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Unas honras de gala por el conquistador

DSCF4156El ceremonial católico no era un asunto privado en el Antiguo Régimen, sino también el ceremonial por excelencia de la monarquía católica. Por ello servía también para honrar, de manera “oficial” digamos, la memoria de los reyes, la familia real y los que eran considerados los grandes hombres que habían servido a la Corona y a la causa del público. No existían, como en nuestros días, ceremonias civiles fúnebres, como las que hoy vemos celebrar a las fuerzas armadas en honor de sus caídos, o las que el mundo de la cultura rinde a los suyos en escenarios como el Palacio de Bellas Artes. De ahí que no sea extraño que el 8 de noviembre de 1794 el Cabildo Catedral Metropolitano de México celebrara unas honras fúnebres, con misa y sermón al menos, por el alma de Hernán Cortés, el conquistador de México, motivadas ante todo por haber sido “virrey de este reino”.

Nacionalismo de por medio, para algunos puede sonar escandaloso recordar siquiera una ceremonia semejante; conservadurismo de por medio, puede en cambio sonar a una idea que debiera rescatarse. No es esa la intención aquí, sino servirnos de la nota que el secretario del Cabildo Catedral asentó en el libro de actas para recordar que, paradójicamente, esas ocasiones solemnes por la memoria de un difunto, podían servirle a esa corporación clerical para lucir su jerarquía. Justo por ello, porque era una celebración que podía repetirse después y podía suscitarse alguna contestación de las otras corporaciones de la ciudad, y no porque quisiera dejar a la posteridad un recuerdo erudito, el secretario detalló los elementos que formaron el ritual.

DSC_0034Las campanas de la Catedral doblaron desde la víspera, por el conquistador, cierto, pero también recordando en su ejercicio mismo que no era algo que hicieran por cualquiera: como mucho y a regañadientes, por los oidores de la Real Audiencia y sus esposas, ni siquiera por el clero del Sagrario Metropolitano. Se llevaron al hospital de Jesús las sillas de los canónigos, símbolo fundamental de su autoridad, así como algunos de sus ornamentos más preciosos, lo que es un detalle menor, en una sociedad en que la apariencia era decisiva para la identidad de las personas y su jerarquía. Mas había que dejar constancia también de aquello que los canónigos no hicieron y que luego hubiera podido exigírseles, en este caso, el sermón, que predicó un dominico, el padre Mier. Última paradoja para nosotros, que sabemos la trayectoria posterior de dicho fraile, pero eso es motivo de otro artículo.

Muy brevemente ya, aquí la nota tal cual aparece en las actas capitulares.

 

Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México, Actas de Cabildo, libro 58, fs. 147-147v.

Consecuente a lo resuelto en Cabildo de 7 del próximo pasado octubre sobre que este verable Cabildo se ofreciera a celebrar las honras del excelentísimo señor conquistador D. Fernando Cortés en la iglesia del hospital de Jesús Nazareno, la cual oferta fue aceptada gustosa y agradecidamente por el señor gobernador del Estado y Marquesado del Valle, las cuales honras de facto se celebraron el día ocho del corriente mes de noviembre, para lo cual se dobló de Cabildo en esta Santa Iglesia la víspera a las doce y a la oración, y el día a las cinco y media y durante la misa y el responso. La víspera se llevaron las sillas de este Venerable Cabildo, que se pusieron en el presbiterio y se llevó el ornamento rico hecho en Toledo para la misa, con los demás utensilios necesarios al sacrificio. El día se entró en coro a las ocho y media y finalizada la misa y la sexta se fueron los señores capitulares en lo privado y particular a Jesús Nazareno, en donde se vistieron en la sacristía de roquetes, capas y capuces de duelo, y así salieron a ocupar sus sillas al presbiterio durante la misa, sermón y reponso. Cantó la misa y el responso el señor tesorero Dr. D. José Ruiz de Conejares, fueron ministros los señores Madrid y Guevara, y predicó el padre lector Mier del orden de Santo Domingo. Asistió a esta función el excelentísimo señor virrey Marqués de Branciforte, la Real Audiencia y tribunales; ofició la capilla de esta Santa Iglesia con música muy particular; no se ganó el coro con la asistencia a las honras. Y por que conste, de mandato del señor deán, asiento esta razón que firmó S.S. por ante mí en el mismo día ocho de noviembre de mil setecientos noventa y cuatro.

El Deán

Emociones religiosas y políticas

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Antiguo Colegio Apostólico de San José de Gracia de Orizaba.

“… siguen maquinando hasta que el gobierno, desesperado de la ineficacia de los medios suaves, tome el de una expulsión clamorosa. Esto es lo que ellos quieren, ¿y para qué? Para que en aquel lance presenten el espectáculo bien premeditado de salir en comunidad al toque de campana, en presencia del pueblo que, enternecido y conmovido, romperá en una demagogia…”

Vicente de Segura, jefe político de Orizaba, al gobernador de Veracruz, 31 de enero de 1827. AGN, Justicia Eclesiástica, vol. 78, fs. 4-6.

En el siglo XIX, uno de los temas de conflicto entre la Iglesia y el Estado era el manejo de las emociones. El informe confidencial del jefe político orizabeño que acabamos de citar, y que por su riqueza hemos utilizado ya en muchas otras ocasiones en este espacio y en otros, nos ilustra bien el conflicto. El representante del gobierno del Estado de Veracruz desconfiaba, sino es que directamente temía, la capacidad de los religiosos franciscanos del Colegio Apostólico de San José de Gracia de esa entonces villa, para emocionar (“enternecer y conmover”) al pueblo. No le faltaba razón. Misioneros formados en la tradición de la Reforma católica, los josefinos disponían de amplios recursos para generar emociones en los fieles. Segura describió algunos de ellos en su informe calificándolos de “maniobras cómicas”: “un hachón encendido bajo el brazo desnudo, un lienzo de la pintura de un condenado, una saetilla sonante con campanilla”. En efecto, usaban de numerosos recursos teatrales en sus misiones, y en particular, en sus sermones: la calavera en el sermón de la muerte, la estampa del diablo en el sermón del infierno; cierto, los versos, breves y con mensajes contundentes, las saetillas, cantados durante las procesiones de inicio de las misiones, en las que aprovechaban además la oscuridad nocturna para darles mayor efecto. Toda esa predicación teatral, barroca, había estado efectivamente encaminada a emocionar a los fieles para generar en ellos el miedo a la condenación infernal, el arrepentimiento de los pecados que los aproximara a la confesión (objetivo final de esos misioneros), la contrición pues, imperfecta o perfecta. Además, tenía razón también por ese lado el funcionario, con su retórica y sus recursos teatrales, los misioneros podían generar arrebatos emotivos en la multitud: una misión que predicaron en la villa de Córdoba en 1824 culminó con una espontánea “hoguera de las vanidades”. Por “aquellos transportes arrebatados que comunica la gracia”, según los términos del vicario del Colegio, los fieles arrojaron a las llamas lo mismo instrumentos musicales que vestidos, en los que veían verdaderos instrumentos de sus pecados (AGN, Justicia Eclesiástica, vol. 30, fs. 373-375).

Fabre - Lucien Bonaparte.jpgEn las monarquías católicas del siglo XVIII, es cierto que esas misiones habían tenido un sentido no sólo religioso, sino también político. Louis Châtellier lo señalaba, entonces eran “un instrumento entre otros muchos utilizado por el príncipe para controlar a la población” (La religión de los pobres. Europa en los siglos XVI-XIX y la formación del catolicismo moderno, 2002, p. 130). Al momento de las revoluciones políticas de principios del siglo XIX, no faltaron intentos para seguir aprovechando lo religioso a favor de lo político. Tal era uno de los motivos por los que en el siglo XIX se hablaba con frecuencia de la importancia del culto. En 1826, circuló por ejemplo en la prensa mexicana oficial de la Ciudad de México (El Correo de la Federación) y en los estados (al menos en El Oriente de Xalapa), el discurso de Lucien Bonaparte, a quien vemos en la imagen, sobre el establecimiento de la legislación de los cultos reconocidos en Francia. Decía el hermano del futuro emperador de los franceses: “No hay un pueblo a quien pueda convenir una religión abstracta: los signos, las ceremonias, lo maravilloso, son el pábulo indispensable de la imaginación y del corazón; el legislador religioso no puede dominar las almas y las voluntades, si no les inspira aquella adoración respetuosa y profunda que nace de las cosas misteriosas.” Y más todavía, era por ello que “los cultos son útiles y aun necesarios en un Estado” (El Oriente, núm. 780, 14 de noviembre de 1826, pp. 3231-3232). La religión era útil (no únicamente desde luego) en buena medida como vínculo emotivo de los nacientes Estados nacionales, papel que fue incluso aceptado por diversos clérigos. De ahí la importancia de analizar la “liturgia ciudadana”, como la ha denominado Brian Connaughton, la participación de las autoridades y de la nación misma en las ceremonias eclesiásticas, no sólo (aunque también) en las cortesías y precedencias, sino incluso a veces alterando las indicaciones de los libros litúrgicos, como ocurría en México con la entrega de la llave del depósito eucarístico del Jueves Santo a las autoridades civiles, entendida como símbolo del Patronato nacional.

