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Memoria de un terremoto y memoria de dos devotos

Plaza del Triunfo actual

Plaza del Triunfo actual

La mañana del 1o. de noviembre de 1755 un fuerte terremoto azotó el sur de la Península Ibérica. Internacionalmente lo conocemos como el “terremoto de Lisboa” pues fue la ciudad más afectada. Al movimiento sísmico siguió un maremoto y una serie de incendios que destruyeron buena parte de la vieja ciudad medieval, incluido, según entiendo, el antiguo Palacio Real. En los reinos hispánicos, también fue afectada la ciudad de Sevilla. Los canónigos de la Catedral estaban celebrando la misa de tercia cuando se vieron obligados a abandonar el recinto sagrado al empezar a caer fragmentos de las bóvedas. Contrario a la capital lusitana, sin embargo, en la metrópoli hispalense los daños fueron mucho menores. Antes bien, según el acta levantada por el secretario del Cabildo Catedral, “se verificó que persona alguna de los que en él [templo] estaban no padeciese la menor lesión, obrando en esto innumerables prodigios”. En buena lógica, el clero salió hacia el espacio despejado más próximo: la plaza de la parte posterior de la Lonja de comercio de la ciudad, que es la sede actual del Archivo General de Indias.

Una vez que cesó el movimiento, la reacción “natural” para la época considerando que a pesar de la duración y fuerza del terremoto apenas hubo víctimas fue, literalmente, dar gracias al Cielo. Se improvisó un altar en la plaza y uno de los capellanes de coro de la Catedral ofició una misa de acción de gracias, a la que siguió una procesión dándole la vuelta entonando el Te Deum Laudamus, encabezado el Cabildo por el chantre Francisco de Olazabal. En los días siguientes, a más de atender al problema material de reparar el templo, desalojar sus principales reliquias (el Lignum Crucis) e imágenes (la Virgen de la Sede), e instalar provisionalmente el culto divino y en particular el coro en otros edificios, la corporación no dejó de realizar ceremonias de acción de gracias. Según el acta continua de todo lo sucedido en ese mismo día, desde esa tarde se tomó el acuerdo de perpetuar la memoria de lo ocurrido. Memoria penitencial, “para que como tan espantoso no nos olvidemos de él y se dejen de cometer nuevas ofensas contra la Majestad Divina y satisfacer las pasadas”, pero también de gratitud “por tan innumerables beneficios como en este día recibimos”, dirigida en particular a la Virgen. En efecto, desde los primeros momentos los canónigos atribuyeron a su intercesión y patrocinio el haber sobrevivido. El 14 de noviembre en concreto, se resolvió colocar en la plaza “algún triunfo, para memoria de caso tan portentoso”.

DSCF0517Así fue como se mandó a levantar el monumento que vemos en la imagen. Ya desde el 28 de noviembre se definió que el monumento sería “un pedestal con una imagen y lápida expresando lo que se experimentó dicho día”. Siempre preocupados por la decencia y siempre desconfiando del pueblo sevillano, los canónigos anticiparon que se debía proteger con reja o cadenas. La inscripción se aprobó en septiembre de 1756, fue puesta en latín “para mejor inteligencia de las naciones extranjeras”. La imagen que la corona debió instalarse hacia octubre, y como se ve se trata de la Virgen con el Niño, labrada en piedra, donada por un devoto, cuyo nombre se omitió discretamente en los autos capitulares, y fue titulada como la Virgen del Patrocinio. Al acercarse el primer aniversario, mandaron alumbrarla “día y noche” y se estableció el ritual correspondiente. Prueba de la doble memoria del evento, la procesión saldría haciendo rogativa tras la misa de tercia y volvería en acción de gracias cantando el Te Deum.

DSCF2800Ahora bien, esta historia de la construcción de una memoria religiosa del terremoto, curiosamente se mezcla también con la historia de una familia, que nos ilustra además la importancia de los honores campaneros en esta época. Unos meses después el Cabildo habría también de preocuparse por retribuir a los devotos –porque en realidad habían sido dos– que habían donado la imagen. Hoy podría parecernos extraño, pero dicha retribución la hicieron los canónigos con un honor particular: el doble, es decir, el repique fúnebre de campanas. En efecto, en febrero de 1757, Carlos Verjel y Joseph de la Barrera, comerciantes, junto con sus esposas, recibieron el honor de “doble en la torre de esta Santa Iglesia, el cual sea con la misma solemnidad que el de los veinticuatro de esta ciudad”. No era un asunto menor, pues se les equiparaba con la nobleza sevillana que integraba la corporación municipal. Los dobles con cierto número de campanas de la Giralda, cuatro en este caso, eran particularmente apreciados por la sociedad sevillana de la época, y los canónigos, siendo selectivos, los concedían con cierta frecuencia. En el propio año de 1755 los canónigos habían tenido que poner orden en los dobles, pues habían notado la “confusión” que reinaba a falta de una lista precisa de a quienes debía corresponder. Una lista en efecto del año de 1768 incluye un total de 93 categorías de personajes que gozaban doble particular en la torre, desde el doble con seis campanas que era el más alto y sonaba por el Papa, el rey y la familia real, arzobispos, canónigos, nobles titulados, entre otros, hasta el de tres, que correspondía mayormente al clero y empleados principales de la Catedral.

