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El currutaco por alambique

En estos días he tenido el gusto de presentar en Lagos y en León conferencias a propósito de un tema, que si bien no forma parte precisamente de mis intereses fundamentales de investigación, no es ajeno tampoco. He hablado sobre el currutaco, es decir, el estereotipo de género masculino que el clero (aunque no sólo) de principios del siglo XIX utilizaba para ridiculizar a los hombres que empezaron a aficionarse por la moda y las nacientes prácticas culturales modernas (el café, el teatro, el baile). Ridiculización que pasaba por su feminización, como cabía esperar. Aunque es un estereotipo surgido en los periódicos españoles, en el Diario de Madrid, en 1795 para ser preciso, no dejó de tener difusión en Nueva España. En este mismo espacio me he referido al currutaco que salía en una procesión, la del 5 de febrero, ni más ni menos que un diablo en un pasaje de la vida de San Felipe de Jesús, tentando al protomártir mexicano, mas estuvo de lejos de ser el único caso.

Ahora más bien me limitaré a presentar unos versos impresos en México en 1799, titulados El currutaco por alambique, obra de Manuel Gómez, doctor en teología y profesor del Seminario Conciliar y de la Real y Pontificia Universidad. Su tono jocoso puede hacernos pensar que se trata de versos irreverentes. Por el contrario, fue un texto que contó con las aprobaciones oficiales, del gobierno virreintal y del gobierno arzobispal, así como las censuras eclesiásticas que correspondían en la época. Esto es, fue parte de la lucha del clero contra la modernidad que comenzaba a difundirse en el reino de Nueva España. Por ello pudo contar con la aprobación del padre felipense Ramón Fernándezl del Rincón, que vemos a la derecha, y la del padre dominico fray Ramón Casáus, futuro arzobispo de Guatemala. Este último no dejó de reprobar en esas modas modernas un “exceso indecente, que afemina a los hombres”.

No nos detengamos más, pasemos directamente a los versos de Gómez, recordando siempre que a veces cosas de apariencia profana, podían servir a fines eminentemente sagrados, como mantener a los hombres en el camino de la devoción, y evitarles el de la diversión.

 

Domingos, obispo y ratones

La historiografía mexicanista peca a veces de fundamentalmente política. Incluso cuando se trata de temas como el catolicismo, tiende a considerar como su objeto de estudio a una institución, es decir, se hace Historia de la Iglesia, pero no siempre historia religiosa. Sin embargo, no es que falten fuentes. Un buen ejemplo es la obra de Agustín Rivera, que contiene notas interesantes, cierto que dispersas, sobre la problemática de la “civilización de las costumbres”.

Así es, Rivera fue un observador relativamente constante de la vida cotidiana de las élites letradas del siglo XIX, además muy consciente de que esas costumbres tenían implicaciones más allá de lo anecdótico. Lo percibió incluso respecto de sí mismo, según consagraba su biógrafo Rafael Muñoz, pues desde su viaje a la Ciudad de México en 1853 advirtió que el “progreso”, el “liberalismo”, no eran sólo ideologías sino también implicaban maneras de comportarse. Por ello no es de extrañar que retrate de manera “civilizada” el comportamiento de los personajes cuya memoria respetaba, o cuyo trabajo quería vincular con el suyo. La frugalidad, la limpieza, la sobriedad, eran algunos de esos elementos, aunque tampoco dejaban de estar ausentes en sus observaciones la ternura y candidez casi propias de algún santo. Aquí recuperamos un ejemplo breve pero significativo: la vida cotidiana de Juan Cayetano Gómez de Portugal y Solís, obispo de Michoacán.

Portugal, “el grande Portugal” como diría la Dra. Marta Eugenia García Ugarte, fue sin duda uno de los obispos más importantes de la vida política de la primera mitad del siglo XIX mexicano. Hombre de Estado, fue varias veces diputado. Reformador eclesiástico, lo mismo de la renta decimal que de la educación clerical. Sus méritos hicieron de él el primer cardenal mexicano, aunque no llegó a recibir la noticia por su fallecimiento en 1850. Rivera había sido tutorado del hermano del obispo, Eusebio Gómez Portugal, quien impulsó sus primeros estudios en el Seminario de Morelia entre 1834 y 1836. Evocó con particular cariño esa etapa de su vida en su opúsculo La vocación de Simón Bar Jona de 1892, con una estima y delicadeza que contrastan con la imagen que dejó del Seminario de Guadalajara, pero eso es tema de otro artículo. Por ahora veamos como pintaba este clérigo y escritor público particularmente activo en tiempos de la República restaurada y del Porfiriato, esa cotidianidad en el palacio episcopal de un gran prelado de la primera mitad de esa centuria.

 

Agustín Rivera, La vocación de Simón Bar Jona, Lagos, Ausencio López Arce impresor, 1892, pp. 47-48.

En los, dos años que fui colegial moreliano, los más domingos pasaba el día en el palacio  episcopal, porque era la casa de mi tutor , Dicho palacio se componía de dos viviendas, que  aunque tenían un zaguán común, tenían diferentes escaleras y eran independientes. La primera era la del señor Obispo, quien no arrojaba sus miradas a la calle y vivía retirado del bullicio del mundo, pues aunque la capilla tenía balcones (o ventanas) para la plazuela del Carmen, las demás piezas teían balconcillos y ventanas para el interior, inclusive la sala de recibir, que tenía unos balconcillos para la huerta, la cual una tapia baja de adobes dividía de la huerta del convento del Carmen, por lo cual desde dichos balconcillos ví algunas veces a algunos padres carmelitas en su huerta. El señor Obispo tenía cocinero, comía solo, su mesa era frugal y humilde en las piezas del servicio, las sillas del comedor tenían asiento de tule. Un rasgo pintará el corazón de aquel hombre. Habia en el comedor unos ratoncillos blancos (que andarían por toda la casa), que el señor Portugal no quería se matasen, que estaban acostumbrados a que luego que Su Ilustrísima se sentaba a la mesa, salían de sus agujeros y comian en su derredor las migajas que el Prelado con su propia mano les esparcía. Una vez Da. Guadalupe Portugal, hija del Dr. D. Luis Portugal, hermano del señor obispo, Señorita que fue muy conocida en Morelia y en Guadalajara por sus virtudes, talento e instrucción, le dijo con cierto enfado al señor obispo: “¡Por Dios, tío, para qué les da de comer a esos ratones del comedor, ellos acabarán con sus libros y hasta con los papeles del archivo!” a lo qué contestó el señor Portugal con dulzura: “¡Eh, hija, esos animalitos ocuparon la mente divina!” Otra vez, que el señor Portugal se quitó de la mano una pulga, la restregó con los dedos y la arrojó al suelo, le dijo Da. Guadalupe: “¡Tio, ¿y las pulgas no ocuparon la mente divina?” Terrible argumento con el qué concluyó al sabio, quien contestó: “Sí, hija, pero dan mucha guerra.” El actual señor obispo de Sinaloa, hermano de Da. Guadalupe, debe de recordar estos hechos.

Las mas tardes el señor obispo en el patio principal montaba en su caballo rucio, con sotana y mantelete morados y sombrero acanalado con borlas verdes, y se iba a hacer ejercicio en las orillas de la ciudad, sin mas compañia que un criado que iba detrás. No llevaba turca ni sumbrero redondo con borlas verdes, como algunos pensarán, sino como he dicho. El señor obispo nunca tuvo coche propio, y cuando salia a visitar la diócesis o tenía necesidad de coche para otro negocio, usaba el que le prestaba su compadre e íntimo amigo D. Cayetano Gómez, uno de los ricos de Morelia, después suegro del mencionado Dr. Iturbide. Yo jugaba con otros niños de mi edad en los patios y en la huerta, y ¡cuántas veces tuve la dicha de besar la mano a aquel cariñoso Prelado cuando iba a montar a caballo!

Una asistencia política: los canónigos en los toros

“La Plaza Mayor de Madrid durante una corrida de toros regia”, ca. 1664. Memoria de Madrid

En nuestros días las corridas de toros son materia de controversia entre defensores de los animales y de lo que se estima como una añeja tradición, particularmente popular del mundo hispánico. En el siglo XVIII, cabe destacarlo, la corrida era uno de los elementos importantes de las festividades políticas (de ahí la imagen de la izquierda). Eran infaltables en las recepciones de los virreyes, los eventos de la familia real, como los matrimonios de los príncipes. Ahora bien, aunque en el siglo XX hemos visto hasta eclesiásticos (algún obispo mexicano incluso) aficionados a la “fiesta brava”, cabe decir que en la segunda mitad de esa centuria no era algo que se diera por sentado y automático. Más todavía, se estimaba que el clero en general debía abstenerse de ese tipo de eventos, no por una temprana sensibilidad hacia los animales, sino porque se trataba de una fiesta estimada como “profana”, susceptible hasta de desórdenes. Y sin embargo, entre 1767 y 1823, los muy graves canónigos de la Catedral Metropolitana de México debieron haber asistido a al menos dieciséis corridas de toros, celebradas en la plaza del Volador o en alguna ocasión en la principal de la ciudad, es decir, frente a la propia iglesia principal.

