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La invención del Día de Muertos: Recordando a Elsa Malvido.

En plena festividad de Todos Santos del calendario litúrgico católico, que mejor que tratar del tema de la historia de la muerte en México. Y qué más oportuno que escuchar justo a una ilustre e inteligente especialista, ya fallecida, la profesora Elsa Malvido. Investigadora del INAH durante muchos años, fallecida en 2011, célebre en la profesión como fundadora de un seminario especializado y de un museo sobre el tema de la muerte, y también, por qué no decirlo, por su personalidad crítica, irónica y hasta sarcástica. En el tema de las fiestas del 1 y 2 de noviembre, se destacó por la originalidad de su postura, en un tema que se había considerando como “esencial”, parte de una tradición ancestral mexicana, prehispánica incluso, la profesora Malvido historizaba con un claro sentido crítico. Ni la celebración de la muerte era algo esencial o natural en México, ni la fiesta de los muertos era prehispánica o sincrética. Ella la resituó en sus cambios y continuidades, en lo que tiene de común con el resto de las culturas del mundo y en particular con el mundo católico, una perspectiva que vale mucho la pena seguir explotando.

Aquí pues, una entrevista que le hicieron a la profesora Malvido en 2001 en Radio INAH.

Veladas de Sevilla

La historia del catolicismo es particularmente rica en el tema de la fiesta. El catálogo de posibilidades es muy vasto, las ha habido públicas o particulares; llenas de júbilo o solemnes; sobrias e interiores o rebosantes de exterioridades; en honor de Dios mismo, de la Virgen o de los santos; populares o elitistas; promovidas por el clero o fuera de su control. Aquí un testimonio de una fiesta religiosa pública que pudo ser antaño favorecida por las autoridades, mas para la segunda mitad del siglo XVIII se había vuelto tan “popular” que era apenas tolerable para algunas élites: las veladas. Celebración nocturna en torno de alguno de tantos objetos que se recargaron de sacralidad ante la desacralización protestante: imágenes, reliquias o, este caso, cruces.

Claramente no es un documento de nuestro presente. Hoy pensaríamos que sin duda una fiesta debe ser controlada, bajo preceptos como los derechos individuales, las leyes, el respeto de los espacios públicos. Pensaríamos en temas relacionados con la convivencia entre los ciudadanos, en la política en su sentido lato. Mas no es ése el marco para comprender este documento. Empero, es cierto que tiene algo de político. Se trata de la denuncia hecha por el representante de una de las potestades que ordenaba la sociedad de la época, y que mira con tanta más desconfianza la fiesta cuanto autorizada por los magistrados de la otra jurisdicción, en un mundo en que idealmente esas “dos majestades” debían colaborar en el mantenimiento del orden, y realmente se disputaban de manera cotidiana su control.

Mas hasta aquí seguimos viendo el documento con ojos profanos, en más de un sentido. La denuncia no debe sólo interpretarse como una disputa de poder en que la fiesta popular resultaría una víctima inocente. La crítica que aquí vemos apunta sobre todo a la peligrosa mezcla entre lo sagrado y lo profano, esfuerzo de separación interminable y cuyos términos se renegocian de manera casi cotidiana, y por tanto ha hecho correr ríos de tinta (y lamentablemente no sólo de ese líquido) a lo largo de los siglos. Es, pues, un tema propio de la historia religiosa, y en que vale la pena tomarse en serio esa dimensión para comprenderlo.

Este breve documento ilustra bien que esa frontera de lo religioso no era la nuestra, aunque no dejamos de tener cosas en común. Subsisten en muchas partes las tensiones entre una definición de lo religioso como algo sobre todo espiritual, frente a una definición más amplia, abarcante, y más antigua (aunque no necesariamente milenaria) que incluía en su seno prácticas que hoy nos parecerían en extremo alejadas de ese ámbito. El documento nos describe algunas, aun si en términos un tanto negativos.

Por otra parte, y a diferencia de nuestros tiempos, en que pensaríamos que esa frontera le toca cuidarla a la autoridad civil, entonces el auténtico (aunque no único) “profesional” que debía velar por su respeto era el “hombre de lo sagrado”, el sacerdote. Hoy nos parecería paradójico, extraño o al menos original que un clérigo denunciara una fiesta religiosa. Nos esperaríamos más bien que fuera un funcionario laico el que reprochara excesos que, de una forma u otra, podrían o deberían ser atribuibles al clero. Más aún, podría sorprender un poco que, como en este caso, una mezcla más entre lo profano y lo sagrado se encuentre en los propios actores de esta misiva, el remitente un importante juez eclesiástico y el receptor también clérigo, pero que ocupaba un alto cargo, no tanto en la Iglesia, sino en la monarquía.

Aquí un documento que además es europeo, sevillano para ser preciso. Acostumbrados como solemos estar a pensar la historia religiosa nacional bajo la óptica del sincretismo, conviene recordar que el mundo católico podía conocer no sólo de tensiones sino también de prácticas compartidas a ambos lados del Atlántico.

En fin pues, ya sin más preámbulo, aquí la denuncia del provisor del arzobispado de Sevilla, dirigida al presidente del Consejo de Castilla, sobre lo que pasaba en un rincón de esa ciudad algunas noches, en que se mezclaban los símbolos sagrados con las diversiones profanas.