Le PanthéonMas no es menos cierto que también en el siglo XIX comenzaron a elaborarse nuevas formas de emotividad propiamente políticas, aunque en general no del todo alejadas de la tradicional emotividad religiosa. Antes bien, si antaño lo religioso tenía su lado político, hogaño podría decirse que lo político tiene su lado religioso, sagrado incluso en algunos casos, ante todo a través de los diversos tipos de fiesta política y de toda la parafernalia del patriotismo. El romanticismo y su exaltación de los sentimientos contribuyeron también a darle forma a esas nuevas liturgias emotivas, cuya herencia seguimos viendo hoy, e incluso ha dado motivo de controversias en la opinión pública. Mencionemos sólo dos ejemplos fundamentales, primero, la cultura de las reliquias. Fue en el siglo XIX cuando tuvo lugar una auténtica revolución en el tema del culto de los muertos, con la aparición de las tumbas individuales, de los cementerios fuera de las iglesias, y la exaltación de esos instrumentos para conservar la memoria: la conservación de los cuerpos, la renovación de los monumentos, de las ceremonias y de los discursos fúnebres, y un amplio etcétera. El siglo XIX fue un siglo de emotividad macabra: “fiesta de las lágrimas cuya fuerza pedagógica brota de la ostensión de las llagas y de la exposición del cadáver” decía Alain Corbin sobre la fiesta política fúnebre. Si antaño el Cristianismo construyo su sacralidad sobre las reliquias de los santos, el patriotismo moderno hizo lo propio con la del Estado nacional sobre los restos de héroes nacionales, los cuales pueden lo mismo reunir a la nación o hacerse parte de las divisiones políticas: el incidente del entierro del general Lamarque en 1832, cuya memoria mantiene la obra de Victor Hugo, que se actualiza ahora en versiones fílmicas, es tal vez el ejemplo más célebre. La “demagogia” no estalló por incitación del clero, sino por la ceremonia religiosa fúnebre de un militar liberal.

Siguiendo el ejemplo francés de la secularización de la antigua iglesia de Santa Genoveva como Panteón nacional, numerosos estados modernos tienen el suyo. En la Ciudad de México es el papel que ha desempeñado, desde su fundación en 1872 la actual Rotonda de las Personas Ilustres del Panteón civil de Dolores. El escándalo que causó en la opinión pública su “profanación” con una fiesta en julio de 2014 es buena muestra de que esa sacralidad política no se ha perdido del todo, aunque curiosamente se conserva en particular más del lado de la izquierda del espectro político.

Algo semejante puede decirse, ya para terminar, sobre los himnos. Creaciones del romanticismo y del liberalismo del siglo XIX, nacionales en principio, pero también los hay que se identifican con la contestación política, su virtud principal no ha dejado de ser la emotividad. Hasta hoy seguimos entonando no sólo nuestro himno nacional incluso en las manifestaciones que contestan a una autoridad, oponiendo así nación y gobierno, sino también otros himnos que en ese siglo se identificaron con las causas políticas liberales, aun si no era necesariamente la intención de sus autores. En uno y otro caso, la emoción puede desbordarse al terminar la interpretación. Bástenos citar, para no hacer escuchar al lector “las notas marciales de nuestro himno nacional” (como solía rezar el cliché de todo acto cívico), el caso del Va pensiero. Así es, utilizado, se supone pues la historiografía reciente ha matizado el punto, en tiempos de la lucha por la construcción nacional de Italia, se trata de nuevo de un tema de contenido religioso, bíblico más todavía: es el coro de los esclavos del tercer acto de la ópera Nabucco de Verdi, inspirado de uno de los salmos. Se han interpretado aquí, en México, lo mismo en las protestas por la desaparición de 43 estudiantes de la Escuela Normal Isidro Burgos de Ayotzinapa, que en las más recientes manifestaciones de la Universidad Veracruzana, como vemos en este video.

Debemos cerrar aquí, no sin concluir que la política contemporánea pareciera seguir necesitando “el pábulo de la imaginación y del corazón”, acaso muchas veces más efectivo que los argumentos racionales para una movilización, aun si las manifestaciones contemporáneas que hemos citado justo se han preocupado por no terminar en las “demagogias” de que Segura acusaba a los franciscanos orizabeños que citamos al principio. La actualidad, por tanto, nos continuará proporcionando más datos para esta historia religiosa de lo político, no menos que para la historia política de lo religioso, por llamarlas de alguna forma, que constituyen la materia fundamental de esta página web, acaso más que la historia de las instituciones, la Iglesia y el Estado, de la cual, sin embargo, no están separadas.

Velas que encienden discordias

cirios_en_el_altar-17144El martes pasado se celebró en el mundo católico la fiesta que hoy oficialmente se denomina de la Presentación del Señor y Purificación de la Virgen, pero que un poco por doquier se sigue llamando la Candelaria, la Chandeleur en francés, la Candelora en italiano, etcétera. Y como su nombre indica, es una fiesta que ha estado tradicionalmente asociada a las luces, en concreto a la bendición de las velas. Mas antaño, antes de que se construyera la separación entre las Iglesias y los Estados, era un festejo en que incluso esas velas, con sus particulares simbolismos religiosos, podían cobrar significado político, al menos uno muy concreto: el honor de las autoridades.

En efecto, ya es significativo que un punto fundamental de ese día era el orden de la distribución de las velas: los eclesiásticos debían repartirlas conforme a las jerarquías civiles vigentes, contribuyendo desde luego a su legitimación, toda vez que se trataba de autoridades, en principio, católicas. Así lo establecían, cierto que los libros litúrgicos, pero sobre todo las leyes civiles, a veces más antiguas que aquellos. En el caso que nos interesa, el de la monarquía hispánica del siglo XVIII, las Leyes de Indias citaban una real cédula de tiempos de Felipe II, es decir, del siglo XVI, que ordenaba que el rey recogiera la vela en la primera grada del altar de la iglesia justo después del clero. Los virreyes debían pues hacer esto mismo, y tras de ellos, magistrados reales y del público. Conviene recordarlo, ya en el siglo XVII, los libros litúrgicos romanos, tanto el Misal Romano como el Ceremonial de los Obispos, no hicieron sino confirmar ese carácter de honor que tenía la distribución de velas del 2 de febrero, y que compartía con casi todos los gestos y ritos del catolicismo de la época.

Sin embargo, para el siglo XVIII, al menos en la Ciudad de México, ni siquiera era la distribución de las velas en la iglesia la que más importaba, sino una que se realizaba antes. Así es, el Cabildo Catedral Metropolitano, los canónigos pues, enviaban velas a diversos magistrados reales, e incluso a veces a sus esposas y viudas, en vísperas de la fiesta. Una queja del Real Tribunal de Cuentas de 1769 y una memoria del Tesorero de la Catedral de 1770 dan cuenta detallada al respecto. Se entiende de esos documentos, transcritos en los libros 49 (fs. 233-237) y 50 (fs. 136-138 y 145v-146) de Actas de Cabildo que se conservan en el Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano, que la práctica comenzó para compensar a quienes por alguna razón no podían asistir a la iglesia. Mas al final terminó implicando que ciertos magistrados gozaban en realidad de dos velas, una que les llevaban a sus casas y otra que les daban en Catedral.

DSCF4156Según su memoria de 1770, el Tesorero tenía la complicada tarea de surtir las largas listas que llegaban del Palacio del Virrey y del Palacio Arzobispal y que incluían a cortesanos y familiares, desde secretarios hasta criados de librea pasando por jefes de cocina, de repostería y de caballerizas. En ese año, incluso los alabarderos de la guardia del virrey habían reclamado la suya. Por supuesto, mientras al virrey y al arzobispo se les daban velas de libra, las medidas iban disminuyendo proporcionalmente a su jerarquía. Asimismo, la Catedral debía también enviar velas a los oidores, sus esposas y sus viudas, incluyendo oidores honorarios, así como al resto del personal de ese tribunal: fiscales, escribanos de cámara, relatores, secretarios y capellán. En fin, que sin duda, el día 1o de febrero de cada año, la tesorería de la Catedral debía ser un auténtico ir y venir del personal llevando velas, y a veces de lacayos, porteros y criados pasando a pedir las de sus respectivos patrones.