Puede parecer una memoria más fugaz, pero tan fue importante para esos dos comerciantes que veinte años más tarde, en junio de 1777, Joseph Verjel, hijo de Carlos Verjel, acudió al Cabildo para pedir un certificado de aquel privilegio campanero. Cierto que desconocemos el motivo, pero la petición es muy clara de que se asentara era un toque “igual que tienen los caballeros veinticuatros de esta ciudad”. Es bien posible que la donación para la memoria del terremoto y las campanas de la Giralda, se hayan constituido en un timbre de honor y verdadero capital simbólico para esa familia, y que trataran de traducirlo también en ventajas de otro tipo. A través de las campanas, además, según constata esta historia, los canónigos, siempre expertos en ceremonias y honores, tejían también sus relaciones con la sociedad hispalense.

FUENTES:

Archivo de la Catedral de Sevilla, Fondo Secretaría, legajos: 7170, autos capitulares de 1755; 7171, autos capitulares de 1756 y 7188, autos capitulares de 1777. Fondo Histórico General, caja 11264, exp. 2.

Una imagen devota

Muerte San AgustínEl recién remodelado Museo de Arte Religioso del ex convento de Santa Mónica del INAH en Puebla guarda una colección de pinturas devotas especialmente interesante para la historia religiosa novohispana. Aquí un ejemplo: La muerte de San Agustín, cuadro de la segunda mitad del siglo XVIII.

La imagen nos presenta el tránsito del ilustre obispo de Hipona. Imposible confudirse, es la muerte de un prelado, como nos indica la mitra y la cruz pectoral que descansan al lado de su cabecera, en un sillón de terciopelo, acaso evocación también de la cátedra episcopal. Vemos cómo el santo expira literalmente su alma en su último aliento y cómo el Cielo se abre para recibirla, saliendo a su encuentro directamente la Santísima Trinidad, uno de los misterios de la fe que ocupara las reflexiones del santo, rodeada de querubines. Mientras tanto, dos ángeles se ocupan de extraer su corazón, inflamado del amor de Dios, uno de sus símbolos característicos en tanto santo, pero también símbolo de los obispos. En efecto, desde el siglo XIII, más o menos, una antigua costumbre funeraria del Cristianismo fue el entierro por separado de ciertos órganos simbólicos de los cuerpos de los obispos, de los reyes y de los nobles, cosa que practicaron hasta el siglo XIX los obispos de la Nueva España y del México independiente, por lo que no pocas iglesias, conventuales en particular, se precian o preciaban antaño de tener entre sus reliquias el corazón de algún venerable prelado. San Agustín expira portando el crucifijo, rodeado de espíritus celestiales y de oraciones, como se ve en el monje, agustino sin duda, que se encuentra leyendo a sus pies.

Tan edificante escena podía sin duda ser motivo de meditación para quienes la contemplaran, y para mejor contribuir a ello, otro obispo se hace presente en el cuadro. Salvo error, y me corregirán mis colegas especialistas en la Iglesia poblana, se trata de don Victoriano López Gonzalo, quien portando el cuello clerical, mira al expectador desde el interior de la escena, ayudándole así a integrarse a ella con sus oraciones. Recurso clásico de la pintura devota que ha estudiado con detalle Frédéric Cousinié en Images et méditation au XVIIe siècle, publicada en 2007, por lo común se integraba al autor de la pintura misma en una posición a la vez marginal y central. Marginal, pues se les representa en un extremo del cuadro y con la mirada desviada de su tema principal, pero central por el lugar estratégico que ocupaban, como aquí el obispo, testigo físico de ella, segundo apenas entre los asistentes.

La pintura devota, finalmente, tenía por fin “introducir” espiritualmente al espectador en la contemplación de una escena religiosa, y ello quería decir sobre todo “tomar un lugar” entre los asistentes a ella (Cousinié, 2007, pp. 16-17). La introducción física del obispo en el cuadro no hace sino contribuir con su ejemplo a esa operación. No es, por tanto, un acto de vanidad el que monseñor López Gonzalo se situara entre los más estrechos colaboradores de San Agustín, sino por el contrario, era una forma de renuncia a su propia identidad, siguiendo un camino querido por los Evangelios y recordado ya por San Pablo mismo. Tan es así, que la representación física del obispo omite por completo sus atributos, salvo el carácter clerical, en buena muestra de su noble fin, ayudar al camino de las mediaciones sucesivas tan querido del catolicismo: de Dios a San Agustín, de San Agustín a los testigos de su muerte, de ellos, por vía del obispo poblano, a quienes contemplasen el cuadro, siendo además así, nos atrevemos meramente a suponerlo, un devoto refuerzo del magisterio episcopal entre las religiosas del convento de Santa Mónica de Puebla.