Justo esto es lo interesante, los canónigos se veían en el aprieto de estimarse “personas sagradas”, cuya dignidad no debía de participar de estos festejos, pero también una corporación urbana, un tribunal, que debía cumplir con un asistencia que era “política” en el sentido de cortesía pero también incluso en el sentido del juego del poder. Haber dejado vacío el espacio que les era reservado podía considerarse un desaire para la autoridad monárquica, e incluso se podía perder un espacio frente a otros “cuerpos” siempre un poco rivales, como el ayuntamiento de la ciudad. En suma, era una ocasión como pocas en que los canónigos afrontaban el problema de separar lo sagrado y lo profano. Lo ilustra bien ya el problema que se expuso al Cabildo en abril de 1766, cuando se realizaban los festejos por el matrimonio del Príncipe de Asturias, cuyas corridas iban a terminar coincidiendo con el lunes en que se iniciaba la semana de letanías menores, las de la Ascensión. “Era incongruo y desedificante la simultaneidad de las sagradas preces públicas de la Iglesia con las profanas diversiones del público”, se lamenta en el acta (Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México, ACCMM, Actas de cabildo, libro 47, fs. 243-243v), pero era ya tarde para iniciar cualquier gestión, por lo que los canónigos debieron reprimir su celo religioso.

Firma de un acta de cabildo. Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México, Actas de Cabildo, libro 47.

Por si fuera poco, la asistencia a los toros también implicaba gastos. Era impensable que asistieran solos los canónigos, por lo que debían acompañarles ministros y capellanes de coro, a veces los niños colegiales, y por supuesto, los lacayos y mozos de cada prebendado. Había además que adornar como correspondía el tablado y, sobre todo, servir un refresco de bebidas y dulces correspondiente a su honor. Por ello, sólo en ese año de 1766, la asistencia a las corridas sumó un gasto de 886 pesos, suma no menor para la época, por lo que había un motivo más de reflexión en la materia. No es casualidad que fuera al revisar las cuentas al año siguiente que se despertara en algunos canónigos la preocupación por el cuidado de la dignidad eclesiástica. En noviembre de 1767 (ACCM, Actas de cabildo, libro 48, fs. 249v-250v) se propuso cancelar las asistencias a los toros. La idea despertó “una dilatada conferencia”, en que de paso se denunciaron esos gastos excesivos, el desorden de los ministros seculares, y hasta la conducta de los canónigos de la Colegiata de Guadalupe, que también asistían. También hubo llamados al “buen ejemplo” que debían dar los propios canónigos, pero al final terminó imponiéndose la política. En noviembre de 1768, resolvieron definitivamente mantener su asistencia sólo tratándose de fiestas reales, aun a pesar de que entonces se rumoraba que el virrey, el marqués de Croix, si bien festejaba oficialmente su llegada a México en 1766, trataba de recaudar fondos para otros motivos. (ACCM, Actas de cabildo, libro 49, fs. 163v-164, 171-171v y 175-176).

Fue bajo ese principio que pudieron al menos excusarse de unas corridas, las que se concedieron a los tablajeros tras las fiestas en honor del virrey en diciembre de 1785 (ACCMM, Actas de cabildo, libro 55, fs. 280v-281v). También pudieron alegar para su ausencia la coincidencia con otras celebraciones, como el jubileo circular de 1789, aunque esto implicaba medidas particulares de cortesía para informarlo (ACCMM, Actas de cabildo, libro 57, f. 21). Paradójicamente su complacencia con los toros, incluso en la plaza mayor, fue cuestionada, pero no por una autoridad del rey, sino clerical: los párrocos del Sagrario. En septiembre de 1794 tuvieron noticia de que éstos habían dirigido una exposición al recién llegado virrey, el marqués de Branciforte, en que alegaban los “muchos desacatos por falta de respeto al templo”, las faltas al “debido acatamiento” al viático, e incluso la situación de guerra, como motivos para suspender las corridas (ACCM, Actas de cabildo, libro 58, fs. 139-140). Los canónigos, por supuesto, recibieron con “gran impresión” la noticia y reprocharon a los párrocos, a través del arzobispo Haro y Peralta, que hubieran tenido el atrevimiento de entrometerse en el gobierno de la Catedral. Sólo a ellos tocaba “vigilar sobre el decoro y decencia debida a la Casa de Dios”, bien que ni siquiera se molestaron en considerar los argumentos religiosos de los curas.

Ahora bien, a lo largo del período subsistieron otros puntos a considerar, en principio, los de orden económico. Reducir los gastos no era tarea fácil, si algo distinguió a los canónigos a mediados de siglo fue la afición por las fuentes de dulces, por ejemplo en su tomas de posesión, pero también en este contexto. Como debían asistir todos, pero no era siempre el caso, era común que sobraran (ACCMM, Actas de cabildo, libro 47, f. 241v), o que los sacristanes y ministros se quedaran con ellas (ACCMM, Actas de cabildo, libro 51, fs. 125v-126). El gasto del refresco sólo se solucionó cuando el ayuntamiento ofreció uno para toda la asistencia de manera general en 1785, con motivo además de una nueva distribución del orden de la plaza (ACCMM, Actas de cabildo, libro 57, fs. 37-37v). No sabemos si pasarle la responsabilidad a los regidores fue la solución definitiva, pero ya para 1796 los canónigos podían ordenar que no se pagara refresco alguno. (ACCM, Actas de cabildo, libro 59, f. 60).

Desjarrete de la canalla con lanzas, medias-lunas, banderillas y otras armas, Francisco de Goya, Museo Nacional del Prado.

Por otra parte, no dejaba de ser una fiesta profana, propia de seculares, que efectivamente se entusiasmaban con ella, lo que lamentaban los canónigos respecto de los que estaban a su cargo. Ante la expresión del “ansia” de los niños del colegio de infantes de asistir a corridas en 1770, hasta el punto de pasar por encima del deán y recurrir al Cabildo en pleno, se les negó conforme al ejemplo de otros colegios, pero también para “la debida educación y sujeción de dichos niños” (ACCM, Actas de cabildo, libro 50, f. 269). Los músicos seculares, tradicionalmente de los empleados que más frecuencia recibían observaciones de los canónigos, fueron directamente excluidos de la asistencia al tablado en las corridas de 1784 por el recibimiento del virrey Gálvez. Esto, en castigo a “su falta de atención y respeto para con los padres capellanes, queriendo tomarse los primeros asientos en el tablado y su desvergüenza en el tomar de refresco” (ACCMM, Actas de cabildo, libro 55, f. 127v).

Las últimas asistencias a los toros de los canónigos tuvieron además un carácter político en un sentido nuevo, pues fueron la manifestación de la lealtad a monarcas sujetos a debate. En 1815, no sólo asistieron, sino además invitaron a reunirse en su tablado a los canónigos de otras catedrales presentes en la ciudad, para sumarse así al lado popular de la fiesta por el restablecimiento en el trono de Fernando VII. Hubo también toros en 1817 con motivo del matrimonio del rey y del infante Carlos. En fin, en 1823, la última jura que tuvo lugar en la Ciudad de México, la del emperador Agustín I, también incluyó toros en el programa de festejos (ACCM, Actas de cabildo, libro 67, fs. 272 y 274; libro 68, f. 282v y libro 70, fs. 203v-204). Hasta donde sabemos la naciente opinión pública no les reprochó esa participación, que ya podía leerse como una toma de partido y no podía justificarse por la unanimidad monárquica de antaño. El régimen republicano traería consigo nuevas formas de ceremonial político, del que se irían marginando progresivamente las corridas de toros.

“Theater of a thousand of wonders”

theaterWilliam B. Taylor, Theater of a thousand of wonders. A history of miraculous images and shrines in New Spain, Cambridge University Press, 2016, 654 pp.

El profesor William B. Taylor, emérito de la Universidad de California Berkeley, es bien conocido en la historiografía mexicanista, tanto por sus trabajos sobre la violencia y sobre la relación entre campesinos y hacendados en Oaxaca, como en particular por sus obras sobre la historia religiosa novohispana. Su libro Ministros de lo sagrado. Sacerdotes y feligreses en el México del siglo XVIII, (original en inglés de 1996 y traducido al español en 1999) es todo un clásico, fundamental para entender al clero de la Nueva España. Ahora nos ofrece nuevamente una obra destinada a convertirse en clásico, al mismo tiempo verdadera enciclopedia de la vida religiosa novohispana y ensayo que argumenta a favor de una historia comparativa en varios sentidos. Obra ambiciosa, en la que acaso sólo los más conocedores de los detalles regionales encontrarán carencias, logra abarcar al conjunto del reino de Nueva España, desde el lejano norte hasta inclusive Yucatán y, gracias sobre todo al culto al Señor de Esquipulas, a provincias del reino de Guatemala, Chiapas en particular. Estructurada en dos partes para un total de nueve capítulos y tres amplios apéndices, es además un impresionante ejemplo de una larga vida dedicada a la investigación, pues analiza documentación de una treintena de acervos, entre los que se destaca el aprovechamiento exhaustivo de fuentes norteamericanas, no menos que el de una extensa bibliografía anglosajona, incluyendo disertaciones doctorales y de maestría.