Una bella paradoja, es que en realidad la que se valoraba era justo esa vela que se distribuía antes, y no las velas de mano que se entregaban para la procesión antes de la misa del día 2. Tan era así, que en realidad estas últimas era común que no terminaran en las manos de sus primeros destinatarios. Cuando el Tribunal de Cuentas extrañó que no se les enviaran velas a sus casas, el Tesorero señaló que se les habían dado en la iglesia, y obtuvo por respuesta que las habían entregado a “unos ministros con sobrepelliz, y que no la[s] había[n] vuelto a ver jamás”. En efecto, el Cabildo Catedral habría de confirmar que estaba “en práctica el que los monacillos de la Archicofradía [del Santísimo Sacramento] eran los que recogían las expresadas velas después de la procesión”, las devolvían durante la misa, nuevamente encendidas, y al final las pasaban a los porteros de la Audiencia. Pero éstos, “se quedaban con ellas diciendo ser sus gajes”. Asimismo, en 1770, los canónigos recomendaron que la distribución no incluyera a sus propios cocheros y lacayos, porque “luego las venden, sin atención a la bendición que tienen”. Si a las autoridades les interesaban las velas por el honor que el confería el orden de recibirlas, se diría que los sectores populares se interesaban tal vez más en el valor material de la cera.

En fin, la queja del Tribunal de Cuentas propició una larga discusión entre los canónigos. Cabe destacarlo, estaban muy conscientes de que la cuestión era religiosa pero también política: los magistrados la habían mirado “como punto de honor” porque “siempre ha[n] querido ser igual con la Real Audiencia”. Terminaron decantándose por la negativa por varias razones, en principio porque para entonces ya era 27 de febrero, y ni siquiera había ya velas benditas del día 2, pero en estos casos los canónigos solían sobre todo prevenir que estos honores sirvieran de precedente para que alguna otra corporación reclamara algo equivalente. De paso, no dejaron de salir a relucir cuestiones internas, como la atribución o no a la dignidad del deán de facultad exclusiva en la materia, así como el cuidado de los intereses materiales de la Catedral: se habló también de la necesidad de establecer reglas fijas para esta distribución y para reducirla por el costo que implicaba.

LorenzanaAl final, empero, se impuso una realidad política coyuntural. Eran los tiempos del virrey marqués de Croix, la época por excelencia de lo que hoy llamamos las reformas borbónicas. Ocupaba la mitra arzobispal  Francisco Antonio de Lorenzana, a quien vemos en la imagen según su retrato de cuando fue, más tarde, arzobispo de Toledo. El prelado intervino en el caso, preocupado por que el caso no tomara mayores dimensiones. Los conflictos con las autoridades civiles, “en todo tiempo debían excusarse, pero mucho más en las circunstancias del presente”. Para satisfacer al honor de los miembros del Tribunal de Cuentas, simplemente se les entregarían velas de a libra bendecidas por algún sacristán de la Catedral, e incluso ofreció enviarlas de su Palacio si los canónigos no llegaban a un acuerdo. Casi sobra decir que el Cabildo Catedral se sometió de inmediato a esa decisión: las prioridades profanas se imponían al menos esos años centrales de las reformas.

En efecto, con esa actitud, el arzobispo confirmaba que esas velas eran un punto de honor para los tribunales reales, y no tan sólo, un objeto de carácter religioso. En compensación, su actitud complaciente servía para reforzar el papel de las autoridades eclesiásticas en la administración de esos honores que tanto interesaban a los magistrados civiles. Era pues difícil saber quién perdía y quien ganaba en esas querellas tan discretas como la propia luz de las velas del día de la Candelaria.

Un espectáculo nocturno dieciochesco

DSCF4156El clero católico del mundo hispánico de la segunda mitad del siglo XVIII dedicó amplios esfuerzos a reforzar la distinción entre lo sagrado y lo profano. Labor en que no faltaban las contradicciones y las paradojas, una de sus aristas fue la organización de la jornada: era el día, los horarios diurnos, los adecuados para el culto, mientras que la noche se estimaba peligrosa por propiciar la mezcla con diversiones profanas. Empero, justo una de las paradojas que debían afrontar las autoridades eclesiásticas era que algunas de las festividades más importantes del catolicismo eran (y siguien siendo), nocturnas. En particular la conmemoración de los pasajes más importantes de la vida de Cristo, ya se tratase de la Resurrección en la noche del Sábado Santo o, como nos interesa aquí ahora, de su nacimiento en la noche de Navidad.

No es de extrañar, por tanto, que la celebración en aquella centuria consistiera, cierto que en celebraciones litúrgicas, pero que no eran menos verdaderos espectáculos nocturnos. El clero se esforzó por regularlas y controlarlas lo más posible, pero con resultados, al menos, diversos. El Cabildo Catedral Metropolitano de México nos ha dejado un buen testimonio de ese esfuerzo en las actas de sus sesiones de 1772 (Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México, Actas de Cabildo, libro 51, fs. 275v, 277-277v, 278v y 283-283v). El 5 de diciembre los canónigos se enfrascaron en una serie de discusiones que sólo concluyeron el propio día 24, sin alcanzar, empero, resultado alguno.

DSC_0038La discusión, a pesar de su final, resulta de interés por informarnos algunos detalles de la celebración. Gracias ya al Diario manual de 1751, sabemos que el festejo de la Metropolitana era además un magnífico espectáculo sonoro, que comenzaba con las campanas: media hora de repique con campanas y media hora con esquilas debían anunciar la celebración a eso de las diez de la noche del día 24. Contrario a nuestros días, en principio no era la misa lo que convocaba a los fieles (aunque la Misa de Gallo vendría después), sino los maitines solemnes, que debían empezar a las once. Oficio largo y pausado, “la dilatación de la música y de los órganos” los prolongaba por tres horas o más. El arcediano recordó que le había tocado oficiar la Misa de Gallo de 1771 y que “cuando dieron las dos las oyó en la sacristía revestido y que mucho después salió a cantarla”.

La música, y en particular los órganos, tomaba pues el relevo de las campanas. No faltó quien notara en ello un interés profano: los organistas “llaman [a] ésta la noche de sus lucimientos, pues toda se les va en competirse y demostrar cada uno más su habilidad”. Es importante destacarlo, los canónigos dan cuenta de la popularidad del festejo: su alteración podía “causar novedad en el pueblo” advirtió alguno en la primera parte de la discusión. En la sesión del 10 de diciembre alguno más incluso defendió esos prolongados maitines justo por la atención que le dedicaban los fieles: “muchos asistían con atención al misterio y les servía de mucho gozo y contemplación la grande solemnidad, armonía, circunspección y pausa con que todo se celebraba esa noche en esta Santa Iglesia”. En Navidad pues, la gente asistía numerosa a escuchar los responsorios y villancicos, para seguir luego a la Misa de Gallo, solemne pero un poco más corta, pues “todo se ha acabado entre cuatro y cinco”. En realidad la celebración seguía con el rezo de Laudes, de la Misa de la Aurora y la Prima, con lo cual prácticamente esa noche la Catedral no dormía.

Ahora bien, justo el problema era que “el concurso es muy numeroso”, por lo que se prestaba a “muchos inconvenientes”. En el acta apenas se atrevieron a esbozarlos: “hay tanta embriaguez y tanto desorden, aun dentro de los templos”. Para remediarlos se propuso recorrer los horarios: los maitines habrían de comenzar a las diez y la misa terminarse a más tardar a las dos. Esto había de permitir que la Catedral se cerrara al menos tres horas hasta la Misa de la Aurora, que habría de programarse entre cinco y seis. Mas los canónigos no lograron nunca un acuerdo: varios de ellos prefirieron defender la “costumbre inmemorial”, otros alegaron la necesidad de estudiar el punto con detenimiento, a pesar de que el secretario pudo identificar al menos un intento previo en el mismo sentido que databa de 1713. En suma pues, la defensa del espacio y del tiempo sagrados no hacían la unanimidad incluso en esos graves canónigos como eran los de la Metropolitana.

