde luego, hermanas. El autor nos muestras las dificultades para definir el papel de las mujeres, Clara y las otras “Pobres Damas”, en el seno de la fraternidad. Enseguida, analizando de manera muy convincente las pocas fuentes disponibles, Vauchez reconstruye el proceso de expansión, marcado por una gran diversidad de tendencias y formas de vida, pero también por la construcción de elementos de unidad, como los capítulos generales y la liturgia común romana. El autor se pregunta entonces de manera constante por los motivos del éxito franciscano: sitúandolas estrictamente en el contexto de las inquietudes religiosas de la época, aparecen en toda su novedad y trascendencia su mensaje de paz en medio de las querellas intestinas de la vida urbana, su testimonio personal que lo hizo aparecer como un santo a los ojos de las multitudes, y su predicación sencilla y clara frente al academicismo de los clérigos. Punto culminante de esa expansión es la salida fuera de Italia que lleva al autor a la no menos interesante y detallada reconstrucción del célebre encuentro del Poverello con el sultán de Egipto, Al-Malik al-Kamil.

De vuelta de Tierra Santa, comienza la parte tal vez más complicada de la vida de San Francisco según Vauchez: la “dolorosa normalización” que dará origen a la orden franciscana. En un proceso lento de varios años, asistimos a la negociación constante entre el fundador, tratando de conservar los elementos principales de identidad de su movimiento – “la utopía franciscana” a decir de Vauchez: la pobreza, el rechazo de toda forma de poder, la predicación entre infieles -, y las presiones tendientes a seguir el ejemplo de las otras órdenes religiosas – clericalización, institucionalización, propiedad común, enclaustración de las mujeres. Presiones que eran de Roma pero también internas en un movimiento que había cobrado una amplitud que sobrepasaba al fundador. De estas tensiones resultarán los documentos normativos que oficializan el nacimiento de la orden franciscana: las reglas, la de 1221 que no fue aprobada por Roma, “carta fundadora” de la fraternidad, y la de 1223, que conservando los principios, pierde, nos dice el autor, la “radicalidad evangélica”. Destaquémoslo de nueva cuenta: el autor nos muestra la fidelidad del fundador a la Santa Sede, aún en los momentos más complicados, y su cercanía con el protector de la nueva orden, el cardenal Hugolino, futuro papa.

San Francisco, según Vauchez, vivió este período con profundas inquietudes, sacudido ante la “gran tentación” la de retomar el control de la orden (que abandonó ya en 1221) y detener su evolución, o bien aceptar su pérdida. Es en este difícil marco, durante un retiro cuaresmal en La Verna, que tiene lugar uno de los pasajes más importantes de la vida del futuro santo: la estigmatización. Para el autor, este hecho, que se inscribe claramente en un itinerario espiritual de creciente cercanía a la Pasión de Cristo, constituye la salida de las inquietudes sobre el futuro de la orden. En adelante, lejos ya cualquier intento de retomar su control, San Francisco pasará sus últimos años dedicado más que nunca la oración y el testimonio. De esta última etapa resultarán sus obras más apreciadas por la posteridad: el Cántico de las criaturas y el Cántico del hermano Sol. En fin, en un último intento por dejar una orientación a sus hermanos, redacta los testamentos de abril y mayo (o junio) de 1226, invitaciones al mismo tiempo emotivas y severas del cumplimiento exacto de la regla de 1223, sin ninguna interpretación de por medio.

Con los testamentos concluye la biografía de Vauchez para pasar en la segunda parte de su obra al análisis de la trayectoria, ya no del hermano Francesco, sino de San Francisco de Asís.

Fray Buenaventura Bestard

En esta entrada quiero hablar brevemente (juro que intentaré ser breve) de un personaje de la historia religiosa veracruzana, un fraile franciscano que vivió entre los siglos XVIII y XIX, que es un perfecto desconocido del público: fray Juan Buenaventura Bestard.

