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San Lorenzo, Danzas y Reliquias

San Lorenzo“Oye, pobre hombre: de este lado ya estoy asado; di a tus esbirros que me den la vuelta…”

Ayer fue día de San Lorenzo, uno de los mártires más queridos del cristianismo, diácono, quien fue sometido a un duro tormento. Tanto así que San Máximo y San Agustín habrían de escribir sendas consideraciones sobre si habría sido el más duro de los que padecieron los mártires: fue asado en una parrilla. Mas como cabía esperar de un santo, soportó el dolor con entereza, y aun más, con humor, como prueba esta cita de él que tomo de la Leyenda Dorada, de Jacopo da Voragine (Alianza Editorial, 2002). Sobre su sepulcro se construyó la Basílica de San Lorenzo Extramuros, que en principio custodia sus reliquias; empero, si hay un santo repartido por todo el mundo católico y sobre todo por el mundo hispánico es nuestro mártir de esta ocasión.

Es cierto, en la Colegiata de Santa María de Amaseno, en Italia, al sur de Roma, se conserva una de las reliquias más célebres del santo: una gota de sangre coagulada, que se licua cada 10 de agosto. Las del mundo hispánico son algo menos espectaculares por sí mismas, pero no lo son menos por el culto que algunas de ellas reciben. La tradición dice que Lorenzo era natural de la actual Huesca, en Aragón, donde se le sigue celebrando con particular entusiasmo, saliendo en procesión sus reliquias (un dedo, tradicionalmente, si la memoria no me falla). Como se puede ver en el video de abajo, el cortejo del santo se forma no sólo con el solemne acompañamiento de las autoridades civiles y religiosas de la ciudad, sino sobre todo con el animado baile de espadas de diversas peñas. Sin duda, más de un prelado y de un reformador civil de los siglos XVI al XVIII se volverían a morir si vieran “subsistir” estas prácticas (o estas “supersticiones”, diría acaso alguno de ellos). Sirva la mención para agregar, un poco de pasada, que las danzas en procesiones cristianas no tienen nada de característicamente americano (o de prueba de algún sincretismo), como testimonia la presencia en Europa desde mucho antes que llegara la evangelización a este continente. Aquí en los Altos de Jalisco, en estos días el Señor del Calvario de Lagos ha subido a su templo precedido de danzas, San Vicente ha salido a saludar a sus fieles acompañado de las suyas.


Más allá de Roma, Amaseno y Huesca, el siguiente destino de aquel que viajara buscando los restos del mártir sería sin duda el monasterio de San Lorenzo del Escorial. En efecto, el célebre monasterio, palacio y panteón de los reyes poseía también fragmentos de su cuerpo. Entre los más célebres, un hueso de su cadera, llevado al monasterio por Felipe II junto con la cabeza de San Hermenegildo. La tradición dice que la idea era sólo enviar desde Roma un fragmento del hueso, pero éste no pudo ser cortado por más intentos que se hicieron, hasta que por sí mismo se dividió por la mitad. Sin embargo, el fragmento que mejor testimoniaba del martirio era el muslo, cuya descripción dejamos a fray Andrés Ximénez, autor del siglo XVIII:

Por supuesto, la Nueva España no fue ajena al culto del mártir. Buen testimonio de ello es la imagen que hemos elegido para abrir este artículo, la obra célebre atribuida a José Juárez representando el martirio del santo. Éste habría de inspirar también la hagiografía de los santos novohispanos, como lo observó ya Antonio Rubial. La santidad controvertida, tratando de los mártires del Japón, uno de los cuales, sumergido en agua hirviendo, habría hecho notar a su verdugo que no estaba bien remojado de un lado. Pero volviendo a sus reliquias, que es lo que nos interesa sobre todo, había al menos algún hueso de San Lorenzo en la iglesia de los franciscanos descalzos de México, los dieguinos (Luis Weckmann, La herencia medieval de México, p. 255), y alguna otra en el colegio jesuita de Pátzcuaro. En fin, no podemos dejar de hacer alusión a estas tierras de la antigua diócesis de Guadalajara, porque hasta estos lejanos rincones llegaron también fragmentos del cuerpo del mártir romano. Las Relaciones geográficas de la década de 1740 citan al menos una: un hueso, donado a la parroquia de Sombrete, actual Zacatecas por el obispo fray Domingo de Alzola, de finales del siglo XVI. Por supuesto, no son todas las del actual México y faltan todavía las que existen en otros rincones de América, pues de hecho el cuerpo del mártir se sigue difundiendo: desde la década de 1990 el pueblo chileno de San Lorenzo de Tarapacá cuenta con el hueso parietal del mártir enviado desde Huesca. Allá también, cabe decir finalmente, se celebra la ocasión con danzas, “bailes religiosos” dicen allá, como las que vemos en este video.