En un primer momento, en los dos primeros capítulos, el autor nos presenta una síntesis general de la historia de los santuarios de imágenes milagrosas de los siglos XVI al XVIII. Una de las virtudes de la obra es que construye una cronología precisa de su desarrollo. Más que repetirla aquí, interesan destacar dos puntos fundamentales. Primero: la identificación de un “largo siglo XVII” que va de 1580 a 1720, que puede subdividirse en otros tres períodos, y en que tienen lugar, primero las historias de los orígenes de esas imágenes milagrosas (1580-1620’s), luego la redacción de los primeros relatos y por tanto su primera difusión (1630’s-1670’s) y su primer desarrollo institucional (1680’s-1720). Segundo: el siglo XVIII, no fue una época de decadencia de los santuarios de imágenes milagrosas, sino más bien de consolidación, de continuidad y de expansión, a pesar de la oposición de algunas autoridades tanto eclesiásticas como de la monarquía. De esta forma, Taylor cuestiona de manera convincente la imagen, sólida aún en nuestra historiografía, de la época de las Reformas borbónicas como un período de crisis para la Iglesia novohispana. Los otros dos capítulos de esta primera parte entan en el detalle de casos específicos que refuerzan este marco cronológico. A este respecto, el capítulo tercero vuelve sobre las más emblemáticas de las imágenes marianas (Guadalupe, Remedios, San Juan de los Lagos, Zapopan, Pueblito, Izamal), pero tal vez lo más interesante es el estudio comparado del desarrollo de la devoción a las imágenes de Cristo, destacando en particular el contraste entre “Cristos negros y Madonnas blancas”. El último capítulo de esta primera parte completamenta lo anterior analizando además el desarrollo de ciertas advocaciones marianas: las más clásicas, como la Inmaculada y la Dolorosa, las venidas de España como Aranzazu o Covadonga, y las que conocieron su expansión en el siglo XVIII, como la Divina Pastora, la Virgen de la Luz y la del Refugio.

La segunda parte de la obra constituye un amplio recorrido por cada uno de los aspectos que rodean a las imágenes milagrosas, empezando justo por ese punto fundamental: el milagro. El quinto capítulo aprovecha al respecto no sólo las crónicas e historias de los santuarios, informaciones jurídicas y novenas, sino que se destaca en particular por el estudio de exvotos, tablas, retablitos de agradecimiento y “milagritos” de cera, limitados en número pero harto ilustrativos de las especialidades de cada imagen. No menos interesantes son los capítulos 6, 7 y 8, el primero dedicado a las reliquias de santos, cuya amplitud de modalidades contrasta con su menor éxito comparado con el de las imágenes; mientras que en el siguiente el lector podrá conocer inesperados usos religiosos de modestas estampas impresas, a más de profundizar en la organización para su producción y distribución; en tanto que el octavo está dedicado al tema de las cruces milagrosas (las de Huatulco y Tepic en particular). En fin, el noveno y último capítulo literalmente nos lleva al recorrido hacia los santuarios. El profesor Taylor realiza un interesante análisis de los motivos sobre la ausencia de grandes peregrinajes en la Nueva España, pero además nos presenta los diversos aspectos de las abundantes romerías y procesiones, más locales y más urbanas. Mas casi sobra decirlo, este breve y somero recuento está lejos de hacer justicia a unos capítulos que son verdaderos esfuerzos por presentar exhaustivamente la problemática que tratan a partir de las fuentes y bibliografía disponibles, y a una escala que intenta siempre abarcar a todo el territorio novohispano. Es en ese sentido que me refiero a esta obra como enciclopedia de la vida religiosa novohispana: va mucho más allá de las imágenes milagrosas más conocidas, de forma que sólo por el concentrado de información resulta una invaluable herramienta para conocer los más variados aspectos de esas prácticas y creencias.

A todo esto, empero, hay que agregar todavía que uno de los elementos más significativos de la obra es su esfuerzo comparativo, en varios sentidos. Comparación, en principio, entre diversos espacios, pues gracias a la bibliografía anglosajona, el autor puede establecer las semejanzas y diferencias entre Europa y América, entre España y Nueva España. Destaquemos en particular que este contraste ayuda a resaltar un punto que el autor trata de manera repetida: la importancia de las imágenes surgidas de la naturaleza en el caso novohispano, muchas de ellas literalmente nacidas de los árboles. Mas existen también comparaciones entre diversos períodos: la obra se apoya también en una amplia serie de estudios etnográficos sobre el siglo XX, que le permiten al autor imaginar de nuevas formas la prácticas novohispanas, pero también discutir las largas continuidades que se plantean esos trabajos, como ya había hecho en otros momentos, por ejemplo en el tema de las cofradías y el sistema de cargos en un artículo ya clásico de 1985 junto con John K. Chance. La bibliografía le permite también al profesor Taylor discutir con amplitud el siempre complicado tema de la herencia prehispánica en las prácticas y creencias religiosas novohispanas. En este punto, si bien no deja de extrañarse una mirada más crítica de una bibliografía que en más de un caso aprovecha  crónicas y documentos coloniales como si fueran fuentes transparentes, se plantean consideraciones que sin duda resultarán fructíferas para la historiografía mexicanista.

En fin pues, es una obra ampliamente recomendable, que ojalá pronto esté disponible en español, y que además es propicia para la discusión (por ejemplo, valdría mucho la pena contrastarla con Les saints et les images du Mexique (XVIe-XVIIIe siècle) de Pierre Ragon), siempre en beneficio del conocimiento histórico.

Festem fugo, defunctos ploro: un apunte sobre las campanas de las Catedrales de México y Sevilla

CampanaEn otras ocasiones lo hemos mencionado en este mismo blog: en el siglo XVIII, cuando los obispos hablaban de campanas, se referían sin dudar a sus facultades sobre la naturaleza. Incluso en edictos de obispos reformadores como don Francisco Antonio Lorenzana, aparece claramente el uso de las campanas para ahuyentar tempestades. Los prelados de la época solían ofrecer dos tipos de explicación al respecto, por un lado una verdadera potencia sobrenatural, adquirida por las campanas gracias al ritual de bendición, o bien simplemente a la capacidad para convocar las oraciones de los fieles. Era común que las dos vías fueran citadas por los obispos, quienes además casi siempre parafraseaban las propias oraciones que aparecen en el Pontifical Romano. No vamos a detenernos ahora en dar ejemplos, conviene, en todo caso, recordar que este uso era ya entonces objeto de la crítica de los ilustrados, quienes incluso llegaron a acusarlas de tener el efecto contrario por razones físicas.

En ese contexto, ¿se usaban las campanas de las catedrales de México y Sevilla para combatir las tempestades? Vamos a tratar de responder remitiéndonos a documentos consultados en los archivos en el Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México (ACCM) y en el Archivo Histórico del Arzobispado de México (AHAM) para el primer caso, y en el Archivo General del Arzobispado de Sevilla (AGAS), para el segundo. Veamos primero la normativa, por antigüedad tendríamos que señalar en principio el “Orden del tañido de las campanas y oficio del campanero” que se redactó en 1633 para las de Sevilla. Y efectivamente, el orden incluye en sus “formas generales de otros tañidos extrañordinarios”  capítulos 4 y 5, los tañidos “a plegaria por alguna tempestad” y “a exorcismo o plegaria por tempestad, langosta u otras necesidades”. Tempestades, vientos, lluvias, temblores y plagas eran pues los cinco grandes males que las campanas de la Catedral hispalense conjuraban. En el caso de plegaria debían participar seis campanas con ciclos de nueve golpes, mientras que en el exorcismo se incluía además otros toques que no detallaré aquí. Orden en principio vigente aún en el siglo XVIII, es un bello ejemplo de la tradición de las campanas como instrumento protector.

En cambio, en la Metropolitana de México no hemos podido encontrar, hasta ahora, instrumento alguno que contemplase de manera formal este tipo de uso. No es que no hubiera existido en la capital novohispana, antes bien a principios del siglo XVII las del convento imperial de Santo Domingo de México habrían logrado detener una tempestad en tiempos de la inundación de la ciudad, o al menos según una crónica de la orden que data de mediados de esa centuria. Empero, ni siquiera el erudito José María Marroquí, quien en el siglo XIX fue particularmente minucioso en el tema de las campanas de la capital, registró incidente alguno de este carácter para la Catedral.

Hay que destacarlo, tampoco había un documento tan formal como el Orden sevillano de 1633. Hasta donde hemos podido averiguar, los principales documentos normativos eran el Diario manual elaborado en 1751, pero que no era exclusivo de las campanas, sino que incluía todas las ceremonias a las que estaba vinculado el Cabildo Catedral. Más específico pero también más tardío es el “Cuaderno de toque de campanas” que se conserva hoy en el archivo del arzobispado y tiene fecha de 1775. Ni uno ni otro documento hacen alusión específica al tema de los repiques por nublados o cualquier otro evento meteorológico, temblores o epidemias. El Diario manual, sin embargo, menciona las “rogativas de campanas” para acompañar las procesiones con reliquias o imágenes en particular para pedir por la lluvia. El “Cuaderno” se limita al caso de las procesiones de letanías mayores y menores, que también tenían carácter propiciatorio.