Archivo Histórico Nacional, Consejos suprimidos, leg. 704, exp. 17, fs. 24-26
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Navidades profanas o sagradas

Las fiestas de la Natividad constituyen sin duda uno de los festejos más importantes del mundo católico; sin embargo, conocer con detalle lo que tenía en lugar antaño en ellos, no es necesariamente fácil. Si bien los libros litúrgicos nos dejan ver la parte más formal de la celebración, se sabe bien que en la Nochebuena tenía lugar una abundante paraliturgia, que congregaba a numerosos fieles: los maitines, los villancicos, el reparto de alimentos, las danzas incluso, tenían lugar en los atrios de las iglesias, mezclando la alegría sagrada de la Encarnación con otras más profanas. Una mezcla que un buen número de autoridades civiles y religiosas, no siempre estuvo dispuesta a tolerar. Aquí, justamente, un par de testimonios de la forma en que esas navidades profanas y sagradas tenían lugar a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX. El priero viene en voz ni más ni menos que del Arzobispo de México en persona, Francisco Xavier Lizana y Beaumont. Trascribo aquí simplemente unos fragmentos de su edicto del 15 de diciembre de 1803, en que abordó el problema de la celebración de la Navidad. Obviamente, el prelado se ocupa de describir exclusivamente para prohibir, con lo cual se nos escapan muchos detalles. Destaquemos en todo caso la sensibilidad de este príncipe de la Iglesia, especialmente preocupada por la sacralidad de la fiesta y del templo: para él, algunos de los tradicionales instrumentos musicales que se tocaban para mayor exaltar el gozo de la fiesta se habían convertido en “propios de fiestas de gentiles” y el canto en lengua vulgar, como profano, debía dejar paso al latín. Quien desee leer el edicto completo puede hacerlo en la Hemeroteca Digital de España.

Pero no sólo los clérigos de esta época se manifestaban por separar lo sagrado y lo profano. Entre algunos seglares, hombres de las élites, no necesariamente políticas sino también intelectuales, los había con una sensibilidad semejante. Uno de ellos es un personaje conocido y a la vez desconocido de nuestra historiografía, pues escribió casi siempre bajo seudónimo: Francisco Sosa/Antonio Gómez, autor de una larga lista de “representaciones”, como se decía en la época, que entre otros temas tratan el de las celebraciones religiosas. Como vemos más abajo, tomando la pluma en enero de 1804 bajo el nombre de Antonio Gómez, se dirigió al Consejo de Indias para denunciar el incumplimiento del edicto del arzobispo Lizana. Él también se escandalizaba de la profanación de una Noche Santa con la venta de bebidas alcohólicas en los en apariencia inocentes “puestos de Nochebuena”, no menos que denunciaba la música y el ruido que imperaba en los atrios y plazas de las iglesias.

Hasta donde sabemos no hubo, al menos hasta el final del régimen virreinal, un esfuerzo más radical por imponer la separación de ambas esferas en materias festivas, por lo que podemos suponer que, incluso después de esa fecha, los clérigos y devotos más sensibles debieron seguir tolerando algunos de estos “escándalos”. En cualquier caso, constituyen ambos testimonios una prueba de que la fiesta, incluso la más sagrada, podía siempre mezclarse con diversiones profanas.

Gazeta de México, tomo XI, núm. 49, viernes 16 de diciembre de 1803, p. 401.

…habiendo llegado a nuestra noticia los desórdenes que reinan en este nuestro arzobispado, así en la única noche de todo el año en que por los motivos más poderosos y circunstancias más recomendables continúa la Santa Iglesia la costumbre de juntar en el templo a los adoradores fieles, como en los días que preceden al Nacimiento del Señor, y se solemnizan con las Misas llamadas de Aguinaldo; renovando cuanto sobre este particular dispuso y decretó nuestro antecesor de buena memoria el Excelentísimo e Ilustrísimo Sr. D. Alonso Núñez de Haro y Peralta, mandamos que en ninguna iglesia, aunque sea de regulares, se dé principio a las Misas de Aguinaldo hasta que haya amanecido claramente la luz del día, y que si, o por la distribución de horas y observancia de la regla que profesan, o por cualquiera otro motivo, se hubieren de comenzar antes de dicha hora, no se abra la puerta del templo, ni se permita entrar a persona alguna; que en las iglesias de religiosos y religiosas en que estas misas se celebren de día, no se toquen ni en ellas ni en los coros, pitos, sonajas u otros instrumentos propios de fiestas de gentiles, que tributan culto diabólico a sus falsos ídolos; que no se cante cosa alguna en idioma vulgar; y que no se echen desde los coros dulces, bizcochos, aleluyas ni cosa alguna, sino antes bien se guarde todo el respeto, decoro, silencio y santidad que corresponde a la Casa de Dios; y finalmente, que a excepción de nuestra Santa Iglesia Metropolitana, en ninguna otra secular ni regular, se abran las puertas en la noche del veinte y cuatro al veinte y cinco de diciembre.

¿Queréis acaso renovar las festividades solemnizadas antiguamente por los idólatras con licenciosos juegos en honor de Jano y de Estrenia? ¿No sabéis que de estas infames diversiones se han derivado entre los cristianos los excesos profanos de las estrenas o aguinaldos? ¿Ignoráis las severas prohibiciones de los Concilios antiguos y las providencias de algunas iglesias, que para impedir semejante detestable práctica prolongaban el ayuno, las oraciones y la hora del alimento? ¿Qué es lo que pretendéis? ¿que la disposición sensual y carnal, cuando menos mundana y tumultuesa, ponga obstáculos al nacimiento de Cristo en nuestros corazones y a que reine en nosotros por su gracia?