Devotos a las imágenes en tiempos de guerra

Es septiembre ya, y se acerca, como cada año, la conmemoración del inicio de la Guerra de 1810, por lo que parece un buen momento para hablar de la devoción a las imágenes religiosas en aquella época. Es un tema particularmente conocido, casi se diría que ya demasiado clásico en nuestra historiográfica, pues se sabe bien que insurgentes y realistas enarbolaron a sus santos patronos y a las advocaciones marianas más diversas, comenzando por Nuestra Señora de Guadalupe del Tepeyac y Nuestra Señora de Los Remedios. Algunas ostentaron (y todavía hoy, como la bella imagen de Nuestra Señora del Carmen de Teziutlán) sus bandas de generales o generalas de los ejércitos. Otras se convirtieron en banderas y en estandartes, o en símbolos llevados en los sombreros de los combatientes. Fenómeno en realidad nada nuevo en el mundo cristiano en general: en tiempos medievales el carro de guerra del Emperador bizantino llevaba a su frente un icono de la Virgen, la Nikopea, cuya sola visión se decía podía cegar a los enemigos del Basileus según recordaba Hans Belting en Image et culte (Cerf, 1998). Y si ya aquel icono imperial terminó en manos de los enemigos cruzados, hubo también imágenes novohispanas que sufrieron las terribles represalias de una guerra civil como la de entonces, con casos tan dramáticos como la mutilación y el fusilamiento de las de la parroquia de San Juan Bautista Coscomatepec a la entrada de las tropas realistas en esa población en 1813, que alarmó el espíritu público de buena parte del reino, como en la villa de Orizaba, según contaba un alarmado vecino, don José Casimiro Roldán en su diario.

Todo ello es bien sabido, y sin embargo tal vez no esté de más decir que los novohispanos no sólo abanderaron sus imágenes religiosas, en esos tiempos de crisis del Imperio hispánico. Su recurso a ellas, su revaloración incluso, tenía aspectos acaso más modestos, más íntimos incluso y sin duda más clásicamente devotos y religiosos, y no menos significativos de la intercesión cotidiana y de las esperanzas puestas en ellas. Así, quisiera simplemente evocar al respecto dos documentos de dos personajes casi anónimos, que desde las ciudades de México en 1809 y Oaxaca en 1815, hicieron llegar a las más altas autoridades de la monarquía cartas en que daban cuenta de su devoción. Se trata de las instancias de José Villegas Puente, fechada en México el 26 de abril de 1809 (AGI, México, 1895) y de José María Giral, desde Oaxaca en 22 de agosto de 1815 (AGI, México, 1903), casi perdidas en medio de las siempre numerosas cartas que hoy forman los legajos de “instancias de parte” de la sección Audiencia de México del Archivo General de Indias. Hombres ya mayores, Villegas de más de 60 años y Giral al menos de más de 50, tenían en común haber sido “empleados”, es decir, habían hecho carrera al servicio de las oficinas del rey. El primero no detalló sus servicios, el segundo en cambio incluyó hasta su hoja de servicios, que muestran una brillante carrera culminada como tesorero de las Cajas Reales de Acapulco, donde afrontaría la época más difícil de la guerra.

Habiendo trabajado para la Real Hacienda, Giral incluso como contador de diezmos, es decir, representando la reorientación de prioridades de la monarquía hispana en esos finales del siglo XVIII, hacia preocupaciones más seculares digamos, sus cartas muestran que ello no impedía que fueran fieles devotos. De hecho, inciaban casi haciendo una verdadera profesión de fe: “Creyendo siempre, desde el uso de la razón que no puede moverse la hoja del árbol sin la voluntad de Dios”, decía Giral, mientras Villegas se declaraba específicamente devoto (“mi verdadero entusiasmo, mi lealtad, mi amor, mi patriotismo y confianza”) del Cristo de Santa Teresa y de la Virgen de los Remedios. No era una devoción simplemente interiorista, pues eran sensibles a los fastos del culto. Giral en particular podía probar que su devoción lo había llevado a glorificar a las imágenes de la Virgen desde tiempo atrás, promoviendo en diversas Catedrales e iglesias principales del reino y en particular de la Ciudad de México la devota práctica de cantarles constantemente “de rodillas, con diversas composiciones de música de órgano, violines y voces”, la breve oración siguiente:

Sancta Maria Dei Filia
Sancta María Dei Mater
Sancta Maria Dei Sponsa
Ora pro nobis Dominus