Desde luego, es imposible reconstruir con precisión como era aquella escucha de la música de Navidad en la Metropolitana de México, pero contamos al menos con interpretaciones contemporáneas de ella, como este villancico de Ignacio de Jerusalem, maestro de capilla de esa Catedral en el siglo XVIII.

Los misterios de las campanas

Lorenzana«El uso de las campanas es muy antiguo en la Iglesia de Dios, la bendición de ellas está llena de misterios», decía en las primeras líneas de su edicto, fechado en octubre de 1766, el entonces arzobispo de México, Francisco Antonio de Lorenzana.[1] No debemos soslayar el tema del «misterio», es decir, la sacralidad que rodeaba a estos instrumentos rectores del paisaje sonoro del siglo XVIII. Por entonces, en efecto, “misterio” se definía ante todo como un «secreto incomprensible de las verdades divinas»; esto es, refería a lo sagrado en el Cristianismo, y en particular a sus ceremonias. Así por ejemplo en esta misma época, los rituales de Semana Santa, como la conmemoración de la institución de la Eucaristía, se calificaban de «misteriosas ceremonias». El misterio rodeaba a las campanas en la perspectiva de los obispos, de mediados y finales del siglo XVIII. Años más tarde, ya como arzobispo de Toledo, Lorenzana no haría sino repetir estas mismas frases en su edicto de 18 de diciembre de 1782, recordando además que «acaso por no guardar el miramiento debido a su consagración, se ha dejado por lo común el consagrarlas y sólo se usa el bendecirlas».[2]

Esta fue la tónica general de los edictos y cartas pastorales en materia de campanas de la segunda mitad del siglo XVIII. La preocupación primera era recordarle a los fieles que se trataba de objetos sagrados, que habían ganado ese carácter por la bendición que les aplicaba el clero, que debían por tanto ser manipulados siguiendo estrictamente las indicaciones episcopales. Esto los llevó a evocar esas ceremonias y sus significados; sin embargo, los obispos novohispanos fueron más bien breves al respecto.

Juan Cruz Ruiz Cabañas y CrespoEn efecto, Lorenzana se limitó a recordar los tres sacramentales que se les aplicaban sucesivamente, y que eran de los más importantes del catolicismo: «están rociadas con agua bendita, ungidas con el santo óleo de los enfermos y últimamente con el santo crisma»,[3] señalaba el prelado. Apenas más prolijo fue su sucesor en México, Alonso Núñez de Haro y Peralta, quien al inicio de su edicto de 1791 pedía considerar la «santa y misteriosa bendición de las campanas», pero que evocó sobre todo sus «prodigiosos efectos» y las «gracias que por ella logran los cristianos», tanto espirituales como materiales.[4] En Guadalajara, el obispo Juan Cruz Ruiz Cabañas y Crespo, en su edicto de 1803, evocaba también brevemente los gestos de esa «sagrada ceremonia», destacando en cambio las oraciones que se recitaban: «considerable número de salmos, los más escogidos y oportunos», seguidos de «preces devotísimas», siendo en su conjunto «tan devotas y tan interesantes deprecaciones». Empero, no dejaba de señalar que se usaban con las campanas unos sacramentales «a semejanza de los templos, altares y vasos sagrados que sirven inmediatamente al tremendo sacrificio de la Misa».[5]

En contraste, del otro lado del Atlántico, en 1785, el arzobispo-obispo de Málaga, Manuel Ferrer y Figueredo, había ofrecido una de las explicaciones más extensas de la época en materia de campanas. En su pastoral sobre el tema de octubre de ese año, el prelado había comenzado su instrucción traduciendo paso a paso la ceremonia de bendición, copiándola del Pontifical Romano a lo largo de poco menos de 30 páginas. Así es, el obispo relataba con detalle la bendición de la sal y del agua, su mezcla, el lavado de la campana, la unción con el óleo de los enfermos y con el crisma, la turificación y la lectura del Evangelio. Este último, por cierto, servía al prelado ya no sólo para tratar el tema de las campanas sino además para dar una lección moral a sus feligreses, sobre las prioridades de la vida eterna por encima de las diversiones profanas.[6]


Breve o extensa, toda esta erudición procedía de unas mismas fuentes: los propios libros litúrgicos y las Instrucciones del Papa Benedicto XIV, fundamentalmente. Por supuesto, toda esta empresa estaba sometida al propósito fundamental de los obispos, que no era sino dejar perfectamente claro el ámbito al que pertenecían las campanas. Su bendición, como cualquier otra, había sido introducida por la Iglesia, «para separar de entre las cosas profanas las que sirven al Divino Culto», explicaba el prelado malagueño.[7] Más todavía, en 1791, el edicto del obispo de La Habana, Felipe José de Trespalacios, afirmaba que la bendición no sólo atribuía a las campanas al orden de lo sagrado, sino que hacía de ellas «una imitación nuestra»,[8] es decir, de la propia voz episcopal. No era una idea ajena al caso novohispano, monseñor Ruiz Cabañas preguntaba de manera retórica lo que cabía esperar de unas campanas sobre las que habían rezado «los ministros primeros de Dios, los sacerdotes de primera jerarquía», que no eran sino los propios obispos.[9] Las campanas pues eran sagradas, porque recibían una «misteriosa» bendición, pero tanto más porque la recibían de los príncipes de la Iglesia.

Y es que en efecto, la bendición de campanas podía llevarse a cabo en ceremonias que realzaban la autoridad episcopal. Bástenos evocar la que se celebró el 8 de marzo de 1792 para bendecir a la que sería entonces «bautizada» como Santa María de Guadalupe, la nueva campana mayor de la Catedral Metropolitana de México. Para tan singular ocasión «se dispuso un magnífico teatro», se montó un altar «con candeleros y ramilletes de oro», la campana se colocó en tablado sobre «ocho columnas revestidas de damasco», y bajo ella «tres gradas forradas de terciopelo» para alcanzar a lavarla por el interior. No sólo el escenario fue deslumbrante, sino también la asistencia: las más altas autoridades eclesiásticas y civiles se hicieron presente. Ofició de pontifical el arzobispo Haro y Peralta en persona, asistido por cuatro canónigos y con el acompañamiento de todo el Cabildo Catedral Metropolitano portando sus capas de coro. En las gradas, si bien faltó el virrey, estuvieron presentes en cambio la Real Audiencia y el Ayuntamiento, es decir, los principales magistrados reales y públicos.[10]

DSC_0041Bendecidas con misteriosas ceremonias y con toda la pompa episcopal, las campanas se constituían así en un objeto protector. Ellas, literalmente, combatían contra el mal y sus efectos. El ya muy citado arzobispo Lorenzana evocaba en su edicto mexicano uno de esos ámbitos de acción clásicos de las campanas, gracias a ellas, afirmaba «huyen los malignos espíritus [y] no nos dañan los rayos». Más prolijo, monseñor Haro y Peralta, completaba la idea con otros elementos meteorológicos, ellas se hacían sonar para que «se suspendan los ímpetus de las tempestades, de los rayos, centellas, piedra, granizo y otras exhalaciones y se aseguren las cosechas». En realidad los prelados no hacían sino parafrasear las oraciones de la ceremonia de bendición, por ejemplo, al momento de la unción con los santos óleos, los obispos imploraban a Dios que con el sonido de la campana «se alejen las asechanzas de los enemigos, el estruendo de los granizos, la violencia de los torbellinos, e ímpetus de las tempestades, se templen los truenos dañosos, moderen y hagan saludables los aires, se humillen a la diestra de tu virtud las aéreas potestades, para que teman y huyan».

En su edicto de 1803, el obispo de Guadalajara, Juan Cruz Ruiz Cabañas y Crespo, introducía un leve matiz, la «sagrada ceremonia» de bendecir las campanas, más que darles poder directamente, hacía de ellas una especie de oración constante; empero su campo y forma de accionar terminaba siendo el mismo: ellas rechazaban el «pernicioso poder sobre el aire» de los demonios, de forma que se hacían sonar –y de nuevo tenemos la paráfrasis de la bendición– para que «quedemos libres y salvos en las espantosas tempestades, en los huracanes violentos, en el duro granizo y en los horribles rayos con suelen amenazarnos». De nueva cuenta el más extenso en estas materias fue el obispo de Málaga. Al igual que en el obispo Cabañas, la argumentación era iba en un primer momento en la lógica de la oración: a través de las campanas la Iglesia «clama y exhorta a la penitencia», contrición de los fieles que podía a su vez calmar los «efectos de la indignación de Dios». Las tempestades eran así «castigos de nuestras culpas» que las campanas alejaban más bien por medios indirectos. Mas en un segundo momento, luego de discutir las críticas de los protestantes en la materia, el obispo retomaba la tradición del combate sobrenatural, «ahuyentando los demonios que muchas veces las mueven [a las tormentas] y ocasionan».