AGI, México, 2688. Representación de Antonio Gómez, México, 27 de enero de 1804.
…sin embargo de la prohibición que contiene el edicto de que no se abrieran las puertas y no entrase persona alguna, abrieron aunque no de par en par la puerta, pero ya viene la tía, sobrina, prima o hermana del padre prior, sacristán, la tocó pues, ábrasele el postigo o la puerta excusada del convento, de modo que así en estos dos conventos como en algunos de monjas hubo sus familias convidadas que entraron a la misa de gallo, como vulgarmente se nomina, otro de los motivos que no se consiguió el total cumplimiento fue, por la ninguna vigilancia del magistrado secular, pues si se hubiera dado orden que se persiguiese a las gentes, que sin embargo de estar ya entendidas no se habían de abrir las puertas, fuesen a esperar y a tocar las puertas de las iglesias y sus cementerios, como lo hicieron tocando con palos, piedras y tratando hasta de forzar las puertas de los templos, permitiendo asimismo el magistrado secular el que se queden abiertos los puestos que denominan de nochebuena, los que aunque en ellos públicamente no se vende sino dulces, pero piadamente [sic] se expende aguardiente, vino, etc., y así de qué sirve que a las nueve de la noche se cierren las tabernas y vinaterías públicas, si quedan las ocultas o paliadas.

[…] que haga publicar bando para que en la noche del 24 al 25 de diciembre los puestos de Nochebuena se apaguen a las nueve de la noche, que no haya músicas, bailes ni escándalos en las plazas y cementerios, que se prevenga al ilustrísimo señor arzobispo, repita su edicto con inserción de la citada ley y de la real cédula en que V.M. tuviere a bien confirmarlo, para la inteligencia de los regulares de ambos sexos, con especialidad que se impongan penas con acuerdo de la real sala y su fiscal, a los que fueren a tocar las puertas de los templos y se hayaren en los cementerios, duplicándose las rondas y patrullas en semejante noche.

Cofradías y Cuaresma

Ha comenzado la Cuaresma, días de guardar y de meditación, de oración, ayuno y obras de caridad según la tradición católica. Hoy puede pasar un tanto desapercibida, interiorizada según la devoción individual de los fieles. En cambio, aunque se trata oficialmente de un período que uno imaginaría particularmente tranquilo, en el siglo XVIII era una de las temporadas más cargadas de actividades de todo el año, especialmente para las corporaciones de seglares devotos, las cofradías y órdenes terceras, que organizaban un sinnúmero de actividades.

Así es, para muchas de ellas, especialmente las que rendían honor a imágenes del Crucificado, era temporada de fiestas y solemnidades, sobre todo los viernes. En ellos, la cofradía del Santo Cristo de Burgos de México, por ejemplo, se reunía para una misa verdaderamente en grande: cantada; de “tres ministros”, es decir, preste, diácono y subdiácono; con “número competente de religiosos en el coro”, que no eran sino los franciscanos del Convento principal de la ciudad; pagando, claro está, organista y cantores. En Veracruz, la cofradía de Jesús Nazareno hacía lo propio, “con la mejor música y adorno de su altar y capilla”, asistiendo engalanados los oficiales de la corporación en la banca particular que tenían para ello.

Las noches cuaresmales eran un tiempo fuerte para las celebraciones y las procesiones. Los hermanos de la Orden Tercera de Siervos de María se reunían a medianoche a rezar maitines, mientras en la ciudad de Veracruz, los cofrades del Santo Cristo y Rosario de Ánimas salían por las calles los lunes, miércoles y viernes, desde las ocho, a rezar la oración que las daba su título, acompañando al Crucifijo con faroles. Por supuesto, los horarios diurnos también eran útiles para la procesión. En Puebla, los domingos, eran los cofrades de San Nicolás Tolentino quienes, buenos súbditos de ambas majestades, salían a rogar al Cielo por el rey y por la Iglesia. En Orizaba, los hermanos terceros francisanos salían a rezar el Viacrucis los miércoles.

Era además temporada de salir a recabar limosnas: los cocheros del Santísmo del puerto de Veracruz sacaban entonces los platos de plata que tenían para recabar lo necesario para el culto del Corazón de la Virgen y de su titular. Los oficiales y hermanos notables de San Nicolás Tolentino de Puebla, se turnaban asimismo el plato para la cuestación, en este caso dirigida a la preparación del depósito de la Eucaristía el Jueves Santo. Desde luego, había obras de caridad. Ante todo, obras de misericordia espiritual, como la de los cofrades de San Francisco Xavier de México, quienes debían organizar entonces visitas de hospitales y cárceles para estimular a los enfermos y a los presos a su conversión. Pero también obras de misericordia corporal, como el sorteo de dotes entre doncellas y viudas cofrades que celebraba la sacramental de la parroquia de Santa Cruz, también en México.

En fin, era sobre todo temporada de escuchar a los sacerdotes lucir su mejor y a veces más patética retórica (en el buen sentido del término), desde los púlpitos de las iglesias. Pláticas doctrinales los viernes eran pagadas por la cofradía de los Dolores de Tenancingo, mientras la de San Juan Nepomuceno de San Luis Potosí hacía lo propio los martes, y de San Nicolás Tolentino de Puebla los domingos.

Por supuesto, las congregaciones clericales, las órdenes religiosas, las parroquias y cabildos catedrales eran también muy activos en esta época del año, pero eso será materia de otra ocasión, en estos mismos días espero. Mientras tanto, cabe solamente resaltar el contraste entre un catolicismo que ya por entonces tenía cierta tendencia a reforzar su clericalización, y la importante participación de los seglares en la organización de toda suerte de actividades religiosas, que como podrá advertirse en esta época, y hasta su culminación en la Semana Santa, llenaban ampliamente el espacio público.