La GiraldaMás allá de los documentos normativos, en la segunda mitad del siglo XVIII hubo varias oportunidades para que las campanas de ambas catedrales hubieran sido usadas como recurso protector. En los autos capitulares de Cabildo pleno de la Patriarcal de Sevilla hemos recorrido sistemáticamente los años de 1744 a 1814. Curiosamente hemos encontrado más bien memoria de este uso que una práctica constante. Es cierto que en diciembre de 1750 los canónigos ordenaron que el campanero “toque a plegaria siempre que haya tormentas”. Sin embargo, en enero de 1778, cuando “fuertes huracanes e incesantes lluvias” azotaron Sevilla hasta el punto que se propuso que en las misas se incluyera la oración colecta correspondiente “para pedir serenidad” un canónigo alegó además que “era esta clase de temporal digna de alguna atención”, por lo cual, pidió se comisionara para dictamen la posibilidad de “la torre hacer en semejantes ocasiones la señal de plegaria que hace cuando hay tormentas”. Y en efecto, el asunto se turnó a la Diputación de Ceremonias, la cual tardó ocho meses casi precisos en responder, y lo hizo favorablemente, mas los canónigos respondieron que “ya no estaba en estilo tocar la plegaria con el expresado motivo de vientos”. De paso señalaron también que tampoco estaba en práctica “tocar a parto y a agonía”, que eran otros repiques que también aparecían en el Orden del tañido. A falta de costumbre, temían que “esta novedad podía causar en el pueblo alguna extrañeza y en el gobierno político algún reparo”, por lo que al final acordaron no hacer mayor novedad. De manera semejante, en abril de 1781, al preparar una rogativa contra una plaga de langostas, uno de los canónigos habría evocado que “la última vez que hubo la referida plaga se reconoció el patrocinio del señor San Fernando”, y lo más importante para nosotros: la plaga “se ahuyentó y levantó enteramente”, justo “al tiempo de los repiques”. Empero, esto indicó a los canónigos literalmente a qué santo encomendarse y no tanto el uso de las campanas.

Estos incidentes nos dejan ver que en realidad el uso protector de las campanas se estaba desgastando ya en la capital hispalense: existía el toque de rogativas, pero más bien acompañaba otros actos litúrgicos, en particular procesiones ya fuera por las naves o por las calles, y ya no se tocaba por casi ningún fenómeno meteorológico o desastre que no fuera efectivamente la tempestad. La ausencia explícita del toque por tormentas en los autos capitulares después de 1767 pareciera, o bien que no se necesitaba de la autoridad de los canónigos para que hacerlo sonar, o incluso que las campanas de la Giralda se iban dejando de usar para ello.

De manera semejante, en las actas de cabildo de la Catedral Metropolitana de México sólo hay menciones de rogativas de campanas, pero no propiamente como plegarias contra las tormentas sino acompañando otros actos litúrgicos en que imágenes y reliquias se movilizaban para afrontar epidemias, sequías e incluso guerras. En julio de 1762, las campanas tocaron a rogativa al paso de la procesión de la Virgen de los Remedios para pedir su intercesión en la guerra contra los ingleses. En 1768 y en 1776 hicieron lo propio con motivo de temblores, y en 1797 por la epidemia de viruela, acompañando las letanías en los primeros dos casos y en el último un novenario de misas con exposición eucarística. Si nos atenemos al Diario manual, también debieron haber sonado a rogativa acompañando la procesión con el cuerpo de San Primitivo para pedir por lluvias en 1776.

En ese sentido, también en la capital novohispana parecía que el uso estrictamente protector del toque de plegaria se había reducido. Todo ello contrasta con la reforma episcopal de esta época, que como ya adelantábamos hace mención de este uso de forma constante. Tomemos sólo como ejemplo los edictos del arzobispo Lorenzana en México en 1766 y en Toledo en 1782. En ambos claramente se dice: “Con su sonido huyen los malignos espíritus, no nos dañan las tempestades ni los rayos”, mas no hay medidas concretas que regulen este uso, las hubo apenas de manera muy puntual pero directa en México en 1791 en edicto del arzobispo Haro y Peralta insistiendo en que sólo debía hacerse bajo mandato de la mitra. Se diría que esta evocación del poder sobrenatural de las campanas era más bien una manera de contribuir a su sacralización y por tanto a insistir en la jursidcción episcopal.

En cambio, uno de los usos de las campanas que más se notan en las actas de cabildo y autos capitulares, era el doble por los difuntos. De nuevo es la Catedral de Sevilla la que nos ofrece el mejor ejemplo en términos normativos. En el “Orden del tañido de las campanas” se incluyen los dobles por el arzobispo de Sevilla, y por las más altas jerarquías de la Iglesia y la Monarquía: el rey, la reina, infantes y príncipes, cardenales y legados apostólicos en caso de morir en el territorio del arzobispado. La sección titulada Formas de dobles por difuntos, ya desde su título era elocuente al señalar que eran según las calidades de cada uno, es decir, según la posición en las jerarquías de la época. El capítulo que más nos interesa es el tercero, el doble por los prebendados. Había apartados específicos para cada nivel de la jerarquía de la Patriarcal, desde el deán, pasando por dignidades, canónigos, racioneros y medios racioneros, coadjutores, racioneros músicos, maestro de capilla, prebendados de otras iglesias y finalmente parientes: padres, madres y hermanos de prebendados.

DSC_0039En la práctica la jerarquía era mucho más clara, pues estaba relacionada con el número de campanas que doblaban, según una tabla fechada en 1768 y que se conserva en el archivo de la Catedral. Había dobles de seis, cinco, cuatro y tres campanas, entre los cuales estaban repartidas un total de 93 categorías, veintiuno en la primera, doce en la segunda, treinta y dos en la tercera y veintiocho en la cuarta.

Tan detallada reglamentación no implicaba que el doble fuera automático, desde luego era necesaria la notificación del deceso, pero además es claro que era un verdadero privilegio que la Giralda doblara por un fallecido en su entierro o en sus honras, de ahí que además el Cabildo pleno recibía solicitudes para obtenerlo al menos “de gracia”. Tan sólo entre 1769 y 1799 se recibieron 104 sólitos o memoriales de este tipo, es decir, tres o cuatro al año en promedio, pero de ellos, más de la mitad, 59 procedieron de tres corporaciones que en realidad no correspondían a ninguna de las categorías que entraban en la tabla: las archicofradías sacramental y de ánimas de la capilla del Sagrario y la hermandad de la capilla de las Doncellas. El Cabildo nunca permitió que se les incluyera en la tabla pero siempre respondió positivamente a su petición de un doble en cada una de las honras fúnebres anuales por los hermanos de las tres corporaciones. Algo semejante ocurre con las otras corporaciones clericales de la ciudad: aunque en la tabla sólo aparecía el capellán mayor de la Capilla Real, cuatro capellanes reales recibieron el doble, al igual que el abad de la Universidad de Beneficiados, que tampoco aparecía en ella.

Entre quienes se presentaron como particulares, el grupo más característico son los parientes de los prebendados. En el Orden del tañido y en tabla aparecen exclusivamente padres, abuelos y hermanos, pero de las diecisiete peticiones del período que he citado, once corresponden a otros parientes: cuatro sobrinas o sobrinos, tres cuñados, un padrastro, una media hermana, un tío y la esposa de un tío. En suma pues, el Cabildo de la Patriarcal si bien hacía notar su control de las campanas y llegó a negarlas incluso para las honras fúnebres del rey Carlos III que pretendieron organizar la Capilla Real y la Sociedad Médica, correspondía con cierta amplitud al deseo de los notables sevillanos de hacer escuchar el doble de la Giralda en los funerales de sus parientes.

La situación en la Metropolitana de México tenía matices distintos. En principio, porque sus campanas las compartía con la parroquia del Sagrario, y porque de nuevo no hay documentos normativos tan precisos, aunque tanto los Estatutos de 1585, el Diario manual de 1751 y “Cuaderno del toque de campanas” de 1775 incluyen algunas anotaciones sobre el tema, sobre todo por lo que hace a los toques llamados de vacante. Gracias a las actas de cabildo sabemos con detalle los toques dados por los Papas y por los reyes, datos que nos indican los máximos dobles posibles. Asimismo, las actas dan cuenta de que existía un “doble de Cabildo”, que podía usarse también para parientes del virrey y del arzobispo; de hecho, es gracias a ello que sabemos consistía en el doble solemne de todas las campanas durante tres cuartos de hora al mediodía, oraciones, al amanecer y antes de las ceremonias correspondientes. Este doble se usaba también en los entierros de canónigos de otras Catedrales que fallecían en la capital novohispana. Además, el Cabildo Catedral tenía una concordia establecida con la Real Audiencia de México y aprobada en real cédula de 1680 por la que se concedía, entre otros honores, un doble especial a los entierros de oidores, alcaldes, fiscales y alguacil mayor, propietarios, y a sus esposas, hijos, yernos y nueras.