“Bailando hombre con hombre y mujer y con mujer”

En la tradición católica, la danza tiene un estatuto ambigüo. Siguiendo el ejemplo bíblico, veterotestamentario, del Santo Rey David, que bailó en éxtasis ante el Arca de la Alianza, no es poco frecuente encontrar un poco por doquier en el mundo católico danzas religiosas. Las hay en nuestros días: ahí están las entrañables evoluciones de los seises sevillanos, las pastorales de bailes religiosos ante el Señor de los Milagros de Perú, las numerosas danzas en las fiestas patronales mexicanos. Las había tal vez mucho más en otras partes: en Francia, Marianne Ruel (Les chrétiens et la danse dans la France moderne, 2006) cita al menos a los tripettes, danza tomada muy en serio por los parroquianos de ciertas regiones aun si despertaba la risa de algún clérigo joven. Los propios clérigos podían danzar, como era el caso de los canónigos de Amiens en tiempos medievales con motivo de la Pascua, en torno al laberinto que se conserva hasta hoy en el pavimento de dicha iglesia.

Pero es cierto que en general, la danza ha sido vista más bien con desconfianza por el clero desde el siglo XVI, denunciándola como diversión profana, asociándola en general a los pecados carnales, y procurando por ello, ya que no eliminarla, al menos normarla lo más estrechamente posible. De ahí los edictos sobre el tema de un buen número de prelados, entre los cuales me permito aquí copiar el que dictó el provisor y vicario general de una diócesis que no resulta tan lejana a nuestros tradicionales temas novohispanos, la de León de Nicaragua. Ahí, en 1765, el juez eclesiástico, a nombre del obispo, fulminaba pesadas censuras (la excomunión mayor), justamente para impedir la mezcla de danzas profanas en celebraciones sagradas, en particular ante las imágenes religiosas y con motivo de los velorios de niños (de “angelitos” como suele decirse). Pero el prelado no eliminaba directamente todo género de danza, su edicto está destinado simplemente a reformarlas, alejándolas lo más posible de los peligros pecaminosos, imponiéndoles un horario, el diurno; limitando sus gestos, para purificarlas de “torpezas”, esto es de todo lo que pudiera relacionarse directamente a la relación carnal, y en fin, en ese mismo sentido, reglamentando el orden de las parejas mismas en el baile: “hombre con hombre y mujer con mujer”, que según se entiende del texto es lo que el provisor estimaba por un baile decente y libre de pecado.

Cabe decir, el edicto habría de levantar una querella con la autoridad civil, pero no por su definición del baile decente, que hoy puede parecernos original en un prelado católico, sino por adentrarse a regular bailes profanos, los fandangos, por entonces “nuevamente introducidos” en el obispado, y que la autoridad civil reclamaba como de su jurisdicción. Mas ello es tema aparte, por lo que veamos ahora extensamente, este edicto para purificar las danzas profanas.

AGI, Guatemala, 545 “Cartas y expedientes de 1767”, exp. 17 “Testimonio de la información seguida sobre fandangos y sarabandas”.