Una procesión nocturna de reliquias

En estos días las reliquias del Beato Papa Juan Pablo II continúan recorriendo México por el rumbo del occidente, e hicieron una escala breve, de unas cuantas horas, en Lagos de Moreno en la noche del 8 y madrugada del 9 de diciembre. Su llegada, anunciada con cohetes y repiques de campanas, fue oportunidad para una procesión, de la que presento aquí algunas imágenes.

Cabe destacarlo, aun si México no heredó de la Nueva España abundantes restos de bienaventurados y santos, no es que el nuestro sea un país desierto de reliquias. Unas pocas pueden datar de tiempos de la primera evangelización, como las de fray Sebastián de Aparicio en Puebla. Otras hay que son “recientes”, relativamente, del siglo XX, como el cuerpo incorrupto de monseñor Guízar y Valencia en Xalapa. Mas estos ejemplos puntuales, contrastan con su relativa abundancia en estas tierras occidentales.

Esto es, las del Papa Beato llegaron justamente a la región mexicana acaso la de mayor tradición en materia de reliquias. La urna de San Hermión mártir, que luce majestuosa desde uno de los altares de la nave de la soberbia iglesia parroquial de la Asunción, en el corazón de Lagos, lo muestra bien. Llegado a finales del siglo XVIII, no lo hizo en solitario: fue por entonces que arribaron a León las reliquias de San Donato, San Fulgencio y Santa Clementina, y a Aguascalientes las de Santa Veneranda. Los fieles de estos rumbos pues, saben bien de qué se trata cuando se habla de reliquias, y con mayor razón no ha de extrañarse que se agolparan en gran número ante las de un Pontífice que, lo sabemos bien, fue en vida especialmente querido de los católicos mexicanos.

Y sin embargo, no es de todos los días que las reliquias mexicanas salgan de sus altares. Si las procesiones de imágenes pueden ser frecuentes hasta hoy, las de reliquias están más bien en el olvido, incluso aquí en Lagos. De ahí que lo más fácil y lógico haya sido aplicar a esta procesión de reliquias las prácticas que la tradición local utiliza para las imágenes religiosas: los laguenses no hicieron, según entiendo, sino reunir los elementos propios de “la subida” de Nuestro Padre Jesús en Semana Santa. Y ello justamente la convirtió en una interesante amalgama de prácticas antiguas y nuevas del catolicismo, al mismo tiempo con algo de barroca y algo de moderna.

Así es, ella representó casi lo contrario a lo que hubieran deseado lo obispos reformadores de antaño. Distaba mucho de ser una procesión devota en estricto sentido, pues si había cantos religiosos, estuvo más bien desierta de oraciones. Su horario mismo hubiera sido censurado por los prelados más celosos del Antiguo Régimen, opuestos a los “desórdenes” de los horarios nocturnos. Procesión más bien triunfal, lo importante en ella parecía ser la alegría del acompañamiento, lo cual hubiera ido contra modelos pregonados por ejemplo, por monseñor Juan Cruz Ruiz Cabañas, severo censor de las prácticas “profanas”, “superfluas” e incluso “supersticiosas” de los pueblos de la Nueva Galicia de finales del siglo XVIII. De hecho, se inició justamente con un estallido de cohetes, elemento que aquel prelado ilustrado sistemáticamente trató de prohibir; y más todavía, venía rodeada de vendedores de una amplia “quincallería religiosa” (sólo por evocar el término despectivo de algún liberal del XIX) que incluía tradicionales estampas, rosarios, medallas e imágenes, y más recientes banderas vaticanas y globos amarillos.

Pero centrémonos en la procesión misma. En ella abundaron las danzas, que sin duda no son exactamente las mismas que se bailaban en los siglos pasados, como tampoco lo son los trajes de los danzantes, aunque en cambio el uso de percusiones sí que puede venir de tiempo atrás. Sobre todo, la idea general sigue siendo básicamente la misma de tiempos barrocos: la presencia entre nosotros de lo sagrado ha de ir acompañada de desbordes de alegría que sólo la danza puede expresar.

Además hubo música, repetimos, de hecho de varias generaciones del catolicismo. Se hicieron presentes percusiones y metales, aquí modernizadas bajo la forma de bandas de guerra escolares; no debiera extrañar, en España hubieran sido bandas cofradieras asimismo de metales, en Francia las de cornos y cornetas. La idea, de nuevo antigua bajo formas nuevas, es la de la fanfarria que precede a soberanas imágenes o a venerables reliquias.

Nuevo en realidad, es sin duda el mariachi, cuyo sonido más suave apenas logra abrirse espacio entre percusiones de danzantes y de bandas, y que aquí escuchamos entonando por igual piezas de la tradición del siglo XX, no menos que canciones mucho más modernas. Estas últimas, junto con los cánticos de los movimientos juveniles que venían formando valla para cerrar la procesión (y que se percibían menos que los mariachis), son el elemento en verdad reciente. De hecho, esta era la música tal vez más relacionada con el Beato Pontífice cuyas reliquias se recibían: eran piezas estilo Jornada Mundial de la Juventud, cánticos de la generación que vivió bien la Nueva Evangelización que él impulso; por cierto, música que es la desesperación de algunos liturgistas más apegados a la tradición.

También tomando distancia de ella, debemos destacarlo, la procesión estaba estrictamente centrada en las reliquias y no en el clero que las acompañaba. Si bien, como corresponde a la recepción de las reliquias de un Sumo Pontífice, sacerdotes y seminaristas hicieron masivo acto de presencia, lejos de acudir uniformemente revestidos y de formarse jerárquicamente detrás del coche con la urna, algunos iban en medio del acompañamiento y la mayoría mezclado indistintamente con religiosas, movimientos juveniles y mariachis al final del cortejo. No había pues, ni lucimiento de ornamentos sacerdotales (no había una sola capa pluvial, por cierto) ni orden jerárquico, con lo que la procesión reforzaba su carácter mayoritariamente laico (que no profano).

