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Un Corpus lluvioso, el de Sevilla de 1766

Reliquias en la procesión de Corpus Christi en Sevilla en el siglo XVIII.

El próximo jueves es Corpus Christi, la que durante mucho tiempo fue una de las grandes fiestas del catolicismo, celebrada con una procesión particularmente fastuosa. No era para menos, desde el siglo XVI, frente a los protestantes, el catolicismo insistió en la presencia real de Dios en la Eucaristía. La salida por las calles de la Eucaristía, Dios mismo procesionando por las calles de las ciudades católicas, no podía sino realizarse con particular esplendor: las calles se cubrían de alfombras y toldos para proteger su paso, se instalan altares para hacer estación durante el recorrido, las campanas se lanzan a vuelo, los santos patronos en imagen o en reliquia formaban su cortejo, llevadas por las cofradías, las parroquias y el clero. De alguna forma toda la sociedad era representada en la procesión, que en el mundo hispánico además era común que la abriera la representación del mal domesticado: la tarasca.

Ahora bien, el Corpus Christi es una fiesta móvil. Tiene lugar 60 días después del Domingo de Resurrección, lo cual implica que, según esta se adelante o se atrase, tiene lugar en mayo o en junio. Puede caer, por tanto, en una primavera del hemisferio norte todavía soleada o ya en temporada de lluvias. En Sevilla, ciudad donde las procesiones son, incluso hoy, celebradas con particular esplendor, no ha dejado de tener constantes incidentes con la lluvia. En nuestros días tal vez no hay mayor tragedia para la capital hispalense que una Semana Santa lluviosa. El jueves de Corpus Christi también ha padecido sus estragos, aquí presento brevemente el relato de uno de ellos: el de 1766.

Es interesante ver que, aun bajo la lluvia, los canónigos de la Catedral, que conducían la procesión, no perdían la compostura y se mantenían preocupados por las cortesías y ceremonias correspondientes. Desde luego, el problema fundamental era garantizar la seguridad de la hostia consagrada, pero también se nota la atención con las corporaciones principales que iban en la procesión y con sus inesperados anfitriones, los canónigos de la iglesia colegial del Salvador. En fin, sobre todo al final, el secretario no dejó de advertir también la preocupación por los caros ornamentos dedicados a la Eucaristía: la custodia estrenaba unos faldones bordados de mucho valor, que también había que cuidar.

Archivo de la Catedral de Sevilla, Secretaría, leg. 7180, Autos capitulares de 1766,fs. 92v-95

“Jueves 29 de mayo de 1766, cabildo extraordinario en la Iglesia de San Salvador, presidido por el señor chantre.

Iglesia Colegial del Salvador, estado actual

En este día, en que se celebró la festividad del Corpus, no obstante de haber sido vario el tiempo en los antecedentes, con la esperanza de que daría lugar a que se hiciese la procesión, comenzó ésta a su hora regular, lográndose por la actividad de los señores diputados para su gobierno que a las nueve y tres cuartos escasos de la mañana saliese del coro la custodia, y llegando el Cabildo a la puerta de San Miguel, se levantó un viento recio que no dejó vela encendida, siguiendo así la procesión hasta mediado [de la] calle Génova, donde tomando luz del altar de Nuestra Señora del Pópulo se volvieron a encender y se continuó con más serenidad hasta la calle de la cárcel, donde empezó a lloviznar cosa que no daba especial incomodidad, por la defensa de los toldos, pero engrosándose algo más el agua en la calle de la carpintería, arreciando notablemente luego que se dio vista a San Salvador, y a tiempo que la custodia estaba al medio de dicha calle, vinieron dos canónigos diputados de la Colegiata con recado de su Cabildo para el señor presidente del nuestro ofreciendo de su parte su iglesia y facultades en cualquier acontecimiento, a los que dicho señor manifestó en respuesta toda la correspondiente urbanidad y debida gratitud, y encaminándose la procesión

Retablo de la Virgen de las Aguas, Iglesia Colegial del Salvador, estado actual.