Concordia de la discordia para los canónigos, que constantemente alegaban que había resultado muy pesada para ellos, la Real Audiencia tendía a leerla ampliando sus términos, mientras el Cabildo Catedral a reducirlos a lo literal. Destaquemos un caso muy concreto: en abril 1765, cuando falleció el corregidor de México, quien era además alcalde del crimen honorario, la Catedral terminó enterrándolo conforme a la concordia, pero sólo porque era además hermano y cuñado de dos canónigos. Uno de los capitulares no dejó de señalar el peligro de que “todos los demás señores capitulares han de querer que se haga lo mismo con sus parientes”, esto era tanto como indicar que, contrario a Sevilla, la Metropolitana de México no les concedía esos honores.

DSC_0038Fuera de esos casos, e incluyendo a los que se presentaron alegando la concordia pero suscitaron discusión, sólo he podido identificar catorce solicitudes de dobles de entierros. Tres fueron rechazadas de manera contundente: para los párrocos del Sagrario en 1750, para la esposa del exregente Manuel de Blaya en 1812, y para los hermanos de la congregación de Nuestra Señora de la Antigua en 1813. Sólo once notables capitalinos alcanzaron el doble de la Catedral en sus entierros: tres frailes, dos generales de la orden betlemítica y un obispo electo de Santa Cruz de la Sierra, los primeros beneficiados con doble de Cabildo y el último con doble de oidor; seglares fuero cuatro, dos mujeres, la Condesa de San Mateo de Valparaíso en 1804 y la esposa de Manuel Castillo Negrete, fiscal nombrado del Consejo de Indias en 1808; dos varones, el corregidor de la Ciudad de México que ya he mencionado en 1765 y el contador de diezmos de la Catedral en 1809, todos con doble de Cabildo. Además tres clérigos, los párrocos del Sagrario José Nicolás Larragoiti, con doble de segunda clase, y Juan Francisco Domínguez, prebendado electo, con doble de Cabildo, ambos en 1813, y el bachiller Juan Bautista Alcíbar en 1816, con doble de Cabildo, pero sólo en su entierro. En fin, un militar, el comandante realista Francisco Bringas, muerto en la batalla del Monte de las Cruces en 1810. A ellos habría que agregar dos honras fúnebres anuales, una a partir de 1768 por los caballeros militares, pagada por el gobierno virreinal, y otra desde 1794 por los sacerdotes difuntos de la capital, fundada como obra pía por el citado bachiller Alcíbar.

En suma pues, si los dobles de la catedral eran importantes en ambas ciudades, los canónigos de México estuvieron siempre menos dispuestos a distinguir con sus campanas la memoria de los notables, ni siquiera las de sus propios familiares. Era éste un honor que sólo podía alcanzarse por méritos notorios y no por el linaje. Este particular desbalance entre estas dos funciones de las campanas en estas dos catedrales del siglo XVIII, no puede sino hacernos pensar en la importancia, hoy diríamos más política que religiosa que terminaban teniendo estos “bronces sagrados”. Acaso importaban más para hacer escuchar la jerarquía clerical que para proteger al público.

Laicidades

7784257219_bruno-le-maire-nicolas-sarkozy-valery-giscard-d-estaing-claude-bartolone-manuel-valls-et-francois-hollande-a-notre-dame-de-paris-le-27-juilletA fines de julio de este año se celebró en la Catedral de Notre-Dame de París una misa en memoria del sacerdote católico Jacques Hamel, asesinado el 26 de ese mes por seguidores del Estado Islámico. A ella asistieron, como vemos en la foto, el presidente François Hollande, el primer ministro Manuel Valls, los presidentes de la Asamblea Nacional y del Senado, así como los expresidentes Valéry Giscard d’Estaing y Nicolas Sarkozy. Esto es, las más altas autoridades de la República Francesa, república laica, y donde los medios hablan con cierta frecuencia de la laicidad como un elemento practicamente identitario, parte fundamental de la “excepcionalidad francesa”.

Empero, en realidad no es cosa tan rara ver a las autoridades del Estado francés asistir a ceremonias religiosas. De hecho, la alcaldesa de París, Anne Hidalgo, asistió a la misa vespertina del 15 de noviembre de 2015 en esa misma catedral, en homenaje a las víctimas del atentado que tuvo lugar en esa ciudad unos días antes, durante la cual, por cierto, el gran órgano de la Catedral hizo sonar La Marsellesa en el ofertorio. En las exequias de otro clérigo querido de la sociedad francesa, el padre Pierre, en 2007, estuvieron presentes también los altos funcionarios, encabezados por el presidente Jacques Chirac. La Catedral de Notre-Dame no tiene el monopolio exclusivo, pues la Catedral de Saint-Louis-des-Invalides sirve asimismo de iglesia para los funerales de los senadores franceses, en el video de abajo podemos ver, por ejemplo, las de Philippe Séguin en 2010.


Evenement – Les Obsèques de Philippe Séguin aux… por publicsenat

En México, república laica conforme al artículo 40 de la constitución federal, tampoco ha sido del todo raro ver la presencia de autoridades civiles en ceremonias religiosas en nuestros días, pero se convierte en general en tema de controversias. Cabe aclarar un punto importante. Las asistencias que he tomado del caso francés, son todas de carácter oficial; es decir, son eventos que se marcan en la agenda de los funcionarios públicos, tanto socialistas como gaullistas, quienes en realidad no están ahí haciendo gala de su confesión religiosa particular, sino en su carácter de autoridad de la república. Se trata normalmente de ceremonias fúnebres, esto es, su presencia es para participar de los homenajes a personajes de cierta relevancia para la vida pública. Esta semana hemos tenido en México, en la ciudad de Xalapa en concreto, un caso semejante con el deceso del presbítero y doctor José Benigno Zilli. Filósofo ampliamente conocido y reconocido de la sociedad y del ámbito académico  xalapeños, fue tanto formador en el Seminario arquidiocesano como profesor en la Universidad Veracruzana, donde dirigió incluso la Facultad de Filosofía, según la información del propio sitio de internet de esa Casa de Estudios. A la misa de exequias que en la Catedral de Xalapa encabezó el arzobispo emérito Sergio Obeso Rivera (quien pronunció una emotiva homilía), asistieron tanto el gobernador electo, como la rectora de la Universidad, la Dra. Sara Ladrón de Guevara, como podemos ver en esta nota.

Aunque no es que haya una definición absolutamente consensuada de la laicidad, digamos de manera breve que se trata básicamente del principio de separación de lo religioso y lo político. Mas la laicidad declina de muchas formas, y por definición tiene límites. En este caso bien concreto, mientras existan asociaciones religiosas, habrá sin duda personalidades públicas que pertenezcan o que incluso sean ministros de culto en ellas, pero que al mismo tiempo se desempeñen en ámbitos públicos, en la academia como fue con el padre Zilli, o en la labor social, como fue en Francia el padre Pierre, a quien he mencionado más arriba, o en México incluso en actividades políticas, como sucede actualmente con el padre Solalinde. La civilización occidental ha tendido a organizarse a partir de elementos binarios entre los que tratamos de trazar fronteras más o menos estables y definidas, mas hay que reconocer que, aun con voluntad de respetarlas, cualquier esfuerzo de separación tiene algo de artificial en la medida en que son las mismas personas las que viven entre lo público y lo privado, lo político y lo religioso, etcétera. Más allá de que las instituciones públicas puedan entregar reconocimientos o hacer homenajes en vida y en un marco secular a esas personalidades que se sitúan en dos ámbitos distintos, en algún momento llega el caso de tratar de sus exequias. Por ello es que a lo largo de nuestra historia se ha ido desarrollando un cierto catálogo de homenajes laicos paralelos: desde ceremonias con asistencia de las autoridades públicas (como las que en México se realizan en escenarios como el Palacio de las Bellas Artes para los artistas, o los honores militares en el caso de miembros de las fuerzas armadas), hasta simples comunicados oficiales.

En fin, paradójicamente, si la autoridad pública renunciara por entero a participar en esas exequias, sería tanto como dejar el postrero homenaje a una personalidad pública, en manos únicamente de autoridades religiosas. A falta pues de enriquecer la liturgia laica fúnebre, acaso valdría la pena recuperar al menos una tradición también francesa –napoleónica en específico– en el sentido de enmarcar esa asistencia oficial a ceremonias religiosas en un protocolo que evite los gestos explícitos de sumisión, como el arrodillarse o tomar los sacramentos en el caso de una misa de exequias, incluso si se trata de personas de confesión católica.

El fanatismo y Agustín Rivera, una nota

En este año se ha cumplido el centenario de la muerte del Dr. Agustín Rivera y Sanromán. Para recordarlo, nada mejor que leer y analizar sus numerosos escritos. Rastrear en particular la presencia del concepto de fanatismo en sus textos, situándolos en el contexto de su obra e incluso de su vida, tiene cierto interés para comprender mejor su evolución como “escritor público”. De las 158 obras que hemos podido identificar de este autor, he revisado 83 buscando las formas léxicas fanatismo, fanático y fanáticos, que aparecen un total de 277 ocasiones. Así resulta esta primera gráfica de distribución de esas obras por año.