DSC_0042En suma pues, el obispo malagueño, como los otros obispos novohispanos, aunque representantes de lo que se conoce como el “catolicismo ilustrado”, no podían dejar completamente de lado la creencia en los milagros propia del Cristianismo. Ésta, desde luego, tenía además fundamentos bíblicos: las campanas eran en la «Nueva Ley», como las trompetas que habían sido capaces de derribar los muros de Jericó en el libro de Josué. La sacralidad, aún entonces, no tenía sentido si no tenía consecuencias directas sobre la vida cotidiana y sobre la naturaleza: el sonido de las campana debía seguir teniendo, por tanto, consecuencias literalmente sobrenaturales.

[1] Francisco Antonio Lorenzana, Cartas pastorales y edictos del ilustrísimo señor… arzobispo de México, México, Imprenta del Superior Gobierno del Br. D. Joseph Antonio de Hogal, 1770, pp. 7-8.

[2] Francisco Antonio Lorenzana, Cartas, edictos y otras obras sueltas del excelentísimo señor…, arzobispo de Toledo, primado de las Españas, Toledo, Nicolás Almanzano impresor, 1786, «Edicto en que se prescribe el moderado uso del toque de campanas», p. II.

[3] Francisco Antonio Lorenzana, Cartas pastorales y edictos del ilustrísimo señor… arzobispo de México, México, Imprenta del Superior Gobierno del Br. D. Joseph Antonio de Hogal, 1770, p. 8.

[4] Archivo General de Indias (AGI), México, leg. 2644, edicto del arzobispo de México, 18 de octubre de 1791.

[5] Archivo Histórico del Arzobispado de Guadalajara (AHAG), Edictos y circulares, 5, 27, edicto del obispo de Guadalajara, 8 de junio de 1803.

[6] Manuel Ferrer, Carta pastoral que el Ilustrísimo señor Arzobispo Obispo de Málaga dirige a sus amados diocesanos sobre la bendición y uso de las campanas, Málaga, Impresor de la Dignidad Episcopal y de la Ciudad, 1785, pp. 4-33.

[7] Ibidem, p. 8.

[8] Felipe Joseph Trespalacios, Edicto en que el Ilustrísimo Señor Doctor … primer obispo de La Havana, provincias de La Florida y Luisiana, del Consejo de S.M., etc. corrige en su diócesis el abuso y desorden con que se tocan las campanas, y concurre a la moderación con que la Real Pragmática reduce la pompa fúnebre, Madrid, Imprenta de la viuda de Joaquín Ibarra, 1794, p. 1.

[9] AHAG, Edictos y circulares, 5, 27, edicto del obispo de Guadalajara, 8 de junio de 1803.

[10] Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México (ACCMM), Fábrica material, libro 16, 56v-57v, «Solemne consagración de la campana Santa María de Guadalupe».

Accidentes cortesanos

ZocaloSigloXVIIIc - copiaEl 23 de septiembre de 1758 los habitantes de la Ciudad de México acaso habrán podido ser testigos de una de las querellas de cortesías más características de la época: un “accidente” de coches. La fecha era importante en el calendario cortesano de la época: era el “día del rey”, es decir, el cumpleaños de Fernando VI, el monarca que gobernaba los reinos hispánicos desde 1749. No podía ser de otra forma, en los reinos americanos de la Monarquía Católica, el festejo consistía ante todo en una misa de acción de gracias al Todopoderoso, a la que debían asistir todas las autoridades. Sin embargo, tenía también un lado más “secular”, o al menos no estrictamente religioso, había que felicitar al monarca, o mejor dicho a su alter ego, el virrey, en su Palacio. Esto es, tenía lugar un besamanos al que las autoridades y corporaciones se presentaban según su jerarquía.

Desde luego, en una época en que el poder se ejercía en el ceremonial, las asistencias al Palacio eran tan importantes como las que tenían lugar en las iglesias, y eran igualmente motivo de querellas encarnizadas. Para una ocasión solemne, aun si por su ubicación no hubiera sido difícil presentarse al Palacio a pie, casi sobra decir que el trayecto se hacía en coche, luciendo las galas y acompañamientos propios de cada autoridad. En la imagen, tomada del sitio web México Máxico, vemos un traslado de este tipo, aunque a la inversa del que nos referimos, pues es el de un virrey que acude a la Catedral Metropolitana saliendo del Palacio. La máxima autoridad del reino acude en forlón, el coche cerrado de cuatro asientos propio de estas ocasiones. Por supuesto, no iba solo, llevaba escolta a caballo y acompañantes (acaso incluso la Real Audiencia) asimismo en forlones, todos debidamente engalanados y uniformados. En esas condiciones, sufrir un “desaire” era tanto más insoportable para el honor de los magistrados civiles, públicos y eclesiásticos, y demás “personas de distinción”.

También las autoridades eclesiásticas estaban incluidas en estas ocasiones. El Cabildo Catedral Metropolitano salía de la Catedral por la puerta del oriente (la que en el siglo XVIII se llamaba del Empedradillo), tomando los canónigos sus forlones en el orden de su jerarquía y antigüedad. Los acompañaban los capellanes de coro, asimismo en coches, abriendo paso el pertiguero, a lomo de mula y luciendo su garnacha (traje talar), gorra y pértiga. Tal era, al menos el cortejo que se ordenaba en las ocasiones más importantes, verbi gratia para ir a darle la bienvenida a un virrey, mas para un cumpleaños regio ordinario, iba a Palacio sólo una diputación del Cabildo, y no en forlón sino en estufa, una carroza más cerrada que el primero. Justo fue la estufa de los canónigos la que en ese 23 de septiembre de 1758, iba de la Catedral al Palacio después de la misa de acción de gracias para presentar sus felicitaciones al rey en su virrey de la Nueva España. Día especialmente ocupado, los cuatro canónigos que iban como diputados, sobre todo el chantre, habían corrido también con responsabilidades en la iglesia al momento de la misa, e incluso en la despedida de las autoridades del templo, por lo que debieron salir a toda prisa de la Catedral. El problema es que en el camino la estufa de la Catedral alcanzó el cortejo de forlones de la Real Audiencia que ya estaba por entrar al Palacio, y sin mayor miramiento, pero felizmente con pericia del cochero, lo atravesaron por en medio para llegar antes que ellos.

Los oidores, desde luego, no dejaron pasar el incidente, y el día 26 enviaron a su escribano de cámara a pedir explicaciones, según consta en Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México, Actas de cabildo, libro núm. 43, fs. 258v-259v. El chantre reconoció “ser cierto el contexto de dicho recado”, pero aclaró que había sido “sin advertencia”, es decir, sin intención. O mejor dicho, al menos sin intención contra los oidores sino contra los regidores del Ayuntamiento de México. El clérigo explicaba, en efecto, que el problema era que “viendo entrar un forlón [ya] vacío” y que “cuatro de los regidores de la Nobilísima Ciudad se habían apeado”, “los cocheros entraron [metieron a la fuerza, diríamos hoy] la estufa de su señoría [el Cabildo Catedral]”. Esto es, el problema era que, en principio, a los canónigos les tocaba antes del Ayuntamiento, pero éste “siempre está a la mira, acechando algún descuido de no estar a tiempo el venerable” para usupar su lugar. Para proteger el honor de la corporación bien valía la pena atravesarse en medio del cortejo de coches del más alto tribunal del reino. La rivalidad entre Cabildo Catedral y cabildo civil no era rara en estas materias, ya hace unas semanas hemos visto aquí otro ejemplo, tapatío, en que los bonetes de los canónigos se enfrentaban a los sombreros de los regidores incluso al interior de las iglesias.