Más todavía, “no dudando que comprende una muy cosiderable parte de este debido culto” a las imágenes “la loable costumbre” de colocarlas “en las piezas decentes que habitamos”, Giral emprendió en la década de 1790 desde Puebla, una campaña en ese sentido, pidiendo para ello abundantes indulgencias por los obispos novohispanos. Combatía así, decía el “oropel de la moda”, la cual había “logrado desterrar de algunas salas y otras piezas las sagradas imágenes” en beneficio pinturas u otros “objetos ridículos”. Los años de guerra lo convencieron de aumentar sus esfuerzos: luego de salir de Acapulco en 1814, “evadido por la misericordia de Dios”, ya en la Ciudad de México, reemprendió su campaña, obteniendo el favor del arzobispo electo Bergoza y Jordán. Aprovechó claro está el recurso de la prensa, y difundió las indulgencias concedidas en avisos al público sueltos y en los periódicos, en una empresa que estimaba tanto más necesaria “en el deplorable tiempo en que aún no se había restablecido el utilísimo e incomparablemente benéfico y santo Tribunal de la Inquisición”.

Villegas, más modesto, pero más directamente preocupado por las autoridades provisionales de la Monarquía, envió en su auxilio 25 estampas del Cristo de Santa Teresa y otras 25 de Nuestra Señora de los Remedios, una para cada miembro de la Junta Suprema Provisional Gubernativa de 1809, que estaba seguro los protegerían “de las tiranías de Napoleón”. Prometía además remitir pronto otro centenar de imágenes, para que las llevaran consigo los generales leales a Fernando VII.

Y es que en el pensamiento de Villegas, los hechos recientes confirmaban el carácter milagroso de las imágenes. Sin solución de continuidad alguna, los milagros cotidianos tradicionales que una y otra imagen proporcionaban al público local, se multiplicaban ahora en beneficio de la causa del rey ausente. Así, la Virgen de los Remedios no sólo había llevado a la capital novohispana las lluvias, que caían de inmediato apenas se le llevaba en procesión de su santuario a la ciudad, sino que en ese mismo día, hizo “el milagro de librarnos de la escuadra francesa de 14 mil hombres que venía para este reino”, sirviéndose para ello de los ingleses protestantes. Era claro pues, “dos milagros hizo a un tiempo”.

De ahí que nuestro devoto pudiera declarar confiado “luego que lleguen a las reales manos de Vuestra Majestad, en el mismo instante salen fugitivos cuantos enemigos existen en esos reinos”, e incluso el mismo Napoleón podría hasta convertirse.

Desde luego, la historiografía reciente, y en particular debo citar aquí los trabajos de los profesores William B. Taylor y Brian Connaughton, se ha interesado en el tema de la renovación de las prácticas de culto entre finales del siglo XVIII y principios del XIX. Mas acaso por su perfil fundamentalmente institucional, hay aún, o al menos tengo esa impresión, cierta tendencia en nuestra historiografía a ver esos años fundamentalmente bajo de la decadencia. Cierto, estos dos no son sino ejemplos muy particulares y acaso aislados, pero invitan me parece a seguir estudiando de qué forma la guerra podía incluso hasta fortelecer en ciertos devotos, la confianza en las “soberanas imágenes”.

Mujeres de rostros cubiertos

“El hábito no hace al monje” dice un viejo refrán, que citaban ya los obispos del siglo XVIII cuando iban a tratar de la honestidad que debía caracterizar al traje clerical, y justamente para decir que el vestuario era indispensable para el reconocimiento de todo género de personas eclesiásticas. Símbolo de distinción, de separación de los seglares, de pertenencia a una corporación en particular, era también un signo externo de devoción, de desprendimiento mundano e incluso de penitencia, a veces elegido por mano divina. El hábito dominico en blanco y negro habría sido, por ejemplo, obra de la Virgen, simbolizando al mismo tiempo la castidad y la obediencia. El tosco sayal franciscano y la descalsez de algunas de las ramas de esa familia religiosa, son recuerdo de la estrecha relación del fundador de la orden con la “Dama Pobreza”. Ya desde siglos atrás pero sobre todo en tiempos de la Reforma católica, también los seglares devotos comenzaron a vestirse según su devoción, con algún “hábito interior”, como los escapularios de las órdenes terceras, pero incluso también con “hábito exterior”. Desde luego, una de las preocupaciones de la autoridad, tanto civil como eclesiástica, era controlar el diseño y uso de dichos hábitos, sobre todo cuando se trataba de seglares, y más en particular en el caso de las mujeres.