Es curioso hacer notar que en cambio venían integradas al cortejo patrullas de las corporaciones de seguridad pública de distintos niveles de gobierno. Sobra decir que tenían toda razón de hacer acto de presencia tratándose de una acto público masivo, pero aun si no marchaban haciendo guardia de honor ni saludando a los símbolos sagrados (como se hace en otros países, cabe decir), no dejan de recordar de recordar lejanamente el viejo ideal de colaboración armónica entre la Iglesia y el Estado, que fuera antaño tan característico del mundo hispano.

Recepción reliquias Lagos por davidclopez

La misa de la Monarquía Hispánica

Lo ha mostrado bien la obra de Philippe Martin, Le théâtre divin. Une histoire de la messe, XVIe-XXe siècle (CNRS, 2010), una de las tendencias más caras de la historia del catolicismo desde el siglo XVI había sido la unificación de las ceremonias de la misa. Para el caso del mundo hispánico, se suele pensar que, por haberse adoptado casi de inmediato la reforma del Concilio de Trento y los libros litúrgicos que la Santa Sede fue autorizando en las décadas siguientes (el Misal Romano, el Ceremonial de los Obispos, el Pontifical Romano, etcétera), tal unificación puede darse por sentada. Empero, la cosa no es tan sencilla, y en materia de ceremonias, aun las modificaciones que hoy pueden parecernos simples detalles, son significativas.

Había un largo listado de casi una veintena de diferencias autorizado por la propia Sede Apostólica, especialmente por breves del Papa Gregorio XIII, que tocaban incluso al Canon, tal vez la parte más importante de toda la celebración, para incluir la mención del nombre del Rey de España. Asimismo, en la Confesión, podía seguirse la costumbre de incluirse la invocación a los santos patronos locales, lo cual no es un detalle menor, como tampoco la conservación del canto toledano en lugar del romano ahí donde estaba establecido. Además, frente a la lectura de la Epístola y el Evangelio en el altar establecida en las rúbricas del Misal Romano, podía también mantenerse la costumbre de leerlos en ambones o atriles, como se hacía, me consta al menos en el caso de las celebraciones de pontifical, en la Catedral de Guadalajara a principios del siglo XVIII. En fin, aparte de las modificaciones ceremoniales propiamente dichas, había también concesiones respecto del calendario, esto es, para poder celebrar con mayor solemnidad a los santos cuyas reliquias estuvieran en las iglesias del mundo hispánico.

Cierto, es difícil saber hasta qué punto los fieles apreciaban tales diferencias, que aparecen aquí en la lista dada por el padre Manuel Herrera Tordesillas en su Ceremonial romano general impreso en 1638. Mas es buen recordatorio de que la Reforma Católica, en materia de liturgia, y como buena reforma de Antiguo Régimen, respetó en buena medida la costumbre local, que constituía parte del orgullo de muchas iglesias, en particular las Catedrales y sus canónigos. Sirva además esta entrada para responder en parte una duda de un lector respecto del uso del ambón en el Mundo Hispánico.

Nuestra Señora del Carmen

Hoy es, todavía, 16 de julio, fiesta de Nuestra Señora del Carmen, tal vez una de las devociones más extendidas del mundo hispánico. Asociada, desde luego a la Orden del Carmen, de varones como de mujeres, especialmente a su reforma descalza, fundada por la célebre Santa Teresa de Ávila, la devoción a la Virgen del Carmen está también vinculada a la historia de su escapulario, auxilio de las Ánimas del Purgatorio según las visiones de San Simón Stock. Mas esta breve entrada no es tanto para hablar de sus indulgencias, de sus cofradías o de sus religiosos y religiosas, sino simplemente para recordar un poco cómo se le ha celebrado.

Fiesta veraniega, realizada a veces por la tarde-noche para evitar el calor del estío, no deja por ello de estar asociada a una lucida procesión, con música solemne, gran concurso y alegría. Ayudaban sin duda algunos de los ornamentos que sacaban las cofradías que la organizaban: a finales del siglo XVIII, la del Carmen de Guadalajara abría su procesión con ocho gigantes y dos enanos, la de Oaxaca llevaba música, pero además cohetes y fuegos artificiales, pagando además el “refresco” de la festividad.

Y para ejemplo de estas festividades, en principio un breve testimonio de la instalación de la primera cofradía del Escapulario del Carmen en la Ciudad de México en 1691, que tuvo lugar, es cierto, en 19 de marzo y no en 16 de julio, pero llevando más o menos el mismo ceremonial. Y más abajo, un video de tres procesiones sevillanas de Nuestra Señora del Carmen de este año y de 2009, todo ello para dar cuenta de los fastos de esta festividad.