De paso, el chantre recordó que ya el virrey primer Conde de Revillagigedo (antecesor del Marqués de las Amarillas, entonces reinante), los había desairado un par de veces justo por haber llegado tarde a Palacio. Tanto que en una de ellas los había mandado despedir sin recibirlos pues ya incluso “se había quitado la peluca”. Bella paradoja, los canónigos pagaban así la importancia de su posición en la Monarquía Católica: eran ellos los principales responsables de un culto cuya magnificencia era considerada indispensable para la Majestad, tanto divina como humana; culto en el cual eran asimismo fundamentales las expresiones de cortesía, como la entrada y despedida de las autoridades civiles, con la cual ellos tenían asimismo un papel fundamental en la atribución de sus jerarquías; todo ello les atribuía a su vez un sitio de honor, el tercer lugar en las recepciones y besamanos en el Palacio. Conviene destacarlo, el Cabildo Catedral era una corporación que en particular estaba ahí para el cuidado del culto y de los honores, si sus competencias incluían temas que hoy nos parecen rescatables todavía, como la música, el cuidado de las obras que hoy vemos como artísticas, el patronazgo de instituciones educativas (los colegios para formar a los niños que participaban en la liturgia) y caritativas, etcétera, sus actas de Cabildo muestran que sus preocupaciones giraban sobre todo en torno a esos temas religiosos y a la vez políticos. Hoy nos parecería extraño ver esas preocupaciones en el clero, mas entonces los canónigos eran finos expertos en ceremonias y cortesías, tratamientos y procedimientos, celosos protectores del orden cortesano del Antiguo Régimen. Antes que perder un ápice de su honor, eran literalmente capaces de arrollar a quien se les atravesara, como en aquel mediodía de 1758.

 

Privilegio o irreverencia: la querella de los sombreros del Ayuntamiento de Guadalajara, 1685-1729

0024“Tan antiguo y tan de primera nota es el tocarse o cubrirse las cabezas dentro de la Iglesia, que el Apóstol San Pablo, escribiendo a los de Corinto, les dice: Que todo hombre, sea el que fuere, que ora con la cabeza cubierta, entorpece su cabeza”, recordaba al inicio de un extenso escrito de algo más de 90 folios don Lucas de las Casas, canónigo doctoral de la Iglesia de Guadalajara en 1726. El texto, impreso con el título Demostración jurídica del derecho que tiene la Santa Iglesia Catedral y las demás de la ciudad de Guadalajara en la Nueva Galicia a que asistiendo dentro de ellas el Cabildo Secular no se cubra como lo ha practicado muchas veces (Archivo General de Indias, Guadalajara, leg. 226), cuya portada vemos en la imagen, indicaba bien desde su título que no era una obra meramente erudita sino con fines muy prácticos. El canónigo tomaba la pluma en el marco de un auténtico conflicto político, planteado en los términos de la época, iniciado desde finales del siglo XVII, cuando las autoridades municipales y reales, el Ayuntamiento y la Real Audiencia, acostumbraron portar sus sombreros los munícipes y sus birretes los oidores en las iglesias de la capital del reino de Nueva Galicia.

Conviene siempre recordarlo, el Imperio hispánico de los siglos XVII y XVIII era una monarquía en que no existía separación de la Iglesia y el Estado, de lo religioso y de lo político. La sociedad se estimaba naturalmente organizada en “cuerpos”, necesarios para la subsistencia material y para la salvación espiritual según los términos del catolicismo de la época, y que a su vez estructuraban prácticamente de manera distinta a una y otra institución. Cada uno de ellos contaba con su gobierno, sus leyes, sus bienes, sus símbolos y privilegios, reconocidos por la autoridad del monarca, quien daba orden al conjunto como juez supremo, garante último del bien común y el buen gobierno. En ese marco, el de una sociedad y una monarquía católicas, no es de extrañar que los conflictos se plantearan en el ámbito del ceremonial. En efecto, la asistencia a la iglesia no era como hoy, un asunto individual, sino una obligación tanto religiosa como política. En la liturgia, en particular en las cortesías eclesiásticas de las grandes ceremonias del catolicismo, entonces cada vez más fastuosas, era donde quedaba consagrado el poder político, poder auténticamente ceremonial como han apuntado ya diversos autores.

No es de extrañar por tanto, que las luchas por el poder fueran entonces luchas por ceremonias: los magistrados reales y en general los “cuerpos políticos” de la época, se disputaban en las iglesias, entre sí y con las autoridades eclesiásticas, lugares de honor y gestos de todo género. Paradójicamente esta época fue también la de un esfuerzo importante de las autoridades clericales, en el marco de lo que se conoce como la “Reforma católica”, a favor de una mejor definición y separación entre lo sagrado y lo profano. Los clérigos habrían de argumentar constantemente que los honores o los gestos demandados por los magistrados eran propios de lo sagrado y por tanto bajo su exclusiva jurisdicción. Y así fue justo en el caso de los sombreros en la iglesia: los canónigos tapatíos y en particular el doctor De las Casas en la obra que citamos, insistirían en la sacralidad del templo y en la exclusiva jurisdicción episcopal en la materia. Lo decían los canónigos con énfasis en una carta al rey en el Consejo de Indias de julio de 1726, unos meses antes de la redacción de la Demostración jurídica:  “Si a lo sagrado se debe toda veneración, mal puede venerarlo y respetarlo el que tiene puesto el sombrero en la Iglesia, como pudiera en una conversación vulgar, portándose al tiempo que se celebra el inefable sacrificio de la misa, del modo que si oyera en las tablas una comedia”.

San Sebastián AnalcoSi bien es difícil datar con precisión cuándo comenzó esta “costumbre”, es cierto que el Ayuntamiento guardaba memoria de ello. En una declaración de 1704 el licenciado Nicolás de Lezama Altamirano y Reynoso, quien había sido alcalde municipal en 1685, afirmaba que justo en ese año él y su compañero habían sido los primeros en cubrirse en la iglesia mientras se leía un edicto inquisitorial. Alegaba que lo había hecho “como natural, vecino y criado en la Ciudad de México”, copiando el uso de las autoridades de esa capital. Lezama dejaba claro que tenía conciencia, como el ayuntamiento en conjunto, de las implicaciones del gesto, pero “no era la promulgación del edicto cosa de oficio divino”, afirmaba. Esto es, los munícipes, sin decirlo de manera directa, tendían efectivamente a desacralizar el lugar, declarándose empero fieles a la sacralidad de los ritos: lo sagrado, se insinuaba, era la misa y no los edificios ni tampoco los predicadores o ministros del Santo Oficio.  Como cabía esperar, ya desde 1689 más o menos, el obispo de Guadalajara se había quejado ante el rey de esta práctica, pero la Corona terminó validándola gracias al apoyo que le dio la Real Audiencia, según consta en una real cédula de abril de 1697.

Era un documento regio breve, pero que tenía como trasfondo el carácter del rey como Patrono de las Iglesias americanas, y por tanto capaz también de conceder en ellas privilegios y honores, según se decía en la época. Los munícipes, desde luego, llevaban la cédula a las funciones religiosas y la exhibían de inmediato como argumento ante los clérigos sobre todo en caso de sermón.  En efecto, el antiguo alcalde había rendido declaración justo porque en la función en honor a San Sebastián en su ermita (cuyo estado actual vemos en la imagen de arriba) de enero de 1704, el predicador había amenazado con dejar el púlpito si los munícipes no se quitaban el sombrero, quejándose de que le causaban “mucha turbación”. Más todavía, asistía también el Cabildo Catedral, y el doctoral Diego de Estrada amenazó incluso desde el presbiterio con suspender los divinos oficios. El regidor decano, Juan Antonio de Ochoa habría respondido al primero “hiciese lo que quisiese” y al segundo que “pararan [los oficios] en hora buena”. Exaltado, el doctoral respondió blandiendo las mayores censuras eclesiásticas: “sálganse de la iglesia pena de excomunión mayor”. Los munícipes exhibieron su cédula real, aunque terminaron por abandonar la ermita con todo y maceros, pero siempre con los sombreros bien puestos, sin ceder un ápice del honor corporativo, aunque bajo las voces confundidas de otros dos canónigos y un clérigo sacristán.

boneteEl Ayuntamiento de Guadalajara, ya en 1728, en el último tramo de esta querella, que conocemos todavía de forma fragmentaria, habría de descartar los reclamos de los canónigos por dos vías. Primero, reduciéndolo a motivos personales, para esas fechas concretamente del canónigo doctoral; segundo, evidenciando el carácter político de la querella. Si las iglesias se profanaban por tener alguien cubierta la cabeza, los canónigos mismos eran culpables: al escuchar los sermones, decían los munícipes, era común que “el Cabildo tenga puesto sus bonetes y así estar con más autoridad que esta ciudad, Presidente y Real Acuerdo”. Acotemos que el catálogo de sombreros eclesiásticos es extenso, el lector puede ver ejemplos en la página de la Colección Philippi. En la imagen vemos el bonete al estilo que lo usan los canónigos hoy en día. Volviendo al tema, en el mismo tenor de los munícipes fue el dictamen del fiscal del Consejo de Indias que vio el caso ya en 1729, aun si podía ser “poco reverente” esta costumbre, esto es, siendo ciertamente religioso, el asunto era ante todo político: “por la autoridad que se necesita darles allá [es decir, en América]” a los tribunales, era posible confirmar la práctica de Guadalajara. Al final, sin embargo, triunfó el carácter religioso de la monarquía, el Consejo en pleno de 10 de noviembre de ese año, no aceptó lo recomendado por su fiscal,  y alegó que “para mayor reverencia al culto divino y mover más a ella los ánimos de los católicos y con su ejemplo aun los de aquellos que todavía no se han aprovechado de la luz del Evangelio”, impuso a oidores y munícipes el deber de descubrirse y respetar así los lugares sagrados.