Tal vez la mejor prueba al respecto haya sido el oficio que el 20 de diciembre de 1789, el virrey de la Nueva España, conde de Revillagigedo, remitió al arzobispo de México, D. Alonso Núñez de Haro y Peralta. En él expresaba su preocupación sobre uno de los más notables “abusos y desórdenes” que había notado en la “policía y buen gobierno” de la capital desde que había tomado el mando en octubre anterior. Inquietaba al virrey “el vestuario de ciertas beatas dominicas y carmelitanas”, que llevaban “cubiertos los rostros y la mayor parte del cuerpo con mantos de género tupido y grosero”. El conde de Revillagigedo era un magistrado de la monarquía, comprometido en efecto con la reforma de la polícia urbana en la Ciudad de México — un tema magistralmente tratado en la obra de Annick Lempérière, Entre Dieu et le roi, (Les Belles Lettres, 2004) dicho sea de paso –, por lo que sus consideraciones distaban de ser religiosas. No le suponía un problema este vestuario porque pudiera tratarse de alguna práctica “supersticiosa”, sino porque podía causar problemas al orden público: “pueden ocultarse bajo de ellos hombres fascinerosos como ya ha sucedido alguna vez, porque el desaliño del mismo vestuario dificulta la distinción de ambos sexos”, decía en su oficio.

El arzobispo Haro y Peralta, eclesiástico asimismo comprometido con las reformas de la época, fiel vasallo del monarca hasta el punto de remitir al Consejo de Indias prácticamente todos sus edictos y pastorales, no pudo menos que atender la solicitud del virrey. El día 22 de diciembre se libró por tanto un mandato para que los superiores de las órdenes religiosas, sobre todo dominicos y carmelitas, pero también franciscanos, mercedarios y agustinos, reportaran si las beatas de sus corporaciones portaban y con qué fundamento semejante “traje irregular”. Por supuesto, todos los religiosos afirmaron que sus beatas respectivas andaban todas (o al menos debían andar) “con el rostro enteramente descubierto”, por lo que el 31 de diciembre el fiscal de la curia arzobispal declaró que se trataba efectivamente de un “irregular vestuario” y un “abuso”. Lo interesante del asunto es que el jurista, el doctor Larragoiti, fundó su dictamen al mismo tiempo en el “daño a la causa pública” que denunciaba el virrey, pero sobre todo en el derecho canónico. Y por ello recordó con cierta extensión los prejuicios que contra la “libre voluntad” de las mujeres se podían encontrar en la legislación.

“Han clamado siempre los Sumos Pontífices y Concilios contra este género de beatas” decía el fiscal, recordando incluso su prohibición por el Concilio Tercero Mexicano so pena de excomunión mayor, pero citando sobre todo las reglas mencionadas en el clásico de la disciplina eclesiástica de la época, las Instituciones Eclesiásticas de Benedicto XIV. Las beatas, decía éste, debían ser mayores de 40 años, “de buena vida y costumbres”, con capacidad para subsistir y sin cohabitar con varones que no fueran parientes suyos en primer grado, condiciones todas, y esto era lo más importante, verificadas por la autoridad episcopal. Ello era indispensable para evitar que las mujeres acturan “por sólo su arbitrio” en tomar este tipo de vestimenta.

Prueba de que el asunto era grave, el dictamen del fiscal fue llevado al arzobispo, que para entonces ya se hallaba efectuando la visita pastoral de Cuernavaca, quien aprobó las medidas propuestas y se redactó una minuta de edicto. Para confirmar que era un fiel vasallo, el arzobispo envió primero la minuta al virrey para que lo revisara, y con su acuerdo lo mandó publicar con fecha ya del 8 de enero de 1790. En él repetía los términos expresados por el fiscal para obtener la licencia para tomar el hábito de beata, la necesidad de su licencia para ello, y mandaba que “>debían llevarlo “con humildad, modestia, aseo y decencia, pero de ningún modo usarán de las tocas que son propias de las religiosas, ni tampoco se cubrirán los rostros como hasta ahora lo han hecho”.

En el edicto, además, el arzobispo lucía toda su autoridad en el asunto pedido por el virrey: aunque concedió dos meses de gracia a las mujeres que tuvieran que reformar su hábito, las que se cubrieran rostro tendrían que hacerlo de inmediato tras la publicación del mandato, so pena de excomunión, encomendando además a los sacristanes de las iglesias impidieran la entrada en las iglesias a las mujeres que no cumplieran. No está de más decir que con tal eficiencia el arzobispo se ganó el agradecimiento, no sólo del virrey, sino incluso del Consejo de Indias, a quien informó con detalle de todo, como puede ver se en el expediente que hoy se encuentra en el legajo México, 2644 del Archivo General de Indias, que sigo aquí puntualmente.

Peligrosas pues, ya entonces, para la “causa pública”, las mujeres con el rostro cubierto son una buena muestra de cómo funcionaba el régimen de los borbones en tiempos de las reformas. Siempre en estrecha colaboración con la autoridad eclesiástica, a pesar de los numerosos problemas de jurisdicción que surgían de manera cotidiana, uno diría que la mejor forma de hacer aplicar una reforma era transmitirla por vía del episcopado a los párrocos. Paradójicamente las autoridades, que sin embargo se preocupaban siempre de evitar la intervención del clero en asuntos “profanos”, de su jurisdicción, convertían así constantemente en asuntos “sagrados”, digamos, o al menos de disciplina eclesiástica, más de un asunto civil, contribuyendo a mantener así difusa la frontera entre religión y política.