Nos, el doctor D. Pedro Joseph Chamorro Sotomayor, juez de testamentos, capellanías y obras pías, provisor y vicario general por el ilustrísimo señor D. Juan Carlos de Vílches y Cabrera, dignísimo señor electo obispo gobernador de este obispado de Nicaragua y Costarrica, del Consejo de Su Majestad, etc.- A todos los fieles cristianos y vecinos y moradores estantes y habitantes en esta Ciudad de León, de cualquier estado, calidad o condición que sea, salud y gracia en el Señor. Hacemos saber, como es de nuestra precisa obligación por el oficio que tenemos poner reparoa las ofensas y deservicios que se hacen a la Majestad de Dios nuestro Señor, con el motivo de pasarse toda la noche o parte de ella con junta de mujeres y hombres divertidos en profanidades, bailando y cantando versos deshonestos y torpes, con mal ejemplo del pueblo, lo que ejecutan cuando por devoción, celebrar alguna imagen del Señor, de su Madre Santísima, o de sus santos, o tienen alguna otra función, en cuyo tiempo se habían de ejercitar en rezar el Santísimo Rosario, cantar alabados y otros rezos divinos condignos a su Divina Majestad y a su Madre Santísima, y no que con los dichos bailes y cantos torpes provocan a su Divina Maestad y su justicia soberana, por las culpas que de ello resulta, y lo mismo hacen cuando velan algún niño que se muere, y siendo todo lo susodicho en deservicio de Dios nuestro Señor, por ser las expresadas juntas y sarabandas redes en que el demonio pesca a las almas, y debiéndose poner pronto remedio a tan noscivas inconsecuencias y pecados que se cometen, por tanto, por el presente y su tenor, ordenamos y mandamos en virtud de santa obediencia, y so pena de excomunión mayor latae sentencie ipso facto incurrenda hac una protina canonica monitione jure premisa: Que en manera alguna canten los expresados versos torpes en las dichas velas de los santos, porque los prohibimos en el todo por indecentes y pecaminosos. Y que las músicas o sarabandas que tuvieren no haya bailes o fandangos indecentes y deshonestos y sólo sean de día y no de noche, bailando hombre con hombre y mujer con mujer, lo cual cumplan y ejecuten bajo la dicha pena de excomunión mayor impuesta, en la que serán declarados y rotulados por tales excomulgados los transgresores que faltaren a lo por nos mandado, y se procederá a lo que diere lugar su inobediencia. Y para que llegue a noticia de todos y ninguno alegue ignorancia, que este despacho se lea y publique en esta Santa Iglesia Catedral a la misa de diez, como se acostumbra. Dado en la ciudad de León, en diez y nueve días del mes de enero de mil setecientos sesenta y cinco años.- Dr. D. Pedro Joseph Chamorro.- Por mandado del señor provisor y vicario general.- Félix Vicente Galarza, notario receptor.

Nuestra Señora del Rosario en Puebla en la prensa

El mes de octubre es un mes particularmente importante en festividades religiosas, en particular de las que datan o adquirieron relevancia en tiempos de la Reforma católica. El 4 de octubre es la fiesta de San Francisco de Asís, el 7 es la fiesta de la Virgen del Rosario, el 15 es la fiesta de Santa Teresa de Ávila, la gran reformadora de la orden carmelita, etcétera. Entre estas fiestas, la del Rosario estaba asociada a la Batalla de Lepanto gracias al Papa San Pío V, por lo que a veces también se le llamaba de la Batalla Naval, y se conmemoraba como tal, es decir, no sólo con misa, sermón y procesión, sino también representando un enfrentamiento entre moros y cristianos en barcos.

En los primeros años del siglo XIX no faltaron críticas a esas festividades tradicionales que se habían convertido en “excesos” para la perspectiva de la prensa y de los liberales de la época, quienes acusaban a los antiguos festejos de ser cuando menos profanos e incluso directamente actos de desacralización de las imágenes religiosas. El Oriente, el periódico de los liberales moderados de Veracruz, publicado en Xalapa en la década de 1820, nos ha dejado amplios testimonios de esas críticas, y aquí en particular me gustaría retomar dos, referidas a la fiesta de la Virgen del Rosario de la ciudad de Puebla, en concreto las fiestas de 1824 y de 1827. En estos dos fragmentos se aprecia bien la sensibilidad de los liberales por la protección de lo sagrado y su separación de las expresiones populares, que encontraban, como mínimo, impropias. En el primer pasaje se aprecia además el estilo irónico que subrayaba el cuestionamiento de esas prácticas religiosas, mientras que en el segundo aparece la ambigüedad característica de los liberales de la época: críticos de la tradición pero a veces incapaces de pasarse de ella. En medio ya de las primeras luchas entre facciones que caracterizaron el primer federalismo, los moderados acusaban a sus rivales de aprovechar la fiesta religiosa para hacer campaña política contra ellos. Así, la fiesta religiosa se convertía por entonces en motivo de debate y de enfrentamiento político

El Oriente, núm. 51, 21 de octubre de 1824, pp. 203-204, fragmento de la respuesta de El jalapeño

El católico poblano.