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Frecuencia absoluta de tres formas léxicas relacionadas con fanatismo en 81 obras de Rivera distribuidas por año

Desde luego ya resalta la concentración en dos obras principalmente, y su presencia además, en ciertos períodos, como la década de 1880, los últimos años de la siguiente y hacia 1910. Para una imagen de la presencia de este concepto en el conjunto de las obras y de la muestra que hemos construido, tenemos este otro gráfico, en el que hemos agrupado a las obras de Rivera por décadas, incluyendo el total de las publicadas en cada período, las revisadas aquí y las que incluyen los términos citados antes. Como se ve, en realidad es un asunto que interesó al autor sobre todo ya después de sus 60 años, entre 1887 y 1910.

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Número de obras en que aparecen los términos relacionados con el fanatismo en una muestra de obras de Agustín Rivera distribuida por décadas.

Pasemos a analizar los textos propiamente dichos. La gran figura de excepción en el tratamiento del fanatismo por Rivera es sin duda el Compendio de historia antigua de México del que he hablado antes. La repetición de estos términos es alta porque Rivera argumentaba que los aztecas, a causa de su “imaginación muy exaltada”, no habían sido tanto bárbaros cuanto fanáticos, sus sacrificios humanos de origen religioso eran la mejor prueba. Para confirmar esta caracterización, planteaba un “paralelo entre los sacrificios humanos de los aztecas y las hogueras de la Inquisición española”. Ese pasaje comenzaba con la acostumbrada ironía de nuestro autor: “Graciosos estaban los españoles en México cuando decían ‘¡Sacrificar a los hombres sacándoles el corazón! ¡Eso es horroroso! No: solamente quemémoslos’…”

imagen3No era un asunto menor, sino una manera de constatar la racionalidad de los aztecas, no menos que el carácter relativamente positivo de esa “religión primitiva adulterada”: en el fanatismo había “verdades luminosas” decía citando la Enciclopedia de Mellado. Para ilustrar su argumento presentó una serie de cuadros de fanáticos que incluían hasta a “sabios fanáticos” como Tertuliano, Orígenes, Pedro Abelardo y Felipe II.

En sus trabajos sucesivos el fanatismo va perdiendo ese carácter luminoso y se asocia con tres categorías de personajes: primero, con el ultramontanismo, es decir, el movimiento de renovación católica que rechazaba al liberalismo; segundo, con fundadores de otros movimientos religiosos; tercero, con los enemigos de la independencia y del partido liberal en México. En ese sentido iba el uso del término de la década de 1880: en Los dos estudiosos a lo rancio (1882) eran fanáticos los católicos ultramontanos opuestos a la enseñanza de los clásicos paganos; en La filosofía en Nueva España (1885) la nómina se ampliaba con Confucio, Buda, Zoroastro, Numa, Mahoma, Quetzalcóatl, Arrio, Lutero y Calvino; en los tres tomos de los Principios críticos del virreinato (1884, 1887 y 1888), es más severo con los aztecas (tomo I), mientras que sus héroes intelectuales hispánicos, Cervantes y Feijoo, se presentan como combatientes del fanatismo (tomo II), agregando finalmente a los jesuitas como fanáticos y a ciertos sectores de frailes y clérigos novohispanos (tomo III). Los Treinta sofismas de 1887 incluyeron en concreto a la lista a un jesuita, Mariano Vallarta, pero sobre todo, de manera sutil, al canónigo Agustín de la Rosa, con quien Rivera debatía en ese texto. En fin, los Anales de la época de la Reforma (1890), incluyen a los enemigos de la Constitución de 1857, bien que aparece la distinción entre conservadores y fanáticos. No dejó de sumar nombres a su lista, ahora ya contemporáneos del siglo XIX como el sacerdote español Félix Sardá.

imagen4Fue sin duda este último quien dio a Rivera la oportunidad de explayarse en esta materia. Sardá publicó un opúsculo titulado El liberalismo es pecado en 1884, cuya difusión en México motivó a nuestro autor a tomar la pluma para combatirlo. En las 79 menciones de los términos que antes citamos estamos ya por entero en las antípodas del Compendio de Historia antigua de México. Fanatismo se asocia al pasado, a la “plebe”, a la superstición, a la enemistad con el liberalismo y con el progreso, a la ceguera, a la ignorancia, y sobre todo al crimen. “Nada en el mundo ha causado tantos males como el fanatismo” llegó a escribir, utilizando ahora descalificaciones eclesiásticas y en femenino para citarlos, por ejemplo, “multitud de viejas y sacristanes”. Empero, advertía sobre su peligrosidad. Los clasificaba en “leones” y “zorras”, los primeros “groseros y tontos”, “de poca sal en la mollera”, pero en cambio los segundos, capaces de seducir aprovechando relaciones familiares y de amistad, y en particular, aprovechándose de la “vanidad” de las mujeres. Sin embargo, es importante decirlo, Rivera a esas alturas cuestionaba la autenticidad de la religión de los fanáticos, tan es así que el texto se termina con un lamento por la religión católica, por aquellos que trataban de sostenerla “con las armas, con el dinero, explotando los más vivos sentimientos de la naturaleza”, es decir, los de la familia. En suma, fanatismo es aquí, sobre todo, y me parece es la evolución más significativa de Rivera, un problema de la frontera entre lo político y lo religioso. Eran fanáticos quienes “con todos los medios de la política humana” confundían a la Iglesia con una institución profana.

Hubo al menos otras cuatro ocasiones importantes en que volvió sobre el fanatismo. Dos nos resultan ya muy familiares: Los pensadores de España (1899) y los Anales de la vida del padre de la patria (1910) continúan el camino abierto en la década de 1880, el de la denuncia del pasado virreinal y de los enemigos de la independencia. Los otros dos tienen todavía rasgos originales: en Los hijos de Jalisco (1897), Rivera ofreció a sus lectores, con la biografía del padre Rafael Herrera, un retrato del “carácter” de los fanáticos. Conviene destacarlo, el retrato de caracteres era una de las técnicas con las que Rivera esperaba educar a la sociedad a través de la lectura y la oratoria, favoreciendo la transformación del carácter y el temperamento del público, mediante las emociones suscitadas por los textos. En consecuencia, pintó un retrato satírico y ridículo de Herrera.

imagen5Poco más de una década más tarde, publicó los Recuerdos de mi capellanía de las capuchinas de Lagos (1908), marcados por el aire de balance de una vida ya larga, de más de ochenta años, que había mostrado ya en el folleto las Bodas de oro. En esa breve reflexión autobiográfica Rivera le da sentido a sus sesenta años de escritor público insinuando que fueron un constante combate contra el fanatismo, dejando por completo en el olvido la luminosidad que le había dado en los años 1870, y olvidando también que no había sido tan constante, pero confirmando su lado elitista: “Desde mi juventud me ha agradado mucho este pensamiento de Hardouin que leí en César Cantú: Me levanto todos los dias al amanecer, ¿acaso para pensar como el vulgo?”  En fin pues, consecuencia de su visión teológica harto tradicional de la naturaleza humana, el combate contra el fanatismo que lo unía a los partidarios de la modernidad, se diría que había llegado a dominar tanto su visión de la sociedad, como la de su propia vida.

Unas honras de gala por el conquistador

DSCF4156El ceremonial católico no era un asunto privado en el Antiguo Régimen, sino también el ceremonial por excelencia de la monarquía católica. Por ello servía también para honrar, de manera “oficial” digamos, la memoria de los reyes, la familia real y los que eran considerados los grandes hombres que habían servido a la Corona y a la causa del público. No existían, como en nuestros días, ceremonias civiles fúnebres, como las que hoy vemos celebrar a las fuerzas armadas en honor de sus caídos, o las que el mundo de la cultura rinde a los suyos en escenarios como el Palacio de Bellas Artes. De ahí que no sea extraño que el 8 de noviembre de 1794 el Cabildo Catedral Metropolitano de México celebrara unas honras fúnebres, con misa y sermón al menos, por el alma de Hernán Cortés, el conquistador de México, motivadas ante todo por haber sido “virrey de este reino”.

Nacionalismo de por medio, para algunos puede sonar escandaloso recordar siquiera una ceremonia semejante; conservadurismo de por medio, puede en cambio sonar a una idea que debiera rescatarse. No es esa la intención aquí, sino servirnos de la nota que el secretario del Cabildo Catedral asentó en el libro de actas para recordar que, paradójicamente, esas ocasiones solemnes por la memoria de un difunto, podían servirle a esa corporación clerical para lucir su jerarquía. Justo por ello, porque era una celebración que podía repetirse después y podía suscitarse alguna contestación de las otras corporaciones de la ciudad, y no porque quisiera dejar a la posteridad un recuerdo erudito, el secretario detalló los elementos que formaron el ritual.