José María Mendizával

José María MendizávalLa entrada de hoy está dedicada a un personaje particularmente anónimo del siglo XIX veracruzano, o mejor dicho orizabeño: el teniente coronel José María Mendizával, laico devoto que ilustra bien algunas tendencias de la historia religiosa de ese siglo.

Militar retirado, Mendizával había sido oficial de las milicias realistas durante la guerra de independencia, si bien su carrera de armas no ha dejado testimonios particularmente relevantes. En cambio, fueron sus cargos civiles los que nos permiten acercarnos en alguna medida a su figura. Ocupó cargos en el ayuntamiento constitucional de Orizaba a partir de 1820 como síndico. Conviene recordar que se trataba de una corporación nueva, electiva, que venía a sustituir al viejo ayuntamiento privilegiado formado por regidores perpetuos, en el marco del régimen de la Constitución de Cádiz. Siendo militar, se le encargó la comandancia de las milicias cívicas, es decir, el cuerpo armado bajo la tutela del ayuntamiento, que debía respaldar el nuevo orden liberal.

Así, Mendizával se integró a la élite de “ilustrados” que controlaron el ayuntamiento orizabeño en los años siguientes, y se hizo notar entre ellos, especialmente en sus cargos en los ayuntamientos de los años 1826 y 1832.  Fue, por ejemplo, miembro de la comisión encargada de la introducción del alumbrado público y de la organización del cuerpo de serenos, llevando buena parte de la responsabilidad de ambas tareas, sobre todo la primera. Luego de dejar el ayuntamiento en 1826, comenzó a identificársele con las facciones que por entonces comenzaron a dividir la vida política local. Devino por entonces enemigo de los liberales radicales, cercanos a la masonería yorkina, y autodenominados “patriotas”; de hecho, Mendizával aparece en las crónicas locales como uno de los “escoceses”, la facción rival, denominada así por su supuesta (y nunca reconocida) cercanía con las logias masónicas de ese rito. En cualquier caso, es cierto que tuvo un papel importante en las querellas de facciones, sobre todo en 1828 cuando fue nombrado jefe político interino tras el arresto de Ignacio María de Soria, uno de los líderes “patriotas”. En ese cargo, apoyó la anulación de las elecciones legislativas de julio de 1828, en las que los “patriotas” orizabeños habían logrado imponerse.

Militar, munícipe, liberal moderado, queremos destacar sobre todo que era un hombre cercano al clero, e incluso un devoto defensor del catolicismo. Hombre religioso, era miembro de la Congregación del Alumbrado y Vela del Santísimo Sacramento, que como su nombre indica, tenía por obligación el culto eucarístico. Devoción a la vez tradicional y nueva, tradicional pues era sin duda uno de los símbolos más importantes del catolicismo desde el siglo XVI cuando menos, era nueva pues este tipo de congregación no aparece en México sino hasta principios del siglo XIX, caracterizándose en Orizaba por no tener otras obligaciones más que las religiosas. Contrario a las corporaciones de seglares de Antiguo Régimen, los congregantes no se reunían sino para el culto, sin tener fiestas o banquetes al estilo de las cofradías, ni bienes ni limosnas cuya administración los distrajera de su fin primordial.

Mas Mendizával, en tanto católico, no sólo oraba semanalmente ante la Eucaristía, sino que además su devoción tenía consecuencias en sus actividades públicas. Así, jugó con frecuencia un rol de intermediario ante el clero. Transmitía las solicitudes de los clérigos ante esa corporación, y al contrario, negociaba con el párroco las solicitudes de los munícipes y vecinos. Se ocupó por ejemplo del asunto de las joyas de la parroquia que el párroco Isidro Antonio de Icaza había llevado consigo a la Ciudad de México para repararlas cuando se convirtió en capellán de la corte imperial en 1822. Transmitió también solicitudes a propósito del agua de la fuente y de las casas de los padres carmelitas orizabeños.

Sobre todo, se hizo notar siendo alcalde en 1826, cuando su “celo religioso” lo opuso al representante del Estado, el jefe político Vicente de Segura, pero también al de la Iglesia, el párroco Francisco García Cantarines. Con el primero por haber arrestado a ciertos “extranjeros” a quienes confiscó unas “estampas obscenas y otras cosas prohibidas por nuestra religión”, siendo que esto era facultad exclusiva del jefe político; con el párroco, porque osó presidir, “con escándalo de los concurrentes”, el cabildo de la cofradía de San José, una responsabilidad exclusiva del jefe político. Denunciado por estos dos hechos en la sesión de cabildo del 27 de febrero de 1826, tuvo lugar entonces una “viva discusión” entre el jefe político y Mendizával, cuyo resultado fue la salida de éste último y su rechazo a cumplir con su cargo durante tres meses. Un poco más tarde, en septiembre, logró oponerse a las condiciones que el ayuntamiento quería imponer al proyecto de establecer un convento de religiosas carmelitas en Orizaba; en concreto, se les quería imponer la obligación de educar niñas, siendo que se trataba de una orden contemplativa. Ante un ayuntamiento que no veía sentido alguno en fundar un convento cuyas monjas, en palabras del presidente de la sesión, “no serían útiles sino a sí mismas”, Mendizával insistió en preservar el papel tradicional de los conventos femeninos.