“Acaba de llegar un amigo mío de Puebla, y me cuenta que el día tres de este mes de octubre, en que se celebró la solemnidad de Ntra. Sra. del Rosario, vio el mismo que llegando al atrio del convento de Sto. Domingo la procesión en que aquella comunidad y el cabildo eclesiástico conducían la santa efigie de la madre de Dios, todos hicieron alto, presenciando el burlesco juguete con que entre la algazara, gritos y chiflidos de la plebe, figuraban un combate dos almotrotes de carrizos y papel que llaman navíos, animando unos a D. Juan de Austria, y otros a los Marroquinos, y no faltando quien se expresase con las más groseras desvergüenzas.

A la tarde, dice, que como víspera de N.P.S. Francisco, vio salir la comunidad de dominicos con la imagen de su santo fundador, y que llegando a la calle de Mesones divisó venir por la del Alguacil mayor, los religiosos franciscanos rodeados de otro carrizal navío en que traían a su dicho patriarca, y que encontrándose ambos santos (a lo que el pueblo llama el topetón) bajó Sr. S. Francisco del navío, hizo una gran cortesía a Sto. Domingo, a cuyo tiempo se besaron todos los estandartes, y llevándolo a la diestra fueron colocados ambos en la del alcázar, continuando la procesión entre los gritos y bulla del pueblo que sin respeto a aquel religioso acto se producía como acostumbra en todos sus regocijos.

Estos hechos, que según se me asegura son en el todo positivos, prueban bastantemente que semejantes mitotes en nada se oponen a nuestra santa religión, pues si tal fuera, hubieran impedido esos y otros que vemos con frecuencia, las autoridades principales, a cuya vista se hicieron…”

El Oriente, núm. 1156, 30 de octubre de 1827, pp. 4625-4626. Remitido de Puebla.

“¿Había visto la Puebla mayor irreligiosidad y abuso de los actos de devoción que servirse de ellos para sembrar el espíritu de partido y la sedición entre la gente sencilla? Vimos con dolor que agentes del partido yorkino en la procesión del domingo último, a espaldas de la Santísima Virgen del Rosario, a sombra de la Madre del Dios de paz, estuvieron sembrando papeletas para calumniar con el odioso nombre de escoceses a los hombres pacíficos y a los amigos del orden, de la buena armonía y de la felicidad en los pactos públicos, y para recomendar como virtuosos y amantes de la religión a los sacrílegos que así estaban fomentando la discordia. Ya se ve que no hablan de la religión cristiana, cuya base es la caridad, sino de la yorkina.”

Victime paschali laudes

Para continuar con la música sacra novohispana, aquí una secuencia, es decir, un himno que se cantaba durante la misa antes del Evangelio en la fiesta de hoy, el domingo de Pascua de Resurrección, y que cabe decir sigue cantándose en nuestros días aunque no en todas partes. Se trata del Victime Paschali laudes. En el primer video se trata en una versión compuesta por Manuel de Sumaya, maestro de capilla de la Catedral de México primero, y luego de la de Oaxaca, en el siglo XVIII. En el segundo es una versión moderna, de Pierre Cochereau, uno de los más célebres organistas franceses del siglo XX.

Cabe decir, la mayoría de las secuencias fueron suprimidas con la reforma litúrgica posterior al Concilio de Trento (finales del siglo XVI), sólo subsistieron cuatro, la que aquí presentamos es una de ellas. Su origen remonta a la Edad Media, cuando se le utilizaba para algunas danzas litúrgicas, que es lo que me parece interesante destacar.

En efecto, aunque en América Latina no nos resulta extraño ver danzas ante las imágenes religiosas, es una práctica que existía también en tierras europeas y que en tiempos medievales realizaban incluso los propios clérigos. El ejemplo que conozco con esta secuencia, citado por Jean-Claude Schmitt en su obra Les raisons des gestes dans l’Occident médiéval (Gallimard, 1990, pp. 90-91) es el de los canónigos de la Catedral de Amiens, quienes cantaban el himno mientras hacían una ronda siguiendo el contorno de un laberinto trazado sobre el pavimiento de la nave central. El deán del cabildo catedral llevaba además una pelota que iba lanzando a sus colegas canónigos para representar la aparición y reaparición del sol, evocando así desde luego la resurrección de Cristo.