DSC_0034Las campanas de la Catedral doblaron desde la víspera, por el conquistador, cierto, pero también recordando en su ejercicio mismo que no era algo que hicieran por cualquiera: como mucho y a regañadientes, por los oidores de la Real Audiencia y sus esposas, ni siquiera por el clero del Sagrario Metropolitano. Se llevaron al hospital de Jesús las sillas de los canónigos, símbolo fundamental de su autoridad, así como algunos de sus ornamentos más preciosos, lo que es un detalle menor, en una sociedad en que la apariencia era decisiva para la identidad de las personas y su jerarquía. Mas había que dejar constancia también de aquello que los canónigos no hicieron y que luego hubiera podido exigírseles, en este caso, el sermón, que predicó un dominico, el padre Mier. Última paradoja para nosotros, que sabemos la trayectoria posterior de dicho fraile, pero eso es motivo de otro artículo.

Muy brevemente ya, aquí la nota tal cual aparece en las actas capitulares.

 

Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México, Actas de Cabildo, libro 58, fs. 147-147v.

Consecuente a lo resuelto en Cabildo de 7 del próximo pasado octubre sobre que este verable Cabildo se ofreciera a celebrar las honras del excelentísimo señor conquistador D. Fernando Cortés en la iglesia del hospital de Jesús Nazareno, la cual oferta fue aceptada gustosa y agradecidamente por el señor gobernador del Estado y Marquesado del Valle, las cuales honras de facto se celebraron el día ocho del corriente mes de noviembre, para lo cual se dobló de Cabildo en esta Santa Iglesia la víspera a las doce y a la oración, y el día a las cinco y media y durante la misa y el responso. La víspera se llevaron las sillas de este Venerable Cabildo, que se pusieron en el presbiterio y se llevó el ornamento rico hecho en Toledo para la misa, con los demás utensilios necesarios al sacrificio. El día se entró en coro a las ocho y media y finalizada la misa y la sexta se fueron los señores capitulares en lo privado y particular a Jesús Nazareno, en donde se vistieron en la sacristía de roquetes, capas y capuces de duelo, y así salieron a ocupar sus sillas al presbiterio durante la misa, sermón y reponso. Cantó la misa y el responso el señor tesorero Dr. D. José Ruiz de Conejares, fueron ministros los señores Madrid y Guevara, y predicó el padre lector Mier del orden de Santo Domingo. Asistió a esta función el excelentísimo señor virrey Marqués de Branciforte, la Real Audiencia y tribunales; ofició la capilla de esta Santa Iglesia con música muy particular; no se ganó el coro con la asistencia a las honras. Y por que conste, de mandato del señor deán, asiento esta razón que firmó S.S. por ante mí en el mismo día ocho de noviembre de mil setecientos noventa y cuatro.

El Deán

Una reforma de cofradías episcopal: el arzobispo Haro y Peralta

Retrato del arzobispo Alonso Núñez de Haro, virrey de Nueva España. Museo Nacional de Historia Castillo de Chapultepec.

En esta oportunidad continúo presentando aquí algunos documentos de la reforma de cofradías novohispana, pero ahora ya no de la reforma civil, sino de las reformas episcopales. En efecto, también las hubo, a veces vinculadas a la primera, otras en franca oposición, más bien soslayadas por la historiografía, con ciertas excepciones. Entre los obispos que se distinguieron al respecto sin duda hay que comenzar destacando al arzobispo Alonso Núñez de Haro y Peralta. Su pontificado fue largo, desde 1772 hasta 1800, llegó también a ser virrey de Nueva España entre mayo y agosto de 1787.

El arzobispo Haro se distinguió por ser uno de los prelados que aceptó e incluso impulsó la reforma civil, pero que al mismo tiempo realizó la suya a través de sus visitas pastorales. Así lo explica en este informe que corresponde al expediente particular de la cofradía sacramental de Teotihuacán. Su reforma fue autoritaria en apariencia, pues como él mismo narra en este informe, se dedicó a suprimir cofradías basado en ciertos criterios (falta de licencias, falta de bienes, conflictos internos), pero con el matiz de que no las eliminaba del todo, sino que las integraba a otras. Ya se cita aquí el informe que se le había pedido con motivo de la reforma general, ya bien conocido y analizado por varios historiadores, pero que no entregó sino cuando el expediente general ya había sido cerrado. En él se nota que además aprovechaba la ambigüedad de los términos cofradía y hermandad, manteniendo una importante participación en ellas. Sin él, empero, difícilmente hubiera habido cofradías que efectivamente acudieran al Consejo de Indias en Madrid para reformarse, mas paradójicamente, no es que hubiera renunciado a ejercer jurisdicción sobre ellas.

Su mirada sobre las cofradías resulta interesante también por su optimismo: las describe como voluntarias, no gravosas sino útiles, con lo que descalificaba implícitamente los negativos argumentos de los reformadores civiles. Dejo pues al lector con este testimonio de un prelado regalista, reformador, pero también celoso de su autoridad.

 

Informe del arzobispo de México, 20 de mayo de 1780. Archivo General de Indias, México, leg. 2664

Señor

Cumpliendo puntualmente con el encargo que Vuestra Majestad se digna hacerme por su real despacho de 11 de julio último para que informe lo que se me ofreciere y pareciere sobre la erección de la cofradía del Santísimo y Ánimas Benditas del pueblo de San Juan Teotihuacán, y la aprobación que se solicita de sus constituciones, con el mayor respeto digo: que todo lo representado a Vuestra Majestad por parte del rector, diputados y demás oficiales de dicha cofradía es cierto, pues con ocasión de advertir en la visita general de este arzobispado, que ya está hecha de ciento y cuarenta curatos que apenas hay cofradía que esté erigida conforme a la ley de Indias, se ha mandado en los autos de las visitas de todas desde el año de 1776, lo mismo que en el de ésta, señaladamente que dentro de dos años acudan los oficiales de ellas a solicitar la real licencia y aprobación de Vuestra Majestad apercibiéndoles con la pena de suspensión del uso y ejercicio de sus constituciones en caso de no hacerlo, y mandando que los curas me den cuenta para proveer lo conducente.

Las constituciones de esta cofradía (de que con la más profunda veneración presento a Vuestra Majestad testimonio autorizado) por ser tan antiguas, no están tan expresivas y formales como las modernas. En éstas, regularmente se dispone que los cofrades den al tiempo del asiento ocho, cuatro o dos reales, y cada semana un medio real de jornalillo, y la cofradía se obliga a dar a cada uno, cuando fallece, veinte y cinco o más pesos para entierro y mortaja, lo que cumple puntualmente si los cofrades lo han hecho, y si no, no se les molesta ni se toma providencia alguna, porque todo es voluntario y nada gravoso.

El modo regular con que hasta dicho año de 1776 se han erigido las cofradías ha sido juntarse el cura con sus principales feligreses españoles, o indios o de castas formar las reglas o constituciones en que se contienen lo que queda referido, y que se digan tantas misas por la limosna que tasan, o conforme al arancel, las que se aplican por los cofrades vivos y difuntos; que se hagan tales fiestas; que haya junta anual que llaman cabildo, en que el mayordomo da cuentas a la mesa, que se compone del juez eclesiástico que la preside, del rector, mayordomo y diputados que se nombran oficiales, las que aprueba dicho juez de consentimiento de la mesa en los curatos de fuera de México, y en esta corte los provisores, que presiden las juntas y se hace la elección de los referidos oficiales. Estas constituciones las remitían los oficiales al ordinario solicitando su aprobación, la que lograban regularmente, conformándose con lo que pedía el promotor. Pero desde dicho año se ha mandado que no usen de ellas hasta lograr la real licencia y aprobación Vuestra Majestad.

Algunas cofradías tienen principales impuestos a su favor y con sus réditos se costean los gastos que tienen de cera, fiestas y la limosna de las misas, en otras se permite que pidan limosna los cofrades por sólo su respectivo curato para ayuda de dichos gastos, de las que también da cuenta el mayordomo a la mesa, y de su distribución. Y otras tienen ganados, cuyos productos invierten en los enunciados gastos, de manera que las cofradías no son gravosas al público y todas sus funciones son dirigidas al mayor culto divino y beneficio espiritual de los feligreses.

En la visita he cuidado de extinguir todas las que se llaman hermandades y son las que se han intentado erigir sin licencia real ni autoridad ordinaria. He aplicado sus bienes, principales y alhajas a otras cofradías, con la carga de hacer las fiestas y mandar decir las misas que se acostumbraba en aquellas, hasta donde alcanzaren sus productos, o las he dejado en calidad de pura devoción u obra pía, mandando que los curas nombren mayordomos que les den cuentas anuales de cargo y data, y que cumplidas las cargas que tienen se aplique el resto a las fábricas parroquiales. Asimismo he extinguido muchas cofradías que, o por no tener principales ni ganados, o porque se disipaban los que las pertenecían, eran gravosas al público, o porque en su gobierno no se observaba la fraternidad debida, cuidando siempre y también mis dignos antecesores de prohibir que se hagan gastos superfluos y de mandar que los productos se empleen en las cargas de su institución y que los sobrantes se apliquen a beneficio de dichas fábricas parroquiales.