AGI, México, 2651
“Dr. D. Francisco de Aguiar y Seijas, arzobispo de México, del Consejo de S.M., etc. mi señor: En la mejor forma que de derecho puedo y debo certifico y doy testimonio de verdad como hoy lunes diez y nueve de marzo de este año de la fecha, día del Gloriosísimo Patriarca San José, serían las cuatro horas de la tarde, poco más o menos, estando en la iglesia de San Sebastián de religiosos carmelitas descalzos de esta dicha ciudad, en presencia y con asistencia del excelentísimo señor conde de Galve, virrey de esta Nueva España, y del corregidor, justicia y regimiento de esta dicha ciudad, y del M.R. Padre Provincial de esta provincia de San Alberto y del R.P. Padre Prior y comunidad religiosa de este dicho convento, y del rector, diputados, mayordomo y secretario de la cofradía del Santo Escapulario de Nuestra Señora la Virgen María del convento y de muy numeroso concurso eclesiástico y seculares, hombres y mujeres que se hallaron presentes, subí al púlpito y en forma que en tales casos se acostumbra y en altas e inteligibles voces les leí y publiqué el despacho de las fojas antes de ésta, como en él se contiene y manda por el dicho señor ilustrísimo, y luego sucesivamente el R.P. Fray Francisco de Santa María, prior de la nueva fundación de San Joaquín del pueblo de Tacuba de dicha sagrada religión, predicó un sermón de las excelencias del Santo Escapulario, privilegios, gracias e indulgencias de su santa cofradía y acabado se hizo una muy devota y lucida procesión, en que se sacó la imagen de Nuestra Señora del Carmen por la puerta principal, y dando vuelta por dentro del convento, entró por la puerta del costado, a que asistió su excelencia, ciudad, religión, cofradía y demás concurso referido, cantando la letanía de Nuestra Señora con música solemne y varios instrumentos de regocijo y alegría, y llegada a la capilla mayor se dio fin a este solemnísimo acto cantando la Salve Regina con grande júbilo, alegría y devoción de todos los presentes. Y para que conste di el presente en México, dicho día diez y nueve de marzo de mil seiscientos y noventa y un años, siendo testigos el capitán D. Domingo de la Rea, caballero del orden de Santiago, Cosme de Mendieta, y el contador D. Alejo de Apilladis y Torres, vecinos de México, y en fe de ello lo firmé, José Rubio, secretario.”


Salidas procesionales de la Virgen del Carmen… por davidclopez

No corregirás a tu prelado si desentona…

Las grandes “funciones de Iglesia” como la fiesta de Corpus que celebramos en días pasados, eran ocasiones en que la liturgia debía ser (y sigue siendo) particularmente solemne, hasta el punto de reflejar no sólo el esplendor del culto propio de la Majestad Divina, sino también el buen orden de la comunidad celebrante. Mas no en pocas ocasiones eran justamente estas celebridades el escenario de confrontaciones por “vanidades”, según diría más de un prelado del siglo XVIII. Las más conocidas son sin duda los tradicionales conflictos de precedencia sobre el lugar de una cofradía o una orden en las procesiones. Algo menos conocidos son los conflictos, que también había, relativos a un tema no menos esencial en la liturgia como es el canto. Entonar correctamente los himnos de la ocasión podía ser un asunto bastante grave en este tipo de celebraciones, en las que no sólo debían esforzarse los cantores propiamente tales, sino también los celebrantes, en general prelados de las respectivas iglesias, quienes podían sentir humillada en público su autoridad si se hacía notar que habían cometido un error. Ello lo constató dolorosamente fray Blas Vives, cantor del convento dominico de Zacatecas, quien como vemos en los documentos que siguen, aprendió duramente que no convenía corregir a su superior cuando éste desentó en la antífona del Magníficat al final de las vísperas solemnes de Corpus de 1795.

El incidente, que terminó con el pobre cantor arrestado y deseando salir no sólo de su celda sino de la orden dominica misma, ilustra bien hasta qué punto lo que sucedía en los altares y los coros, a la vista y oídos de un “numeroso concurso”, era relevante efectivamente un asunto público en el Antiguo Régimen.

AGI, Guadalajara, legajo 375
Carta de fray Blas Vives al rey

Señor,

Fray Blas Vives, religioso profeso y presbítero del Orden de Predicadores, cantor y conventual en el de Zacatecas de Nueva España, con el más profundo respeto hace presente: Que hallándose oprimido con persecuciones y malos tratamientos hasta el extremo haber sido arrojado al suelo, hollado y golpeado por el provincial de su orden en el acto de las vísperas solemnes de la festividad del Corpus del año pasado de mil setecientos noventa y cinco que se celebraban en la iglesia del referido convento, a presencia de un numeroso concurso que asistía a aquella función y en que S.M. Sacramentado estaba manifiesto, y cuyos oficios fue necesario suspender por el alboroto del pueblo escandalizado, que se conmovió a vista de un hecho tan inesperado por todos respetos, y sin otra causa que haber reformado y puesto en tono, como vicario de coro que era, una antífona entonada por dicho provincial fuera del que correspondía, procediendo después a penitenciarle y avergonzarle delante de toda la comunidad y aun dio orden para arrestarle de lo que desistió a ruegos y persuasión de otro padre ministro del mismo convento. De éste y otros trabajos que ha sufrido en el dilatado tiempo de su profesión y con el penoso oficio de cantor, que incesantemente ha sufrido en más de veinticinco años, se halla tan quebrantado de salud que no puede cumplir las obligaciones de su instituto, ni guardar los ayunos de éste, ni los de la Iglesia, como todo resulta de los documentos que exhibe señalados con los números 1, 2 y 3, y siendo su objeto el impetrar de Su Santidad la gracia de secularización.

A Vuestra Majestad encarecidamente suplica que habiendo por presentados los referidos documentos se sirva concederle la gracia y real permiso para hacer la referida solicitud y obtener de Su Santidad el breve de secularización correspondiente para seguridad de su conciencia y remedio de los trabajos que ha tolerado y sufre, en que recibirá especial gracia y merced. Madrid y julio a 2 de 1797.

En virtud de orden

Juan Gabriel Fernández Fernández.