¿Por qué hablar en este siglo XXI de un religioso que vivió hace ya tanto tiempo? En primer término por la orden a la que perteneció, la Orden de Frailes Menores, los franciscanos, es decir, los herederos de San Francisco de Asís, quien no deja de ser una figura de actualidad, que ha merecido y sigue mereciendo abundantes publicaciones. Baste ver la reciente biografía de André Vauchez en que da cuenta de la trayectoria, en vida y sobre todo postmortem, del que es sin duda el santo más conocido de la historia del catolicismo.

Además, por el papel de la orden franciscana en el catolicismo mexicano. A todos nos ha tocado ver, así sea en la escuela, que los primeros misioneros llegados a la Nueva España fueron de esa orden. Anualmente incluso, cada 12 de diciembre al menos, se nos recuerda oportunamente que el primer arzobispo de México, fray Juan de Zumárraga, era franciscano. Y desde luego, nunca falta el que insista en que los misioneros franciscanos fueron “conservadores de la cultura indígena”, e incluso antecedentes de los antropólogos modernos, una idea que habrá tiempo de discutir aquí.

Sobre todo, me gusta la figura desconocida del padre Bestard para mostrar que los franciscanos que pasaron por tierras novohispanas no respondían necesariamente a la imagen que tenemos hoy en día de los franciscanos de antaño. Con ello no quiero decir que fuera un mal religioso, todo lo contrario, llegó a altos cargos porque lo tuvo bien ganado. Pero los valores incluso al interior de una orden religiosa no dejan de ser históricos, y por tanto sometidos a las circunstancias.

De entrada, un primer dato poco común, el padre Bestard era mallorquín, de Palma de Mallorca. Dato poco común en la historiografía, pero no en la historia: frente a andaluces, vascos, santanderinos y gallegos, poco se sabe de la migración de los pueblos de lengua catalana a América. Sin embargo, es algo muy particular que muchos religiosos que llegaron a México en el curso del siglo XVIII eran mallorquines, el más (tal vez el único) conocido fue fray Junípero Serra. Hasta donde sé, que es poco, cuando menos desde que fray Antonio Llinaz, mallorquín también, fue a su tierra natal (algo muy lógico por cierto) a reclutar frailes para su recién fundado colegio franciscano de Querétaro, el de la Santa Cruz, una y otra vez hubo religiosos mallorquines que siguieron el ejemplo. Me atrevería a decir que hubo por entonces una “cadena migratoria” de franciscanos de Mallorca a México.

Fue así como llegó a tierras novohispanas un joven fray Juan Buenaventura Bestard en 1787, reclutado para el Colegio Apostólico de San Fernando de México. Entonces era todavía corista, es decir, no era sacerdote, pero ya era un fraile que había pasado por el noviciado y había profesado. Habrá tenido por entonces poco más de veinte años, veinticinco máximo. Estando afiliado a un colegio apostólico, fray Juan Buenaventura se dedicó a lo que hacían esos conventos: viajar por los pueblos novohispanos, durante la Cuaresma sobre todo, organizando misiones. En 1793 le tocó predicar en Orizaba al lado de otros cuatro religiosos, entre ellos un paisano suyo, fray Lorenzo Socíes. Y ahí empezó realmente la carrera del fraile, pues logró convencer a los notables orizabeños de fundar un nuevo colegio apostólico, del cual, desde luego, él sería pronto el padre fundador. En ese proceso, nuestro religioso desplegó una energía tal en defensa de su proyecto, contra la oposición incluso de algunos de sus superiores, a los cuales literalmente “se brincó” para obtener la autorización del Comisario General, al punto que estamos algo lejos de la imagen de un humilde y sumiso hijo de San Francisco.

Cuando fui conociendo su vida, si algo me sorprendió fue su movilidad. Aunque bueno, siendo misionero itinerante debía estar acostumbrado a viajar de limosna por los pueblos, pero ahora lo mismo iba de México a Orizaba, Puebla, Veracruz, e incluso hizo dos viajes a la Península, realizando trámites, presentando largos memoriales, buscando apoyos de autoridades civiles y eclesiásticas, y por supuesto reclutando religiosos. Contrario a otros religiosos fundadores que literalmente se atenían a la ayuda que debía otorgarles el rey, fray Juan Buenaventura hizo todas sus gestiones sin costarle un real a la Corona, lo que los funcionarios debieron haberle apreciado sin duda, y gracias a las gestiones de él y sus contactos con un buen número de bienhechores.