De América a Sevilla

DSCN1434Entre 1795 y 1807, el Cabildo Metropolitano de la Catedral de Sevilla recibió al menos unas 25 cartas del Consejo o de la Cámara de Indias. Tales son, en principio, las que aparecen citadas en los libros de autos capitulares que hemos recorrido a partir de 1769 en su depósito actual, la Institución Colombina en el Palacio Arzobispal de Sevilla. Si bien hay algunas de las que desconocemos el contenido, en la mayoría de los casos el Consejo trataba de resolver problemas acaecidos en las catedrales americanas a partir de las prácticas de la metropolitana hispalense. La lógica, posiblemente, era que al tratarse de la iglesia de la que se habían “desprendido” las metropolitanas de América a mediados del siglo XVI, podían seguir sirviendo de modelo en esos finales del siglo XVIII.

No conocemos todavía el contenido de todas esas cartas, porque en más de una ocasión el acta sólo consagra su comisión a alguna de las diputaciones del Cabildo para su respuesta, que por lo común fue la Diputación de Ceremonias, y más tarde, la aprobación del informe resultante. De ahí que, ya identificadas sus fechas, corresponderá a un segundo momento examinar esos libros de actas de diputaciones para ver con detalle las preguntas del Consejo y los argumentos de los canónigos hispalenses. Cabe acotarlo, sus respuestas no dejaban de tener presente sus propias inquietudes, que aparecen incluso en medio de la sobriedad de las actas. No faltó una respuesta en que la Diputación de Negocios advirtió que era mejor “evacuarse sin incluirse en el punto de derecho”, acaso por no comprometer la legalidad de sus propias prácticas.

Hemos dicho que la mayoría de las cartas pasaron a la Diputación de Ceremonias, y es que se entiende que por lo común fueron cuestiones de liturgia, de cortesías y, justamente, de ceremonias y cargos y cargas ceremoniales, las que inquietaban a las catedrales americanas. Es cierto, hubo cuatro excepciones: la primera de las cartas trataba sobre las jubilaciones de los prebendados, la última versó sobre la impresión de añalejos, dos concernían la custodia y visita del archivo de los canónigos. Una sola correspondió a la relación con las autoridades civiles, las demás tocaban sobre todo a los propios eclesiásticos. Hubo dos cartas sobre nombramientos de cargos ceremoniales; tres sobre asientos en el coro; cuatro sobre el tratamiento del obispo de pontifical por los canónigos (dignidades en particular); cuatro también sobre las competencias de racioneros y medios racioneros, y una sola sobre el uso de un ornamento, las mangas de la sobrepelliz.

En términos geográficos, de nuevo las actas no mencionan con precisión a las catedrales de origen, salvo en nueve ocasiones: La Habana, Caracas y Buenos Aires aparecen citadas en dos ocasiones cada una, Arequipa, Charcas y Cartagena de Indias una sola. Cabe recordarlo, el Consejo de Indias en esta época se dividía en dos secciones, una de Nueva España y otra de Perú, cada una con su respectivo fiscal, para atender a los reinos separadamente los asuntos de los reinos al norte o al sur del Caribe, poco más o menos. Dada la diversidad de orígenes, claramente no se trata de una práctica propia de un solo fiscal. Habrá que volver también al Archivo General de Indias para revisar el origen de las cartas y la lógica de la consulta a Sevilla y no, por ejemplo a México o a Lima. Claro está, también es una consulta necesaria para averiguar si tuvo lugar el camino en sentido inverso, de Sevilla hacia América, de las prácticas en materia de ceremonias.

Señalemos finalmente que es significativo que “todavía” en esos últimos años del Antiguo Régimen, las cuestiones ceremoniales seguían siendo materia fundamental en las Catedrales americanas. Los temas mismos, relacionados sobre todo con el obispo y con el provisor, e incluso con las jerarquías internas de los cabildos catedrales, dan cuenta, bien posiblemente, de los cambios y continuidades de tiempos de las Reformas Borbónicas. Constituyen pues un material de investigación que puede ser particularmente interesante para la historiografía hispanoamericanista.

De capas y uniformes

El clero no era el único que se presentatrajescivilesmil00lina_0219ba con capa en las grandes ocasiones del siglo XVIII. Ya hemos hablado de la capa magna de los obispos y de las capas pluviales de los oficiantes. Pues bien, si esas capas lucían en los presbiterios, en las bancas de las autoridades civiles no era raro ver a las corporaciones civiles de uniforme con capa. En efecto, al menos por lo que toca a las corporaciones urbanas, los ayuntamientos, su presencia normalmente era de “uniforme grande”, es decir, de gala.

En la imagen vemos uno de los ejemplos más conocidos: el uniforme de regidor del Ayuntamiento de la Ciudad de México, litografía de Claudio Linati, publicada en su obra Trajes civiles, militares y religiosos de México (1828). Sin embargo, aquí, más que referirnos a la capital, volvemos sobre un caso que nos es particularmente cercano, el de la villa de Orizaba. Ahí, los comerciantes españoles lograron obtener la licencia real para formar un Ayuntamiento en 1764. No fue sino hasta más de una década después que los alcaldes, regidores y síndico orizabeños estimaron pertinente obtener del virrey la autorización para usar uniforme, en principio el mismo en colores azul y blanco que se usaba en los ayuntamientos de mayor prestigio: México, Puebla, Veracruz y Oaxaca. La licencia se les otorgó, en apariencia sin mayor problema, el 30 de septiembre de 1776 (Archivo Histórico Municipal de Orizaba AHMO, actas de cabildo 1763-1771, f. 201), aunque todavía pasaron dos años para que reglamentaran con detalle el uso del uniforme.

En cabildo del 6 de abril de 1778 (AHMO, actas de cabildo 1778-1783, f. s/n), los regidores acordaron finalmente los días para usar su uniforme de gala y los que correspondían al llamado “pite uniforme” o “uniforme chico”. Si algo confirma la lista es que únicamente lo usaban para asistir a lo que se conocía como “funciones de iglesia”, es decir, la asistencia las fiestas de tabla en la parroquial de San Miguel. A partir de entonces el público de Orizaba debió de haberlos visto salir de las Casas Consistoriales y en la iglesia, precedidos de sus maceros, luciendo de gala en doce ocasiones al año. Tales eran: el Te Deum del 1o. de enero por la elección de nuevos alcaldes, Semana Santa (Domingo de Ramos, Jueves y Viernes Santos), Corpus (Jueves y Domingo infraoctava), y fiestas de los santos patronos de la villa y de la monarquía (San Pedro, San Miguel, fiestas del Rosario, Inmaculada y Guadalupe), así como la fiesta de los Desagravios.

La mejor prueba de que el uso de uniforme no era un asunto menor, sino antes bien un tema fundamental para el orden político local es que justo unos años más tarde, los regidores orizabeños debieron “sufrir” un intento de que se les disputara el uso de las vueltas, collarines y capas que hacían visible su superioridad de “Padres de la Patria” en la iglesia parroquial. En efecto, sus sempiternos rivales, los oficiales de la república de indios de Orizaba, corporación mucho más antigua que la de ellos, que osaban titularse “Cabildo de Indios” o “Ayuntamiento de Naturales”, y que justo les disputaban desde tiempo atrás todos los honores eclesiásticos posibles. Ya una cédula real de 1781 les había concedido la igualdad con los españoles en la materia, así que hacia 1787, en aras de alcanzar justamente la “entera igualdad”, reclamaron al virrey el uso del mismo uniforme que los españoles (Archivo General de Indias AGI, México, 1776).