Anexo No. 1

Certificamos ser verdad como el M.R.P.M. Prior provincial fray Domingo Gandarías, estando en el coro, con toda la comunidad delante de todo el concurso y el Santísimo Sacramento patente, reprendió dándole de porrazos, maltratándole con palabras injuriosas al R.P. cantor o vicario de coro fray Blas Vives, sin haber dado más motivo que el poner en su propio tono la antífona del Magníficat que el mismo padre prior provincial había entonado fuera de tono.

Por lo que después del dicho escándalo público se metió el referido padre provincial y sin acordar ni hacer mención del dicho ultraje, se revistió con las vestiduras sagradas y salió a concluir el oficio de este solemne día, y habiéndolo finalizado mandó de su orden tres religiosos para que metieran en la cárcel al mencionado padre cantor y viendo frustrados sus intentos, no dejó de poner a mil verguenzas al dicho padre cantor, en presencia de toda la comunidad, pues lo hizo postrar y le [ha] hecho un capítulo pero muy oficioso, como si propiamente fuera reo de algún delito.

Y por ser verdad todo lo que referido tenemos, lo firmamos y juramos tacto pectore et in verbo sacerdotis.

Fray Miguel Hidalgo
Fray Miguel Rodríguez.
Fray Pedro Zevallos
Fray Manuel Alcívar
Fray Mariano Ponce
Fray Mariano Lascano.

Anexo 2
El notario receptor de esta curia arzobispal de México Dr. José Mariano de Aguilera.
Certifico en cuanto puedo y debo haber asistido en las vísperas solemnes del día de Corpus Christi en la iglesia de N.P. Santo Domingo y en el Magnificat vi con mis ojos como el M.R.P. Prior Provincial Fray Domingo Gandarias le estaba dando de golpes, maltratándole de palabras al R.P. cantor fray Blas Vives, de lo que se armó un escándalo formidable, y asimismo vi como al dicho padre cantor se lo metieron dentro, y habiendo tenido la curiosidad de haber preguntado por qué había sido el referido lance, supe de un propio religioso que sólo había sido porque el padre cantor había puesto en tono regular la Antífona que el padre prior provincial había entonado fuera de su término. Y para que conste donde le convenga doy esta en México, a 31 de mayo de 96.
José Mariano Aguilera

Celebrad al Papa

Hoy, según he podido ver por los medios, los católicos mexicanos celebran la beatificación del Papa Juan Pablo II. Vigilias de oración, transmisiones en vivo de la misa celebrada en la plaza de San Pedro, flores en los monumentos que ya se le han construido en varias ciudades, imágenes en abundancia, incluyendo el concurso de fotografía que organiza la Arquidiócesis Primada de México, son algunas de dichos festejos. Es cierto, el pontificado del ahora bienaventurado tuvo sin duda una relevancia particular para México: lo mismo en temas políticos, como el restablecimiento de relaciones diplomáticas con la Santa Sede; que en asuntos más estrictamente religiosos, como la canonización veintiocho nuevos santos; y desde luego pastorales, con sus cinco visitas que literalmente conmovieron a su paso a las ciudades y pueblos mexicanos. En el plano internacional, Juan Pablo II ha pasado ya a la historia como el Papa de la caída de los regímenes comunistas europeos, de un despliegue de actividad diplomática impresionante, y  viajes y presencia en los medios. Pontificado controvertido: si el tradicionalismo le reprocha hoy los encuentros ecuménicos de Asís, y las peticiones de perdón del jubileo del año 2000, del lado opuesto no se olvida el tema de la condena de la teología de la liberación, y últimamente su buena relación con el padre Marcial Maciel. Sobre todo ello, es sin duda recomendable el artículo publicado hoy por Sandro Magister  “Karol Wojtila beato. Contemplarán al que traspasaron“.

Ahora bien, más que hablar con detalle de ese pontificado, me limito aquí a hacer notar que los festejos de la beatificación del Papa son especialmente originales para México y los países latinoamericanos, si lo vemos en una perspectiva de larga duración. Y es que en el Antiguo Régimen, era más bien raro ver festejos o conmemoraciones del Papa en tierras americanas. Para prueba, la siguiente real cédula, que trascribo del tomo III del Cedulario americano del siglo XVIII editado por don Antonio Muro Orejón en 1977 y publicado por la Escuela de Estudios Hispano Americanos de Sevilla, esta real cédula de 1724, en la que el rey se vio obligado a intervenir para que en los reinos americanos se celebrase también al Papa:

“El Rey

Por cuanto me hallo enterado de que en mis dominios de la América no se celebran las exequias y honras funerales que se deben cuando mueren los sumos pontífices, ni las demostraciones de hacimiento de gracias cuando se elijen sucesores en la silla apostólica, como se practica y ha practicado siempre en mis reinos y dominios de España: Y siendo justo el reparo de que hallándome absoluto monarca de aquellos y singular patrono de todo el estado eclesiástico de ellos, se dejen de ejecutar las mismas demostraciones en uno y otro caso, con motivo de haber fallecido la Santidad de Inocencio Décimo Tercio, el día 7 de marzo de este año, y sido exaltado a la sagrada tiara pontificia el cardenal Pasino, el día 29 de mayo próximo pasado, con el nombre de Benedicto Décimo Tercio. He resuelto, sobre consulta de mi Consejo de las Indias de 16 del presente mes, se practiquen generalmente en los reinos de las Indias las expresadas funciones. Por tanto ruego y encargo a los arzobispos y obispos de las iglesias metropolitanas y catedrales del Perú y Nueva España, a los cabildos de ellas en sede vacante y a los provinciales de las religiones de ambos reinos, que luego que reciban este despacho, celebren y hagan celebrar en las iglesias de sus diócesis y provincias con la solemnidad que se requiere y corresponde, las exequias funerales y sufragios por el ánima del expresado pontífice Inocencio Décimo Tercio, y consiguientemente las demostraciones y hacimiento de gracias que son debidas a la Majestad Divina por la nueva exaltación al Pontificado de la Santidad del referido Benedicto Décimo Tercio, y que se ejecute lo mismo en los demás casos de muerte y elección de Pontífices que se ofrecieren en adelante por ser así mi voluntad, y que me den cuenta del recibo y cumplimiento de esta mi resolución en la primera ocasión que se ofreciere. Fecha en Buen Retiro a 26 de junio de 1724. Yo el Rey.”