con toda aceleración a la puerta de dicha Iglesia, donde estaba la Virgen de las Aguas, para hacerse allí la estación que es estilo, continuando la fuerza del agua, la Ciudad, precipitadamente se retiró a la Colegiata entrándose por la puerta del Evangelio y dirigiéndose a la Sala Capitular de los canónigos, manteniéndose por entonces inmóvil la Inquisición con la mayor parte del Cabildo, y viendo el señor presidente, que era inexcusable el retiro de todos, temiendo prudentemente que la mucha agua, llevada del impetuoso viento podría penetrar dentro del viril y humedecer la forma, envió recado con un celador al presidente de la Colegial suplicándole mandase retirar adentro el paso de la Virgen, que ocupaba la puerta, para dar lugar a que pudiese entrar la custodia, cuya diligencia se retardó algún tiempo por ser preciso traer los tablones para que pudiese subir por las gradas e ínterin un veintenero de los que revestidos acompañaban el Santísimo, de orden del señor presidente pudo subir, aunque con dificultad, por lo que no se atrevió a hacerlo el señor diácono, al segundo cuerpo de la custodia, de donde tomó el viril y lo puso en manos del señor Arcediano de Niebla, que iba de preste, y con Su Majestad en las manos se dirigió al altar mayor, dispuesto ya y prevenido con las luces correspondientes, y acompañándole el Cabildo, la Inquisición se entró entonces  por la puerta del lado de la epístola, dirigiéndose al coro de los canónigos, los que facilitaron un cáliz de viril para colocar en el altar la Eucaristía, y exponerla a la general adoración, en el que por más que se hizo no pudo colocarse y fue preciso se mantuviera en las manos del preste, estando éste de rodillas, hasta que la custodia se pudo introducir en la iglesia, y puesta en la nave de en medio e inmediata al altar mayor, se colocó en ella el Santísimo, manteniéndose el paso de la Virgen delante también del mismo altar, y al lado de la Epístola, e inmediatamente la música cantó el Tantum Ergo, verso y oración con el Alabado, como es costumbre hacerse todos los años a la puerta de esta iglesia.

Y citando el señor presidente a Cabildo por medio del pertiguero para la sala de la hermandad del Santísimo, que franqueó para este efecto, se encaminaron allá los señores que pusieron, impidiéndolo a muchos el innumerable gentío que concurrió, llevado de la necesidad por lo mucho que llovía y traído de la curiosidad de saber la providencia que se tomaba en tan estrecha urgencia, hallándose dos canónigos de la Colegial a recibir a los señores que entraban en Cabildo, uno en lo bajo y otro en lo alto, disponiendo el señor presidente que mientras durase el Cabildo dos señores canónigos acompañasen a los señores preste y diáconos, y todos al Santísimo, cantando entonces los veinteneros himnos y salmos, alternando el órgano de la Colegial.

Y habiendo el señor presidente hecho presente al Cabildo con las voces lo que todos habían visto con los ojos, para que se acordase lo que debía hacerse en este caso, de conformidad se determinó que respecto a que las aguas en este tiempo por lo regular no suelen ser de duración, se aguardase allí a que se serenase pudiendo después seguir la procesión, por cuanto otra providencia traía consigo muy gravosas y molestas consecuencias, y que mediante a que la Ciudad e Inquisición esperaban en los sitios a donde se habían retirado, era razón participarles la determinación del Cabildo, nombrando para que lo hiciese presente a la Ciudad al señor canónigo D. Antonio Saavedra y Federigui y para la Inquisición al señor canónigo lectoral D. Francisco Luis Vilar, el cual acuerdo pasó ante el señor medio racionero D. Diego de Gálvez, que hizo para este cabildo de secretario en mi ausencia por no haber yo podido romper el concurso para asistir aél, el cual así me lo certificó. Y habiéndosele después ocurrido al señor chantre presidente, el habérsele pasado de la memoria hacer presente al Cabildo podía mandar se diesen las gracias al de la Colegial por sus esmeros y atenciones, siendo tan justa y regular esta demostración, el mismo señor chantre la practicó con los dos canónigos para que a su Cabildo hiciesen presente el agradecimiento del nuestro, y mandó al maestro de ceremonias y a los dos canónigos, como a particulares, diese las gracias por el cortejo y asistencia que habían hecho al entrar y salir de la sala donde se celebró este cabildo extraordinario.

Custodia de la Catedral de Sevilla, obra de Juan de Arfe, siglo XVI.

Y mientras esto pasaba en San Salvador, el resto de la procesión procuró llegar a la iglesia, de suerte que no quedó otra cosa de ella que el Cabildo, Ciudad e Inquisición que permanecían en dicha iglesia acompañando al santísimo y esperando abonanzase el tiempo para continuar, bien entendido que la mente del Cabildo era esperar, aunque fuese bien entrada la tarde, y que si bien por desgracia tardesen las aguas en cesar de manera que la procesión se acabase al tiempo de entrar en nona, se tendría paciencia, pues las circunstancias no permitían otra cosa, pero no quiso Dios que sucediese así, pues dentro de poco se serenó el tiempo y se volvió a ordenar la procesión dando aviso a la Ciudad e Inquisición, continuándose sin desgracia hasta la Iglesia, pues aunque se temía que con las aguas se hubiesen maltratado los nuevos faldones bordados que en este día se estrenaron en las pariguelas de la custodia, que habían costado cinco mil pesos, no sucedió así y sólo se manchó su forro un poco con el lodo y salpicadero de los pies de los mozos que la conducían.”