Por encargo de este superior gobierno estoy trabajando un informe sobre todas las cofradías de este arzobispado, y en él expondré mi dictamen acerca de cada una de ellas y las que me parece que deben subsistir y cuáles son dignas de extinguirse. Este informe demanda mucho trabajo y tiempo, y en tanto que le concluyo juzgo conveniente que subsista la cofradía de San Juan Teotihuacán y que Su Majestad se digne aprobar sus constituciones, y las de las demás cofradías que yo crea deben subsistir, porque son útiles a las parroquias y a los mismos cofrades, como dejo indicado. Sus constituciones no contienen cosa opuesta a las regalías de Vuestra Majestad y en las juntas anuales que celebran los cofrades suelen verificarse en parte el espíritu de vuestra ley real de Indias, porque asisten a muchas los corregidores, alcaldes mayores y demás justicias del partido, en calidad de oficiales de mesa.

Pero considerando lo difícil que es el recurso a Vuestra Majestad para solicitar la real aprobación de las constituciones de las cofradías que están erigidas en la forma dicha, especialmente siendo indios los oficiales de mesa, como lo son de muchas, y atendiendo a los costos necesarios que aquel prepara, y a que si se les obliga a ello se arruinarán las más de las cofradías, me parecía que se ocurriría a todo con que Vuestra Majestad se dignare, siendo de su soberana aprobación, dar facultad a vuestro virrey de este reino para que en su real nombre aprobase las constituciones o estatutos de todas las cofradías que están ya erigidas, y que para las que se hayan de fundar en lo sucesivo se observe puntualmente lo dispuesto por la citada ley, o lo que fuere del real agrado de Vuestra Majestad.

Nuestro Señor guarde a Vuestra Majestad los muchos años que le pido y necesita el Estado. México, 20 de mayo de 1780.

Señor,

Alonso, Arzobispo de México

Un canónigo sin familia

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Cabecera de la Sala Capitular de la Catedral de Sevilla, estado actual.

Hacer historia de la imagen del clero del siglo XVIII permite constatar las dificultades que entonces seguía teniendo implantar, incluso entre los propios sacerdotes, la idea de la dignidad clerical. Ya van varios artículos de este blog dedicados al tema, en los que he tratado de resaltar el aspecto más visible de esa dignidad: la vestimenta y la tonsura. Lo mismo en obras de disciplina eclesiástica como la del cardenal Lambertini (quien llegara a Papa con el nombre de Benedicto XIV), que en medidas concretas tomadas a través de edictos, tanto episcopales como de cabildos sedevacante, es un tema que se repite en varias ocasiones a lo largo del siglo. Desde luego, nunca deja de estar asociado a otros aspectos de su conducta: quienes  abandonaban el color negro, el traje modesto y de preferencia talar y el cuello romano, se les acusaba de preferir las capas y los sombreros ostentosos, y en consecuencia, las diversiones profanas, como el baile y el juego. Es por ello que también han aparecido en este blog ejemplos de clérigos profanos, como Ramón Cardeña y Gallardo, capellán de honor honorario del rey Carlos IV y canónigo de gracia de Guadalajara, ya de principios del siglo XIX.

Ahora bien, podría pensarse que se trata de un problema americano, por lo que conviene citar también ejemplos peninsulares. En concreto me interesa referir aquí muy brevemente un caso que, si bien todavía no he podido conocer en todos sus detalles, corresponde muy bien con esta problemática, el de don Juan Neve, canónigo de la Catedral de Sevilla en la década de 1760. Aunque el apellido que llevaba ya deja la impresión de que se tratara de un hombre de rancio abolengo, en realidad la descripción que de él nos han dejado las actas del cabildo pleno sevillano (que por ahora son mi única fuente), contrasta bien con el elitista –o arribista, según se vea– Cardeña, a quien se relaciona más bien con los notables de México y Madrid. Para decirlo directamente, el retrato que tenemos es el de un personaje no sólo pobre en lo económico sino también culturalmente. Había llegado a una prebenda de ese cuerpo de clérigos tan preocupados siempre por las buenas maneras, las ceremonias y en general la “civilidad”, como eran los canónigos entonces, sin compartir por completo esa cultura casi cortesana.

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La Giralda, torre de la Catedral de Sevilla, estado actual.

Es bien cierto que al recorrer los autos capitulares si algo se nota es que los propios canónigos todavía eran muy dispares en su conducta. Con cierta frecuencia, sobre todo en los llamados “cabildos espirituales”, era necesario llamar la atención a los propios “señores” en el sentido de que guardaran silencio en el coro, se mantuvieran en su lugar correspondiente en las procesiones, y guardaran el orden al tomar la palabra en los cabildos. El 20 de junio de 1766, Neve justo se hizo notar por su conducta en la sala capitular, pues intervenía “atropellando y atravesando los votos de otros”, e incluso llegaba a la violencia verbal profiriendo “amenazas en todas ocasiones y sin reserva de personas” (Archivo de la Catedral de Sevilla, Secretaría, leg. 7180, fs. 108v-109). A tal punto llegó en esa reunión, que se le pidió retirarse para tratar directamente sobre su comportamiento. Mas para los canónigos, así como el traje implicaba de inmediato el resto de la conducta de los clérigos, los excesos verbales de Neve los llevaron pronto a su vestimenta y luego a su régimen de vida en general.

En efecto, en primer lugar se destacaba su “porte irregular” o “porte indecente”, que era un atentado “al honor de la sobrepelliz que viste”, aquí ya no por excesos de vanidad sino por falta de limpieza y dignidad. En el cabildo de 27 de junio (Archivo de la Catedral de Sevilla, Secretaría, leg. 7180, fs. 113v-114) se trató el caso por extenso, luego de vencer la resistencia del propio Neve a salir de la sala para seguir discutiendo su caso. El porte, decíamos, llevó a su régimen de vida: “no teniendo casa en que viva ni familia que le asista”; si lo primero era más bien exageración retórica, en todo caso era un vecino cuya casa “no la tiene poblada”, contrario a lo que era propio de un hombre de honor en la época, el típico “vecino de casa poblada”. Vivía solo pues, y por tanto se le veía en las calles de la capital hispalense “andando siempre solo y sin aquel acompañamiento que autoriza y distingue a las personas de su honor y carácter”. Destaquemos esto, los canónigos implicaban aquí que sus familias, es decir, los consaguíneos o no que vivían bajo su mismo techo, estaban ahí ante todo para brindarles “asistencia” y “acompañamiento”. Eran de alguna forma un elemento que reforzaba su carácter de élite, lo que hoy en día puede parecernos al menos extraño, más en estos días en que justo se discute en México la definición de la familia. No sabemos con precisión cómo se formaba la de los canónigos sevillanos, aunque de nuevo los reproches a Neve insisten en la importancia del servicio y atenciones domésticas. Tan no había familia que le asistiera en su casa que terminaba “quedándose a comer en la Iglesia”, así como “metiéndose para el fin de afeitarse en las barberías”, y lo que era  peor, “limpiando por su persona” su caballo.

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Puerta del patio de los Naranjos de la Catedral de Sevilla, estado actual.

El desbocado y solitario canónigo además faltaba a la dignidad también por su traje, ya decíamos, aunque la descripción de éste terminó ocupando un lugar casi secundario respecto a lo demás. No sólo se presentaba con “aquel fetor que acompaña a los lacayos” (por aquello de bañar a su caballo), sino que además usaba “una casaquilla de montar casi de color bajo de la sotana pero visible”. Por todas estas faltas, pero sobre todo por las acusaciones que lanzaba en los cabildos, terminó siendo arrestado el propio 27 de junio de 1766, primero en la sala capitular y, luego de que el Cabildo recibiera el respaldo arzobispal, fue trasladado a la sala de pruebas de música (Archivo de la Catedral de Sevilla, Secretaría, leg. 7180, fs. 119-120). Fuertes deben haber sido sus expresiones como para que el día 11 de julio los canónigos siguieran confirmando su arresto por 24 votos contra 4 que promovían su libertad. Sin duda, profundizar en su expediente nos permitirá conocer más a detalle tanto su vida sin familia como las faltas que cometió, por ahora debemos terminar citando algunos incidentes finales. La noche del 14 de julio de 1766 se fugó de la Catedral “en chupa” (es decir, de nuevo sin preocuparse por su porte clerical) aprovechando que encontró abierta la puerta del patio de los Naranjos, adonde había convencido a su custodio de que lo acompañara “con el pretexto de tomar el fresco” ya desde hacía varias noches (Archivo de la Catedral de Sevilla, Secretaría, leg. 7180, fs. 128v-129). Imploró el perdón de los canónigos el 26 de septiembre y se le levantó el arresto por fin el 1o de octubre (Archivo de la Catedral de Sevilla, Secretaría, leg. 7180, fs. 176v-177, 179v y 182v), aunque no sabemos si con ello terminó este caso o si recurrió a algún magistrado de la Corona.

Sea de una forma o de otra, el caso de Neve, ayuda a considerar algunos otros puntos dentro del honor clerical del siglo XVIII, especialmente oportunos en nuestros días. Acaso no sobra constatar que los canónigos de entonces no pensaban exactamente en términos de un modelo de familia natural.