En la oficinas del Superior Gobierno de México, los fiscales que vieron el caso debieron reconocer que la lógica de los naturales era perfectamente atendible, aunque hubo un intento por “rebajarles” los colores, del azul y blanco al pardo, so pretexto de que difícilmente podrían pagarse el mismo traje que los españoles. La respuesta de los oficiales es interesante: de hecho, su petición era más bien una formalidad, pues ya algunos de ellos usaban en las asistencias trajes semejantes al uniforme de los españoles. El gobernador de entonces y su predecesor, “están usando vestidos de paño azul fino, bordados de oro a los cantos […] y con el galoncillo de oro, todos con los chupines blancos”. Evitaban las vueltas y collarines para que no se les acusara de ir más allá de los dispuesto en las leyes reales, pero era una desventaja que compensaban usando “capas portuguesas del propio paño fino con galón de oro” en los mismos días en que los españoles sacaban las suyas. El gobernador D. José Basilio de Mendoza incluso podía lucir “bastón con puño de oro”.

El alcalde mayor de Orizaba salió a favor de los capitulares españoles, insistiendo en que los indios no serían capaces de hacer honor al uniforme, por ser pobres, de oficios artesanales, hasta el punto que los dos gobernadores debían sus capas y trajes “porque los compraron desechados de los regidores españoles”. Más claros aún fueron estos últimos: concederles el uniforme y la capa a los indios “sería hacer despreciable un honroso traje y uniforme poniéndoselo un hombre vil y que se ha de sentar con él o se lo ha de quitar para hacer zapatos, coger la cuchara, hacer velas o revender frutas”. En un juego de desprestigios que hoy nos parecería simpático, si los españoles rechazaron así el carácter de caciques de los miembros del cabildo de naturales, éstos les recordaban a los españoles su carácter de comerciantes tenderos.

Luego de varias contestaciones, fue hasta 1795 que los magistrados y fiscales regios fallaron a favor de los indios. Por cierto, en todo el proceso, el párroco de Orizaba apenas si fue consultado, los honores de las corporaciones, aunque siguieran siendo parte de la política ceremonial de la época, eran ahora interpretados de forma distinta por los reformadores. En realidad no es de extrañar, para ellos, los honores en la iglesia constituían un medio para incentivar a los pueblos más modestos, y claro también a los indios, para que procuraran mejorar su posición económica a través del trabajo. Lejos de que la iglesia parroquial de Orizaba fuera el teatro de jerarquías consagradas de tiempo inmemorial, debía serlo de la superación económica.

Del respeto a las capas pluviales

A principios de diciembre pasado publiqué en este mismo espacio una nota breve sobre las cortesías que los prelados de antaño debían realizar cuando pasaban por delante de un magistrado real portando un ornamento muy concreto: la capa magna. Vimos las airadas reacciones de oidores y gobernadores que lamentaban que los obispos se negaran a arrastrar la larga falda que la caracterizaba.

Pues bien, en esta ocasión, para seguir explorando este tema, vamos a ver la situación contraria, es decir, los gestos que los magistrados debían realizar a su vez al paso de uno o varios eclesiásticos. Vamos a ilustrarlos con claridad con un documento que los resume bien: la representación al rey en el Consejo de Indias de los canónigos de la Catedral de Guadalajara del 15 de abril de 1724. En ella, los prebendados lamentaban que la Real Audiencia e incluso el Ayuntamiento de esa ciudad se negaban a corresponderles con su postura y gestualidad sus atenciones que ellos tenían con los magistrados cuando les pasaban por delante. En particular se destaca el respeto que los clérigos exigían a los ornamentos que portaban cuando encabezaban los oficios divinos: la capa pluvial y bonete. Si la capa magna del hábito coral de los obispos debía arrastrarse, la pluvial de unos oficiantes, al contrario debía al menos levantar a los magistrados de sus asientos.

Al igual que en el caso del arrastre de la falda episcopal, en nuestros días puede sonar simpático y meramente anecdótico este tipo de enfrentamientos. Mas debemos reiterar que eran decisivos en la política de la época: en el siglo XVIII novohispano, se seguía haciendo política en las iglesias en las ceremonias, tanto los gestos de cortesía como en la liturgia, que por lo común generaban a su vez extensas contestaciones ante los más altos tribunales, como en este caso el Real y Supremo Consejo de Indias. En esos gestos y posturas estaba constantemente comprometido algo tan importante en la época como el honor de los representantes de las majestades divina y humana. Veamos pues la manera en que formulaba su queja el Cabildo eclesiástico de Guadalajara.

AGI, Audiencia de Guadalajara, leg. 207.

Señor,

Siendo del divino agrado y del servicio de Vuestra Majestad la conservación de la paz, así para la quietud de las almas como para los aciertos del gobierno, y siendo de la obligación cristiana el procurarlo, para conseguirla, expone a Vuestra Majestad. el Cabildo Eclesiástico de esta Santa Iglesia el justo sentimiento que le asiste de los repetidos desaires que de la Real Audiencia de esta Corte experimenta.

El día 1o. de marzo del corriente año de 724, se ofreció un entierro de Cabildo, en que asistió la Real Audiencia, así en la casa, sacando el cuerpo hasta la puerta, como en las calles, acompañándole y en la Iglesia deponiéndole, quizá por haber sido la difunta hija de un ministro que fue de ella. Y estando en dicha Iglesia, que fue la de Santa Teresa, acabados los oficios, tomaron el féretro los cuatro ministros para [llevarlo] del túmulo a la sepultura, que estaba en el presbiterio, y habiendo comenzado a subir sus gradas se puso en pie todo el Cabildo Eclesiástico, pareciéndole urbanidad precisa a la representación de una Real Audiencia, y esperando que esta acción fuera correspondida con alguna política demostración, no la mereció el Cabildo, antes sí experimentó el desaire de que los cuatro ministros volviesen a sus sillas dando las espaldas uno por uno al Cabildo que por haber sido así no lo atribuye a descuido.

Más sensible desaire experimenta el Cabildo en todas las funciones de tabla, pues saliendo con capas pluviales para las procesiones y pasando en comunidad por la crujía, aunque al llegar a la vista de la Real Audiencia todos los capitulares se quitan los bonetes y bajan la cabeza, los ministros de ella se quedan sentados y apenas hacen una muy ligera cortesía, faltando en esto no sólo a la correspondencia política, sino a la religiosa urbanidad, y a lo que Vuestra Majestad tiene mandado por reales cédulas al virrey, Audiencia y más tribunales de México.

Lo mismo se experimenta cuando observando la ceremonia eclesiástica de ir dos capitulares del coro al altar mayor a dar la gloria al preste, pues ni cuando van ni cuando vuelven merecen de la Real Audiencia la correspondencia de su atención, pues los prebendados se quitan los bonetes y bajan la cabeza, no obstante que van con capas pluviales, lo que no debieran hacer pues ningún eclesiástico que se viste tal capa debe quitar el bonete para hacer cortesía, sino bajar solamente la cabeza. Y así parece que lo ordenó Vuestra Majestad en 27 de junio de 1698 cuando se sirvió de aprobar y mandó observar las constituciones sinodales del obispado de Caracas, pues en la constitución 285, libro 4, tit. 20, &6 que manda hagan cortesía los prebendados al vicepatrón de Vuestra Majestad con la cabeza descubierta, si no llevaren capa o estola, y con los bonetes puestos si llevasen uno de estos dos vestuarios, se le dio absolutamente el paso sin auto alguno acordado de vuestro Supremo Consejo.

Con tales ejemplares de la Real Audiencia se ha movido el Cabildo secular y tanto que el Domingo de Ramos dio orden a todos sus capitulares para que no hicieran cortesía alguna al eclesiástico que entonces para recibir las palmas se hallaba en el presbiterio y así lo ejecutaron los más de los regidores, no con poco rubor del Cabildo Eclesiástico.

Estos desaires, por ser públicos y repetidos siente el Cabildo y porque con sus expresiones reverentes nunca los ha merecido, antes sí es acreedor de las más buenas correspondencias, porque en las referidas ocasiones no ha hecho una pequeña demostración que pudiera manifestar su sentimiento, portándose siempre muy conforme a lo que Dios manda y a lo que Vuestra Majestad en sus leyes reales ordena, y procurando servir los ministros en muchas ocasiones que se empeñan para que a sus ahijados se den conveniencias, la alta y cristiana comprensión de Vuestra Majestad pesará y apreciará esta expresión del Cabildo, y para que se logre y mantenga la paz, dispensará las reales órdenes que fuere servido, los que observará rendida y puntualmente este Cabildo como leyes de su rey y señor natural.

Dios nuestro Señor guarde la Católica Real Persona de Vuestra Majestad los muchos años que la Cristiandad ha menester.

Guadalajara, y abril 15 de 1724.

El marqués de Uluapa.- D. Joseph Portillo Gallo.- D. Manuel Antonio Tello del Rosal.