En un primer viaje a Madrid, logró obtener, a pesar de la oposición de algunos letrados importantes, la autorización real para fundar su convento (1797), luego otra para que se instalaran en Orizaba los primeros religiosos que vigilaran la nueva construcción (1799), y finalmente la autorización para reclutar nuevos frailes peninsulares (1802-1804). Volvió con ellos a la Nueva España, sólo para seguir abriéndole camino a su nuevo convento, siempre contra viento y marea, iniciando las misiones itinerantes, abriendo el noviciado y fundando una orden tercera, peleándose para ello con el clero local en más de una ocasión.

Y desde luego, no renunció a ver su convento lleno de frailes, volvió a la Península en 1809, y en medio de la ocupación de las tropas francesas, logró reunir más de cuarenta religiosos, que transportó a Orizaba, otra vez, de limosna. Por supuesto, habiendo sido él mismo reclutado por un mallorquín, aprovechó que la isla de Mallorca estaba libre de tropas francesas. Dada la mayoría mallorquina y valenciana del claustro orizabeño, uno podría incluso esperar que al interior del convento no se hablara tanto en castellano como en catalán.

Por las cartas que se conservan de él a fray Lorenzo Socíes, su paisano y amigo, y cómplice en la aventura de la nueva fundación, se ve que era un hombre muy enérgico y a veces desconfiado. Cuando su amigo le informó que cierto clérigo que se les oponía daba muestras de cambiar de opinión, nuestro fraile le contestó con elocuencia:

“Hay personas en el mundo
que con palabras agudas,
se meten a uno en el alma
y dan el beso de Judas”.

Además, en medio de la crisis de la monarquía, fray Juan fue leal al rey Fernando VII como pocos. Cuando se jubiló de sus cargos en Orizaba, volvió a su tierra natal en 1814, y un par de años más tarde recibió el cargo de Comisario General de Indias. Desde ahí, por cierto, no dejó de atender con particular atención al convento que había fundado. Pero sobre todo, se ocupó de promover la lealtad al monarca en medio de las guerras independentistas. Mandó imprimir incluso una carta pastoral a todos los religiosos a su cargo, que era decir todos los de América hispana y Filipinas, recordándoles sus deberes como súbditos del rey. Habiendo sabido por el padre Socíes que el hijo de uno de sus bienhechores, había sido capturado por los realistas y se amenazaba con su fusilamiento, se limitó a contestar: “siento que la terquedad de José Ignacio Couto le haya llevado al matadero, pero qué hemos de hacer, San Pablo nos enseña que conviene acabar con los que nos perturban”.

Frente a la crisis en las Américas, por cierto, fray Juan Buenaventura también había estado activo. Como otros frailes, envió incluso una proposición a las Cortes de Cádiz (1810) para proponer medidas a tomar en lo futuro. A imitación de Mallorca, sugirió que se abrieran en los pueblos de la Nueva España escuelas de latinidad para favorecer la integración de sectores marginales. Desde luego, tenía en mente favorecer la formación de sacerdotes, pero sobre todo evitar, como estaba a punto de suceder, que ese sector de la población participara en las rebeliones.

Nuestro inquieto religioso padeció, como su amado soberano, las consecuencias de la Revolución liberal, que en enero de 1821 hizo desaparecer su cargo. No sabemos qué fue de él después de esa fecha. Su vida, que no nos recuerda mucho la del ilustre fundador de su orden, a quien sin embargo no dejaba de invocar en sus cartas, estuvo en cambio llena de andares y de proyectos, como la de toda una generación de religiosos que surcaron el Atlántico en medio de la crisis de principios del siglo XIX.