El depósito del Jueves Santo

Altar de plataEl visitante que acceda a la Catedral de Sevilla en nuestros días se encontrará en la nave transversal de ella, del lado del Evangelio este magnífico altar de plata que vemos en la imagen. Cabe decir, se trata de un altar desmontable, pues compuesto de diversas piezas adquiridas por la Catedral en distintos momentos. Así por ejemplo, los portacirios fueron donados por D. Juan Antonio de Vizarrón y Eguiarreta, arzobispo de México, quien había sido archidiácono de esta catedral. Y es desmontable pues aunque hoy se encuentra ahí de manera permanente, y es utilizado para permitir la visibilidad de un mayor número de asistentes en las grandes celebraciones de la principal iglesia hispalense, en principio se trata de un elemento meramente provisional de la iglesia: es lo que en otro tiempo se llamaba el monumento del Jueves Santo. En él, una vez terminados los oficios de dicho día, conmemorativos de la institución de la Eucaristía durante la Última Cena de Cristo, quedaba depositado el Santísimo Sacramento (de ahí su forma de una enorme custodia), hasta el Domingo de Pascua de Resurrección. En principio, al menos desde el siglo XVI, toda iglesia catedral, parroquial o conventual debía contar, no sólo con el Sagrario donde de ordinario se deposita la Eucaristía, sino con un monumento en donde pudiera colocarse de manera solemne, y de preferencia bajo llave. Por supuesto, no todas las iglesias podían darse el lujo de contar con las brillantes joyas de plata que vemos en la imagen, mas cada una a su medida buscaba la manera de darle el “adorno” y “lucimiento” más “decente” como se decía en el siglo XVIII. Si no tenemos muchas descripciones de los monumentos mismos, sabemos en cambio algunos elementos de ese ornato y de sus actores fundamentales.

Se trataba en primerísimo lugar de un adorno de luces, que en la época era tanto como decir cirios y velas. Su número podía variar de manera impresionante: seis cirios únicamente solían alumbrar el de la parroquia de San Guillermo Totolapan, mientras que en la de San Sebastián de Querétaro lo hacían con hasta cien velas, cuatro cirios y dos ciriales. Mas no era el único elemento: en Santiago Tulyahualco se colocaban flores y frutas (naranjas, por cierto), y en otros sitios era además costumbre que los propios feligreses montaran guardias de honor durante todo el depósito. En San Luis Potosí, dos custodios se alternaban cada dos horas ante el monumento, portando dos cetros de plata. En la parroquia de Santiago de Querétaro en cambio, lo importante era el acompañamiento rindiendo culto, por lo que la asistencia era de rodillas y con cirios encendidos, y desde luego el tiempo de alternancia era más corto, de sólo media hora.

El adorno y el culto implicaban un gasto y una organización que el clero normalmente dejaba en manos de seglares, en particular en las archicofradías del Santísimo Sacramento, que en principio debían existir en todas las iglesias parroquiales. Eran pues los cofrades, sobre todo los notables de cada parroquia, quienes se ocupaban de recabar las limosnas necesarias para la cera, o incluso los mayordomos mismos eran los que estaban obligados a proporcionarla. Y ellos también eran quienes encabezaban las guardias y el culto del Santísimo, comenzando a veces incluso con la procesión que lo llevaba del altar mayor al depósito. Como casi siempre en el Antiguo Régimen, y lo lamentarán en su día clérigos y ministros reformadores, las “vanidades” se mezclaban en estos actos devotos: un poco por doquier en el siglo XVIII hay constantes debates sobre una vieja práctica, la de entregar a un seglar de distinción la llave misma del Sagrario. En buena parte de las iglesias principales se solía entregar a los magistrados reales, como en Veracruz, donde la recibía el gobernador de la plaza. En el siglo XVIII obispos y canónigos de Guadalajara, Durango y Oaxaca, cuando menos, tuvieron largos litigios con los gobernadores y presidentes de Audiencia tratando de evitar la continuación de esa costumbre. Donde no había representante del rey, los notables locales venían al relevo, a veces contribuyendo con sus limosnas a cambio de tan alto privilegio, o bien la recibían en reconocimiento de sus contribuciones a los templos. Así, en la parroquia de Santo Tomás de México la llave se entregaba a quien ayudara a la cofradía sacramental a financiar los gastos de la celebración, mientras que en el convento de Regina Coeli era el rector de la cofradía del Santo Ecce Homo quien tomaba esa responsabilidad, en tanto bienhechores de la iglesia conventual.

Cabe señalar en fin, era por asumir este tipo de gastos y responsabilidades que, incluso en el siglo XVIII, las archicofradías del Santísimo Sacramento o las que sin llevar ese título asumían su culto, eran consideradas por el clero, por los fieles y hasta por los magistrados reales, como de “utilidad pública”.