En fin, la devoción de nuestro personaje dejó testimonio no sólo en las controversias de la época, sino también en los espacios sagrados. En los años 1830, sabemos que el teniente coronel Mendizával tuvo también un rol principal en la construcción y decoración de los templos. Financió dos retablos para la nueva capilla de la Escuela de Cristo y el baldaquín para la imagen del Señor del Calvario. Un poco más tarde emprendió la construcción de la segunda capilla anexa a la iglesia parroquial, la del Sagrado Corazón de Jesús, para la que hizo donación de todos los ornamentos de su oratorio familiar, y donde fue enterrado a mediados del siglo, como podemos ver en la placa que hasta hoy existe en la ahora Catedral de Orizaba.

Hombre de devociones nuevas, defensor de la tradición, apoyo del clero, constructor de capillas, unas décadas atrás Mendizával hubiera sido uno de los notables unánimemente reconocidos de la villa de Orizaba. Sin embargo, vivió ya en un régimen liberal, que él mismo ayudó a construir a nivel local, y por tanto en medio de las controversias sobre el lugar de la religión en el nuevo orden que hicieron de él, cierto un “hombre de bien”, pero al mismo tiempo un rival político, miembro de una facción identificada por un catolicismo tenido a veces por “fanatismo” por sus rivales. Mendizával pues, resulta un testimonio de los avatares del catolicismo en tiempos de los primeros pasos de la secularización.

Un paseo por el París de jansenistas y devotos

La ciudad de París puede estar asociada con la Torre Eiffel, los Champs Elyssés o con las boutiques de moda, o tal vez con el Museo de Louvre para los más cultos, o acaso con los barrios de Montparnasse y Montmartre para los de sensibilidad artística. Para mí, en estos tres años viviendo en ella,esta ciudad está sobre todo asociada con las iglesias que son testimonio de los movimientos religiosos que agitaron la vida urbana en los siglos XVII y XVIII especialmente, de la Reforma católica al Jansenismo.

Port RoyalSi pudiera llevar a alguien a recorrer, a dar un paseo por ese París del Antiguo Régimen, comenzaría sin duda por el sur, en el actual 14o. distrito (arrondissement), en el antiguo monasterio de Port-Royal (1626), sucursal urbana de la abadía benedictina femenina ubicada en la Chevreuse. Comenzaría por ahí en buena medida por ser el único recuerdo de su casa matriz, destruida a principios del siglo XVIII porque sus religiosas habían convertido el monasterio en el centro de una red, una “nebulosa” por emplear el término de una especialista del tema (Catherine Maire) que contaba entre sus miembros a los padres Saint-Cyran y Arnauld. La “nebulosa de Port-Royal” era promotora de un catolicismo rigorista, desconfiado de una naturaleza humana marcada por la concupiscencia, y que insistía por ello en la contrición del corazón y en la penitencia más que en las obras de caridad y en los actos de devoción. Su rigorismo y su cuidado de lo sagrado los hizo insistir en la separación entre lo temporal y lo espiritual, generando no pocos debates a lo largo de los años.

NaveLos port-royalistas y sus herederos jansenistas, veían con desconfianza temas como la comunión frecuente, las pompas barrocas, los numerosos cultos a los santos, la multiplicación de las advocaciones marianas, que eran en cambio muy caros a otros sectores del catolicismo parisino. Apenos unos pocos metros al norte de la austera Port-Royal parisina brilla hasta hoy la cúpula de la iglesia de la antigua abadía de Val-de-Grâce, fundada por la reina Ana de Austria, esposa de Luis XIII a mediados del siglo XVII, y dedicado como un ex-voto a la intercesión de la Virgen María para que la propia reina diera a luz al futuro Luis XIV. En ella, el altar mayor instalado en un baldaquino nos muestra una Natividad en medio de un suntuoso decorado, mientras que la bóveda luce una magnífica glorificación de la Virgen.

Planteadas ya estas dos grandes tendencias del catolicismo francés, podríamos internanos entre las parroquias del actual distrito 5o. que en el siglo XVIII fueron el cuartel del movimiento jansenista, ya en sus años de persecución bajo Luis XIV y Luis XV. En efecto, si avanzamos un poco más al norte por la rue Saint-Jacques nos encontraremos con el actual Instituto de Jóvenes Sordos, antiguo seminario de Saint-Magloire, de donde salió un buen contingente de párrocos jansenistas, y a su lado la parroquia, también jansenista en su día, de Saint-Jacques du Haut-Pas.

Saint MédardAunque también podríamos avanzar hacia el oriente hacia la rue Mouffetard, en dirección de la antigua y medieval iglesia de Saint-Médard del barrio de Saint-Marcel. Iglesia construida en tiempos de las guerras de religión del siglo XVI, se distingue por su estilo gótico. La parroquia fue frecuentada en su tiempo por buena parte de la “nebulosa de Port-Royal”, entre otros por Pascal, pero adquirió relevancia sobre todo en el siglo XVIII, cuando fue enterrado en el cementerio de la iglesia el diácono François Pâris, un ilustre penitente jansenista cuya tumba empezó a atraer a los fieles por los milagros que tenían lugar en ella. En consecuencia el cementerio fue cerrado por la autoridad civil en 1732 (“El rey prohibe a Dios hacer milagros en este lugar” decía un panfleto pegado al muro que cerró el cementerio), pero los milagros no se detuvieron, sino que pasaron de las curaciones a las convulsiones: grupos de mujeres jóvenes de medios modestos se reunían para figurar en sus cuerpos el dolor que padecía el movimiento jansenista, figura de la Pasión de Cristo. Sobre todo ello abunda la obra de la profesora Maire, De la cause de Dieu à la cause de la nation.

De Saint-Médard, podríamos subir por la pintoresca rue Mouffetard hasta la que era la sede de su jurisdicción, la antigua abadía masculina de Santa Genoveva, cuya iglesia es hoy en día el célebre Panthéon, lugar de entierro de los hombres ilustres de la República Francesa, y cuyo edificio es ahora el Liceo Henry IV.

Abadía del XVIILa abadía, reformada en el siglo XVII, constituía uno de los grandes centros intelectuales del movimiento jansenista, y era también el prestigioso recinto de las reliquias de la santa patrona de la ciudad, constantemente movilizadas en caso de catástrofes naturales o guerras, cuando eran llevadas en procesión a la catedral. Los “messires de Saint-Geneviève” o “génovéfins” eran poseedores de una vasta cultura, que aplicaron al servicio de la causa jansenista. Su biblioteca fue consultada en su día no sólo por los monjes sino también por los sabios de la Ilustración, y si bien no fueron tan célebres como los benedictinos de Saint-Maur, no mostraron menos interés en desvanecer devociones que estimaban falsas o supersticiosas. Vale mucho la pena pedir la autorización para un recorrido por la antigua abadía, de la que se conserva, aunque no en el mejor estado, parte del refectorio, la biblioteca, la escalera de honor, además del edificio propiamente tal, entre otros puntos.

San Esteban del MonteY ya que estamos en esta zona, no podría faltar una visita al refugio actual de las reliquias de Santa Genoveva tras la Revolución: la iglesia de Saint-Étienne-du-Mont, antigua parroquia también bajo la jurisdicción de los monjes, y donde fueron enterrados algunos de los hombres sensibles al movimiento como el propio Blaise Pascal. Otros fueron traslados ahí más tarde, como Racine, luego de la destrucción de la abadía de Port-Royal des Champs.

La iglesia fue construida entre finales del siglo XV y el siglo XVII, cuando fue concluida la fachada, con una magnífica portada de columnas salomónicas. Su interior es asimismo notable con un falso “jubé” es decir, en lugar de un muro para separar el coro de la nave, existe un pequeño arco triunfal muy carácteristico, flanqueado con dos columnas con escaleras de espiral, a la moda del Renacimiento.

La SorbonneApenas a unos cuantos pasos, se encontraban los colegios en los que bullía lo más importante del movimiento jansenista en su aspecto intelectual, los de la Facultad de Teología de la Universidad de París, que es tanto como decir La Sorbonne. Aquí en la foto, la única parte que se conserva del viejo edificio que el cardenal de Richelieu, ministro del rey Luis XIII, mandara construir en el siglo XVII en su calidad de canciller de la Universidad: la capilla, donde fue enterrado el propio Richelieu, hasta que su tumba fue profanada durante la Revolución.

Cabe decir, la Sorbonne de hoy es el edificio construido bajo la Tercera República a finales del siglo XIX para albergar una refundada universidad parisina. Tras los acontecimientos de 1968 esa universidad se disolvió, fundándose las nuevas universidades de París que hoy son 13, de las cuales Paris I, Paris III, Paris IV y Paris V tienen instalaciones en este edificio, compartidas con la Escuela Práctica de Altos Estudios y la École de Chartes.

La llegada a la place de la Sorbonne sería un buen momento para una pausa en nuestro recorrido, pausa que haríamos atravesando el boulevard Saint-Michel para entrar en los siempre agradables jardines de Luxembourg, cuyo palacio, actual sede del Senado y otrora palacio de la reina María de Médicis, fue también un escenario de gran importancia en la historia francesa del siglo XVII. Y es oportuno atravesar los jardines, pues ahora nos dirigimos hacia el distrito 6o. hacia el gran barrio de los devotos del siglo XVII…